sábado, 12 de enero de 2019

Partir

Soy – ay, inculto de mí – un mal lector de poesía: casual, indisciplinado, y sobre todo ineducado. Eso no obsta para que pueda disfrutar de vez en cuando algún poemario. Hoy retomé “Partir”, de Alejandro Sebastiani Verlezza, editado por Carsten Todtmann y Luna Benitez, dentro de la colección de poesía de Oscar Todtmann. Lo hice en compañía de un puro y las notas de “The raven that refused to sing”, de ese artista relativamente desconocido que es Steven Wilson. A medida que me sumergía en esa atmósfera multisensorial, noté un paralelismo entre las tres experiencias: así como el humo se desplazaba por el aire, lo hacía la música, y las palabras de Alejandro se distribuían caprichosa pero armónicamente sobre las blancas hojas del libro. Una de las cosas que más me llamó la atención del poemario es precisamente esa: la cuidada diagramación, y el sapiente uso de las diferentes fuentes tipográficas. No es un artificio, o por lo menos no lo percibí así. Es una manera eficiente de transmitir el mensaje contenido en el libro. Sobre el contenido en sí no tengo la experticia suficiente para brindar algún tipo de análisis, pero me conmueve, en el sentido amplio de la palabra.

viernes, 11 de enero de 2019

Ya nadie escribe cartas

Ya nadie escribe cartas. El género epistolar, de ser una necesidad dictada por las medios de comunicación existentes, básicamente pluma papel y transporte, evolucionó hasta convertirse en un arte ampliamente explotado por la literatura. En esas cartas viajaban informaciones, reclamos, emociones y recuerdos. Uno se estrenaba bastante joven en esas lides, ya sea para comunicarse con los parientes lejanos (en el caso de nosotros, familia inmigrante) o para procurarse la atención de alguna muchacha de la cual estuviéramos fuertemente "enamorados", esa mezcla de atracción física e interés por conocer más íntimamente a la dueña de nuestros deseos que confudíamos con el amor. Entonces, con menor o mayor chapucería, escribíamos cartas insufladas de epítetos cuyo grado de intensidad variaba de acuerdo a la atracción ejercida por la destinataria, o el valor que tuviera el remitente. Indudablemente eran cartas cursis hasta extremos vergonzosos, y por lo general infructuosas, pero eso no impedía que repitiéramos la receta procurando mejorarla, con otra candidata. Con la aparición de la mensajería instantánea, ya sea a través de los sms, el antiguo messenger, el correo electrónico o más recientemente el whatsapp, se perdió definivamente ese arte. Es que la gente ya ni escribe: manda una sarta de emojis, o un "voice", y ya, se despacha la necesidad de informar sin pasar por el trámite de escribir. Ya nadie escribe cartas, y es una lástima.

lunes, 7 de enero de 2019

Siete de enero

El celular me inforrma que son las 8:14 del lunes 7 de enero de 2019. Sumido en la leve resaca producto de la celebración de Reyes, en donde tal vez se tomó una copa de más, reparo en la fecha: durante la infancia, ese era uno de los días agridulces del año. El regreso a clases, luego de las vacaciones navideñas. Suponía dejar atrás los días de ocio, que pasaban por la impaciente espera por el 24 y los regalos estacionados debajo del árbol, y luego los días de disfrute de los juguetes, sin mayor preocupación que sacarles todo el jugo posible durante esas par de semanas. Y reencontrarse con los amigos, tal vez luciendo en la muñeca el Nivada, o el Mulco, o más recientemente el Seiko, que los más afortunados recibían como regalo mayor en Navidad. Volver a madrugar, tal vez eso era lo más duro. Sin embargo, había un consuelo: a la vuelta de un mes, otro pequeño asueto dedicado al rey Momo, y cuarenta días más tarde toda una semana más de vacaciones. Pensándolo bien, nuestra vida era un archipiélago de festividades a las que llegábamos tras una pequeña travesía por el mar de las obligaciones.

viernes, 4 de enero de 2019

El acto de magia más asombroso del mundo

Puedo decir con precisión el día en que ocurrió: fue el 14 de junio de 1970. O por lo menos esa es la fecha que mis conexiones neuronales me hacen extrapolar, de los recuerdos que tengo alrededor del hecho que estoy a punto de narrar. Llego a esa conclusión pues sé con certeza que se trataba de un día de fin de semana, y que ocurría un acontecimiento deportivo importante, relacionado con el mundial de fútbol que se desarrollaba en ese momento en México: el partido de Italia con la selección anfitriona, en cuartos de final. Pero estoy divagando. Ese día me llevaron al circo. No sé cual circo; tal vez el de los Hermanos Razzore, que es uno de los nombres (o el único, salvo el de los Valentino, que no son de esa época) que recuerdo. No me llevó algún familiar, sino el padre de una amiga de mi hermana, que tenía otros dos hijos algo menores que yo y como una cortesía me invitó. Recuerdo una carpa, ni grande ni pequeña, unos tablones en donde se sentaba la gente, un vago olor a cotufas y algodón de azúcar, unos payasos más bien tristes. Y también recuerdo la cosa más extraordinaria que hubiese visto en toda mi vida, a mis diez años recién cumplidos. Sonaron unos redoblantes, y el locutor del circo anunció la siguiente atracción: el mago. Su nombre, por supuesto, no lo retuve. Pero sí lo que ocurrió a continuación: sobre la pista estaban dos cajones alargados, y dos muchachas, del mismo tamaño, vestidas de la misma manera. Un top amarrado sobre la barriga, dejando al descubierto el ombligo, y unos pantalones estilo odalisca. La rubia estaba vestida de azul, y la morena de rojo. A continuación, cada una se introdujo dentro de uno de los cajones, y el mago, con una enorme sierra, procedió a serrucharlas por todo el medio de esos ataúdes. Una vez terminado el sangriento (en mi imaginación, pues no creo que haya habido algún efecto especial de sangre chorreando) acto, separó las dos mitades de cada cajón, y ensambló la mitad superior del primero con la inferior del segundo , y viceversa. Luego, abrió ambos cajones, saliendo del primero una rubia con top azul y pantalón rojo, y del segundo una morena con top rojo y pantalón azul. No podía creer tanto portento. Sabedor de haber sido testigo de un acto de magia tan fabuloso, caí en un mutismo solemne. Cuando llegué a mi casa, después de esa experiencia tan impactante, me conseguí con mi padre más contento que un chiquillo en el circo, pues el equipo de sus sueños, la squadra azzurra, le había ganado a Mexico  4 a 1, pasando a semifinales. Creo que a ambos nos costó conciliar el sueño esa noche, por el mismo motivo pero en circunstancias distintas.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Coger carretera

No me considero una persona solitaria. Sin embargo, la soledad no me espanta. Es más, a veces la disfruto, en determinadas circunstancias. Una de las cosas que añoro son los viajes por carretera. Solo, sin otra compañía que mi carro y una decena de cassettes mezclados, puestos a sonar a todo el vatiaje que mi repro Pioneer KP9000 era capaz de proporcionar. Por lo general, esos viajes iniciaban el viernes, a eso de las 5:30 o 6:00 pm. A esa hora estaba enfilando hacia la carretera de oriente, al salir del trabajo. Mi Malibú Classic, modelo 84, estaba presto a devorarse los 300 y pico de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, obedieciendo las órdenes que le daba desde mi puesto de mando en el habitáculo. Sus seis cilindros y sus 328 pulgadas cúbicas de desplazamiento podían alcanzar velocidades que alguna vez vieron al velocímetro rozar el guarismo 160, en las largas rectas que de vez en cuando regalaba la estrecha y maltrecha carretera, Eran tiempos heroicos, cuando la vía pasaba por todo el medio de las poblaciones y la autopista tenía construido apenas el tramo hasta Guarenas, y el camino era un peregrinaje por caseríos de nombres curiosos, como Araira, Tapipa, El clavo, Machurucuto, Boca de Chávez. Yo me aprendía los nombres que leía a mi paso, y sabía que cuando llegaba a la Granja Ladera estaba más o menos a mitad de camino, y la impaciencia me hacía pisar tal vez más de lo debido el pedal del acelerador. Pero no por mucho tiempo, pues enseguida comenzaba la zona montañosa de Aguas Calientes, lo que representaba tal vez unos veinte minutos de andar pausado y precavido, pues más de un carro se había ido por el barranco. Luego de ese tramo ya todo era más fácil: faltaba pasar por Clarines, luego Puerto Pirítu, y por fin el destino de mi viaje: la trinidad Barcelona-Lechería- Puerto la cruz. Habrían pasado entre cuatro y cinco horas desde el momento de mi partida, de no haberse presentado inconvenientes mayores, y yo me sentiría algo exhausto pero feliz por ese tiempo a solas conmigo.  

