Destacado: Mi vida, a través de los perros

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sábado, 2 de junio de 2012

Mi vida, a través de los perros (XV)


-Tomasito, vale, Tomasito... aunque pareces un hombre, sigues siendo el niño que no sabe controlar a un perro...-Dijo con su habitual sorna. Yo me conformé con contemplarla a mis anchas: como dije antes, era esa hora imprecisa del día, y la luz del ocaso la bañaba y la envolvía en una especie de aura, que me la hacía figurar  incorpórea, casi metafísica. Claro, eran tonterías mías causadas por la impresión de encontrarla de nuevo, después de unos ocho años. Acto seguido hice lo único decente en esa situación: le di un enorme abrazo, la sostuve un larguísimo rato entre mis brazos al tiempo que la besaba, castamente, en los labios. Ella pareció apreciar el gesto, pues me dejó hacer sin señales de molestia. Mientras tanto, los perros cesaron su actividad y nos miraban, entre angustiados y recelosos.

Cuando me pude recuperar de la emoción inicial, establecimos el habitual diálogo que sucede entre las personas que tienen largo tiempo sin verse. Me enteré de esa manera que había estado viviendo en Estados Unidos un tiempo, pero que algunos motivos, imprecisos en su narración,  la hicieron regresarse a su casa.

-Margarita,¡mi maestra, la que me lo enseñó todo! Mira, estoy pasando por un momento bastante negro, pero no quiero desperdiciar esta ocasión. ¿Que tal si cenamos juntos una de estas noches?

-Por mí está bien, ¿pero te dejan salir tan tarde?

-Jaja, muy graciosa. ¿Te parece bien mañana? Te paso buscando, como a las ocho.

-Cómo no, señor. Usted manda y yo obedezco. Estos hombres, siempre buscando imponerse y decidir.

Con Margarita siempre era lo mismo: no sabía si hablaba en serio o me estaba molestando - o las dos cosas al mismo tiempo. Decidí mostrar carácter, y le dije:

-A las ocho estaré frente a tu casa; si te decides a venir bien, si no será en otra ocasión, ¿estamos?

-Estás, yo lo sabré mañana.

Creo que es obvio señalar que al día siguiente, o más bien la noche, a las 8:00 en punto estaba estacionando el Mercury  frente a la vivienda de Margarita. Por pura vanidad, y tratando de demostrar algo artificial, no tomé el ya vetusto Bel Air, cosa que a la luz de los acontecimientos posteriores fue un error. La desgraciada me hizo esperar unos 25 minutos, pero algo dentro de mí me impulsaba a seguir esperando. Cuando por fin le dio la gana, apareció en la puerta de su casa. La volví a contemplar: la muchachita de mi iniciación había devenido en una hermosa mujer, no cabía duda. Ya andaba por sus 26 o 27 años, y estaba alcanzado ese momento de madurez, ese pico de sensualidad, belleza y seriedad que combinadas podían hacer enloquecer a cualquier hombre. Vestía un ajustado vestido rojo, a media pierna, con un descote vertiginoso, y alrededor del cuello llevaba un chal negro. No soy dado a este tipo de detalles, sin embargo esa imagen en particular se me quedó grabada. Bajé del carro, y le abrí la puerta del copiloto como lo indican las normas de urbanidad y buenas costumbres. Ella me vio con extrañeza, estuvo a punto de soltar uno de sus habituales sarcasmos pero se contuvo; tal vez temió arruinar el momento. Se acomodó en el asiento, y cuando yo hice lo mismo, me preguntó:

-¿A donde me va a llevar el caballero?

No lo mencioné antes: el día se me pasó indagando cuales eran los lugares más elegantes de la ciudad. Yo era un total analfabeta en esos menesteres; estaba acostumbrado a las fondas estudiantiles, o las tabernas sencillas de mi ciudad adoptiva allá en las montañas. De los restaurantes capitalinos conocía los que frecuentaba en mi niñez y adolescencia con mis padres, pero de eso habían pasado muchos años, y esos lugares ya habían venido a menos o simplemente desaparecieron. Así que consulté entre las escasas amistades que me quedaban, y por consenso escogí un lugar inaugurado hacía poco tiempo, que estaba en el pico de la fama. Me costó un mundo (y un dineral) lograr una reservación, pero la conseguí. Me inflé como un toro en celo al tiempo que le soltaba el nombre del encumbrado local:

-Vamos al Etolie...

-¿Comida francesa? Estás loco de remate, si piensas que voy a comer esas ridiculeces disfrazadas de alta cocina Yo seré delgada, pero cuando me toca comer, quiero comer bien y abundante. Vamos a un sitio de carnes, una buena parrilla es lo que me provoca.

No pude evitar sentirme humillado, pero ¿que otra cosa podía hacer sino acatar sus deseos? En el fondo fue una buena lección: quise dármelas de refinado y conocedor, cuando en el fondo era un tipo sencillo y muy poco educado en cuestiones gastronómicas, y en el fondo una buena carne, acompañada de los contornos habituales, sonaba muy bien.

-Bueno, te quise mostrar algo de mundo, y más estando vestida como estás; pero si tienes alma de camionero no podemos hacer nada, ¿verdad?

-A mucha honra, vengo de un largo linaje de esos seres que conducen prodigiosos vehículos llenos de mercancía, desde las primitivas carretas haladas por bueyes hasta los fabulosos MACK - me soltó de un tirón demostrando su humor siempre listo a aflorar. Bajando un poco el tono, continuó: -Mira, conozco un sitio bien sencillo pero con la mejor carne que hayas probado en tu vida, ¿aceptas mi sugerencia?

-¿Tengo alguna otra opción, salvo bajarte del carro e irme con el rabo entre las piernas?

-Eh...no. Yo te dirijo.

