sábado, 16 de julio de 2016

Mi padre, el alquimista


Cuando uno es pequeño, tiende a construirse una realidad cónsona a su capacidad de raciocinio mediante la generalización, a partir de las interacciones que sostiene con los aspectos cotidianos de la vida. Por ejemplo, cree que todas las casas son iguales a la suya, así como las escuelas, los parques, y en general todo lo que conforma su pequeño mundo. Por ese motivo, durante gran parte de mi infancia asocié lo que hacía mi padre con el concepto de trabajo, y supuse que trabajar era "eso"; por consiguiente, esperaba con ansias el día en el cual yo comenzaría a trabajar. Claro que la actividad de mi padre no era cualquier cosa: tenía más que ver con la magia y la alquimia. Es que, verán, él era orfebre. De los orfebres de verdad, de esos que tomaban un lingote de oro y lo transformaban en joyas mediante variados procedimientos que involucraban hornos, sustancias químicas, crisoles, moldes y herramientas de precisión.

Ir al trabajo de mi padre era algo fascinante. Todavía tengo en la memoria el mapa del lugar, que llevaba el ostentoso nombre de "Fábrica de joyas Las Delicias". Y, aunque el apelativo pudiera sonar  grandilocuente - dadas las dimensiones del local -  no era desacertado. Era todo un complejo industrial en pequeño, y en él se transformaba cierta materia prima en productos terminados. En exquisitos productos, debo decir, porque esos italianos tenían buen gusto para producir las joyas que engalanaron a la clase media y media-alta de la Caracas de los 60 y 70. Pulseras, anillos, collares, zarcillos, gargantillas, pisacorbatas, eran los artículos que se producían en la fábrica. Prenda que llevara el sello de Las Delicias tenía garantizada su calidad.

Pero estaba hablando del local: para entrar a él era necesario pasar por una reja doble. Durante unos instantes, quien quisiera visitarlo se encontraba en una especie de jaula, en la cual no se abría la segunda reja si la primera no estaba cerrada. Era una medida de seguridad básica, dada la naturaleza de la mercancía que se transaba allí.  Al franquearla, el visitante tenía a mano derecha un amplio mostrador de madera oscura y vidrio, en donde estaban exhibidas algunas de las prendas que se vendían al detal (pocas, en realidad, ya que ellos destinaban el grueso de su producción para la venta a joyerías). Y al frente lo que en mi concepción infantil consistía "el trabajo": una puerta basculante a media altura permitía el acceso a un área con seis puestos, tres a cada lado, compuestos por una superficie de madera recubierta por una lámina de metal, una gran gaveta debajo de ella, un taco de madera de forma trapezoidal - que permitía el limado de las joyas - fijado a la superficie de trabajo, y sobre ella una constelación de herramientas tales como pinzas, limas, ganchos y punzones.Además, cada puesto de trabajo disponía de un soplete. Mi padre ocupaba el lugar más lejano a la puerta, a mano izquierda. Se sentaba, al igual que el resto de sus compañeros, en un banquito de madera que no ha debido ser muy cómodo. A sus espaldas había otros dos o tres puestos similares, pero esos no recuerdo haberlos visto nunca ocupados. Tal vez en alguna época hubo quien los utilizara, estando yo más pequeño, pero no tengo registros en la memoria sobre ello. Aunque la describo en primer lugar, en realidad esa área era la última en el ciclo productivo, pues en ella se realizaba el acabado de las piezas, y se acometían pequeñas reparaciones y adaptaciones de las prendas.

Al fondo de dicha área de trabajo estaba lo que llamaban pomposamente "la oficina": una habitación en donde lo más importante era la presencia de dos enormes cajas fuertes, que le daba un aire de solemnidad al sitio. Además de dichas cajas fuertes, había otros objetos que llamaban mi atención, tales como unas calculadoras mecánicas (que nunca supe como utilizar), una balanza de precisión y  un juego de frasquitos de vidrio que contenían el líquido que permitía verificar la pureza del oro, junto a una piedra en donde se frotaba la pieza a probar, además de uno que otro escritorio bastante destartalado, y unas sillas de oficina que no hacían juego con nada.

A mano izquierda del área de trabajo había dos ambientes muy particulares: en uno de ellos, una amplia habitación rectangular, se encontraba una gran máquina que permitía transformar los tacos de oro en láminas finas, o incluso en alambres. El encargado de esa máquina era mi padrino Franco; nunca vi a más nadie manipularla. Aplicando presión y calor se lograba la transformación, dada la ductilidad del material precioso que se empleaba. Era muy divertido ver como la máquina escupía una lengua interminable y amarilla, que cada vez se hacía más fina y flexible. Pero tal vez la zona que más disfrutaba, y me parecía fascinante, era el área en donde se hallaba la fundición. Se trataba de un horno que alcanzaba la temperatura suficiente para fundir el metal áureo. Ver el oro en estado líquido dentro del crisol era algo que me sorprendía siempre, sin importar cuántas veces lo hubiese visto antes.

Y, pasando la fundición, estaba una angosta y oscura escalera que llevaba al piso de arriba, en donde se hallaba el laboratorio de mi padre, en una gran terraza. Hace algunos párrafos mencioné la alquimia, y no fue una palabra al voleo. Mi padre era una especie de químico empírico, y conocía toda clase de ácidos y bases que le permitían intervenir el oro para eliminar cualquier impureza y lograr la calidad que diferenciaba a los productos de Las Delicias. No sé cómo alcanzó esos conocimientos, ya que no tuvo educación formal salvo la elemental, hasta el quinto grado de primaria. Pero sí trabajó en una de las grandes fábricas que existió en su ciudad natal, Verona, y tal vez allí aprendió de algún compañero más veterano. No lo sé a ciencia cierta. Esa terraza era su lugar creativo, y podía pasar horas y horas allí, diseñando moldes, haciendo combinaciones extrañas con los químicos que tenía a la mano, e ideando prendas.

