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martes, 31 de marzo de 2026

Canciones míticas

En mi adolescencia, allá por los ya muy lejanos años setenta, la manera primordial de descubrir música era la radio. Había dos emisoras que competían por la audiencia afín al rock: Radio Capital y Radio Caracas Radio. Yo era más fiel a la primera, aunque había algunos locutores en la rival que también procuraba escuchar. En esa etapa de descubrimiento conocí algunas canciones que defino míticas, tanto por ellas en sí mismas como por la dificultad de conseguirlas en un formato físico que me permitiera escucharlas cuando se me antojara, y no cuando tuviera la fortuna de que el locutor de turno las pusiera al aire. Recuerdo tres de esas canciones, todas ellas en versiones en vivo: Funeral for a friend, de Elton John; I don´t need no doctor, de Humble Pie, y Room to move, de John Mayall. Las dos últimas llegaron a mi colección muchos años después: Room to move la encontré en La Discotienda de Oro (esa tienda que estaba pared de por medio con la librería Suma), en CD, incluida en el disco The Turning Point, que fue una especie de precursor del formato unplugged que luego pondría de moda MTV; la otra, de Humble Pie, está en un lp que heredé de mi cuñado, el famosísimo disco en vivo en el Fillmore. Con la de Elton John no tuve mayor suerte, así que me debo conformar con el recuerdo.
Todo esto viene al caso porque me enteré hace poco de un dato curioso con respecto a la canción de Mayall. El sábado pasado estuvimos en una presentación en Alejandría, moderada por el gran Xariell Sarabia, en donde Julio César Venegas mostró y comentó una colección de fotografías tomadas por él, en la cual el factor aglutinante es el mundo de la música. Un paréntesis para decir que fue una conferencia brillante, cargada de calidez, erudición y nostalgia por aquellos años 70 y 80, tan añorados por mí. Cuando le llegó el turno a una foto de Mayall, me fue inevitable nombrar Room to move, y comentar la traducción tan estrambótica al español que le impusieron al título en esa época, que no fue otra que "Habitación Movible" (en realidad, room to move se traduce como espacio para moverse). Venegas me respondió: "esas fueron vainas de Loscher".
Wao. Loscher distó mucho de ser un improvisado, y tenía una cultura vasta, así que un desliz así no me pareció propio de él. Tuvo que haber un motivo, me dije. Y me fabriqué una hipótesis: el título impuesto por Iván puede haber sido un guiño al libro "A moveable feast", de Hemingway. Una habitación movible para llevar a cabo una fiesta también movible en el espacio y en el tiempo.
Claro, es muy probable que a Loscher no se le haya pasado por la mente esa asociación que propongo, pero qué carajo, uno es dueño de su propia e íntima mitología, después de todo.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Parque Industrial

 Cuando estoy frente a una propuesta musical nueva, mi cerebro intenta poner orden buscando asociaciones entre eso que estoy escuchando y el archivo musical que guardo en algún lugar de la mente. Supongo que es un mecanismo institivo para entender y asimilar la experiencia. Ayer me pasó en la sala TAC, cuando escuché por primera vez a Parque Industrial. Mi impresión inicial: tenía en frente una banda imbuida en el espíritu de Pink Floyd, pero con Tom Waits como "front man". Los sonidos me recordaron al Floyd psicodélico, el pre Dark side. Y el cantante, con su voz baja, casi gutural, pero sobre todo su peculiar presencia, me hizo inevitable la asociación con Waits. Pero esa impresión duró poco: la banda tiene una impronta propia, que se resiste a etiquetas. Su propuesta está orientada a la relación entre el ser humano y la naturaleza, o por lo menos eso entendí por el contenido de las letras, interpretadas por la figura sobria y casi chamánica de Lisandro Castro, que eventualmente tomaría un acordeón para sumarse a la instrumentación, ya rica de por sí, provista por el resto de la banda: guitarra, bajo, batería, percusión y coros. Una musicalidad a ratos melódica, a ratos salvaje, casi que pudiera decir telúrica. Y muy bien interpretada, cosa que siempre se agradece cuando se han visto tantas buenas intenciones frustradas. Es una banda a la que le daré seguimiento.


