domingo, 26 de abril de 2026

Estudios minerales

 


El theremín estaba alli, en el medio del escenario. Un objeto de apariencia futurista, una consola blanca dotada de una gran antena. Nunca había visto uno, salvo en fotos. Supe lo que era, y que lo era, cuando vi a Lisandro Castro interactuar con él: un chamán consultando a su oráculo, que se manifestaba a través de sonidos que no parecían de este mundo. El theremín es el primer instrumento electrónico del que se tenga noticia. Fue inventado en Rusia alrededor de 1920, y tiene la particularidad de no necesitar contacto físico del ejecutante para funcionar. Le basta apenas el movimiento de sus manos, captado por la antena y transformado en esos sonidos que en nuestro imaginario corresponden a las películas de ciencia ficción que veíamos desvaídas en nuestros televisores en blanco y negro.

Pero estoy dejando que mi entusiasmo interfiera en el flujo natural de este texto que quiere ser testimonio de lo que presencié anoche, junto a una numerosa y entusiasta asistencia que plenó la sala de conciertos del Centro Cultural del Arte Moderno: la puesta en escena de Estudios Minerales.



El primer acto del concierto estuvo bajo la responsabilidad de Las Líneas de Nazca, un cuarteto conformado por Andrea Bello en los coros, Daniel Baldini en la guitarra acústica y voz principal, Orlando Pérez en la guitarra eléctrica y Jhonny Seghabi en el bajo. Su propuesta, íntima y minimalista, está inscrita en la onda ecológica, por lo que se puede desprender de la letra de sus temas. El instrumento líder es la guitarra acústica, excelentemente interpretada por Daniel; la guitarra eléctrica contribuyó con la atmósfera, aunque tuvo un par de momentos protagonistas durante el toque. El bajo, como elemento rítmico mantuvo el tono pausado y tranquilo que caracterizó esa parte del concierto. Andrea tuvo su momento de brillar también, cuando cantó A Pique, una canción de Juan Quintero.

Una vez culminada la presentación de Las Líneas de Nazca, y tras un breve intermedio, salió a escena Parque Industrial. Trajo una adición que le añadió otra capa al edificio sonoro que construye en cada presentación: el corno francés, ejecutado por Dieter Barrios. El resto de nuestros queridos sospechosos habituales, Ross Bermúdez en el bajo, Hugo  Mármol en la batería y Luis Arroyo en la guitarra ocuparon sus posiciones de costumbre en el escenario, y tras un arranque instrumental hizo su entrada el "front man" Lisandro Castro. 




La riqueza sonora que brinda Parque Industrial es insólita y maravillosa. Cada pieza logra el cometido de trasportarnos mentalmente a algún rincón del país, recreando sonoramente paisajes de selva, de mar, de tormenta; de la calma del jardín botánico a la violencia del arco minero azotando el sur del país. La construcción de la música, que brinda imbricadas progresiones y transiciones entre pasajes calmados y explosiones sonoras, me hizo recordar a ratos lo que hacía King Crimson en sus inicios, pero con la firma a la que nos ha habituado esta particular banda, que cada día suma más adeptos. 

Otra novedad (para mí) fue ver los instrumentos que tocó Lisandro, a parte del acordeón que ya conocía: el theremín que mencioné al principio, y el xilófono. Usados sabiamente, en los momentos necesarios, aportando sonoridades que enriquecieron la atmósfera musical que nos arropaba. 

Para cerrar esta nota, ayer presenciamos la irrupción de dos bandas que comienzan a pisar fuerte en la escena musical caraqueña; dos agrupaciones que comparten inclinaciones temáticas, pero las expresan cada cual a su manera: intimista y pausada Las Líneas, en contraste con la exhuberancia musical de Parque Industrial. 

