domingo, 27 de marzo de 2016

De playas, carpas y resacas

Los viajes en grupo deben evitarse como la peste. Sobre todo si dicho grupo es heterogéneo. Esta máxima la aprendí en un “paseo” a los paradisíacos (jaja) cayos de Morrocoy. Quien fomentó ese viaje fue un profesor del instituto en donde estudié. El profe, de contabilidad, había sufrido un accidente de joven que lo dejó postrado en una silla de ruedas, pero eso no fue óbice para que se privara de esos fines de semana en la playa. En el mar su incapacidad desaparecía, y podía estar horas y horas nadando. Utilizaba unos guantes especiales, una especie de chapaletas para las manos. Tomó como costumbre organizar escapadas a sus lugares predilectos con grupos de estudiantes, o ex estudiantes como fue en nuestro caso. Unas 10 o 15 personas, ya no recuerdo bien. El año sí lo recuerdo, 1986.

Tras viajar toda la noche del viernes para poder estar en el pueblo a primera hora, cometimos el primer error: dejamos que la opinión de una persona prevaleciera sobre el resto. Y su decisión fue recortar a la mitad la cantidad de cervezas a comprar. ¿Para qué tanto?, decía, si vamos a estar apenas día y medio. Accedimos a regañadientes, pero reforzamos el departamento alcohólico con algunas botellas de ron. Cosa, que vista en perspectiva, también fue un error.

Una vez realizadas las compras, nos dirigimos al embarcadero a contratar los peñeros que nos trasladarían al cayo escogido, el predilecto del profesor: Cayo Borracho. Premonitorio el nombre, sin lugar a dudas. Creo que es uno de los más alejados y por lo tanto menos visitado, por lo que en teoría garantizaba cierta privacidad. En la práctica resultó un viaje de más de media hora en un mar algo agitado, que tuvo un impacto importante sobre nuestras provisiones: para “pasar el susto”, la mitad de las cervezas se consumió en la travesía. Y sí, están en lo correcto: una de las personas que más tomó fue aquella que pensó que exagerábamos, y forzó a limitar la cantidad. Salud, María, donde quiera que te encuentres.
Llegamos al Cayo, y lo primero que hicimos, como se estila en estas circunstancias, fue “levantar el campamento”. Labor que consumió tal vez un par de horas, dada la novatería. Yo no había llevado carpa, sino un chinchorro corrido en 40 cacerías (era el que usaba mi padre en sus viajes a Calabozo, de los que regresaba con el cuerpo masacrado por los mosquitos y unos 10 patos güirirí, que después comíamos escupiendo los perdigones que horadaban la carne de los palmípedos). Así que lo mío fue rápido, buscar un par de matas lo suficientemente fuertes y cercanas para colgar mi hamaca, hacer el amarre que había aprendido desde pequeño, y voilá. Trabajo pasaron los que llevaban carpa, esas antiguas precursoras de las igloo, que tenían centenares de parales, vientos y lonas.

Transcurrimos el resto del día sin novedad: chapuzones en las límpidas aguas del cayo, siestas en la arena, y por supuesto la inevitable ingesta alcohólica. Como las cervezas habían mermado de manera considerable antes de llegar a la playa, pronto se acabaron y tuvimos que recurrir a los alcoholes mayores.  Confieso no guardar mayores recuerdos sobre el resto del día, así que haré una transición brusca: la siguiente escena nos coloca a mi novia y a mí acurrucados en el chinchorro, con un respetable grado etílico, dispuestos a dormir en la paradisíaca isla. Ilusos nosotros. El sitio que escogimos para colgar nuestra cama aérea estaba algo apartado del resto del campamento, hacia el centro del islote, pues era el único sitio arbolado. Pronto comenzamos a escuchar ruiditos inquietantes, como de hojas secas pisadas por seres diminutos. Sí señor, ratas. Y lagartijas. La fauna del lugar se componía de esas especies. Eso logró que nos fuera imposible lograr el concilio del sueño, a pesar de la ingesta alcohólica. Pero ocurrió otro hecho que abortó los planes de dormir al escampado: el chinchorro, precedido por un sonido lastimero, se rajó por la mitad con lo que quedamos con la parte de la anatomía posterior asomada por el hueco producido por la desgarradura. Por suerte no caímos al piso, pues hubiéramos sido presa de las famélicas ratas que nos estaban acechando (bueno, exagero, pero en ese momento ese era el temor).