Siguiendo las indicaciones de Margarita llegamos al lugar, que quedaba a unos cuantos kilómetros hacia el este de nuestro vecindario. Un parquero nos recibió, para mi extrañeza. Nos abrió las puertas del carro, al tiempo que me indicaba que él se encargaría de estacionarlo. Me sentí dudoso, pero Margarita dijo: -¡Déjale las llaves, no va a pasar nada!.- Lo hice así, y penetramos al lugar. Estaba totalmente revestido de bambú entintado, color caoba. El espeso humo que provenía de las parrilleras instaladas al lado de las mesas no permitía apreciar los detalles, pero el olor... que digo olor, era un aroma delicioso, que despertaba el apetito de manera automática. El maitre nos recibió con grandes demostraciones de alegría, al reconocer a Margarita:

-Señorita, ¡bienvenida de nuevo a nuestro restaurant! Teníamos tiempo sin contar con su presencia.

-Hola, Antonio. Sí, estuve fuera un tiempo.

-Mesa para dos, supongo.

-Es así.

Nos condujo hacia un rincón algo reservado, que permitía ver sin ser vistos. Tomamos asiento, y después de ordenar las bebidas, le pregunté:

-Nunca me aclaraste el motivo de tu regreso, ¿que ocurrió?

-¿Te acuerdas de lo que te conté sombre mi madre, que había desaparecido estando yo pequeña?

-Sí, claro, como voy a olvidarlo...

-Resulta que quien la desapareció fue mi padre. Tengo el dudoso honor de ser la hija de un uxorcida.

-¿Cómo?

-Con un cuchillo de carnicero, pero no quisiera entrar en esos detalles.

Enseguida até cabos: hacía poco tiempo un escándalo relacionado con unos restos femeninos hallados en una bolsa plástica enterrada en un descampado cercano a la ciudad había estremecido a la ciudad, poco habituada a ese tipo de hechos. Quién lo iba a imaginar, el padre de mi amiga resultó ser un asesino.

-Margarita, no se que decir...

-Nada, no puedes decir nada, es lógico. Mi padre resultó ser un celoso psicópata; sospechaba que mi madre lo engañaba y un día, al sorprenderla hablando con el dependiente de una tintorería, los mató a los dos, en la cocina de la casa. Los restos del hombre nunca aparecieron. Pero los de mi madre sí, gracias a una carta que me envió mi padre hace un par de meses, en la que confesaba su terrible delito y su decisión de desaparecer a su vez de este mundo. No supe más de él, regresé para enterrar lo que quedó de mi madre y resolver los asuntos de las propiedades, ya que tuvo el detalle de dejar todo a mi nombre. Pero vamos a comer, que se va a enfriar la comida- concluyó, mientras le clavaba el cuchillo al sangriento corte de carne que había ordenado.




domingo, 27 de mayo de 2012

Mi vida, a través de los perros (XIV)



Toda persona tiene episodios en su vida que quisiera poder borrar de la memoria, ya sea por bochornosos, por ridículos o por tristes. El funeral de papá es uno de ellos, en mi caso: una de las ocasiones en la que he sentido más tristeza. Sin embargo esas imágenes se me presentan con frecuencia; son como fotografías, o más bien diapositivas que se proyectan sobre un imaginario telón dentro de mi mente. Y el dolor, matizado por el tiempo, aparece puntual. Por fortuna su fallecimiento fue plácido, dentro de lo que cabe. Ocurrió mientras dormía; quien estaba haciendo guardia en ese momento era mi madre, y viéndolo en retrospectiva pienso que fue lo más justo.

Acabo de decir que las imágenes del velorio son frecuentes acompañantes, pero lo curioso del caso es que hay detalles que hoy se me escapan. La visita final del médico, el traslado a la funeraria, quiénes acudieron a esa última visita, son cosas de las que guardo escaso o nulo recuerdo. Creo que el aturdimiento del momento no me permitió registrar adecuadamente esos aspectos. Sí me acuerdo de mi íntimo último adiós: pedí que me dejaran a solas con sus despojos mortales, y allí, en esa habitación donde transcurrió sus últimos días y en la cual nos confesamos mutuamente, me despedí de él sabiendo que al final nos habíamos podido conectar y entender.

Los días posteriores fueron extraños: algunas amistades nos acompañaron al principio, dándonos soporte en las tareas cotidianas tales como lo referente a la alimentación y al cuidado de la casa. Mi madre estaba devastada, abrumada. Aunque  supo mantener la entereza, yo sabía que por dentro se encontraba destruida, y no estaba en mis manos poderla ayudar en esos momentos, pues andaba igual de aniquilado. Ella no sabía demostrar amor sino con sus acciones; no era muy proclive a las manifestaciones afectuosas de palabra. Tal vez no sea todo lo justo que debiera, pero debo decir con honestidad que no recuerdo un "te quiero" saliendo de sus labios, a partir del momento en que entré en mi adolescencia. Pienso que se trataba de una especie de pudor, o tal vez respeto. Tal vez por ello no supimos compartir el luto; cada quien lo vivió por su lado, sin dar o recibir apoyo del otro de manera expresa.

Como nada es eterno, poco a poco la rutina nos fue devolviendo a la realidad. Pudimos lograr el establecimiento de un sistema de convivencia: de manera intuitiva conocíamos las cosas que pudieran molestar o incomodar al otro, y nos manteníamos en nuestros espacios respectivos. De forma espontánea nos dividimos las tareas hogareñas: ella se ocupaba de la cocina y de la limpieza general de la casa, yo me encargaba de las mascotas - todavía estaban con vida las tres perras que me había dejado Margarita, y Hamlet también tuvo su "encuentro familiar", después de todo - y de las pequeñas reparaciones, siempre necesarias en esas construcciones que empiezan a ser vetustas. Y fatalmente tuve que afrontar el hecho más enojoso y frustrante, para mí: ocuparme del negocio familiar.

Mi primera labor fue conocer el estado financiero de la empresa. Con la enfermedad, mi padre tuvo que delegar la conducción de la tienda en uno de sus empleados más veteranos, el señor García. Pues bien, me entrevisté con ese señor para hacerle saber que en adelante yo me encargaría del negocio, y para que me pusiera al día con respecto a la marcha financiera del mismo. Cuando le pedí los libros de contabilidad, noté que una cierta alarma le recorrió el cuerpo: sus movimientos, su gestualidad, me indicaron que algo estaba sucediendo. Empezó a tratar de distraerme con otros asuntos, pero con las palabras de mi padre todavía frescas en la memoria no se lo permití. A regañadientes, por fin, me los entregó.

