En estos días estábamos en el taller de Mary, al final de la tarde, conversando al calor de unos tragos. Mientras lo hacíamos, pasé la mirada por los libros que estaban en un estante de usos múltiples, que había sido la biblioteca original de mi casa paterna, y que, tras varias transformaciones, una de las cuales la vio forrada, muy setentosamente, de Fórmica blanca, ahora es el depósito de materiales de mi esposa. Me llamó la atención un libro enparticular, encuadernado en pasta dura de esa que se usaba antes, con textura de tela, de un color que había sido verde esmeralda pero hoy en día ya perdió su lustre original. Se trataba de una edición ilustrada para el público infantil y juvenil de la novela “Sin familia”, de H. Malot. Recordaba a trazos gruesos el argumento de aquél folletín francés: la historia de un joven que había sido recogido de la calle por una familia, y que luego de mil peripecias llegaría a conocer a su familia de sangre. Tenía un recuerdo muy vivo, sin embargo: la mención de un condumio llamado “buñuelo de viento”. Desde que leí ese nombre, se me quedó grabado, tal vez por mi inveterada glotonería. Tomé el libro del estante, y lo ojeé en busca de esa referencia, que hallé casi al principio de la narración. Según ella, se preparaban a base de leche y mantequilla. Supongo que, además, llevarían algo de harina o alguna otra fécula. Satisfecha esa curiosidad inicial, me fui al final del libro para ver cómo terminaba. El párrafo final dice: “-‘¡Bravo, Capi!- Dijo sir Milligan-. Con lo que has recogido y esto que yo añado, más lo que nos vayan dando almas caritativas, fundaremos un hogar para músicos trnshumantes”. Una revelación se me presentó en ese momento. Leí un poco más arriba, para confirmar lo que sospechaba: Capi era un perro, el fiel acompañante de Remí, el protagonista de la historia. Tal vez no lo sepan, pero uno de los perros de mi primera novela “Vidas de perros”, el segundo en orden de aparición, y el primero en ser bautizado por Tomás, el protagonista, se llama precisamente Capi. Y no fue adrede, por lo menos no conscientemente; de hecho, en la novela, la elección del nombre proviene de otra lectura, la novela histórica “Capitán de navío Horacio Hornblower”, que tal vez había leído un poco después de “Sin familia”. Lo que deduje es que ese nombre, Capi, había estado aguardando en algún lugar de mi subconsciente, hasta que tuvo la oportunidad de salir a flote.
Éste es mi cuarto de juegos. Siéntanse libres de tomar lo que gusten; si quieren dejar algo, también sirve.
lunes, 20 de enero de 2020
Los vericuetos de la memoria
En estos días estábamos en el taller de Mary, al final de la tarde, conversando al calor de unos tragos. Mientras lo hacíamos, pasé la mirada por los libros que estaban en un estante de usos múltiples, que había sido la biblioteca original de mi casa paterna, y que, tras varias transformaciones, una de las cuales la vio forrada, muy setentosamente, de Fórmica blanca, ahora es el depósito de materiales de mi esposa. Me llamó la atención un libro enparticular, encuadernado en pasta dura de esa que se usaba antes, con textura de tela, de un color que había sido verde esmeralda pero hoy en día ya perdió su lustre original. Se trataba de una edición ilustrada para el público infantil y juvenil de la novela “Sin familia”, de H. Malot. Recordaba a trazos gruesos el argumento de aquél folletín francés: la historia de un joven que había sido recogido de la calle por una familia, y que luego de mil peripecias llegaría a conocer a su familia de sangre. Tenía un recuerdo muy vivo, sin embargo: la mención de un condumio llamado “buñuelo de viento”. Desde que leí ese nombre, se me quedó grabado, tal vez por mi inveterada glotonería. Tomé el libro del estante, y lo ojeé en busca de esa referencia, que hallé casi al principio de la narración. Según ella, se preparaban a base de leche y mantequilla. Supongo que, además, llevarían algo de harina o alguna otra fécula. Satisfecha esa curiosidad inicial, me fui al final del libro para ver cómo terminaba. El párrafo final dice: “-‘¡Bravo, Capi!- Dijo sir Milligan-. Con lo que has recogido y esto que yo añado, más lo que nos vayan dando almas caritativas, fundaremos un hogar para músicos trnshumantes”. Una revelación se me presentó en ese momento. Leí un poco más arriba, para confirmar lo que sospechaba: Capi era un perro, el fiel acompañante de Remí, el protagonista de la historia. Tal vez no lo sepan, pero uno de los perros de mi primera novela “Vidas de perros”, el segundo en orden de aparición, y el primero en ser bautizado por Tomás, el protagonista, se llama precisamente Capi. Y no fue adrede, por lo menos no conscientemente; de hecho, en la novela, la elección del nombre proviene de otra lectura, la novela histórica “Capitán de navío Horacio Hornblower”, que tal vez había leído un poco después de “Sin familia”. Lo que deduje es que ese nombre, Capi, había estado aguardando en algún lugar de mi subconsciente, hasta que tuvo la oportunidad de salir a flote.
