martes, 20 de agosto de 2019

Dinner in Caracas


Rescaté del "archivo muerto" de mi colección este lp, que me traje robado hace años de casa de mis suegros, para contestar una pregunta que me hicieron en twitter sobre lo que hay en la portada del disco. Es todo un testimonio de la época: en tonos sepia, un hombre inmerso en la oscuridad -un detalle, el blanco del puño de la camisa que sobresale de la manga del saco, revela que está trajeado elegantemente- le acerca un yesquero a la dama en la cual está concentrada la luz de la imagen. Ella sostiene con gracia un cigarrillo inserto en una boquilla. Sobre la mesa se adivina una copa. Eso es suficiente para sugerir la escena: una mesa íntima, en un restorán o una "boite", en la cual, sobre una tarima, la orquesta de salón está interpretando las melodías grabadas en el acetato. La contratapa, además de la lista de las piezas del álbum, trae un artículo de un tal Bill Zeitung, escrito en 1955, que describe para el público norteamericano su visión de Venezuela, con mucho énfasis en Caracas. La describe como una ciudad de contrastes, en donde la modernidad emergente de la arquitectura se contrapone a las construcciones coloniales de la era española por doquier. Habla sobre las instalaciones disponibles para los turistas. En su elenco, nombra 128 hoteles, entre los que resaltan el Tamanaco, el Ávila, el Conde y el Savoy; 32 night clubs, como Le Mazot, Mi vaca y yo y el Pasapoga. Y en el rubro de los restaurantes, la cuenta es de 427, de los cuales los más importantes, para el cronista, son Napoleón, El Chicote, Quasimodo y El punto criollo. Nombres que, salvo los de los hoteles, ya son desconocidos para el grueso de la población. Testimonio de una época en la que parecía que tanto la capital como el país estaban para grandes cosas.

lunes, 19 de agosto de 2019

La onda nueva suena de nuevo





La onda nueva es el género que me puede reconciliar con la música popular venezolana. Sin ser un experto en el tema, con conocimientos prácticamente nulos en temas como armonías, escalas, fusas y difusas, reduzco todo a una cuestión de gustos. A pesar de haber forjado mis gustos musicales alrededor del rock, y en segunda instancia del jazz, hay algo en el sonido propuesto por Aldemaro Romero que “me hace click”. Tal vez sea el ritmo particular, el esqueleto sobre el que se edifica todo el movimiento, que evoque algo reconocido por mí como parte de mi herencia musical. Lo cierto es que, sin tener ni una sola grabación de onda nueva en mi casa, es un sonido familiar y grato.
Lo pude constatar ayer en el homenaje que le rindió este domingo 18 de agosto la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho a Aldemaro Romero, un grandioso espectáculo concebido por Federico Pacaníns. Bajo un cielo que al principio amenazaba con diluviarnos encima, pero que luego se transmutó en un estupendo atardecer, unos cuantos miles de personas lo atestiguamos. En un formato que ya conocíamos de otras experiencias con la banda de jazz latino del CVA, la puesta en escena nos propuso un viaje cronológico por la vida y obra de Aldemaro, tal vez (a lo mejor estoy cometiendo una imprudencia, o diciendo una barbaridad) el músico más universal que ha tenido Venezuela. O, por lo menos, uno de los más conocidos y reconocidos. Desde sus inicios en Valencia, pasando con su migración a Caracas, donde a fuerza de terquedad e insistencia fue penetrando en el cerrado y elitesco mundo musical de la capital; luego, su primer momento fulgurante, el de “Dinner in Caracas”, que lo hizo grabar en Nueva York una placa fundamental,  presente en las discotecas particulares más importantes de Venezuela, en los años 50, y por fin su consagración con el movimiento que lo hizo trascender, precisamente la onda nueva. Dieciocho canciones fueron interpretadas esa noche, por seis cantantes que, además de tener grandes aptitudes vocales, derrocharon escena. De esas piezas, todas las que fueron compuestas bajo los cánones del nuevo formato eran conocidas por mí. Algunas de ellas tal vez tendría yo  unos treinta años sin escucharlas, pero las tenía grabadas en algún sector cerebral, pues me sorprendí tarareándolas.
Hubo algunos momentos bastante significativos, para mí. Uno de ellos fue propiciado por el guión que sirvió de hilo conductor del espectáculo, cuando el locutor de turno comentó que Aldemaro Romero se había presentado en ese mismo escenario, en el año 1956. Me imaginé la apertura de un portal temporal que comunicaba ambos eventos, que se produjeron con 63 años de distancia el uno del otro. Quién sabe qué persona habrá estado sentada donde lo hacía yo en ese momento, en esas gradas que hoy se presentan desgastadas por el paso del tiempo, pero que en el 56 estaban nuevecitas, con sus mosaicos completos y recién estrenados, bajo un cielo estrellado, mucho más estrellado que el que pudimos apreciar hoy. También me sorprendió una anticipación que experimenté: estaba pensando en la pieza “toma lo que te ofrecí” algunos instantes antes de que fuera interpretada; creo que el terreno se estaba preparando para ello, y lo intuí. Por último, me pareció muy conmovedora la presencia de la viuda de Aldemaro, la señora Elizabeth Rossi, quien ofreció unas sentidas palabras sobre su compañero por dieciocho años.
Mención aparte merece la orquesta. Bajo la eficiente batuta de la directora Elisa Vegas, brindó una actuación impecable y sentida. El sonido me lució impecable; un aplauso para quienes lo administraron desde la consola.Da gusto escuchar esa agrupación, compuesta por jóvenes músicos formados en el país. Si en medio de tantas adversidades podemos disfrutar de espectáculos de tal calidad, es razonable albergar esperanzas en un futuro promisorio.


viernes, 9 de agosto de 2019

Una aventura en el este

Dos semanas ubicando la merca. Decenas de llamadas, mensajes por whatsapp, pistas falsas, contradicciones, viajes perdidos. Por fin, un conocido nos proporcionó los datos un jíbaro de confianza, si es que se puede confiar en alguien que se desempeñe en esa línea de trabajo. Me pasó buscando Luis, en el Swift que había sido mío, blanco crema año 94 -era extraño para mí ocupar el puesto de copiloto de aquel vehículo que tantos sinsabores me había producido en el pasado, pero que igual me llevó a muchos lugares de la geografía nacional, y ahora acusaba los estragos que el tiempo y el trato rudo de su actual propietario le habían infligido-, y nos dirigimos al sitio. La pata de un barrio, el 19 de abril. Fue fácil dar con el lugar: opera a puertas abiertas, y nadie los molesta. Una breve conversación con el hombre que nos atendió medió la transacción; por fin, acordamos el precio. Faltaba solamente la entrega. El hombre se desapareció calle arriba, mientras esperábamos recelosos en la aparente calma del mediodía. Un radiecito sonaba algún tema de moda, pero a un volumen modesto, nada estridente. De vez en cuando alguna moto pasaba por el lugar, pero tranquila. Al cabo de unos minutos que nos parecieron más de los que en realidad transcurrieron, apareció el hombre, diciendo que lo nuestro no estaba en donde él pensaba, y que deberíamos irlo a buscar con él a un lugar cercano al Terminal de Oriente. Luis no titubeó, pues era uno de los principales interesados en que todo cesase, y no puso ninguna objeción. Yo tampoco, por supuesto. Era su carro, y si no tenía inconvenientes con eso pues yo menos. Se montó atrás, y nos fue dirigiendo por la zona, como el baquiano que es. Nos hizo parar en un lugar, en donde se bajó y, tras abrazar con efusión a una de las personas que estaban allí, recibió de ella un manojo de llaves. Se volvió a montar en el carro, y seguimos rumbo a la autopista de oriente. Al llegar a la entrada a Turumo, le pidió a Luis que se saliera de la autopista, para retomarla en sentido contrario, hacia Caracas. Había un caserío al borde de la vía, y allí nos indicó que nos detuviéramos. Se bajó del carro y, con las llaves que le habían dado previamente, abrió un grueso portón metálico, entró a la edificación que custodiaba, y al par de minutos salió con nuestro encargo. Regresamos al sitio de origen, en donde verificamos que nos estaban entregando lo que habíamos pedido. Sellamos la transacción entregando los billetes que habíamos acordado, que fueron minuciosamente revisados uno por uno por el hombre, y recibiendo por fin el motor de arranque del carro, la pieza que nos había vuelto la vida triste en estos días. Espero que este sea el fin de las crónicas del peatón a juro, por lo menos por una temporada.

miércoles, 7 de agosto de 2019

El vértigo

Llevar un libro a una librería para leerlo allí parece un sinsentido, similar al de ver una película en el celular cuando se está en una sala de cine; sin embargo, ayer tenía un par de horas ociosas por delante, que iban a transcurrir justo en Kálathos, así que empaqué en el morral, que contenía parte del material de apoyo necesario para que Mary impartiera su taller de arte, la novela de Rodrigo Blanco, “The night” y, ya instalado en uno de los cómodos sillones de la librería, me sumergí en su trama. No voy a hablar de la novela, porque apenas llevo leído si acaso un tercio y es muy temprano para sacar conclusiones. Más bien me propongo comentar una sensación de vértigo que experimenté por unos breves instantes allí adentro. Tras una media hora de lectura, me levanté para estirar las piernas y despejar la vista que había estado fija en las páginas del libro, y de paso conversar un rato con José Ramón Gutiérrez sobre las vicisitudes del sitio, y los planes que tiene para fomentar la asistencia del público. Luego de ello, comencé a pasear por los pasillos, y revisar un poco los anaqueles. Y allí fue cuando tuve la revelación: en ese local, de medianas dimensiones, hay más libros de los que yo pueda leer en mi vida, así me propusiera leer doce horas diarias, y viviera otros treinta años (que es una aspiración desproporcionada). No tengo manera de conocer el porcentaje de libros que pueda representar el contenido de esa librería con respecto al total mundial, pero sospecho que puede calcularse si acaso en centésimas de unidad, si no en milésimas. Cuánto conocimiento, cuánto entretenimiento, cuánta información estará fuera de mi alcance, es algo incuantificable. Pienso en los 700 u 800 libros que habré leído en mi vida, y me parecen tan pocos, tan insignificantemente pocos para todo lo que hay que leer. Y, además, sé que mucho de lo leído es prescindible, menor, desechable. Pero no hay manera de recoger esa agua derramada; si acaso, queda es el aprendizaje, la sabiduría aprehendida por la fuerza, la sagacidad de escoger mejor, de ahora en adelante.

lunes, 5 de agosto de 2019

La pedrada

Mi madre era una persona de carácter, y no descansaba hasta que sus determinaciones llegaran a las últimas consecuencias. Y también creía en el ejemplo como la mejor manera de inculcar los valores y los conocimientos. Recuerdo una oportunidad en la que recurrió a ese expediente para darme una lección de vida. La cuadra en donde vivíamos era una zona de transición entre los resabios provinciales, casi pueblerinos, de Sabana Grande, y la modernidad grandiosa representada por la gran avenida Libertador. Por consiguiente, allí residía todo tipo de personas, de todos los estratos sociales; abundaban los inmigrantes, tanto del interior del país como del exterior. Muchos maracuchos, trujillanos, merideños, además de italianos, españoles y portugueses, habían venido a radicarse en la zona, con su respectiva prole, y la calle se convertía en el crisol que nos terminaba amalgamando. Todos nos conocíamos, en mayor o menor grado. Dentro de esa fauna infantil había una pareja de hermanos, de origen zuliano, que vivían en los altos de Castellino, en la Solano. No se sabía mucho de ellos, pero se sospechaba que no andaban en buenos pasos. Unos malandritos, como se les diría hoy en día. Alguna vez llegaron a compartir con nosotros en unas partidas de beisbol que se llevaban a cabo en el estacionamiento de un edificio que quedaba detrás del nuestro, en la calle Las Flores; en esa ocasión trajeron unos aperos de cátcher que, según ellos, se los había regalado un tío, pero todos sospechábamos que los habían hurtado. El caso fue que poco a poco fueron ensamblando una banda con otros muchachos, y se divertían azotando a sus pares, aprovechando su ventaja numérica. Un día me tocó a mí tener que salir huyendo de ellos. Recuerdo que era un domingo en la tarde, cuando me avistaron en la calle frente a mi casa y comenzaron a perseguirme. Yo tuve el tiempo suficiente para guarecerme detrás de las puertas de vidrio de la entrada a mi edificio, pero a los segundos una pedrada certera dio contra una de las hojas templadas, que se desintegró en miles de cuadritos cristalinos, desparramándose por el piso. Por supuesto no me quedé allí, sino que subí a mi casa, en donde por mi agitación mi madre supuso que algo había pasado. Cuando se lo conté, bajó en seguida a constatar los daños, y entró en cólera. A continuación, tras un breve interrogatorio, me sacó la identidad de los miembros de la banda, y me llevó con ella a sus respectivas casas, a pedir cuentas y encarar a los muchachos. Recuerdo dos de esas visitas: la primera fue en el edificio Davolca, en la calle Negrín, en donde no nos fue posible dar con el indiciado. De mala manera la persona que nos abrió la puerta nos dijo que no veía a su hijo desde la mañana, y nos invitó a desaparecer. En la segunda nos fue mejor. Fue en la casa del menor de los bandoleros, un chiquillo apenas, que vivía en un edificio en la esquina de la Solano con Los Jabillos, que luego fue derrumbado. Fue una de las situaciones más penosas que recuerdo en mi primera juventud. Una escena que en mi imaginación parecía salida de las páginas de alguna novela de Dickens, autor del que había leído algo por entonces. Nos abrió la puerta de la humilde casa un caballero español; un anciano encorvado, de barba, bastón y pantuflas, quien nos preguntó qué nos había hecho llegar hasta su hogar. En ese instante pudimos ver el interior de la morada: un lugar algo lúgubre, escasamente iluminado, de exiguo y desvencijado mobiliario. Mi madre le explicó la situación, y en la cara del señor se dibujó una mueca de decepción e incredulidad. Acto seguido llamó a su nieto, que estaba en alguno de los recodos del apartamento. Este se acercó temeroso, y al verme no tuvo el nervio necesario para negar su participación en el hecho. La tristeza de la mirada de su abuelo me quedó registrada en la memoria. Creo que hasta mi madre se ablandó, al ver la precariedad de la situación de esa familia, y tras intercambiar algunas palabras con el anciano, decidió dejar las cosas hasta allí, en lo que respectaba a ellos. A los “malandros mayores” no nos fue posible localizarlos, según recuerdo. Se desaparecieron de la zona, por meses. Estuvimos un par de semanas sin una de las puertas en el edificio, hasta que el condominio la reemplazó por otra, que nunca fue igual a la original, y desentonaba ligeramente con su compañera, como para recordarme ese episodio durante todo el tiempo que continué viviendo en ese edificio.

viernes, 2 de agosto de 2019

El ocaso de los centros comerciales

Esta es la crónica de un centro comercial específico, pero que pudiera ser cualquiera. Un centro comercial pujante en otro tiempo, con negocios que fueron referentes en sus respectivos ramos. Y no solamente tiendas: cines, tascas, restaurantes, estaciones de radio que “daban la hora” y dictaban tendencia, tuvieron sus sedes en ese reducto del este. Hoy en día es penoso pasear por sus pasillos. No por el estado de conservación de las instalaciones, que a pesar de no ser impecable, es razonablemente aceptable, así como la limpieza. El problema es otro. Muchas de sus tiendas, tal vez un porcentaje que pudiera rozar el 50, tienen sus santamarías abajo. Una de las principales atracciones para los muchachos que éramos en los años 70, unas rampas mecánicas que comunicaban la planta baja con el piso superior, fueron eliminadas, y ahora son simplemente una construcción en cemento. Una antigua joyería que todavía mantiene sus vidrieras a la vista del público, muestra una colección de cajitas destinadas a la salvaguarda de joyas preciosas, abiertas y vacías, desparramadas sin orden ni concierto. Una tienda de ropa masculina, cerrada hace años, todavía tiene en sus vitrinas la moda de varias temporadas atrás; me dio la impresión de que sus dueños, un buen día, pasaron el cerrojo de las rejas y se fueron sin recoger nada, sin mirar atrás, y los maniquíes quedaron vestidos con prendas que van envejeciendo sobre sus cuerpos atemporales. El negocio de sonido para vehículos, en donde todos los audiófilos que queríamos gozar de la mejor calidad musical en nuestros carros visitamos alguna vez, hoy ofrece chucherías electrónicas sin ninguna gracia. La antigua casa del fumador tiene sus letreros tapados con una gruesa capa de pintura, que obliga a adivinar qué cosa anunciaban antes. El supermercado, que alguna vez fue famoso por la sección de pescadería, en donde podíamos conseguir los mariscos y los pescados más frescos de la ciudad sin necesidad de ir a los mercados municipales o bajar al “mosquero” de La Guaira, hoy tiene más o menos el 30 % de su área ociosa. Fue triste constatar su lento desmantelamiento. Y es admirable el espíritu de los comerciantes que quedan, que pese a todo luchan por la supervivencia de ese lugar, en donde edificaron sus sueños y hoy amenaza con su desaparición.

