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lunes, 15 de abril de 2019

Parque en ruinas




Tenía mucho tiempo sin ir al Parque del Este, tal vez más de un año. Aunque había leído y escuchado sobre su estado actual, es algo que hay que ver personalmente para constatarlo en todo su dramatismo. Nada más al entrar, una larga fila de camiones cisterna son el comité de bienvenida, si se entra por el estacionamiento sur. No hay ticket de entrada, porque no hay cobro por el uso de las instalaciones. El abandono, aunado a la sequía, hace que el aspecto del parque sea de desolación. Pasé por dos fosas de animales, la de las nutrias y la de los grandes felinos. No ví a ninguna especie; solamente agua estancada y montarral seco, en las islas. Frente al terrarium, un enorme árbol estaba acostado en el suelo, con las raíces, o lo que quedaban de ellas, desarraigadas de la tierra. Por el aspecto, daba la impresión de no ser una caída reciente. Continué mi paseo por los antiguos jardines, ahora transmutados en terraplenes, en busca del puente que vence la autopista y comunica con “la parte nueva”. Dicho puente es una obra megalómana, desproporcionada. Apta para el tránsito de vehículos pesados, de guerra, injustificado para el flujo de deportistas y visitantes, por muy abultado que sea. En todo caso, lo recorrí para conocer las nuevas instalaciones de La Carlota. Si hay algo que le otorga continuidad a ambos sitios es el estado similar de abandono. Aquí también la sequía pega fuerte, y no hay grama que la resista. Pero más nada hace pensar que se está en el mismo parque. La “parte nueva” me pareció muy anodina. Carente de atractivo, diría. Un par de instalaciones para el expendio de comida parecen haber sido construidas como efecto visual, pues tenían aspecto de no haber abierto jamás sus puertas. Antes de ellas, un avión de carga se anuncia como heladería, pero ya los letreros lucen desvaídos, como los de los circos itinerantes de las películas de los años cincuenta. Al fondo, una laguneta semivacía naufraga en en su intento de reflejar frescura. Y, del otro lado de la cerca, una flotilla de jets de última generación está alineada fuera de los hangares, aguardando por sus enchufados propietarios. Tal vez alguno de esos aviones fue comprado gracias a las comisiones del sobredimensionado Puente Bolívar.



miércoles, 3 de octubre de 2018

Sangre en la avenida

La avenida Sanz de El Marqués, ese corredor vial que comunica la Francisco de Miranda con la Cota mil, ha sido, tradicionalmente, lugar de sucesos infaustos. En los años 90 una serie de arrollamientos hizo que los vecinos emprendieran una campaña agresiva para lograr que los vehículos aminoraran la velocidad, y entonces, por un tiempo, la vía estuvo minada de policías acostados en todo su trayecto. Luego volvió a salir en las crónicas rojas cuando ocurrió un asalto al supermercado de unos lusitanos, que resultaron muertos en el hecho. También fue asesinado en la Sanz un ingeniero de origen ruso, amigo de mi suegro, cuando trataron de robarle su vehículo.
Recientemente un par de hechos noticiosos e infaustos volvieron a ocurrir en las adyacencias de la avenida. Primero fue un arrollamiento. Según lo recogido en las redes sociales, el conductor de un camión trató de esquivar un hueco en el pavimento y en la maniobra se llevó por delante a un muchacho de dieciocho años, llamado Gabriel Marquis, que sufrió fractura de pelvis entre otros traumatismos. Esta mañana leí que desgraciadamente el joven falleció a la espera de una operación que no pudo concretarse por falta de fondos. El otro caso es el de un niño de un par de años, abandonado en una caja en el portal de uno de los edificios que se asoman a la Sanz. La foto que circuló lo muestra dentro de la caja, con cara desconcertada, sosteniendo una galleta de soda en la mano, que no sabemos si se la dejó quien lo abandonó allí o fue algún habitante del  inmueble.

Esos dos casos dan cuenta de la enorme tragedia que enfrenta el país. Un joven que muere porque las calles están en un estado de abandono total, y porque cualquier intervención quirúrgica sobrepasa las capacidades económicas de la mayoría de la población. Un niño abandonado, porque su madre (que fue capturada, finalmente) no tiene los recursos para mantenerlo. Son apenas dos casos de los cientos, tal vez miles, que ocurren todos los días en este país, sin que las personas que encabezan el régimen se conduelan por sus habitantes. Más bien pareciera que es lo que buscan: que la población se reduzca todo lo que sea posible, ya sea por fallecimiento de los más débiles y expuestos como por la emigración del grueso de la clase media. Un esquema perverso.

jueves, 7 de junio de 2018

País ficcional

Hace algún tiempo mi editor, Carsten Todtmann, me contó que, durante una estadía suya en la República Democrática de Alemania, es decir, la Alemania comunista, aprendió el siguiente dicho, que describía el estado de cosas en el país: "la gente finge que trabaja, y el régimen finge que gobierna". 

Últimamente he estado recordando mucho esa anécdota, asimilándola a la realidad venezolana actual. Estamos sumergidos en una dinámica ficcional. El país, lo que queda de él, está agarrado ya no con alambres sino con pabilo. 

Ya el tráfico es cosa del pasado; las vías andan ligeras, escasas de vehículos. Cada vez hay más carros parados, y no es para menos. Cualquier repuesto descuadra el presupuesto familiar. Sin hablar del indispensable aceite, sobre todo para los carros viejos que son la constante. Además de la calle, los signos de la inminente paralización del país se pueden apreciar en los comercios. Voy a poner de ejemplo el automercado Central Madeirense de El Marqués. En la zona de frutería tenían tres grandes estantes en el medio, destinados a la fruta y hortalizas que no necesitan refrigeración: papas, cebollas, plátanos, aguacates, cambures, cocos. Un día desapareció uno de ellos. Ahora ya no hay ninguno. El vacío reemplazó a dichos estantes, y la mercancía que albergaban fue distribuida en los anaqueles refrigerados adosados a las paredes. Pero ni así estos se llenaron. El mismo patrón se observa en las restantes áreas del automercado. Ya no se molestan en redistribuir la mercancía para disimular la escasez, como se hacía en otras épocas. Ya no es necesaria ni eficaz la simulación. Algunos empleados hacen su labor con cierta mística, pero son los menos. La mayoría esgrime su total desidia. Y ya ni los culpo ni les reclamo. 

En realidad me parece asombroso que todavía haya gente que acuda a un empleo en donde, por mucho que gane, no se va a acercar ni de lejos al monto necesario para cubrir la canasta básica. ¿Cómo hacen? Es más, ¿cómo hacemos? ¿Cómo estamos enfrentando esta situación? Empobreciéndonos paulatinamente, me temo. Quemando reservas quienes las tengan, o apelando a la buena voluntad de los familiares que puedan echar una mano eventualmente. Dicen que muchos sobreviven gracias a las remesas que reciben del exterior, y es una posibilidad, ya que actualmente es poca la gente que no tenga al menos un allegado que haya emigrado Pero no es una estrategia sostenible en el tiempo, por supuesto. Urge un cambio. O naufragaremos irremediablemente.

miércoles, 2 de agosto de 2017

¿Por qué la ANC es un golpe de Estado?



Para demostrar esa hipótesis hay que devolverse a finales del año 2015. La oposición gana escandalosamente las elecciones de la Asamblea Nacional para el período 2016-2021, obteniendo 112 de 165 escaños, lo que le da lo considerado como "mayoría calificada", que tiene atribuciones extraordinarias. Ante ese escenario el chavismo, que contaba apenas con mayoría simple en la Asamblea Nacional de ese momento, decide en una jugada ilegal reemplazar las figuras clave dentro del TSJ. Digo de manera ilegal pues no contaban con la mayoría necesaria para ello, y eligieron personas totalmente afiliadas al chavismo, que en muchos de los casos carecían de las exigencias establecidas en las leyes para ocupar dichos cargos. Esta reformulación espuria del TSJ le permitiría posteriormente al chavismo maniatar a la AN, cosa que hizo casi de inmediato: en primer lugar desincorporó a todos los diputados elegidos en el Estado Amazonas, sin que hubiese una razón legal válida para ello (apenas una denuncia no sustanciada de compra de votos, que no fue investigada jamás y tampoco se procedió al reemplazo de dichos diputados). Con eso cortaron la mayoría calificada de la oposición. Posteriormente, cuando la AN decide incorporar a esos diputados, dada la inacción con respecto a su reemplazo, el TSJ la declara en desacato, y asume intempestivamente todas sus funciones. 

Llegamos a 2017, y se produce la rebelión ciudadana gracias precisamente a unas nuevas sentencias del TSJ que terminaban de desligitimar por completo a la Asamblea Nacional. En medio de ese escenario, Nicolás Maduro decide jugar su última carta, y se inventa una Asamblea Nacional Constituyente. Nuestra constitución vigente deja sentado que el poder constituyente reside en el pueblo, sin embargo en uno de sus artículos deja un resquicio para que el presidente pueda proponer la realización de una nueva constitución. Proponer, es decir, le da la prerrogativa de la iniciativa, no de la imposición. Se agarraron de ese vacío legal, interpretando iniciativa como convocatoria, y otra vez el TSJ, concretamente la sala constitucional, avaló esta nueva violación a la constitución. De esta manera el chavismo deroga de facto a una Asamblea Nacional electa por 14 millones de personas, a la que le quedan tres años largos de funcionamiento. La voluntad de una camarilla sobre el mandato del 75% del padrón electoral. 

Y por último otro ingrediente que espesa el caldo del fraude: en la elección de los candidatos a esa ANC espuria incurrieron en una serie de irregularidades tan enorme, que esta mañana el presidente de Smartmatic, la firma encargada del apoyo logístico computarizado a todas las elecciones venezolanas, no tuvo otro remedio que denunciar el abultamiento de los votos obtenidos, en por lo menos un millón. Se rumorea que en realidad no se manifestaron más de 3.5 millones de votantes. Claro que el número es irrelevante, cualquier cifra hubiera permitido avalar el proceso, pero tenían que demostrar de cualquier modo un número mayor al obtenido en el plebiscito realizado por la oposición, que obtuvo 7.5 millones de votantes. Eso los llevó a sacarse una cifra de la manga, pero fueron tan chapuceros que les fue imposible cuadrar el total con los resultados en realidad obtenidos de manera proporcional, por lo engorroso de la votación, y lograron despertar la ira de los propios participantes en el proceso, quienes también están gritando fraude, al ver que los únicos favorecidos han sido las caras visibles y notorias del chavismo. Los demás no fueron más que comparsas. El que lo tenía más claro fue el Máscara, que escogió el mejor apodo posible dadas las circunstancias.

lunes, 19 de junio de 2017

El club de los 17



Todo el mundo conoce cierta leyenda del mundo del rock, a la que se le popularizó con el mote de "el club de los 27". Ese apelativo hace alusión a la edad fatídica para algunas estrellas de la música, que en  el apogeo de su popularidad, en pleno auge de sus capacidades artísticas, fallecieron prematuramente, por lo general debido a un estilo de vida vertiginoso y peligroso. Los nombres son harto conocidos, y forman parte de la cultura pop por derecho propio: Jimi Hendrix, Jim Morrison, Janis Joplin, y más recientemente Kurt Cobain y Amy Winehouse. Todas estrellas encumbradas cuya muerte anticipada no permitió conocer su definitivo potencial, pero las encumbró al firmamento rockero.

En Venezuela se está inaugurando otro club de índole parecida, pero no de estrellas musicales de 27 años, sino de guerreros de 17 años. Los soldados de franela, como se llaman entre ellos. 17 años, uno menos que la mayoría de edad. Adolescentes. La semana antepasada fue Neomar Lander. Hoy le tocó el turno a otro.

Esta mañana, mientras estábamos en la concentración de Parque Cristal, pudimos ver a varios grupos de los muchachos de la resistencia, de esos soldados de franela. Venían bajando por las escaleras mecánicas, haciendo bulla, con sus distintivos escudos, máscaras y demás aperos indispensables para su peligrosa labor, y la gente los aplaudía. Me embargó un sentimiento mixto, de admiración y angustia, y la incertidumbre de no saber si regresarían todos completos esta tarde. Se me formó, literalmente, un nudo en la garganta y sentí aflorar cierta humedad en mis ojos. Mi presentimiento lamentablemente se materializó. Cayó uno, Fabián Urbina, 17 años también. Otro nombre que no debemos olvidar, otro joven que ofrendó lo más importante que tenía para el rescate de Venezuela. Otro miembro de nuestro desgraciado club de los 17.

Fabián murió de un disparo en el tórax. Aquí no caben interpretaciones ni especulaciones sobre la causa de la muerte, como ocurrió con la de Neomar. Y se sabe quién accionó armas de fuego hoy. Me figuro que todos han visto fotografías similares a la que encabeza este post. La de un militar, protegido con su armadura de Robocop y su escudo de plexiglass sobre el cual puede caer si acaso una pedrada, o a lo sumo un cohetón, disparando su arma de reglamento sobre una muchedumbre de jóvenes desarmados y protegidos por escudos de mdf. Esas imágenes que ya deben darle la vuelta al mundo dan cuenta de que Venezuela, en estos momentos, es una sangrienta dictadura que reedita los horrores de las tiranías clásicas del cono sur americano. 

Ayer eran jóvenes pujantes, intrépidos, indignados.
Mañana serán un nombre en una plaza, o tal vez una calle.
Descansen en paz y sepan perdonarnos.

Y sepan también de nuestro agradecimiento eterno.

jueves, 8 de junio de 2017

Neomar, los 17 años y las aves carroñeras


En la vida cada etapa tiene su razón de ser, sus retos y sus encantos. Los primeros años son de formación para el resto de la existencia; en ellos aprendemos las técnicas básicas de supervivencia social, los rudimentos que luego nos permitirán afrontar con alguna solvencia las circunstancias y las dificultades que aparecerán en nuestro transitar. Pero también son años para vivir lo que más tarde se nos negará: la tranquilidad de la inocencia, y cierta irresponsabilidad jovial.

Recuerdo mis 17 años como uno de los períodos más felices que he vivido. Terminaba el bachillerato, ese último año de poco estudiar y mucho planificar el bonche ceremonial de grado, y me esperaba un par de meses de vacaciones antes de entrar a la universidad, el portal hacia la definitiva madurez (eso imaginaba en el momento, luego entendí mi gran ingenuidad). Las únicas preocupaciones giraban en torno a las salidas, a los viajes a la playa, a los sábados de cine o de fiestas, a las noviecitas. Cosas intrascendentes, como debería ser. Salvo la eventual decepción amorosa, o deportiva, no tenía mayores motivos de queja. Nunca tuve que preguntarme si habría comida en casa, o si, de enfermarme, se conseguirían las medicinas necesarias en la farmacia. Esas eran cosas que se daban por descontadas. 

Hoy los niños de 17 años tienen otro tipo de preocupaciones. Ellos sí se preguntan si hay comida en su casa, ellos sí se preocupan cuando se enferman ya que saben que tal vez el remedio para su dolencia no estará disponible en ningún anaquel. Para ellos el futuro es una enorme interrogación. Nada se da por descontado. La posibilidad de continuar los estudios, de independizarse, de tener una vida normal parecen ser quimeras inalcanzables estos días. En consecuencia, actúan. Dejan de hacer cosas de niños y asumen actitudes y compromisos enormes para su edad. Lo hacen con el desparpajo, el arrojo y la inconsciencia propios de la pubertad, cuando la adrenalina y las hormonas pueden más que el temor. Y están dejando el pellejo en las calles. Algunos tienen suerte y regresan a sus casas. Otros, como Neomar, caen abatidos un miércoles, día de la semana que parece albergar una maldición dada la cantidad de casos ocurridos en él.

Esa noche, la noche del fatídico miércoles 7 de junio, tratando de entender lo que estaba sucediendo, entré a Twitter y escribí en el buscador el nombre del muchacho muerto. Y tras leer unos cuantos tuits me di cuenta de que en ese escenario se libraba otra batalla, virtual pero no menos feroz que la que se estaba viviendo en la calle. La batalla por la responsabilidad de la muerte de Neomar. Y sentí asco de nosotros como sociedad. Asco por quienes le sacan rédito político a este hecho tan lamentable. Asco por quienes consideran a Neomar como una moneda de cambio y no un niño que murió por participar en una guerra que no era su responsabilidad. Especial gravedad representan las declaraciones de personeros del régimen, que estando aún caliente el cuerpo del niño lo calificaron de terrorista, guarimbero y cosas peores. Una segunda muerte, en el plano moral, es lo que pretendían darle. Lo último que leí es que, como zamuros, sendas comisiones del CICPC y del Ministerio Público se estaban peleando los despojos de Neomar a las puertas de la clínica en donde por fin falleció, abrogándose la propiedad de ese cuerpo descuartizado por algo tan mortífero que le abrió el pecho en una exhalación, que no le dio tiempo de saber qué había pasado. Hay preocupación por demostrar que el muerto no es de ellos. Vaya estupidez, vaya falta de humanidad. Ayer murió un niño haciendo cosas mayores que él, porque la situación del país se las impuso. Eso es lo único importante aquí.

Neomar no pudo regresar a su casa esa noche. No le tocó esa fortuna. Ahora es un cadáver en espera de las experticias forenses que den luz sobre lo que en realidad ocurrió. Sea lo que sea, es injusto. Profundamente injusto, carajo. Los niños deberían jugar, caerse a latas, echar vaina desde el amanecer hasta la noche. No deberían estar metidos en esta guerra.

martes, 6 de junio de 2017

Es por esto por lo que luchamos



Había perdido la costumbre de escuchar música mientras estoy en el pc. En un tiempo no fue así, ya que hace algunos años me dediqué a buscar material grabado aprovechando las posibilidades de internet, y armé una discreta colección; sin embargo, en la medida en que se fue degradando por obsolescencia el sonido nativo de mi laptop, también se fue desvaneciendo mi interés por la música que tenía almacenada en ella, y eventualmente la olvidé.

Por cosas de lo que rotulamos bajo el título genérico de “el destino”, mudé lo que pomposamente llamo mi estudio- en realidad poco más que la laptop, papeles varios, algunos libros  y juguetes anti estress -  a una habitación de la casa que se desocupó por el viaje de su ocupante, y tuve acceso a un modesto sistema de sonido al que pude conectar mi computador. Y así fue como recordé toda la música que durante tanto tiempo había acumulado, y procedí a rescatarla del olvido. Material muy disímil: desde salsa brava, la de Fania en sus buenos momentos, pasando por cantautores italianos,  rock progresivo y thrash metal considerablemente ruidoso. Todo escrupulosamente guardado en carpetas individuales (para una de las pocas cosas que soy ordenado es la música, ya sea análoga o digital).

Uno de los discos que ahora escucho con más frecuencia es “The King is dead”, de la banda estadounidense The Decemberist. Me cuesta trabajo catalogarlo: está a mitad camino entre el folk,  el barroco y el progresivo. Pero es muy bueno, para mi gusto. Uno de sus temas, Calamity song, tiene como video clip la representación del episodio de la partida de Escathón en “La broma infinita”, de Foster Wallace, tal vez la parte más jocosa del libro (recuerdo reír en voz alta mientras lo leía, para perplejidad de quien estuviera alrededor mío en ese momento). Pero no es de esa canción de la que quiero hablar, sino de otra que también está incluida en ese álbum: “This is why we fight”.  Por lo general no le presto atención a las letras de las canciones, sobre todo si son en algún idioma distinto al español o al italiano. Me da pereza tratar de entender, o buscar la letra en internet. Asumo que la voz es un instrumento más. Me aprendo el nombre solamente si me interesa volver a buscar el tema. Pero en el caso de esta canción, su título no puede dejar de llamarme la atención.

This is why we fight: es por esto por lo que luchamos. Demasiado adecuado al momento histórico que estamos viviendo. La baraúnda de acontecimientos es tal que nos arropan las circunstancias, nos indignamos puntualmente o nos enaltecemos por alguna victoria puntual, y corremos el riesgo de perder el foco. Nos estamos jugando tal vez lo más preciado que puede tener un ser humano: la libertad.  No podemos olvidar esto. El problema no es el GN que gasea o roba celulares. Tampoco es el autobús quemado en la vía. No es la arremetida brutal de las fuerzas opresoras contra las marchas pacíficas. Tampoco lo son los centenares o millares de presos. Ese no es el problema, en todo caso es una consecuencia. El problema está en el centro del poder. En la cúpula que ha podido concentrar todas las atribuciones, que ha sabido cómo manipular las instituciones para seguir al mando a pesar de no tener siquiera el 20% de apoyo popular. En la camarilla que, una vez constatada su imposibilidad de ganar cualquier otra elección, se encargó de anular a la Asamblea Nacional, de congelar todos los procesos electorales, y ahora quiere imponer, de la misma manera en que lo hizo Mussolini en Italia, una constituyente corporativa, espuria, al margen de los deseos de la población que clama por un cambio en la dirección del país. En la pretensión de instaurar un gobierno totalitario, en donde el pueblo no tenga voz ni voto. Aunque en el proceso ya lleven más de 60 jóvenes asesinados y varios centenares de heridos. A ellos parece no importarle el costo de sus intenciones hegemónicas; parece que tienen demasiado que perder también. Pero tienen en frente a más de veinte millones de personas que los quieren fuera del poder. Por esto, y no por otra cosa, es por lo que luchamos. No lo perdamos de vista.

lunes, 22 de mayo de 2017

En Venezuela los mártires no tienen dolientes (de izquierda)

Uno de los iconos más populares del panteón progre latinoamericano es Víctor Jara. Cantautor de protesta, luego del golpe de Pinochet fue encarcelado en un estadio, torturado (les fueron fracturados los dedos de las manos con alevosía, como una afrenta a su condición de guitarrista) y luego ejecutado. Su imagen es bandera y símbolo de los mártires víctimas de las dictaduras suramericanas, y de la brutalidad de las fuerzas de orden público.

Uno suponía que ese período de gorilato ya era historia pasada en nuestro continente, pero el caso venezolano desmiente escandalosamente dicha suposición. Poco difieren los presos en los estadios en Chile, en los 70, de los presos en el Helicóide, en la Tumba, en Ramo Verde, en La Pica, en Tocuyito y en tantos otros recintos carcelarios que equivalen a una condena, si no a muerte, por lo menos a torturas y sevicias inenarrables. Unos funcionarios capaces de agredir a una mujer discapacitada, a un niño de 11 años, a unos músicos que tocaban el himno nacional, a gasear en las inmediaciones de centros hospitalarios, de penetrar en centros comerciales con sus motocicletas y pasear por los pasillos disparando al azar hacia los asustados visitantes, no tienen nada que envidiarle en materia de represión a los esbirros de Pinochet. Y lo que narro es lo que ha corrido – con apoyo documental audiovisual  - por las redes sociales. Hay otros cuentos de horror de muchachas amenazadas de violación y orinadas por efectivos de los cuerpos de seguridad del estado, de personas obligadas a comer pasta con excremento, de violaciones con tubos, de la introducción de la manguera de un extintor por la boca y su inmediata activación a un muchacho en San Antonio, pero por ahora son sólo informaciones por confirmar. Sin embargo los casos comprobados son suficientes para elevar la voz de protesta y alarma por lo que está sucediendo en el país. Ya la cifra de muertos alcanza el medio centenar en igual número de días. Muertos por contusiones ocasionadas con bombas lacrimógenas disparadas a quemarropa, por disparos de escopeta con cartuchos aliñados con metras, rolineras o trozos de cabilla, y por disparos de armas de fuego convencionales. Heridos graves por atropellamiento con tanquetas de la GN y también con vehículos tanto oficiales, como fue el caso de Calabozo en donde estuvo involucrada una camioneta del IVSS, y particulares este sábado en Chacaíto. Y también heridos por la acción desmedida de las fuerzas del orden público, ocasionando que un muchacho se desplomara desde lo alto de la autopista Francisco Fajardo hacia el río Guaire.

Para no ser acusados de parcialidad, hay que hablar sobre algunos hechos cometidos por ciertas personas que se identifican como opositoras al régimen. Ha habido comportamientos  reprochables, pero muy puntuales. El caso más emblemático es el ocurrido este sábado en el municipio Chacao, donde en un evento, que está por esclarecerse,  un motorizado  (según algunos chavista, según otros delincuente) fue prendido en fuego por una turba. La misma indignación deben causar los hechos descritos anteriormente, responsabilidad de los cuerpos oficiales,   y éste. Hay un matiz, sin embargo: los agentes del estado son personas que deberían tener algún tipo de entrenamiento sobre respeto a los derechos humanos. No quiero con esto descargar de culpabilidad a los actores del segundo caso; se comportaron como salvajes y deberían tener un castigo ejemplar, sean de la tendencia política que sean. Pero cuando la violencia viene del Estado, que en teoría tiene el deber de defender a sus ciudadanos, el terror se acrecienta pues no hay a quien acudir.


Siempre que el Estado emplee su fuerza desproporcional en contra de los ciudadanos, que protestan por una causa que les parece justa, habrá que alzar la voz denunciando tal injusticia. Quisiera ver a los izquierdistas latinoamericanos, que tanto lloraron a Jara, protestar por lo que sucede en Venezuela. Supongo que soy demasiado ingenuo al esperar que se produzca dicha manifestación, porque quien reprime es alguien identificado con el socialismo. Si fuera otro el signo político de la dictadura venezolana hace rato que su voz hubiera sido escuchada en todos los rincones del orbe, pero pareciera que para ellos el fin justifica los medios.

jueves, 20 de abril de 2017

El rock del defensor



Por lo que se puede ver, Tarek W. Saab es admirador de los cantautores ingleses y norteamericanos. Por lo menos así parece: cuando fue gobernador de Anzoátegui, construyó una plaza en honor a Bob Dylan, y no es raro verlo con una franela de Jim Morrison, de Lennon, o de algún otro rockero. Tarek se define como un defensor de los derechos humanos; toda su carrera profesional como abogado la desempeñó en ese ámbito. Un defensor de los derechos humanos , poeta, y rockero, para más señas. Pareciera el currículum vitae de un paladín de la justicia con soundtrack de guitarras eléctricas distorsionadas, baterías desaforadas y voces desgarradas. 

Lamentablemente, creo que ese fondo musical solamente lo acompaña en las salas del gimnasio -como todos sabemos, otra de sus aficiones es el "body building" - en donde fabrica sus notorios músculos. En los audífonos, mientra levanta decenas de kilos en cada envión, debe sonar a todo trapo All along the watchtower, Blowing the wind, o The times their are a-changing, de Dylan, o de pronto algo más energético como Break on through de los Doors. Tarek tararea las canciones, pero, ¿será que entiende la letra? Yo no creo. O ,mejor dicho, creo que nunca le paró realmente. 

Hoy, en la calle, el régimen represivo del cual forma él parte está agrediendo a mansalva a unos manifestantes que solamente quieren llegar a su despacho a dejarle una comunicación. Sólo eso. Y no es la primera vez este año. Él no sólo no ha movido un dedo para investigar esos hechos, sino que si ha hablado ha sido para satanizar a la oposición. Una oposición que está siendo tratada muchas veces peor que las personas que él defendía con tanto ahínco y pasión cuando era apenas un abogado desconocido. Tarek, búscate las letras de los cantantes que tanto pareces admirar y trata de entender la esencia de la protesta, la rebeldía y la libertad. Deja de ser un burócrata, un miembro más del aparato represor del régimen, y ejerce tu cargo como se debe. O por lo menos ten algo de dignidad y renuncia. 

No sé si entre los gustos musicales del "defensor" tienen un lugar los músicos argentinos; en todo caso, le sugiero que le ponga mucha atención a la letra de la canción "Dinosaurios", de Charly García. Como está en español le será más fácil asimilarla.

sábado, 25 de junio de 2016

El CNE, guardaespaldas de Maduro



Lo que voy a decir no es una novedad, y todo el mundo lo sabe, pero lo hago por amor a la crónica y para dejar registro. Voy a apuntar los hechos que recuerdo, y seguramente se me van a quedar muchos por fuera, por lo que agradezco cualquier ayuda para compilar la historia.
Desde el primer momento en que se habló de revocatorio, el CNE no ha hecho otra cosa que buscar entorpecer o evitar el proceso. Comenzando por el absurdo requisito de recoger el 1% de las firmas de acuerdo a distribución proporcional de la población por estado. Esto ya es un exabrupto, ya que no estamos compuestos por colegios electorales, como es el caso de EEUU. En Venezuela un voto en Maturín cuenta lo mismo que un voto en la Sierra de Perijá. El sitio en donde se recojan las firmas es irrelevante, la letra de la constitución solamente indica que basta con que el 1% de la población solicite el referendum revocatorio para activarlo. Otra arbitrariedad, hija de la anterior, es que la firma debió ser recogida en la entidad federal en donde está registrado el elector. Un abuso total. Si alguien estaba de viaje en el momento de la recolección de las firmas no pudo ejercer su derecho.
Otro hecho que sin duda está dirigido a torpedear la iniciativa es el relajo de los lapsos que se toma el CNE para cada etapa del proceso, y la discrecionalidad para decidir si una firma es válida o no. Todos sabemos cuántas personas conocidas denunciaron que su firma no fue aprobada, sin saber la causa y sin derecho a revisión. Los casos más patéticos, por supuesto, son los de los dirigentes políticos. Haberle rechazado la firma a Capriles y a Machado no puede sino catalogarse como provocación. Pero son apenas dos de los 600.000 venezolanos a quienes se le negó su derecho a convocar el revocatorio.
Llegamos al capítulo de la validación de las firmas, y aquí es en donde toda la estulticia de las rectoras del CNE se pone de manifiesto de la manera más evidente. Primero se estimuló el arrepentimiento, agregando un paso totalmente inútil como la retirada voluntaria de la firma y con ello alargando una semana más el proceso. Ese paso es una ridiculez ya que si alguien estuvo arrepentido con no ir a revalidar tenía. Luego, el diseño del proceso de validación tuvo como objetivo que se pudieran obtener el menor número de firmas posibles, tanto por la cantidad de máquinas puestas a disposición del proceso (un déficit de mil, según indican los expertos) como por la ubicación geográfica de las mismas. También se debe mencionar la operación morrocoy y el cierre de los centros de validación a pesar de haber personas en la cola, gente a la que se le conculcó su derecho político al no permitirle validar su firma.
Un paréntesis: El proceso de validación de firmas ha servido para demostrar la falacia de uno de los argumentos que esgrime el CNE para proclamarse como "el sistema electoral más seguro del mundo". Me refiero a la garantía de "un elector, un voto", que supuestamente estaría avalado por el sistema de identificación biométrico, la tristemente popular captahuellas. Ese mecanismo debería garantizar dos cosas: que no haya suplantación de identidad, al cotejar la huella del votante con la huella almacenada en la base de datos, asociada al número de la cédula que presente el votante; y garantizar que esa persona vote una sola vez. Conceptualmente es algo posible, y es un algoritmo que cualquier estudiante de primer año de alguna de las carreras que tienen que ver con computación está capacitado para resolver. Ahora bien, si tuvieran ese mecanismo activado y suficientemente probado, la validación de firmas debería ser automática y al instante. Bastaría con cotejar la huella en la base de datos, ver si el elector asociado a la huella pertenece a la entidad en donde está realizando la validación, y confirmar que no ha validado aún. Pero no es así: el CNE se va a tomar 20 días hábiles para chequear esas validaciones. Para menos de 400.000 firmas, que es un universo muchísimo más pequeño que el de los votantes en cualquier elección ya sea regional o nacional. Esto debería encender las alarmas: el CNE monta unas elecciones con un mecanismo que no es capaz de garantizar la identidad y la unicidad de los votos, y lo da por bueno sin ningún tipo de verificación posterior, verificación que por otra parte es realizada con todo el celo del mundo cuando se trata de un evento que atenta contra el oficialismo.
A pesar de todos estos obstáculos la ciudadanía se mostró digna del compromiso, y se logró la meta de acuerdo a los números de la oposición. Pero las zancadillas continúan: se van a tomar 20 días hábiles para revisar algo que debería estar revisado de origen por el carácter automatizado del proceso, por lo explicado más arriba,  y tal vez tengan la osadía de decir que no se alcanzó el número de firmas necesarias. Aunque no creo que lleguen a tanto, no me sorprendería. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer si eso sucede?

lunes, 29 de febrero de 2016

Venezuela: no country for Mad Max



Resulta demasiado fácil establecer analogías entre los hechos ficticios representados en una película y la realidad abrumadora que nos envuelve. Basta hacer un poco de ejercicio de abstracción, algún ajuste de ideas, y se logra el cometido.

Esto viene a colación por la inevitable Mad Max. Esta película  viene como anillo al dedo para ejemplificar la situación venezolana: un caudillo que controla todos los productos esenciales para la vida, una población sometida por la fuerza del hambre y la sed a los designios del tirano, una élite que vive en la esfera del poder disfrutando de sus prebendas, y unos fanáticos dispuestos a inmolarse por la gloria de haber muerto para defender al caudillo. Sí: en Venezuela tenemos (o tuvimos) a Inmortan Joe, a los emperadors, a los war boys. Seguramente habrá alguna breeder. Hasta algún émulo de Furiosa podemos encontrar. Y, por supuesto, tenemos la gran masa de extras que eleva la totuma sobre la cabeza cuando al líder se le ocurre abrir el chorro.

Sin embargo, falta algo: Mad Max, precisamente. Yo no sé los demás, pero no identifico esa figura en nuestro país. No digo que falten aspirantes, que de esos hay de sobra. Pero creo que ninguno está dispuesto a hacer el gasto. Nuestros "Mad Max Wannabe" son demasiado modositos, no saben pelear sucio, y se meten en el barro esporádicamente, cuando hay un fotógrafo cerca. O, si fuera por ellos, la película se acabaría en los créditos, apenas al ser apresados.

Y esto no es ni bueno ni malo, sino lo real. No somos una película, somos una especie de país que busca a ciegas cómo recomponerse mientras se saca de encima una clase dirigente ineficiente y corrupta, que ha dilapidado la fortuna más grande que le haya entrado a Venezuela jamás sin dejar casi nada a cambio, y que tiene a la nación al borde del colapso. Y para lograr eso no se necesita a un antihéroe psicótico en busca de redención, apoyado en efectos especiales y coreografías espectaculares. Lo que necesitamos es gente comprometida con el cambio, estratega, astuta, y con la suficiente credibilidad para lograr un apoyo masivo de la población, que debería ser la manera adecuada de salir de este atolladero. La alternativa ya la hemos visto en el pasado. Los Mad Max tropicales no suelen retirarse con las manos vacías cuando logran derrocar al villano de turno, sino que se convierten en los nuevos Inmortan.

viernes, 28 de agosto de 2015

La dignidad y el aseo íntimo

En realidad, eso de "aseo íntimo" es un eufemismo edulcorado para referirme a la acción de limpiarse el trasero después de evacuar. Algo que desde la primera infancia aprendemos a hacer sin ayuda, utilizando papel higiénico, o como se le acostumbra a decir por estos lares, papel tualé (deformación del término "toillette"). Eso fue lo normal por lo menos desde que tengo memoria. En los baños de las casas en donde viví era costumbre que en el dispositivo adosado en la pared, a veces empotrado en ella, estuviera siempre un rollo de dicho papel listo para limpiarse el culo después de haber cagado. Así, sin disfraces idiomáticos, en castellano castizo. Hasta en el más remoto baño de carretera era cortesía del establecimiento proveer ese modesto pero necesario material desechable, aunque fuera de la más ínfima calidad.