viernes, 17 de enero de 2020
La fábula del árbol presuntuoso
En el bosque que lindaba desde hacía tiempos inmemoriales con la ciudad, crecían árboles de las más diversas especies: desde aquellos cuyo origen era tropical, como los mangos y los cítricos, así como los propios de regiones más septentrionales, como los abetos y los pinos. Entre estos últimos, descollaba uno, altísimo, cuya copa, a pesar de no estar sembrado en el punto más alto del bosque, era notoriamente visible desde cualquier punto de la ciudad, ya que sobrepasaba a cualquier otra. Este pino, centenario, algunos decían que hasta milenario, era altivo y presuntuoso. Miraba a los demás árboles con cierta condescendencia, sintiéndose muy superior a ellos. Tenía una convicción: estaba para grandes cosas. Cosas del espíritu, por supuesto. Cuando le llegase la hora de su caída, su madera no iba a ser aprovechada para cosas tan banales como la fabricación de muebles, o, peor aún, para servir de combustible para las chimeneas. No. De él se procesaría pulpa de papel, papel en el que serían impresos los libros más extraordinarios que autor alguno hubiese escrito. El pino vivía cada uno de sus días alimentando esa creencia, que tal vez le fuera inculcada por alguno de sus ancestros. Mientras tanto, la ciudad, cuya fundación había visto el árbol, crecía a pasos agigantados, y pronto comenzó a robarle terreno al bosque. Día a día, hectáreas de aquella floresta, antaño impenetrable, eran fagocitadas por el crecimiento urbano. El estruendo de las motosierras talando árboles formaba parte de los sonidos ambientales. Fatalmente, un día le tocó al pino. Éste no temió el momento: más bien lo aguardaba, porque sabía que su destino estaba escrito e iba a trascender. Su derribe fue lento, laborioso y largo, dado su descomunal tamaño. Tras unos tres días de trabajo, los obreros habían transformado al enorme árbol en un inmenso atado de madera. La empaquetaron, y la subieron a un camión, que emprendió camino hacia la fábrica de papeles sanitarios de la ciudad, que producía el papel higiénico más económico y de mayor demanda por parte de los habitantes más humildes de la localidad, gracias a su precio tan económico, y a pesar de su ínfima calidad.
jueves, 26 de diciembre de 2019
El árbol de Navidad
Este
año no decoramos de Navidad la casa. No le vimos el propósito, honestamente.
Así que ni siquiera pusimos las luces, que eran el último atisbo de decoración
navideña que había subsistido últimamente. Los adornos que todavía conservamos se quedaron
guardados en sus cajas. El pino Manaplás, comprado en nuestro segundo año de
casados, hace varios que dejó de ver la luz del día; ya para la última vez que
se usó parecía un pavo desplumado, y era casi imposible disimular su escualidez
colocando estratégicamente las bambalinas y las guirnaldas.
Este
año nos ganó la comodidad, y la falta de propósito. Creo que nos terminamos de
rendir ante el hecho de que sin las hijas en casa no tiene mucho sentido “montar
la Navidad”. Así que el ornato navideño brilló por su ausencia.
