En estos días estábamos en el taller de Mary, al final de la tarde, conversando al calor de unos tragos. Mientras lo hacíamos, pasé la mirada por los libros que estaban en un estante de usos múltiples, que había sido la biblioteca original de mi casa paterna, y que, tras varias transformaciones, una de las cuales la vio forrada, muy setentosamente, de Fórmica blanca, ahora es el depósito de materiales de mi esposa. Me llamó la atención un libro enparticular, encuadernado en pasta dura de esa que se usaba antes, con textura de tela, de un color que había sido verde esmeralda pero hoy en día ya perdió su lustre original. Se trataba de una edición ilustrada para el público infantil y juvenil de la novela “Sin familia”, de H. Malot. Recordaba a trazos gruesos el argumento de aquél folletín francés: la historia de un joven que había sido recogido de la calle por una familia, y que luego de mil peripecias llegaría a conocer a su familia de sangre. Tenía un recuerdo muy vivo, sin embargo: la mención de un condumio llamado “buñuelo de viento”. Desde que leí ese nombre, se me quedó grabado, tal vez por mi inveterada glotonería. Tomé el libro del estante, y lo ojeé en busca de esa referencia, que hallé casi al principio de la narración. Según ella, se preparaban a base de leche y mantequilla. Supongo que, además, llevarían algo de harina o alguna otra fécula. Satisfecha esa curiosidad inicial, me fui al final del libro para ver cómo terminaba. El párrafo final dice: “-‘¡Bravo, Capi!- Dijo sir Milligan-. Con lo que has recogido y esto que yo añado, más lo que nos vayan dando almas caritativas, fundaremos un hogar para músicos trnshumantes”. Una revelación se me presentó en ese momento. Leí un poco más arriba, para confirmar lo que sospechaba: Capi era un perro, el fiel acompañante de Remí, el protagonista de la historia. Tal vez no lo sepan, pero uno de los perros de mi primera novela “Vidas de perros”, el segundo en orden de aparición, y el primero en ser bautizado por Tomás, el protagonista, se llama precisamente Capi. Y no fue adrede, por lo menos no conscientemente; de hecho, en la novela, la elección del nombre proviene de otra lectura, la novela histórica “Capitán de navío Horacio Hornblower”, que tal vez había leído un poco después de “Sin familia”. Lo que deduje es que ese nombre, Capi, había estado aguardando en algún lugar de mi subconsciente, hasta que tuvo la oportunidad de salir a flote.
Éste es mi cuarto de juegos. Siéntanse libres de tomar lo que gusten; si quieren dejar algo, también sirve.
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lunes, 20 de enero de 2020
Los vericuetos de la memoria
En estos días estábamos en el taller de Mary, al final de la tarde, conversando al calor de unos tragos. Mientras lo hacíamos, pasé la mirada por los libros que estaban en un estante de usos múltiples, que había sido la biblioteca original de mi casa paterna, y que, tras varias transformaciones, una de las cuales la vio forrada, muy setentosamente, de Fórmica blanca, ahora es el depósito de materiales de mi esposa. Me llamó la atención un libro enparticular, encuadernado en pasta dura de esa que se usaba antes, con textura de tela, de un color que había sido verde esmeralda pero hoy en día ya perdió su lustre original. Se trataba de una edición ilustrada para el público infantil y juvenil de la novela “Sin familia”, de H. Malot. Recordaba a trazos gruesos el argumento de aquél folletín francés: la historia de un joven que había sido recogido de la calle por una familia, y que luego de mil peripecias llegaría a conocer a su familia de sangre. Tenía un recuerdo muy vivo, sin embargo: la mención de un condumio llamado “buñuelo de viento”. Desde que leí ese nombre, se me quedó grabado, tal vez por mi inveterada glotonería. Tomé el libro del estante, y lo ojeé en busca de esa referencia, que hallé casi al principio de la narración. Según ella, se preparaban a base de leche y mantequilla. Supongo que, además, llevarían algo de harina o alguna otra fécula. Satisfecha esa curiosidad inicial, me fui al final del libro para ver cómo terminaba. El párrafo final dice: “-‘¡Bravo, Capi!- Dijo sir Milligan-. Con lo que has recogido y esto que yo añado, más lo que nos vayan dando almas caritativas, fundaremos un hogar para músicos trnshumantes”. Una revelación se me presentó en ese momento. Leí un poco más arriba, para confirmar lo que sospechaba: Capi era un perro, el fiel acompañante de Remí, el protagonista de la historia. Tal vez no lo sepan, pero uno de los perros de mi primera novela “Vidas de perros”, el segundo en orden de aparición, y el primero en ser bautizado por Tomás, el protagonista, se llama precisamente Capi. Y no fue adrede, por lo menos no conscientemente; de hecho, en la novela, la elección del nombre proviene de otra lectura, la novela histórica “Capitán de navío Horacio Hornblower”, que tal vez había leído un poco después de “Sin familia”. Lo que deduje es que ese nombre, Capi, había estado aguardando en algún lugar de mi subconsciente, hasta que tuvo la oportunidad de salir a flote.