Esos tiempos pasaron. Hoy en día tener papel higiénico en la casa significa una de dos cosas: pagar un precio astronómico a los revendedores, o sufrir la indignidad de someterse a colas kilométricas para lograr adquirir la cantidad que el burócrata de turno tenga a bien permitir, y eso si ese día le toca a la cédula del aspirante a comprador.

En mi casa hemos decidido no plegarnos a ese designio maligno. Y suplimos la necesidad de papel higiénico con el sucedáneo que se consiga. Si toca servilleta, servilleta es. Si no, papel toalla. Por una razón pura y simple: claudicar ante esa imposición arbitraria es tocar fondo. Es admitir que el sistema te venció y te abdujo. Es rendirse ante la barbarie de un régimen que no solamente te coarta el acceso a la alimentación, sino a la evacuación tranquila. Y ese es un asunto en el cual no pienso ceder. Mi dignidad vale más que una limpieza anal cómoda. Si en un futuro toca apelar al periódico, periódico será. Pero a mí no me verán haciendo una cola de cuatro horas para que me vendan unos cuantos rollos de papel tualé. Ni pagándole a un vivo que se aprovecha de la necesidad de la comunidad. Que vayan a lavarse ese paltó.

lunes, 9 de marzo de 2015

La parálisis de un país



Esta mañana estaba conversando con un compañero de trabajo, gran amigo mío desde la época universitaria. Hablábamos sobre lo que habíamos hecho durante el fin de semana, y nos contamos nuestras mutuas peripecias para conseguir productos. Invariablemente la conversación fue cayendo en el lugar común de los venezolanos, hasta que le comenté sobre lo triste de esa situación: dos panas de nuestras edades conversando sobre cómo hacer rendir la plata y simultáneamente conseguir los productos de primera necesidad, en cambio de hablar sobre planes de retiro, vacaciones, o cosas por el estilo.

Es que el deterioro de nuestra calidad de vida es inocultable y va avanzando con prisa y sin pausa hacia el abismo. Basta con ir de compras a un centro comercial para notar la cantidad de negocios que están cerrados, o están semivacíos. Grandes tiendas como El Tijerazo o Graffiti llenan los espacios con artículos de Navidad - ¡en marzo! - y presentan grandes áreas desiertas.Y los empleados lucen sus caras largas, como si presintieran que en cualquier momento se quedarán sin trabajo al verse obligados los dueños a cerrar las puertas de sus establecimientos. Ya pasó con una gran tienda por departamentos que vendía productos en su mayoría españoles, que quedaba en la torre Bazar Bolívar: Don Regalón. Bajaron las santamarías y hasta desmontaron los letreros, signo evidente de que no lo piensan volver a abrir.

Todo apunta a que el país va a terminar paralizado. No es sólo la escasez de comida y enseres de limpieza, asunto muy grave por sí solo, sino también el efecto sobre los artefactos que nos hacen la vida más llevadera. Por citar un ejemplo tal vez banal pero ilustrativo: en casa tenemos un lavaplatos automático que en estos momentos es el escurridor de platos más caro del mundo, porque en los comercios no se encuentra el detergente que utiliza. Dentro de poco los carros también cesarán sus funciones,porque no hay cauchos ni baterías, y si llega a fallarles alguna pieza en particular lo más seguro es que no se consiga. Lo mismo va a pasar con las computadores, lavadoras, secadoras, neveras, televisores. Cuando se quemen los bombillos quedaremos a oscuras mientras conseguimos en algún lugar. Si no se revierte esta situación el país va a parecer el set de una película distópica de esas "serie B", un cementerio de carros y cachivaches regados por la vía. En resumidas cuentas, la depauperización de nuestras vidas es lo único que progresa en Venezuela.

lunes, 26 de enero de 2015

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 26 de enero del 2015

En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en estos 6 meses.


Vamos a tomar un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal


Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 500 Bs/Kg, son  100 Bs, más 2 canillas a 15 Bs c/u, 130 Bs. A 32,50 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 15 Bs  más 2 galletas por 10 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 180 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 500 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 300 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 70 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 20 y 30 Bs. Vámonos por el promedio, 25 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 40 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 400 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 110 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 88 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 240 Bs el litro, son 48 Bs. En total la cena habrá costado 136 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 716 Bs diarios. Eso representa un incremento de 352 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Casi un 100 % en seis meses. Esas cifras de inflación que ofrece el gobierno son más falsas que un billete de 13 bolívares. Y si a eso le sumamos el costo añadido del tiempo que perdemos buscando los víveres, el panorama es bastante desesperanzador.

martes, 26 de agosto de 2014

Peliexpress, new confort: las delicias de viajar por tierra en Venezuela


Viajar por tierra en nuestro país puede ser una experiencia bastante interesante, por los desafíos que entraña:  la escasa señalización, el estado deplorable de las vías, la eterna sensación de país en construcción en donde nunca se terminan las obras, en conclusión, hacen que recorrer las entrañas del país se convierta en turismo de aventura. Por lo general esos trayectos los hacemos en mi propio vehículo; sin embargo esta vez, dado al estado de deterioro que comienza a acusar el mismo, en parte por la escasez de partes pero, mea culpa, también por mi dejadez crónica, decidí darle un descanso al carrito y  hacerlo utilizando de las pocas empresas de transporte masivo que van quedando, Peliexpress.

Vaya decisión. El viaje de ida comenzó con buenos auspicios: con precisión británica, a las 10:30 AM comenzó el chequeo y la recepción del equipaje, y a las 11 en punto el autobús comenzó a moverse en pos de la carretera que conduce al oriente. El vehículo era amplio, cómodo, climatizado, y contaba con pantallas en donde un poco más tarde comenzaría a desfilar la selección fílmica que nos tenía dispuesta la empresa.

Llegamos sin mayores inconvenientes al lugar en donde hacen su escala los autobuses, e hicimos una pausa de media hora para comer. En lo que reanudamos la marcha, se escuchó un ruido y se sintió una especie de bajón, y el bus se detuvo a la orilla de la carretera. A continuación se bajó el conductor y comenzó a revisar algo impreciso para nosotros los espectadores en el interior del vehículo. Después reanudó la marcha a velocidad ínfima, y tras unos 20 minutos se detuvo en la entrada de un pueblo, y nos anunció que el autobús había sufrido una rotura en la suspensión trasera y no le iba a ser posible continuar su camino. Nos recomendó esperar en el interior de la unidad mientras llegara otro vehículo que nos trasladaría a nuestro destino. Sin embargo, a la media hora llegó una pequeña buseta, se trasladó parte del equipaje y de los pasajeros a ella, y continuamos nuestro viaje. En total, tardamos unas 7 horas y media en llegar

Tras un par de días en los cuales nuestros anfitriones nos trataron a cuerpo de rey y nos llevaron a ciertos sitios paradisíacos, nos dispusimos a emprender el regreso a la realidad. Llegamos al terminal con cierta anticipación con respecto a la hora sugerida para los trámites previos al embarque, previsión que resultó ser totalmente superflua dados los acontecimientos posteriores. Nuestra hora de salida nominal era las 12:30 pm, pero veíamos como el reloj se acercaba a ella sin que hubiera movimiento que indicara nuestro embarque. Fue cerca de las 12:40 cuando comenzaron a realizar el chequeo de los boletos y la recepción del equipaje. A todas estas no hubo ninguna indicación de algún vocero de la empresa que nos informara sobre el retraso.