lunes, 9 de marzo de 2020

El regalo de un domingo


Después de un sábado pasado por humo, cortesía del CNE y sus guardianes que no pudieron evitar que se destruyera todo el aparataje necesario para celebrar elecciones en Venezuela, el domingo decidió resarcirnos de los sinsabores del día anterior y nos obsequió la oportunidad de ver la puesta en escena de mi ópera favorita, Carmina Burana. Y, además, nos permitió hacer un poco de turismo, obligado por la gran afluencia de personas, por las calles de Colinas de Bello Monte. Nos tocó buscar puesto en una de las calles aledañas a la Caurimare, esas que trepan colina arriba. El trayecto desde allí hasta la Concha nos permitió observar muestras de la arquitectura residencial de los años 50, con todo su espíritu modernista e imaginativo, representado en pérgolas, balcones, barandas, ventanales que los habitantes actuales, en una asombrosa mayoría, se empeñan en conservar. Aunque se notan algunas restauraciones infelices, por lo que pudimos ver en nuestro recorrido no son la norma, todavía. 
Cuando llegamos al anfiteatro, estaba más a menos tres cuartos de ocupación, a pesar de que faltaban todavía 45 minutos para las seis, hora (mentirosa, como es costumbre en estas convocatorias) de inicio del concierto. En esos 45 minutos terminó de llenarse por completo. No pensaba que un evento de esas características tuviese tal capacidad de convocatoria. Gente de todas las edades colmó las gradas de concreto. Como es de esperarse, tuvimos algunos encuentros con personas conocidas, halladas al azar en medio de la multitud. Como a eso de las 6:30 comenzaron los anuncios oficiales que darían comienzo al evento. La música arrancó tal vez quince minutos más tarde, con el Concierto nro. 2 de Saint Saens, que fue bien recibido por el público. El pianista retornó tres veces más al escenario, para tocar piezas de compositoras venezolanas, como homenaje a las mujeres cuyo día se conmemoraba. Cuando terminó ese "primer tiempo", hubo que hacer modificaciones sobre el escenario para acomodar a las doscientas personas que necesitaba el montaje que íbamos a presenciar a continuación. Mientras tanto, la luna despuntaba por el este, sumándose a la fiesta de luces que atraparía nuestra atención minutos después. Cuando todo estuvo dispuesto, entraron al escenario los distintos coros, los músicos, los solistas, y por último la directora, y en ese momento comenzaron los acordes de "O fortuna", una de las oberturas más famosas de la música académica. 
Sin ser un experto, ni mucho menos, puedo dar mis impresiones como espectador: para mí, fue un espectáculo de alto nivel tanto escénico como interpretativo, con maravillosas prestaciones de todos los artistas presentes. En el plano técnico, salvo algunos inconvenientes con el sonido en el primer tiempo, todo salió a la perfección. Fueron unas tres horas de profundo goce musical, por lo menos para mí, y sospecho que para la gran mayoría del público que colmó las instalaciones de la Concha, a juzgar por la reacción colectiva al terminar la obra. Fue tanto el furor que la directora decidió congregar de nuevo a los músicos y los coros para regalarnos como encore la obertura.






martes, 20 de agosto de 2019

Dinner in Caracas


Rescaté del "archivo muerto" de mi colección este lp, que me traje robado hace años de casa de mis suegros, para contestar una pregunta que me hicieron en twitter sobre lo que hay en la portada del disco. Es todo un testimonio de la época: en tonos sepia, un hombre inmerso en la oscuridad -un detalle, el blanco del puño de la camisa que sobresale de la manga del saco, revela que está trajeado elegantemente- le acerca un yesquero a la dama en la cual está concentrada la luz de la imagen. Ella sostiene con gracia un cigarrillo inserto en una boquilla. Sobre la mesa se adivina una copa. Eso es suficiente para sugerir la escena: una mesa íntima, en un restorán o una "boite", en la cual, sobre una tarima, la orquesta de salón está interpretando las melodías grabadas en el acetato. La contratapa, además de la lista de las piezas del álbum, trae un artículo de un tal Bill Zeitung, escrito en 1955, que describe para el público norteamericano su visión de Venezuela, con mucho énfasis en Caracas. La describe como una ciudad de contrastes, en donde la modernidad emergente de la arquitectura se contrapone a las construcciones coloniales de la era española por doquier. Habla sobre las instalaciones disponibles para los turistas. En su elenco, nombra 128 hoteles, entre los que resaltan el Tamanaco, el Ávila, el Conde y el Savoy; 32 night clubs, como Le Mazot, Mi vaca y yo y el Pasapoga. Y en el rubro de los restaurantes, la cuenta es de 427, de los cuales los más importantes, para el cronista, son Napoleón, El Chicote, Quasimodo y El punto criollo. Nombres que, salvo los de los hoteles, ya son desconocidos para el grueso de la población. Testimonio de una época en la que parecía que tanto la capital como el país estaban para grandes cosas.

lunes, 19 de agosto de 2019

La onda nueva suena de nuevo





La onda nueva es el género que me puede reconciliar con la música popular venezolana. Sin ser un experto en el tema, con conocimientos prácticamente nulos en temas como armonías, escalas, fusas y difusas, reduzco todo a una cuestión de gustos. A pesar de haber forjado mis gustos musicales alrededor del rock, y en segunda instancia del jazz, hay algo en el sonido propuesto por Aldemaro Romero que “me hace click”. Tal vez sea el ritmo particular, el esqueleto sobre el que se edifica todo el movimiento, que evoque algo reconocido por mí como parte de mi herencia musical. Lo cierto es que, sin tener ni una sola grabación de onda nueva en mi casa, es un sonido familiar y grato.
Lo pude constatar ayer en el homenaje que le rindió este domingo 18 de agosto la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho a Aldemaro Romero, un grandioso espectáculo concebido por Federico Pacaníns. Bajo un cielo que al principio amenazaba con diluviarnos encima, pero que luego se transmutó en un estupendo atardecer, unos cuantos miles de personas lo atestiguamos. En un formato que ya conocíamos de otras experiencias con la banda de jazz latino del CVA, la puesta en escena nos propuso un viaje cronológico por la vida y obra de Aldemaro, tal vez (a lo mejor estoy cometiendo una imprudencia, o diciendo una barbaridad) el músico más universal que ha tenido Venezuela. O, por lo menos, uno de los más conocidos y reconocidos. Desde sus inicios en Valencia, pasando con su migración a Caracas, donde a fuerza de terquedad e insistencia fue penetrando en el cerrado y elitesco mundo musical de la capital; luego, su primer momento fulgurante, el de “Dinner in Caracas”, que lo hizo grabar en Nueva York una placa fundamental,  presente en las discotecas particulares más importantes de Venezuela, en los años 50, y por fin su consagración con el movimiento que lo hizo trascender, precisamente la onda nueva. Dieciocho canciones fueron interpretadas esa noche, por seis cantantes que, además de tener grandes aptitudes vocales, derrocharon escena. De esas piezas, todas las que fueron compuestas bajo los cánones del nuevo formato eran conocidas por mí. Algunas de ellas tal vez tendría yo  unos treinta años sin escucharlas, pero las tenía grabadas en algún sector cerebral, pues me sorprendí tarareándolas.
Hubo algunos momentos bastante significativos, para mí. Uno de ellos fue propiciado por el guión que sirvió de hilo conductor del espectáculo, cuando el locutor de turno comentó que Aldemaro Romero se había presentado en ese mismo escenario, en el año 1956. Me imaginé la apertura de un portal temporal que comunicaba ambos eventos, que se produjeron con 63 años de distancia el uno del otro. Quién sabe qué persona habrá estado sentada donde lo hacía yo en ese momento, en esas gradas que hoy se presentan desgastadas por el paso del tiempo, pero que en el 56 estaban nuevecitas, con sus mosaicos completos y recién estrenados, bajo un cielo estrellado, mucho más estrellado que el que pudimos apreciar hoy. También me sorprendió una anticipación que experimenté: estaba pensando en la pieza “toma lo que te ofrecí” algunos instantes antes de que fuera interpretada; creo que el terreno se estaba preparando para ello, y lo intuí. Por último, me pareció muy conmovedora la presencia de la viuda de Aldemaro, la señora Elizabeth Rossi, quien ofreció unas sentidas palabras sobre su compañero por dieciocho años.
Mención aparte merece la orquesta. Bajo la eficiente batuta de la directora Elisa Vegas, brindó una actuación impecable y sentida. El sonido me lució impecable; un aplauso para quienes lo administraron desde la consola.Da gusto escuchar esa agrupación, compuesta por jóvenes músicos formados en el país. Si en medio de tantas adversidades podemos disfrutar de espectáculos de tal calidad, es razonable albergar esperanzas en un futuro promisorio.