domingo, 3 de noviembre de 2019
Serendipia
Hay algo muy interesante en los libros: las conexiones secretas que existen entre ellos, que a veces tienen significado exclusivo, es decir, que parecieran estar allí para el disfrute particular de uno. Ayer experimenté ese placer. Estaba en casa de la prima Miriam Nikken, en una reunión familiar; en una ida al baño, pasé frente a su magnífica biblioteca, y me detuve un rato a escudriñarla. Entre tantos maravillosos volúmenes, dos en particular llamaron mi atención: una recopilación encuadernada de las revistas que editaba la librería Cruz del Sur, en los años 50, de cuya existencia me enteré en ese preciso momento, y el libro "Los cines de Caracas en el tiempo de los cines" de Nicolás Sidorkovs. Tomé el libro del estante para revisarlo con mayor comodidad encima de la mesa del comedor. Lo abrí, y enseguida busqué en el índice al final del tomo las entradas correspondientes a los cines más entrañables para mí, vale decir aquellos que se encontraban en la Calle Real de Sabana Grande. Allí estaba el más antiguo de ellos, el teatro Río. Me fui a la página que indicaba la referencia y, además de una fotografía de la fachada del cine, me encontré una cita tomada de un libro muy poco conocido, que está en mi casa por pura casualidad. Se trata de “La Caracas de los techos chatos”, de Gloria Brigé de Sucre, buena amiga de mi suegro, a quien le regaló una copia y él luego me la prestó, dado su conocimento acerca de mi interés por la historia menuda de Caracas. En ese pasadizo secreto entre ambos libros se dieron cita, entonces, tres personajes: los dos autores y mi suegro, unidos circunstancialmente en ese espléndido azar que me aguardaba ayer tarde.
domingo, 8 de septiembre de 2019
The night
Esta mañana terminé de leer la novela “The night”, de Rodrigo Blanco Calderón, la más reciente ganadora del prestigioso premio Vargas Llosa. Traté de leerla desprejuiciadamente, buscando no contaminarme por todo lo bueno y lo no tan bueno que había escuchado sobre ella, sobre todo de no dejarme influenciar por el hecho de su fama, que ya se puede llamar internacional. Quise que fuera el libro quien se defendiera por él mismo.
Y lo logró.
Es difícil encasillar esta obra en un género determinado. Es una novela detectivesca, sí. Pero también una novela psicológica. Y una novela lúdica. Por supuesto, y voy a decir una perogrullada, es una novela nocturna. Es todo eso, amalgamado a fuego lento, inmerso en una banda sonora muy particular: la de la agrupación Morphine, liderada por Mark Sandman -personaje “en off” de la novela- que, si no la han escuchado, los invito a que se den el gusto. Estamos frente a un collage, que recoge casos sumamente escabrosos de la crónica roja nacional, varios personajes emblemáticos conocidos por la opinión pública, libros existentes, anécdotas conocidas, anécdotas inventadas, que da como resultado un tejido en el cual nos podemos reconocer, dolorosamente.
Varias cosas me vienen a la mente al repasar las páginas que acabo de concluir. Voy a mencionarlas así, sin ningún orden determinado. Una de ellas es la intuición de que algunos párrafos del libro tienen un auditorio predeterminado, que es la gente que hizo o hace vida todavía en los pasillos de la escuela de Letras de la UCV. Como si Rodrigo hubiese insertado un código oculto, que pasa desapercibido frente al lector común, pero es interpretado a cabalidad por aquellos a quienes está destinado. Tal vez no sea así, pero me gusta pensar en ello. Otra, que me llama la atención como escritor, es la elección de los nombres, o más bien la identificación de los personajes. Para decirlo de manera maniquea, los “buenos” aparecen bajo su nombre real. En cambio, los “villanos” y las “víctimas” salen bajo un pseudónimo, a pesar de que al final del libro, en los agradecimientos, algunos de ellos aparecen con su nombre real. Otra cosa que aprecié fue cierta obsesión por los detalles, sobre todo los escabrosos, y allí no puedo dejar de pensar en David Foster Wallace y su novela “La broma infinita”, que comparte ese aspecto con “The night”. También entreví, en la parte del libro dedicada a Darío Lancini, cierta admiración nostálgica por los años de la lucha armada en Venezuela, los violentos 60, y sus consecuencias. Tal vez sea yo quien en realidad sienta esa nostalgia, ese “sé que estuvo mal, pero me hubiese gustado vivirlo”. La narración detallada de ese período me acerca a esa reflexión.
No soy un lector rápido, ni disciplinado. Dejo que cada obra me lleve a su ritmo. El viaje que emprendí con “The night” tuvo una cadencia lenta al principio, pero poco a poco fue acelerándose hasta adquirir una velocidad frenética, buscando un final que, lo sabía por adelantado, no iba a conseguir. Y tal vez ese sea uno de los grandes aciertos de esta novela.
miércoles, 7 de agosto de 2019
El vértigo
Llevar un libro a una librería para leerlo allí parece un sinsentido, similar al de ver una película en el celular cuando se está en una sala de cine; sin embargo, ayer tenía un par de horas ociosas por delante, que iban a transcurrir justo en Kálathos, así que empaqué en el morral, que contenía parte del material de apoyo necesario para que Mary impartiera su taller de arte, la novela de Rodrigo Blanco, “The night” y, ya instalado en uno de los cómodos sillones de la librería, me sumergí en su trama. No voy a hablar de la novela, porque apenas llevo leído si acaso un tercio y es muy temprano para sacar conclusiones. Más bien me propongo comentar una sensación de vértigo que experimenté por unos breves instantes allí adentro. Tras una media hora de lectura, me levanté para estirar las piernas y despejar la vista que había estado fija en las páginas del libro, y de paso conversar un rato con José Ramón Gutiérrez sobre las vicisitudes del sitio, y los planes que tiene para fomentar la asistencia del público. Luego de ello, comencé a pasear por los pasillos, y revisar un poco los anaqueles. Y allí fue cuando tuve la revelación: en ese local, de medianas dimensiones, hay más libros de los que yo pueda leer en mi vida, así me propusiera leer doce horas diarias, y viviera otros treinta años (que es una aspiración desproporcionada). No tengo manera de conocer el porcentaje de libros que pueda representar el contenido de esa librería con respecto al total mundial, pero sospecho que puede calcularse si acaso en centésimas de unidad, si no en milésimas. Cuánto conocimiento, cuánto entretenimiento, cuánta información estará fuera de mi alcance, es algo incuantificable. Pienso en los 700 u 800 libros que habré leído en mi vida, y me parecen tan pocos, tan insignificantemente pocos para todo lo que hay que leer. Y, además, sé que mucho de lo leído es prescindible, menor, desechable. Pero no hay manera de recoger esa agua derramada; si acaso, queda es el aprendizaje, la sabiduría aprehendida por la fuerza, la sagacidad de escoger mejor, de ahora en adelante.