Cerca de la una y cuarto llegó un autobús al terminal. Pensamos con alivio que esa sería la unidad que nos iba a trasladar a nuestro destino, pero no fue así. Del fondo del estacionamiento del terminal avanzó con lentitud un vetusto autobús, se acomodó en el andén, y vimos como nuestro equipaje era subido a él. Comenzaron las suspicacias: si el autobús estuvo siempre allí, ¿cuál era el motivo del retraso? Sin embargo nos embarcamos sin hacer preguntas. El interior del autobús olía raro, a una mezcla de desinfectante con aceite de motor quemado. Y la temperatura no se parecía ni de lejos a la del viaje de ida. En fin, nos resignamos a realizar una travesía algo incómoda, pero no sospechamos ni de lejos lo que sería en realidad ese viaje.

El primer inconveniente ocurrió a los 40 minutos de haber salido: el autobús se paró en una estación de servicio a repostar gasolina, momento que fue aprovechado por un vendedor de tostones que recorrió todo el pasillo de la unidad anunciando vociferante su mercancía, con especial énfasis hacia los pasajeros que intentaban tomar una siesta. Cuando el señor terminó su venta, y se llenaron los tanques de combustible, reanudamos la marcha. A todas estas comenzó a desarrollarse un fuerte aguacero, lo que obligó al conductor a aminorar la velocidad. De repente el autobús se detuvo con brusquedad, y vimos un camión volteado de medio lado, a la orilla de la carretera. Nuestro chofer se bajó con ímpetu a auxiliar al desventurado conductor del camión, pero no hizo falta pues el hombre salió por sus propios medios de su vehículo. Luego del incidente el chofer trató de reanudar el trayecto, pero comenzamos a escuchar sonidos extraños y movimientos bruscos, y el autobús comenzó a marchar con dificultades. Rodamos otros 10 o 15 minutos, cuando se volvió a detener, y el chofer se bajó a revisar algo en la parte lateral de la unidad. Tuvimos un deja vu del viaje de ida. Pero esta vez sería bastante peor. El conductor se asomó al interior del autobús y nos anunció que no era posible continuar el viaje en él. Acto seguido condujo muy despacio hasta un comedero de la carretera, y como en una escena de cine mudo lo vimos tras los cristales quitarse la franela, sumergirse cual buzo debajo del chasis y emerger al poco rato para llamar por celular. Tras unos momentos la gente comenzó a bajarse a buscar refrigerios en el lugar, conducta que tras cierto tiempo imitamos. Eran ya las 4 de la tarde, y habíamos cumplido apenas un tercio del recorrido. Comenzaron los cuchicheos habituales, y los más enterados comenzaron a dar partes contradictorios. No hubo vocería oficial hasta más tarde, cuando el chofer nos anunció que venía saliendo una unidad para recogernos y llevarnos a nuestro destino. Eso significaba una espera de un par de horas siendo optimistas. Nos resignamos a nuestra suerte, y contamos con la buena disposición de la familia que regenta el humilde paradero en donde nos tocó detenernos, quien se la ingenió, con apenas una cocinita casera, para darnos de comer arepas y pescado frito a las 40 personas que estábamos varadas allí. Por suerte había profusión de tomacorrientes y varios pasajeros aprovechamos para recargar nuestros celulares, que nos harían falta para mantenernos en contacto con quienes nos estaban esperando en casa. De pronto apareció un autobús de la misma empresa, y suspiramos con alivio pensando que por alguna magia se habían resuelto nuestros problemas antes de tiempo. Pero no, se trataba del viaje siguiente al nuestro que tenía unos 10 puestos vacantes, que fueron tomados por los pasajeros  más avispados. Nunca supe cuál fue el criterio para asignar dichos puestos, supongo que funcionó el amiguismo o la viveza criolla; pero ya estaba resignado a esperar lo que hubiera que esperar.

Pasaron las dos horas, y veinte minutos más, cuando por fin llegó el reemplazo. Para no prolongar demasiado este relato que ya va siendo bastante largo, terminamos de llegar, ateridos gracias a la eficacia del acondicionador de aire, a eso de las 10 de la noche. En total necesitamos unas 8 horas y media, sin contar la hora de retraso, para llegar.

No sé cuál es la probabilidad de que se averíen los vehículos tanto en el viaje de ida como en el de vuelta; tal vez haya sido una racha de mala suerte. Sin embargo creo que mucho de descuido, de falta de mantenimiento adecuado, debe haber. También poco ayuda la situación del país y el tema de los repuestos automotores. Pero asombra la falta de logística adecuada para atender estas situaciones. No hay un servicio de reparaciones inmediatas para las cosas que se pudieran resolver (en el caso del segundo viaje, el chofer comentó que se trataba de una manguera rota, cosa que un mecánico tal vez hubiera podido reparar en el sitio). Lo cierto es que estas empresas tienen bajo su responsabilidad la vida de centenares de personas que a diario confían en ellas para transportarse a lo largo del país, y no hacen mucho para prever situaciones como ésta. Es por ello que el slogan que adorna el autobús, que se puede apreciar en la fotografía que encabeza este texto, suena a cruel ironía.

lunes, 7 de julio de 2014

Un país, dos legalidades (II)



Hace algún tiempo escribí un post llamado "Un país, dos legalidades", en el cual sostenía la tesis de que en Venezuela existen dos raseros a la hora de aplicar justicia. Esta mañana, escuchando las noticias en la radio, me volvió a la mente esa concepción: el locutor daba cuenta de la medida de presentación que se les impuso a los militares implicados en el asesinato de Geraldine Moreno, ocurrido en el marco de las protestas que ocurrieron a principio de año. Asesinos comprobados no están tras las rejas, sino libres, en la calle. Con la única obligación de presentarse una vez por semana ante un juzgado. Por otro lado, Marco Coello,  estudiante de quinto año de bachillerato, imputado por terrorismo por haber participado en una marcha, y que no hirió a nadie, tiene cinco meses preso.

En un caso sumamente mediático, Leopoldo López es apresado por instigar al magnicidio. Es a lo sumo un delito de opinión. En cambio el asesino de Adriana Urquiola, totalmente identificado, logró salir del país sin ningún inconveniente y al día de hoy el estado venezolano no ha solicitado su captura a la Interpol.

