sábado, 25 de agosto de 2012

La última vez



La primera vez, como regla general, es considerada de relevancia capital. La primera vez es asunto de celebración, de fiesta, de boato. Se coloca la primera piedra de una construcción; se destapa la primera botella de una cosecha; se bautiza un barco en su viaje inaugural. La llegada al mundo es asunto de gran importancia, algo que debe ser notificado a la humanidad con bombos y platillos.

Pero, ¿que sucede con la última vez? A mí, por lo menos, me intriga. Sí, el momento en que las cosas dejan de usarse, de producirse, de consumirse. Por ejemplo, la última lata de Carlton, esa chuchería mítica de la infancia de los que transitamos alrededor de la cincuentena. ¿Quien sería el afortunado consumidor que disfrutó por último de esa delicia paralelepípeda de chocolate? Los más prácticos, o menos nostálgicos, dirán que el Carlton todavía existe. No se engañen: el Carlton actual es al de mi infancia lo que el tequeñón es al tequeño: una rendición grosera y vulgar del original.

Y como eso del Carlton, hay infinitos ejemplos. ¿Quiénes serían los últimos pasajeros de los autobuses Emtsa, esas maravillas verdiblancas que gozaban de fama de puntualidad inglesa, con respeto por los horarios y las paradas? ¿Quiénes se habrán montado por última vez en el trencito del Parque del Este, atracción reclamada en cada visita? ¿Cómo habrá sido el último día del Parque el Conde, en donde conducíamos intrépidos carros en un óvalo, mientras soñabamos con ser los fittipaldis de la época? ¿Quiénes serían los últimos alumnos del colegio en donde estudié toda mi primaria y mi secundaria? ¿Cómo sería esa clausura, habrá habido algún acto, o simplemente el portero echaría llave a la puerta para que más nunca una cuerda de párvulos gritones corrieran por esos mismos pasillos que sintieron mis pisadas durante tanto tiempo?

Algunas últimas veces, para ser justos, son celebradas también. El último vuelo del Concorde, por ejemplo, fue reseñado y se le dio su debida importancia, como fin de una era. Pero las pequeñas cosas, esas minucias que formaron parte de nuestra cotidianidad, desaparecen silenciosamente, sin dejar rastro, reemplazadas por lo más moderno, lo más novedoso. Ya nosotros vimos el declive de los cartuchos, los cassettes, las películas super 8, los betamax y los vhs. ¿Quién no tiene recuerdos atesorados en esos medios y no halla la manera de reproducirlos? Dentro de poco, artefactos tan comunes como el teléfono fijo, e incluso la televisión, desaparecerán de nuestros hogares, suplantados por otros aparatos que tal vez integren esas funciones. Aunque me resista, se que es inevitable. Todo tiene fecha de caducidad, por mucho que queramos ignorarlo. Nos quedarán los recuerdos, y en el mejor de los casos algunas constancias físicas de ese pasado que nos parece tan reciente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada