lunes, 22 de mayo de 2017

En Venezuela los mártires no tienen dolientes (de izquierda)

Uno de los iconos más populares del panteón progre latinoamericano es Víctor Jara. Cantautor de protesta, luego del golpe de Pinochet fue encarcelado en un estadio, torturado (les fueron fracturados los dedos de las manos con alevosía, como una afrenta a su condición de guitarrista) y luego ejecutado. Su imagen es bandera y símbolo de los mártires víctimas de las dictaduras suramericanas, y de la brutalidad de las fuerzas de orden público.

Uno suponía que ese período de gorilato ya era historia pasada en nuestro continente, pero el caso venezolano desmiente escandalosamente dicha suposición. Poco difieren los presos en los estadios en Chile, en los 70, de los presos en el Helicóide, en la Tumba, en Ramo Verde, en La Pica, en Tocuyito y en tantos otros recintos carcelarios que equivalen a una condena, si no a muerte, por lo menos a torturas y sevicias inenarrables. Unos funcionarios capaces de agredir a una mujer discapacitada, a un niño de 11 años, a unos músicos que tocaban el himno nacional, a gasear en las inmediaciones de centros hospitalarios, de penetrar en centros comerciales con sus motocicletas y pasear por los pasillos disparando al azar hacia los asustados visitantes, no tienen nada que envidiarle en materia de represión a los esbirros de Pinochet. Y lo que narro es lo que ha corrido – con apoyo documental audiovisual  - por las redes sociales. Hay otros cuentos de horror de muchachas amenazadas de violación y orinadas por efectivos de los cuerpos de seguridad del estado, de personas obligadas a comer pasta con excremento, de violaciones con tubos, de la introducción de la manguera de un extintor por la boca y su inmediata activación a un muchacho en San Antonio, pero por ahora son sólo informaciones por confirmar. Sin embargo los casos comprobados son suficientes para elevar la voz de protesta y alarma por lo que está sucediendo en el país. Ya la cifra de muertos alcanza el medio centenar en igual número de días. Muertos por contusiones ocasionadas con bombas lacrimógenas disparadas a quemarropa, por disparos de escopeta con cartuchos aliñados con metras, rolineras o trozos de cabilla, y por disparos de armas de fuego convencionales. Heridos graves por atropellamiento con tanquetas de la GN y también con vehículos tanto oficiales, como fue el caso de Calabozo en donde estuvo involucrada una camioneta del IVSS, y particulares este sábado en Chacaíto. Y también heridos por la acción desmedida de las fuerzas del orden público, ocasionando que un muchacho se desplomara desde lo alto de la autopista Francisco Fajardo hacia el río Guaire.

Para no ser acusados de parcialidad, hay que hablar sobre algunos hechos cometidos por ciertas personas que se identifican como opositoras al régimen. Ha habido comportamientos  reprochables, pero muy puntuales. El caso más emblemático es el ocurrido este sábado en el municipio Chacao, donde en un evento, que está por esclarecerse,  un motorizado  (según algunos chavista, según otros delincuente) fue prendido en fuego por una turba. La misma indignación deben causar los hechos descritos anteriormente, responsabilidad de los cuerpos oficiales,   y éste. Hay un matiz, sin embargo: los agentes del estado son personas que deberían tener algún tipo de entrenamiento sobre respeto a los derechos humanos. No quiero con esto descargar de culpabilidad a los actores del segundo caso; se comportaron como salvajes y deberían tener un castigo ejemplar, sean de la tendencia política que sean. Pero cuando la violencia viene del Estado, que en teoría tiene el deber de defender a sus ciudadanos, el terror se acrecienta pues no hay a quien acudir.


Siempre que el Estado emplee su fuerza desproporcional en contra de los ciudadanos, que protestan por una causa que les parece justa, habrá que alzar la voz denunciando tal injusticia. Quisiera ver a los izquierdistas latinoamericanos, que tanto lloraron a Jara, protestar por lo que sucede en Venezuela. Supongo que soy demasiado ingenuo al esperar que se produzca dicha manifestación, porque quien reprime es alguien identificado con el socialismo. Si fuera otro el signo político de la dictadura venezolana hace rato que su voz hubiera sido escuchada en todos los rincones del orbe, pero pareciera que para ellos el fin justifica los medios.

jueves, 20 de abril de 2017

El rock del defensor



Por lo que se puede ver, Tarek W. Saab es admirador de los cantautores ingleses y norteamericanos. Por lo menos así parece: cuando fue gobernador de Anzoátegui, construyó una plaza en honor a Bob Dylan, y no es raro verlo con una franela de Jim Morrison, de Lennon, o de algún otro rockero. Tarek se define como un defensor de los derechos humanos; toda su carrera profesional como abogado la desempeñó en ese ámbito. Un defensor de los derechos humanos , poeta, y rockero, para más señas. Pareciera el currículum vitae de un paladín de la justicia con soundtrack de guitarras eléctricas distorsionadas, baterías desaforadas y voces desgarradas. 

Lamentablemente, creo que ese fondo musical solamente lo acompaña en las salas del gimnasio -como todos sabemos, otra de sus aficiones es el "body building" - en donde fabrica sus notorios músculos. En los audífonos, mientra levanta decenas de kilos en cada envión, debe sonar a todo trapo All along the watchtower, Blowing the wind, o The times their are a-changing, de Dylan, o de pronto algo más energético como Break on through de los Doors. Tarek tararea las canciones, pero, ¿será que entiende la letra? Yo no creo. O ,mejor dicho, creo que nunca le paró realmente. 

Hoy, en la calle, el régimen represivo del cual forma él parte está agrediendo a mansalva a unos manifestantes que solamente quieren llegar a su despacho a dejarle una comunicación. Sólo eso. Y no es la primera vez este año. Él no sólo no ha movido un dedo para investigar esos hechos, sino que si ha hablado ha sido para satanizar a la oposición. Una oposición que está siendo tratada muchas veces peor que las personas que él defendía con tanto ahínco y pasión cuando era apenas un abogado desconocido. Tarek, búscate las letras de los cantantes que tanto pareces admirar y trata de entender la esencia de la protesta, la rebeldía y la libertad. Deja de ser un burócrata, un miembro más del aparato represor del régimen, y ejerce tu cargo como se debe. O por lo menos ten algo de dignidad y renuncia. 

No sé si entre los gustos musicales del "defensor" tienen un lugar los músicos argentinos; en todo caso, le sugiero que le ponga mucha atención a la letra de la canción "Dinosaurios", de Charly García. Como está en español le será más fácil asimilarla.

lunes, 30 de enero de 2017

Mientras paseo a las perras

Desde que me impuse como tarea el paseo diario de mis perras - hará cosa de unos tres o cuatro meses, a raíz de la muerte de Catira - he procurado variar los itinerarios. Al principio hacía recorridos tímidos, confinados dentro del perímetro de la calle ciega en donde vivimos. Pero poco a poco fui animándome a expandir los horizontes, y paulatinamente he ido abarcando más y más terreno. Entre 45 minutos y una hora duran ahora nuestros paseos. La última ruta que he implementado lleva a un pequeño parquecito para perros, en donde hay diferentes aparatos para estimular la destreza de los canes. Aparatos que, debo decir con mucha pena, son ignorados olímpicamente por mis acompañantes, que ni siquiera se dignan a acercárseles. Se limitan, despojadas de ataduras, a recorrer con mucha precaución el lugar, sin alejarse mucho del banquito en donde me siento un rato, a verlas y a ver el Ávila, y a pensar. De tanto en tanto, las perras se me acercan, y se me montan encima. Pareciera que la libertad no es un activo muy preciado para ellas, y prefieren la seguridad que les brindo. Son perras caseras, al fin y al cabo.
El camino que me toca recorrer para llegar al parque atraviesa una urbanización, que nace al morir una zona de pequeñas casas y está constituida principalmente por edificios residenciales. Ayer me dio por leer el nombre de los edificios. El primero se llama, en un alarde de falta de imaginación, como la urbanización. Luego viene un inmueble cuya denominación hace referencia a una de las supuestas cualidades derivadas de su ubicación, la vista. Le siguen varios edificios nombrados a partir de los signos del zodíaco, pero en medio de ellos se entromete uno con nombre de mujer - tal vez sea la única mujer que no tiene signo zodiacal. Me llama la atención la nomenclatura urbana de Caracas. En la mayoría de las ciudades se utiliza un sistema de numeración que permite identificar unívocamente los sitios de residencia de cada quien. Cada unidad, sea casa o edificio, tiene un número consecutivo que le indica, sin muchos problemas, su ubicación en la calle en donde está situada a las personas que tengan que visitarla. En Caracas ese sistema, aunque existe, es pasado por alto. Cada vivienda tiene un nombre propio, como si quisiera decir que no es un número más. Eso, que pareciera pintoresco, en realidad es motivo de extravío para los visitantes que van por primera vez a una casa. Dígame si la quinta en cuestión se llama San Judas Tadeo. Sin temor a exagerar, en cada urbanización de Caracas hay por lo menos 2 o 3 casas denominadas como el santo. Hay calles que tienen más de una, y entonces las numeran como si fueran papas: Judas Tadeo I, Judas Tadeo II. Total que dar la dirección de la casa de uno, con el nombre de la calle y el de la vivienda, casi nunca funciona. Se debe anexar un planito, que gracias a Goggle es fácil de producir. O aderezar la descripción de las señas con detalles tales como "al terminar la subida, la calle se bifurca; allí cruza a la derecha, y fíjate que tengas una caseta de vigilancia después del muro amarillo porque si no te pasaste". Lo mismo se puede decir con la nomenclatura de las urbanizaciones, que obedece más al capricho de sus promotores que a la realidad. Porque, ¿quién en su sano juicio puede denominar a “El llanito” con ese nombre, por ejemplo? Parece una broma de mal gusto. O “El silencio”. Claro que esos casos tienen una justificación histórica. Me cuentan que El llanito se llama así porque los obreros que participaban en su construcción se reunían en el único sitio plano que había por la zona, en donde había una especie de bodega, y lo llamaban así, El llanito. No me consta su veracidad, pero suena lógico. Y El silencio, si nos atenemos a las crónicas, se llama así porque era una zona de tolerancia, en donde la bulla era una constante, hasta que ocurrió el terremoto de San Bernabé y en el lugar se hizo un silencio absoluto. El nombre le quedó hasta su reurbanización, y así lo llamamos actualmente.
De camino de regreso a la casa, después de que las perras decidieran que ya estaba bien de parque, pasé la fila de edificios, y volteé a ver el paisaje. Y vi que frente al edificio “Vista Hermosa” se puede apreciar una panorámica del cerro de Petare. La belleza es relativa.

sábado, 14 de enero de 2017

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado a enero 2017




En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 Bs para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. En enero de 2016 el ejercicio dio como resultado 2.946 Bs. En julio de 2016 la cifra subió a 7.720. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 10.000 Bs/Kg, son 2.000 Bs, más 2 canillas a 500 Bs c/u, 3000 Bs. A 750 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 400 Bs  más 2 galletas por 600 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 5000 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 8.000 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 4.800 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 2.000 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 600 y  800 Bs. Vámonos por el promedio, 700 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 800 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 7.300 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 3.600 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 2.880 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 1.600 Bs el litro, son 1.280 Bs. En total la cena habrá costado 4.160 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 16.460 Bs diarios. Eso representa un incremento de 8.740 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Es decir, un 113% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos sorprende un descomunal 459%.  Ahora bien, en este cálculo se está obviando el costo de los aliños y grasas. Antes no se tomaba en cuenta porque solía ser marginal; ahora un kilo de azúcar puede costar hasta 6.000 Bs, y un litro de aceite vegetal - no de oliva - anda entre los 5.000 y los 8.000 Bs, dependiendo de la suerte que se tenga.Las salsas - ketchup, mostaza, mayonesa - también están a costos prohibitivos cuando se encuentran. Eso, por supuesto, incide en los costos mensuales de alimentación de una familia. Estos son precios de supermercado. Tal vez comprando en mercados ambulantes pueda hacerse un poco de economía, pero no mucho más.Y a todo este análisis se le debe imputar el costo de las horas hombre que se gastan en la búsqueda de los víveres. Pero quedémonos con la primera cifra, 16.460 Bs diarios. Al mes son 493.800 Bs. El sueldo mínimo anda cercano a los 100.000, de los cuales 60.000 son la ayuda de alimentación. Para alimentar a 4 personas se necesita el sueldo de 5. Y no estamos tomando en cuenta transporte, aseo, medicinas y servicios. Panorama desolador.


lunes, 12 de diciembre de 2016

Cuentos de guerra

Las penurias que se pasan en la vida a veces nos hacen pensar que la situación por la que se está atravesando es lo peor que nos puede ocurrir. Pero siempre hay chance de empeorar. Y poniendo en perspectiva las cosas, podemos darnos cuenta de que la historia de la humanidad está llena de avatares terribles, y cíclicos.

Esto viene a cuento porque hace poco hice un comentario sobre las condiciones de vida de mi mamá en la segunda guerra mundial, y cómo sus padres se la ingeniaban para hacerles más llevaderas las existencias a sus tres hijos, sobre todo en la época decembrina. Y escribir eso me trajo a la memoria un relato que solía contar mi madre. Ella, junto con sus dos hermanos, fueron llevados a un sitio lejano de la ciudad, en las montañas vecinas. Eso porque Verona, la ciudad de donde provenían era, por su ubicación estratégica en la geografía italiana, el lugar por donde pasaban las vías férreas que comunicaban el norte con el sur, y fue un blanco predilecto para los bombardeos. Contaba mi madre que veía a sus progenitores muy de vez en cuando, pues ellos no podían abandonar la ciudad ya que debían trabajar a pesar de la guerra. Desde el sitio en donde estaban tenían visual hacia Verona. Y fueron testigos de un espectáculo a la vez fascinante y terrible: para bombardear durante la noche, iluminaban la ciudad con unos enormes globos aerostáticos que actuaban como espejos que reflejaban de la luz producida por potentes reflectores apuntados hacia ellos. Era una visión casi metafísica, y dentro de su horror, hermosa. Podían ver claramente la ciudad, y también los cientos de bombarderos que dejaban caer su carga mortífera sobre zonas de algún interés estratégico, pero por supuesto sin que faltaran los daños colaterales. Como es natural, la pregunta que nunca se hicieron en voz alta, por no hacer falta, era: ¿Estarán todavía vivos mis padres? ¿Se habrán salvado otra vez del bombardeo?

Este es uno de los cuentos que echaba mi madre. Tal vez el más vistoso, pero no el más duro. Quién sabe cuántos se habrá reservado, ya sea por pudor o por no querer remecer aún más el pasado.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La calle de Armando

Uno nunca termina de conocer a una ciudad, ni siquiera aquella que ha habitado durante toda su vida. Y si es una urbe que se desparramó de manera avasallante sobre todo lo que hace unos 60 años era su periferia, las "parroquias foráneas" de la geografía política de la primera mitad del siglo pasado, pues mucho más.

Ayer nos tocó conocer un trozo de Caracas que, a pesar de estar enclavado en todo el corazón de la zona donde viví durante mi juventud, nunca había tenido ni la necesidad ni la curiosidad de visitar. Poco importa cuál es el lugar exacto, puede ser cualquiera. Bástese decir que se trata de una zona vastamente urbanizada, que de ser residencial trocó a un uso mixto, donde lo comercial tiene preponderancia. Las antiguas casas unifamiliares mutaron a hoteles de alta rotatividad, algunas, mientras que otras desaparecieron para hacerle lugar a grandes edificios de apartamentos vendidos como propiedades horizontales.
Nuestro destino estaba tras una caseta de vigilancia, que no produjo freno alguno. Bastó un medio saludo con la mano hacia el vigilante, para que éste levantara la barrera. Una estrecha calle serpenteaba frente a nosotros. El paisaje, de netamente urbano, trocó a una especie de ruralismo. Pequeñas casitas se apiñan a lo largo de la vía, alternadas con algunos galpones. Hay de todo: fachadas primorosas, bien cuidadas, con matas que  crecen de manera ordenada, y construcciones que no saben del cariño y ostentan matorrales al descuido. El parque automotor también es variopinto: carros recientes contrastan con anticuallas de los años 70. Un poderoso Javelin, muy bien mantenido, es la pieza mecánica más resaltante. Tal vez el clima lluvioso de la tarde contribuyó a acentuar el aspecto bucólico del lugar, pero tuve la impresión de haber recalado en algún pueblito de la carretera trasandina.
La estrecha calle no lleva a ningún lugar. Acaba en una especie de redoma, remate de calle ciega que permite a los vehículos dar vuelta para regresar por donde vinieron. Antes de llegar a ese destino, empero, al lado de una zona libre de casas, se erige un toldo como los de las casas de fiesta. Debajo del toldo la decoración emula un bar, donde predomina el color negro. Una cartelera informa la oferta espirituosa que se puede consumir en el improvisado botiquín. Destacan nombres de coctéles exóticos. El lugar está desierto, tal vez por la hora. Todo hace presumir que su función es nocturna.
No pudimos materializar nuestras intenciones, que nos llevaron a conocer ese lugar pintoresco de la ciudad. La lluvia que se desató pertinaz y la imposibilidad de conseguir un lugar cercano para estacionar nos hicieron desistir. Nos despidió la efigie de Reverón, vaciada en bronce, especie de guardián de esa callecita que lleva su nombre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Digan lo que digan, la luna tiene siempre el mismo tamaño

