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sábado, 23 de mayo de 2020

Bitácora del insilio. Día 72

¿Será que 20 años de incertidumbre, declive constante de la calidad de vida, paros voluntarios e involuntarios, apagones masivos, nos prepararon para esta contingencia? A más de dos meses desde que se informara el primer caso positivo de covid-19, pareciera que la colectividad supo amoldarse a la situación. Por lo menos eso es lo que percibo en mi entorno inmediato. No he visto escenas conflictivas en los contados sitios que frecuento (a saber, el automercado, la farmacia, la bodeguita –antes licorería- de Joao). En esos lugares la gente hace su colita respectiva, sin quejas, sin apretujamientos, tanto para entrar al local como para pagar al finalizar la compra. Claro, una cosa es la que puedo registrar en mi urbanización de clase media, colindante con un barrio poco conflictivo como lo es Altos de Lebrún, y otra la que sucede en zonas más candentes, en donde las protestas son cotidianas, así como la represión policial buscando acallarlas.

Pero la realidad es la realidad: miro con terror el marcador de gasolina del carro, cuya aguja se va alejando lenta pero inexorablemente del punto medio, y ya comienza a rozar el temido cuarto de tanque. ¿Cómo iremos a hacer cuando se acaben esos 10 litros de gasolina que acaso nos quedan? Llegará el momento en el que ya no se podrá usar el carro, pues al llegar al nivel de reserva habrá que tomar la decisión de utilizarlo solo para casos de emergencia. Entonces la calidad de vida descenderá un escalón más, obligando a hacer las diligencias a pie. Nada del otro mundo, por favor, pero si se pudiese evitar sería mejor. También otras preocupaciones, algunas más mundanas que otras, boicotean el sueño. El internet, la electricidad. El agua, sobre todas las cosas. No hay mente positiva que aguante un escenario así: incomunicados, a oscuras, secos. Hasta ahora no han fallado los tres a la vez, pero quien sabe hasta cuándo nos dure la “suerte” (patético designar como un escenario afortunado el disfrute de servicios que deberían darse por descontado). Mientras tanto, los barcos iraníes que vienen a solucionarle el problema de la gasolina momentáneamente al régimen parece que llegaron, o están por hacerlo. Algo que debiera ser vergonzoso para un país petrolero se nos vende como una jornada épica en la que se derrotó al imperio (apoyándose en otro imperio, el islámico, pero eso no está escrito en su guion).  Dudo que esa gasolina alivie las penurias de la colectividad. Esa gasolina será, en una enorme proporción, para el aparato policial, para los jerarcas, para los militares. Para alimentar las SUV blindadas de los bolichicos que todavía viven aquí. Pero para Pedro el taxista, Juan el busetero, Alcides el médico, no creo que alcance. Es que hay prioridades, saben.  


domingo, 3 de mayo de 2020

Bitácora del insilio. Día 52


Esta tarde paseaba a la perra, alrededor de las 5, y escuché un sonido parecido a un tableteo, lejano; amoritguado, pudiera decirse. En un primer momento no lo supe identificar; llegando a la esquina, vi que en una casa había una alfombra de esas grandes, estilo persa, colgada de una cuerda, en el jardín. Entonces supuse que el sonido era producido por alguien que le sacudía el polvo a la alfombra, con un palo. No volví a pensar en el asunto hasta que, un poco más tarde, ya estando en la casa, el sonido volvió a producirse y, al mismo tiempo, en twitter informaban sobre la balacera que se estaba produciendo en el barrio José Félix Ribas, de Petare. En línea recta, pueden haber un par de kilómetros desde mi casa hasta ese lugar. A la hora que escribo esto, 8:38 pm, todavía suenan ráfagas dispersas. Hay fotos de balas perdidas llegando a lugares tan distantes como Lomas del Ávila. Y uno se pregunta para qué tenemos una fuerza militar, que para lo que sirve es si acaso controlar las manifestaciones opositoras, o lucrarse con el tráfico de gasolina. Este es un país sin ley, sin autoridad para las cosas importantes, como proteger en momentos así a la población. Es indignante.

martes, 28 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 47

Marianella se ha puesto el propósito de aprender a hablar italiano correctamente, y en ese espíritu tratamos de realizar todas nuestras conversaciones en ese idioma. Claro que no es fácil, después de todo se trata de vencer una costumbre que va para las cuatro décadas. Sin embargo, hacemos nuestros mejores esfuerzos. Esta mañana le quería comentar que debía buscar la manguera para lavar el patio, y de repente me di cuenta de que no conocía la palabra equivalente a manguera en mi lengua madre. Tuve que buscar en google, y conseguí dos acepciones: un ridículo “tubo flessibile”, y una desconocida “manichetta”, que viene siendo algo como “manguita”.
Me puse a pensar por la ausencia de esa palabra en mi vocabulario, y la única razón que se me ocurre es que, de pequeño, nunca hubo en mi casa la necesidad de tener una manguera. En un apartamentico de 80 mt2, sin balcón, y además sin carro que lavar, una manguera era un artefacto altamente innecesario, y en la economía de los inmigrantes, se sabe, lo innecesario ni siquiera se consideraba. Así que en algún momento de mi vida aprendí la palabra “manguera”, y su equivalente italiano, que a ciencia cierta no sé cuál de las dos acepciones se usa comúnmente en Italia, nunca hizo falta decirlo en una conversación en italiano, hasta la mañana de hoy.

domingo, 26 de abril de 2020

Bitácora del insilio. día 45

El golfeado que no fue

Ayer, entre las cosas que buscábamos en el automercado, nos faltó la harina de trigo, elemento indispensable para mis días ahora, de experimentación en la cocina (algo hay que hacer, ¿no?). Ya en la cola, Mary se consiguió unos paquetes de harina todo uso, para pastelería. Sin gluten.Todo contento, agarré dos, pensando que si no me servían para hacer pan los podría usar para hacer algún postre. Más tarde decidí hacer golfeados: ese sería mi proyecto de domingo. Esta mañana busqué la receta, vi que tenía todos los ingredientes, y me dispuse a hacerlo. Pero, cuando volví a examinar el paquete de harina, me conseguí con el simpático detalle siguiente: el cereal empleado para elaborar la harina no era trigo, sino ¡arroz! Tremendo chasco, pensé en el primer momento. Pero luego pensé que valía la pena hacer el intento. Preparé la masa según las indicaciones, y enseguida me di cuenta de que iba encaminado al fracaso. La consistencia era parecida a la del play doh, esa especie de plastilina comestible que usan los gringos para que los chamos se entretengan y embarren los muebles. Traté de extenderla con el rodillo, y fue misión imposible. Entonces la aplané lo mejor que pude con las manos (afortunadamente era bastante dúctil y suave), terminé de echar los ingredientes faltantes, y enrollé. Con dificultad, porque la masa tendía a quebrarse. Como pude armé el rollo, lo piqué en unas 10 porciones, y las puse sobre un molde aceitado, y luego le di su golpe de horno. Como era previsible, la masa no esponjó. Terminaron siendo una especie de polvorosas con sabor a golfeado. Igual nos los vamos a comer, pero nunca los llamaré golfeados.

sábado, 18 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 37


La providencia, o mejor dicho la solidaridad familiar, nos permitió salir del percance que se nos presentó con los cauchos de nuestro carro, que ya tenía el de repuesto inservible, y a uno de los otros cuatro se le desprendió la banda de rodamiento, lo que nos dejó momentáneamente en condición de peatones. Un sobrino consiguió los cauchos, una sobrina nos prestó su carro para llevarlos a montar en el rin. Era un sábado, el 18 de abril, y no tenía muchas esperanzas de hallar una cauchera funcionando. Pero mi pesimismo se mostró infundado: la bomba de Horizonte, a pesar de no prestar servicio de gasolina, sí tenía su cauchera abierta. Por un precio solidario para el momento, 150.000 Bs, el muy amable encargado me resolvió. Ni siquiera esperó a que el pago móvil se le hiciera efectivo, para realizar el trabajo. “Tú no te vas a ir del país, ¿verdad?”. “No, por los momentos no lo tengo pensado”. Al terminar, conversamos un rato, por supuesto sobre el asunto álgido del momento, la escasez de gasolina. “La vaina se va a poner fea, jefe. Los rumores son alarmantes, va a ser tipo bodegón, en dólares. Ya verá a un poco de choferes vendiendo sus Encava. Esos bichos cargan 90 litros, ¿de dónde van a sacar 90 dólares para llenarlos?”. “Sí, vale. Ustedes, ¿desde cuándo no reciben gasolina?” “Ya va por dos semanas. Fíjese que hasta la guardia vino y nos retiró todos los picos surtidores”.
Ya resuelto lo del carro, me dirigí hacia el supermercado para realizar la compra semanal. Me sorprendió la corta cola que había para entrar. Tomé mi lugar tras estacionar, y en un par de turnos ya estaba a tres personas de entrar al local. Entre el primero y la entrada mediaban unos 10 metros, espacio dispuesto así por la seguridad del negocio. Un empleado, con pinta y actitud de sargento,de vez en cuando se aparecía y obligaba a las personas que tenían gorra a quitársela. De pronto, una señora, en sus setenta, llegó caminando y se puso delante del primero, como a 5 metros. En un primer momento pensé en reclamarle, pero algo parecido a la piedad me frenó. Total, ella no me impediría mi entrada, pues dejaban pasar en grupos de 10 personas. A los cinco minutos nos daban la orden de ingresar al supermercado. La señora no se movió, se quedó en el mismo sitio. Y pensé en lo desconfiado que me ha vuelto esta situación, tan parecida a los cuentos de los regímenes totalitarios que conocíamos antes de segunda mano, y que se ha vuelto nuestra realidad desde hace un buen tiempo.

miércoles, 15 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 34


A lo lejos vi una asamblea de palomas, congregadas alrededor de un comedero improvisado por algún vecino compasivo. Entre ellas, revoloteaba un ave distinta, pero por la lejanía no la logré distinguir, salvo por su vuelo. Al acercarme un poco más, corroboré mis sospechas: se trataba de un gavilán, que compartía el desayuno con las palomas. Ellas, al parecer, no se sentían amenazadas por la rapaz, que esperaba paciente su turno de picotear el arroz picado y los mendrugos de pan esparcidos por el piso. Le pasé al lado, y me ignoró por completo. José José comenzó a sonar en mi radiecito interno, como era inevitable.

lunes, 13 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 32

Siempre me ha intrigado el funcionamiento de los procesos mentales, la concatenación de recuerdos y piezas de información que tenemos almacenados en nuestro disco duro orgánico. Esta mañana, ya no sé cómo, llegué a la ficha IMDB de Jim Brown. Ese nombre me trajo a la memoria una película que vi en mi primera adolescencia, en el teatro Los Cedros, que en ese momento me quedaba a una escasa cuadra de distancia de mi casa (tan era así que desde el balcón del apartamento podía leer la marquesina, y saber, sin necesidad de revisar el periódico, cuál película estaban pasando). Del film en cuestión recuerdo tres cosas: que el protagonista era Jim Brown; el empleo de la palabra “nigger”; y una escena en la cual un comando penetra una instalación protegida por cámaras de seguridad, y tras desactivar de alguna manera el sistema, coloca frente a cada cámara una fotografía que retrata justo lo que la cámara tiene en frente, con el propósito de que el eventual vigilante de turno no se diera cuenta de lo que está ocurriendo en realidad. Del resto, más nada. Ni el nombre de la película, ni la trama, ni algún otro detalle. Qué ocasionó la grabación de esos tres aspectos nada más, es para mí un misterio fascinante. Es posible que el resto de la información ande por allí también, pero en alguna zona inactiva de la memoria. Quién sabe. Y quién sabe cuántos recuerdos “dormidos” tengamos en las circunvalaciones de nuestras mentes.