Algo muy particular ocurría en la fábrica: la basura que se producía con la actividad diaria no se desechaba, sino que se guardaba en unos recipientes cilíndricos. El motivo era bastante lógico: mezclada con los desperdicios existía cierta cantidad residual de oro, que se recuperaba al incinerar esa basura en unos hornos que se hallaban por los lados de Guarenas, según recuerdo. Una vez al año, aprovechando el asueto navideño, mandaban los pipotes con la basura a ese lugar y lograban recuperar una cantidad nada despreciable de oro.

Esa fábrica estuvo en funcionamiento desde comienzos de los 60 - tal vez 62 o 63 - hasta finalizando la época de los 80. La muerte de mi padre ocurrió antes del cierre definitivo de la empresa. De los cuatro socios originales quedaban sólo dos - uno de ellos, Pino, el único no veronés sino romano,  vendió su parte de la sociedad al resto de los socios y regresó a Italia a principios de los 70 -  y decidieron cerrarla ya que en los últimos años fueron víctimas de varios robos. Ya la criminalidad comenzaba a golpear duro a la ciudadanía, y pensaron que lo mejor era liquidar el negocio y jubilarse. Creo que después del fallecimiento de mi padre no volví a pisar la fábrica.

Sin embargo tuve la oportunidad de volver a entrar a la quinta Josefina, donde tuvo su sede el trabajo de mi papá, unos 10 años después. Casualmente un cliente que me contactó para un desarrollo de software tenía una oficina allí.  Fue un retorno bastante agridulce: ya no quedaba traza de la actividad anterior. Habían convertido el espacio en un área de oficinas. Anodinas oficinas que para nada reflejaban el esplendor de la noble actividad que alguna vez se realizó en ese lugar. Recorrer los espacios transmutados, y tratar de adivinar en donde estaba cada cosa anteriormente, fue un ejercicio a mitad de camino entre la tristeza y la nostalgia. Más nunca volví a ese sitio. De vez en cuando paso cerca, pero me eximo de recorrer la calle que lleva a la quinta Josefina. Con lo que guardo en la memoria me es suficiente.

lunes, 4 de julio de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 4 de julio de 2016


En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. En enero de este año el ejercicio dio como resultado 2.946 Bs. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 5.000 Bs/Kg, son 1.000 Bs, más 2 canillas a 250 Bs c/u, 1.500 Bs. A 375 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 200 Bs  más 2 galletas por 300 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 2.500 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 4.500 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 2.700 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 1.000 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 200 y  400 Bs. Vámonos por el promedio, 300 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 400 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 3.700 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 1.000 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 800 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 900 Bs el litro, son 720 Bs. En total la cena habrá costado 1.520 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 7.720 Bs diarios. Eso representa un incremento de 4.774 Bs. con respecto al calculo hecho en enero de este año. Es decir, un 262% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos sorprende un descomunal 575%.  Tomando en cuenta que el ingreso mínimo mensual ronda los 30.000 Bs (sumándole al sueldo básico el monto correspondiente a la ayuda por alimentación, que no tiene incidencia en el cálculo de las prestaciones sociales), haría falta el trabajo de casi 8 personas para darle de comer a 4. Los números no dan, de ninguna manera. Cómo logra sobrevivir la gente a esta situación, tiene visos de milagro.El gráfico que encabeza este post es elocuente: no importa cuanto ganes, ni con cuanta frecuencia te aumenten el sueldo. La inflación se lo comerá en un santiamén.


domingo, 26 de junio de 2016

Del flux de lino a la braga naranja



Los años 80 marcaron el comienzo del deterioro para nuestro país, eso es indudable. El viernes negro de 1983 nos explotó en la cara, y no supimos bien cómo encarar esa situación, novísima para nosotros. Sin embargo, por lo menos al principio, procuramos hacer como que no pasaba nada, y por unos años logramos fingirlo decorosamente.

Esa década confluyó con mi inicio en el ámbito laboral. Terminé mis estudios justamente en el 83, con mis sueños de realizar un postgrado en  Francia frustrados gracias al acontecimiento del año, y tuve que resignarme a buscar trabajo y dejar para más tarde mi actualización académica. Logré entrar en una de las compañías más importantes del país para ese momento, en lo que a consultoría el el área de la computación se refiere: la Empresa Nacional de Informática, Automatización y Control, mejor conocida por su acrónimo ENIAC, un obvio guiño a la primera computadora digna de ese nombre. En ENIAC tenían una política bastante agresiva con los empleados: los soltaban al ruedo, es decir a los clientes, sin mucho miramiento, a hacer cosas que en teoría estaban a su alcance pero que todavía no habían puesto en práctica. La palabra clave aquí es clientes: la cartera de ENIAC era selecta, y abarcaba petroleras, manufacturadoras y empresas de servicio. Era normal estar sentado en el puesto de trabajo, leyendo un manual o experimentando en alguna de las computadoras, y recibir la orden: "ponte la corbata, que vamos a X". Eso de la corbata era literal: teníamos un perchero que parecía un arbolito de navidad, con la variedad más disparatada de corbatas que hubiera visto. Así que uno buscaba el trapo que mejor combinara con la camisa que tuviera puesta, y corría a la cita. Mi primer trabajo real fue para la Gallup, en apoyo a las elecciones que vieron triunfando a Lusinchi sobre un desgastado Caldera. Después tuve ocasión de trabajar en Lagovén, Corpovén y PDVSA, tanto en labores de programación como en calidad de instructor. Total que mi pasantía por ENIAC me sirvió para meterme de lleno en la profesión, y hubiera sido un lugar ideal para hacer carrera. Sin embargo, al año y medio de estar allí me llegaron cantos de sirena (de sireno en realidad, pues fue un ex empleado de ENIAC quien me lanzó el anzuelo) y recalé en una empresa que años más tarde estaría en boca de todo el mundo: Latinoamericana de Seguros.