martes, 30 de julio de 2019
Autores (casi) desconocidos
En la literatura de todo el mundo, y la venezolana no escapa de ello, la mayoría de los escritores no logra salir del anonimato, a pesar de que algunos de ellos tengan méritos suficientes. Mal momento, mal mercadeo, o mala suerte pueden ser los factores que distancien a un autor consagrado de uno que no logra alcanzar al gran público. De aquí rescato dos casos. Uno es el de Vicente Ibarra, del cual conozco dos obras, que fueron escritas a mucha distancia una de la otra. Se trata de Camioneros, que data -creo- de los años 50, y El clavo, que tal vez haya sido publicada en los 80. Ambas novelas me gustaron, tal vez porque recorren una geografía muy querida por mí. Sin ser alta literatura, son libros muy agradables de leer, y todavía los tengo en la memoria. Camioneros lo leí en los pasillos alfombrados de la biblioteca vieja de la USB, en unas cuantas sentadas, tal vez esperando la próxima clase, y me gustó su narración casi cinematográfica, con persecuciones en la carretera vieja de Los Teques. El clavo, en cambio, cayó en mis manos en los 90, y me gustó su impostación histórica, en un arco de tiempo que va desde el terremoto de 1900 al de 1967, y hace un recuento de los hechos ocurridos en ese tiempo desde el punto de vista del ciudadano común. El otro es Gonzalo Ramírez Cubillán, del cual conozco solamente El libro de los descubrimientos, que es una novela que se mueve a través del tiempo, en un bamboleo que va desde La Candelaria de los años 50 a la época de la conquista y de vuelta al tiempo actual; un pastiche bien ensamblado con un grado importante de erudición. No conozco a casi nadie que haya leído esos libros que menciono, y es una lástima. Seguramente cada quien tendrá experiencias parecidas con otros autores cuyos libros hayan pasado por sus manos, y el resto de los lectores ignoren su existencia.
sábado, 12 de enero de 2019
Partir
Soy – ay, inculto de mí – un mal lector de poesía: casual, indisciplinado, y sobre todo ineducado. Eso no obsta para que pueda disfrutar de vez en cuando algún poemario. Hoy retomé “Partir”, de Alejandro Sebastiani Verlezza, editado por Carsten Todtmann y Luna Benitez, dentro de la colección de poesía de Oscar Todtmann. Lo hice en compañía de un puro y las notas de “The raven that refused to sing”, de ese artista relativamente desconocido que es Steven Wilson. A medida que me sumergía en esa atmósfera multisensorial, noté un paralelismo entre las tres experiencias: así como el humo se desplazaba por el aire, lo hacía la música, y las palabras de Alejandro se distribuían caprichosa pero armónicamente sobre las blancas hojas del libro. Una de las cosas que más me llamó la atención del poemario es precisamente esa: la cuidada diagramación, y el sapiente uso de las diferentes fuentes tipográficas. No es un artificio, o por lo menos no lo percibí así. Es una manera eficiente de transmitir el mensaje contenido en el libro. Sobre el contenido en sí no tengo la experticia suficiente para brindar algún tipo de análisis, pero me conmueve, en el sentido amplio de la palabra.
miércoles, 25 de julio de 2018
Los vasos comunicantes
A veces, en mis lecturas en diversos medios, me encuentro con algunas coincidencias curiosas, ya sea en temas, imágenes, personajes o circunstancias. Me acaba de pasar esta mañana, por ejemplo. Ayer terminé de leer “Kitchen confidential”, de Anthony Burdain, y comencé “Los días animales” de Keila Vall de la Ville. Son dos libros que pudiéramos catalogar como testimoniales, aunque el de Keila es, formalmente, una novela. De temática totalmente distinta, pues Burdain habla de su pasión por la gastronomía mientras que Keila se enfoca en el montañismo como hilo conductor de su libro. En un pasaje, ella describe a detalle las heridas causadas por la actividad de escalada en sus manos: ampollas, llagas, callos; cicatrices producidas por el contacto con las rocas que le permiten el ascenso hacia la cumbre que planea conquistar, y que son testigos tangibles de su vivencia. Había leído casi exactamente lo mismo en el de Bourdain: en una parte de su libro, también nos ofrece un detallado panorama de sus manos, callosas por los cuchillos, ampolladas por salpicaduras de frituras, quemadas por el calor de las hornillas. Manos de cocinero, como constata con orgullo. Allí estaba el pasadizo entre dos libros en apariencia totalmente diferentes, y yo fui el espeleólogo que lo descubrió. Las manos son el vínculo. Las manos materializan los anhelos de ambos escritores, y también cargan con las consecuencias.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Duelo, de Albor Rodríguez
Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, si digo que el mayor miedo que puede sentir una persona que tenga hijos es la posibilidad de su fallecimiento. Es la pesadilla recurrente, sobre todo cuando están en la primera infancia, y se vigila su sueño a ver si están respirando, y no se les abandona ni por un segundo. A medida que crecen, las preocupaciones son otras, tal vez mayores pues llega el momento en que debemos dejarlos ir lejos de nuestra protección, y no sabemos de ellos durante muchas horas al día. Ese miedo nunca nos abandona del todo. Todavía hoy en día, cuando alguna de mis hijas - mayores de edad las dos -está en la calle de noche, siento un desasosiego que solo se cura con la llamada oportuna informando la llegada, o el ruido de la puerta abriéndose mientras las perras ladran amistosamente.