Al revisarlos entendí su reluctancia anterior. Esos no podían llamarse, en rigor, libros de contabilidad. El desorden era patético: las cantidades estaban asentadas de cualquier manera, habían días sobre los cuales no se guardaba ningún registro; la última anotación en el libro de bancos la había realizado mi padre. Poco a poco fui llenándome de una cólera sorda, me iba poniendo lívido al entender la magnitud del problema que tenía entre manos. García se dio cuenta del asunto, y ese día se fue temprano. No lo volví a ver: como supe un poco después, en la reunión que sostuve con unos contadores que contacté con urgencia para  tratar de sanear la empresa, el hombre estaba desfalcándonos, y desapareció de la ciudad. Por fortuna no le había dado tiempo de completar su obra, pues de otro modo hubiéramos tenido que declararnos en quiebra.

Ese día regresé abatido a la casa. No le dí muchos detalles a mi madre, solo le conté que había detectado ciertas irregularidades en la contabilidad. Para tratar de despejarme un poco, le puse la correa a Hamlet y salimos a pasear. Era ese momento incierto del día en el cual no es tarde ni noche, y la luz adquiere una tonalidad dorada. Es raro que recuerde ese detalle, pero más extraño fue lo que ocurrió: Hamlet se me soltó de la correa y corrió presuroso hacia un lugar impreciso, al final de la calle. Corrí tras él, pero era mucho más veloz que yo. Por fin lo encontré montando una perra, un hermoso ejemplar de pastor belga. Escuché una voz a mis espaldas.Para mi enorme sorpresa, alguien comentó:

- ¿Cómo se llama esa sensación que solo se puede nombrar en francés?

- ¡Margarita! - Atiné a exclamar.

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sábado, 19 de mayo de 2012

Mi vida, a través de los perros (XIII)



No quedaba otra opción más que esperar. Aguardar al lado del lecho del enfermo, vigilar su respiración, ojear de vez en cuando el monitor cardíaco. Esperar las visitas diarias del médico, quien después de examinar al paciente nos daba un breve parte, que nunca fue optimista. El pronóstico era malo, el doctor no nos daba muchas esperanzas: el músculo cardíaco de mi padre estaba lesionado de forma severa, y en esos momentos era poco lo que la ciencia médica podía hacer. Nos recomendó tratar de darle la mejor calidad de vida posible, de no excitarlo y no hacerlo conversar en demasía. Esa recomendación sobraba, ya que mi padre nunca fue de hablar mucho. Decía lo necesario, no se explayaba sin necesidad.

Pero yo sentía la urgencia de establecer comunicación con él antes de que fuera demasiado tarde. Me puse a pensar que en muy pocas ocasiones habíamos sostenido una conversación real, más allá de lo cotidiano. Entendí que en el fondo sabía muy poco sobre mi padre, y viceversa. Y tenía la secreta convicción de que mis correrías en tierras frías habían sido el disparador de su condición. No podía dejarlo marchar de esa manera, quería en cierta manera disculparme. Así que empecé a buscar la ocasión precisa para hacerlo.

Para poder descansar, mi madre y yo establecimos un sistema de guardia: cada ocho horas nos dábamos relevo en el cuarto. En mis turnos, esperaba los raros momentos en que mi padre recobraba el conocimiento, y los aprovechaba para hacerle preguntas sobre el pasado. Fue de esa manera que supe aspectos desconocidos sobre mis padres: cómo se conocieron, donde vivían, qué hacían de jóvenes. Aunque eran cosas para nada extraordinarias, atesoré esas revelaciones con mucho cariño, pues de cierta manera eran parte de mi legado intangible, pero real. Poco a poco logré desarrollar una camaradería nunca antes lograda con él, y empezábamos a apreciarnos mutuamente ya no en el plano padre-hijo, sino de hombre a hombre. No hice caso al consejo del médico; le relaté sin ninguna omisión mis aventuras allá en la serranía. Mi padre se indignó, se sorprendió y rió como un niño, de manera alternativa, ante las situaciones que le iba narrando. Estaba disfrutando de lo lindo con ello, casi como si estuviera viendo una película. De vez en cuando hacía algún comentario, para reprenderme o para que le aclarara algún aspecto. Me regañó por el asunto del accidente, no tanto por el hecho sino por haber dejado ir a la muchacha.

-Una mujer así no se debe perder. Te faltó carácter, ella clamaba por ser domada. Si te le hubieras impuesto, quien sabe si ahora estuvieras aquí con ella y con mi nieto.

-No, papá. Lo más seguro es que en estos momentos estuviera preso o muerto, era demasiado loca.

-Bah, tonterías. Tu madre era así también, salvando las distancias. Le gustaba hacer loqueteras, como colearse en los cines, o hacerme esperar dos horas en la sala de estar de su casa, mientras ella estaba fuera de ella con alguna amiga. Pero yo estaba claro en que era la mujer de mi vida, así que me empeñé en conquistarla, y aquí nos tienes, 35 años de matrimonio sólido.

-Ya encontraré a mi pareja, y te traeré tus nietos, no te preocupes.

-¿Mis nietos? Será al cementerio, no nos caigamos a embustes. Yo sé que me queda poco tiempo.

-Deja de decir eso...

-No me trates de engañar, ten esa cortesía conmigo. No soy tonto, siento mi cuerpo y puedo leer sus caras cuando se va el doctor. No le tengo miedo a la muerte, ¿sabes? lo que lamento y me mortifica es dejarlos solos a ustedes. Y quiero hablar sobre eso.

-Te oigo.