sábado, 13 de julio de 2019

Reflections of my life


Hace rato escuché a lo lejos la melodía de la canción "Reflexiones de mi vida". Poco a poco se acercaba, hasta que supe de donde provenía: del celular de Marianella. Le pregunté, en estricta broma, la razón de ese escándalo matutino, y me dijo que su autor, el señor Dean Ford, había muerto. Creo que fue la primera vez que ecuché su nombre. Para mí, esa canción era de "Las mermeladas". La única conocida de esa banda de principios de los 70, para más señas. en contrapartida, estoy casi seguro de ello, el señor Ford desconocía el hecho de que una famosa discoteca de Caracas, la Caracas pujante, la Caracas de vanguardia, la de las noches brillantes que se empataban sin solución de continuidad con los amaneceres, tomó su nombre de ese "one hit", esa canción que sonó por meses en la radio, y que todos los que vivimos la adolescencia durante esos años tenemos tatuada en el cerebro. Me refiero, obviamente, a la célebre "Reflections", en la Torre Capriles (¿o será la Phelps? Siempre las confundo, por estar acodadas) en Plaza Venezuela. Por cierto, a pesar de que la disco desapareció tal vez en los 80, en los estertores del siglo pasado todavía sobrevivía un letrero, un aviso de neón, en una de las entradas traseras de la torre, como último vestigio de ese pasado glamoroso que nos fue dado vivir.

lunes, 25 de febrero de 2019

Rapsodia bohemia

Este año no me pegué a la fiebre del Oscar. De las películas candidatas a grandes cosas solamente vi Roma, y mi opinión sobre ella la di hace algún tiempo. En cambio, dedicamos la noche del domingo a ver Bohemian Rhapsody, cosa que teníamos postergada desde hacía rato (más que todo porque tenía miedo de que resultara un bodrio, lo que hubiese sido una afronta para una banda que forma parte de mis afectos desde la temprana juventud). Afortunadamente mis temores fueron injustificados. disfruté la película a plenitud, y tuve la impresión de que, aunque termina siendo una biopic de Mercury, no relega demasiado a los demás miembros de la banda. El casting me pareció excelente, sobre todo por el actor que interpreta a Roger Taylor, idéntico sobre la batería. Pero los demás actores también miman correctamente al músico que personifican. Rami Malek hace un gran papel, no lo vi sobreactuado (algo que, dadas las características de Freddy hubiese sido posible). Y la recreación de los toques me llevó a ese momento del año 81 cuando tuve la dicha de verlos en El Poliedro. Sí hubo algo que me hizo ruido: la falta de rigurosidad cronológica en el orden de las canciones. Por ejemplo, ponen una del segundo disco, creo que Seven seas of Rhye, como la canción demo que graban para el primer lp; aparecen tocando en un concierto de 1975 Fat bottomed girls, que es del 78 o 79; ubican Rock in Rio en la década de los 70 cuando en realidad fue en 1984. No entendí esa ligereza, con hechos facilmente comprobables. Pero a pesar de todo la disfruté como fan que soy de Queen. Y me alegra saber que en algún momento de la noche del domingo, mientras estaba viendo a Freddy haciendo sus extravagancias sobre el escenario, a Malek le entregaban la estatuilla como mejor actor.

lunes, 1 de agosto de 2016

Una mañana en el museo




San Bernardino alberga, que yo sepa, dos museos. Uno de ellos es bastante conocido, tiene su asiento en la Quinta Anauco, y está dedicado al arte colonial. El otro es mucho más reciente y está en las entrañas de la urbanización, un par de cuadras más arriba del vetusto Centro Médico de Caracas; su vocación es lo afroamericano.

Visitar el Museo de Arte Afroamericano fue una tarea pendiente desde que supimos de su existencia, postergada por esos tropiezos que llamamos "el día a día". No fue sino este domingo que acaba de pasar cuando, atendiendo una invitación que nos realizara el artífice del museo - el acucioso investigador y coleccionista Nelson Sánchez - para que asistiéramos a una presentación de la banda de electrojoropo "El llanero eléctrico", tuvimos la ocasión de conocerlo.