Sucede que en ciertas oportunidades la pesadilla se materializa, y deja devastados a los padres de la criatura que parte prematuramente. Hay quienes lidian con ese suceso encerrándose en sí mismos, recluyéndose tanto física como anímicamente, y desaparecen en una especie de retiro expiatorio. En cambio otras personas deciden afrontar la pérdida de manera menos destructiva, buscando darle algún tipo de significado, o de hacer de su experiencia algo que pueda resultarle útil al resto de las personas. Me vienen a la mente dos ejemplos: cuando murió el hijo de Eric Clapton, en 1991, cayendo del piso 53 de un rascacielos en Nueva York, el músico compuso una canción en su memoria, y se convirtió en uno de sus mayores éxitos discográficos, tal vez su canción más reconocida por el público en general. El otro es el de la escritora Isabel Allende, que dejó registro de la agonía y muerte de su hija Paula.
Albor Rodríguez también cruzó ese infierno, y tuvo los arrestos para sobreponerse a ello y sentarse a narrarlo. En su caso la historia tiene un ingrediente adicional, y es que el hijo que perdió supuso un larguísimo tirocinio para lograr que Albor alcanzara la maternidad, un calvario de procedimientos para aumentar su fertilidad, de intentos de inseminaciones artificiales, de fecundaciones in vitro, hasta que, cuando ya había perdido toda esperanza, le llegó su momento.
Yo supe sobre Albor en los preparativos de la presentación de su libro Duelo, a través de varias reseñas y entrevistas que tuve oportunidad de leer en las redes sociales. Y me hice una idea de ella: supuse que se trataba de una mujer endurecida por la devastadora experiencia por la que tuvo que pasar. Una mujer echada para adelante, en criollo una mujer arrecha: con una carrera estelar en los medios impresos, emprendedora, siempre en búsqueda de nuevos retos profesionales, pero con un deseo que se le hacía esquivo: ser madre. Y que vio cumplido solamente para que le fuese arrebatado apenas dieciséis meses después.
Llegó el día del bautizo de su libro en Kálathos, y supe que mi prejuiciosa impresión forjada por la lectura no tenía nada que ver con la realidad. Por lo menos en parte. Sigo pensando que es una mujer fuerte. Pero a la vez es una persona sumamente dulce, cariñosa, que transmite serenidad. A la que se le iluminan los ojos cuando la conversación llega inexorable al tema de su niño cometa. La que cuenta entre risas - y una lagrimita eventual - las travesuras de Juan Sebastián. A la que, en resumidas cuentas, le tocó arriar su pérdida y está lográndolo, un día a la vez.
Comencé a leer el libro luego de conocer a su autora, y tal vez esa circunstancia le dio un giro a mi experiencia de lectura que no hubiese tenido en caso contrario. Porque no es lo mismo leer un texto así, en abstracto, que cuando uno ha tenido la oportunidad de compartir con su escritor. Tal vez pudiera pensarse en la existencia de cierto sesgo. No creo que en mi caso haya sido así. Más bien me sirvió para darle una cara a las personas descritas, un tono de voz, y para comprender cosas que fueron mencionadas.
No ha debido ser fácil escribir un libro así. Yo, por lo menos, creo que no encontraría la fortaleza necesaria para abrirme de esa manera en público. Es un libro testimonial, que narra de manera objetiva los acontecimientos relevantes alrededor del protagonista indiscutible de la historia, la estrella fugaz que iluminó las vidas de Albor y su gran y solidaria familia durante algo más de un año. En su presentación el día del bautizo, Milagros Socorro debatió sobre el género al cual pertenece, si corresponde a unas memorias o es una novela autobiográfica. Ese tema se lo dejo a los expertos; tal vez se trate de un texto híbrido, que se nutre de ambas corrientes. Mi opinión es que se trata de un relato honesto y sincero, en el cual Albor trata de ponerle un marco preciso a su terrible experiencia y de alguna manera racionalizar eso que le pasó. Algo que no ha debido suceder nunca, pero que sucede, sucede a diario en algún rincón del mundo, para demostrarnos nuestra fragilidad e imposibilidad de tener control alguno sobre los acontecimientos. Yo solo deseo que Albor alcance la paz. Creo que, aunque ese evento no va a poder borrarlo jamás de su memoria, va en buen camino hacia su aceptación definitiva. Y este libro es la demostración de ello.