La
decoración navideña, sin embargo, era un ritual que esperaba con fruición en la
infancia. Todo comenzaba con el paseo a Las Mercedes, a los diversos puestos
que improvisaban en los retiros frente a las casas que flanqueaban la principal
y la Río de Janeiro, en procura del árbol que sería el punto focal de nuestro
pequeño apartamento en Bello Monte, que durante todo el mes de diciembre y
parte de enero soportaría la presencia incumbente de un pino, al principio
verde verdecito, pero que al pasar los días vería marchitar las ramas,
cubriéndose de marrón. Además del pino, siempre aprovechábamos para comprar
algún detalle para aumentar la colección de objetos que colgarían de él, y un
par de latas de “nieve en spray”: un aerosol que soltaba una sustancia de olor característico,
indefinible, pero que conservo en la memoria. Ahora dudo de la eficacia de ese
elemento, pues no creo que pareciera para nada nieve, pero aparentemente era
una cosa que se acostumbraba. Las bambalinas de los años anteriores conservaban
trazas de esa sustancia, que se pegaba de su superficie de manera permanente, y
mientras más vieja fuera la bola de vidrio más capas de “nieve” superpuesta
tenía. Otro elemento infaltable en cada hogar de clase media era la base: un
trípode con un aro y una especie de bacinilla en donde se colocaba un poco de
agua para tratar de preservar la frescura del árbol, con unas tuercas
ajustables para mantenerlo erecto. Recuerdo que en mi casa la base se fijó a
una tabla recubierta de fórmica, seguramente una pieza descontinuada de alguna “cocina
americana”, como se le llamaba, para lograr mayor estabilidad y evitar que el
pino fuera a dar al piso con su carga de ornamentos frágiles, cosa que ocurrió
en alguna oportunidad si la memoria no me traiciona.
Una vez
comprado el pino, despejada la sala para conseguirle la ubicación óptima, y
colocado sobre la base, comenzaba la ceremonia de adornarlo. Mamá preparaba un
ponche a base de leche para que lo consumiéramos durante el proceso. En esa
actividad participábamos mi madre, mi hermana y yo. Los adornos estaban en una de las maletas con
las que vinieron mis padres a esta tierra, unas viejas valijas de cartón
plastificado, con las calcomanías de la empresa naviera pegadas a su superficie
exterior, y las extensiones de luces estaban enrolladas en unos tubos de
cartón. Primero, mi madre colocaba precisamente las luces, luego del pequeño
martirio que significaba su desenrollamiento y prueba: nunca funcionaban a la
primera, y yo me volví un experto en la búsqueda del desperfecto que impedía su
trabajo (por lo general, alguno de los bombillitos se había salido del zócate,
o se había quemado). Luego, venía la parte más divertida. Cada quién tenía sus
adornos predilectos: a mí me llamaban la atención unas campanitas doradas, y
unos renos (cubiertos de “nieve”, por supuesto), y los colocaba hacia la punta
de las ramas. Sin orden ni concierto, íbamos colgando todos esos guindalejos
escarchados, brillantes, y poco a poco el árbol iba vistiéndose de los colores
típicos de la navidad. Cuando las maletas ya se habían vaciado, faltaba
únicamente el detalle final: la punta del árbol. Por razones de tamaño, no me
fue dado ese privilegio a mí, por lo menos en mis primeros años de vida. Creo
que lo hacía mi padre, pero no lo pudiera asegurar.
Al
pasar los días, el pie del árbol se iba colmando de paquetes envueltos, que
contribuían a la decoración navideña, y eran víctimas de frecuentes visitas
mías tratando de adivinar cuáles eran mis regalos, y cuál era su contenido,
cuando creía que nadie me estaba viendo. Era una misión difícil, y mis buenos
regaños me gané cuando me descubrían. El momento estelar del árbol llegaba la
mañana del 25, cuando por fin teníamos acceso permitido a esos paquetes, y la
casa se llenaba de papeles de regalo rasgados y juguetes a medio armar, por
toda la sala. Era una ceremonia bulliciosa y entretenida, que nos ocupaba toda
la mañana.
