viernes, 2 de octubre de 2015

Un día cualquiera






He desarrollado un hábito poco sano: le tomé el gusto a fumar narguile. Yo, que me había convertido en un furibundo activista antitabáquico a raíz de la muerte de mi padre, ocasionada en parte por su costumbre de fumar unas dos o tres cajas de cigarros diarias. Cuando inició la moda de fumar la pipa de agua, hará ya unos 7 u 8 años, lo vi como una extravagancia pasajera. Hasta que llegó una de ellas a la casa, y la curiosidad me hizo probarla. Hoy en día me he vuelto un entusiasta fumador, y el narguile se prende por lo menos 4 veces a la semana. Unas cuantas caladas de ese humo saborizado con aromas varios, acompañadas por algún trago, se han convertido en el cierre habitual de la jornada, el sustituto de la rueda alrededor de la chimenea de nuestros ancestros, o del televisor.

Ahora bien, la picadura que se consume en el narguile no se consigue en todos lados, y últimamente se ha vuelto bastante escasa. Uno de los pocos lugares en donde se encuentra es en El Arabito, en la Casanova, así que por lo menos un par de veces al mes es menester desplazarse hacia allá en procura de tabaco. Por lo general esa diligencia se deja para los fines de semana, pero ayer, ya que se había agotado la existencia, decidí tomarme la pausa del almuerzo para dedicarla a la satisfacción del vicio, así que cerca del mediodía abordé el metro en Los Dos Caminos para dirigirme a la casa del shawarma, el tabule y la baklava. Ah, y de las picaduras. No sabía que ese paseo improvisado me iba a deparar la oportunidad de presenciar un par de manifestaciones de la vida capitalina.

Saliendo de la estación del metro de Plaza Venezuela me sorprendió la visión de un piquete de GN que atravesaba a todo lo largo el bulevar, frente al Radio City. Calculo que  estaría compuesto por entre 30 y 40 individuos. Los efectivos traían su equipo para control de motines: máscara anti gas, porra, casco, escudo y armadura. Parecían prestos a combatir una batalla campal. Justo al pasar a su lado, una orden marcial los hizo avanzar con paso firme y sincronizado unos 10 metros. Recordé una escena vista en alguna película de los 70, ambientada en Irlanda del Norte, en la cual la policía antidisturbios se enfrentaba a unos miembros enardecidos de Eire o algún grupo nacionalista similar. Seguí caminando, alerta, previniendo una turba. Pero la verdad resultó ser patética: frente al Gran Café un grupito de unas 8 o 10 personas a lo sumo, armadas con pancartas de cartulina, voceaba consignas a favor de los profesores universitarios. Por lo que entendí, clamaban por sus reivindicaciones laborales. La escena era tragicómica: mientras las partes en conflicto se enfrentaban, alrededor de ellos una pequeña aglomeración de curiosos observaba la risible actuación de los uniformados, y gritaban más duro que los mismos manifestantes. No me quedé mucho más tiempo, pues disponía de una hora apenas para concretar la compra y resolver el almuerzo. Tampoco me animé a sacar el celular para tomar alguna foto que registrara el hecho, tanto por temor a un arrebatón como a un decomiso abusivo por parte de la autoridad constituida. En la noche me enteré que la manifestación era promovida por estudiantes de la USB, que solicitaban ajustes presupuestarios.

Hice mi compra culposa, y me devolví al metro por el callejón de la puñalada, formalmente denominado "Pasaje Asunción". Por la hora no había casi vida; apenas unas cuantas personas sentadas en los escalones de entrada de los comercios, y los buhoneros de artesanía habituales en el extremo que se asoma al bulevar. En ese punto de la antigua Calle Real de Sabana Grande, a pesar de estar ubicado a pocos metros de la "zona en conflicto" descrita en los párrafos anteriores, no había señal de que estuviera ocurriendo algo fuera de lo común. Sin embargo, para evitar contratiempos, seguí hacia la estación de Sabana Grande, más hacia el Este. 

En el viaje de regreso pude constatar otra vez que el metro se ha convertido en la nueva corte de los milagros. En Chacaíto se montó un tipo acompañado por un muchacho que tenía una aparente deformidad. Con voz alta y buena dicción soltó un discurso, que se notaba ampliamente ensayado, sobre la dolencia que presentaba el niño y la necesidad de hacerle un tratamiento carísimo, mientras el joven se desplazaba con una agilidad sorprendente para su pretendido estado, emitiendo sonidos extraños, simiescos,  para que los presentes pudieran apreciar su padecimiento. Calzaba unas cholas playeras que le permitían exhibir unos enormes y desproporcionados pies, pues una de las manifestaciones de su mal es el crecimiento anormal de las extremidades inferiores, según informó el presentador. Acto seguido, apelando al buen corazón de los pasajeros, improvisaron una recolecta entre los espectadores. Me volví a acordar de una película, en este caso la que tiene por protagonista a John Hurt personificando a otro John,  apellidado Merrick - el hombre elefante - que fuera presentado como atracción de circo antes de caer en las manos bondadosas de un médico, interpretado por Anthony Hopkins. El show no terminó allí, sin embargo. Más atrás resonó la voz de los vendedores de chucherías, mezclada con el evangélico de turno quien explicaba por qué los homosexuales y los santeros arderán en el infierno.

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