Creo que no es necesario hacer mucho incapié en el ventajismo enorme del que goza una parte de la población con respecto a la otra. Estos que pongo son apenas un par de los tantos ejemplos que existen. El sistema judicial venezolano responde a parcialidades políticas y no a la justicia. Y eso es algo realmente grave. Tal vez en el pasado las cosas no fueron mucho mejores, pero eso no puede ser una excusa para eximirse de impartir justicia de manera imparcial y ajustada a derecho. Tener un sistema judicial parcializado es una de las cosas más perversas que puede ocurrir en una nación, ya que cualquier persona que le pueda resultar incómoda al régimen puede ir presa en cualquier momento, por cualquier motivo.

domingo, 2 de marzo de 2014

La uña que puede poner a trastabillar al régimen


"Maldita me volaste mi uña que la tenía tan bonita”. Esto dice Marvinia Jiménez que le gritó la mujer Guardia Nacional que la agredió el lunes 24 de febrero durante las protestas que se escenificaron en La Isabelica, Valencia, en la estremecedora entrevista que le concedió al diario El Carabobeño y que fuera publicada el domingo 2 de marzo. El relato es desgarrador, y no hay razones para no creerle a Marvinia. En los múltiples videos y fotografías que corren por la red es patente la saña con la cual fue agredida por los GN, así que quedan pocas dudas sobre lo sucedido. 

Marvinia no es ninguna opositora opulenta: vive de su trabajo de costurera en una zona popular de Valencia. Además tiene una discapacidad motora. Nada de eso le importó a esos guardias nacionales, quienes al ver que los filmaba con su teléfono celular enloquecieron y arremetieron brutalmente contra ella, en una de las actuaciones más vergonzosas que hayamos visto jamás por parte de las fuerzas públicas. Es evidente que esa fuerza no está actuando para contener las protestas, sino para aplastarlas a como dé lugar. Suponemos que esa debe ser la orden impartida por los superiores, por aquello de la obediencia debida.

Este episodio pone al descubierto la siniestra complicidad entre los poderes públicos, y sirve para ejemplarizar lo que está ocurriendo hace mucho tiempo en el país: los militares actuando sin ningún apego a la legalidad, el poder judicial tapareándolos al imputar con cargos inverosímiles a la muchacha, y la defensoría del pueblo alcahueteando todo el proceso.  Es el botón que muestra la realidad, y desnuda la connivencia que existe entre poderes que según nuestra constitución deberían ser independientes. Como el caso de Marvinia hay muchísimos otros, pero este tiene la particularidad de haber sido documentado debidamente y sin la censura de las cadenas televisivas nacionales, lo que permite que a estas horas todo el mundo pueda haberlo visto. La imagen de la enorme mujer apoyando toda su humanidad sobre el frágil cuerpo de Marvinia, y después atizándole un salvaje golpe con su casco, es icónica, y una muestra de la brutalidad al servicio de un régimen que no tolera la disidencia. Una uña, un cascazo, un símbolo de una lucha que no quiere terminar todavía. Algo que pudiera ser el detonante de un cambio. Por último, vaya un mensaje a la Guardia Nacional que perdió una de sus garras en el incidente: las uñas vuelven a crecer, pero los crímenes de lesa humanidad no prescriben nunca. 

sábado, 7 de diciembre de 2013

Las Corocoras: lugar 5, comida 4, atención 1.



El Parque del Este tiene un lugar sumamente acogedor, a la orilla del laguito de las aves acuáticas. Un lugar privilegiado, en donde se disfruta de un ambiente umbroso, un grato silencio y una hermosa vista. Y se puede comer, también. Se trata del Restaurant Las Corocoras.

Esta mañana pensé en invitarle a mi esposa un juguito en ese sitio, después de nuestra habitual caminata, pero estando allí vimos que ofrecían desayunos criollos, y como teníamos esa comida pendiente decidimos aprovechar y resolverla allí. Nos tomó la orden un muchacho muy amable, y nos invitó a sentarnos, previo pago del consumo, que ellos nos llamarían cuando estuviera listo. Así hicimos, y nos pusimos en una de las mesas más cercanas a la orilla del lago, para  tomar algunas fotos mientras salía nuestro pedido.

El tiempo iba pasando, y cuando nos comenzó a parecer que ya era demasiado, y notamos que muchos clientes que habían llegado después de nosotros ya estaban comiendo, me fui al mostrador a ver qué pasaba. Allí se acabó la amabilidad. Le pregunté a una señora que parece la jefe del sitio, y me dijo que no había ninguna orden pendiente, así, de buenas a primeras. Por fortuna el muchacho que había tomado la comanda apareció y dijo que sí, pero que aparentemente se había traspapelado. Cuando comencé a manifestar mi inconformidad (ya había pasado más de media hora) la señora me dijo que yo tenía que esperar. NUNCA HUBO UNA DISCULPA. Simplemente la explicación de que en la cocina se había extraviado la orden. Para cerrar el episodio, habían anotado mal las bebidas.

Cuando se atiende al público el servicio lo es todo. Tal vez tuvimos mala suerte (la comida estaba buena, no hay quejas en ese sentido), pero siento que no fuimos tratados con consideración, tomando en cuenta el largo rato que estuvimos esperando. Espero que los concesionarios del lugar puedan leer esta nota, y la tomen en cuenta para futuras ocasiones.

viernes, 3 de mayo de 2013

Papel toalé rosado



El automercado en donde suplo mis necesidades cotidianas de compra, después de días de ausencia total de existencias de papel higiénico, amaneció con los estantes destinados a esa mercancía llenos de papel propio de paraderos de carretera o de oficinas burocráticas - que vienen siendo lo mismo, en realidad: ese papel rosado sucio, el gris de los rosados, de consistencia parecida a la lija, sin las convenientes separaciones perforadas. El rancho de la higiene, el último escalón antes de llegar a las hojas de "El propio" o "Primera hora".

Y no es que uno sea demasiado exquisito, o demasiado sifrino. Es que,caramba, ciertas comodidades son irrenunciables. La vida ya es demasiado dura por sí misma para que también lo sea en ese momento tan cotidiano pero tan íntimo; someterse a la tortura de la limpieza áspera es cruel, no encuentro otro adjetivo mejor. Yo no vengo de una familia acaudalada ni mucho menos, clase media que comenzó siendo baja pero poco a poco fue mejorando en la escala social. Que yo recuerde, casi nunca hubo necesidad de escatimar a la hora de comprar papel. Siempre estaba acomodado en su portarollos el papel blanco, suave, convenientemente segmentado en cuadros uniformes, que no lastimaba con el roce. Hoy en día no es cuestión de dinero, sino de oferta. Ya no se puede elegir con qué material vamos a limpiarnos. Es el papel higíenico que esté en los anaqueles.

Lo que sucede con el papel acontece también con la mayoría de los rubros, por supuesto. Cada semana le toca escasez o desaparición absoluta a algún artículo básico para el día a día. Y las amas y amos de casa se ven sometidos a peregrinaciones de automercado en automercado, pasándose la voz: "en el Gama hay arroz", "llegó el Maceite al Plan Suárez" son los mensajes que más circulan por el BBM o por la mensajería de texto. Como en una caza del tesoro pasamos nuestro tiempo libre en la búsqueda de los víveres indispensables para nuestra dieta o nuestra calidad de vida.

Y tal vez no hayamos tocado fondo todavía. A lo mejor, dentro de unos meses, estaremos añorando la calidad del papel rosado sucio, mientras la foto de la sonreída "propia"  vaya acercándose a la zona anal para cumplir con la desagradable pero necesaria tarea higiénica. Limpiarse con una bomba sexy, el sino de los venezolanos del año 13 del siglo 21.