Un día, cuando estaba pequeño, mi padre llegó a casa con una novedad, que venía dentro de una caja. Al desambalarla, vi con asombro que su contenido constaba de dos pelotas. Pero no eran pelotas para jugar: Una de ellas, la mayor, tenía un soporte semicircular que permitía darle vueltas, y era de todos los colores, aunque predominaba el azul. Y tenía muchísimas letras estampadas sobre ella. Yo no sabía leer todavía, y me explicaron que eso no era un juguete, sino un globo terráqueo. Allí estaban todos los países del mundo, me dijeron. "¿También Venezuela?" "¡Claro!" "¿I Italia?" "También". No seguí preguntando, porque allí se acababan mis nociones de geografía planetaria.
La otra pelota era bastante más pequeña, y gris. También tenía nombres sobre ella, pero no tenía un soporte como su hermana mayor, sino que venía sobre una pieza de plástico que simulaba rocas. "Esa es La Luna", me dijeron. Al principio la miraba con veneración, como lo hacía con el globo terráqueo. Pero poco a poco fui agarrándole confianza, y cuando nadie me veía la tomaba en mis manos, y pasaba largos ratos examinándola, recorriendo con las manos sus protuberancias y depresiones.
Cuando aprendí a leer, supe que tenía lugares llamados "mar de la serenidad", "Mar de la tranqulidad", "Océano proceloso", lo que me llamaba mucho la atención porque por otra parte sabía que en la Luna agua no había, pero no indagué más. Poco a poco mi familiaridad con aquel objeto se convirtió en abusiva, y ya lo usaba como pelota de fútbol. La pobre fue descascarándose y deformándose, hasta que un día no dio más y se abrió por la mitad. El bajante de la basura fue testigo de su baja deshonrosa de los activos de mi hogar, baja obligada por su degradación de objeto para el estudio a implemento deportivo. Así que la Luna, digan lo que digan, para mí tiene siempre el mismo tamaño: una pelota de unos 20 cm. de diámetro.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La religiosidad perdida

En la actualidad, mi postura hacia el tema religioso es un agnosticismo cada día más fundamentado. Tal vez, más que agnóstico, sea escéptico. Tanto he visto, leído y escuchado, que he perdido la fe.

Pero no siempre fue así. De pequeño, a pesar de que mi hogar no fuera muy dado a la religiosidad, le tomé gusto a la ceremonia de la misa, y me la pasaba ojeando el misal con el que mi hermana se había catequizado. Era bastante antiguo, de portada nacarada,  y era de la época cuando la misa todavía se efectuaba en latín. Recuerdo las ilustraciones: en ellas un cura, de espaldas a los feligreses, celebraba la ceremonia, y a pie de página aparecían unos latinazos de los cuales trataba de entender el significado. Todo me parecía entre místico y misterioso, y podía pasar horas estudiándolo. Eso fue, conjeturando, cuando tenía alrededor de seis o siete años, ya que sabía leer con cierta capacidad de entendimiento.