No nos quedó más remedio que pedir posada en una de las carpas. La única que podía albergarnos era la más antigua, un modelo sin piso, por lo que después de buscar un espacio en donde depositar nuestros cuerpos tuvimos que extender los paños de playa para no dormir directamente sobre la arena. Dormir, sin embargo, no es el verbo indicado. Estaba escrito que esa noche no se iba a poder. La causa, esta vez, fue el alboroto que mantuvieron hasta la madrugada unos integrantes de la expedición que se quedaron afuera, tomando, gritando, cantando y riendo.

Al día siguiente supimos lo que significa estar desamparados en medio de la nada, lejos de la civilización. Como resultado de la juerga de la noche anterior, las provisiones se habían acabado por completo: ni agua, ni refrescos, ni jugos, ni comida. Teníamos por delante unas 6 horas de ayuno y penitencia, con una potente resaca y el sol que calcinaba la arena. El único remedio que teníamos a la mano era el mar, y creo que casi no salí del agua, tratando de mantener la cabeza hundida para paliar la descomunal migraña que estaba sufriendo. Ya no nos reíamos como el día anterior: mirábamos con rencor a los juerguistas que alegremente nos dejaron desprovistos. Dormían, los muy desgraciados. Solo espero que su sueño haya estado plagado de pesadillas.

Por fin, a eso de las 2 de la tarde, llegaron los peñeros para trasladarnos a tierra firme. Una vez allí, corrimos a la tienda más cercana para comprar el único remedio para nuestros padeceres: una cerveza fría, tan fría que nos congeló el cerebro. Que albergaba una única idea en ese momento: más nunca regresaríamos a Morrocoy.  Para pasar trabajo, mejor quedarse en la casa.



viernes, 25 de marzo de 2016

Las redes sociales y la incivilidad

Las redes sociales son herramientas invaluables para la interconexión. Yo le debo mucho a ellas, tanto como medio de diversión como para divulgar mi obra escrita. Además, permiten la comunicación a distancia con los seres queridos que por circunstancias varias se hallan lejos de nosotros. Por todo esto, soy un usuario agradecido, entusiasta y a veces excesivo de ellas.

Pero así como son excelentes medios de comunicación, también permiten constatar el lado oscuro de las personas. Estoy convencido de que hay gente, incapaz de decir ciertas cosas frente a frente, que cuando está delante  del monitor se siente imbuida de cierta patente de corso que le permite denostar, insultar y vejar a personas que nunca han visto en la vida real, por los motivos más fútiles.

Esta mañana tuve un episodio desafortunado que me dio pie para escribir estas notas. En uno de los grupos de Facebook que frecuento con bastante asiduidad, dedicado a documentar la historia de Caracas, alguien colocó una foto que no tenía que ver con el tema. A pesar de no ser administrador del grupo, por guardar amistad con las fundadoras del mismo y ser miembro de él desde casi sus inicios decidí hacer notar la impertinencia de dicha imagen por contravenir las normas.

El asunto es que la persona en cuestión había logrado cierta notoriedad por una serie de fotografías que documentan el inicio del Caracas Country Club, y  mantiene una especie de club de fans, incondicionales y defensores a capa y espada de sus posteos. Las reacciones a mi comentario (que fue textualmente: "Y no  es Caracas") fueron en general de desaprobación. Pero hubo uno que me llamó la atención por lo destemplado y agresivo. Una señora, con la quien jamás había cruzado palabra alguna, me dijo: "Mirco eres un cretino". Así, sin ton ni son. Como le respondí aludiendo al evidente insulto, le agregó leña al fuego diciendo que yo no conocía el significado de la palabra, según ella no insultante, y poniendo el significado de la RAE, algo así como "persona de escasa inteligencia, que no entiende el significado de las cosas". Es decir, reforzó la injuria.