martes, 30 de julio de 2019

Autores (casi) desconocidos


En la literatura de todo el mundo, y la venezolana no escapa de ello, la mayoría de los escritores no logra salir del anonimato, a pesar de que algunos de ellos tengan méritos suficientes. Mal momento, mal mercadeo, o mala suerte pueden ser los factores que distancien a un autor consagrado de uno que no logra alcanzar al gran público. De aquí rescato dos casos. Uno es el de Vicente Ibarra, del cual conozco dos obras, que fueron escritas a mucha distancia una de la otra. Se trata de Camioneros, que data -creo- de los años 50, y El clavo, que tal vez haya sido publicada en los 80. Ambas novelas me gustaron, tal vez porque recorren una geografía muy querida por mí. Sin ser alta literatura, son libros muy agradables de leer, y todavía los tengo en la memoria. Camioneros lo leí en los pasillos alfombrados de la biblioteca vieja de la USB, en unas cuantas sentadas, tal vez esperando la próxima clase, y me gustó su narración casi cinematográfica, con persecuciones en la carretera vieja de Los Teques. El clavo, en cambio, cayó en mis manos en los 90, y me gustó su impostación histórica, en un arco de tiempo que va desde el terremoto de 1900 al de 1967, y hace un recuento de los hechos ocurridos en ese tiempo desde el punto de vista del ciudadano común. El otro es Gonzalo Ramírez Cubillán, del cual conozco solamente El libro de los descubrimientos, que es una novela que se mueve a través del tiempo, en un bamboleo que va desde La Candelaria de los años 50 a la época de la conquista y de vuelta al tiempo actual; un pastiche bien ensamblado con un grado importante de erudición. No conozco a casi nadie que haya leído esos libros que menciono, y es una lástima. Seguramente cada quien tendrá experiencias parecidas con otros autores cuyos libros hayan pasado por sus manos, y el resto de los lectores ignoren su existencia.

lunes, 29 de julio de 2019

Una dolarización sui generis

La condición de peatón, obligada por la ausencia de repuestos que tiene al carrito familiar parado cual pisapapel en la acera, me ha forzado a realizar una suerte de comercio de cabotaje por los negocios de la zona. No me quejo en demasía, pues por lo menos algo de ejercicio tengo que hacer a juro. Cada una de estas travesías supone una caminata de alrededor de una hora por la escarpada geografía de mi zona, lo que ha endurecido mis batatas. Lo divertido es que, con mi bolsa de compras terciada al hombro, me siento como esos exploradores que salían a buscar provisiones por los alrededores de su campamento.
Hoy fui a dos sitios: al automercado Luvebras, de Horizonte, y a la licorería Calobos, casi al lado. En el automercado habilitaron una caja para pagar en divisas -el cambio lo calculaban hoy a 11.800 Bs-, y no es solo eso lo peculiar, sino que en ella había cola. Unos cuatro carritos aguardaban su turno, y el trámite era algo engorroso, pues no dan vuelto, y las compras deben ser calculadas al céntimo; al límite, aceptan pagos mixtos para completar el importe. En la licorería son más flexibles, y sí dan vuelto en bolívares. Por lo menos ese fue el trato que le dieron al cliente que estaba delante de mí, que pagó con un billete de 10 $ una caja de cigarros. Le dieron ocho billeticos de 1 $ y un fajo considerable de billeticos en nuestros devaluados, casi ficcionales, bolívares.
¿Cuánto tiempo puede continuar así nuestra economía? ¿De dónde salen tantos dólares? No tengo ninguna respuesta para ambas interrogantes. Vivimos en una dolarización de hecho, en un país en el cual el sueldo mínimo ya debe andar por debajo de los cinco dólares, y se cancela, en la gran mayoría de los casos, en la triste moneda nacional que se devalúa día a día.

