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martes, 31 de marzo de 2026

Canciones míticas

En mi adolescencia, allá por los ya muy lejanos años setenta, la manera primordial de descubrir música era la radio. Había dos emisoras que competían por la audiencia afín al rock: Radio Capital y Radio Caracas Radio. Yo era más fiel a la primera, aunque había algunos locutores en la rival que también procuraba escuchar. En esa etapa de descubrimiento conocí algunas canciones que defino míticas, tanto por ellas en sí mismas como por la dificultad de conseguirlas en un formato físico que me permitiera escucharlas cuando se me antojara, y no cuando tuviera la fortuna de que el locutor de turno las pusiera al aire. Recuerdo tres de esas canciones, todas ellas en versiones en vivo: Funeral for a friend, de Elton John; I don´t need no doctor, de Humble Pie, y Room to move, de John Mayall. Las dos últimas llegaron a mi colección muchos años después: Room to move la encontré en La Discotienda de Oro (esa tienda que estaba pared de por medio con la librería Suma), en CD, incluida en el disco The Turning Point, que fue una especie de precursor del formato unplugged que luego pondría de moda MTV; la otra, de Humble Pie, está en un lp que heredé de mi cuñado, el famosísimo disco en vivo en el Fillmore. Con la de Elton John no tuve mayor suerte, así que me debo conformar con el recuerdo.
Todo esto viene al caso porque me enteré hace poco de un dato curioso con respecto a la canción de Mayall. El sábado pasado estuvimos en una presentación en Alejandría, moderada por el gran Xariell Sarabia, en donde Julio César Venegas mostró y comentó una colección de fotografías tomadas por él, en la cual el factor aglutinante es el mundo de la música. Un paréntesis para decir que fue una conferencia brillante, cargada de calidez, erudición y nostalgia por aquellos años 70 y 80, tan añorados por mí. Cuando le llegó el turno a una foto de Mayall, me fue inevitable nombrar Room to move, y comentar la traducción tan estrambótica al español que le impusieron al título en esa época, que no fue otra que "Habitación Movible" (en realidad, room to move se traduce como espacio para moverse). Venegas me respondió: "esas fueron vainas de Loscher".
Wao. Loscher distó mucho de ser un improvisado, y tenía una cultura vasta, así que un desliz así no me pareció propio de él. Tuvo que haber un motivo, me dije. Y me fabriqué una hipótesis: el título impuesto por Iván puede haber sido un guiño al libro "A moveable feast", de Hemingway. Una habitación movible para llevar a cabo una fiesta también movible en el espacio y en el tiempo.
Claro, es muy probable que a Loscher no se le haya pasado por la mente esa asociación que propongo, pero qué carajo, uno es dueño de su propia e íntima mitología, después de todo.

lunes, 20 de enero de 2020

Los vericuetos de la memoria




En estos días estábamos en el taller de Mary, al final de la tarde, conversando al calor de unos tragos. Mientras lo hacíamos, pasé la mirada por los libros que estaban en un estante de usos múltiples, que había sido la biblioteca original de mi casa paterna, y que, tras varias transformaciones, una de las cuales la vio forrada, muy setentosamente, de Fórmica blanca, ahora es el depósito de materiales de mi esposa. Me llamó la atención un libro enparticular, encuadernado en pasta dura de esa que se usaba antes, con textura de tela, de un color que había sido verde esmeralda pero hoy en día ya perdió su lustre original. Se trataba de una edición ilustrada para el público infantil y juvenil de la novela “Sin familia”, de H. Malot. Recordaba a trazos gruesos el argumento de aquél folletín francés: la historia de un joven que había sido recogido de la calle por una familia, y que luego de mil peripecias llegaría a conocer a su familia de sangre. Tenía un recuerdo muy vivo, sin embargo: la mención de un condumio llamado “buñuelo de viento”. Desde que leí ese nombre, se me quedó grabado, tal vez por mi inveterada glotonería. Tomé el libro del estante, y lo ojeé en busca de esa referencia, que hallé casi al principio de la narración. Según ella, se preparaban a base de leche y mantequilla. Supongo que, además, llevarían algo de harina o alguna otra fécula. Satisfecha esa curiosidad inicial, me fui al final del libro para ver cómo terminaba. El párrafo final dice: “-‘¡Bravo, Capi!- Dijo sir Milligan-. Con lo que has recogido y esto que yo añado, más lo que nos vayan dando almas caritativas, fundaremos un hogar para músicos trnshumantes”. Una revelación se me presentó en ese momento. Leí un poco más arriba, para confirmar lo que sospechaba: Capi era un perro, el fiel acompañante de Remí, el protagonista de la historia. Tal vez no lo sepan, pero uno de los perros de mi primera novela “Vidas de perros”, el segundo en orden de aparición, y el primero en ser bautizado por Tomás, el protagonista, se llama precisamente Capi. Y no fue adrede, por lo menos no conscientemente; de hecho, en la novela, la elección del nombre proviene de otra lectura, la novela histórica “Capitán de navío Horacio Hornblower”, que tal vez había leído un poco después de “Sin familia”. Lo que deduje es que ese nombre, Capi, había estado aguardando en algún lugar de mi subconsciente, hasta que tuvo la oportunidad de salir a flote.

