viernes, 28 de agosto de 2015

La dignidad y el aseo íntimo

En realidad, eso de "aseo íntimo" es un eufemismo edulcorado para referirme a la acción de limpiarse el trasero después de evacuar. Algo que desde la primera infancia aprendemos a hacer sin ayuda, utilizando papel higiénico, o como se le acostumbra a decir por estos lares, papel tualé (deformación del término "toillette"). Eso fue lo normal por lo menos desde que tengo memoria. En los baños de las casas en donde viví era costumbre que en el dispositivo adosado en la pared, a veces empotrado en ella, estuviera siempre un rollo de dicho papel listo para limpiarse el culo después de haber cagado. Así, sin disfraces idiomáticos, en castellano castizo. Hasta en el más remoto baño de carretera era cortesía del establecimiento proveer ese modesto pero necesario material desechable, aunque fuera de la más ínfima calidad.

Esos tiempos pasaron. Hoy en día tener papel higiénico en la casa significa una de dos cosas: pagar un precio astronómico a los revendedores, o sufrir la indignidad de someterse a colas kilométricas para lograr adquirir la cantidad que el burócrata de turno tenga a bien permitir, y eso si ese día le toca a la cédula del aspirante a comprador.

En mi casa hemos decidido no plegarnos a ese designio maligno. Y suplimos la necesidad de papel higiénico con el sucedáneo que se consiga. Si toca servilleta, servilleta es. Si no, papel toalla. Por una razón pura y simple: claudicar ante esa imposición arbitraria es tocar fondo. Es admitir que el sistema te venció y te abdujo. Es rendirse ante la barbarie de un régimen que no solamente te coarta el acceso a la alimentación, sino a la evacuación tranquila. Y ese es un asunto en el cual no pienso ceder. Mi dignidad vale más que una limpieza anal cómoda. Si en un futuro toca apelar al periódico, periódico será. Pero a mí no me verán haciendo una cola de cuatro horas para que me vendan unos cuantos rollos de papel tualé. Ni pagándole a un vivo que se aprovecha de la necesidad de la comunidad. Que vayan a lavarse ese paltó.

domingo, 2 de agosto de 2015

Ruinas de la modernidad



Caracas es una ciudad en perenne transformación, que no termina de construirse ni termina de desmoronarse. A pesar de haber cumplido 448 años, son ínfimas las muestras de arquitectura previas al siglo XX que aún quedan en pie. En cambio, por aquí y por allá pueden observarse ruinas de construcciones que no llegan a los 60 años, edificios deteriorados por la falta de mantenimiento y de interés de sus propietarios. Las malas hierbas crecen por doquier, y el moho crea diseños fantasiosos sobre las paredes exteriores. Las ventanas, tras rejas que semejan barrotes de prisión, destinadas a evitar la entrada de depredadores nocturnos, exhiben vidrios rotos y polvorientos, si es que tienen vidrios.  

En la Rómulo Gallegos, a la altura de El Marqués, existe una de esas ruinas modernas. Es un centro comercial semi abandonado que debe haber conocido mejores tiempos, sin duda, pero hoy es víctima de la decadencia que lo arropó. Está al lado de una estación de servicio clausurada desde comienzos de siglo, en la cual apenas un par de perros merodean, tal vez cumpliendo labores de guardia. En el pequeño centro comercial subsisten si acaso unas tres o cuatro tiendas que se empeñan en no desaparecer. Uno de los locales presenta una escena curiosa: un señor algo mayor está sentado detrás de un escritorio desvencijado, y no para de hablar por un teléfono gris, de disco. Por la cantidad de papeles arrumados que se notan por doquier se infiere que es algún tipo de gestor.  Otra de las tiendas, justo al lado de la improvisada oficina, es una licorería:un mostrador-barrera que bloquea la entrada al local, estantes en la pared izquierda con una oferta exigua de bebidas alcohólicas de dudosa calidad y precios elevados, neveras para guardar lo que más buscan los parroquianos - cervezas frías a granel - en las otras dos paredes. Al fondo se entrevé el depósito, con algunas gaveras de cerveza arrumadas de cualquier modo. En su interior posee algunos carteles que advierten que no prestan servicio de baño y  que el número mínimo de cervezas que venden es 6. Un televisor culón tiene debajo un decodificador, pero está puesto en un canal nacional. 

Justo al frente de la licorería, en la acera,  hay un carrito de esos que venden hamburguesas y perrocalientes, con una enorme pizarra que informa las ofertas gastronómicas, la más vistosa de las cuales es una hamburguesa postapocalíptica de varios pisos y un costo astronómico que promete ser exonerado si el comensal se la come completa. La chimenea del carrito emana un humo negruzco, de aceite mezclado con las grasas animales que chorrean desde la parrilla en donde cocinan las carnes, los huevos, las chuletas, los chorizos. El olor que despide puede parecer tentador a la distancia, pero cuando uno se acerca un poco comienza a ser desagradable.

Ambos negocios han establecido una simbiosis perfecta: el espacio entre ellos, que corresponde al estacionamiento del centro comercial, a partir de las 6 de la tarde se llena de vehículos y de gente que compra su cerveza y a continuación adquiere alguno de los condumios - dado su tamaño, llamarlos "balas frías", nombre con el que se conocen popularmente los alimentos consumidos de pie en la calle, parece un despropósito -  que ofrece el carrito. El ambiente es distendido, parece que las personas se conocen entre sí, y bromean, y ríen. Eventualmente se enciende el equipo de sonido de algún carro, suena un merengue, una salsa, un reguetón, y algunas parejas echan un pie en el estacionamiento trastocado en improvisada pista de baile. Casi al frente, en la acera opuesta, Polisucre monta una alcabala móvil para controlar a los motorizados, pero no interrumpe la actividad que se desarrolla unos metros más allá. Aunque la legalidad de dicha actividad es bastante cuestionable (consumo de bebidas alcohólicas en la calle, música a alto volumen en zona residencial) en el fondo no le hace mucho daño a demasiada gente y es tolerada. De todas maneras la inseguridad echa temprano a la concurrencia, ya a las 9 de la noche no queda un alma en la zona.

Hace poco pasé por el lugar, pero de día. La luz del sol ponía aún más en evidencia el aspecto ruinoso y decadente de la edificación. Mientras esperaba que se moviera el tráfico ocasionado por el semáforo, pude ver como un enorme Rolls Royce Silver Shadow de los años 60, gris plateado, entró con estudiada parsimonia al estacionamiento del centro comercial, como si quisiera permitirme apreciar su opulenta elegancia, y por una reja lateral fue a estacionarse en el fondo del edificio. Los vidrios oscuros no me dejaron observar al conductor. La ruina alberga fantasmas de alcurnia, recuerdo haber pensado.