La maniobra inversa, la del desmontaje del
árbol, ya no nos interesaba tanto. Sin pena ni gloria, mi madre se encargaba de
retirar los adornos y las luces, de volver a colocarlos en las maletas, y de enrollar
las extensiones en su tubo, para volver a guardar toda la parafernalia navideña
en algún closet. Y el pino, ya amarillento, terminaba sus días en el basurero
del edificio, aguardando la llegada del camión del aseo para recalar en algún
relleno sanitario de la ciudad, en compañía de otros cientos de coníferas que
habían viajado miles de kilómetros en barco, desde su Canadá natal, para
alegrar por un mes las Navidades de las familias venezolanas.
lunes, 23 de diciembre de 2019
Los juguetes de mi infancia
Tal vez
por la cercanía al 24, amanecí recordando los regalos más memorables que recibí
durante la infancia, esos que reposaban debajo del árbol y eran sometidos a
rigurosas inspecciones cuando pensábamos no estar vigilados, tratando de
adivinar qué escondía el envoltorio, usando las más refinadas técnicas de fisgoneo.
A veces la pegábamos, y debíamos simular sorpresa cuando por fin llegaba la
hora tan esperada del reparto de los regalos, ceremonia que se celebraba al
comienzo de mi vida la mañana del 25 y luego se trasladó para la noche
anterior, una vez develado el misterio del proveedor de los obsequios
navideños. Como venía diciendo, recordaba los juguetes que mayor huella dejaron
en mí. Los primeros de los que tengo alguna memoria fueron los trencitos eléctricos,
con su locomotora y una variedad de vagones conectados a ella, que recorrían
sin descanso el breve tendido de rieles que adoptaba las diferentes formas que
la combinación de piezas permitía (por lo general, un óvalo, o un círculo).
Comprados en alguna tienda de modelismo de la Calle Unión de Sabana Grande, por
supuesto, que era objeto de frecuentes visitas para admirar sus vitrinas que
exponían modelos armables de aviones, barcos, automóviles, y por supuesto
montajes alucinantes de ferrocarriles recorriendo escenarios naturales recreados
con muchísimo detalle. Ya un poco más grande, le tocó el turno a la mítica
pista de carreras de autos, la Scalextric, de dos carriles, sobre la que
protagonicé encarnizadas batallas, contra mí mismo la mayoría de las veces,
usando un control en cada mano. Un año me regalaron algo francamente bastante
inútil: unos walkie-talkie ¡alámbricos!, es decir, conectados con un cable,
larguísimo eso sí, que tenía la facultad de enredarse de una manera
endemoniada, así que ese juguete en particular no gozó de mucha popularidad.
Luego, con el apogeo del programa Apolo, me regalaron un casco de astronauta,
que ha debido ser la cosa más calurosa e incómoda, pero eso no fue óbice para
que lo luciera puesto todo el tiempo, mientras me duró la fiebre. Pero creo que
lo que más disfruté fue un regalo que recibí por triplicado. Un año me
regalaron tres cajas de juegos de química. Parece una locura, pero en los
sesenta se consideraba normal que un niño de diez años manipulara tubos de
ensayo, matraces, mecheros de alcohol, y diferentes sustancias químicas. Cuando
sacaba los componentes de las tres cajas, mi escritorio parecía un auténtico
laboratorio, y yo (en mi imaginación) el científico loco de los programas de
televisión, inventando pócimas extrañas. Los juegos traían manuales con
experimentos para recrear, pero yo prefería el dibujo libre, así que mezclaba
las sustancias según me dictara mi inspiración, calentaba, por lo general me
quemaba, pero gozaba un montón viendo como reaccionaban (o no) los elementos
que había colocado en los tubos de ensayo, mezclado en los matraces, vertido gota a gota
con las pipetas. Por un breve tiempo cobijé la idea de abrazar la profesión de
químico, tanto me gustaba la parafernalia alrededor de esa actividad. Pero me
duró poco. Con los juegos de construcción (Legos y Mecanos) comencé a cultivar
la pasión por la ingeniería, y decidí que esa sería la profesión que iba a
ejercer cuando fuese mayor. Pero qué iba a saber yo en ese tiempo, ¿verdad?
martes, 17 de diciembre de 2019
La hallaca, el aglutinador nacional
Hace
una semana, más o menos, hice una investigación en Twitter sobre las hallacas.