lunes, 6 de abril de 2026

Pelis de domingo

 Pelis de domingo

Este domingo recién pasado vimos dos películas que, sin ser obras maestras, tienen la virtud de propiciar la reflexión sobre la condición humana. La primera se llama "Familia en renta", y protagoniza Brendan Fraser. El adjetivo que me vino a la mente para definir este film es "delicado". La anécdota nos cuenta las vicisitudes de un hombre americano, actor, que está radicado en Japón desde hace siete años, y lucha por conseguir empleo en la industra audiovisual. Termina siendo reclutado por una agencia que provee un servicio bastante peculiar. No ahondo más, para no caer en spoilers, aunque el título de la peli da una idea bastante buena de lo que vendrá a continuación. Ha podido ser una comedia tonta de situaciones y equívocos, pero el detalle es que la mayoría del casting, y su escritora y directora, Hikari, son nipones, y el ritmo y la narración lo reflejan.
La segunda trata sobre dos tópicos que nos atañen a todos, como lo son la entrada al mundo de los adultos y la muerte. En su trama, ambos temas se imbrican en la vida de la protagonista, que debe aprender a lidiar con los dos aspectos. Se titula "Suncoast", y ve a unos solventes Laura Linney y Woody Harrelson escoltando a la estrella, una joven actriz llamada Nico Parker, que es conocida por quienes vieron The last of us (no es mi caso, por lo que supe de ella en esta película). Basada en una experiencia de la directora, llamada Laura Chinn, es una visión honesta y a ratos conmovedora de lo que los gringos llaman "coming on age", y en términos literarios se definiría como novela de formación, o Bildungsroman, como bautizaron los alemanes a este género.
Ambas películas están en Disney +, y las recomiendo a quienes aprecian el cine reflexivo. No aptas para los consumidores rápidos y furiosos.


martes, 31 de marzo de 2026

Canciones míticas

En mi adolescencia, allá por los ya muy lejanos años setenta, la manera primordial de descubrir música era la radio. Había dos emisoras que competían por la audiencia afín al rock: Radio Capital y Radio Caracas Radio. Yo era más fiel a la primera, aunque había algunos locutores en la rival que también procuraba escuchar. En esa etapa de descubrimiento conocí algunas canciones que defino míticas, tanto por ellas en sí mismas como por la dificultad de conseguirlas en un formato físico que me permitiera escucharlas cuando se me antojara, y no cuando tuviera la fortuna de que el locutor de turno las pusiera al aire. Recuerdo tres de esas canciones, todas ellas en versiones en vivo: Funeral for a friend, de Elton John; I don´t need no doctor, de Humble Pie, y Room to move, de John Mayall. Las dos últimas llegaron a mi colección muchos años después: Room to move la encontré en La Discotienda de Oro (esa tienda que estaba pared de por medio con la librería Suma), en CD, incluida en el disco The Turning Point, que fue una especie de precursor del formato unplugged que luego pondría de moda MTV; la otra, de Humble Pie, está en un lp que heredé de mi cuñado, el famosísimo disco en vivo en el Fillmore. Con la de Elton John no tuve mayor suerte, así que me debo conformar con el recuerdo.
Todo esto viene al caso porque me enteré hace poco de un dato curioso con respecto a la canción de Mayall. El sábado pasado estuvimos en una presentación en Alejandría, moderada por el gran Xariell Sarabia, en donde Julio César Venegas mostró y comentó una colección de fotografías tomadas por él, en la cual el factor aglutinante es el mundo de la música. Un paréntesis para decir que fue una conferencia brillante, cargada de calidez, erudición y nostalgia por aquellos años 70 y 80, tan añorados por mí. Cuando le llegó el turno a una foto de Mayall, me fue inevitable nombrar Room to move, y comentar la traducción tan estrambótica al español que le impusieron al título en esa época, que no fue otra que "Habitación Movible" (en realidad, room to move se traduce como espacio para moverse). Venegas me respondió: "esas fueron vainas de Loscher".
Wao. Loscher distó mucho de ser un improvisado, y tenía una cultura vasta, así que un desliz así no me pareció propio de él. Tuvo que haber un motivo, me dije. Y me fabriqué una hipótesis: el título impuesto por Iván puede haber sido un guiño al libro "A moveable feast", de Hemingway. Una habitación movible para llevar a cabo una fiesta también movible en el espacio y en el tiempo.
Claro, es muy probable que a Loscher no se le haya pasado por la mente esa asociación que propongo, pero qué carajo, uno es dueño de su propia e íntima mitología, después de todo.

lunes, 29 de septiembre de 2025

Parque Industrial

 Cuando estoy frente a una propuesta musical nueva, mi cerebro intenta poner orden buscando asociaciones entre eso que estoy escuchando y el archivo musical que guardo en algún lugar de la mente. Supongo que es un mecanismo institivo para entender y asimilar la experiencia. Ayer me pasó en la sala TAC, cuando escuché por primera vez a Parque Industrial. Mi impresión inicial: tenía en frente una banda imbuida en el espíritu de Pink Floyd, pero con Tom Waits como "front man". Los sonidos me recordaron al Floyd psicodélico, el pre Dark side. Y el cantante, con su voz baja, casi gutural, pero sobre todo su peculiar presencia, me hizo inevitable la asociación con Waits. Pero esa impresión duró poco: la banda tiene una impronta propia, que se resiste a etiquetas. Su propuesta está orientada a la relación entre el ser humano y la naturaleza, o por lo menos eso entendí por el contenido de las letras, interpretadas por la figura sobria y casi chamánica de Lisandro Castro, que eventualmente tomaría un acordeón para sumarse a la instrumentación, ya rica de por sí, provista por el resto de la banda: guitarra, bajo, batería, percusión y coros. Una musicalidad a ratos melódica, a ratos salvaje, casi que pudiera decir telúrica. Y muy bien interpretada, cosa que siempre se agradece cuando se han visto tantas buenas intenciones frustradas. Es una banda a la que le daré seguimiento.


sábado, 23 de mayo de 2020

Bitácora del insilio. Día 72

¿Será que 20 años de incertidumbre, declive constante de la calidad de vida, paros voluntarios e involuntarios, apagones masivos, nos prepararon para esta contingencia? A más de dos meses desde que se informara el primer caso positivo de covid-19, pareciera que la colectividad supo amoldarse a la situación. Por lo menos eso es lo que percibo en mi entorno inmediato. No he visto escenas conflictivas en los contados sitios que frecuento (a saber, el automercado, la farmacia, la bodeguita –antes licorería- de Joao). En esos lugares la gente hace su colita respectiva, sin quejas, sin apretujamientos, tanto para entrar al local como para pagar al finalizar la compra. Claro, una cosa es la que puedo registrar en mi urbanización de clase media, colindante con un barrio poco conflictivo como lo es Altos de Lebrún, y otra la que sucede en zonas más candentes, en donde las protestas son cotidianas, así como la represión policial buscando acallarlas.

Pero la realidad es la realidad: miro con terror el marcador de gasolina del carro, cuya aguja se va alejando lenta pero inexorablemente del punto medio, y ya comienza a rozar el temido cuarto de tanque. ¿Cómo iremos a hacer cuando se acaben esos 10 litros de gasolina que acaso nos quedan? Llegará el momento en el que ya no se podrá usar el carro, pues al llegar al nivel de reserva habrá que tomar la decisión de utilizarlo solo para casos de emergencia. Entonces la calidad de vida descenderá un escalón más, obligando a hacer las diligencias a pie. Nada del otro mundo, por favor, pero si se pudiese evitar sería mejor. También otras preocupaciones, algunas más mundanas que otras, boicotean el sueño. El internet, la electricidad. El agua, sobre todas las cosas. No hay mente positiva que aguante un escenario así: incomunicados, a oscuras, secos. Hasta ahora no han fallado los tres a la vez, pero quien sabe hasta cuándo nos dure la “suerte” (patético designar como un escenario afortunado el disfrute de servicios que deberían darse por descontado). Mientras tanto, los barcos iraníes que vienen a solucionarle el problema de la gasolina momentáneamente al régimen parece que llegaron, o están por hacerlo. Algo que debiera ser vergonzoso para un país petrolero se nos vende como una jornada épica en la que se derrotó al imperio (apoyándose en otro imperio, el islámico, pero eso no está escrito en su guion).  Dudo que esa gasolina alivie las penurias de la colectividad. Esa gasolina será, en una enorme proporción, para el aparato policial, para los jerarcas, para los militares. Para alimentar las SUV blindadas de los bolichicos que todavía viven aquí. Pero para Pedro el taxista, Juan el busetero, Alcides el médico, no creo que alcance. Es que hay prioridades, saben.  