Como dije, queda en San Bernardino, ese laberinto de calles en las que suelo perderme cada vez que voy para allá. Y esta vez no fue la excepción, a pesar de haber consultado gmaps para dar con el lugar. El flechado me jugó en contra, y tuve que dar una pequeña circunvalación alrededor del Centro Médico para llegar a la Avenida Occidental, en donde se erigen las instalaciones del museo. Ocupa en realidad dos edificaciones: una hermosa quinta que supongo data de finales de los 40, que entre otras cosas alberga una pequeña tienda de recuerdos relacionados con el motivo del museo, y en el piso superior unas agradables e iluminadas salas de exposición, y una construcción moderna que se comunica con la anterior mediante un pasillo, en donde los visitantes se encuentran con otra gran sala y una terraza que mira sobre San Bernardino, y en el piso inferior un auditorio, que fue el lugar que nos permitió disfrutar de la presentación musical a la que fuimos invitados.

Al llegar al museo nos recibió el mismo Nelson, quien nos obsequió una taza de café y un poco más tarde, cuando se nos unieron algunas otras personas, nos ofreció el lujo de una visita guiada por él mismo, que tuvo el aliciente adicional de permitirnos observar una exhibición de objetos relacionados con símbolos de poder, en pleno proceso de montaje, que se está realizando con la colaboración de la escuela de arte de la UCV. Una gran cantidad de tronos, cetros, armas, ropas, instrumentos musicales, máscaras y joyas, que eran utilizados por los jerarcas de las comunidades tanto africanas como de otras latitudes, están armoniosamente expuestos en los generosos espacios del museo. Pregunté, asombrado, sobre el origen de tantos objetos, suponiendo un préstamo de otras instituciones similares desperdigadas por el mundo, pero Nelson me sacó del error apuntando risueño un dedo hacia sí mismo. Objetos  de las culturas aborígenes del mundo, con especial énfasis en las africanas, coleccionados durante más de 40 años, están allí para el disfrute visual de los visitantes. La cercanía con esas piezas, algunas de gran antigüedad, produce una sensación cercana a la reverencia, y - por lo menos en mi caso - permite darse cuenta de lo poco que se conoce de esas culturas, de su sistema sociopolítico, de sus costumbres, de sus expresiones artísticas, más allá del África caricaturesca que nos vendieron Holliwood y la televisión.





Luego del grato recorrido por las instalaciones del museo, nos regresamos a la tienda a esperar que nos convocaran al auditorio. Pasadas las 11:30 no dirigimos a él, y luego de escoger asientos aguardamos con paciencia el inicio del espectáculo. Hubo un pequeño inconveniente que retrasó su comienzo, pero Nelson, como el buen anfitrión que es, nos obsequió unas copitas de cocuy para engañar la espera. Por fin, ya sobre las 12, entraron los músicos que acompañan en la batería y el bajo eléctrico a Germain Coronado, el Llanero Eléctrico.Acto seguido, como si de un acto de Stand Up Comedy se tratase, ingresó Germain, soltando chanza tras chanza. La razón de su mote la conocimos de inmediato, y no es precisamente el instrumento enchufado con el que se acompaña Germain, un hermoso cuatro eléctrico. Es por su desenvolvimento en escena, que a ratos nos recordó a John Frusciante por sus saltos enérgicos y su manera de rasgar las cuerdas. El show del Llanero Eléctrico está lleno de humor, de guiños constantes a sus raíces en un entrevero trancado con las bandas seminales de la movida del rock desde los 60 hasta nuestros días, y a la reflexión sobre el período particularmente complicado que estamos atravesando. Tuvo su momento sentimental al hacerle un homenaje a los exiliados que se van casi por desesperación, en concreto a su hermano, y no pudo reprimir una furtiva lágrima que se secó inmediatamente para luego, tras un guamazo de cocuy, retomar la actitud festiva y bochinchera. Fue un concierto muy divertido: pasó por los Beatles (con una Eleonor Rigby trastocada en vendedora de empanadas en el terminal de buses, que sueña con ser pintora), Red Hot Chily Peppers, Radio Head (Creep se convirtió en un guayabo producido por los amores contrariados de un veguero y una chica de Cafetal), hasta llegar a una versión genial de Black Dog de Zeppelin en donde dio rienda suelta a su capacidad de improvisación. El encore fue un joropo que entusiasmó a más de uno a echar un pie allí mismo, al ladito de Germain. Unas palabras de elogio para los músicos que acompañaron al llanero; de mucha solvencia, brindaron un gran sonido que muchas veces, en espectáculos más producidos, no se alcanza.


Al terminar el show conversamos un rato con los organizadores, los músicos, y con uno de los promotores de la movida del joropo contemporáneo, Ernesto Soltero, quien a través del colectivo Rey Zamuro (colectivoreyzamuro.blogspot.com) informa periódicamente sobre las novedades que se producen alrededor del movimiento. Sin ninguna reserva invito a los lectores a visitar el Museo de Arte Afroamericano y a asistir a algún concierto de Germain Coronado. Van a disfrutar ambas experiencias, se los garantizo.

domingo, 1 de mayo de 2016

Sim Floyd, derribando la pared



En los comienzos del cine como atracción comercial no se había desarrollado aún la técnica que permite sincronizar el sonido con la imagen, y por ende las películas eran mudas. Para darle esa dimensión sensorial, en las salas en donde se proyectaban las películas - por lo general teatros adaptados a esa nueva función - se instalaba una orquesta que tocaba música acorde al film que se estuviera proyectando. Esas orquestas se disponían de manera de no estorbar a los espectadores en su visualización; eran meros instrumentos de apoyo al espectáculo.