Las preguntas fueron dos: ¿Cuál es el ingrediente que hace que una hallaca sepa
a hallaca, es decir, de cuál ingrediente no se puede prescindir a riesgo de que
la hallaca pierda su identidad? Y ¿Qué es lo más raro que se han conseguido
dentro de una hallaca? No esperé tener tantas respuestas, ni tan variadas. Por
supuesto, la cosa se convirtió en una disputa regional, y salieron a relucir
las cosas más divertidas e inverosímiles, sobre todo con la segunda. La mayoría
dijo que lo que hace que la hallaca sepa como sabe es la alcaparra. Pero no
faltaron quienes dijeran que son las pasas, las aceitunas o las hojas. Mi
tesis, tal vez algo controvertida, es que el onoto es lo que le da ese sabor
particular, pues es lo que no falta en ninguna hallaca. Pero me equivocaba:
supe que en alguna región del país, en concreto en Angostura, prescinden de él.
También hubo una pequeña polémica alrededor de uno de los adornos típicos en
las hallacas caraqueñas, la almendra. Para mí es corriente, pues en la familia
de mi esposa, que es la referencia más cercana que tengo sobre el tema, ya que
en mi casa, por razones de identidad, nunca se hizo una hallaca, le ponen desde
siempre. O le ponían, ya que esa tradición en particular terminó con la muerte
de mi suegra. Pero muchos salieron a comentar que “eso” es un invento de
Scannone, que nunca en su vida habían visto hallacas con ese ingrediente. Hubo
quien se fue por las ramas esotéricas, afirmando que lo que le otorga el sabor
es la hechura amorosa de las manos de su madre, como si éstas tuvieran la
propiedad mágica de transformar el pastel de harina de maíz relleno con un
guiso de carnes en una hallaca. Lo cierto es que con la cantidad de respuestas
pude confirmar una sospecha: la hallaca es el verdadero plato nacional, el que
de alguna manera se dispersó por toda la geografía del país, adoptando
diferentes versiones apegadas a la idiosincrasia de cada región. En los andes
no hacen un guiso, sino que dejan cocinar todos los ingredientes al unísono,
por ejemplo, tal vez para economizar combustible (aunque es un hecho por
confirmar). En otros lados incluyen garbanzos, ruedas de huevo, papas; hasta
mencionaron mariscos, sobre todo en las zonas costeras de oriente. Supongo que
cada quién adapta la receta básica con los productos que son más fáciles de
conseguir en su zona. Pero, al final, cada casa hace todo lo posible para que
en la mesa del 24 no falte una hallaca para cada comensal, aunque cada año que
pase sea más difícil y oneroso para la economía familiar.
domingo, 15 de diciembre de 2019
Marriage story
Anoche
vimos “Marriage story”, en parte por la gran cantidad de críticas, elogiosas y
no tanto, que proliferaron en las redes esta semana. Me dejó sentimientos
agridulces, encontrados. Lo bueno de esta peli es que se pueden hacer spoilers
sin dañarle la experiencia a quienes no la hayan visto todavía, pues desde el
principio se sabe lo que está ocurriendo, así que aquí voy.
En el
plano formal, la película tiene un corte intimista, casi que minimalista, con
muy pocos personajes de importancia, y con esa economía de recursos logra
contar de manera eficiente la historia que vino a comunicar. Con un puñado de
actores conocidos y que teníamos tiempo sin ver, la película nos narra el
naufragio de un matrimonio, anunciado desde las primeras escenas, ya en su fase
de disolución. Y nos pone en frente las pequeñas miserias que sobresalen en las
relaciones humanas cuando se deterioran. Es que la película tiene dos
vertientes: el plano práctico de cómo se enfrenta un divorcio, con la asesoría expedita
y cruel de los abogados, los cambios forzados en el tren de vida, los acomodos
indispensables obligados por la nueva situación, y el plano de los
sentimientos, que (gracias al cielo) se resuelve sin necesidad de convertir la
peli en una lacrimosa versión 2.0 de Kramer vs Kramer. El director tiene el
pulso necesario para desarrollar el discurso afectivo sin recurrir a la
cursilería. Unas breves y precisas pinceladas, en los momentos adecuados,
bastan para establecer el estado de ánimo que impera en esa familia en vías de
transformación, por no hablar de disolución. Una película de detalles: como los
que demuestran la dependencia que tiene el marido de su esposa, en cosas
banales como un corte de cabello, o la escogencia de un plato de comida.