Un poco más tarde ocurrieron dos hechos, más o menos en paralelo, que cimentaron más mi incipiente acercamiento a lo religioso: mi propio proceso de catequesis, y la afiliación a una revista parroquial italiana, llamada "El mensajero de San Antonio". Dicha afiliación fue cortesía de la conserje del edificio en donde vivía, una señora bastante mayor y, creo, beata; sin mayores obligaciones ni distracciones, dado que no estaba casada ni tenía hijos, volcaba toda su necesidad de familia hacia los inquilinos, y nosotros,por ser italianos y de la misma región que la conserje, teníamos rango de consentidos. La revista tenía cadencia mensual, y yo aguardaba con ansias su llegada, de manos del cartero. Según recuerdo, era bastante variada, y abarcaba, además del inevitable artículo piadoso que era el centro de cada número, en el cual se documentaba algún episodio de la vida de uno de los miembros del vasto santoral, temas de cultura general, deportivos, geográficos. Tenía su sección de humor y una de cartas al director, en la cual se ventilaban asuntos de la más variada índole. Yo mismo me inauguré en el género epistolar enviándole una misiva que contenía la siguiente pregunta: "¿Cuál es el origen de mi nombre?". Un par de meses después tuve la satisfacción de ver por primera vez mi nombre en un medio impreso.

Con respecto a mi catequesis, recuerdo dos ansiedades: la referente a la confesión, a pesar de que a esas edades no tuviera alguna cuota de pecados dignos de ese nombre, y el aspecto técnico de la materialización de la comunión, simbolizado en la ingestión de la ostia: ¿se podía partir, o era pecado?¿había que dejarla disolver sobre la lengua antes de deglutirla? Por supuesto, recuerdo las clases de religión previas al acto, y mi dedicación meticulosa al estudio del evangelio. En ese momento no cuestionaba nada, y todo lo que se me decía pasaba sin filtros a ocupar alguna parte de mi cerebro, desde donde controlaba y censuraba todos mis pensamientos y actos, no fueran a ser impuros. Creo que mi iniciación en el mundo religioso  fue el primer gran evento del que tengo memoria, desde los prolegómenos que incluyeron la elaboración de mi primer (y único, hasta los momentos) traje hecho a la medida por un sastre, hasta su cierre con una recepción en las entonces nuevas y elegantes instalaciones de La Casa De Italia. Curiosamente, de lo que no guardo grandes recuerdos es de la misa en sí.

En los meses siguientes a ese acto mi vida sufrió algunos cambios, el mayor de los cuales fue la mudanza hacia un apartamento mucho más grande, en el cual tendría mi cuarto propio (donde, todo hay que decirlo, cometería posteriormente uno que otro pecadillo venial, dentro del departamento de la carne). Fue un período agridulce, de aprendizaje sobre cómo enfrentar el desapego, la experiencia de hacer nuevas amistades, y la familiarización con las nuevas calles que formarían parte de mi vida cotidiana a partir de ese momento. Y también significó mi primer desencanto con la Iglesia. A partir de mi primera comunión, trataba de respetar el precepto de santificar las fiestas, e iba a misa regularmente. Uno de los padres que la oficiaba, en la iglesia a la que acudía. era un español alto y corpulento, cuyo ceceo era característico e inconfundible. Por su colosal aspecto ejerció una fuerte influencia sobre mí, y lo tenía por persona recta e incorruptible. Pues bien, un día estaba yo en el abasto, de espaldas a la puerta, tal vez tomando una chicha A-1 que acababa de sacar de la nevera, cuando escuché un castizo, que no casto, "¡Coño!", en una voz que no me era desconocida. Me volteé para constatar que quien había proferido esa gruesa expresión era el cura que tanto respetaba.

martes, 27 de septiembre de 2016

La señora Ana

La cola del pollo, en el mercadito del sábado en La Urbina, a pesar de no ser tan larga avanza con lentitud, y para pasar el tiempo me distraigo observando la destreza de los "acomodadores", que en un santiamén convierten un ave entera en dos muslos y dos pechugas completamente deshuesadas y transformadas en milanesas. 

Dentro de la precariedad que presupone trabajar a la intemperie, en plena calle, son bastante organizados y limpios. Los restos que quedan del destace de los pollos los van echando en una cesta que tienen al lado, y cada tanto hacen un alto para lavarse las manos con el agua almacenada en un gran tobo. 