miércoles, 27 de mayo de 2015
Santiago se va, de José Urriola
José Urriola tiene una fascinación por los artefactos imposibles, que le permiten elaborar filigranas de metáforas sobre su concepción del mundo, o mejor dicho sobre lo que debería ser el mundo ideal - de acuerdo a su visión. Algo de eso nos asomó en su primera novela, Experimento a un perfecto extraño, pero en ella dejó algunos esbozos nada más. Santiago se va es la materialización de esas ideas.
Se trata de una obra poco convencional, construida concienzudamente, que nos plantea un enigma desde el vamos, y logra una complicidad tácita con el lector quien trata de comprender el misterio y adivinar el posible desenlace. Gira en torno a un personaje que no tiene voz propia sino que va siendo descubierto por terceros (terceras, en realidad) en sus contradicciones, locuras y evasiones. Es un personaje demencial e inclasificable, tal cual es esta novela.
No quiero adelantar demasiados aspectos del libro, pero debo decir que me obligó a retroceder varias veces. En cierto sentido es una novela lúdica, que permite diversas formas de encararla. Y como bono adicional tiene un soundtrack hecho a la medida. A la medida de Santiago-Urriola, por supuesto. Con un buen balance de humor y dramatismo, pero no extremo, y una generosa dosis de fantasía.
Disfruté mucho su lectura, y creo que le daré una segunda leída bastante pronto pues siento que dejé algunos cabos sueltos que merecen ser anudados, y de paso porque quiero volver a disfrutar ciertos pasajes muy sabrosos del texto.
lunes, 16 de marzo de 2015
De amores y domicilios - Arnoldo Rosas
Este sábado terminé de leer el libro de relatos "De amores y domicilios", de Arnoldo Rosas. Lo había comenzado apenas tres días antes, y lo leí en tres sentadas, tratando de dosificarlo y demorar su final. Se trata de un compendio de veinte cuentos que van desde la expresión mínima, lo que se ha dado por llamar microcuentos, hasta relatos con mucho cuerpo.
Una de los aspectos que más disfruté de la cuidada edición de Ficción Breve Libros, capitaneada por Roger Michelena, es el carácter intimista, casi autobiográfico, de varios de los textos que la componen. Arnoldo nos permite darle una ojeada generosa a su intimidad, nos invita a pasar a su casa, casi que nos sienta en el sofá y nos brinda una cervecita mientras coloca en el picó un lp de Noel Petro y entra en amena conversación sobre las cosas aparentemente sencillas de la vida, pero dejando traslucir que hay algo más profundo detrás de ellas.
Leerlo es un ejercicio amable y reposado, a pesar de que de tanto en tanto saltan algunos hechos escandalosos o violentos, pero tratados con una mano suave que no permite que deriven en prosa sensacionalista. Tal vez el cuento que más me gustó es el denominado "Heracles": la narración es tan precisa que me pareció estar viendo sus escenas. Poderoso relato acerca de la sumisión y la redención a través de la rebeldía.
Arnoldo Rosas nos confirma con este libro su grandes dotes de narrador, y de conocedor de la geografía del país, sobre todo de la de su isla natal. Una lectura grata y reconfortante, tan necesaria en estos tiempos tumultuosos.
viernes, 24 de enero de 2014
Nombre de mujer, de Arnoldo Rosas
Una de las cosas más gratas de la vida la constituyen los regalos inesperados, que caen del cielo y nos ponen contentos como chiquillos alrededor del árbol de navidad. El diciembre del año pasado recibí uno de esos obsequios, de manos del escritor Arnoldo Rosas, quien me hizo llegar su primera novela Nombre de mujer. Gracias a ese desprendido gesto pude disfrutar de una lectura sumamente amena, bien construida y mejor llevada, que nos cuenta la historia de unos amigos de toda la vida haciendo énfasis en su etapa universitaria. Como en un juego de adivinanzas no se nos dice todo sobre ellos, poniendo al lector a conjeturar y de esa manera participar activamente en la trama. Es un notable ejercicio de escritura, sobre todo tomando en cuenta que se trata de una opera prima.