En
medio de la película me vi tentado a tomar partido por una de las partes
involucradas: comencé a sentir empatía hacia el marido, quien vio de repente
cómo se desmoronaba su vida frente a sus ojos. Pero, afortunadamente, la
película tiene suficientes elementos para balancear las cargas, y recapacité
sobre mi impresión inicial. En realidad, en ese naufragio nadie es responsable
absoluto: cada quien tiene su porción de culpa. Me parece, también, que la
película maneja un concepto controversial: no es posible conjugar la felicidad
conyugal con el éxito profesional. La esposa alega, como causa principal de su
decisión, el sentimiento de nulidad que le producía la relación con su marido,
quien no la dejó explorar a tiempo sus facetas artísticas más allá de ser su
actriz fetiche. Eso la obligó a aceptar un empleo a miles de Km. de distancia
de la ciudad en donde habían fijado residencia, y a llevarse con ella al hijo
de la pareja. Claro, luego nos enteramos sobre algunos hechos que precipitaron
la decisión de la esposa, y terminamos entendiendo que su decisión tuvo otros
fundamentos más allá de la necesidad de trascender, de triunfar.
En
conclusión: buenas actuaciones (sobre todo me causó grata impresión Adam
Driver, me parece que se lleva el galardón de mejor actor en esta película),
buen guion, buena dirección. Tal vez yo hubiese prescindido de un par de
escenas, por ejemplo la de las actuaciones cantadas, pero ya eso es un problema
personal (siento que no le aportan mucho al desarrollo de la película más allá
de demostrar las habilidades de los personajes, cada uno a su manera). El
cierre me gustó, con otro de los pequeños detalles que dicen mucho sobre la
relación entre esas dos personas que, a pesar de haberse separado, todavía
tienen mucho que compartir en el porvenir.
jueves, 5 de diciembre de 2019
Pavarotti en el ruedo
Tal vez el proyecto más glamoroso en el que me vi involucrado, en mi vida profesional, y no por el proyecto en sí sino por la personalidad que estuvo implicada, fue uno relacionado con el “bel canto”: se trató de el software para controlar la venta de boletos para la presentación de Luciano Pavarotti en Venezuela, en 1998. El proyecto en sí tenía ciertos retos, pues la aplicación debía mostrar a los interesados los puestos disponibles en cada sección, y marcarlos una vez confirmada la venta de los tickets (esto ahora es moneda corriente, pero en ese momento solamente el Teresa Carreño disponía de un software similar). Fue un bonito trabajo que resolví con puras matrices, para los interesados en los detalles técnicos; lo programé en Clipper, mi caballito de batalla por esos años. Además, la venta se hacía en varios puntos que no estaban interconectados, así que hubo que ingeniársela para mantener la información actualizada al final de cada día, consolidando las ventas de cada punto vía diskette. Esto ahora da risa, pero en ese momento la tecnología no daba para mucho más. Este proyecto concluyó bien, por lo que como bonificación especial me obsequiaron dos entradas para presenciar el concierto. Se iba a escenificar en la ciudad de Valencia, en su plaza de toros; ahora no recuerdo la fecha, pues el bonito folleto que imprimieron se me extravió. Solo sé que fue un día sábado. Mi esposa y yo lo asumimos como una minivacación, sin las hijas, pequeñas en ese momento, que se quedaron bajo el cuidado de mi madre, y cerca de las dos de la tarde emprendimos el viaje a Valencia. Un viaje que resultó divertido y accidentado. Las entradas nos las iban a entregar en la misma plaza de