Hoy asistimos a una presentación que me hizo recordar eso que no experimenté en primera persona, ya que desde finales de la década de los 20 del siglo pasado ya el cine era sonoro, pero que conocía por mis lecturas sobre los orígenes de ese espectáculo tan primordial como fuente de entretenimiento y cultura en nuestra civilización. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba cuando el cine era mudo, esta vez el espectáculo fue la banda, y el film sirvió de apoyo visual a su desempeño en la tarima. Me refiero al montaje "The wall", puesto en escena por la talentosa banda tributo a una de las agrupaciones más importantes del rock psicodélico, progresivo, espacial o cualquier otra etiqueta que se le desee poner a Pink Floyd. Ellos se hacen llamar Sim Floyd, pero ese "sim", que hace pensar en  la palabra "simulación", no debe llamar a engaño.

Durante los 95 minutos que dura la película tuvimos el privilegio de asistir a una impecable presentación de su banda sonora, ejecutada a la perfección por los grandes músicos que componen Sim Floyd. Y los calificativos que empleo no son exagerados: la sincronización, la interpretación de los instrumentos, y la vocalización de los entrañables temas que componen el soundtrack de The wall no hicieron echar de menos el material grabado. Es notable el grado de compenetración que alcanzaron con respecto al sonido original de la película. Cada nota estuvo en su lugar y en el momento preciso.

El espectáculo nos planteó una puesta en escena compuesta por una vieja butaca de raído terciopelo beige -que en un principio me pareció una de las que estuvieron por 30 años en casa de mis padres, y luego fueron a parar al depósito de una tienda de compraventa de muebles usados. Junto a ella, una mesita redonda con una lámparita encima. Por supuesto, el mobiliario pretendió emular el utilizado por Pink cuando se hallaba en estado catatónico en la habitación de hotel en donde arranca la película. Sobre el escenario, una pequeña pantalla anunciaba el lugar por donde desfilarían las imágenes creadas por el genio de Alan Parker, y debajo de ella el habitual set al que estamos acostumbrados al ir a un concierto de rock: la batería en el centro, hacia el fondo, a su lado los teclados y al frente las guitarras, el bajo y los parales para los micrófonos que utilizarían los vocalistas.

Ya desde el vamos supimos la magnitud del evento al que estábamos a punto de asistir. Cuando comenzaron a sonar las notas de "In the flesh", justo en el momento que en la pantalla se sacudían las cadenas de la puerta que iba a ser abierta a la fuerza, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. La piel se le debe haber erizado a más de uno de los presentes; por lo menos así me ocurrió a mí. Y lo mismo sucedió en cada uno de los temas que se fueron desarrollando ante nuestros ojos y sobre todo nuestros oídos. Lo que escuchamos fue Pink Floyd, ni más ni menos. Todos los músicos y los cantantes estuvieron a la altura del compromiso que se plantearan tres años y medio antes, cuando decidieron embarcarse en esa aventura inédita en el mundo, según nos contara Ángel Ricardo Quiñones, el guitarrista que no nos hizo extrañar a Mr. David Gilmour, así como pasó con cada uno de los demás integrantes de la banda.

El momento cumbre, tanto para mí como para el grueso del público a juzgar por  su reacción, fue la interpretación de Confortably numb, coreada con entusiasmo y energía por los asistentes, y que le permitió a Ángel lucirse en el par de solos que contempla la pieza, ejecutados con real pasión. Y para cerrar, fuera de la programación original y ya sin la película desarrollándose en la pantalla, nos obsequiaron "Hey you". Vaya manera de culminar el concierto.

En anteriores ocasiones en que he reseñado conciertos de bandas tributo, o de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, no ha faltado el criticón de oficio que argumenta alguna tontería sobre la falta de originalidad. Y me pregunto si esa persona, cuando asiste a un concierto de música académica, no va a escuchar una rendición fiel de las notas compuestas por el autor de las obras puestas en escena. En mi opinión lo que hacen las bandas tributo es análogo, y cuando alcanzan niveles de excelencia como el que logra Sim Floyd yo, por lo menos, lo agradezco. Dado que ya no es posible asistir a un concierto de Pink Floyd, bienvenidas sean estas  iniciativas que nos permiten rememorar y disfrutar la música compuesta por los grandes héroes originadores de esta pasión compartida que es el Rock.

lunes, 29 de junio de 2015

La reina en el parque



Hay música que no resiste bien el paso del tiempo. La catalogada en Europa como "éxitos del verano", por ejemplo, destinada a fungir de banda sonora de las vacaciones, y que luego es olvidada por todos, salvo una que otra honrosa excepción. Por otro lado existe música que podemos catalogar como trascendente, ya que no envejece y se trasmite de generación en generación. Música compuesta y grabada por primera vez hace 40, 50 años, y que se puede encontrar en el playlist de la más reciente juventud.

Ayer presenciamos, en las instalaciones del Parque del Este, un concierto ofrecido por la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, que le rindió tributo a una de las bandas más influyentes e importantes de la escena del rock en los 70's/80´s, la fenomenal Queen. La vetusta concha acústica en obra limpia situada hacia la entrada norte del parque cobijó a los muchachos de la orquesta, quienes de la mano del conductor Daniel Hurtado nos pasearon por la amplia discografía de la banda e interpretaron sus más grandes éxitos. Y la reflexión con la que parte esta croniquilla proviene de la nutrida asistencia al evento: había bastantes canas, como no, pero también mucha, muchísima gente joven, entre los 15 y los 30, digamos. Y se sabían mejor que yo las letras, y las coreaban con un entusiasmo contagioso. Y pensar que muchos de ellos no habían nacido todavía cuando ocurrió la infausta muerte de Freddy, y por ende de la banda, y que no tuvieron la maravillosa oportunidad, que si nos tocó a nosotros, de acompañar el recorrido de Queen a través de los años. Pero eso no es impedimento para que de alguna manera hayan tenido acceso a su música, y la aprecien.

