sábado, 28 de septiembre de 2013

Kitsch a la inversa



I

En el libro "El pájaro pintado", Jerzy Kosinzky cuenta una anécdota que describe muy bien el espíritu de supervivencia del pueblo judío, y de la humanidad en general. La cosa más o menos es así, o por lo menos así la recuerdo: A una aldea en Rusia, en donde la mayor parte de sus habitantes eran judíos, llegó una patrulla alemana, y después de una requisa seleccionó a unos cuantos hombres. Ellos sabían que iban a ser fusilados; entonces (me faltó indicar que era invierno) esos hombres se despojaron de todas sus ropas, para dejárselas a quienes quedaban atrás, y así, desnudos, fueron caminando por el bosque, rumbo a su muerte segura.

II

Anoche, en una conversación en el muro de Facebook de una amiga, salió a relucir la palabra "Kitsch". Recordé que Kundera, en "La insoportable levedad del ser", incluye un breve tratado sobre el kitsch, y en dos platos lo define como la negación de la mierda. En sus propias palabras:

"En el transfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente. . . . A esta fe la llamamos acuerdo categórico con el ser. … El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!), o hemos sido creados de manera inaceptable. De esta manera se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo donde la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. . . . kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurativo. El Kitsch elimina desde su punto de vista todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” 

Entonces, el kitsch (o la cursilería, que es la palabra en nuestro idioma que más se le acerca) es ir por la vida ignorando todo lo feo que hay en ella. Los cursis no se enteran, o no quieren enterarse, de los hechos terribles que ocurren a su alrededor; están concentrados en hallar belleza en cualquier lugar, haciendo abstracción de la podredumbre que abunda por doquier.

III

Ayer por la mañana la autopista del este amaneció terriblemente embotellada. Por fortuna me toca transitar un pedacito de ella, apenas el trecho entre la salida de Los Ruices que pasa por la fábrica de Polar y el trébol que lleva a Caurimare, por lo que no me afectó mucho. Una gandola se había estrellado contra la defensa que protege al puente, que tuvo que construirse para evitarle daños estructurales. La gandola venía en sentido contrario al mío, por lo que la cola la ocasionaban los mirones que aparecen en todo accidente. Cuando pasé por encima del puente, pude ver que hasta allí había carros detenidos, observando el choque desde arriba, por supuesto entorpeciendo el tráfico. Cuando llegué a la oficina me enteré de los detalles, que ya todos deben conocer: la gandola, que transportaba alimentos refrigerados, fue saqueada. Algo normal, dentro de la anormalidad que representa esa patente de corso que cree poseer la gente cuando ocurren este tipo de cosas. Pero hubo un detalle grotesco: el conductor de la gandola estaba muerto, en el habitáculo del vehículo, por donde estaba trepando la gente que iba a saquear. Tal vez estaba agonizando todavía. Por encima de ese cadáver tuvo que pasar la poblada que vio una oportunidad de oro para llevar comida a su casa. Sin darle ninguna importancia al hecho de que en el lugar había una persona muerta.

*  *  *

La primera y la tercera son, en el fondo, dos historias sobre la supervivencia; sin embargo, la diferencia entre ambas es notoria. Creo que es la descomposición social que entraña la última. Como colectivo estamos perdiendo humanidad, anteponiendo nuestras necesidades a cualquier consideración moral. La posibilidad de obtener un beneficio material sin ninguna consecuencia es aprovechada sin ningún escrúpulo adicional. Y los que no lo hacen, son espectadores divertidos de lo que está ocurriendo. En cierta medida su actitud es kitsch a la inversa: les atrae lo sórdido, lo morboso. La mierda.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Olores extraviados



Hoy los colores huelen diferente

el azul no huele a cielos de diciembre

el rojo no huele a atardeceres incendiados

el verde no huele a selva lejana

el morado no huele a penitencias de pascua

el amarillo no huele a araguaneyes floridos.