-Todo hombre tiene un deber fundamental en la vida: velar por los seres a su cargo. Pase lo que pase, si uno es hombre de verdad, no pondrá nunca sus intereses por encima. Fíjate por ejemplo tu con tus perros: traté de inculcarte ese sentido de la responsabilidad a través de ellos. Debo decir que aunque fallaste varias veces, hoy en día has logrado desarrollarlo: Hamlet es un hermoso perro, educado, bien alimentado y en suma feliz - Al escuchar su nombre, el perro, que también cumplía sus horas de guardia a mi lado, ladró con alegría, como para hacerse notar - Pasó sus etapas duras, cuando tú lo dejaste por su cuenta, pero a partir del momento en que decidiste retomar su custodia su vida mejoró. Esa fue tu etapa de aprendizaje, digamos. Ahora te toca un reto mucho mayor: cuando yo ya no esté, deberás hacerte cargo de la casa y del negocio. No hay otra solución, sabes que nunca quise tener socios, y aunque tengo empleados fieles no será lo mismo sin un miembro de la familia que lo vigile. Te tengo que pedir una cosa dura, pero no veo otra solución: deberás dejar los estudios por un tiempo, y empaparte de los secretos y los manejos de mi empresa.

Esa petición me dejó helado. Aunque era de suponerse, por otro lado: era hijo único, y mi madre nunca había dejado las labores domésticas. No pude evitar sentirme abrumado: ¡me faltaba tan poco para graduarme! Sin embargo no dejé traslucir esos sentimientos, y más bien asentí a todo lo que me estaba diciendo mi padre. Empezó a contarme sobre su negocio: cuando llegó a su nueva patria, desde una Europa devastada por la guerra, se sostuvo gracias al comercio. Al principio fue vendedor ambulante,  iba de puerta en puerta ofreciendo mercancía en una maleta. Poco a poco fue expandiéndose, gracias al consabido sistema de apartado, y su clientela fue aumentando. En algún momento tuvo la posibilidad de alquilar un pequeño depósito en el centro de la ciudad, después pudo hacerse de la casa contigua, y para hacer el cuento corto a los pocos años tenía un gran almacén en donde ofrecía a la clientela la más vasta mercancía, desde telas hasta artículos deportivos. Llegó a establecer un pequeño emporio, gracias a que supo mantener variedad en la mercancía y precios competitivos.

Todo eso me sonaba terriblemente aburrido: no me imaginaba transcurrir el resto de mis días al frente de una tienda, por importante que ésta fuera. Un panorama gris se me estaba develando, pero las palabras de mi padre habían sido lapidarias: la responsabilidad. Ese era el vocablo que iría a regir mi vida en los tiempos por venir.

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sábado, 12 de mayo de 2012

Llueven balas



La imagen anterior corresponde a una bala que mi esposa recogió esta mañana, en la terraza. Dicha terraza constituye nuestro lugar de escape; el sitio que nos permite estar al aire libre, de noche, sin correr peligro alguno (o por lo menos eso pensábamos). Solemos instalarnos allí cuando comienza a atardecer, provistos de unos tragos, a escuchar música y a hablar pajita. Nos sentimos felices, si me perdonan la puerilidad.

Pero ahora llueven balas. Del cielo caen proyectiles, salidos del arma accionada por algún irresponsable. No es la primera vez que ocurre: ya en otra ocasión encontramos una bala, justo la mañana siguiente a una fiesta que una de nuestras hijas celebró precisamente en la terraza. Suponemos que La bala de hoy fue disparada al aire, pues está bastante bien conservada, es decir, sin las deformaciones que tendría de haber sido disparada hacia un objeto cercano. No se nada de armas ni de municiones: supongo que corresponde a un calibre pequeño, tal vez 38 o menor. Pero una bala, así venga en caída libre, si te cae en la cabeza puede herirte seriamente, tal vez hasta pueda matarte. No se si ahora podremos instalarnos con la misma tranquilidad en la terraza. Tal vez el fantasma del miedo nos obligue a guarecernos, buscando la protección de las consabidas cuatro paredes.

Hace algunos años escribí un pequeño texto que creo viene al caso:



"Uno de los temas mas abordados por Borges, casi pudiera decir que su ‘leit motiv’, es el laberinto. En su cuento ‘El jardín de senderos que se bifurcan’ propone un laberinto infinito, que se desarrolla en el interior de un libro. Una noche reciente, acabando de releer el cuento en cuestión, me acosté algo inquieto. Tal vez el calor, tal vez demasiado café, posiblemente intrigado por el significado del cuento, no pude conciliar el sueño. Puse mi mente en automático, a divagar, tratando así de burlar el insomnio. Casi fatalmente, llegué al tema predilecto de Borges.  Un laberinto infinito. ¿Como crearlo? Debe ser imposible.

De repente, un disparo aislado en el silencio de la noche me proporcionó la clave: ya tenía mi laberinto resuelto. El método es sumamente sencillo: como punto de entrada al laberinto se escoge el sitio en donde se produce ese primer disparo. El resto es descontado: se espera la repetición del hecho, y se traza una línea imaginaria entre ambos puntos. El procedimiento se repite para todas las ocurrencias de ese evento, es decir, un disparo aislado. Tendremos de esa manera un laberinto infinito, que sabemos donde empieza pero no donde termina. Este método tiene, no obstante, una debilidad: el laberinto podrá dejar de ser eterno para una persona cuando el disparo aislado en la noche, la consiga en su trayectoria.

A partir del momento en que maquiné mi laberinto infinito, no he tenido mucha paz. No puedo evitar sentir un estremecimiento al escuchar esos balazos que de vez en cuando se escuchan, partiendo la noche".


Pues ese texto, pensado como un ejercicio de imaginación, me vino a la mente con el episodio de esta munición caída del cielo. Uno oye hablar del desarme de la población, así en abstracto, y piensa que es necesario pero utópico. Pero cuando tiene el objeto concreto en la mano, esa bala, entiende que existe la posibilidad real de morir baleado como un mismo pendejo mientras se toma un whiskicito al fresco de la noche, porque a un individuo le pareció gracioso soltar unos cuantos tiros hacia el cielo. Entonces empiezan los escalofríos y se clama por una solución definitiva a este problema. Ojalá el destino no nos depare una bala perdida, ojalá no seamos el punto final del laberinto.