domingo, 4 de noviembre de 2018

Learning to drive



Hay películas que pasan desapercibidas injustamente, tal vez por faltarle el músculo publicitario de los grandes estudios,o porque su tema se aleja de los que consume con fruición el público masivo; que, en una palabra, no tienen lo que se necesita para volverse ”mainstream”. Ayer vi una de esas películas. Se llama “Learning to drive” (2014). Cuenta en su elenco con nadie menos que Sir Ben Kinsgley, además de una actriz que no conocía o no recordaba, Patricia Clarkson, que fue una agradable sorpresa. A partir de una premisa muy simple, la película desarrolla una trama con múltiples impicaciones y consideraciones, que van desde la inmigración ilegal hasta cómo afrontar el adulterio, pasando por el sexo tántrico y los matrimonios arreglados. La anécdota ve a un inmigrante indú, interpretado con mucha soltura por Kinsgley (no en balde protagonizó ese portento de personaje que fue Gandhi, hace 36 años) que, para poder mantenerse en Nueva York, desempeña dos trabajos detrás del volante: alterna el oficio de taxista, que cumple en las noches, con el de instructor de manejo. Es en su faceta de taxista que conoce, en circunstancias algo traumáticas, a Clarkson. A partir de ese momento sus vidas entran en contacto, y ambos obtendrán valiosas lecciones de vida el uno del otro. Trataré de no hacer ningún spoiler mayor; solamente diré que la película se salva de concluir al estilo holliwoodense, lo que agradecí bastante.  Se las recomiendo; está en Netflix.

sábado, 3 de noviembre de 2018

El callejón de la puñalada

Nunca frecuenté algún local del callejón de la puñalada, llamado formalmente Pasaje Asunción. Pero esa calle no me es ajena. La visitaba asiduamente en mi infancia, pues en uno de los inmuebles que se asoman a ella vivía una familia conocida. Era la casa de una buena amiga de mi hermana. En mis recuerdos era un apartamento más largo que ancho, con el desorden propio de un lugar en donde vivían una adolescente y sus dos hermanos pequeños. Unas oscuras escaleras conducían hacia él. Creo recordar un largo balcón que permitía asomarse al callejón. Yo, a mis 7 u 8 años, era inocente a la vida que se gestaba más abajo. No sabía que la bohemia intelectual de esa Caracas, imbuida de vapores revolucionarios y altamente alicorada, tenía su asiento allí, en los varios bares que cobijaba. Luego, de mayor, lo evadía. Su fama, que ya conocía, hacía que el pequeñoburgués de mí sintiera algo entre el temor y la repulsión por ese sitio. Hoy es asiento de algún local de ambiente, un hotel que tiene toda la vida allí, y una fauna variada de buhoneros, hippies y hippiebuoneros, tatuadores y colocadores de piercings. No sé del origen del nombre con el que se conoce, sería genial encontrar alguna crónica que lo explicara. Caracas necesita rescatar esa historia menuda.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Yonaider, piloto