toros, de cuya ubicación no tenía ninguna idea salvo la dirección, lo que nos ocasionó un recorrido azaroso por una zona de Valencia que desconocía, y nos llevó, perdidos, a una especie de barrio que no nos dio muy buena espina. Tras divagar sin rumbo concreto pudimos dar con el coso taurino, y ya con las entradas en mano nos dispusimos a buscar alojamiento para la noche, pues no teníamos pensado regresar el mismo sábado, dada la peligrosidad que le atribuíamos a la ARC, aún en esa época. Conseguimos un hotelito bastante decente, recién remodelado, tal vez un matadero de cierta categoría, pero que se veía muy limpio. Dejamos allí el escueto equipaje que llevamos, y después de refrescarnos nos devolvimos a la plaza de toros, esta vez con mayor conocimiento por lo que llegamos sin contratiempos. No recuerdo gran cosa del concierto, salvo la constatación del vozarrón que todavía conservaba Pavarotti en ese momento. Interpetó varias arias de ópera, algunas conocidas por mí, otras (tal vez la mayoría) no. Sí recuerdo la elegancia desproporcionada de algunas personas, ataviadas como si se tratase de la Scala de Milán, y no un lugar en el cual habitualmente se reunían miles de personas a ver desguazar malamente a los toros que tuvieron la mala fortuna de haber sido criados para la fiesta brava. Al terminar el concierto nos fuimos a comer a un restaurant bastante famoso en ese momento, el Casa Valencia, que resultó ser el lugar de elección de muchos de los asistentes al concierto, por lo que la movida pareció haberse trasladado al comedero, lleno de gente emperifollada como para un clima muy diferente al de la calurosa ciudad carabobeña.
Al día siguiente emprendimos el retorno a casa, cerca de las nueve de la mañana. Todo iba bien, sin mayores contratiempos, hasta que más o menos a mitad del recorrido mi camioneta Caribe comenzó a recalentarse y un vaporón muy poco auspicioso comenzó a salir del capó. Tuvimos que detenernos, y una vez que el motor se enfrió pude constatar el motivo de la avería: se había roto un tubo del sistema de enfriamiento, y toda el agua se había botado. Tocó esperar una grúa, y jalarle al gruero para que nos aceptara un cheque, cosa que hizo a regañadientes. Pero accedió a llevarnos apenas un poco más adelante, a un lugar llamado “Pare-Stop”, en donde había un taller mecánico que gracias a los dioses trabajaba 24-7. El detalle era que en el taller no me aceptaron ningún pago que no fuese en efectivo, por lo que comenzó un pequeño calvario para mí, pues en el sitio tampoco había señal de celular para buscar auxilio. Tuve que conseguir una cola hacia un lugar en donde sí había cobertura, y pedirle a mi cuñado el favor de llevarnos el dinero para pagarle a los mecánicos. Yo lo esperé en el lugar, y luego de unos 45 minutos llegó, por lo que pudimos saldar la deuda y regresarnos a casa.
Años después, de regreso de alguna vacación al occidente del país, volví a pararme en el “Pare-Stop”. No sé si todavía estaba el taller, pero sí vimos que el modesto paradero de aquella aventura se había transformado en una churrasquería brasileña, de un lujo inusitado para ese lugar botado en la carretera, y con una oferta gastronómica demencial, pues además de las consabidas carnes que eran llevadas sin pausa a las mesas por unos atareados mesoneros, tenía un bar de sushi muy bien surtido. Nunca entendí bien la apuesta de los empresarios al convertir un paradero de carretera en ese lujoso restaurant, y tampoco sé si resistió el paso del tiempo y el deterioro de la situación de la autopista, y del país.