De Orlando Castro padre se podrá decir cualquier cosa peyorativa, pero es innegable su carisma y el ascendente que tenía sobre su personal. Personaje venido de abajo en el ámbito empresarial, me contaban llenos de admiración mis colegas: comenzó vendiendo casas prefabricadas en los altos mirandinos, con un maletín por oficina,  a la orilla de la carretera. Su trabajo no era de puerta en puerta, sino de carro en carro. Poco a poco fue escalando posiciones, y para el momento de mi contratación ya era un señor cercano a los 60 años, dueño de algo que iba acercándose rápidamente a ser una corporación gigantesca. Pero nunca perdió de vista a sus empleados, conocedor de que la verdadera fuerza de su organización provenía justamente de ellos. Se empecinaba en conocer personalmente a cada uno, y con ese fin organizaba "el desayuno del mes", en el cual participaban los nuevos ingresos, y por supuesto él como anfitrión. Durante ese encuentro intercambiaba palabras con cada nuevo empleado. En realidad era una especie de cuestionario prefabricado, con preguntas obvias como nombre, edad y área en donde se laboraba. Pero el hombre derrochaba su encanto con acento cubano y lograba que por un breve instante uno se sintiera especial.

De mi época en Latino, como le decíamos (no confundir con el Banco Latino, ese era otro grupo, diferentes filibusteros), tengo varias anécdotas, como la de las juergas interminables cuando picaba diciembre y a partir del 13 del mes nos declarábamos en fiesta permanente y abríamos el bar a las 10 de la mañana, con la anuencia de las cabezas del departamento (gente rumbosa por excelencia: la gerente estaba casada con el mánager de Los Melódicos, y alguna vez nos invitó a alguna de las versiones de la disco gigante del CCCT, creo que en ese momento era Palladium, a bailar con la popular orquesta como ejecutante) quienes solicitaban que su vaso nunca estuviera vacío, para lo cual había un servidor designado que se encargaba de mantenerlos contentos. O el cuento de la secretaria (en esa época todavía se estilaban) del VP de sistemas, que sufría de calor en sus partes bajas e iba frecuentemente al baño a refrescárselas, con el mismo vaso en el cual después le servía agua a su jefe. O el primer trabajo sucio que me encomendaron en mi vida laboral, un programa que redistribuyera los ingresos de la compañía por estados para evadir impuestos. O la gestación del Grupo Progreso: un día me contaron, literalmente: "El viejo (así le decían a Castro) se compró un computador y un banco, y ahora hay que ponerlos a funcionar". Se trataba del Banco Zulia, que posteriormente cambiaría su razón social a Banco Progreso, y funcionaría como soporte de Seguros Progreso, empresa que logró lo impensable: se dedicó al ramo más siniestroso en el país como lo es el de Vehículos y llegó a posicionarse entre las primeras cinco compañías del país en primas cobradas. O la vez que Orlando Castro convirtió a todos sus empleados en agentes de seguros, al entregarle a cada uno un talonario de pólizas de responsabilidad civil, aprovechando la ley que impuso la obligatoriedad de dichas pólizas para todos los vehículos automotores.

Pero el acontecimiento más celebrado durante mi estadía en Latinoamericana fue la invitación que me extendió un día Orlandito, como le decían al hijo de Castro. No recuerdo bien lo que motivó el hecho; tal vez fuera una estrategia de fidelización para empleados clave (en informática el robo de talento siempre ha sido moneda corriente, y es normal que las empresas procuren mantener al personal del área contento, ya que cuando se va se lleva parte importante del know how), o la recompensa por algún proyecto exitoso. El asunto fue que nos llegó a un pequeño grupo de empeados del departamento una comunicación formal, invitándonos a participar en un almuerzo ofrecido por Orlando Castro Junior, a nombre de la empresa, en el restaurant Da Emore. Valga resaltar que en ese momento Da Emore era uno de los grandes restaurantes de la ciudad, y que nos quedaba justo encima de la oficina, allá en el Centro Comercial  Concresa. El grupo de los elegidos, como nos bautizó algún compañero burlón, gozó durante la semana que medió entre la invitación y la fecha pautada para el almuerzo de una fama desproporcionada por lo inusual del hecho, y probablemente fue blanco de la envidia de ciertos individuos. En lo concerniente a mí, un pelado que no estaba todavía en la treintena, la incredulidad y la sospecha de no merecer tal distinción me hicieron esperar con cierta ansia el momento.

Esa fue tal vez la tercera vez que entraba en ese lugar, y también la última. Orlandito se sentó a la mesa con nosotros, trajeado como de costumbre con un flux de lino, que se notaba hecho a la medida (nada que ver con los puyaítos que llevábamos los demás comensales); seríamos tal vez unas 8 o 10 personas, contándolo a él. De ese almuerzo recuerdo, por supuesto, la comilona de 7 platos que constituía el menú de degustación del lugar, la generosidad y variedad de la bebida, con posibilidad de escoger entre escocés y vino, y la actitud entre solemne y embarazosa de Orlando Junior, que no calzaba los puntos de su padre a la hora de confraternizar con el personal. Sin embargo puso todo su empeño para hacernos sentir bien, como importantes figuras dentro de la organización. Ahora no recuerdo casi nada sobre los temas de conversación que abordamos durante el almuerzo - han pasado casi 30 años - pero sí  que al salir del restaurant, llenos y prendidos, jurábamos fidelidad eterna a la empresa.

A los tres meses más o menos ya había renunciado; es que las promesas de borracho no deben ser tomadas en cuenta. La canibalización empresarial me hizo convertirme en un mercenario, y me fui por una paga unas tres veces mayor a la que devengaba en Latino. De 8.000 Bs pasé a ganar 24.000, y me sentía como un magnate. El tiempo me enseñaría que no se le debe tomar cariño a los sueldos, por lo menos en Venezuela, ya que la inflación se los devora. Pero por un par de años, tal vez un poco más, estuve tranquilo en el aspecto económico, y hasta pude darme ciertos lujos.

Pasó el tiempo, y ya me había olvidado de mis antiguos patrones, hasta que una cuña estremeció el ambiente: la famosa "aquí estamos, aquí seguimos", transmitida cuando ya Orlando padre e hijo habían picado cabos. El castillo de naipes de las finanzas criollas comenzaba a derrumbarse. La siguiente vez que vi a los Castro, esta vez gracias a una foto en algún periódico, habían desechado el flux de marca, luciendo en su lugar una reluciente braga color anaranjado.

sábado, 25 de junio de 2016

El CNE, guardaespaldas de Maduro



Lo que voy a decir no es una novedad, y todo el mundo lo sabe, pero lo hago por amor a la crónica y para dejar registro. Voy a apuntar los hechos que recuerdo, y seguramente se me van a quedar muchos por fuera, por lo que agradezco cualquier ayuda para compilar la historia.
Desde el primer momento en que se habló de revocatorio, el CNE no ha hecho otra cosa que buscar entorpecer o evitar el proceso. Comenzando por el absurdo requisito de recoger el 1% de las firmas de acuerdo a distribución proporcional de la población por estado. Esto ya es un exabrupto, ya que no estamos compuestos por colegios electorales, como es el caso de EEUU. En Venezuela un voto en Maturín cuenta lo mismo que un voto en la Sierra de Perijá. El sitio en donde se recojan las firmas es irrelevante, la letra de la constitución solamente indica que basta con que el 1% de la población solicite el referendum revocatorio para activarlo. Otra arbitrariedad, hija de la anterior, es que la firma debió ser recogida en la entidad federal en donde está registrado el elector. Un abuso total. Si alguien estaba de viaje en el momento de la recolección de las firmas no pudo ejercer su derecho.
Otro hecho que sin duda está dirigido a torpedear la iniciativa es el relajo de los lapsos que se toma el CNE para cada etapa del proceso, y la discrecionalidad para decidir si una firma es válida o no. Todos sabemos cuántas personas conocidas denunciaron que su firma no fue aprobada, sin saber la causa y sin derecho a revisión. Los casos más patéticos, por supuesto, son los de los dirigentes políticos. Haberle rechazado la firma a Capriles y a Machado no puede sino catalogarse como provocación. Pero son apenas dos de los 600.000 venezolanos a quienes se le negó su derecho a convocar el revocatorio.
Llegamos al capítulo de la validación de las firmas, y aquí es en donde toda la estulticia de las rectoras del CNE se pone de manifiesto de la manera más evidente. Primero se estimuló el arrepentimiento, agregando un paso totalmente inútil como la retirada voluntaria de la firma y con ello alargando una semana más el proceso. Ese paso es una ridiculez ya que si alguien estuvo arrepentido con no ir a revalidar tenía. Luego, el diseño del proceso de validación tuvo como objetivo que se pudieran obtener el menor número de firmas posibles, tanto por la cantidad de máquinas puestas a disposición del proceso (un déficit de mil, según indican los expertos) como por la ubicación geográfica de las mismas. También se debe mencionar la operación morrocoy y el cierre de los centros de validación a pesar de haber personas en la cola, gente a la que se le conculcó su derecho político al no permitirle validar su firma.
Un paréntesis: El proceso de validación de firmas ha servido para demostrar la falacia de uno de los argumentos que esgrime el CNE para proclamarse como "el sistema electoral más seguro del mundo". Me refiero a la garantía de "un elector, un voto", que supuestamente estaría avalado por el sistema de identificación biométrico, la tristemente popular captahuellas. Ese mecanismo debería garantizar dos cosas: que no haya suplantación de identidad, al cotejar la huella del votante con la huella almacenada en la base de datos, asociada al número de la cédula que presente el votante; y garantizar que esa persona vote una sola vez. Conceptualmente es algo posible, y es un algoritmo que cualquier estudiante de primer año de alguna de las carreras que tienen que ver con computación está capacitado para resolver. Ahora bien, si tuvieran ese mecanismo activado y suficientemente probado, la validación de firmas debería ser automática y al instante. Bastaría con cotejar la huella en la base de datos, ver si el elector asociado a la huella pertenece a la entidad en donde está realizando la validación, y confirmar que no ha validado aún. Pero no es así: el CNE se va a tomar 20 días hábiles para chequear esas validaciones. Para menos de 400.000 firmas, que es un universo muchísimo más pequeño que el de los votantes en cualquier elección ya sea regional o nacional. Esto debería encender las alarmas: el CNE monta unas elecciones con un mecanismo que no es capaz de garantizar la identidad y la unicidad de los votos, y lo da por bueno sin ningún tipo de verificación posterior, verificación que por otra parte es realizada con todo el celo del mundo cuando se trata de un evento que atenta contra el oficialismo.
A pesar de todos estos obstáculos la ciudadanía se mostró digna del compromiso, y se logró la meta de acuerdo a los números de la oposición. Pero las zancadillas continúan: se van a tomar 20 días hábiles para revisar algo que debería estar revisado de origen por el carácter automatizado del proceso, por lo explicado más arriba,  y tal vez tengan la osadía de decir que no se alcanzó el número de firmas necesarias. Aunque no creo que lleguen a tanto, no me sorprendería. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer si eso sucede?

domingo, 19 de junio de 2016

La lógica, el surrealismo y la poesía


Tal vez la única materia relacionada con las matemáticas que en realidad disfruté durante mi pasantía por la universidad fue la que en el pénsum de entonces se denominaba Lógica simbólica. El motivo de ese disfrute obedeció a que, paradójicamente, dicha materia tiene que ver más con la palabra que con el número. Es la disciplina que, entre otros temas, lidia con los silogismos, esas construcciones con dos premisas y una conclusión que debe deducirse de ellas,  tipo:

"Todos los árboles tienen raíces;
Las salamandras no tienen raíces;
Las salamandras no son árboles".

El aspecto lúdico de esa especie de acertijos, a pesar de estar soportado por una fuerte teoría, me hizo enamorar de la materia, y la seguí explorando aún cuando ya no estaba dentro de mis deberes formales.

Las clases nos las daba un profesor bastante excéntrico, que nos invitaba siempre a pensar fuera de la caja, y nos proponía adivinanzas que a veces no tenían mucho que ver con la materia, para expandir nuestras mentes. También fue quién nos hizo saber que uno de los grandes teóricos de la lógica fue el diácono Charles Dogson. Ese nombre no le sonará conocido a mucha gente, pero su seudónimo como escritor seguramente sí: Lewis Carroll.

Personaje complejo, este Carroll: diácono de la Iglesia de Inglaterra, a pesar de no creer en el castigo eterno para los pecadores; fotógrafo con gustos, para definirlos de una manera que no busque la polémica, peculiares; escritor de novelas fantásticas y poesía absurda; y además, matemático, con unos cuantos libros de texto de mucha reputación en su tiempo. En particular descolló en el campo de la lógica, y tiene un librito delicioso llamado "El juego de la lógica" que de alguna manera conjuga sus dos facetas de científico y artista, pues aúna unas aburridas páginas dedicadas a la teoría de la lógica a unas demenciales demostraciones de su aplicación. Lo veo como una especie de precursor del surrealismo, al leer lo siguiente:

"Ninguna rana es poética;
Algunos ánades están desprovistos de poesía;
Algunos ánades no son ranas".

O esto:

"Ningún perro terrier corretea entre los signos del zodíaco;
Nada que no corretee entre los signos del zodíaco es un cometa;
Nadie sino un terrier tiene una cola rizada".

Estos son apenas dos ejemplos sacados al vuelo de las páginas de ese libro. Pero hay mucho más, como la paradoja lógica que busca adivinar mediante ciertas premisas y reducciones al absurdo la presencia o ausencia de uno de los tres barberos que atienden en el pueblo, o el delicioso escrito "Lo que Aquiles  le dijo a la tortuga", que conjuga una hermosa prosa de clara tendencia surrealista con consideraciones sobre la teoría euclidiana.

Tal vez su obra novelística no haya sido sino una expansión de su obsesión por la lógica y su antítesis, el absurdo. Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, propone varias paradojas y acertijos que la protagonista debe resolver para seguir con vida, en medio de situaciones desquiciadas. Acertijos que fueron debatidos hasta mucho tiempo después de la publicación del libro, como el conocido "¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?" que ha obtenido soluciones tan brillantes como "En que Poe escribió sobre ambos", o la surrealista "Porque hay una A en ambos". Puede que Charles Dogson haya escrito su obra literaria para su propio solaz, pero probablemente nunca imaginó cuánto habría de divertir a las generaciones futuras.

Para terminar, copio la primera estrofa de una poesía de Carroll  que se encuentra en el prólogo de la edición española del libro "El juego de la lógica":

"Creía ver un elefante,
un elefante que tocaba el pífano;
mirando mejor vio que era
una carta de su esposa.
'De esta vida, finalmente' -dijo-
'siento la amargura'"

sábado, 4 de junio de 2016

La pelea del siglo



Siempre he sido una persona pacífica, enemiga de inmiscuirme en reyertas. Puedo contar con los dedos de la mano de un leproso las veces que me he caído a coñazos. Por lo general he tratado de salir de las disputas mediante el recurso de la palabra, o la retirada estratégica. Supongo que esa disposición de ánimo puede ser considerada por la logia de machos vernáculos como un signo de cobardía. Pero yo lo tomo como simple precaución.

Sin embargo, en la infancia tuve algunos episodios en los que utilicé los puños, ya sea por diversión o por pundonor; recuerdo una de esas veces con bastante nostalgia, porque no fue fruto de una discusión sino el resultado del entusiasmo que produjo un evento deportivo: la pelea del siglo, en 1971, entre Ali y Frazier. Fue una de las primeras trasnochadas televisivas de las que tengo memoria. No sé a ciencia cierta cómo adquirí la noción de que Alí era "el bueno", pero lo cierto es que estaba aupándole con gran fé y entusiasmo, hasta que vi con desazón como caía al piso y volvía a levantarse gallardamente, perdiendo al final por puntos. Fue tal vez mi segunda desilusión deportiva (la primera fue el año anterior, la cruel derrota de Italia a manos del poderosísimo Brasil en la la final de México 70). Sin embargo, la pelea fue encarnizada y para el recuerdo, y la derrota de Alí apenas un detalle.

Al día siguiente a la pelea,  nos reunimos la cuerdita de siempre en el comienzo de la calle Humboldt en Bello Monte, en el patio de la casa de un miembro de la pandilla. Allí comenzamos a hablar de la pelea, opinando y recreando los pasajes más candelosos; todos estábamos de acuerdo en que había debido ganar Alí; poco a poco fuimos escalando el tono y en un momento determinado estuvimos enfrascados en un improvisado torneo boxístico, en donde tratamos de reproducir lo que habíamos aprendido en el combate. Dos a la vez, peleamos a puño pelado (nadie tenía guantes, ni ganas de usarlos), uno, dos rounds de tres minutos, medidos con el Tissot (¿o sería Mulco?) de uno de los amigos. Tuve mi turno, y me tocó en suerte un chamo bastante más pequeño y flaco que yo. Recuerdo sacar con toda la fuerza que tenía unos ganchos de derecha e izquierda que iban a aterrizar en la humanidad de mi contrincante con alterna fortuna. Mi trofeo fue la sangre que brotó de la boca de mi compañero de match, al cual en algún momento le acerté un golpe franco en la comisura de la boca, lo que valió la culminación anticipada de la pelea y del torneo todo. Valga esto como mi pequeño homenaje al más grande, Mohamad Alí, que acaba de cumplir su tránsito a la eternidad.

jueves, 12 de mayo de 2016

Caracas cierra temprano

Ayer en la tarde tenía pautada una reunión con unos amigos, y nos habíamos citado en el Centro Plaza, a las 5:00 PM. Dado que el día había estado convulsionado, decidí salir con bastante antelación previendo el posible retraso por las condiciones del tránsito. Fue una precaución inútil, porque las vías estaban despejadas - demasiado despejadas, en realidad -  y llegué al sitio con una buena media hora de adelanto. Como tenía 30 minutos para quemar, decidí darme una vuelta por la urbanización, y tal vez tomarme un café y comerme un dulce en alguna panadería. Con ese propósito en mente, me dirigí a la "Aída", el templo de las caracolas. Me recibieron el ya habitual cartel de "no hay pan", y una muchedumbre que estaba haciendo cola... por las caracolas, precisamente. No me pareció un buen plan eso de esperar mi turno para ser atendido, así que me dirigí a otro establecimiento. Este estaba vacío, e inmediatamente supe la causa: "Ay, miamor, el punto no sirve". Deseché mis intenciones de consumir algo durante mi espera, y regresé al Centro Plaza.