Posteriormente, ejerciendo mi derecho a réplica, escribí un post en el grupo expresando mi sentir sobre lo ocurrido. Esto logró que quien colocara la foto que originó toda la situación la borrara, junto con todo el material que había colocado previamente en el grupo. Supongo que quiso castigarme, y al resto de la comunidad, por haber osado señalarle la falta a las normas. Actitud bastante infantil, a mi parecer.

Estamos hablando de adultos, de gente que debe haber obtenido educación tanto en sus hogares como en su formación académica y profesional. Esto me desconcierta, y me hace pensar si el hecho de no interactuar directamente con la gente sino a través de una interfaz electrónica deshumaniza la comunicación, permitiendo la emisión de expresiones totalmente inadecuadas. Me asusta lo contrario, sin embargo: que esta reacción virtual sea reflejo de lo que vemos en la calle día a día, donde el insulto gratuito es la norma, y la incivilidad se apodera cada vez más de las relaciones humanas, desplazando a la urbanidad que debiera regirlas.

sábado, 19 de marzo de 2016

Risotto de morcilla

Ajá, risotto de morcilla. En Italia dicen que se puede hacer risotto con lo que sea. De rosas, de ortigas, de calabacín. Yo me inventé éste, con un ingrediente particular. Lean y cocinen.

Ingredientes:
-un par de litros de caldo de carne o pollo. Debe estar a punto de hervor.
-una taza de arroz que no sea parbolizado o vaporizado. Si son millonarios, arborio, pero si fueran millonarios no estuvieran leyendo esto.
-una cebolla.
-un par de morcillas que no sean de arroz (con las nuevas de la montserratina, carupaneras, debe ser la gloria)
-una taza de vino tinto (opcional)
-un par de cucharadas del ingrediente secreto

Preparación

Se pone a sofreir la cebolla bien picada.
Se le agrega la morcilla, sin el cuero exterior.
A los 5 minutos, se agrega el arroz y el vino.
Cuando el vino se haya consumido, se agregan cucharones de caldo, uno o dos a la vez, mezclando eventualmente el arroz, y nunca dejando que se seque. Este proceso debe prolongarse por unos 20 minutos.
Cuando haya pasado ese tiempo, se agrega el ingrediente secreto: queso crema, o en su defecto crema de leche.
Acompañar  con queso parmesano, y el resto de la botella de vino.Tomado, no se lo vayan a echar al risotto.

  

martes, 15 de marzo de 2016

Aromas, recuerdos


Un milagro hizo que aparecieran las caraotas negras en el  supermercado, mientras hacíamos la compra, y pudimos por fin adquirir un par de paquetes después de una prolongada abstinencia. Un kilo, que para nuestra familia puede servir para tres o cuatro repeticiones. La encargada de la preparación de los granos en casa es mi esposa Marianella, pues es quien tiene el dominio de la cocción. Yo ayudo ocasionalmente, casi siempre corrigiendo el punto de sal o verificando el ablandamiento de los frijoles. Ella las pone a remojar desde la noche anterior, y luego las monta con solo agua. Cuando ésta  hierve, baja el fuego, le agrega los aromas y la sal, y luego aguarda por su cocción definitiva. Como ven, una manera bien sencilla de prepararlas, con resultados satisfactorios.

Ayer, por cuestiones de repartición de tareas, me tocó a mí el proceso de aliñar las caraotas, y eché mano a lo que había en la casa: un par de ajíes dulces, una ramita de cilantro, un poquito de comino, y por supuesto sal. Piqué los ajíes bastamente, y el cilantro con mayor dedicación hasta obtener unas partículas que pudieran ser esparcidas en la olla. Y espolvoreé apenas una pizca de comino, pues puede ser muy invasivo si se abusa de él.

Cuando hube terminado, y aún después de lavarme las manos, noté que en ellas persistía el olor penetrante del cilantro, e inclusive podían apreciarse las notas del ají dulce, muy en el fondo. Y me puse a cavilar sobre el poder evocador de los aromas. Casi fatalmente me retrotraje a mi infancia, a la cocina de mi casa. Aunque los aromas allí eran otros: reinaban la albahaca, el romero, la salvia, el orégano. Olores mediterráneos, italianos. Los aliños criollos no tenían cabida frecuente, salvo cuando mi madre se aventuraba a preparar algún platillo venezolano que le enseñara una vecina. Y aún así esas recetas eran corregidas, para albergar algún ingrediente que las hicieran más aceptables a los paladares a los cuales estaban destinadas.