Mientras tanto la señora Ana, ama y dueña del puesto, se multiplica: cobra, se faja a picar, saca más mercancía del interior del camión cava, sin descansar un minuto. Es una maquinita de trabajar, y sabe ejercer el mando con suavidad y firmeza a la vez. Sus empleados bromean con ella, pero con respeto.

Echo una ojeada alrededor, y me llama la atención una pareja conformada por una señora de cierta edad y un niño, presumiblemente su nieto, de unos 6 o 7 años. Ambos muy flacos, vestidos con ropa que demuestra su antigüedad pero, eso sí, pulcrísima y bien planchada.Su precariedad es evidente, aunque de cierto modo digna. Están en actitud expectante, pero paciente. En un momento determinado, la señora Ana los ve, y acto seguido se dirige a la cesta donde los "acomodadores" van dejando las vísceras, pescuezos, carapachos y alas que van sobrando de los pollos, y llena dos bolsitas con esos despojos para entregárselas a la señora y al muchacho, quienes las reciben sonrientes y después de un "gracias" casi dibujado en la cara, se van alejando.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La geografía de mi infancia






La geografía de mi infancia, si la veo en Google Earth, tiene forma triangular. Un triángulo rectángulo, para ser más exactos. Sus vértices están circunscritos dentro de la urbanización Bello Monte, la original, la que está del Guaire hacia arriba. Tuvo una ilustre vecina, la quinta Bel-Mount, casa de la hacienda que fundara el señor Alderson, en la primera mitad del siglo XIX y que nombró en honor a su hija Isabelle, Belle en la intimidad. Su cateto mayor, su lado norte, colinda con la Avenida Casanova, entre la calle Baldó y el comienzo de la Avenida Humboldt. Ahí está el ángulo agudo que le da inicio a la hipotenusa, que muere en la conjunción con el cateto menor, el cual transcurre por el segmento de la calle Baldó antes citada hasta su intersección con la Casanova. Humboldt sabemos quien es; Casanova, aparentemente, fue uno de los últimos dueños o administradores de la hacienda Bello Monte. Baldó, es tarea pendiente.

Hoy me dio por recordar ese pedazo de tierra en donde di mis primeros pasos independientes, sin la compañía antes omnipresente de alguno de mis padres; allí quedaba el edificio Humboldt, en la calle del mismo nombre; mi sitio de residencia (piso 5, apto 18) desde los 2 hasta los 11 años. Al bajar a la calle, me recibía un piso ajedrezado de mosaicos blancos y negros, en realidad unas baldosas bicolores con múltiples cuadros en su superficie, que al patinar sobre ellos, con ruedas metálicas, producían un sonido característico y un temblequeo que siempre asocié a la navidad. El edificio tenía un área comercial, compuesta por tres negocios: una quincalla que expendía todas aquellas chucherías que hacían feliz a cualquier niño, y que rotaba su mercancía de acuerdo a la época del año; una tienda de reparación de electrodomésticos cuyo dueño italiano, de tanto en tanto, interrumpía su labor para entrometerse en algún juego de fútbol que estuviéramos realizando los niños del edificio, desarrollando fintas y gambetas que dejaban en alto su gentilicio (o por lo menos eso nos parecía); y un local de bastante bajo perfil, regentado por un chino, del cuál solo sé que tenía una buena relación con mi padre, y comercializaba ciertas novedades relacionadas con la electrónica incipiente de aquellos años, y lo audiovisual, materializado en películas super 8 (no sé las demás, pero las que llegaron a mi casa eran estrictamente familiares: una de Dillinger, una de vaqueros y una de Simbad el marino. Si vendía mercancía erótica no lo supe ni me hubiera interesado mucho en ese momento, aunque quién sabe).

