sábado, 23 de junio de 2012

Tu partida


Amanece, y la sucia luz matutina
me recuerda tu mirada
severa, de reproches cargada,
y cansada de la rutina.

Y pienso que soy esto,
no te puedo dar más nada,
la vida es una chorrada,
un transitar siniestro.

Anoche hubo mucho vino,
mucha música, mucho sonido;
esta mañana solo silencio,
busco a mi lado pero te has ido.

No supe retenerte, no supe guardarte;
no supe lo que tenía que darte;
Ahora lo sé, pero es demasiado tarde.

sábado, 12 de mayo de 2012

Llueven balas



La imagen anterior corresponde a una bala que mi esposa recogió esta mañana, en la terraza. Dicha terraza constituye nuestro lugar de escape; el sitio que nos permite estar al aire libre, de noche, sin correr peligro alguno (o por lo menos eso pensábamos). Solemos instalarnos allí cuando comienza a atardecer, provistos de unos tragos, a escuchar música y a hablar pajita. Nos sentimos felices, si me perdonan la puerilidad.

Pero ahora llueven balas. Del cielo caen proyectiles, salidos del arma accionada por algún irresponsable. No es la primera vez que ocurre: ya en otra ocasión encontramos una bala, justo la mañana siguiente a una fiesta que una de nuestras hijas celebró precisamente en la terraza. Suponemos que La bala de hoy fue disparada al aire, pues está bastante bien conservada, es decir, sin las deformaciones que tendría de haber sido disparada hacia un objeto cercano. No se nada de armas ni de municiones: supongo que corresponde a un calibre pequeño, tal vez 38 o menor. Pero una bala, así venga en caída libre, si te cae en la cabeza puede herirte seriamente, tal vez hasta pueda matarte. No se si ahora podremos instalarnos con la misma tranquilidad en la terraza. Tal vez el fantasma del miedo nos obligue a guarecernos, buscando la protección de las consabidas cuatro paredes.

Hace algunos años escribí un pequeño texto que creo viene al caso:



"Uno de los temas mas abordados por Borges, casi pudiera decir que su ‘leit motiv’, es el laberinto. En su cuento ‘El jardín de senderos que se bifurcan’ propone un laberinto infinito, que se desarrolla en el interior de un libro. Una noche reciente, acabando de releer el cuento en cuestión, me acosté algo inquieto. Tal vez el calor, tal vez demasiado café, posiblemente intrigado por el significado del cuento, no pude conciliar el sueño. Puse mi mente en automático, a divagar, tratando así de burlar el insomnio. Casi fatalmente, llegué al tema predilecto de Borges.  Un laberinto infinito. ¿Como crearlo? Debe ser imposible.

De repente, un disparo aislado en el silencio de la noche me proporcionó la clave: ya tenía mi laberinto resuelto. El método es sumamente sencillo: como punto de entrada al laberinto se escoge el sitio en donde se produce ese primer disparo. El resto es descontado: se espera la repetición del hecho, y se traza una línea imaginaria entre ambos puntos. El procedimiento se repite para todas las ocurrencias de ese evento, es decir, un disparo aislado. Tendremos de esa manera un laberinto infinito, que sabemos donde empieza pero no donde termina. Este método tiene, no obstante, una debilidad: el laberinto podrá dejar de ser eterno para una persona cuando el disparo aislado en la noche, la consiga en su trayectoria.

A partir del momento en que maquiné mi laberinto infinito, no he tenido mucha paz. No puedo evitar sentir un estremecimiento al escuchar esos balazos que de vez en cuando se escuchan, partiendo la noche".


Pues ese texto, pensado como un ejercicio de imaginación, me vino a la mente con el episodio de esta munición caída del cielo. Uno oye hablar del desarme de la población, así en abstracto, y piensa que es necesario pero utópico. Pero cuando tiene el objeto concreto en la mano, esa bala, entiende que existe la posibilidad real de morir baleado como un mismo pendejo mientras se toma un whiskicito al fresco de la noche, porque a un individuo le pareció gracioso soltar unos cuantos tiros hacia el cielo. Entonces empiezan los escalofríos y se clama por una solución definitiva a este problema. Ojalá el destino no nos depare una bala perdida, ojalá no seamos el punto final del laberinto.

domingo, 6 de mayo de 2012

Caracas, la posible.