Yonaider está en la fila del cerro en donde vive, volando un papagayo que hizo con dos veradas que cogió en la quebrada y papel celofán que encontró en la bolsa de basura que había registrado más temprano, en su patrullaje cotidiano. El papagayo le salió bien bueno, y ya es un puntico en el cielo, casi invisible. No sabe cuánto pabilo ha desenrollado, pero de seguro son cientos de metros. Yonaider afina la vista para tratar de ver a su creación, pero de pronto lo distrae otro objeto volador. Un blanco, reluciente y modernísimo jet, que todos los días cruza por encima del cerro, a la misma hora. Yonaider sueña con volar un día dentro de ese jet. Por ahora, debe conformarse con pilotar su cometa. Su honesto papagayo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Mi primera biblioteca

La primera biblioteca que visité en mi vida fue una que estaba dentro de las instalaciones del parque Arístides Rojas, en Maripérez. Fue un descubrimiento feliz: saber que tenía a mi disposición cientos de libros, que los podía solicitar, y que eventualmente me los podía llevar a mi casa, me hizo sentir que ingresaba a una nueva etapa en mi vida, una que me acercaba a la adultez. No recuerdo mi edad, tal vez estaba transitando los catorce años. Visto a la distancia, he debido ser el tipo raro: el chamo que iba a un parque no a usar las instalaciones recreacionales o deportivas, sino a leer dentro de la biblioteca. Recuerdos que van desdibujándose: el personal tras un mostrador, los ficheros, los estantes llenos de libros, los mesones en donde se sentaban los usuarios a leer o a realizar trabajos, los periódicos encuadernados con un soporte que garantizaba la unidad de las hojas de cada diario. Un mundo ya lejano, por lo menos para mí. No sé si la biblioteca -cuyo nombre se me olvidó- seguirá funcionando, y no creo tener la oportunidad de ir a constatarlo. Ojalá sea así, ojalá que algún chamo encuentre allí adentro la misma felicidad que hallé yo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Sangre en la avenida

La avenida Sanz de El Marqués, ese corredor vial que comunica la Francisco de Miranda con la Cota mil, ha sido, tradicionalmente, lugar de sucesos infaustos. En los años 90 una serie de arrollamientos hizo que los vecinos emprendieran una campaña agresiva para lograr que los vehículos aminoraran la velocidad, y entonces, por un tiempo, la vía estuvo minada de policías acostados en todo su trayecto. Luego volvió a salir en las crónicas rojas cuando ocurrió un asalto al supermercado de unos lusitanos, que resultaron muertos en el hecho. También fue asesinado en la Sanz un ingeniero de origen ruso, amigo de mi suegro, cuando trataron de robarle su vehículo.
Recientemente un par de hechos noticiosos e infaustos volvieron a ocurrir en las adyacencias de la avenida. Primero fue un arrollamiento. Según lo recogido en las redes sociales, el conductor de un camión trató de esquivar un hueco en el pavimento y en la maniobra se llevó por delante a un muchacho de dieciocho años, llamado Gabriel Marquis, que sufrió fractura de pelvis entre otros traumatismos. Esta mañana leí que desgraciadamente el joven falleció a la espera de una operación que no pudo concretarse por falta de fondos. El otro caso es el de un niño de un par de años, abandonado en una caja en el portal de uno de los edificios que se asoman a la Sanz. La foto que circuló lo muestra dentro de la caja, con cara desconcertada, sosteniendo una galleta de soda en la mano, que no sabemos si se la dejó quien lo abandonó allí o fue algún habitante del  inmueble.

Esos dos casos dan cuenta de la enorme tragedia que enfrenta el país. Un joven que muere porque las calles están en un estado de abandono total, y porque cualquier intervención quirúrgica sobrepasa las capacidades económicas de la mayoría de la población. Un niño abandonado, porque su madre (que fue capturada, finalmente) no tiene los recursos para mantenerlo. Son apenas dos casos de los cientos, tal vez miles, que ocurren todos los días en este país, sin que las personas que encabezan el régimen se conduelan por sus habitantes. Más bien pareciera que es lo que buscan: que la población se reduzca todo lo que sea posible, ya sea por fallecimiento de los más débiles y expuestos como por la emigración del grueso de la clase media. Un esquema perverso.