martes, 28 de julio de 2015

Una vida sencilla

Provengo de una familia de clase media, de padres y hermana inmigrantes. Soy el único de ella que nació en esta tierra. Hasta los 11 años viví en un apartamento alquilado, modesto, 80 m2 si acaso, 2 habitaciones, 1 baño para 4 personas. No éramos para nada pudientes. Pero en casa nunca, pero nunca, nos faltó lo necesario para tener calidad de vida. Mis padres, con estudios formales sumamente básicos, no trajeron nada de Italia, salvo un oficio y una meta. El único que trabajaba era mi padre, pero con sus ingresos nos bastaba para satisfacer las necesidades básicas de vivienda, alimentación, salud, vestido y educación. No recuerdo jamás haber pasado  trabajo con la comida, sobre todo. Ni por falta de dinero ni por escasez.

El abastico del comienzo de la calle estaba surtido siempre con lo indispensable: leche, café, azúcar, harina pan, verduras, jabón. Hasta el agua importada, San Pellegrino o Trevi, que era la única que tomaba mi padre, se conseguía en ese local. Las compras se hacían a diario, ya que el negocio quedaba a pata de mingo y no era necesario hacer grandes mercados quincenales. La carne la comprábamos en una carnicería, el pescado en la pescadería Vizcaína. 


Había cabida hasta para ciertos lujos, como por ejemplo las endibias, el jamón serrano, el salame italiano, el parmigiano reggiano, el queso fontina. La margarina ni se nombraba en la casa, lo normal era mantequilla Brunn o de cualquier otra marca, importada. El almuerzo del domingo, por lo general, era propicio para comer algo que se saliera de la norma (conejo, cordero, lechón, tal vez mariscos o alguna pieza de cacería) y una buena botella de vino italiano entronizaba siempre la mesa. Eso si no salíamos a comer a la calle, que era algo que hacíamos con cierta frecuencia. También íbamos en cambote a la playa o al club Mampote, del cual era miembro un socio de mi padre, y la noche anterior mi madre preparaba una enorme cesta llena de condumios para consumir en el sitio.  


Como en la mayoría de las casas de la gente que conocía, teníamos un solo televisor, que ocupaba un lugar privilegiado en la pequeña sala-comedor de nuestro apartamento. Y teníamos un picó que tiempo después fue conectado por unos técnicos a un aparato grabador de cintas marca General Electric. Una de las posesiones más estimadas por mi padre era su radio Zenith Trans-oceanic, que se tragaba 8 pilas de las gordotas y permitía escuchar estaciones de todo el mundo. En cambio el objeto predilecto de mi mamá era su máquina de coser, que en realidad tenía en comunidad con mi madrina. En ella cosió innumerables vestidos para sí misma y para mi hermana, gracias a unos patrones Mc Call´s que compraba en el Bazar Bolívar de Sabana Grande, que nos quedaba a dos cuadras. Coser fue su hobby, le dedicaba las horas que le sobraban después de realizar los quehaceres domésticos. 


En casa había un carro, pero era como si no lo tuviéramos. Se trataba de una “ranchera” (lo que hoy en día se le dice Station wagon), tal vez Bel Air, aunque esto no puedo confirmarlo. Era de un azul desvaído y un blanco sucio, y la pintura estaba en bastante mal estado. Sería más o menos modelo 58. Fue un vehículo adquirido por mi padre con la intención de pasear a la familia los fines de semana, pero el viejo jamás aprendió a manejarlo. O más propiamente, jamás pudo con el tráfico caraqueño. Hizo varios intentos, pero al final desistió. Nuestra principal y casi única actividad con respecto al vehículo era lavarlo de vez en cuando. Un viaje sí que lo hicimos a bordo de la ranchera, no obstante: con otro chofer, pasamos un fin de semana en Higuerote. Yo tengo el recuerdo – no sé si falso – de haber dormido dentro de ella, mientras los demás acampaban en carpas a la orilla de la playa. 


Desde los 7 años tuve permiso para bajar a jugar a la planta baja del edificio donde vivíamos, el Humboldt. Y cuando estuve un poco más grande ya salía de sus predios y me aventuraba hasta la esquina, en donde jugábamos unas caimaneras de fútbol en una especie de descanso que poseía el edificio El Taladro, en donde estaba la clínica que me vio nacer, la Bello Monte. Las vacaciones entre cursos las pasábamos en la calle, desde las 8 de la mañana hasta que oscurecía, salvo tal vez una o dos semanas en las que nos íbamos a la playa, al hotel Riviera que quedaba a una cuadra del playón de Macuto. Uno de los recuerdos más antiguos que poseo es comer cascos de guayaba con queso crema en el comedor de dicho hotel. Las vacaciones de diciembre las dedicábamos a patinar.


Así fue mi infancia, en una Caracas que comenzaba a salir del provincialismo de los años 40 y 50, y se volvía poco a poco una urbe cosmopolita; que empezaba su expansión hacia el este, a despecho de considerar a Chacaíto como su límite oriental como lo atestiguan los nombres de los comercios y las sucursales de los bancos. Si hubo conflictos políticos o sociales, no tenía yo edad para darme cuenta. El único acontecimiento que nos trastocó la vida fue el terremoto, que cumple mañana 48 años. Una vida más sencilla, pero no por ello menos plena.



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