jueves, 14 de mayo de 2020

Cangrejo de Alaska




Víspera de la boda de mi hermana, por lo que puedo fijar con precisión la fecha: 27 de marzo, 1981. Un viernes, dado que la ceremonia ocurrió un sábado. Por alguna razón imprecisa, mi padre y yo pasamos ese viernes en el apartamento de Macuto, ese pequeño espacio uno –un cuarto un baño un balcón- cuyos escasos 50 m2 constituían el parnaso para mi papá, el auténtico reposo del guerrero. Desde que lo había comprado, en 1979, fue raro el fin de semana que no fuera visitado por mis padres, por lo general llevados por mí, que aprovechaba de rebote la independencia de disponer del apartamento de Caracas por entero durante dos días.

Teníamos un ritual, en esas bajadas semanales: antes de llegar al apartamento, hacíamos una parada en el restaurant Los Roques, que quedaba en la avenida Costanera, al lado del Hotel Macuto. Lugar de buen comer y beber, en sus mejores tiempos; de decoración vagamente marinera, en donde destacaba la madera y los detalles alusivos a lo marítimo. Su carta era abigarrada, pantagruélica, y representaba fielmente la bonanza por la que transitaba el país durante esos años, pues ofrecía mucha variedad de productos importados. Entre ellos, unas grandes tenazas de cangrejo provenientes de Alaska, el plato más costoso del menú. Y lo que pedía mi padre siempre, casi sin excepción. Yo, en cambio, solía despacharme una canoa de mariscos, ese plato que servían en dos mitades de piña, una rellena de frutos del mar y la otra de un arroz “salvaje”. Mi madre, que completaba el trío, pedía algo sencillo: un pescado, tal vez poché, acompañado de papas al vapor o, si se sentía aventurera, tostones con salsa de ajo.

Ese 30 de marzo de 1981 las cosas fueron distintas. No éramos tres comensales. Y no pedí la canoa. Mi padre me preguntó por qué no pedía su plato predilecto. Yo tenía una razón secreta: me parecía carísimo. 80 Bs, el doble de lo que costaba mi comida de elección. Por supuesto que no se lo dije, pero él lo adivinó. Y, sin esperar mi respuesta, ordenó por mí. Por primera vez tuve delante de mí esas enormes tenazas, envueltas en su caparazón que había sido fracturada para poder extraer con comodidad la carne sin perder la parte pintoresca del asunto. A distancia de casi cuatro décadas, no puedo decir sin pecar de fantasioso qué tal estuvo esa degustación. Supongo que divina. Lo que sí puedo asegurar es que esa noche fue sumamente nostálgica para mi padre, pues sabía que a partir del día siguiente ya no estaría su hija en casa. Y tal vez quiso sellar un pacto de camaradería conmigo, algo que había postergado durante tanto tiempo. Ese cangrejo fue una especie de ritual de iniciación, un gesto atávico que sella un pacto frente a un sacrificio animal. No conversamos mucho esa noche; no fue muy diferente a las demás. Pero algo había cambiado. Ambos lo supimos.


domingo, 3 de mayo de 2020

Bitácora del insilio. Día 52


Esta tarde paseaba a la perra, alrededor de las 5, y escuché un sonido parecido a un tableteo, lejano; amoritguado, pudiera decirse. En un primer momento no lo supe identificar; llegando a la esquina, vi que en una casa había una alfombra de esas grandes, estilo persa, colgada de una cuerda, en el jardín. Entonces supuse que el sonido era producido por alguien que le sacudía el polvo a la alfombra, con un palo. No volví a pensar en el asunto hasta que, un poco más tarde, ya estando en la casa, el sonido volvió a producirse y, al mismo tiempo, en twitter informaban sobre la balacera que se estaba produciendo en el barrio José Félix Ribas, de Petare. En línea recta, pueden haber un par de kilómetros desde mi casa hasta ese lugar. A la hora que escribo esto, 8:38 pm, todavía suenan ráfagas dispersas. Hay fotos de balas perdidas llegando a lugares tan distantes como Lomas del Ávila. Y uno se pregunta para qué tenemos una fuerza militar, que para lo que sirve es si acaso controlar las manifestaciones opositoras, o lucrarse con el tráfico de gasolina. Este es un país sin ley, sin autoridad para las cosas importantes, como proteger en momentos así a la población. Es indignante.