Tal vez el ejemplo más patente de esta situación tuvo lugar cuando se nos ocurrió hacer hallacas en casa de mis padres, por primera (y última) vez. Para ese momento ya era novio de Marianella, y había participado en tal vez una o dos ceremonias de preparación del condumio  navideño en su hogar, por lo que me consideraba bastante preparado como para dirigir, acompañado por ella, una jornada de elaboración de hallacas. Sin embargo, hubo un factor que no tomé en cuenta: la creatividad de mi padre. A él se le ocurrió que, en vez de elaborar un guiso tradicional, podíamos rellenar las hallacas con un estofado propio de la región del Véneto, la pastisada. No de caval, es decir, de caballo, como se elabora en la receta original, sino de algún corte de segunda que permita la larga cocción de la carne, y que no infrinja ninguna ley de protección animal. Creo que se usó lagarto, que en italiano recibe el nombre de manzo, pero no me atrevo a jurarlo dada la gran cantidad de años que transcurrió desde ese momento. La pastisada es un plato que se remonta al temprano Medioevo, específicamente al año 489 D.C. Y se originó, según la leyenda, como resultado de una feroz batalla ocurrida en las cercanías de Verona, en la cual cayó muerta una gran cantidad de caballos. Dicha circunstancia fue aprovechada por la población, que estaba pasando por un período de carestía y hambruna, para aprovisionarse  con la carne de las nobles bestias, puesta a macerar en vino y especias para prolongar su conservación. En fin, que la receta quedó en la tradición gastronómica de la ciudad y mis padres se la trajeron a Venezuela, cambiando de animal por razones obvias pero respetando el resto de la receta. La pastisada se casa a la perfección con la polenta, y de allí a imaginarla dentro de la masa amarilla de la hallaca fue un paso natural para la imaginación desbocada de mi padre. ¿Qué podría salir mal?

En realidad, todo. Ya sea por la inexperiencia de los participantes, o por la insólita combinación de sabores, el experimento resultó un fiasco total y absoluto. Pudimos constatar que la suma de dos cosas buenas no produce por necesidad una mejor. Creo que el único en alabar esas hallacas mestizas fue su inventor, más por pundonor que por convencimiento. Afortunadamente la producción fue muy escasa, tal vez unas 20 o 30 piezas, por lo que pudieron desaparecer sin mucha pena. Y ninguna gloria.

Copio a continuación la receta de la pastisada. Pero, por favor, no se les ocurra utilizarla como relleno de nada. Acompáñenla con una polenta recién hecha, o pasada por la brasa, y regada generosamente con los jugos de la preparación. Así, es una maravilla.

Ingredientes para 4 personas:
  • 600 gr de lagarto sin hueso, falda, pollo de res o similar
  • 2 zanahorias, 1 céleri (la parte blanca), 2 cebollas
  • Una hojita de laurel
  • Nuez moscada
  • Clavos de olor
  • Sal, pimienta en granos al gusto
  • 30 gr de harina
  • 40 gr de aceite de oliva
  • 40 gr de mantequilla
  • 100 ml de caldo de res
  • 1 lt de vino tinto (Valpolicella sería el indicado)
Preparación:
Colocar en un recipiente la carne cortada rústicamente y cubrirla con el vino. Dejarla marinar por uno o dos días, preferiblemente. 
En una cacerola se colocan el aceite y la mantequilla, y una vez calientes se saltean en ellos las verduras cortadas en juliana. Escurrir la carne, clavarle los clavos de olor, enharinarla y ponerla en la cacerola. Cocerla por alrededor de una hora.
Agregar el vino de la marinada, el laurel, los granos de pimienta y un poco de nuez moscada rallada. Dejar cocinar a fuego moderado por unas tres horas. De secarse mucho agregar algo del caldo de res. Ajustar sal y pimienta hacia el final de la cocción. La carne deberá quedar suave y desmechable.