El concierto fue memorable, no cabe duda. Esta es la quinta vez que veo a la orquesta y en cada presentación se nota su crecimiento. La madurez de sus integrantes, y la soltura que tienen sobre el escenario, dan cuenta de un trabajo tesonero. La agrupación posee unos cuantos pilares fundamentales, entre ellos el ya nombrado Hurtado, artífice y director de la orquesta, el gran guitarrista Ángel Ricardo Quiñones, y la vocalista Shankara Salazar, quienes acompañan a la formación desde sus inicios. Pero la renovación es una constante, y siempre se ven caras nuevas entre los músicos y los cantantes, que le aportan una buena dosis de frescura a la formación.

El inicio del concierto, con el coro de la canción "I want it all", presagiaba grandes cosas. Hubo varios momentos descollantes, que desencadenaron nutridas oleadas de aplausos en la audiencia. Entre ellos la canción "We will rock you", que ya es un auténtico himno, y fue coreada desde el inicio por la multitud. Y por supuesto el cierre con la pieza más esperada, y que fue resuelta brillantemente: "Bohemian rhapsody". Uno de los grandes protagonistas, sin con esto querer apocar a los demás intérpretes, fue Ángel Quiñones, que con su versión particular de la guitarra Red special, con ribetes dorados reemplazando al rojo de origen, produjo solos alucinantes que inmediatamente asociamos con el sonido de Brian May. Pero el resto del personal también dio lo mejor de sí para regalarnos una tarde especial, para el recuerdo. Nunca me cansaré de recomendar a esta orquesta, y hago votos para que sea una iniciativa que perdure. Lo necesitamos para nuestra paz espiritual y el goce de los sentidos.

domingo, 9 de noviembre de 2014

L'avvelenata


Esta canción la escuché hace relativamente poco, y me llamó la atención por la irreverencia del autor. Después indagué un poco más y descubrí que fue escrita en 1976, en plena época del boom de los cantautores italianos, por lo general de izquierda, comprometidos con "la causa". Guccini en este texto se deslastra de ellos, y hace una hermosa declaración de principios. El arte no puede estar al servicio de ninguna ideología, porque deviene en caricatura. Me di el gustazo de traducirla; hay ciertos términos que solamente se entienden en la realidad italiana de ese momento pero el sentido general creo que se capta. La tropicalicé en cuanto a ciertos términos coloquiales.
L'avvelenata (la envenenada)
Ma se io avessi previsto tutto questo,
dati causa e pretesto, le attuali conclusioni
credete che per questi quattro soldi,
questa gloria da stronzi, avrei scritto canzoni?
Y si yo hubiera previsto todo esto,
dados causa y pretexto, las actuales conclusiones
¿creen que por estas cuatro lochas,
esta gloria de güevones, hubiese escrito canciones?

Vabbè lo ammetto che mi son sbagliato
E accetto il Crucifige e così sia.
Chiedo tempo, son della razza mia, per quanto grande sia,
il primo che ha studiato.
Mio padre in fondo aveva anche ragione
a dir che la pensione è davvero importante.
Mia madre non aveva poi sbagliato
a dir che un laureato conta più di un cantante.
Tá bien, admito que me he equivocado
y acepto la crucifixión y así sea.
Pido taima, soy de la raza mía, por grande que sea,
el primero en haber estudiado.
Mi padre en el fondo tenía también razón
al decir que la pensión es de verdad importante.
Mi madre no estaba tan equivocada
cuando decía que un graduado cuenta más que un cantante.

Giovane ingenuo io ho perso la testa
sian stati i libri o il mio provincialismo
e un cazzo in culo e accuse di arrivismo
dubbi di qualunquismo son quello che mi resta.
Joven ingenuo yo perdí la cabeza
hayan sido los libros o mi provincianismo
y un güevo en el culo y acusaciones de arribismo
dudas de indiferencia son las que me quedan.

Voi critici, voi personaggi austeri,
militanti severi chiedo scusa a vossia
però non ho mai detto che a canzoni
si fan rivoluzioni, si possa far poesia.
Ustedes criticos, ustedes personajes austeros,
militantes severos pido perdón a usías
pero nunca dije que con canciones
se hacen revoluciones, se pueda hacer poesía

Io canto quando posso, come posso
quando ne ho voglia senza applausi o fischi
vendere o no non passa tra i miei rischi
non comprate i miei dischi e sputatemi addosso.
Yo canto cuando puedo, como puedo
cuando tengo ganas sin aplausos ni pitas
vender o no no pasa entre mis riesgos
no compren mis discos y escúpanme encima.

Secondo voi ma a me cosa mi frega
di assumermi la bega di star quassù a cantare.
Godo molto di più nell’ubriacarmi
oppure a masturbarmi o, al limite, a scopare.
Según ustedes a mí que me importa
de asumir la brega de estar aquí cantando
gozo más emborrachándome,
masturbándome, o al límite, tirando.

Se son d’umore nero allora scrivo
frugando dentro alle nostre miserie
di solito ho da far cose più serie
costruir su macerie o mantenermi vivo.
Si estoy de mal humor entonces escribo
hurgando dentro nuestras miserias
por lo general debo hacer cosas más serias,
construir sobre escombros o mantenerme vivo.

Io tutti, io niente, io stronzo, io ubriacone
io poeta, io buffone, io anarchico, io fascista
io ricco, io senza soldi, io radicale, io diverso ed io uguale
negro, ebreo, comunista!
Yo todos, yo nada, yo güevón, yo borracho
yo poeta, yo bufón, yo anárquico, yo fascista
yo rico, yo sin plata, yo radical, yo diferente y yo igual
¡negro, judío, comunista!