viernes, 10 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 29

Hemos desarrollado capacidades que nos permiten vivir con relativa comodidad en un mundo altamente tecnificado, y dependiente de algo tan etéreo e intangible como internet. Trabajamos, descansamos, ordenamos comida, compramos, nos trasladamos, apoyándonos en el flujo de energía que se mueve por cables y por el aire, entre nuestros dispositivos y los grandes servidores. Hablamos con desparpajo de "la nube", sin saber muy bien lo que es. Por otro lado, hemos olvidado otras capacidades sin las cuales nuestros antepasados no hubiesen subsistido. Pesca, caza, recolección, oficios como la curtidumbre, la herrería, la panadería. Si de un momento a otro, por culpa de un cataclisma, cambiara abruptamente nuestro modo de vida, ¿cuántos de nosotros sobrevivirían? 

miércoles, 8 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 27


El hombre propone, el carro dispone. Hoy era el día de la compra semanal, así que, con todos mis implementos anti-covid y los bolsos, me monté en mi vehículo y enfilé hacia el supermercado. No había rodado más de cien metros, cuando un sonido repetitivo, y que aumentaba su frecuencia a medida que agarraba velocidad, me advirtió que algo iba mal. Me detuve, y constaté que mis temores se habían materializado: un caucho tenía la banda de rodamiento desprendida. Hice lo indicado en esos casos, o mejor dicho lo intenté. Pero el caucho de repuesto también estaba averiado. Así que tuve que abortar la misión y devolverme a la casa, y de paso reformular la estrategia. Tocaba ir a pie, y reducir el peso de la compra. E involucrar a la consorte, de paso. Así que nos fuimos los dos, caminandito el par de kilómetros que nos separan del comercio más cercano. Allí, lo de costumbre: una hora larga de cola antes de poder entrar al local, con un radio prendido detrás. Me asombra la cantidad de conversación que puede generar una persona alrededor de un tema tan baladí como la mezcla instantánea para tortas. Esa mujer estuvo hablando sobre ese particular durante por lo menos veinte minutos, al cabo de los cuales pude proclamarme experto en el asunto. El regreso no fue tan relajado como la ida, tanto por el peso que llevábamos como por la circunstancia de que un buen tramo es en subida. Pero al final logramos el cometido, sin nada que lamentar salvo no sentir los brazos.

domingo, 5 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 24


Casa por cárcel, para toda la población mundial. Parece el sueño de un dictador supranacional, una distopía que bien hubiese podido urdir Orwell, o Huxley, por nombrar sólo a dos escritores que dedicaron su pluma a describir escenarios extremos pero no imposibles. Hoy la realidad supera a la imaginación. Un enemigo invisible nos acecha potencialmente en cada rincón. Una tos audible, un estornudo inoportuno, despierta las alarmas. Nos miramos con recelo, aún acatando las normas de distanciamiento social. ¿Los guantes, los tapabocas serán barreras suficientes para protegernos del virus? Nadie lo sabe con certeza. Salir a la calle es una aventura, pero no de las buenas. Confío en que todo esto pasará, eventualmente. Pero la paranoia halla terreno fértil en nuestros ánimos sobrecargados, frágiles. Los expertos hablan sobre el fin del confinamiento, en los países desarrollados, para fechas entre junio y julio. ¿Y en los nuestros? ¿Tendremos la fortaleza espiritual necesaria para aguantar tres, cuatro, cinco meses más? Son los pensamientos que me invaden en las horas más oscuras.

viernes, 3 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 22


Los tanques ya están a punto de vaciarse. No entra agua a la casa desde el jueves de la semana pasada. Y sé que, dentro de todo, somos afortunados, pues por lo general no pasan más de diez días entre cada reposición, y hay zonas de la ciudad que pasan mucho más tiempo sin servicio. Pero me alarma la posibilidad de que esta vez la sequía sea más prolongada, pues ahora no tenemos la posibilidad de recurrir a la búsqueda de agua en casa de algún familiar, si llegáramos a quedarnos sin ella por completo. Por otra parte, tenemos cubiertas las necesidades inmediatas, tanto las vitales como las no tanto, como tabaco, licor y chucherías. Racionados, desde luego. Tratamos de hacer una sola salida a la semana, y comprar todo lo necesario en ella. Esta situación nos ha hecho ser más conscientes sobre el consumo de cualquier cosa. No se desperdicia nada, o por lo menos se trata de reducir el desperdicio al mínimo posible. Por supuesto el tema financiero es otro quebradero de cabeza. También hay que racionar el dinero. No que haya muchas maneras de desperdiciarlo en cosas banales, por supuesto. No hay en qué. Es el momento de los placeres sencillos: retomar los juegos de mesa, los hobbies, la lectura, el arte perdido de la conversación. Contemplar la naturaleza, así sea desde la ventana o el balcón. Ver buenas películas, buenas series. Experimentar en la cocina, inventar cosas nuevas con los ingredientes de siempre. Y cultivar la paciencia. Esto va para largo, y no sabemos qué tan violentamente nos pegará.