lunes, 18 de noviembre de 2019

La literatura como descubrimiento


Lo bueno (y lo malo, dependiendo de la manera de pensar de cada quien) de la literatura es su infinitud, en términos prácticos. Entre los millones de libros ya escritos y los miles que se escriben cada año, es imposible que una persona asimile un porcentaje importante del patrimonio literario universal. Eso a la vez es deleite y frustración, pues vaya a saber uno cuáles joyas desconoce.

Uno de los placeres más grandes que me ofrece la literatura es el descubrimiento de un autor importante, o por lo menos de uno cuya obra sea deslumbrante ante mis ojos. Es la apertura de un universo repleto de personajes, parajes, obsesiones y reflexiones que a veces tienen el poder de funcionar como espejos, o cajas de resonancia de las propias. Es adentrarse en la mente de cada escritor, y maravillarse por su poder, expresado mediante la palabra. Últimamente he podido experimentar ese placer algunas veces. 2016, por ejemplo, fue el año de Foster Wallace, y la lectura de su obra máxima “La broma infinita”. Si debiera hacer un paralelismo, diría que obró sobre mí el mismo efecto que hizo en su tiempo la lectura de “Cien años de soledad”, por mucho que hoy en día me sienta distante de la literatura del Gabo. 2019, en cambio, está siendo el año de Sándor Márai. Estoy leyendo el cuarto libro, y todos me han dejado maravillado, y admirado por el enorme conocimiento del ser humano que demuestra el húngaro en su obra. Tanto en sus novelas como en sus diarios, Márai no deja de dar testimonios sobre su visión del mundo y de los hombres que lo pueblan, hurgando hasta el hueso para dejar al descubierto sus motivaciones para hacer lo que hacen. Uno puede estar de acuerdo o no con él, pero no puede negar su maestría y su oficio. Un grande, definitivamente.

La literatura no salva de nada, pero entretiene. Espero con fruición los descubrimientos que me esperan el próximo año.   