Mi vida, a través de los perros (XII)



Gracias a ese telegrama pude constatar de nuevo el poder de la palabra escrita. A partir de la lectura de esas cortas frases, escritas con imprecisos trazos tipográficos sobre el papel membreteado de la compañía de teléfonos y telégrafos, comenzó una nueva etapa en mi existencia. Desanduve el camino recorrido unos cuatro años atrás, en el mismo vehículo y con uno de los compañeros de viaje, en una alocada carrera que tenía como propósito llegar a tiempo para ver al otro aún con vida. Por mi parte, ya no era el mismo muchachito imberbe que transitaba por primera vez los largos caminos de la patria; en ese momento contaba con un bagaje de experiencias, enseñanzas y aprendizajes, recolectados a fuerza de grandes errores y pequeños aciertos, que me permitirían en adelante poner las cosas en una perspectiva más correcta.

Habíamos hecho un buen trabajo en la reconstrucción del Bel Air; se tragaba los kilómetros sin dar muestras de fatiga y sin síntomas de recalentamiento. Puede sonar como una tontería, pero el carro parecía contento al poder rodar, el motor girando a todas las revoluciones de las cuales era capaz,  por las interminables rectas que atraviesan el país. La angustia, y cierto sentido de culpa, obligaban a mi pie a presionar el pedal del acelerador sin cesar, tal era la urgencia de llegar antes de que fuera demasiado tarde. Los paisajes desfilaban infinitos a nuestro lado, sin que tuviéramos chance de apreciarlos. Toda mi atención estaba puesta en la carretera; no podía darme el lujo de distraerme, hubiera resultado fatal. Hamlet, esta vez en el asiento del copiloto, no parecía particularmente entusiasmado por el viaje. Se pasó la mayor parte del tiempo dormido, salvo en las dos o tres paradas que realicé para reponer combustible, usar los sanitarios y telefonear a casa para tener noticias frescas sobre la evolución de mi padre.

Por fin llegamos a la gran ciudad en donde había abierto por primera vez los ojos a la vida. Y sí, me pareció grande, imponente, toda una metrópoli, puesta al lado de la provinciana y adusta ciudad de montaña de donde venía, y en la cual dejaba cuatro años de vivencias. Ahora Hamlet sí estaba bien despierto, y parecía excitado por el fermento de la urbe: el corneteo, el tráfico inmóvil en algunos tramos, los gritos de los conductores lo exaltaban, y asomado a la ventanilla se unió con sus ladridos al estruendoso coro capitalino, como demostración de júbilo. Parecía querer decir que estaba de vuelta a la ciudad que le pertenecía por nacimiento y por derecho propio.

Las percepciones son engañosas: cuando uno llega al peaje final de la autopista piensa que su viaje ha terminado; sin embargo, desde ese punto hasta mi hogar había una gran distancia, medible en tiempo y no en kilómetros. Estaba a punto de desesperarme, al verme trancado dentro de la marea de vehículos que simulaban una enorme y sinuosa serpiente reptante por la vía, pero todo en la vida pasa, y cuando fue el momento me encontré estacionando el Bel Air frente a mi casa.

Sin preocuparme por cerrar el carro corrí al interior de la vivienda. En la planta baja se encontraban algunos familiares a los cuales apenas saludé, puesto que mi intención era llegar a la habitación en donde reposaba mi padre. Subí los dos tramos de escaleras como una exhalación, y penetré al cuarto. El viejo estaba dormido, pequeño, como encogido, en medio de la gran cama matrimonial. Su brazo estaba unido por una canilla plástica a la botella de suero. De su pecho salían tres cables conectados a un aparato destinado a monitorear su frecuencia cardíaca. Respiraba afanosamente, a pesar de estar sedado. A su lado, en una silla, mi madre cabeceaba: era evidente que desde el episodio estuvo instalada allí, casi sin dormir. Sin decir palabra alguna la abracé y la besé como no lo hacía desde niño, y algunas lágrimas aparecieron tímidas en mis ojos. Las emociones reprimidas durante el viaje se desparramaron en ese instante, y no sentí vergüenza alguna de ello.

Cuando pude recobrar la compostura, mi madre me puso al tanto sobre la situación real de mi papá. Hacía algún tiempo había empezado a demostrar los síntomas propios de una disfunción del corazón: frecuentes dolores en el pecho, palpitaciones, sudoraciones repentinas lo hicieron acudir el médico, el cual le diagnosticó una angina de pecho. Pensé en reclamarle a mi madre por no haberme informado con anterioridad, pero enseguida reflexioné sobre mis circunstancias y comprendí que no tenía derecho alguno a hacerlo. Lo cierto es que para lidiar con esa condición le impusieron una férrea dieta y una serie de restricciones, como la prohibición de fumar y de ingerir bebidas alcohólicas. Pero el viejo siempre fue proclive a esos placeres, y era un gran fumador; tampoco se privaba de tomarse unos cuantos whiskies como remate a las agotadoras sesiones de trabajo a las que se sometía diariamente. En suma, no siguió los consejos del médico, limitándose a acatar el tratamiento farmacéutico. Eso no fue suficiente, y el infarto llegó puntual. En ese momento se encontraba al filo de la muerte. Las próximas 72 horas serían cruciales.

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domingo, 6 de mayo de 2012

Caracas, la posible.





Cuando pequeño, habitante de Bello Monte, el hecho de salir a pasear de noche por las calles aledañas era algo cotidiano, común y corriente. Teníamos amistades que vivían en Chacaíto, en la calle Villaflor de Sabana Grande y en la calle Negrín, por poner unos cuantos ejemplos, y un par de veces a la semana íbamos a visitarlos, regresando a casa a altas horas de la noche. Caminando pues no teníamos automóvil, aún. Eran los años 60, en sus postrimerías; jamás nos ocurrió ningún evento del cual lamentarnos. 