martes, 31 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 19



La sala de la casa, como supongo que la mayoría de las salas de todas las casas, se ha vuelto el centro de actividades de la familia. Sobre la mesa del comedor está la pc, en donde me siento generalmente a escribir y a procrastinar (más de lo segundo, lamentablemente). Al otro lado de la estancia, Marianella montó su improvisado estudio de grabación, desde el cual transmite sus lecciones gratuitas de dibujo y pintura para una audiencia en pleno crecimiento. Hoy estábamos en eso, cuando constatamos en vivo el fenómeno de la naturaleza retomando sus espacios. O algo similar. Una ardillita se paseaba tranquilamente por el salón, curioseando. No demostraba ninguna intranquilidad; parecía estar de visita. Pero dentro de la casa vive uno de sus depredadores naturales, nuestra gata, que, a pesar de su edad y peso, sigue siendo una gran cazadora. No quería que la sala se volviera el escenario de una cruenta cacería, así que, para prevenir males mayores, la busqué y la mantuve cargada mientras la graciosa intrusa buscaba su salida. Parece que ella notó el movimiento, y actuó en consecuencia: trató de encaramarse por la puerta que permite la salida al jardín, que tiene una especie de respiradero por la parte superior, pero no halló el modo. Mientras tanto, la gata forcejeaba conmigo para que la soltara. Luego de varios intentos fallidos, la ardilla cambió de estrategia y buscó salir por una de las ventanas. Tras unos minutos angustiosos, por fin logró su cometido, y corrió, o mejor dicho saltó, hacia el espacio abierto. Cuando todo pasó, deposité a la gata en el piso; me echó una mirada de reproche, me dio la espalda, y se abalanzó hacia la misma ventana por la cual logró el escape la ardilla, pero ya era demasiado tarde. El animalito ya se había encaramado en la mata de mango de la vecina, y desapareció de nuestra vista.

lunes, 30 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 18


Tenemos tanto tiempo viviendo en la provisionalidad, que no sabría cómo gestionar una vida normal. Y no hablo de esta contingencia. No, me remonto al viernes negro, cuando perdimos la inocencia. A partir de allí nunca recuperamos la normalidad. Al principio fue muy suave, casi que imperceptible; pero ya nada sería igual. La primera campanada fuerte fue el caracazo. Luego, los eventos comenzarían a desencadenarse sin solución de continuidad: golpes de estado, defenestración de un presidente, presidencia interina con una firma que trajo cola, el chiripero, el derrumbe de los precios petroleros, el “estamos mal pero vamos bien”, la esperanza rubia, el caudillo abandonado, el valenciano altivo, todos derrotados por el vengador zambo que vendió una promesa de revanchismo que compró mucha gente, alguna calculadora y otra ilusa. Y luego, 21 años de chavismo, que nos acostumbraron a que lo imprevisible era lo que iría a ocurrir. Así que este período de cuarentena se percibe como una consecuencia lógica de los 37 años previos. Es como si hubiésemos llegado al único punto lógico que podía hacer prever el comportamiento de la sociedad venezolana. La paralización total. Esta pandemia forzó una situación que tal vez hubiese ocurrido sola, sin ayuda externa. ¿Qué vendrá después? Supongo que nadie tiene la respuesta. Tal vez el futuro nos sorprenda otra vez, como lo ha hecho en tantas oportunidades. Por ahora no queda otra sino resistir, vivir el día a día, y cuidarnos. En el amplio sentido de la palabra.