Todavía faltaba un cuarto de hora, así que comencé un lento y retrospectivo viaje al pasado. Recorrí a paso amortiguado los varios pasillos de los que se compone la zona comercial del centro, y a medida que caminaba se me iba aguando el guarapo. Todo parecía igual a hace 40 años, pero con diversas capas de deterioro a cuestas. No hablo de suciedad, valga la aclaratoria. Hasta donde vi no hay problemas de higiene. Me refiero a que todo está como gastado, desteñido. Envejecido tal vez sea el mejor término. La nostalgia me hizo penetrar  esa zona denominada Villa Mediterránea, que en el pasado estuvo poblada por minitiendas divertidas, en donde se podía conseguir mercancía curiosa, apta para esos regalos chistosos que nos gustaba hacer en la juventud. Ya no queda nada de eso, a menos que uno quiera obsequiar un dildo comprado en la "sex shop", que parece ser el único negocio próspero de la Villa. Del resto, algún café, varias peluquerías, una tienda de ropa. Pero todo arropado por ese manto de vejez al que aludí anteriormente.

Proseguí mi camino, y fui a ver las 3 librerías que subsisten. Estaban vacías, salvo un par de dependientes esperando con indiferencia la hora de cierre, sin mucho que hacer. La oferta de libros de las vitrinas era la misma que se puede observar en otras tiendas del ramo. Algunas pocas novedades nacionales, y prácticamente ninguna foránea.

Continué mi paseo por la nostalgia quejumbrosa, y fui a dar a la zona más oscura del sitio, esa área que está justo debajo de la entrada principal del Centro Plaza. Allí, por alguna razón que no se me ocurre, hay un puentecito de madera sobre una especie de tarima alfombrada. Por más que hago memoria no recuerdo si antes de la alfombra hubo un espejo de agua que le diera propósito al puentecito. No importa mucho ya, pues el paso sobre él está vedado por una cadena puesta en cada una de sus entradas. Toda esta parte del recorrido fue realizada en penumbra, pues la mitad de las luminarias estaba apagada.

Ya era la hora de la cita, y me dirigí a lo que fue el Café Margana, de grata memoria por los desayunos sustanciosos que podían celebrarse allí, acompañados por un excelente café. Ya el Margana no existe, sino una réplica de él, con algunas de sus mesitas de mimbre. No puedo dar fe de la calidad de la comida, pues lo que consumimos fueron - ¡oh, milagro! - unas cervezas. Frías nivel restorán chino. Que nos supieron excelentes, a pesar de ser Light. Creo que a esa hora éramos los únicos parroquianos en el sitio. Un pequeño tropel de mesoneros conversaba, a falta de otras obligaciones. Eso permitió que nos atendieran rápida y solícitamente.

A las 6:30, después de haber ventilado los asuntos que nos concernían y vaciado varias botellas, tuvimos que pedir la cuenta pues tanto el local como el estacionamiento cierran a las 7, por las medidas de austeridad impuestas por la crisis eléctrica. Antes de eso, obligado por las cervezas, tuve que utilizar el baño. Para llegar a él hay que entrar al local y pasar por el bar. Allí me sorprendió la presencia de varias botellas de aguardiente San Tomé, entre otros licores nacionales e importados (las botellas de estos últimos, valga decir, estaban entre medio llenas y vacías, y parecían más bien puestas como decoración).

Regresé a mi casa por la Rómulo Gallegos, preparado para enfrentarme con los habituales retrasos tan comunes en esa vía. Pero estaba visto que ese día no iba a sufrir colas vehiculares. La avenida estaba sola, de una soledad hasta atemorizante, como si fueran las 11 de la noche. Me tomó apenas unos 10 minutos llegar a El Marqués. Hasta eso se ha perdido en Caracas, la nocturnidad. La ciudad cierra a las 7.

domingo, 1 de mayo de 2016

Sim Floyd, derribando la pared



En los comienzos del cine como atracción comercial no se había desarrollado aún la técnica que permite sincronizar el sonido con la imagen, y por ende las películas eran mudas. Para darle esa dimensión sensorial, en las salas en donde se proyectaban las películas - por lo general teatros adaptados a esa nueva función - se instalaba una orquesta que tocaba música acorde al film que se estuviera proyectando. Esas orquestas se disponían de manera de no estorbar a los espectadores en su visualización; eran meros instrumentos de apoyo al espectáculo.

Hoy asistimos a una presentación que me hizo recordar eso que no experimenté en primera persona, ya que desde finales de la década de los 20 del siglo pasado ya el cine era sonoro, pero que conocía por mis lecturas sobre los orígenes de ese espectáculo tan primordial como fuente de entretenimiento y cultura en nuestra civilización. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba cuando el cine era mudo, esta vez el espectáculo fue la banda, y el film sirvió de apoyo visual a su desempeño en la tarima. Me refiero al montaje "The wall", puesto en escena por la talentosa banda tributo a una de las agrupaciones más importantes del rock psicodélico, progresivo, espacial o cualquier otra etiqueta que se le desee poner a Pink Floyd. Ellos se hacen llamar Sim Floyd, pero ese "sim", que hace pensar en  la palabra "simulación", no debe llamar a engaño.