Cuando pequeño, habitante de Bello Monte, el hecho de salir a pasear de noche por las calles aledañas era algo cotidiano, común y corriente. Teníamos amistades que vivían en Chacaíto, en la calle Villaflor de Sabana Grande y en la calle Negrín, por poner unos cuantos ejemplos, y un par de veces a la semana íbamos a visitarlos, regresando a casa a altas horas de la noche. Caminando pues no teníamos automóvil, aún. Eran los años 60, en sus postrimerías; jamás nos ocurrió ningún evento del cual lamentarnos. 

Ya en los 70 las cosas comenzaron a cambiar: los arrebatones en la calle comenzaron a ser habituales, operados  por motorizados o por carteristas "de a pie". Y en los edificios se empezaron a conocer los atracos. Claro, las entradas no poseían ningún tipo de seguridad, y cualquiera podía traspasarlas. Creo que fue a partir de entonces que comenzó el deterioro paulatino de la vida ciudadana. Poco a poco llegamos a lo que somos ahora: ocupantes de una ciudad abiertamente peligrosa, que nos  acecha en cada esquina, y nos hace suspirar de alivio todos los días, cuando los familiares llegamos a casa y estamos a buen resguardo (aunque siempre queda la paranoia de una intrusión nocturna en el hogar,  algo que no es descartable en lo absoluto). Nos autoimponemos una suerte de toque de queda que se infringe solo cuando es estrictamente necesario. Ya el placer de pasear por pasear de noche se nos olvidó. La ciudad está fortificada, solo que no para evitar potenciales invasiones de naciones extranjeras, sino para defendernos de nuestros propios conciudadanos. Cada urbanización, cada edificio, cada casa, es una ciudad-estado en miniatura;  para poder entrar en ellas necesitamos un salvoconducto. Las garitas se han vuelto parte del paisaje urbano, y los vigilantes decretan quien pasa y quien se queda. El derecho al libre tránsito es hoy por hoy una quimera, derogado de facto por la inseguridad. 

Eventos como el Festival de lectura nos reconcilian con esta maltratada y maltratadora ciudad. El mero hecho de poder estar al aire libre, de noche, sin sentir desasosiego, y de paso disfrutar de propuestas culturales de calidad, como el monólogo de ayer de Leo Felipe Campos, o la presentación del libro "Caracas muerde" de Héctor Torres, por mencionar dos, es algo que nos saca de nuestros habituales esquemas de pensamiento, sobre lo hostil e invivible de Caracas. Voy a referirme a esos actos culturales: a pesar de que ambas propuestas giraron en torno a la fatalidad, cada una nos dejó una enseñanza valiosa. 

Héctor Torres sostuvo una amena conversación con Alberto Barrera, en la cual ambos escritores intercambiaron una serie de ideas centradas alrededor de la temática del libro que se estaba presentando. Por supuesto dirigidas hacia darlo a conocer pero, más allá de eso, pensadas como una especie de redención de la ciudad. El caraqueño ha adoptado el recelo y la desconfianza como armas para poder desenvolverse en el día a día de la caótica urbe, es cierto. Mientras más invisibles mejor, parece ser la norma. Sin embargo existen situaciones rescatables; siempre podremos encontrar la proverbial flor en medio del barro. La lectura de párrafos claves del libro por parte de Alberto Barrera, y los comentarios respectivos del autor, fueron un apetecible entremés que despertó la curiosidad de la audiencia. En palabras de Héctor, Caracas muerde, es verdad, pero no todos los mordiscos son malos. Quedamos pendientes de adquirir el libro y disfrutar de la amena y crítica escritura de Torres.