sábado, 28 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 16


Una de las casas que está en la calle por donde paseo a la perra tiene pegado a la puerta de entrada un dibujo con la efigie de Cristo, y el texto "La sangre de Cristo tiene poder". La casa, curiosamente, se llama "Rochela"

miércoles, 25 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 13


No soy mucho de conversar con extraños, pero a la vez me parece una descortesía no contestarle a las personas cuando se dirigen hacia mí, cosa que, por otro lado, es casi inevitable en las colas para cualquier diligencia. Ahora las conversaciones son a un metro de distancia, y obstaculizadas por la mascarilla, tapaboca, pañuelo o cualquier otro implemento que se ingenia la gente para creerse a salvo de un contagio que parece improbable, pero nadie sabe en dónde está al acecho. Hoy me tocó en suerte una señora bastante parlanchina, que aprovechó la hora larga que estuvimos esperando nuestro turno para entrar al supermercado para ponerme al corriente sobre gran parte de su vida. En realidad, no puedo calificar esta interacción entre nosotros como una conversación; más bien, fue un largo monólogo el cual yo interrumpía de tanto en tanto para asentir, o contestar alguna pregunta que ella me hiciera. Me enteré de algunas cosas curiosas sobre la urbanización en donde queda el comercio, como por ejemplo que el Centro Aloa se construyó en el terreno en donde antiguamente tuvo su sede una empresa benificiadora de aves de corral (e imaginé el olor que debía haber impregnado su casa, la primera que se construyó en Horizonte si doy por buenas sus palabras). La señora es una especie de "dog whisperer", la versión femenina del fulano Millán que gozó su cuarto de hora de fama unos años atrás gracias a Animal Planet. Por lo que me contó, tiene más empatía con los perros que con la gente; estuve tentado de contarle sobre Vidas de perros, pero inmediatamente deseché la idea. Cuando llegamos (llegó) al tema de las dificultades para alimentar las mascotas, me contó sobre unos vecinos suyos, que dejaron morir de hambre a un pitbull. "Claro, son drogadictos. Imagínese usted (porque me trató todo el tiempo de usted, a pesar de que debe andar por mi edad, más o menos) que uno de ellos un día tiró por la ventana todo su apartamento: sillas, televisores, mesas... no tiró la cocina de casualidad". Allí la perdí, supuse en ese momento. No había vuelto a pensar en eso hasta esta tarde, cuando me encontré este tuit:


Sí, la gente puede volverse muy loca.

martes, 24 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 12


Como era de esperarse, y como supongo será en la mayoría de los hogares, en el mío se estableció una rutina que poco varía día tras día. Ya teníamos las labores hogareñas distribuidas desde antes, así que cada uno realiza las actividades que le tocan a su aire. Yo me dedico básicamente a la alimentación, tanto la de los humanos como la de las mascotas, y a la limpieza de la cocina, aunque allí sí me da más de una mano Marianella. Yo soy el responsable de la despensa, y como tal tengo las cosas más o menos controladas para espaciar las visitas a los comercios. Entonces tengo mis pequeños rituales cotidianos: en la mañana, una taza de harina para las arepas; a mediodía, media taza de arroz, o 250 grs. de pasta, o cualquier otro carbohidrato que servirá de acompañante a la proteína que toque ese día, más, una que otra vez, una ensalada fresca. En la noche, la tortilla con tres huevos, o la latica de sardina, o la de atún, o, si hay antojo, otra vez arepas. La greca se monta a primera hora de la mañana y a primera hora de la tarde.
Las horas entre comidas se llenan, aparte de la navegación intensiva por redes sociales, con alguna tarea creativa. Esta semana investigué sobre la masa madre, y estoy tratando de producirla. Además, como tenía una caja llena de compost, decidí darle uso, y estoy comenzando un proyecto de huerto casero, a partir de las semillas de las hortalizas que voy usando diariamente. Por supuesto, trato de escribir algo cada día, ya sea sobre lo que está ocurriendo o retomando proyectos engavetados. En casa tratamos de no ver tanto contenido audiovisual, así que limitamos las horas de netflix a tal vez unas dos o tres durante el día.
La única salida a la calle, salvo para las eventuales compras, se produce alrededor de las 5:30, cada tarde, cuando los ladridos de la perra se vuelven acuciantes y reclamones. Entonces salimos los dos, pero no muy lejos. La perra misma es la que decide hasta dónde quiere llegar. Pareciera darse cuenta de que estos días no es prudente alejarse de casa, así que los paseos son bastante cortos; justo lo necesario para sacudirse un rato la sensación de encierro, e investigar los olores que impregnan las aceras.
Mientras tanto, el tiempo pasa. Tiempo que no se recupera. Y lo que tenemos es incertidumbre: cuánto durará, cómo afectará, qué tan fuerte azotará a nuestro país, y, tal vez lo más angustioso, qué pasará después. ¿Cómo podrá levantarse un país que ya estaba desmantelado antes de esta contingencia? La verdad, nada se gana con angustiarse, pero a veces es inevitable.