Durante los 95 minutos que dura la película tuvimos el privilegio de asistir a una impecable presentación de su banda sonora, ejecutada a la perfección por los grandes músicos que componen Sim Floyd. Y los calificativos que empleo no son exagerados: la sincronización, la interpretación de los instrumentos, y la vocalización de los entrañables temas que componen el soundtrack de The wall no hicieron echar de menos el material grabado. Es notable el grado de compenetración que alcanzaron con respecto al sonido original de la película. Cada nota estuvo en su lugar y en el momento preciso.

El espectáculo nos planteó una puesta en escena compuesta por una vieja butaca de raído terciopelo beige -que en un principio me pareció una de las que estuvieron por 30 años en casa de mis padres, y luego fueron a parar al depósito de una tienda de compraventa de muebles usados. Junto a ella, una mesita redonda con una lámparita encima. Por supuesto, el mobiliario pretendió emular el utilizado por Pink cuando se hallaba en estado catatónico en la habitación de hotel en donde arranca la película. Sobre el escenario, una pequeña pantalla anunciaba el lugar por donde desfilarían las imágenes creadas por el genio de Alan Parker, y debajo de ella el habitual set al que estamos acostumbrados al ir a un concierto de rock: la batería en el centro, hacia el fondo, a su lado los teclados y al frente las guitarras, el bajo y los parales para los micrófonos que utilizarían los vocalistas.

Ya desde el vamos supimos la magnitud del evento al que estábamos a punto de asistir. Cuando comenzaron a sonar las notas de "In the flesh", justo en el momento que en la pantalla se sacudían las cadenas de la puerta que iba a ser abierta a la fuerza, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. La piel se le debe haber erizado a más de uno de los presentes; por lo menos así me ocurrió a mí. Y lo mismo sucedió en cada uno de los temas que se fueron desarrollando ante nuestros ojos y sobre todo nuestros oídos. Lo que escuchamos fue Pink Floyd, ni más ni menos. Todos los músicos y los cantantes estuvieron a la altura del compromiso que se plantearan tres años y medio antes, cuando decidieron embarcarse en esa aventura inédita en el mundo, según nos contara Ángel Ricardo Quiñones, el guitarrista que no nos hizo extrañar a Mr. David Gilmour, así como pasó con cada uno de los demás integrantes de la banda.

El momento cumbre, tanto para mí como para el grueso del público a juzgar por  su reacción, fue la interpretación de Confortably numb, coreada con entusiasmo y energía por los asistentes, y que le permitió a Ángel lucirse en el par de solos que contempla la pieza, ejecutados con real pasión. Y para cerrar, fuera de la programación original y ya sin la película desarrollándose en la pantalla, nos obsequiaron "Hey you". Vaya manera de culminar el concierto.

En anteriores ocasiones en que he reseñado conciertos de bandas tributo, o de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, no ha faltado el criticón de oficio que argumenta alguna tontería sobre la falta de originalidad. Y me pregunto si esa persona, cuando asiste a un concierto de música académica, no va a escuchar una rendición fiel de las notas compuestas por el autor de las obras puestas en escena. En mi opinión lo que hacen las bandas tributo es análogo, y cuando alcanzan niveles de excelencia como el que logra Sim Floyd yo, por lo menos, lo agradezco. Dado que ya no es posible asistir a un concierto de Pink Floyd, bienvenidas sean estas  iniciativas que nos permiten rememorar y disfrutar la música compuesta por los grandes héroes originadores de esta pasión compartida que es el Rock.

domingo, 10 de abril de 2016

¿Cuándo desapareció el compuesto?



No me refiero al interés, que ese nunca ha desaparecido ni desaparecerá. Hago mención de aquel fragante ramillete de hierbas, bouquet garni tropical, que me mandaba a comprar mi madre, junto con otras mercancías menudas para el día a día, a la frutería "La línea", que quedaba en la calle homónima, luego trastocada en una avenida que en el imaginario de la ciudad está asociada a la prostitución y a los transformistas: la Libertador. La frutería, que distaba pocos metros del edificio en donde viví durante la adolescencia, todavía exhibe su cartel que la promociona como tal, pero en realidad es una licorería. O lo era. Hace mucho tiempo que no transito por ese lugar, hoy en día intervenido por invasiones y enormes torres de la Misión Vivienda.
A ciencia cierta no sé de cuales hierbas se componía: supongo la presencia de cilantro, perejil, apio españa, hierba buena, tal vez hojas de cebollín, algo de hinojo. Independientemente de su composición, era el atado que condimentaba las sopas, la carne mechada o los granos, el sabor que terminaba de darle su carácter a tales condumios. Me atrevo a decir que cumplía el papel que después se le delegó al infame cubito, saborizante express que le da el mismo sabor a todo, adictivo y sobre todo rápido. Se compraba no por peso sino por precio, es decir, un medio, un real, un bolívar. Supongo que la medida era del todo arbitraria, y variaba de comercio en comercio, de acuerdo al humor que embargara al comerciante al momento de cumplir el pedido. 
En esos tiempos no tenía ninguna afición a la cocina, salvo la intervención como consumidor final, tal vez porque mi madre ejercía una férrea dictadura en los fogones y no permitía que nadie se les acercara, cosa con la cual, dada su destreza en esas lides, todo el mundo estaba de acuerdo. Pero sí guardo en la memoria el aroma que desprendía el compuesto cuando estaba en la tabla de picar. Un olor que se conectaba directamente con el sabor que le aportarían las hierbas a la receta de la cual formarían parte posteriormente.
No recuerdo cuando compré por última vez un compuesto. Su tiempo pasó, como pasó el de las pequeñas bodegas de urbanización, desplazadas por las grandes cadenas. Tampoco sé si todavía algún expendio lo vende. No lo hacen los supermercados, que es donde realizamos las compras casi exclusivamente. Siempre queda el expediente de armar el compuesto uno mismo, pero no es igual. Si alguien conoce un comercio que lo ofrezca, le agradezco el dato. Aunque sea solo para usarlo como máquina del tiempo a un pasado más tranquilo y sencillo.

domingo, 27 de marzo de 2016

De playas, carpas y resacas

Los viajes en grupo deben evitarse como la peste. Sobre todo si dicho grupo es heterogéneo. Esta máxima la aprendí en un “paseo” a los paradisíacos (jaja) cayos de Morrocoy. Quien fomentó ese viaje fue un profesor del instituto en donde estudié. El profe, de contabilidad, había sufrido un accidente de joven que lo dejó postrado en una silla de ruedas, pero eso no fue óbice para que se privara de esos fines de semana en la playa. En el mar su incapacidad desaparecía, y podía estar horas y horas nadando. Utilizaba unos guantes especiales, una especie de chapaletas para las manos. Tomó como costumbre organizar escapadas a sus lugares predilectos con grupos de estudiantes, o ex estudiantes como fue en nuestro caso. Unas 10 o 15 personas, ya no recuerdo bien. El año sí lo recuerdo, 1986.