Io frocio, io perché canto so imbarcare
io falso, io vero, io genio, io cretino
io solo qui alle quattro del mattino
l’angoscia e un po’ di vino, voglia di bestemmiare.
Yo marico, yo porque canto sé embarcar
yo falso, yo verdadero, yo genio, yo cretino
yo aquí solo a las cuatro de la mañana
la angustia y un poco de vino, ganas de blasfemar.



Secondo voi ma chi me lo fa fare
di stare ad ascoltare chiunque ha un tiramento.
Ovvio il medico dice: "Sei depresso",
neppure dentro al cesso possiedo un mio momento.
Según ustedes quien me lo hace hacer
de ponerme a escuchar a cualquiera que tenga un tiramento.
Obvio el médico dice «están deprimido»
nisiquiera en el cagadero poseo un momento mío.


Ed io che ho sempre detto che era un gioco
sapere usare o no di un certo metro.
Compagni il gioco si fa teso e tetro
comprate il mio didietro, io lo vendo per poco.

Y yo que siempre dije que era un juego
saber emplear o no cierto metro.
Compañeros, el juego se vuelve tenso y tétrico
compren mi trasero, yo lo vendo barato.


Colleghi cantautori, eletta schiera
che si vende la sera per un po’ di milioni.
Voi che siete capaci fate bene
ad aver le tasche piene e non solo i coglioni.

Colegas cantautores, grupo elegido
que se vende en la noche por unos millones.
Ustedes que son capaces hagan bien
a tener los bolsillos llenos, no sólo los cojones.


Che cosa posso dirvi? Andate e fate.
Tanto ci sarà sempre, lo sapete,
un musico fallito, un pio, un teorete,
un Bertoncelli, un prete a sparar cazzate.

¿Qué puedo decirles? Vayan y hagan.
Total habrá siempre, lo saben,
un músico quebrado, un pío, un teoreta,
un Bertoncelli, un cura a soltar pendejadas.


Ma se io avessi previsto tutto questo
dati causa e pretesto, forse farei lo stesso.
Mi piace far canzoni e bere vino
mi piace far casino e poi son nato fesso.

Pero si yo hubiese previsto todo esto
dados causa y pretexto, tal vez haría lo mismo.
Me gusta hacer canciones y tomar vino
me gusta armar peo y al final nací pendejo.


E quindi vado avanti e non mi svesto
dei panni che son solito portare
ho tante cose ancora da raccontare, per chi vuole ascoltare,
e a culo tutto il resto!

Y por lo tanto avanzo y no me desnudo
de los trapos que suelo usar,
¡tengo tantas cosas todavia por contar a quien las quiera escuchar,
y al carajo todos los demás!

domingo, 22 de junio de 2014

Secretos (demasiado) bien guardados



Hay un lugar en Caracas muy escondido pero tan grato que provoca no salir de él cuando se está allí. Me refiero al Ateneo de El Hatillo, situado más allá de lo más recóndito de La Lagunita. Lo conocimos gracias a los recitales de poesía que organiza Leonardo Melero en su condición de delegado cultural del Liceo poético de Benidorm. Es un espacio inmerso en un espacioso jardín de grama muy bien cuidada, con esculturas de gran tamaño diseminadas por todo el perímetro del lugar. En él se desarrolla una actividad cultural muy variada, entre clases de pintura, exposiciones de fotografía, escultura y artes figurativas, sesiones de yoga y los recitales de poesía antes citados.

Para el día correspondiente al solsticio de verano, aunado con el aniversario de El Hatillo, el 21 de junio de 2014, se planificó una jornada muy especial que conjugó poesía, música y teatro,  con personajes de altos quilates en cada una de esas disciplinas. La parte musical estuvo a cargo de  Mariana Capriles en la voz y Hecnual Cordido en la guitarra, quienes interpretaron piezas clásicas del cancionero norteamericano y venezolano, con unos arreglos innovadores. La poesía estuvo bajo la responsabilidad de María Gabriela Rosas, la de la memoria prodigiosa, que no leyó sino recitó sus maravillosos poemas sin necesidad de apoyo escrito, Flavia Pesci Feltri quien nos regaló una serie de poemas urbanos entre los cuales disfruté mucho los dedicados a Caracas y el último que contaba una historia íntima muy sentida, y de Luis Chacón (conocido en las redes como Cheikon Shaapz) que nos obsequió la lectura de sus obras intimistas y de una carga erótica notable con su profunda voz. Y el acto de cierre correspondió a la enorme (a pesar de su reducido tamaño) dramaturga Yoyana Ahumada quien representó un muy aplaudido performance basado en su obra Polvo de hormiga hembra, las páginas ocultas como nos contó.

Todo eso se produjo en lo que suele llamarse "petit comité", bajo los ojos de una audiencia algo reducida en número pero muy complacida con lo que estaba presenciando. Y esto es lo que quiero resaltar: es una lástima que este tipo de eventos, de tanta calidad, en los cuales los participantes lo hacen por el puro amor al arte, sin otra recompensa que el aplauso del público, no sea disfrutado por mayor cantidad de personas. En verdad les recomiendo que sigan las cuentas en redes sociales de estas personas, para que puedan darse un regalo para el espíritu y conozcan este lugar tan especial.



domingo, 20 de octubre de 2013

Por el medio de la calle 2013: el nivel que tenemos



Este año me acerqué al bochinche anual de Chacao sin mayores expectativas, a falta de otros compromisos, y cumpliendo con algo que a lo largo de 4 años se ha convertido en costumbre: patear las calles de Chacao, tomadas por miles de personas que por una noche se sienten dueñas de la ciudad, y ejercen ese derecho de la manera más anárquica posible.    