Ya en los 70 las cosas comenzaron a cambiar: los arrebatones en la calle comenzaron a ser habituales, operados  por motorizados o por carteristas "de a pie". Y en los edificios se empezaron a conocer los atracos. Claro, las entradas no poseían ningún tipo de seguridad, y cualquiera podía traspasarlas. Creo que fue a partir de entonces que comenzó el deterioro paulatino de la vida ciudadana. Poco a poco llegamos a lo que somos ahora: ocupantes de una ciudad abiertamente peligrosa, que nos  acecha en cada esquina, y nos hace suspirar de alivio todos los días, cuando los familiares llegamos a casa y estamos a buen resguardo (aunque siempre queda la paranoia de una intrusión nocturna en el hogar,  algo que no es descartable en lo absoluto). Nos autoimponemos una suerte de toque de queda que se infringe solo cuando es estrictamente necesario. Ya el placer de pasear por pasear de noche se nos olvidó. La ciudad está fortificada, solo que no para evitar potenciales invasiones de naciones extranjeras, sino para defendernos de nuestros propios conciudadanos. Cada urbanización, cada edificio, cada casa, es una ciudad-estado en miniatura;  para poder entrar en ellas necesitamos un salvoconducto. Las garitas se han vuelto parte del paisaje urbano, y los vigilantes decretan quien pasa y quien se queda. El derecho al libre tránsito es hoy por hoy una quimera, derogado de facto por la inseguridad. 


Eventos como el Festival de lectura nos reconcilian con esta maltratada y maltratadora ciudad. El mero hecho de poder estar al aire libre, de noche, sin sentir desasosiego, y de paso disfrutar de propuestas culturales de calidad, como el monólogo de ayer de Leo Felipe Campos, o la presentación del libro "Caracas muerde" de Héctor Torres, por mencionar dos, es algo que nos saca de nuestros habituales esquemas de pensamiento, sobre lo hostil e invivible de Caracas. Voy a referirme a esos actos culturales: a pesar de que ambas propuestas giraron en torno a la fatalidad, cada una nos dejó una enseñanza valiosa. 


Héctor Torres sostuvo una amena conversación con Alberto Barrera, en la cual ambos escritores intercambiaron una serie de ideas centradas alrededor de la temática del libro que se estaba presentando. Por supuesto dirigidas hacia darlo a conocer pero, más allá de eso, pensadas como una especie de redención de la ciudad. El caraqueño ha adoptado el recelo y la desconfianza como armas para poder desenvolverse en el día a día de la caótica urbe, es cierto. Mientras más invisibles mejor, parece ser la norma. Sin embargo existen situaciones rescatables; siempre podremos encontrar la proverbial flor en medio del barro. La lectura de párrafos claves del libro por parte de Alberto Barrera, y los comentarios respectivos del autor, fueron un apetecible entremés que despertó la curiosidad de la audiencia. En palabras de Héctor, Caracas muerde, es verdad, pero no todos los mordiscos son malos. Quedamos pendientes de adquirir el libro y disfrutar de la amena y crítica escritura de Torres.


El acto de Leo Felipe Campos fue una suerte de monólogo, centrado alrededor de una idea: lo que no nos mata nos fortalece. Luego de una jocosa introducción a cargo del gran narrador y poeta José Tomás Angola, quien se deshizo en elogios intencionalmente altisonantes y divertidos hacia Campos - a quien denominó siempre con el epíteto de "escritor criollo", logrando gran alborozo en el público - se subió al escenario un visiblemente herido personaje (interpretado por Leo Felipe) quien, apalancado en la obra de Viktor Frankl y sus vivencias en los campos de concentración de la II guerra mundial, nos puso ante una idea inquietante: si no hubieran ocurrido algunos acontecimientos terribles en la historia de la humanidad no tuviéramos una conciencia colectiva de los límites de la maldad humana, y tampoco contaríamos con herramientas para contrarrestarla. El monólogo tuvo momentos de tensión, como cuando Leo emplazó a una muchacha de la audiencia a imaginarse como víctima de una violación. Hasta que no le sucede algo a uno, es imposible saber. Uno puede imaginar, pero solo la experiencia directa nos pone en contacto con esa realidad, y nos da a conocer nuestro potencial de recuperación. Acompañado por una botella de Jack Daniels (de vital importancia para el monólogo) y libando a ratos un vasito de dicho licor, nos obligó a cuestionarnos nuestras prejuicios y puntos de vista.


Éstos fueron los actos que pude presenciar, pero se que hubo muchos otros; se necesitaría el don de la ubicuidad para atender todas las propuestas. Este tipo de eventos nos deja una enseñanza: con un poco de esfuerzo e inteligencia podemos recuperar la amabilidad de nuestra urbe. Aunque podemos hacer una analogía entre esta iniciativa y los operativos que de tanto en tanto instrumentan las autoridades, signados por la temporalidad y la coyuntura, es un inicio. Como ciudadanos tenemos el derecho de disfrutar los espacios públicos sin más obligación que el respeto al otro, y los servidores públicos tienen el deber de garantizarnos dicho derecho. 

jueves, 3 de mayo de 2012

Diez canciones para cantar en la ducha, o en los largos viajes en carro

Eso, pues. Canciones que disfruto tararear (decir cantar es una osadía, para mis miserables cualidades vocales). Canciones que evocan una época, una situación, o simplemente me gustan.

1) Losing my religion - REM


Siempre digo que el CD Out of time es el placer culposo dentro de mi colección musical. Bueno, ya no lo es pues pasó a mejor vida, aparentemente no es buena idea dejar los cedés en la guantera del carro bajo los soles inclementes que a veces nos acosan. Pero divago; digo que es el placer culposo pues se aleja años luz de lo que escucho habitualmente, de la música que (pienso yo) me define. Sin embargo el álbum en general y esta canción en particular los puedo escuchar en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia.