viernes, 20 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 8



Hoy tocó otra salida impostergable, esta vez a la farmacia. El protocolo de vestimenta fue robustecido con otros dos implementos: gorra y guantes. Bastante más gente en la calle con respecto a la salida anterior, tanto a pie como en vehículos. En un porcentaje muy alto, portando por lo menos tapabocas. Probamos suerte en el Farmatodo de La Urbina: allí hubo que hacer una pequeña fila en las afueras del local. Casi todos respetaban la distancia, salvo el típico alzado que no cree en normas, o por lo menos piensa que no le aplican. Tiempo perdido en ese primer intento: no tenían ninguno de los medicamentos que buscábamos. Entonces fuimos al Locatel de Boleíta. Allí no había cola para entrar, y dentro de la farmacia tampoco. Eso sí, a la entrada la encargada de vigilancia recibía a los clientes con una rociada de algún líquido desinfectante en las manos. El trámite tuvo éxito, y fue expedito. No estuvimos más de cinco minutos en el local. Ya de regreso, en la calle que sube del Locatel hacia Boleíta Norte, una alcabala del DGCIM impedía el paso. Por fortuna había una bocacalle antes de llegar a ella, por lo que no tuvimos inconvenientes. Pasamos por dos bombas de gasolina, y ninguna estaba prestando servicio. La mayoría de las santamarías de los negocios estaban abajo; solamente ofrecían servicio las ventas de víveres y las farmacias, de lo que pude ver.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 6