El acto de Leo Felipe Campos fue una suerte de monólogo, centrado alrededor de una idea: lo que no nos mata nos fortalece. Luego de una jocosa introducción a cargo del gran narrador y poeta José Tomás Angola, quien se deshizo en elogios intencionalmente altisonantes y divertidos hacia Campos - a quien denominó siempre con el epíteto de "escritor criollo", logrando gran alborozo en el público - se subió al escenario un visiblemente herido personaje (interpretado por Leo Felipe) quien, apalancado en la obra de Viktor Frankl y sus vivencias en los campos de concentración de la II guerra mundial, nos puso ante una idea inquietante: si no hubieran ocurrido algunos acontecimientos terribles en la historia de la humanidad no tuviéramos una conciencia colectiva de los límites de la maldad humana, y tampoco contaríamos con herramientas para contrarrestarla. El monólogo tuvo momentos de tensión, como cuando Leo emplazó a una muchacha de la audiencia a imaginarse como víctima de una violación. Hasta que no le sucede algo a uno, es imposible saber. Uno puede imaginar, pero solo la experiencia directa nos pone en contacto con esa realidad, y nos da a conocer nuestro potencial de recuperación. Acompañado por una botella de Jack Daniels (de vital importancia para el monólogo) y libando a ratos un vasito de dicho licor, nos obligó a cuestionarnos nuestras prejuicios y puntos de vista.

Éstos fueron los actos que pude presenciar, pero se que hubo muchos otros; se necesitaría el don de la ubicuidad para atender todas las propuestas. Este tipo de eventos nos deja una enseñanza: con un poco de esfuerzo e inteligencia podemos recuperar la amabilidad de nuestra urbe. Aunque podemos hacer una analogía entre esta iniciativa y los operativos que de tanto en tanto instrumentan las autoridades, signados por la temporalidad y la coyuntura, es un inicio. Como ciudadanos tenemos el derecho de disfrutar los espacios públicos sin más obligación que el respeto al otro, y los servidores públicos tienen el deber de garantizarnos dicho derecho. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Diez canciones para cantar en la ducha, o en los largos viajes en carro

Eso, pues. Canciones que disfruto tararear (decir cantar es una osadía, para mis miserables cualidades vocales). Canciones que evocan una época, una situación, o simplemente me gustan.

1) Losing my religion - REM


Siempre digo que el CD Out of time es el placer culposo dentro de mi colección musical. Bueno, ya no lo es pues pasó a mejor vida, aparentemente no es buena idea dejar los cedés en la guantera del carro bajo los soles inclementes que a veces nos acosan. Pero divago; digo que es el placer culposo pues se aleja años luz de lo que escucho habitualmente, de la música que (pienso yo) me define. Sin embargo el álbum en general y esta canción en particular los puedo escuchar en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia.

2) Dune mosse - Zucchero


Este caballero nació en el sitio y el momento equivocados. Pertenece por derecho propio al sur de los EEUU, en los años 40. Hace un blues con un sentimiento único, para mi gusto. Ojo, esta no es una canción representativa de lo que estoy diciendo, pero aún así conserva ciertos elementos del blues aunados a la tradición letrista italiana.

3)Personal Jesus - Depeche mode, versionada por Johnny Cash


Un gran amigo de reciente adquisición me pasó un día una carpeta de música. Dentro de ella había una subcarpeta llamada "Johnny Cash". Me sorprendió sobremanera esa recomendación, pues asociaba a Cash con uno de los estilos musicales que menos disfruto, el country. Pero estaba equivocado por lo menos en lo concerniente a la selección que me había pasado: son versiones de canciones de otras bandas, grabadas al final de la vida de Cash, con un sentimiento que llega muy hondo.

4) Twist in my sobriety - Tanita Tikaram


De un poema que escribió en su adolescencia, esta desaparecida mujer compuso una canción con la que hice empatía desde el momento en que la escuché. Lástima que ella se haya quedado en el camino (hasta donde tengo entendido).

