miércoles, 7 de septiembre de 2016

La geografía de mi infancia






La geografía de mi infancia, si la veo en Google Earth, tiene forma triangular. Un triángulo rectángulo, para ser más exactos. Sus vértices están circunscritos dentro de la urbanización Bello Monte, la original, la que está del Guaire hacia arriba. Tuvo una ilustre vecina, la quinta Bel-Mount, casa de la hacienda que fundara el señor Alderson, en la primera mitad del siglo XIX y que nombró en honor a su hija Isabelle, Belle en la intimidad. Su cateto mayor, su lado norte, colinda con la Avenida Casanova, entre la calle Baldó y el comienzo de la Avenida Humboldt. Ahí está el ángulo agudo que le da inicio a la hipotenusa, que muere en la conjunción con el cateto menor, el cual transcurre por el segmento de la calle Baldó antes citada hasta su intersección con la Casanova. Humboldt sabemos quien es; Casanova, aparentemente, fue uno de los últimos dueños o administradores de la hacienda Bello Monte. Baldó, es tarea pendiente.

Hoy me dio por recordar ese pedazo de tierra en donde di mis primeros pasos independientes, sin la compañía antes omnipresente de alguno de mis padres; allí quedaba el edificio Humboldt, en la calle del mismo nombre; mi sitio de residencia (piso 5, apto 18) desde los 2 hasta los 11 años. Al bajar a la calle, me recibía un piso ajedrezado de mosaicos blancos y negros, en realidad unas baldosas bicolores con múltiples cuadros en su superficie, que al patinar sobre ellos, con ruedas metálicas, producían un sonido característico y un temblequeo que siempre asocié a la navidad. El edificio tenía un área comercial, compuesta por tres negocios: una quincalla que expendía todas aquellas chucherías que hacían feliz a cualquier niño, y que rotaba su mercancía de acuerdo a la época del año; una tienda de reparación de electrodomésticos cuyo dueño italiano, de tanto en tanto, interrumpía su labor para entrometerse en algún juego de fútbol que estuviéramos realizando los niños del edificio, desarrollando fintas y gambetas que dejaban en alto su gentilicio (o por lo menos eso nos parecía); y un local de bastante bajo perfil, regentado por un chino, del cuál solo sé que tenía una buena relación con mi padre, y comercializaba ciertas novedades relacionadas con la electrónica incipiente de aquellos años, y lo audiovisual, materializado en películas super 8 (no sé las demás, pero las que llegaron a mi casa eran estrictamente familiares: una de Dillinger, una de vaqueros y una de Simbad el marino. Si vendía mercancía erótica no lo supe ni me hubiera interesado mucho en ese momento, aunque quién sabe).

En mis paseos en solitario, si tomaba hacia mi izquierda, me topaba en primer lugar con una quinta en donde vivía un amigo de quien recuerdo solamente el apodo, Franqui. Esa casa fungía también de sede para el negocio de su familia, que se denominaba "Exhibidores González Ruiz" (el negocio, no la familia). De ella recuerdo una abigarrada muestra de maniquíes, estantes, ganchos de ropa, en fin, artículos para el equipamiento de tiendas. Franqui era hijo único y, creo recordar, de salud frágil, y  tal vez gracias a ambas condiciones tenía la colección de juguetes más grande y novedosa que hubiese visto en mi vida. El objeto que más envidiaba era una pista para carros Matchbox, eléctrica, que transportaba a los carros mediante unos resortes insertados en una ranura. A los carros se le colocaban unos pines que permitían a dichos resortes moverlos. Pero no era lo único, ni mucho menos. Cualquier juguete de moda, o incluso algunos que ni siquiera aparecían en el segmento publicitario de los domingos que antecedía a las comiquitas matutinas, estaban en su clóset, muchas veces arrumando polvo. Además de ser poseedor de esos juguetes, era la única persona de mi edad con televisor en su cuarto que conociera en mi entonces corta vida. Franqui casi no salía de su casa, por lo general recibía nuestras visitas. Un día se mudó, y antes de irse le obsequió a cada uno de sus amigos un objeto. A mí me tocó un álbum filatélico lleno de estampillas de todos los países, que más tarde perdiera en un torpe intercambio, pero esa es otra historia. Más nunca supe de mi amigo.

Luego de esa casa estaba la vivienda de mi amiga Yubiri - una niña catira de cabello largo, algo mayor que yo - que tenía sobre su techo una enorme antena de radioaficionado, pero eso solamente lo supongo pues nunca me invitaron a pasar para constatar la presencia de un equipo de radio. Más adelante un local comercial que albergó distintos negocios, uno de los más célebres de los cuales fue un restaurant étnico de algún país de la Europa Oriental, húngaro o tal vez checo, que gozó de cierta popularidad y llegó a ser reseñado en las crónicas gastronómicas de los periódicos. Lo último que supe fue su reemplazo por un electroauto. El recorrido por la calle Humboldt moría con el último edificio, que se denomina El Taladro, y fue sede de la Clínica Bello Monte, lugar donde nací. En su retiro, convenientemente bordeado por un murito, jugábamos interminables partidas de futbolito, beisbol o peleas de boxeo. 

Al bordear el Taladro, también de forma triangular y cuyo vértice, ángulo agudo, apunta hacia el este, ya se estaba en la avenida Casanova, y en este paseo mental puedo enumerar los negocios más atractivos de esa zona que ya era comercial, para mí: una tienda de mascotas que aturdía por el canto de las centenares de aves encerradas en jaulas, que estaban del lado de afuera del negocio (creo que ocupaba un espacio en la planta baja del edificio mencionado), y un distribuidor autorizado de bicicletas Benotto, que exhibía modelos pintados en rojos y azules brillantes que fueron mi oscuro objeto del deseo, nunca cumplido para la decepción puntual en cada uno de mis cumpleaños. También había un colegio, creo que se llamaba Bello Monte para variar, un abasto-frutería, al cual me mandaban de vez en cuando a realizar alguna compra menuda, y en la esquina,un restaurant que en algún momento se llamó Onassis y en otro, algo con la palabra "tropical" en su denominación comercial. Siempre me llamó la atención, pero nunca lo visité, así que desconozco cuál era su apariencia y su oferta gastronómica.

Bordeando el restaurant para regresar al punto de partida, me topaba con la calle Baldó, en la cual conseguía algunos talleres mecánicos y a continuación la última vivienda de la calle, una quinta bastante sombría con el extraño nombre (para el común de la zona) de "Arizona", que despertaba nuestras fantasías por considerar que pudiera ser una casa embrujada, pues nunca veíamos a nadie entrar o salir de ella. Al cruzar la esquina de la Baldó con la Humboldt, hacia la izquierda, se hallaba tal vez un par de casitas pequeñas, que eventualmente mutarían a peluquerías primero y luego a talleres mecánicos, y aproximadamente a mitad de la calle mi punto de partida, el edificio que fue bautizado en honor al ilustre visitante alemán que se hospedara algunos días en la hacienda que le dio nombre a la urbanización, Belle's mount.

Ya casi nunca paso por ese lugar; nada, salvo la nostalgia, me ata a él. El edificio sigue en pie, pero con el deterioro normal que produce el paso del tiempo y tal vez el escaso mantenimiento. La calle Húmboldt dejó de ser residencial, y es una retahíla de talleres mecánicos. La hermosa quinta Bel-mount fue demolida en los 80s. Ya poco queda de estos recuerdos. 

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