Llegamos cerca de las 5:00 y tuvimos el primer golpe de suerte: logramos estacionar al lado del Mc Donalds de La Castellana, muy cerca del epicentro de las actividades en las que pensábamos participar. Previamente habíamos hecho nuestro estudio del planito que publicó Cultura Chacao en las redes sociales, y teníamos bastante claros los que iban a ser nuestros movimientos.

En realidad básicamente fuimos a escuchar algunos de los toques que estaban ofertados: pasamos de las puestas en escena artísticas, apenas las vimos de soslayo mientras nos desplazábamos de una tarima a otra, y francamente nada nos hizo detenernos; las mismas propuestas observadas en años anteriores. El mismo balconcito, los mismos graffittis pintados al momento. En fin, en ese sentido fue un deja vu de las ediciones previas del acto callejero.  




Hicimos un rápido paneo inicial, pasando por la plaza La Castellana en donde estaba montada una gran tarima que ocupaba más o menos la mitad del espacio, y posteriormente nos acercamos a la estación 4, al lado de los laterales del hotel Renaissance y de Chacao Bistró, en donde se dispuso un pequeño tinglado para algunos toques intimistas. Cuando pasamos estaba montada Miranda, probando el sonido. Ubicamos el punto de abastecimiento, compramos las primeras cervezas, bebida sacramental de la noche, y regresamos a la plaza Isabel la Católica a ver el primero de los toques que habíamos escogido: la banda maracucha Polaroid. Un sonido setentoso, bastante sucio en el buen sentido de la palabra, de guitarra distorsionada a lo Hendrix,  un pesado bajo y una batería que se hacía presente cuando lo ameritaba. Habiendo escuchado tanto vocalista malo últimamente, el de Polaroid me agradó: no desafinaba y lo que cantaba era entendible.


Terminado ese toque nos regresamos a tarima 4 en donde veríamos dos propuestas. En primer lugar la denominada "el Ipod humano", un dúo compuesto por Gustavo Casas como vocalista/guitarrista y su hermano en la percusión y coros accidentales. Montaron una serie de covers de canciones conocidas de los 60 hasta estos días, y lograron que la audiencia los prodigara de aplausos y coreara las canciones. Muy fresca su propuesta, y disfrutamos particularmente el cierre con Canción para mi muerte, de Sui Géneris.



Después, en el mismo sitio, le tocó el turno a otro dúo que está comenzando a sonar con fuerza en la radio, gracias al apoyo que le están dando las emisoras: Pequeña revancha, integrado por Claudia Lizardo, hija del gran Petete de La Misma Gente, y Juan Olmedillo. Esta vez los acompañó Boston Rex, de Tomates Fritos, en el bajo, y un baterista. Me gustaron bastante un par de temas, de ritmo cadencioso y que se me quedaron un rato dando vueltas en la cabeza de lo pegajosos que me resultaron. Hicieron un cover de una canción de los Tomates, en donde Boston se lució en un tecladito casi de juguete. Hablando de eso, me llamó mucho la atención el instrumento que tocó Claudia, una guitarrita eléctrica mínima y como que hecha a la medida para ella, que es bastante menuda.






A la sazón tenía tres cervezas circulando por el organismo, y la vejiga me exigía alivio, por lo que al terminar Pequeña Revancha no me quedó otra alternativa que aprovechar los servicios sanitarios dispuestos en la Plaza La Castellana. De allí pasamos a reponer pertrechos por El Naturista, en donde nos sablearon inmisericordemente, y enfilamos velas hacia Plaza Altamira. En ese lugar presenciaríamos el toque de la noche, Los Melancólicos Anónimos. Qué gran banda son. Y qué nivel de letras. Ríete tú de cualquier canción de protesta: las letras de los Melancólicos son un comentario social descarnado y brutal, con un manejo de la ironía bárbaro. El front man se metió al público en el bolsillo, y despertaba por igual risas y aplausos. Lo demás músicos (guitarra líder, bajo y batería) son muy buenos, en especial el bajista me resultó bastante simpático por su evolución sobre el escenario. El guitarrista principal se lució interpretando sobre un lap steel guitar, evocando a David Gilmour. En verdad disfruté ese toque al máximo.







Cerramos la noche en el mismo sitio, con Séptima Bohemia, una banda de música caribeña con una gran profusión de músicos que pusieron a bailar a la gente con su ritmo bien marcado. Tuvieron como invitada a Laura Guevara, muy histriónica y muy buena cantante, que interpretó algunas piezas del cancionero estándar del bolero, Frenesí y Bésame Mucho, se tiró una descarga jazzera, y estuvo acompañando hasta al final en los coros y la coreografía.





El comportamiento de la gente, por lo que pude observar, fue bastante tolerable. Todos estaban pendientes de disfrutar los toques, bailar, tomarse fotos y por supuesto tomar: esa fue una constante en todos los lugares por donde transitamos. Pero por lo menos yo no vi nada lamentable, salvo uno que otro encontronazo verbal con los conductores que intentaban avanzar entre el mar de gente que colmaba las vías.

En resumen, creo que esta edición del festival estuvo mejor que la de años anteriores, o por lo menos mi experiencia fue más grata, ya que corrí con la suerte de presenciar actos que fueron de mi agrado y no tuve incidentes que lamentar. O será que alcanzamos un nivel de conformismo que nos hace disfrutar estas pequeñas cosas que nos ofrece la ciudad como si estuviéramos presenciando eventos de gran jerarquía. No lo sé a ciencia cierta.