5) The letter -  Wayne Carson Thompson, versionada por Seasick Steve


The letter es un clásico del que poco se puede decir que ya no se haya dicho. Llevada a la fama por Joe Cocker, reapareció en la voz de este señor bluesista, que hace una versión bien particular de ella. Si son aficionados al show de Josh Holland tal vez lo hayan visto alguna vez.

6) Via del campo - Fabrizio de André


¡Fabrizio, que grande eres! Genovés trasplantado en Cerdeña, es un poeta prestado a la canción, y un gran crítico social. En sus textos conviven prostitutas, perdedores, señoras de la alta sociedad y gigolós, descritos    de manera precisa e ingeniosa, a ratos tierna, a ratos dura. Esta cancioncita es un ejemplo de ello, y termina con una frase que dice: "de los diamantes no nace nada, del estiércol nacen las flores".

7) Perla negra - Yordano


Hablando de poetas urbanos, Yordano es el nuestro. Recuerdo haberlo visto en el fallecido Estudio Mata De Coco, a mediados de los años 80, estrenando esta canción. A partir de ese momento quedó inscrita en mi repertorio.

8) As tears go by - Rollings Stones.


Los Stones nunca significaron mucho, para mí. Soy más adepto a Los Beatles, me parecen mejores en todo sentido. Sin embargo esta pieza me coloca en un estado nostálgico que no puedo evitar sentir cada vez que la escucho.

9) Funeral for a friend / love lies bleeding - Elton John


Esta es una de esas canciones míticas, que alguna vez escuché por radio pero nunca tuve la manera de tener en mi colección, hasta que apareció Youtube. Un pomposo intro, y luego un Elton John en su apogeo.


10) Ashes are burning - Reinassance



En mi concepto la mejor voz femenina en el mundo del rock, Annie Hasslam. Es sublime escucharla, y la banda hace lo suyo también.



domingo, 29 de abril de 2012

República Oximorónica de Venezuela



Oxímoron. (Del gr. ὀξύμωρον). 1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

¿Puede usted encontrar los dos oximorones en la fotografía? Son fáciles de distinguir, pero están tan arraigados en la estética impuesta por el actual régimen que tal vez pasen desapercibidos. Aquí van: el primero es la frase "arte político". La política puede verse como un arte, es cierto. Pero no debería jamás utilizarse el arte con fines políticos: ya tenemos bastantes ejemplos de lo pernicioso de ese enfoque (sumamente utilizado en regímenes totalitarios). Cuando se obliga al artista a ceñirse a una temática y una estética acorde con las intenciones de un gobierno determinado, el resultado será inevitablemente triste.

El otro contrasentido es gráfico: aunar a la expresión "Museo de Bellas Artes" la imagen de un individuo armado es una tremenda contradicción. Las Bellas Artes deben enriquecer el espíritu, no envilecerlo. El arte puede, y llegado el caso, debe denunciar la guerra, y el ejemplo más a la mano es el cuadro "Guernica" de Picasso. Pero utilizar el arte para ensalzar el belicismo es una práctica perversa. Tal vez un experto en semiótica pueda decodificar de manera mucho menos torpe que la mía esta imagen. Pero intuitivamente es una alcabala que me impide entrar al museo que debería ser para el goce visual, y no una vitrina de esta seudorevolución. ¿Dónde están los Salas, los Michelenas, los Reverón , donde están, en fin, los cuadros seminales e históricos que deberían estar expuestos perennemente en una sala especialísima de este museo? Hace décadas que no los veo, tal vez estén arrumados en algún sótano, no lo se a ciencia cierta. Pero lo que sí se es que el Museo de Bellas Artes, hoy en día, debería recibir un nombre más sincero y acorde a su utilización. Tal vez Museo de la Revolución sea más adecuado, en donde se glorifica el caracter "pacífico, pero eso sí, armado" de la misma.

sábado, 21 de abril de 2012

El gentilicio y la familia



Para los que gozan (o sufren) de la condición de "primera generación", es decir, los hijos venezolanos de inmigrantes, el gentilicio es un asunto enredado. Han experimentado durante toda la vida una suerte de dualidad: por una parte, los padres trataron de inculcarles amor por la patria lejana como una manera de mantener vivos los lazos con la tierra originaria, un amor que en cierta medida era un poco forzado. Por el otro, tuvieron la necesidad de integrarse a la sociedad en donde iban a hacer vida en adelante.

