jueves, 12 de mayo de 2016

Caracas cierra temprano

Ayer en la tarde tenía pautada una reunión con unos amigos, y nos habíamos citado en el Centro Plaza, a las 5:00 PM. Dado que el día había estado convulsionado, decidí salir con bastante antelación previendo el posible retraso por las condiciones del tránsito. Fue una precaución inútil, porque las vías estaban despejadas - demasiado despejadas, en realidad -  y llegué al sitio con una buena media hora de adelanto. Como tenía 30 minutos para quemar, decidí darme una vuelta por la urbanización, y tal vez tomarme un café y comerme un dulce en alguna panadería. Con ese propósito en mente, me dirigí a la "Aída", el templo de las caracolas. Me recibieron el ya habitual cartel de "no hay pan", y una muchedumbre que estaba haciendo cola... por las caracolas, precisamente. No me pareció un buen plan eso de esperar mi turno para ser atendido, así que me dirigí a otro establecimiento. Este estaba vacío, e inmediatamente supe la causa: "Ay, miamor, el punto no sirve". Deseché mis intenciones de consumir algo durante mi espera, y regresé al Centro Plaza.

Todavía faltaba un cuarto de hora, así que comencé un lento y retrospectivo viaje al pasado. Recorrí a paso amortiguado los varios pasillos de los que se compone la zona comercial del centro, y a medida que caminaba se me iba aguando el guarapo. Todo parecía igual a hace 40 años, pero con diversas capas de deterioro a cuestas. No hablo de suciedad, valga la aclaratoria. Hasta donde vi no hay problemas de higiene. Me refiero a que todo está como gastado, desteñido. Envejecido tal vez sea el mejor término. La nostalgia me hizo penetrar  esa zona denominada Villa Mediterránea, que en el pasado estuvo poblada por minitiendas divertidas, en donde se podía conseguir mercancía curiosa, apta para esos regalos chistosos que nos gustaba hacer en la juventud. Ya no queda nada de eso, a menos que uno quiera obsequiar un dildo comprado en la "sex shop", que parece ser el único negocio próspero de la Villa. Del resto, algún café, varias peluquerías, una tienda de ropa. Pero todo arropado por ese manto de vejez al que aludí anteriormente.

Proseguí mi camino, y fui a ver las 3 librerías que subsisten. Estaban vacías, salvo un par de dependientes esperando con indiferencia la hora de cierre, sin mucho que hacer. La oferta de libros de las vitrinas era la misma que se puede observar en otras tiendas del ramo. Algunas pocas novedades nacionales, y prácticamente ninguna foránea.

Continué mi paseo por la nostalgia quejumbrosa, y fui a dar a la zona más oscura del sitio, esa área que está justo debajo de la entrada principal del Centro Plaza. Allí, por alguna razón que no se me ocurre, hay un puentecito de madera sobre una especie de tarima alfombrada. Por más que hago memoria no recuerdo si antes de la alfombra hubo un espejo de agua que le diera propósito al puentecito. No importa mucho ya, pues el paso sobre él está vedado por una cadena puesta en cada una de sus entradas. Toda esta parte del recorrido fue realizada en penumbra, pues la mitad de las luminarias estaba apagada.

Ya era la hora de la cita, y me dirigí a lo que fue el Café Margana, de grata memoria por los desayunos sustanciosos que podían celebrarse allí, acompañados por un excelente café. Ya el Margana no existe, sino una réplica de él, con algunas de sus mesitas de mimbre. No puedo dar fe de la calidad de la comida, pues lo que consumimos fueron - ¡oh, milagro! - unas cervezas. Frías nivel restorán chino. Que nos supieron excelentes, a pesar de ser Light. Creo que a esa hora éramos los únicos parroquianos en el sitio. Un pequeño tropel de mesoneros conversaba, a falta de otras obligaciones. Eso permitió que nos atendieran rápida y solícitamente.

A las 6:30, después de haber ventilado los asuntos que nos concernían y vaciado varias botellas, tuvimos que pedir la cuenta pues tanto el local como el estacionamiento cierran a las 7, por las medidas de austeridad impuestas por la crisis eléctrica. Antes de eso, obligado por las cervezas, tuve que utilizar el baño. Para llegar a él hay que entrar al local y pasar por el bar. Allí me sorprendió la presencia de varias botellas de aguardiente San Tomé, entre otros licores nacionales e importados (las botellas de estos últimos, valga decir, estaban entre medio llenas y vacías, y parecían más bien puestas como decoración).

