sábado, 4 de junio de 2016

La pelea del siglo



Siempre he sido una persona pacífica, enemiga de inmiscuirme en reyertas. Puedo contar con los dedos de la mano de un leproso las veces que me he caído a coñazos. Por lo general he tratado de salir de las disputas mediante el recurso de la palabra, o la retirada estratégica. Supongo que esa disposición de ánimo puede ser considerada por la logia de machos vernáculos como un signo de cobardía. Pero yo lo tomo como simple precaución.

Sin embargo, en la infancia tuve algunos episodios en los que utilicé los puños, ya sea por diversión o por pundonor; recuerdo una de esas veces con bastante nostalgia, porque no fue fruto de una discusión sino el resultado del entusiasmo que produjo un evento deportivo: la pelea del siglo, en 1971, entre Ali y Frazier. Fue una de las primeras trasnochadas televisivas de las que tengo memoria. No sé a ciencia cierta cómo adquirí la noción de que Alí era "el bueno", pero lo cierto es que estaba aupándole con gran fé y entusiasmo, hasta que vi con desazón como caía al piso y volvía a levantarse gallardamente, perdiendo al final por puntos. Fue tal vez mi segunda desilusión deportiva (la primera fue el año anterior, la cruel derrota de Italia a manos del poderosísimo Brasil en la la final de México 70). Sin embargo, la pelea fue encarnizada y para el recuerdo, y la derrota de Alí apenas un detalle.

Al día siguiente a la pelea,  nos reunimos la cuerdita de siempre en el comienzo de la calle Humboldt en Bello Monte, en el patio de la casa de un miembro de la pandilla. Allí comenzamos a hablar de la pelea, opinando y recreando los pasajes más candelosos; todos estábamos de acuerdo en que había debido ganar Alí; poco a poco fuimos escalando el tono y en un momento determinado estuvimos enfrascados en un improvisado torneo boxístico, en donde tratamos de reproducir lo que habíamos aprendido en el combate. Dos a la vez, peleamos a puño pelado (nadie tenía guantes, ni ganas de usarlos), uno, dos rounds de tres minutos, medidos con el Tissot (¿o sería Mulco?) de uno de los amigos. Tuve mi turno, y me tocó en suerte un chamo bastante más pequeño y flaco que yo. Recuerdo sacar con toda la fuerza que tenía unos ganchos de derecha e izquierda que iban a aterrizar en la humanidad de mi contrincante con alterna fortuna. Mi trofeo fue la sangre que brotó de la boca de mi compañero de match, al cual en algún momento le acerté un golpe franco en la comisura de la boca, lo que valió la culminación anticipada de la pelea y del torneo todo. Valga esto como mi pequeño homenaje al más grande, Mohamad Alí, que acaba de cumplir su tránsito a la eternidad.

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