sábado, 27 de julio de 2019

Panteón universitario


No recuerdo cuando había sido la última vez que estuve en la Universidad Central, antes de ayer. Salvo un par de visitas al Jardín Botánico, creo que en lo que va de siglo no había entrado en ella. Fuimos para atestiguar la defensa del trabajo de grado en arquitectura paisajista de nuestra sobrina Silvia. Ella nos pasó buscando, y en unos 30 o 35 minutos (para nuestra sorpresa había algo de tráfico en los alrededores de Plaza Venezuela; es extraño meterse en una cola en esta Caracas que se nos vacía) estábamos entrando por el acceso principal.
Fue como regresar a una casa que nos había sido familiar durante mucho tiempo, en una época remota, y ver como el deterioro se la fue comiendo. La majestuosidad de las edificaciones sigue allí, y es imposible no reconocerlo, pero es doloroso observar su decadencia. Todo luce, y no sé si doy con el adjetivo adecuado, como desgastado. Como si no se le hubiera hecho un cariño desde hace mucho, mucho tiempo; quién sabe si desde su inauguración. Claro que todo lo vimos desde un carro en movimiento, por lo que no pudimos fijarnos demasiado en los detalles, pero la sensación de conjunto es la que describí.
Tras circunvalar la vialidad, que nos paseó por lugares emblemáticos, como el reloj, las instalaciones de Medicina Tropical, el Hospital Clínico, llegamos a nuestro destino, que era el edificio de la FAU. Nunca había estado dentro de él, pues en mi breve pasantía por la UCV me limité a frecuentar la facultad de Ciencias, en donde cursé algunas materias de la licenciatura en Computación, y sus alrededores. El edificio, que no dudo de calificar de joya arquitectónica –y no puede ser de otra manera, pues Villanueva no iba a permitir que “su” facultad no fuese la estrella de la ciudad universitaria- presenta los mismos síntomas de abandono que se notan en el resto del complejo estudiantil. Nada más la puerta por la que entramos, de cristal acrisolado, estaba estallada, como si le hubiesen pegado una pedrada certera hace décadas, sin que nadie se preocupara en repararla. El jardincito lateral que nos quedó a la derecha, ya dentro del edificio, necesita la mano de un jardinero capaz, que le restaure la vegetación.
Acompañamos a nuestra sobrina al primer piso, en donde estaba pautada su presentación, y luego, teniendo una hora a disposición, hicimos algo de turismo por el sitio. Y fue, voy a decir algo que puede sonar irrespetuoso o irreverente, pero no es para nada mi intención, turismo necrológico. Esa fue la impresión que obtuve. Me sentí como paseando por un panteón en donde están sepultadas grandes personalidades, y se le rinde culto a su memoria. Los nombres de Villanueva, Galia, Le Corbusier, Calder, Ossot, es decir, los grandes nombres de la arquitectura nacional e internacional, están tallados en piedra, impresos en rótulos y fundidos en letras de bronce, en los espacios de la planta baja de la edificación. Su obra está allí, impasible ante el paso del tiempo, atestiguando como la desidia y la falta de mantenimiento, aunadas a las estrecheces presupuestarias, van restándole brillo, pero nunca grandeza.

sábado, 20 de julio de 2019

La perla cautiva


Recientemente, en una reunión, salió a relucir el tema de los yesqueros. Como de costumbre, se inició por algo casual: alguien necesitaba encender un cigarro, vio un encendedor encima de la mesa, y a partir de allí la conversación anduvo un rato por esos derroteros, mencionando marcas y modelos míticos: Dunlop, Colibrí, Zippo, hasta coincidir casi todos en que el súmum de la perfección lo encarnan los yesqueros desechables. Nunca fallan, duran una barbaridad, son económicos, y no requieren mantenimiento, cosa imprescindible en los demás tipos, que precisan de ser rellenados cada cierto tiempo del combustible que utilizan, o que se le reemplaze la yesca que le da su nombre característico. 

Yo vengo de una familia de fuertes fumadores, y por lo tanto los yesqueros eran artefactos que estaban al alcance de la mano, por todos los rincones de la casa. De todos los tamaños, de diferentes mecanismos. Recuerdo el portátil de mi padre, un Colibrí dorado, que encendía la mezcla gracias a una chispa eléctrica. Pero el que mayores memorias me evoca fue uno, publicitario, obsequio de una joyería que seguramente era cliente de la fábrica de mi papá. Era una especie de paralelepípedo acrílico, macizo, de base y tope rojos y cuerpo transparente, que albergaba en su interior una ostra abierta, que tenía sobre la valva inferior una perla. Era un objeto fascinante: podía admirarlo por largo rato, tratando de imaginar lo que sería estar atrapado dentro de una cárcel así, con una vaga sensación de claustrofobia, e imaginando una manera de sacar indemne esa perla de su plástica reclusión. Claro que nunca lo logré; es más, nunca atenté contra la integridad del yesquero.


No sé a donde fue a parar; como todo, dejó de formar parte del entorno, un buen día, sin que nadie lo echara de menos. Un traste más, un adorno viejo y gastado, que ya había cumplido su misión, y fue a parar al basurero. Quien sabe si alguien logró liberar a esa perla, o si sigue en su transparente ataud.