jueves, 30 de abril de 2020

Mi primera tarjeta de crédito


Tenía unos 24 años, y unos meses de haber conseguido mi primer empleo formal. Ya estaba en una nómina, recibía pagos regulares con todas las asignaciones y deducciones bien pormenorizadas en el recibo de pago, y había abierto una cuenta corriente para movilizar mi “flujo de caja”. Solamente me faltaba el instrumento que me haría pertenecer a una logia exclusiva, de profesionales, comerciantes y artistas: la de los tarjetahabientes. La ocasión la propició una bonita promotora que se acercó a nuestra oficina, nos rellenó los formatos de solicitud, y nos dio una breve charla sobre los beneficios que nos traería la posesión de ese plástico. A la vuelta de unas cuantas semanas, mi resplandeciente tarjeta Visa Classic llegó, ya no sé si por el correo ordinario o por medio de las manos de un mensajero. El asunto es que ya tenía crédito. Y, como la mayoría de las personas, me empeñé en mantenerlo vivo, con el propósito de hacerlo crecer. Como si fuese masa madre, ahora que lo pienso: alimentándolo un poco cada semana, pagando religiosamente el cargo mensual (un poco más del monto mínimo, según los consejos de los colegas más experimentados). Usé una carpeta manila para llevar el control de la tarjeta: en ella archivaba en orden cronológico los vouchers de compra, los estados de cuenta, y los recibos de pago.
Gracias a esa tarjeta, conocí buena parte de los restaurantes de Caracas: desde las míticas tascas de La Candelaria –solíamos almorzar los viernes en La Cita, La Tertulia, El Arenal, El Pozo Canario, El Guernica, pues la oficina quedaba a media cuadra de Urapal, y de allí para abajo todo era culto a los camarones enchilados, calamares en su tinta, arroces a la marinera, croquetas de bacalao, y demás especialidades ibéricas- pasando por los chinos de El Bosque, y terminando por los comederos de carne como La Estancia, el Shorthorn Grill, el nunca olvidado Carrizo, el de corta duración Myfair Station, en Bello Campo, y varios otros que he olvidado. Porque, con mucha pena, debo admitir que un porcentaje importantísimo de mi gasto en esa modalidad se fue, literalmente, por la poceta. Salvo un combo televisor-betamax, y alguna otra chuchería, no recuerdo haber utilizado esa tarjeta en cosas más productivas. La carpeta manila no paraba de engordar, y pronto tuve que abrir otra. Los límites de crédito subían como la espuma, así como mis deudas. Y, para colmo, el banco me ofreció otra tarjeta, la Master, por lo que tuve que duplicar mi sistema de archivo. Un día, de la nada, recibí una llamada de un ejecutivo de cuenta del Banco Mercantil,informándome que había sido elegido para recibir una tarjeta Diners: la única que ,en teoría, no tenía límite de crédito. En ese tiempo era, junto con la Américan Express, la Rolls Royce de las tarjetas. Exclusiva, cara, y no bien vista en muchos locales.
Para no extender demasiado el cuento, diré que silenciosa pero sostenidamente me fui endeudando. Creo no ser muy original en este aspecto; supongo que a muchas personas les pasó lo mismo. Cuando quise darme cuenta, el monto que debía sobrepasaba unas cuantas veces mi ingreso mensual. Y ya no respondía solo por mí, pues ya me había casado y tenía que hacerle frente a los gastos del hogar. Hubo que hacer un “reality check”, darse un baño de realidad, y archivar también los plásticos mientras se saneaban las cuentas. Pero una cosa piensa el burro, como dice la sabiduría popular, y entrando en los 90 la crisis bancaria sorprendió a todo el mundo. Las tasas de interés se dispararon a la estratósfera, y las deudas, en consecuencia, también. Los 90 fueron duros: había que hacer malabarismos para conciliar la necesidad de comer con las demandas de pago de los bancos, que iban cayendo uno tras otro como si fueran piezas de dominó. Un día le debías al banco X, al día siguiente tu acreedor ya era el banco Y que había fagocitado al X durante la noche.
Hoy en día cuesta creer que con el límite de crédito de una tarjeta se podía cancelar la cuota inicial de un carro. Tal vez los límites actuales den para cancelar la mitad de un mercado, pero no estoy muy seguro, ya que hace rato dejé de ser tarjetahabiente. Ya no gasto lo que no tengo.