Por lo general, en el afán de mantener contacto con la patria de origen, los progenitores de los "primera generación" los inscribían en colegios particulares, en donde la enseñanza se impartía en las dos lenguas. Se establecieron numerosas instituciones que respondían a esa necesidad. Todavía  perdura algún ejemplo por allí, como el colegio Francia o el Agustín Codazzi. Algunos de ellos incluso ofrecían la posibilidad de matricularse bajo el régimen extranjero, ya que la intención de algunas familias era levantar algo de dinero, y esperar a que las cosas mejoraran en el otro lado del océano para devolverse. Sin embargo, por lo menos por lo que puedo percibir, esa fue una minoría. La realidad es que lo común fue establecerse aquí, integrándose en alguna medida aunque conservando intactas las tradiciones, sobre todo en lo concerniente a la gastronomía, que viene siendo el principal referente cultural. Otro aspecto que se trataba de mantener vivo era la lengua, o en todo caso el dialecto. El oído se acostumbraba desde la cuna a los sonidos propios de cada nacionalidad.

Otra manera de buscar la seguridad que proporciona la gregariedad fue el establecimiento de centros sociales de cada país, o en el caso de los españoles, de las diferentes regiones de la península; fue así como en los años 60 proliferaron los clubes: el Ítalo, la Hermandad, el Hogar Canario, el Portugués, entre otros. En esos círculos, por lo menos en sus primeros años, se escuchaba hablar en la lengua  madre (o en el dialecto) casi exclusivamente, y el acceso estaba tácitamente prohibido para los que no gozaran de la nacionalidad que correspondiera en cada caso. Con el tiempo eso fue evolucionando, y los clubes ya aceptan a cualquier persona sin importar su procedencia; ya quedan solo algunas personas, ya mayores, que se reúnen en círculos cada vez más pequeños, a jugar cartas, tomarse una grappa o un vasito de orujo,  o simplemente a rememorar otras épocas charlando en su idioma.

Los "primera generación", entonces, percibían la vida a través de un cristal deformado: por un lado, en el hogar, el colegio o en el club, se sentían como en una sucursal del país de origen. Pero cuando les tocaba pisar calle, de verdad, veían otra realidad. Y aparecía la necesidad imperiosa de integrarse a esa sociedad que en definitiva sería la que les tocaría frecuentar de por vida. Tal vez también por un acto de rebeldía ante la autoridad paterna, que tendía a buscar la eternización de la condición de extranjero. El asunto es que, una vez alcanzado el nivel educativo universitario, ya el mundo anterior se dejaba atrás y se entraba de lleno en la dinámica nacional, para lo cual tal vez faltaba alguna herramienta social que debía adquirirse lo más rápido posible, so pena de convertirse en un paria. De cierta manera debía renegarse del gentilicio ancestral como ceremonia de iniciación en esa nueva etapa, aprender a reírse de los chistes a costa de los extranjeros, e incluso a ocultar ciertos detalles. Eventualmente, a la hora de escoger pareja, no se buscaba a alguien del mismo origen. Y se terminaba por sentirse venezolano y asimilar con gusto las tradiciones y costumbres vernáculas.