Ahora, más allá del hecho formal, esta novela significó mucho para mí: fue como si una parte de mi pasado me estuviera haciendo un guiño desde las páginas escritas por Arnoldo. Resulta que la universidad que describe es la Simón Bolívar, mi primera casa de estudios superiores, y el espacio temporal es el mismo en el cual estuve allí. Para mayores coincidencias, narra con precisión pasmosa mi primera clase con el adusto y temible profesor Dino Garber, nombre que Rosas trastoca en Fino Gabel: su discurso de bienvenida fue tal cual, la desazón producida por el mismo también. A partir de ese momento, la lectura se me trasformó en recuerdo, y en complicidad con la cuerda de amigos que hacían vida en el Ampere, en la casa del estudiante, en los jardines. Y rememoré las partidas de ping pong y de dominó, en las pausas a veces largas entre clase y clase. La similitud llegó hasta los predios de la música y las bebidas, ya que tanto la salsa brava como el triple filtrado La Florida fueron acompañantes frecuentes esos años.
Hay libros que se vuelven entrañables, y son revisados de tanto en tanto ya sea para recordar algún pasaje o para constatar si siguen siendo tan importantes para uno como lo fueron en el pasado. Sospecho que Nombre de mujer va a caer en esa categoría, porque ¿a quién no le gusta recordar el pasado, cuando fue irresponsablemente feliz?
sábado, 17 de agosto de 2013
Rating, de Alberto Barrera T.
Rating, o la televisión por dentro contada por alguien que la conoce de cerca. Leí la novela porque estaba en la casa: fue materia de estudio en una materia de comunicación social que estudia mi hija menor. Tal vez no la hubiera comprado por decisión propia, pues la televisión dejó hace mucho tiempo de estar entre mis intereses, y más esa televisión de novelas recicladas hasta la náusea. Sin embargo me gustó, principalmente porque conecté de inmediato con el personaje del escritor cincuentón. Al estar en la misma franja de edad establecí empatía con él, con sus achaques imprecisos, su temor a la vejez, su sentimiento de estar llegando al límite de su capacidad creativa. Y por haber experimentado la muerte de mi madre de manera parecida a la que él relata: los días de clínica, el esperar por el único desenlace posible, el tratar de insuflar esperanzas sabiendo que se estaba mintiendo adrede.
Es un libro que se lee fácil, pero no quiero decir con eso que sea simple. Ahonda en las personalidades de los tres personajes principales, y nos sumerge en sus motivaciones disímiles. Y, aunque antes dije que la televisión no está dentro de mis afectos, es innegable que está grabada a fuego en mi memoria, ya que, como la mayoría de mis coetáneos, me crié enfrente de la caja boba, y tengo mi buena cuota de horas de telenovela, desde Lucecita hasta Por estas calles, que fue cuando decidí que ya era suficiente. Por eso cedí al chantaje, al morbo de ver como es el monstruo por dentro, cosa que Barrera maneja con mucha solvencia. La estructura de la novela, con dos narradores que se alternan y en algún momento llegan a confundirse, está bien llevada y mantiene la atención.
Y una cosa anecdótica: no sé si el episodio sobre la orgía en la que caen presos Izquierdo y Beatriz ocurrió en realidad, pero se me pareció demasiado a algo que pasó en las residencias en donde viví desde 1987 hasta 2007, en la California Norte: en el penthouse de la torre A hubo un escándalo parecido, con policía, patrullas y mucho cotilleo durante bastante tiempo. Quiero creer - el morbo vaya adelante- que el episodio que narra Barrera está inspirado en ese hecho.