2) Dune mosse - Zucchero


Este caballero nació en el sitio y el momento equivocados. Pertenece por derecho propio al sur de los EEUU, en los años 40. Hace un blues con un sentimiento único, para mi gusto. Ojo, esta no es una canción representativa de lo que estoy diciendo, pero aún así conserva ciertos elementos del blues aunados a la tradición letrista italiana.

3)Personal Jesus - Depeche mode, versionada por Johnny Cash


Un gran amigo de reciente adquisición me pasó un día una carpeta de música. Dentro de ella había una subcarpeta llamada "Johnny Cash". Me sorprendió sobremanera esa recomendación, pues asociaba a Cash con uno de los estilos musicales que menos disfruto, el country. Pero estaba equivocado por lo menos en lo concerniente a la selección que me había pasado: son versiones de canciones de otras bandas, grabadas al final de la vida de Cash, con un sentimiento que llega muy hondo.

4) Twist in my sobriety - Tanita Tikaram


De un poema que escribió en su adolescencia, esta desaparecida mujer compuso una canción con la que hice empatía desde el momento en que la escuché. Lástima que ella se haya quedado en el camino (hasta donde tengo entendido).

5) The letter -  Wayne Carson Thompson, versionada por Seasick Steve


The letter es un clásico del que poco se puede decir que ya no se haya dicho. Llevada a la fama por Joe Cocker, reapareció en la voz de este señor bluesista, que hace una versión bien particular de ella. Si son aficionados al show de Josh Holland tal vez lo hayan visto alguna vez.

6) Via del campo - Fabrizio de André


¡Fabrizio, que grande eres! Genovés trasplantado en Cerdeña, es un poeta prestado a la canción, y un gran crítico social. En sus textos conviven prostitutas, perdedores, señoras de la alta sociedad y gigolós, descritos    de manera precisa e ingeniosa, a ratos tierna, a ratos dura. Esta cancioncita es un ejemplo de ello, y termina con una frase que dice: "de los diamantes no nace nada, del estiércol nacen las flores".

7) Perla negra - Yordano


Hablando de poetas urbanos, Yordano es el nuestro. Recuerdo haberlo visto en el fallecido Estudio Mata De Coco, a mediados de los años 80, estrenando esta canción. A partir de ese momento quedó inscrita en mi repertorio.

8) As tears go by - Rollings Stones.


Los Stones nunca significaron mucho, para mí. Soy más adepto a Los Beatles, me parecen mejores en todo sentido. Sin embargo esta pieza me coloca en un estado nostálgico que no puedo evitar sentir cada vez que la escucho.

9) Funeral for a friend / love lies bleeding - Elton John


Esta es una de esas canciones míticas, que alguna vez escuché por radio pero nunca tuve la manera de tener en mi colección, hasta que apareció Youtube. Un pomposo intro, y luego un Elton John en su apogeo.


10) Ashes are burning - Reinassance



En mi concepto la mejor voz femenina en el mundo del rock, Annie Hasslam. Es sublime escucharla, y la banda hace lo suyo también.



domingo, 29 de abril de 2012

República Oximorónica de Venezuela



Oxímoron. (Del gr. ὀξύμωρον). 1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

¿Puede usted encontrar los dos oximorones en la fotografía? Son fáciles de distinguir, pero están tan arraigados en la estética impuesta por el actual régimen que tal vez pasen desapercibidos. Aquí van: el primero es la frase "arte político". La política puede verse como un arte, es cierto. Pero no debería jamás utilizarse el arte con fines políticos: ya tenemos bastantes ejemplos de lo pernicioso de ese enfoque (sumamente utilizado en regímenes totalitarios). Cuando se obliga al artista a ceñirse a una temática y una estética acorde con las intenciones de un gobierno determinado, el resultado será inevitablemente triste.

El otro contrasentido es gráfico: aunar a la expresión "Museo de Bellas Artes" la imagen de un individuo armado es una tremenda contradicción. Las Bellas Artes deben enriquecer el espíritu, no envilecerlo. El arte puede, y llegado el caso, debe denunciar la guerra, y el ejemplo más a la mano es el cuadro "Guernica" de Picasso. Pero utilizar el arte para ensalzar el belicismo es una práctica perversa. Tal vez un experto en semiótica pueda decodificar de manera mucho menos torpe que la mía esta imagen. Pero intuitivamente es una alcabala que me impide entrar al museo que debería ser para el goce visual, y no una vitrina de esta seudorevolución. ¿Dónde están los Salas, los Michelenas, los Reverón , donde están, en fin, los cuadros seminales e históricos que deberían estar expuestos perennemente en una sala especialísima de este museo? Hace décadas que no los veo, tal vez estén arrumados en algún sótano, no lo se a ciencia cierta. Pero lo que sí se es que el Museo de Bellas Artes, hoy en día, debería recibir un nombre más sincero y acorde a su utilización. Tal vez Museo de la Revolución sea más adecuado, en donde se glorifica el caracter "pacífico, pero eso sí, armado" de la misma.

sábado, 21 de abril de 2012

El gentilicio y la familia



Para los que gozan (o sufren) de la condición de "primera generación", es decir, los hijos venezolanos de inmigrantes, el gentilicio es un asunto enredado. Han experimentado durante toda la vida una suerte de dualidad: por una parte, los padres trataron de inculcarles amor por la patria lejana como una manera de mantener vivos los lazos con la tierra originaria, un amor que en cierta medida era un poco forzado. Por el otro, tuvieron la necesidad de integrarse a la sociedad en donde iban a hacer vida en adelante.

Por lo general, en el afán de mantener contacto con la patria de origen, los progenitores de los "primera generación" los inscribían en colegios particulares, en donde la enseñanza se impartía en las dos lenguas. Se establecieron numerosas instituciones que respondían a esa necesidad. Todavía  perdura algún ejemplo por allí, como el colegio Francia o el Agustín Codazzi. Algunos de ellos incluso ofrecían la posibilidad de matricularse bajo el régimen extranjero, ya que la intención de algunas familias era levantar algo de dinero, y esperar a que las cosas mejoraran en el otro lado del océano para devolverse. Sin embargo, por lo menos por lo que puedo percibir, esa fue una minoría. La realidad es que lo común fue establecerse aquí, integrándose en alguna medida aunque conservando intactas las tradiciones, sobre todo en lo concerniente a la gastronomía, que viene siendo el principal referente cultural. Otro aspecto que se trataba de mantener vivo era la lengua, o en todo caso el dialecto. El oído se acostumbraba desde la cuna a los sonidos propios de cada nacionalidad.