Hoy los colores huelen diferente,
como si el otoño estuviese fornicando con la niebla
o el sol quisiera suicidarse en el lago.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Risotto de calabacines y garbanzos

Se dice que las crisis permiten crecer, ya que potencian la creatividad de las personas. Creo que este postulado tiene visos de certeza, en todos los ámbitos. En el de la economía doméstica inclusive. Basta darse un paseito por cualquier supermercado para espantarse: tomates a 38 Bs el kilogramo, queso tipo parmesano nacional pasando los 300, carne inexistente y, cuando se consigue, en cortes exóticos... la lista es larga, sin duda. Pero uno de los placeres indeclinables para el ser humano es el buen comer, por lo menos en mi concepto. Así que en esos momentos uno se devuelve a sus fuentes, a las recetas que le llegaron por tradición oral desde los fogones de sus ancestros, y se reinventa.

Hoy me propuse elaborar un risotto con lo que tenía en la nevera: calabacines y garbanzos. No es una combinación muy vista, pero creo que puede funcionar. Mientras redacto estas líneas el risotto está en el fogón, y hasta el momento el sabor no decepciona. Ya vengo, voy a darle una vuelta.

Ok, va bien. Va alcanzando la textura y el punto de cocción. El sabor no está nada mal, el matrimonio entre los garbanzos y el calabacín funcionó a pesar de lo extraño que parecía en un primer momento. Ahora solo espero que el grano alcance el punto de cocción adecuado, y lo serviré rociado con pimienta recién molida y queso rallado, que no pude renunciar a comprar a pesar del precio prohibitivo que exhibía en el anaquel del supermercado. Porque, después de todo, hay que darse algún gusto en esta vida.

Receta:

-tres o cuatro cucharadas de aceite de oliva
-unos tres dientes de ajo, picados
-media cebolla, picada
-un calabacín de buen tamaño, cortado primero en ruedas y después troceado
-una taza y media de arroz
-una taza de garbanzos cocidos
-unas 3 o 4 tazas de caldo de pollo
-sabores: sal y orégano

Poner a sofreír el ajo y la cebolla en aceite de oliva. Cuando haya transparentado la cebolla, agregar los calabacines. Permitir que expulsen toda el agua y se doren. Agregar el arroz, y dejar que se impregne del aceite, unos tres o cuatro minutos. Agregar el caldo a cucharones, dejar que el arroz absorba el líquido y remover con frecuencia. Cuando esté a 3/4 de cocción agregar los garbanzos. Dejar que termine de cocer el arroz, unos 20/25 minutos. Servir en platos hondos, y acompañar a discreción con pimienta recién molida y queso parmesano o pecorino rallado.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El Whisky como metáfora




La historia venezolana, a partir de la tercera década del siglo XX, ha estado íntimamente ligada al whisky como bebida predilecta entre las clases pudientes, primero, y luego en los estratos de clase media. De ser consumidores de bebidas tales como el brandy o el coñac, los venezolanos comenzaron a beber escocés, tal vez por influencia de los ejecutivos de las trasnacionales petroleras. La bebida fue calando en el gusto criollo, hasta que logró desplazar por completo a los demás destilados, sobre todo en fiestas, matrimonios y actos de estado. Aunque hubo un discreto paréntesis, como lo refiere el historiador Carlos Capriles Ayala en su libro "Décadas de la historia venezolana: los años 30 y 40". Él cuenta que, una vez consolidada la revolución de octubre del 45, Betancourt prohibió taxativamente la ingesta de whisky en los actos protocolares de estado, haciéndolo sustituir por el más vernáculo ron. Lo que no aclara Capriles Ayala es si Rómulón, en la intimidad, se echaba sus guamazos de escocés o se ceñía a la etiqueta revolucionaria.

Esa prohibición, sin embargo,  duró tan poco como la revolución de octubre. A los tres años defenestraron a los adecos - quienes alcanzaron niveles de sectarismo nunca antes vistos, si se le hace caso al historiador citado antes - mediante otro golpe de estado, y comenzó la era dictatorial. Presumo que con ella volvió a hacerse presente el whisky en las bandejas que portaban los mesoneros que aplacaban la sed de los invitados a las fiestas de prosapia. El período dictatorial - primero junta de gobierno, después Pérez Jiménez en "solo" - duró escasos diez años, tras los cuales se instauró el pacto de Punto Fijo y los tomadores de whisky pasaron a ser, quién lo diría, los adecos, quienes según las malas lenguas impusieron el estilacho de remover los hielos que navegan en el wihisky con el dedo índice.

En la década de los 70 se puso de moda el whisky Swing, que venía en una botella que presentaba una peculiaridad: gracias a su base, ligeramente cóncava, se balanceaba, y de allí su nombre. Uno de los lugares en donde más se vendía era en los almacenes militares, el IPSFA. En teoría esos almacenes estaban destinados para que hicieran su compras los miembros de las Fuerzas Armadas de entonces; en la práctica cualquier hijo de vecino que conociera a un militar conseguía su pase de cortesía, y con él el derecho a comprar a precios de ensueño la mercancía más variada e importada que se podía conseguir en la ciudad. La botella de Swing no tenía el pico regulador: esta circunstancia era aprovechada por mucha gente que, una vez vacía, la rellenaba con cualquier whisky barato y la ofrececía a las visitas circunstanciales como si fuera auténtico Swing. Vale decir que, casi siempre, los convidados no sabían distinguir entre el real y el impostor, y se deshacían en elogios hacia la calidad y suavidad de lo que estaban tomando. Claro, tal vez el ratón del día siguiente les daba pistas sobre el engaño al cual habían sido sometidos. 


Las cosas siguieron más o menos igual hasta la campanada de 1983, el viernes negro. Adiós al whisky barato: ahora no teníamos el 4,30 para subvencionar la bebida, y tuvimos, los menos afortunados, que bajar de nivel, y empezar a buscar opciones más económicas. Empezamos a no hacerle ascos a marcas tales como White Horse, Dewar's o Grant's. Dejábamos los 12 años para ocasiones importantes como matrimonios o fines de año.


A medida que pasaba el tiempo disminuían también las pretensiones etílicas, y fuimos reduciendo paulatinamente la calidad de nuestras bebidas espirituosas. Pasamos por caracazos, golpes de estado, inflaciones desmesuradas, y bajamos de los 8 años a los 6, 5, 4, y quien sabe si menos. Por supuesto que las élites no, a ellas nunca les faltó el acceso a las bebidas de mayor calidad. Pero la clase media tuvo que irse resignando. Con la llegada al poder del chavismo pasó algo parecido a lo del golpe de los adecos en octubre del 45, en cuanto al sectarismo. Pero estos sí no se pusieron cómicos en lo que a la ingesta alcohólica se refiere, por lo que se puede apreciar en las fotos que se filtran a las redes sociales. Cualquier fiestica de medio pelo - un quince años, una graduación - cuenta con la agradable presencia de los camaradas Juancito el caminante, el viejo Parra o el bucanero, en sus versiones mayores de edad. 


¿Pero, y nosotros, la clase media? Bueno, ahora estamos más o menos así: vamos rumbo al desastre pero tratamos de mantener una imagen de bienestar, siguiendo la estrategia del avestruz. Como el anfitrión tramposo del cuento de la botella de Swing, aparentamos estar mejor de lo que estamos en la realidad, tal vez como mecanismo de autodefensa o autoengaño. Somos whisky puyao en botella cara. Lo malo es que hasta el whisky malo se está acabando, y vamos a tener que rellenar la botella de Swing con aguardiente San Tomé coloreado con caramelo. 