Tras viajar toda la noche del viernes para poder estar en el pueblo a primera hora, cometimos el primer error: dejamos que la opinión de una persona prevaleciera sobre el resto. Y su decisión fue recortar a la mitad la cantidad de cervezas a comprar. ¿Para qué tanto?, decía, si vamos a estar apenas día y medio. Accedimos a regañadientes, pero reforzamos el departamento alcohólico con algunas botellas de ron. Cosa, que vista en perspectiva, también fue un error.

Una vez realizadas las compras, nos dirigimos al embarcadero a contratar los peñeros que nos trasladarían al cayo escogido, el predilecto del profesor: Cayo Borracho. Premonitorio el nombre, sin lugar a dudas. Creo que es uno de los más alejados y por lo tanto menos visitado, por lo que en teoría garantizaba cierta privacidad. En la práctica resultó un viaje de más de media hora en un mar algo agitado, que tuvo un impacto importante sobre nuestras provisiones: para “pasar el susto”, la mitad de las cervezas se consumió en la travesía. Y sí, están en lo correcto: una de las personas que más tomó fue aquella que pensó que exagerábamos, y forzó a limitar la cantidad. Salud, María, donde quiera que te encuentres.
Llegamos al Cayo, y lo primero que hicimos, como se estila en estas circunstancias, fue “levantar el campamento”. Labor que consumió tal vez un par de horas, dada la novatería. Yo no había llevado carpa, sino un chinchorro corrido en 40 cacerías (era el que usaba mi padre en sus viajes a Calabozo, de los que regresaba con el cuerpo masacrado por los mosquitos y unos 10 patos güirirí, que después comíamos escupiendo los perdigones que horadaban la carne de los palmípedos). Así que lo mío fue rápido, buscar un par de matas lo suficientemente fuertes y cercanas para colgar mi hamaca, hacer el amarre que había aprendido desde pequeño, y voilá. Trabajo pasaron los que llevaban carpa, esas antiguas precursoras de las igloo, que tenían centenares de parales, vientos y lonas.

Transcurrimos el resto del día sin novedad: chapuzones en las límpidas aguas del cayo, siestas en la arena, y por supuesto la inevitable ingesta alcohólica. Como las cervezas habían mermado de manera considerable antes de llegar a la playa, pronto se acabaron y tuvimos que recurrir a los alcoholes mayores.  Confieso no guardar mayores recuerdos sobre el resto del día, así que haré una transición brusca: la siguiente escena nos coloca a mi novia y a mí acurrucados en el chinchorro, con un respetable grado etílico, dispuestos a dormir en la paradisíaca isla. Ilusos nosotros. El sitio que escogimos para colgar nuestra cama aérea estaba algo apartado del resto del campamento, hacia el centro del islote, pues era el único sitio arbolado. Pronto comenzamos a escuchar ruiditos inquietantes, como de hojas secas pisadas por seres diminutos. Sí señor, ratas. Y lagartijas. La fauna del lugar se componía de esas especies. Eso logró que nos fuera imposible lograr el concilio del sueño, a pesar de la ingesta alcohólica. Pero ocurrió otro hecho que abortó los planes de dormir al escampado: el chinchorro, precedido por un sonido lastimero, se rajó por la mitad con lo que quedamos con la parte de la anatomía posterior asomada por el hueco producido por la desgarradura. Por suerte no caímos al piso, pues hubiéramos sido presa de las famélicas ratas que nos estaban acechando (bueno, exagero, pero en ese momento ese era el temor).

No nos quedó más remedio que pedir posada en una de las carpas. La única que podía albergarnos era la más antigua, un modelo sin piso, por lo que después de buscar un espacio en donde depositar nuestros cuerpos tuvimos que extender los paños de playa para no dormir directamente sobre la arena. Dormir, sin embargo, no es el verbo indicado. Estaba escrito que esa noche no se iba a poder. La causa, esta vez, fue el alboroto que mantuvieron hasta la madrugada unos integrantes de la expedición que se quedaron afuera, tomando, gritando, cantando y riendo.

Al día siguiente supimos lo que significa estar desamparados en medio de la nada, lejos de la civilización. Como resultado de la juerga de la noche anterior, las provisiones se habían acabado por completo: ni agua, ni refrescos, ni jugos, ni comida. Teníamos por delante unas 6 horas de ayuno y penitencia, con una potente resaca y el sol que calcinaba la arena. El único remedio que teníamos a la mano era el mar, y creo que casi no salí del agua, tratando de mantener la cabeza hundida para paliar la descomunal migraña que estaba sufriendo. Ya no nos reíamos como el día anterior: mirábamos con rencor a los juerguistas que alegremente nos dejaron desprovistos. Dormían, los muy desgraciados. Solo espero que su sueño haya estado plagado de pesadillas.

Por fin, a eso de las 2 de la tarde, llegaron los peñeros para trasladarnos a tierra firme. Una vez allí, corrimos a la tienda más cercana para comprar el único remedio para nuestros padeceres: una cerveza fría, tan fría que nos congeló el cerebro. Que albergaba una única idea en ese momento: más nunca regresaríamos a Morrocoy.  Para pasar trabajo, mejor quedarse en la casa.