Sin embargo, es imposible dejar a un lado el sentimiento hacia la patria de nuestros mayores, a pesar de haber adoptado la idiosincracia del país de nacimiento. Y voy a poner mi caso como ejemplo: mi origen es italiano, de la región del Véneto. Hay muchos aspectos del "ser italiano" con los cuales no comulgo: tal vez tengan que ver con la fanfarronería, o la excesiva expansividad. Sin embargo son cosas que acepto y tolero, pues son condiciones inherentes a la italianidad, como lo son también muchas otras características loables, la generosidad y la lealtad por ejemplo. El gentilicio es como la familia. A lo mejor no todos nuestros parientes nos caen bien: siempre existe el primo envidioso o  el tío tramposo; sin embargo, son familia y como tal la aceptamos y, si llega el caso, la defendemos. Lo mismo ocurre con el sentimiento hacia la patria. Creo que está en lo que llaman "la sangre". Uno no puede evitar emocionarse cuando en algún acontecimiento deportivo, o cultural, ondea la bandera italiana, o suena el himno de Mameli. Alguna fibra del ser vibra en sintonía con esas notas.

jueves, 19 de abril de 2012

Jardín Botánico

Ah, los tiempos de la fotografía analógica. Era todo un proceso, y tenía su componente artesanal: se compraba el rollito de 24, o 36 fotos (si se era aficionado serio, se adquiría el formato adecuado para el tipo de fotografías que se tenía pensado hacer: blanco y negro, asa 400, diapositivas, etc). Se cargaba en la cámara buscando desperdiciar la cantidad mínima de negativo, pues nada más anticlimático que se acabara el rollo justo cuando se conseguía el sujeto fotográfico de la vida. Se trataba de tomar las mejores fotos posibles, sin garantía del resultado: el ajuste de la exposición, la velocidad, la profundidad de campo eran las variables que teníamos a disposición para jugar. Y luego, a esperar. En los tiempos más remotos, de 2 a 10 días, dependiendo del laboratorio, y ya al final de la era, una hora gracias a los minilabs. Y por último, múltiples decepciones aunadas a unas cuantas alegrías, cuando las fotos salían como las habíamos pensado.

Con la fotografía digital mucho de eso se perdió: las cámaras hacen casi todo el trabajo por uno, el resultado se puede evaluar instantáneamente, y el espacio es casi ilimitado. A menos que sean tan torpes como yo, que dejo olvidada la tarjeta SD en el PC.

Eso me pasó hoy: nos fuimos al jardín botánico aprovechando el feriado, en pos de un safari fotográfico. Como mi esposa acaba de inaugurar un grupo en Facebook dedicado a la fauna voladora de la capital, salimos a buscar imágenes para alimentarlo, en ese santuario vegetal en medio de la ciudad. Apenas llegamos, nos recibió un gavilán que aterrizó a escasos metros, sobre un árbol. Ni corto ni perezoso, apunté mi cámara hacia él... con la desagradable sorpesa del mensaje "memoria llena". Después de la automentada de rigor, examiné mis posibilidades: debía trabajar con la miserable memoria interna de la cámara, de 32 Mb. Tuve que vaciarla (espero no haber borrado alguna foto memorable, pero me queda el consuelo de la ignorancia). Y para poder sacar la mayor cantidad de fotos posible, bajé la resolución a unos míseros 3 megapíxeles. Tenía en mi poder 27 fotos, como en los viejos tiempos. Y afronté el trabajo como lo hacía entonces, tratando de sacar las mejores fotos posibles dentro del espacio disponible. Éste fue el resultado.



























martes, 17 de abril de 2012

Ésta no es una crítica de Medianoche en París


Mi primera experiencia universitaria, allá en el lejano año 1.977, fue en la Simón Bolívar. No se cómo será el régimen en estos días; cuando me tocó a mí, existía un primer año básico, común a todas las carreras, y después se decidía el rumbo a seguir en adelante. Ahora bien, en ese básico había una primera elección: se debía escoger entre estudios sociales o estudios de la naturaleza (biología, para decirlo de otra manera). Dado que esa materia no me había simpatizado mucho en bachillerato, me fui por sociales. Esta elección me permitió conocer a varios notables profesores, entre los cuales recuerdo a Dino Garber y al padre Arrieta. Recuerdo una de las primeras clases, con el profesor Garber. Algún alumno quiso lucirse, y utilizó una cita de Selecciones para una intervención. Más vale que no: el profesor lo fulminó con una mirada demoledora, y comentó: "Selecciones es el Buenhogar de la información".