En casa no teníamos tapabocas, pero lo que sí hay es una persona muy habilidosa con las manos (que no soy yo, por supuesto), así que fabricó uno “ad hoc” mirando un tutorial en youtube. Hacía falta, pues las provisiones caseras ya estaban por acabarse y tuve que salir a reponerlas al automercado, y ya estaba advertido de la necesidad del accesorio para poder entrar a los comercios. Muy, muy poco tránsito en el trayecto desde mi casa al lugar, a pesar de transitar por una vía principal como la Sanz. Cuando llegué al estacionamiento, conseguí puesto para parar el carro, pero tuve que pedirle permiso para pasar a las personas que aguardaban pacientemente en cola para entrar al negocio. Casi todas guardaban prudente distancia unas de otras, lo que hacía que unas 30 o 40 ocuparan el espacio que, en condiciones normales, ocuparía el doble de personas. No engrosé la fila en ese momento, ya que tenía previsto una primera visita a mi dealer de vicio, el inefable Joao que es quien me vende mis tabacos. Allí también había una colita, pero corta. Unas cuantas amas de casa buscando cigarros. Y nada más que cigarros, pues frente a la licorería un cartel advertía que la venta de licores estaba suspendida. Allí me entró cierta inquietud, porque también las reservas etílicas se nos habían acabado, y no hay manera de pasar sobrios esta contingencia. Mientras aguardábamos en la cola, cada quién con su tapaboca, vimos a un hombre agacharse frente a un charco en la avenida Rómulo Gallegos, y luego lavándose manos, brazos, y cara con esa agua. Él sí que no tenía tapaboca, por cierto. Cuando me tocó el turno para entrar a la licorería, después de hacer mi pedido, le pregunté a Joao si de verdad no estaba vendiendo licores, y me contestó que era una “sugerencia” de la alcaldía. Y que, de no acatarla, amenazaban con cerrarle el negocio. Pero ley seca no hay, le comenté. Esos hacen lo que les da la gana, fue su respuesta escueta.
Luego de satisfecha mi necesidad primaria de proveerme el tabaco, fui a ponerme en la cola del supermercado. La situación era la misma, la misma cantidad de gente aguardando. Pero, en honor a la verdad, fue rápido; dejaban pasar lotes grandes de personas a la vez, y me entretuve viendo los diferentes modelos de tapabocas que lucía la gente. Había de todo: desde los industriales que usan los pintores de pistola, los de tipo quirúrgico, y los caseros como el mío. El que más me llamó la atención fue uno que parecía hecho de macramé, y que asocié con los tejidos con ganchillo que solía hacer mi madre para fines menos utilitarios, sino decorativos. También unas cuantas personas tenían pañuelos en bandolera, como los malos de las películas de vaqueros que veíamos en blanco y negro por las tardes de nuestra infancia, en nuestros televisores de tubo catódico y 19 pulgadas. Un señor tenía una servilleta de papel y la acercaba a ratos a su nariz, como única protección.
Ya dentro del negocio, la compra se hizo de manera fácil y rápida, pues no había mayor aglomeración. Estaba bastante surtido, por lo menos yo encontré todo lo que estaba buscando. Con precios inflados, eso sí. La carne molida, que había comprado el viernes de la semana pasada en 210.000 Bs, estaba ya en 300.000. Y el dólar lo estaban cambiando unos siete bs. por debajo de aquel día. No noté mayor agitación en las personas; más bien el ambiente era relajado. Pareciera que el largo entrenamiento de los venezolanos nos hubiese preparado para este momento. Veremos en los próximos días.
Ah, por cierto. Al Luvebras no le ha llegado la "sugerencia" de la alcaldía, o no le pararon pelota, porque pude comprar mi botella para mitigar de alguna manera el insilio.

martes, 17 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 5


Paso por la caseta de vigilancia de la calle, a pie, luego de haber sacado un momento a la perra. El vigilante está afuera de ella, mirando hacia el bonito cielo que nos obsequia la tarde. Me dice: "No quieren que haya nadie en la calle, después de las seis". Yo respondo: "¿Será que le caen a tiros al que vean?" se ríe, y replica: "el hampa, con el hampa no se puede. Antes uno iba a una tasca a tomarse sus traguitos, pero entre esto (y hace el gesto universal con el pulgar y el índice que significa dinero) y los choros, ya no provoca ni eso". Desde dentro de la caseta, seguramente mediante un aparato de radio, se escucha un audio de Maduro, anunciando la construcción de la vivienda numero muchos mil chorrocientos zillones.

viernes, 13 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 1


Como de pronóstico, el supermercado del barrio estaba lleno a reventar. El estacionamiento, previsiblemente, abarrotado, y hubo que parar fuera. Ya dentro del establecimiento, la locura típica a la que estamos acostumbrados cuando ocurre algún evento de este tipo, con el añadido de dependientes, y no pocos clientes, portando sus mascarillas y guantes de látex. Algunas personas, pero no era el común, llevaban mercancía como para un mes: pacas completas de arroz y harina, leche en polvo, granos, enlatados. Las colas en las cajas hacían prever una estancia de por lo menos una hora para poder pagar. Nosotros también hicimos nuestra comprita nerviosa, pero como solo somos dos, no fue tan escandalosa. El ambiente era de un nerviosismo contenido; no noté mayor desabastecimiento salvo en las neveras de carnes, que solamente tenían pollo y cerdo. Al rato, repusieron algo de carne, básicamente costillas de res. En la calle, muy poco tráfico, y colas en las bombas de gasolina. Se respiraba la misma atmósfera de los días del apagón, para hacer una comparación.