sábado, 18 de julio de 2015

Esa falsa impresión de seguridad



Salvador Fleján nos obsequia cada viernes una columna, publicada en el semanario Quinto Día Online, sobre un tema relacionado con sus años mozos, y tiene una cofradía de fieles lectores que arman una tertulia sabrosa a partir de ella. Esta semana el artículo giró alrededor de los vehículos que desfilaron por su casa y las numerosas peripecias que le brindaron. La conversa tocó el tema de los robos de carros, y de los dispositivos que se inventaba la gente para prevenirlos. Salvador me sugirió que escribiera sobre eso, y aquí va.

Al principio fueron las alarmas. Esas antipáticas sirenas que se habilitaban mediante una llave tubular en una cerradura, que por lo general estaba ubicada sobre el guardafangos trasero del vehículo, y cuya finalidad parecía ser la de mantener despierto a todo el vecindario cuando se activaban. Vale decir que quien nunca se despertaba era el dueño del carro violentado, que al día siguiente bajaba enratonado a constatar que el moribundo aullido de la alarma era síntoma de batería agotada. Si la persona corría con suerte, a lo sumo le habrían robado la radio, el caucho de repuesto o cualquier objeto mal parado dentro del vehículo. Pero no recuerdo ningún caso en que el dueño de un carro con la sirena sonando desaforada haya bajado a revisar lo que pasaba, en el medio de la noche.

Más adelante algún iluminado inventó un artilugio llamado Trabegás. Ese dispositivo se accionaba desde dentro del habitáculo, presionando un botón que estaba convenientemente ubicado cerca de los pedales, e interrumpía el flujo de la gasolina. Era común que el conductor desprevenido lo presionara con el carro andando, lo que ocasionaba que el carro se apagara en algún lugar peligrosísimo. En cuanto a su eficacia, en las primeras de cambio tuvo éxito, pero cuando los choros dieron con el misterio ya fue pan comido para ellos. Con una manguerita, unos alicates y unos alambres bypasseaban el circuito y se llevaban muy orondos el carro. Un conocido en esos tiempos contaba que su carro, un Jeep Wrangler, apareció después de haber sido hurtado, y que el trabajo que le hicieron los hampones fue tan limpio que lo dejó así.

Luego fue la época de los trancapalancas, trancavolantes, trancapedales, hasta llegar a las bóvedas que eran como una santamaría colocada desde el volante hasta el piso del carro. Y cada uno de esos dispositivos tuvo su caída respectiva, sin considerar la cantidad de tiempo que suponía su colocación y retiro, exponiendo así al dueño del carro a un secuestro express, o a un robo a mano armada. Recuerdo que al carrito que tenemos ahora se le trabó el trancapalanca en El Llanito. Llamamos a nuestro mecánico de confianza, quien en unos 10 minutos nos resolvió el problema, y nos dio a entender lo frágil que es la pretendida seguridad que brindan dichos artefactos. No lo repusimos, total para qué.

Ya a mediados de los 90 se popularizó la combinación alarma/cortacorriente/abreseguros, que tenía además la finalidad de ubicar al carro extraviado en las profundidades del CCCT. Uno paseaba por el sótano con la mano extendida como alma en pena, presionando el botón del control remoto hasta que un beep beep en la lejanía avisaba done estaba el automóvil. Y no tardó en llegar el control remoto universal, que le permite a los ladrones desvalijar los carros sin necesidad de forzarlos.

Mención aparte merecen los mecanismos de seguridad para los accesorios, tales como los rines y los equipos de sonido. Para los primeros se inventaron unas tuercas de seguridad que no pueden ser removidas (en teoría) sin una llave especial, llave que cuando se pincha un caucho nunca aparece, y el apurado chofer debe recurrir a un alicate de presión que con mucha maña y fuerza de su parte le resuelve al final el problema. Con los "repros", pasamos por varias etapas: al principio eran unas planchas que se instalaban debajo del tablero, y tenían la particularidad de presentar problemas con las conexiones, ya que el peso de los aparatos de entonces, máxime si además del reproductor uno le anexaba una planta de poder, hacía que se aflojara todo el dispositivo, así que por lo general la música sonaba como epiléptica. Más tarde aparecieron unas cajas que se empotraban en el tablero, justo en el espacio destinado al radio, en las cuales se deslizaba el reproductor,  y mejoró la calidad del sonido notablemente. Claro que esos dos inventos suponían que el conductor debía cargar encima el aparato reproductor de sonido, lo que era un verdadero fastidio. Por fin inventaron los frontales removibles, que aligeraron el peso pero tienen el inconveniente (como me pasó a mí) de que si se pierde el frontal quedas con un aparato inservible.

Todos esos aparatos, dispositivos, mecanismos, no tienen mayor utilidad que la de proveer una falsa paz mental a los dueños de carros. Hacen falta medidas más extremas, como la de un tipo que vi en una fiesta, que cargaba encima el volante de su carro. Además de ser efectivo, era tremendo tema de conversación. O la venganza hacia el ladrón, materializada en una botella de ron aliñado con racumín que, según leyendas urbanas, colocaban debajo del asiento algunos conductores que habían sido víctimas del hampa anteriormente. Si el carro no va a ser mío, que no sea de nadie, parecía ser el motto de esas personas. O, por último, la ayuda celestial: una amiga me contó hace años que el dispositivo de seguridad de su hermana consistía en una carta apocalíptica expuesta en el parabrisas del vehículo, que le prometía al ladrón los mayores suplicios, propiciados por una parranda de deidades mezcladas en un sincretismo religioso de amplio espectro, si osaba profanar su carro. Y parece que le funcionaba.


No hay comentarios:

Publicar un comentario