domingo, 8 de septiembre de 2013

Un país, dos legalidades

I

Anoche me acosté arrullado por las suaves notas de un exquisito reguetón - en donde se repetían con frecuencia las palabras dámelo, mami y perreo - y esta mañana me desperté con un hip pop que hacía apología al hampa, al plomo y al aguardiente. Por fortuna tengo el sueño pesado, pero mi esposa no goza de la misma suerte y me dijo que el estruendo no había cesado un momento: fueron alrededor de 12 horas de ¿música? continuada. Y éste no fue un hecho aislado: esas fiestas patronales son frecuentes en los alrededores de donde tengo ubicada mi residencia.  En esos casos uno llama a la policía, invocando la ordenanza contra ruidos molestos, y ese cuerpo actúa selectivamente. Recuerdo hace unos años, cuando unos muchachos se inventaron una fiesta metalera: no había llegado la medianoche cuando un par de patrullas de Polisucre se presentaron a la puerta de la casa en donde se llevaba a cabo la pachanga "diabólica", y acabaron con ella.

¿Cuál es la diferencia entre ambas situaciones? Unos trescientos metros lineales, más o menos. Es la distancia que separa la casa del cuento de la fiesta metalera, situada en la calle Terepaima de El Marqués, del Barrio San Miguel, en donde ocurren las rumbas patronales que duran toda la noche y a veces parte de la mañana. Cuando se ha llamado a la policía, la respuesta ha sido que ellos allí no entran.

II

¿Nunca los han parado en una autopista para pedirle los papeles, y les han revisado el carro buscando alguna luz defectuosa, un vidrio partido o algo similar? Es práctica corriente, y no debería tener nada de extraordinario. Es más, debería ser la norma: la seguridad primero. Por lo general, las personas que reciben ese trato son muchachos que acaban de sacar la licencia, o personas mayores fácilmente impresionables. Pero por otra parte se ven circulando por las vías ciertos vehículos que deberían ocupar un lugar preferencial en alguna chivera, y que hacen que uno se pregunte cuál sortilegio les permite seguir rodando sin desarmarse de repente. Chatarras que en el mejor de los casos ocasionan enormes trancas cuando se quedan accidentadas en medio de la calle, y en el peor causan víctimas por propiciar algún choque. Esos carros deberían ser desincorporados de inmediato del parque automotor, pero ningún ente público toma alguna medida al respecto.

III

En estos días hubo una protesta masiva de motorizados. El motivo de dicha manifestación fue la inconformidad del gremio por el alto precio de las motocicletas y de los repuestos. Como resultado de la "pacífica" protesta, un vehículo particular tuvo daños severos, y leí que una menor sufrió una fractura en su brazo. La respuesta de las autoridades ante esta barbaridad fue darle la razón a los motorizados y emitir la promesa de emprender una cruzada contra las empresas que comercian con el rubro motociclístico. Pero, ¿para las personas afectadas por la acción de los motorizados habrá justicia? Dados los antecedentes me abrogo el privilegio de ponerlo en duda. 


* * *

¿Qué tienen en común las tres situaciones descritas? La existencia de dos raseros, de dos legalidades que se aplican a discreción de las autoridades. O más bien, la ausencia de legalidad para un sector de la población, que es inmune a la aplicación de las leyes que regulan la convivencia en sociedad. No pretendo satanizar en estos párrafos a los sectores de menos recursos, ni estoy insinuando que todos ellos vivan al margen de la ley. Soy un firme creyente de que la mayoría de la gente es en esencia decente y quiere vivir en paz. Pero la violencia de algunos de los miembros de la comunidad en donde hacen vida los desborda y tienen que desarrollar habilidades para poder sobrevivir en ese ambiente inhóspito. Estoy seguro, por ejemplo, de que a la mayoría le molesta tener una fiesta prendida toda la noche al lado de su casa, pero se cohíbe de protestar para evitar represalias. Está instaurado un régimen de terror, en donde quien tiene las armas tiene el control de la zona. Y ese mismo régimen es el que impide que las autoridades actúen. Es un problema estructural, en el cual la falta de educación cívica es pilar fundamental. Mientras no se ataque el problema de raíz, y como única medida se apliquen pañitos calientes, esta situación no va  a mejorar; muy al contrario va a seguir creciendo, y la gobernabilidad de la ciudad, ya bastante precaria en la actualidad, va a colapsar por completo en corto tiempo.