Total, que de un bachillerato algo soso caí en manos de unos profesores críticos y severos, pero brillantes. Una de las cosas que nos inculcaron fue la necesidad de leer, constantemente. Por lo general los trabajos que mandaban ameritaban extensas fornicaciones con los libros de la vasta y amigable biblioteca de la universidad. Me hice asiduo a ese recinto, y pasaba largas horas leyendo, al principio por obligación pero cada vez  más por placer. Miles de libros estaban en los estantes, para quien los quisiera tomar. Al principio mis lecturas fueron desordenadas y dispersas (mi actitud era parecida a la de un niño al que se le diera acceso ilimitado a una juguetería) pero poco a poco fui enfocándome más. Allí conocí a Cortázar, Borges, Sábato, Noguera y muchos otros autores del continente. Todavía recuerdo el olor característico del sitio, y el contacto con la alfombra que recubría el lugar, en donde me sentaba a mis anchas sin que nadie me molestase.

Ese primer año de universidad tuvo sus altibajos, pero como pude lo terminé, y entré en carrera. Escogí Ingeniería de computación, y desde el "go" comencé a llevarme trancazos, tanto que para poder continuar en la universidad tuve que buscar créditos académicos con materias comodín. Una de ellas fue bien interesante: se llamaba "La generación perdida", y confieso que la escogí sin saber de que iba. Feliz ignorancia: esa cátedra me abrió el camino a las letras sajonas y a la génesis de cierto mundo intelectual del siglo XX, pues versaba sobre la élite de intelectuales que hizo vida en París en los años 20 del siglo pasado, bautizados por Gertrude Stein como "a lost generation". El libro de texto , cual otro hubiera podido ser, era "A moveable feast", traducido como "París era una fiesta", de Hemingway.

Escribí este largo prologo para justificar porqué me gustó tanto "Midnight in Paris". Verla fue retroceder en el tiempo hasta ese momento feliz de mi vida, casi que una recreación de la anécdota de la película en tiempo real y adaptada a mi circunstancia. Así como el protagonista de la película encontró una ventana temporal hacia su época favorita, lo mismo me sucedió. Mi conexión con el film es puramente emocional, por lo que no puedo ser objetivo al respecto. He leído críticas de la película que la destrozan, y no puedo decir que estén equivocadas. Pero mi experiencia con ella fue a un nivel afectivo, y en ese terreno no prevalece la razón: cómo me hubiera gustado estar presente en alguna de esas tertulias en donde Hemingway y Picasso discutían de arte, de literatura, de toros o de mujeres, o escuchar una disertación de Dalí sobre algún tema estrambótico y halado de los cabellos. Cuánto daría por pasear en la noche por las calles de París, con una botella de vino debajo del brazo, en compañía de alguno de esos ilustres escritores... sé que es una idealización facilista e infantil, ya que la vida en esos tiempos ha debido ser dura y algunas veces insoportable para ellos, pero de vez en cuando es bueno permitirse un rato de fantasía. Y eso es precisamente lo que me permitió esta película: fantasear con esos héroes de mi juventud y retrotraerme a épocas desprovistas de mayores preocupaciones.  Parafraseando a Sabina, cuando era más joven la vida era fácil, distinta y feliz.

domingo, 15 de abril de 2012

The rum diary, o la maldición de las películas quemadas



Una de las películas que reveo con mayor regocijo es "Fear and loathing in Las Vegas": las actuaciones de Depp y Del Toro son tan demenciales que constituyen una obra de arte del absurdo, para mí. Bajo esta premisa ayer compramos, en un tenderete de los tantos que pululan en la ciudad, "The rum diary", una película basada en el libro homónimo de Hunter Thompson, quien es el periodista en el cual se inspira "fear ...". Teníamos altas expectativas con esta película, pues la combinación entre la capacidad actoral de Depp y la fuerza argumentativa de Thompson nos auguraba una gran experiencia.