-----------------
Una pequeña búsqueda me dio la información faltante: el concierto fue el 8 de marzo de 1998. Dejo la reseña que encontré: https://abcdelasemana.com/2017/09/15/pavarotti-en-valencia-marzo-8-1998/
lunes, 25 de noviembre de 2019
Un turista en Las Mercedes
Ayer
tocó madrugar, más de lo habitual, sobre todo para un domingo, pues Marianella
se había inscrito en la carrera auspiciada por la Unión Europea bajo la
consigna de contrarrestar la violencia hacia la mujer. La competencia tenía
previsto iniciar a las 7:00, pero para retirar el chip que permitiría el
registro del tiempo empleado por cada corredor, adminículo que no había llegado
el día anterior cuando fuimos a buscar el material ofrecido, tuvimos que estar allí a
las 6:00. A esa hora todavía el cielo estaba oscuro, y un cachito de luna era
lo único que lo iluminaba. Hacía fresco, por lo menos para los parámetros de
nosotros los caraqueños que gozamos de una temperatura que oscila entre los 20
y los 30 grados durante casi todo el año. Claro que andar en shorts y franela
tampoco ayudaba mucho. Pero eso fue cambiando rápidamente a medida que el sol
iba despuntando por el este, y pronto la sensación térmica dejó de ser la que
experimentamos momentos antes. Luego de los trámites administrativos, Mary se
reunió con sus compañeros corredores, y yo aproveché el tiempo para hacer
turismo peatonal por Las Mercedes.sábado, 23 de noviembre de 2019
El primer cigarro
Un gesto, un sabor, un olor, tienen el poder de trasladarnos en el tiempo. Hace rato, al encender un tabaco, regresé al preciso instante en el que por primera vez acerqué un fósforo prendido a un cigarro, colgado torpemente entre mis labios, y le di el primer jalón. Afortunadamente, el vicio no prendió en mí. Lo hice por moda, todo hay que confesarlo. Quería sentirme “grande”, a mis escasos catorce o quince años. Estaba en la fuente de soda del Cada de La Florida, con la que era mi mejor amiga en ese momento, prácticamente mi hermana, pues desde nuestro nacimiento estuvimos muy cerca. Compartimos esa primera cajetilla, y creímos haber sellado nuestro ingreso al mundo de los mayores con aquel gesto de rebeldía e independencia. No recuerdo si ella conservó el hábito. Yo no pude; de hecho, lo aborrecí durante toda mi vida, hasta hace unos años, cuando me aficioné al tabaco. El vicio me estaba esperando con paciencia. La paciencia de un cazador agazapado, aguardando por su presa.
lunes, 18 de noviembre de 2019
La literatura como descubrimiento
Lo
bueno (y lo malo, dependiendo de la manera de pensar de cada quien) de la
literatura es su infinitud, en términos prácticos. Entre los millones de libros
ya escritos y los miles que se escriben cada año, es imposible que una persona
asimile un porcentaje importante del patrimonio literario universal. Eso a la
vez es deleite y frustración, pues vaya a saber uno cuáles joyas desconoce.
Uno de
los placeres más grandes que me ofrece la literatura es el descubrimiento de un
autor importante, o por lo menos de uno cuya obra sea deslumbrante ante mis
ojos. Es la apertura de un universo repleto de personajes, parajes, obsesiones
y reflexiones que a veces tienen el poder de funcionar como espejos, o cajas de
resonancia de las propias. Es adentrarse en la mente de cada escritor, y
maravillarse por su poder, expresado mediante la palabra. Últimamente he podido
experimentar ese placer algunas veces. 2016, por ejemplo, fue el año de Foster
Wallace, y la lectura de su obra máxima “La broma infinita”. Si debiera hacer
un paralelismo, diría que obró sobre mí el mismo efecto que hizo en su tiempo
la lectura de “Cien años de soledad”, por mucho que hoy en día me sienta
distante de la literatura del Gabo. 2019, en cambio, está siendo el año de
Sándor Márai. Estoy leyendo el cuarto libro, y todos me han dejado maravillado,
y admirado por el enorme conocimiento del ser humano que demuestra el húngaro
en su obra. Tanto en sus novelas como en sus diarios, Márai no deja de dar
testimonios sobre su visión del mundo y de los hombres que lo pueblan, hurgando
hasta el hueso para dejar al descubierto sus motivaciones para hacer lo que
hacen. Uno puede estar de acuerdo o no con él, pero no puede negar su maestría
y su oficio. Un grande, definitivamente.
La
literatura no salva de nada, pero entretiene. Espero con fruición los descubrimientos
que me esperan el próximo año.
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