En mis paseos en solitario, si tomaba hacia mi izquierda, me topaba en primer lugar con una quinta en donde vivía un amigo de quien recuerdo solamente el apodo, Franqui. Esa casa fungía también de sede para el negocio de su familia, que se denominaba "Exhibidores González Ruiz" (el negocio, no la familia). De ella recuerdo una abigarrada muestra de maniquíes, estantes, ganchos de ropa, en fin, artículos para el equipamiento de tiendas. Franqui era hijo único y, creo recordar, de salud frágil, y  tal vez gracias a ambas condiciones tenía la colección de juguetes más grande y novedosa que hubiese visto en mi vida. El objeto que más envidiaba era una pista para carros Matchbox, eléctrica, que transportaba a los carros mediante unos resortes insertados en una ranura. A los carros se le colocaban unos pines que permitían a dichos resortes moverlos. Pero no era lo único, ni mucho menos. Cualquier juguete de moda, o incluso algunos que ni siquiera aparecían en el segmento publicitario de los domingos que antecedía a las comiquitas matutinas, estaban en su clóset, muchas veces arrumando polvo. Además de ser poseedor de esos juguetes, era la única persona de mi edad con televisor en su cuarto que conociera en mi entonces corta vida. Franqui casi no salía de su casa, por lo general recibía nuestras visitas. Un día se mudó, y antes de irse le obsequió a cada uno de sus amigos un objeto. A mí me tocó un álbum filatélico lleno de estampillas de todos los países, que más tarde perdiera en un torpe intercambio, pero esa es otra historia. Más nunca supe de mi amigo.

Luego de esa casa estaba la vivienda de mi amiga Yubiri - una niña catira de cabello largo, algo mayor que yo - que tenía sobre su techo una enorme antena de radioaficionado, pero eso solamente lo supongo pues nunca me invitaron a pasar para constatar la presencia de un equipo de radio. Más adelante un local comercial que albergó distintos negocios, uno de los más célebres de los cuales fue un restaurant étnico de algún país de la Europa Oriental, húngaro o tal vez checo, que gozó de cierta popularidad y llegó a ser reseñado en las crónicas gastronómicas de los periódicos. Lo último que supe fue su reemplazo por un electroauto. El recorrido por la calle Humboldt moría con el último edificio, que se denomina El Taladro, y fue sede de la Clínica Bello Monte, lugar donde nací. En su retiro, convenientemente bordeado por un murito, jugábamos interminables partidas de futbolito, beisbol o peleas de boxeo. 

Al bordear el Taladro, también de forma triangular y cuyo vértice, ángulo agudo, apunta hacia el este, ya se estaba en la avenida Casanova, y en este paseo mental puedo enumerar los negocios más atractivos de esa zona que ya era comercial, para mí: una tienda de mascotas que aturdía por el canto de las centenares de aves encerradas en jaulas, que estaban del lado de afuera del negocio (creo que ocupaba un espacio en la planta baja del edificio mencionado), y un distribuidor autorizado de bicicletas Benotto, que exhibía modelos pintados en rojos y azules brillantes que fueron mi oscuro objeto del deseo, nunca cumplido para la decepción puntual en cada uno de mis cumpleaños. También había un colegio, creo que se llamaba Bello Monte para variar, un abasto-frutería, al cual me mandaban de vez en cuando a realizar alguna compra menuda, y en la esquina,un restaurant que en algún momento se llamó Onassis y en otro, algo con la palabra "tropical" en su denominación comercial. Siempre me llamó la atención, pero nunca lo visité, así que desconozco cuál era su apariencia y su oferta gastronómica.

Bordeando el restaurant para regresar al punto de partida, me topaba con la calle Baldó, en la cual conseguía algunos talleres mecánicos y a continuación la última vivienda de la calle, una quinta bastante sombría con el extraño nombre (para el común de la zona) de "Arizona", que despertaba nuestras fantasías por considerar que pudiera ser una casa embrujada, pues nunca veíamos a nadie entrar o salir de ella. Al cruzar la esquina de la Baldó con la Humboldt, hacia la izquierda, se hallaba tal vez un par de casitas pequeñas, que eventualmente mutarían a peluquerías primero y luego a talleres mecánicos, y aproximadamente a mitad de la calle mi punto de partida, el edificio que fue bautizado en honor al ilustre visitante alemán que se hospedara algunos días en la hacienda que le dio nombre a la urbanización, Belle's mount.

Ya casi nunca paso por ese lugar; nada, salvo la nostalgia, me ata a él. El edificio sigue en pie, pero con el deterioro normal que produce el paso del tiempo y tal vez el escaso mantenimiento. La calle Húmboldt dejó de ser residencial, y es una retahíla de talleres mecánicos. La hermosa quinta Bel-mount fue demolida en los 80s. Ya poco queda de estos recuerdos.