domingo, 8 de septiembre de 2019

The night


Esta mañana terminé de leer la novela “The night”, de Rodrigo Blanco Calderón, la más reciente ganadora del prestigioso premio Vargas Llosa. Traté de leerla desprejuiciadamente, buscando no contaminarme por todo lo bueno y lo no tan bueno que había escuchado sobre ella, sobre todo de no dejarme influenciar por el hecho de su fama, que ya se puede llamar internacional. Quise que fuera el libro quien se defendiera por él mismo.
Y lo logró.
Es difícil encasillar esta obra en un género determinado. Es una novela detectivesca, sí. Pero también una novela psicológica. Y una novela lúdica. Por supuesto, y voy a decir una perogrullada, es una novela nocturna. Es todo eso, amalgamado a fuego lento, inmerso en una banda sonora muy particular: la de la agrupación Morphine, liderada por Mark Sandman -personaje “en off” de la novela- que, si no la han escuchado, los invito a que se den el gusto. Estamos frente a un collage, que recoge casos sumamente escabrosos de la crónica roja nacional, varios personajes emblemáticos conocidos por la opinión pública, libros existentes, anécdotas conocidas, anécdotas inventadas, que da como resultado un tejido en el cual nos podemos reconocer, dolorosamente.
Varias cosas me vienen a la mente al repasar las páginas que acabo de concluir. Voy a mencionarlas así, sin ningún orden determinado. Una de ellas es la intuición de que algunos párrafos del libro tienen un auditorio predeterminado, que es la gente que hizo o hace vida todavía en los pasillos de la escuela de Letras de la UCV. Como si Rodrigo hubiese insertado un código oculto, que pasa desapercibido frente al lector común, pero es interpretado a cabalidad por aquellos a quienes está destinado. Tal vez no sea así, pero me gusta pensar en ello. Otra, que me llama la atención como escritor, es la elección de los nombres, o más bien la identificación de los personajes. Para decirlo de manera maniquea, los “buenos” aparecen bajo su nombre real. En cambio, los “villanos” y las “víctimas” salen bajo un pseudónimo, a pesar de que al final del libro, en los agradecimientos, algunos de ellos aparecen con su nombre real. Otra cosa que aprecié fue cierta obsesión por los detalles, sobre todo los escabrosos, y allí no puedo dejar de pensar en David Foster Wallace y su novela “La broma infinita”, que comparte ese aspecto con “The night”. También entreví, en la parte del libro dedicada a Darío Lancini, cierta admiración nostálgica por los años de la lucha armada en Venezuela, los violentos 60, y sus consecuencias. Tal vez sea yo quien en realidad sienta esa nostalgia, ese “sé que estuvo mal, pero me hubiese gustado vivirlo”. La narración detallada de ese período me acerca a esa reflexión.
No soy un lector rápido, ni disciplinado. Dejo que cada obra me lleve a su ritmo. El viaje que emprendí con “The night” tuvo una cadencia lenta al principio, pero poco a poco fue acelerándose hasta adquirir una velocidad frenética, buscando un final que, lo sabía por adelantado, no iba a conseguir. Y tal vez ese sea uno de los grandes aciertos de esta novela.

martes, 30 de julio de 2019

Autores (casi) desconocidos


En la literatura de todo el mundo, y la venezolana no escapa de ello, la mayoría de los escritores no logra salir del anonimato, a pesar de que algunos de ellos tengan méritos suficientes. Mal momento, mal mercadeo, o mala suerte pueden ser los factores que distancien a un autor consagrado de uno que no logra alcanzar al gran público. De aquí rescato dos casos. Uno es el de Vicente Ibarra, del cual conozco dos obras, que fueron escritas a mucha distancia una de la otra. Se trata de Camioneros, que data -creo- de los años 50, y El clavo, que tal vez haya sido publicada en los 80. Ambas novelas me gustaron, tal vez porque recorren una geografía muy querida por mí. Sin ser alta literatura, son libros muy agradables de leer, y todavía los tengo en la memoria. Camioneros lo leí en los pasillos alfombrados de la biblioteca vieja de la USB, en unas cuantas sentadas, tal vez esperando la próxima clase, y me gustó su narración casi cinematográfica, con persecuciones en la carretera vieja de Los Teques. El clavo, en cambio, cayó en mis manos en los 90, y me gustó su impostación histórica, en un arco de tiempo que va desde el terremoto de 1900 al de 1967, y hace un recuento de los hechos ocurridos en ese tiempo desde el punto de vista del ciudadano común. El otro es Gonzalo Ramírez Cubillán, del cual conozco solamente El libro de los descubrimientos, que es una novela que se mueve a través del tiempo, en un bamboleo que va desde La Candelaria de los años 50 a la época de la conquista y de vuelta al tiempo actual; un pastiche bien ensamblado con un grado importante de erudición. No conozco a casi nadie que haya leído esos libros que menciono, y es una lástima. Seguramente cada quien tendrá experiencias parecidas con otros autores cuyos libros hayan pasado por sus manos, y el resto de los lectores ignoren su existencia.