Otra manera de buscar la seguridad que proporciona la gregariedad fue el establecimiento de centros sociales de cada país, o en el caso de los españoles, de las diferentes regiones de la península; fue así como en los años 60 proliferaron los clubes: el Ítalo, la Hermandad, el Hogar Canario, el Portugués, entre otros. En esos círculos, por lo menos en sus primeros años, se escuchaba hablar en la lengua  madre (o en el dialecto) casi exclusivamente, y el acceso estaba tácitamente prohibido para los que no gozaran de la nacionalidad que correspondiera en cada caso. Con el tiempo eso fue evolucionando, y los clubes ya aceptan a cualquier persona sin importar su procedencia; ya quedan solo algunas personas, ya mayores, que se reúnen en círculos cada vez más pequeños, a jugar cartas, tomarse una grappa o un vasito de orujo,  o simplemente a rememorar otras épocas charlando en su idioma.

Los "primera generación", entonces, percibían la vida a través de un cristal deformado: por un lado, en el hogar, el colegio o en el club, se sentían como en una sucursal del país de origen. Pero cuando les tocaba pisar calle, de verdad, veían otra realidad. Y aparecía la necesidad imperiosa de integrarse a esa sociedad que en definitiva sería la que les tocaría frecuentar de por vida. Tal vez también por un acto de rebeldía ante la autoridad paterna, que tendía a buscar la eternización de la condición de extranjero. El asunto es que, una vez alcanzado el nivel educativo universitario, ya el mundo anterior se dejaba atrás y se entraba de lleno en la dinámica nacional, para lo cual tal vez faltaba alguna herramienta social que debía adquirirse lo más rápido posible, so pena de convertirse en un paria. De cierta manera debía renegarse del gentilicio ancestral como ceremonia de iniciación en esa nueva etapa, aprender a reírse de los chistes a costa de los extranjeros, e incluso a ocultar ciertos detalles. Eventualmente, a la hora de escoger pareja, no se buscaba a alguien del mismo origen. Y se terminaba por sentirse venezolano y asimilar con gusto las tradiciones y costumbres vernáculas.

Sin embargo, es imposible dejar a un lado el sentimiento hacia la patria de nuestros mayores, a pesar de haber adoptado la idiosincracia del país de nacimiento. Y voy a poner mi caso como ejemplo: mi origen es italiano, de la región del Véneto. Hay muchos aspectos del "ser italiano" con los cuales no comulgo: tal vez tengan que ver con la fanfarronería, o la excesiva expansividad. Sin embargo son cosas que acepto y tolero, pues son condiciones inherentes a la italianidad, como lo son también muchas otras características loables, la generosidad y la lealtad por ejemplo. El gentilicio es como la familia. A lo mejor no todos nuestros parientes nos caen bien: siempre existe el primo envidioso o  el tío tramposo; sin embargo, son familia y como tal la aceptamos y, si llega el caso, la defendemos. Lo mismo ocurre con el sentimiento hacia la patria. Creo que está en lo que llaman "la sangre". Uno no puede evitar emocionarse cuando en algún acontecimiento deportivo, o cultural, ondea la bandera italiana, o suena el himno de Mameli. Alguna fibra del ser vibra en sintonía con esas notas.

jueves, 19 de abril de 2012

Jardín Botánico

Ah, los tiempos de la fotografía analógica. Era todo un proceso, y tenía su componente artesanal: se compraba el rollito de 24, o 36 fotos (si se era aficionado serio, se adquiría el formato adecuado para el tipo de fotografías que se tenía pensado hacer: blanco y negro, asa 400, diapositivas, etc). Se cargaba en la cámara buscando desperdiciar la cantidad mínima de negativo, pues nada más anticlimático que se acabara el rollo justo cuando se conseguía el sujeto fotográfico de la vida. Se trataba de tomar las mejores fotos posibles, sin garantía del resultado: el ajuste de la exposición, la velocidad, la profundidad de campo eran las variables que teníamos a disposición para jugar. Y luego, a esperar. En los tiempos más remotos, de 2 a 10 días, dependiendo del laboratorio, y ya al final de la era, una hora gracias a los minilabs. Y por último, múltiples decepciones aunadas a unas cuantas alegrías, cuando las fotos salían como las habíamos pensado.

Con la fotografía digital mucho de eso se perdió: las cámaras hacen casi todo el trabajo por uno, el resultado se puede evaluar instantáneamente, y el espacio es casi ilimitado. A menos que sean tan torpes como yo, que dejo olvidada la tarjeta SD en el PC.

Eso me pasó hoy: nos fuimos al jardín botánico aprovechando el feriado, en pos de un safari fotográfico. Como mi esposa acaba de inaugurar un grupo en Facebook dedicado a la fauna voladora de la capital, salimos a buscar imágenes para alimentarlo, en ese santuario vegetal en medio de la ciudad. Apenas llegamos, nos recibió un gavilán que aterrizó a escasos metros, sobre un árbol. Ni corto ni perezoso, apunté mi cámara hacia él... con la desagradable sorpesa del mensaje "memoria llena". Después de la automentada de rigor, examiné mis posibilidades: debía trabajar con la miserable memoria interna de la cámara, de 32 Mb. Tuve que vaciarla (espero no haber borrado alguna foto memorable, pero me queda el consuelo de la ignorancia). Y para poder sacar la mayor cantidad de fotos posible, bajé la resolución a unos míseros 3 megapíxeles. Tenía en mi poder 27 fotos, como en los viejos tiempos. Y afronté el trabajo como lo hacía entonces, tratando de sacar las mejores fotos posibles dentro del espacio disponible. Éste fue el resultado.