Si tuviera que criticarle algo, sería la poca profundidad que le dio a los personajes que participan en el reality que sirve de base a la novela. Creo que los lectores quedan insatisfechos por la poca trascendencia que tienen en la trama, es como si fueran un relleno. Tal vez fue adrede, pero me hubiera gustado que ahondara un poco más en ellos.
miércoles, 17 de julio de 2013
Experimento a un perfecto extraño, de José Urriola
A ver, es inevitable para quienes crecimos con Rayuela establecer un paralelismo, en cuanto a su estructura de novela lúdica: tal y como sugiere el libro en su prólogo, admite diferentes maneras de leerlo, pues cada capítulo es independiente a pesar de encajar a la perfección en la historia que nos cuenta José. El libro nos pasea por los delirios del personaje principal; aúna momentos sumamente divertidos con episodios de humor negro (¿cómo olvidar a la milf bipolar?), sesiones desquiciadas de psicoterapia, erotismo con personajes de dos dimensiones y situaciones que tal vez fueron oníricas o tal vez no. Todo salpicado por referencias musicales, cinematográficas y literarias que me obligaron a veces a consultar youtube para entender de qué iba la cosa. Cómo lo definí en el tuit del #librodeldía: Coctel de paranoia, cultura pop y humor.
Hacia el final del libro, en el capítulo denominado "Hermosos objetos imposibles", sentí que el espíritu de Otrova Gomas andaba flotando por allí, y esto debe entenderse como un halago, ya que Otrova, para mí, es el exponente principal del humor cerebral criollo, ese que no apela a la grosería ni al doble sentido barato para hacernos soltar una risotada o, más sutil todavía, esbozar una sonrisa de complicidad. Eso mismo logra Urriola con algunos pasajes de su libro, que permiten relajarnos un rato antes de enfrentarnos con episodios que exigen atención total para apreciarlos a plenitud.
Para cerrar, solamente diré que me identifiqué mucho con el personaje principal y su particular paranoia, ya que en algún momento de mi vida sentí algo parecido. Y creo que tal vez eso le ha pasado a mucha gente, en mayor o menor grado.
sábado, 22 de junio de 2013
Zíngara
Un librero amigo, Jesús Santana, conociendo mi afición por el rock clásico, me recomendó el libro "Zíngara: buscando a Jim Morrison", primera novela del escritor y guionista español Salva Rubio. No me dio mayores pistas sobre su contenido, pero supuse por lo que sugería el título que podía ser de mi interés, y me lo llevé a casa. Lo terminé de leer en unas cuantas sesiones, espaciadas a lo largo de la semana. Aquí les dejo mis apreciaciones, tratando de no caer en ningún "spoiler" importante.
Mi primera impresión, debo confesarlo, fue de desconcierto. No se parecía en nada a lo que pensaba iba a ser el argumento del libro. Me esperaba una atmósfera imbuida en el espíritu hippie de la época, con viajes astrales provocados por sustancias prohibidas y apariciones de espíritus emisores de sabiduría. En cambio, me tropecé con un jovencito sabihondo - en mi cabeza lo asocié enseguida con Sheldon Cooper, y esa fue la imagen que me acompañó durante la lectura - torpe por su condición de salud, que tras su petulancia esconde a una persona frágil en la esfera de los sentimientos pero poseedor de una fuerza insospechada. Y nos lleva en un "road trip" con sabores y olores hispanos, salpicado de anécdotas y peripecias muy divertidas, a lo largo de la geografía española. Nos topamos con unos cuantos personajes bien definidos, y unas situaciones bastante haladas de los pelos pero creíbles, al fin y al cabo. El ambiente de principios de los setenta está bien logrado, sobre todo tomando en cuenta que el escritor nació bastante tiempo después del espacio temporal en el que se desarrolla la trama. Se reconoce el trabajo de investigación realizado.
Algo que se le agradece a Salva Rubio es la selección musical que acompaña a la novela. Es un libro con "sound track", bastante bien escogido. Cada capítulo hace referencia a una frase de alguna canción de Los Doors, bastante relacionada con lo que sucede en él.
La prosa de Rubio es bastante fluida y amena, y su estilo narrativo -en primera persona y en presente durante casi todo el libro salvo en el prólogo y en el epílogo - da una agradable sensación de "tiempo real" que permite establecer una gran empatía con el personaje principal, el cual al principio cae un poco pesado por su aires de geniecito adolescente, pero después se va volviendo más frágil y terreno, y uno llega a encariñarse con él. Más o menos lo mismo que nos sucede con Sheldon, al fin y al cabo.
En resumen, si bien no puede tildarse de obra maestra, Zíngara es una novela inteligente, bien lograda y que logra entretener, que es lo que uno como lector busca, al final del día.
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