Regresé a mi casa por la Rómulo Gallegos, preparado para enfrentarme a los habituales retrasos tan comunes en esa vía. Pero estaba visto que ese día no iba a sufrir colas vehiculares. La avenida estaba sola, de una soledad hasta atemorizante, como si fueran las 11 de la noche. Me tomó apenas unos 10 minutos llegar a El Marqués. Hasta eso se ha perdido en Caracas, la nocturnidad. La ciudad cierra a las 7.

domingo, 1 de mayo de 2016

Sim Floyd, derribando la pared



En los comienzos del cine como atracción comercial no se había desarrollado aún la técnica que permite sincronizar el sonido con la imagen, y por ende las películas eran mudas. Para darle esa dimensión sensorial, en las salas en donde se proyectaban las películas - por lo general teatros adaptados a esa nueva función - se instalaba una orquesta que tocaba música acorde al film que se estuviera proyectando. Esas orquestas se disponían de manera de no estorbar a los espectadores en su visualización; eran meros instrumentos de apoyo al espectáculo.

Hoy asistimos a una presentación que me hizo recordar eso que no experimenté en primera persona, ya que desde finales de la década de los 20 del siglo pasado ya el cine era sonoro, pero que conocía por mis lecturas sobre los orígenes de ese espectáculo tan primordial como fuente de entretenimiento y cultura en nuestra civilización. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba cuando el cine era mudo, esta vez el espectáculo fue la banda, y el film sirvió de apoyo visual a su desempeño en la tarima. Me refiero al montaje "The wall", puesto en escena por la talentosa banda tributo a una de las agrupaciones más importantes del rock psicodélico, progresivo, espacial o cualquier otra etiqueta que se le desee poner a Pink Floyd. Ellos se hacen llamar Sim Floyd, pero ese "sim", que hace pensar en  la palabra "simulación", no debe llamar a engaño.

Durante los 95 minutos que dura la película tuvimos el privilegio de asistir a una impecable presentación de su banda sonora, ejecutada a la perfección por los grandes músicos que componen Sim Floyd. Y los calificativos que empleo no son exagerados: la sincronización, la interpretación de los instrumentos, y la vocalización de los entrañables temas que componen el soundtrack de The wall no hicieron echar de menos el material grabado. Es notable el grado de compenetración que alcanzaron con respecto al sonido original de la película. Cada nota estuvo en su lugar y en el momento preciso.

El espectáculo nos planteó una puesta en escena compuesta por una vieja butaca de raído terciopelo beige -que en un principio me pareció una de las que estuvieron por 30 años en casa de mis padres, y luego fueron a parar al depósito de una tienda de compraventa de muebles usados. Junto a ella, una mesita redonda con una lámparita encima. Por supuesto, el mobiliario pretendió emular el utilizado por Pink cuando se hallaba en estado catatónico en la habitación de hotel en donde arranca la película. Sobre el escenario, una pequeña pantalla anunciaba el lugar por donde desfilarían las imágenes creadas por el genio de Alan Parker, y debajo de ella el habitual set al que estamos acostumbrados al ir a un concierto de rock: la batería en el centro, hacia el fondo, a su lado los teclados y al frente las guitarras, el bajo y los parales para los micrófonos que utilizarían los vocalistas.

Ya desde el vamos supimos la magnitud del evento al que estábamos a punto de asistir. Cuando comenzaron a sonar las notas de "In the flesh", justo en el momento que en la pantalla se sacudían las cadenas de la puerta que iba a ser abierta a la fuerza, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. La piel se le debe haber erizado a más de uno de los presentes; por lo menos así me ocurrió a mí. Y lo mismo sucedió en cada uno de los temas que se fueron desarrollando ante nuestros ojos y sobre todo nuestros oídos. Lo que escuchamos fue Pink Floyd, ni más ni menos. Todos los músicos y los cantantes estuvieron a la altura del compromiso que se plantearan tres años y medio antes, cuando decidieron embarcarse en esa aventura inédita en el mundo, según nos contara Ángel Ricardo Quiñones, el guitarrista que no nos hizo extrañar a Mr. David Gilmour, así como pasó con cada uno de los demás integrantes de la banda.

El momento cumbre, tanto para mí como para el grueso del público a juzgar por  su reacción, fue la interpretación de Confortably numb, coreada con entusiasmo y energía por los asistentes, y que le permitió a Ángel lucirse en el par de solos que contempla la pieza, ejecutados con real pasión. Y para cerrar, fuera de la programación original y ya sin la película desarrollándose en la pantalla, nos obsequiaron "Hey you". Vaya manera de culminar el concierto.

En anteriores ocasiones en que he reseñado conciertos de bandas tributo, o de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, no ha faltado el criticón de oficio que argumenta alguna tontería sobre la falta de originalidad. Y me pregunto si esa persona, cuando asiste a un concierto de música académica, no va a escuchar una rendición fiel de las notas compuestas por el autor de las obras puestas en escena. En mi opinión lo que hacen las bandas tributo es análogo, y cuando alcanzan niveles de excelencia como el que logra Sim Floyd yo, por lo menos, lo agradezco. Dado que ya no es posible asistir a un concierto de Pink Floyd, bienvenidas sean estas  iniciativas que nos permiten rememorar y disfrutar la música compuesta por los grandes héroes originadores de esta pasión compartida que es el Rock.