La primera decepción: la película no tenía menú. Esto ya empezaba a oler mal, era una copia bajada de internet y no plagiada lealmente de una pasta original. Y cuando arrancaron los diálogos la cosa se puso peor: parecía traducido por un estudiante de 4to año de bachillerato, aunque supongo que lo hacen apoyados en algo como Tradukka o similar. Total que por fortuna el audio de la película estaba bastante aceptable, y gracias a ello pudimos captar la esencia de la trama, en líneas generales.

La segunda decepción: la guerra interna de Depp para no repetir el papel anterior. Aunque se trataba en definitiva del mismo personaje, un periodista cínico y adicto a cualquier experiencia asociada con las drogas, en esta oportunidad me pareció demasiado correcto. No tuvo esa vena de locura; estaba, cómo decirlo, en una posición seudomoralista que no creo le haga justicia a Thompson. No quiero decir con esto que la actuación haya sido mala, Depp ya es demasiado actor para no poder interpretar con solvencia cualquier papel.Más bien me refiero a la óptica desde la cual construyó a Paul Kemp.

La tercera decepción: me pareció estar teniendo un deja vu cuando apareció Giovanni Ribisi en el papel del periodista experto en religión irremediablemente dañado. Esa actuación la había visto antes. Y en efecto es así: me pareció un calco del jíbaro de Pulp Fiction, en cuanto a su vestimenta y gesticulación. Ribisi me parece un excelente actor, a quien no se le ha dado su gran oportunidad, pero esta vez (a lo mejor son cosas mías) se copió de Erick Stoltz.

Ahora bien, no es que me haya parecido una mala película. Capta, desde la óptica particular de Thompson,  la vida de los norteamericanos que por alguna razón tuvieron que hacer vida en Puerto Rico, al cual consideraban una especie de zona de diversión a donde iban a comprar, jugar en los casinos o emborracharse en los bares, sin ningún contacto con los locales, considerados una especie de empleados al servicio de los turistas o los contratistas de negocios; tal vez algo estereotipada la visión sobre el tercermundismo, llena de colorido bullicioso y gente bailando por las calles (bueno, era carnaval, después de todo). Creo que el personaje más entrañable de la película es el fotógrafo Sala, muy bien interpretado por Michael Ríspoli. Geniales sus apariciones en las galleras, y su cínica forma de ver la vida. También me gustó el papel interpretado por el Richard Jenkins como el director del periódico, Lotterman.

En conclusión, si tengo la oportunidad de volverla a ver pero en mejores condiciones lo haré, pues creo que merece una segunda oportunidad.

domingo, 8 de abril de 2012

Depósito de nostalgias

Los amigos de Bibliomula, una iniciativa de divulgación literaria en la web, acaban de estrenarse en formato revista. Una de las secciones de dicho vehículo informativo se denomina "Voyeur de bibliotecas": hace algún tiempo le solicitaron a sus seguidores en Twitter fotos de sus respectivas bibliotecas, junto con un breve comentario. Tuve el honor de ser seleccionado, y a continuación transcribo mi aporte: 






Mi biblioteca, más que almacén de libros, es depósito de nostalgias. En ella consiguen albergue volúmenes que me han acompañado desde la infancia, como la vetusta Enciclopedia Ilustrada "Cumbres", tantas veces ojeada, o las novelas de Salgari; libros que fui adquiriendo en la adolescencia, típicos de esa etapa de búsqueda y descubrimientos – Hesse, Kalil Gibrán, Kafka, sus representantes más ilustres; y los de la etapa adulta, algo más aburridos y serios. Debo confesar que en estos últimos tiempos no ha crecido gran cosa, y el número de libros se mantiene más o menos estático; culpo por ello a la biblioteca de Babel anticipada por Borges. Si embargo allí están esos objetos que de alguna manera ayudaron a definirme, acumulando años y polvo, a la espera de que alguien los retome, o que encuentren su destino final en algún basurero anónimo. Cuando ya no esté yo para defenderlos.