martes, 28 de abril de 2020

Bitácora del insilio. Día 47

Marianella se ha puesto el propósito de aprender a hablar italiano correctamente, y en ese espíritu tratamos de realizar todas nuestras conversaciones en ese idioma. Claro que no es fácil, después de todo se trata de vencer una costumbre que va para las cuatro décadas. Sin embargo, hacemos nuestros mejores esfuerzos. Esta mañana le quería comentar que debía buscar la manguera para lavar el patio, y de repente me di cuenta de que no conocía la palabra equivalente a manguera en mi lengua madre. Tuve que buscar en google, y conseguí dos acepciones: un ridículo “tubo flessibile”, y una desconocida “manichetta”, que viene siendo algo como “manguita”.
Me puse a pensar por la ausencia de esa palabra en mi vocabulario, y la única razón que se me ocurre es que, de pequeño, nunca hubo en mi casa la necesidad de tener una manguera. En un apartamentico de 80 mt2, sin balcón, y además sin carro que lavar, una manguera era un artefacto altamente innecesario, y en la economía de los inmigrantes, se sabe, lo innecesario ni siquiera se consideraba. Así que en algún momento de mi vida aprendí la palabra “manguera”, y su equivalente italiano, que a ciencia cierta no sé cuál de las dos acepciones se usa comúnmente en Italia, nunca hizo falta decirlo en una conversación en italiano, hasta la mañana de hoy.

domingo, 26 de abril de 2020

Bitácora del insilio. día 45

El golfeado que no fue

Ayer, entre las cosas que buscábamos en el automercado, nos faltó la harina de trigo, elemento indispensable para mis días ahora, de experimentación en la cocina (algo hay que hacer, ¿no?). Ya en la cola, Mary se consiguió unos paquetes de harina todo uso, para pastelería. Sin gluten.Todo contento, agarré dos, pensando que si no me servían para hacer pan los podría usar para hacer algún postre. Más tarde decidí hacer golfeados: ese sería mi proyecto de domingo. Esta mañana busqué la receta, vi que tenía todos los ingredientes, y me dispuse a hacerlo. Pero, cuando volví a examinar el paquete de harina, me conseguí con el simpático detalle siguiente: el cereal empleado para elaborar la harina no era trigo, sino ¡arroz! Tremendo chasco, pensé en el primer momento. Pero luego pensé que valía la pena hacer el intento. Preparé la masa según las indicaciones, y enseguida me di cuenta de que iba encaminado al fracaso. La consistencia era parecida a la del play doh, esa especie de plastilina comestible que usan los gringos para que los chamos se entretengan y embarren los muebles. Traté de extenderla con el rodillo, y fue misión imposible. Entonces la aplané lo mejor que pude con las manos (afortunadamente era bastante dúctil y suave), terminé de echar los ingredientes faltantes, y enrollé. Con dificultad, porque la masa tendía a quebrarse. Como pude armé el rollo, lo piqué en unas 10 porciones, y las puse sobre un molde aceitado, y luego le di su golpe de horno. Como era previsible, la masa no esponjó. Terminaron siendo una especie de polvorosas con sabor a golfeado. Igual nos los vamos a comer, pero nunca los llamaré golfeados.