lunes, 29 de junio de 2015

La reina en el parque



Hay música que no resiste bien el paso del tiempo. La catalogada en Europa como "éxitos del verano", por ejemplo, destinada a fungir de banda sonora de las vacaciones, y que luego es olvidada por todos, salvo una que otra honrosa excepción. Por otro lado existe música que podemos catalogar como trascendente, ya que no envejece y se trasmite de generación en generación. Música compuesta y grabada por primera vez hace 40, 50 años, y que se puede encontrar en el playlist de la más reciente juventud.

Ayer presenciamos, en las instalaciones del Parque del Este, un concierto ofrecido por la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, que le rindió tributo a una de las bandas más influyentes e importantes de la escena del rock en los 70's/80´s, la fenomenal Queen. La vetusta concha acústica en obra limpia situada hacia la entrada norte del parque cobijó a los muchachos de la orquesta, quienes de la mano del conductor Daniel Hurtado nos pasearon por la amplia discografía de la banda e interpretaron sus más grandes éxitos. Y la reflexión con la que parte esta croniquilla proviene de la nutrida asistencia al evento: había bastantes canas, como no, pero también mucha, muchísima gente joven, entre los 15 y los 30, digamos. Y se sabían mejor que yo las letras, y las coreaban con un entusiasmo contagioso. Y pensar que muchos de ellos no habían nacido todavía cuando ocurrió la infausta muerte de Freddy, y por ende de la banda, y que no tuvieron la maravillosa oportunidad, que si nos tocó a nosotros, de acompañar el recorrido de Queen a través de los años. Pero eso no es impedimento para que de alguna manera hayan tenido acceso a su música, y la aprecien.

El concierto fue memorable, no cabe duda. Esta es la quinta vez que veo a la orquesta y en cada presentación se nota su crecimiento. La madurez de sus integrantes, y la soltura que tienen sobre el escenario, dan cuenta de un trabajo tesonero. La agrupación posee unos cuantos pilares fundamentales, entre ellos el ya nombrado Hurtado, artífice y director de la orquesta, el gran guitarrista Ángel Ricardo Quiñones, y la vocalista Shankara Salazar, quienes acompañan a la formación desde sus inicios. Pero la renovación es una constante, y siempre se ven caras nuevas entre los músicos y los cantantes, que le aportan una buena dosis de frescura a la formación.

El inicio del concierto, con el coro de la canción "I want it all", presagiaba grandes cosas. Hubo varios momentos descollantes, que desencadenaron nutridas oleadas de aplausos en la audiencia. Entre ellos la canción "We will rock you", que ya es un auténtico himno, y fue coreada desde el inicio por la multitud. Y por supuesto el cierre con la pieza más esperada, y que fue resuelta brillantemente: "Bohemian rhapsody". Uno de los grandes protagonistas, sin con esto querer apocar a los demás intérpretes, fue Ángel Quiñones, que con su versión particular de la guitarra Red special, con ribetes dorados reemplazando al rojo de origen, produjo solos alucinantes que inmediatamente asociamos con el sonido de Brian May. Pero el resto del personal también dio lo mejor de sí para regalarnos una tarde especial, para el recuerdo. Nunca me cansaré de recomendar a esta orquesta, y hago votos para que sea una iniciativa que perdure. Lo necesitamos para nuestra paz espiritual y el goce de los sentidos.

martes, 23 de junio de 2015

El muro de (la) Miranda



En la Avenida Francisco de Miranda están levantando un muro. Un muro de un metro de alto por unos 30 centímetros de ancho. Esa barrera de cemento no se construye con fines ideológicos, al estilo del de Berlín, o xenófobos como el que quiere erigir Donald Trump en la frontera con México, sino como un intento más de regular la conducta de peatones y conductores, tanto de dos como de cuatro ruedas. Se desarrolla a todo lo largo de la división entre las pistas norte y sur de la avenida, desde los lados de Buena Vista hasta  Boleíta, y se interrumpe en las varias intersecciones presentes en la vía.

Llevan varias semanas en su construcción, en la que intervienen una cuadrilla de obreros que pican la isla existente y van colocando las cabillas que garantizan la rigidez de la estructura, y un camión mezclador de cemento que va vaciando su contenido poco a poco dentro de una armazón metálica que permite moldear el muro. Este trabajo lo realizan de día, con las molestias del caso a los transeúntes. El tráfico, de común congestionado en esa zona, tiene un motivo más para la lentitud. De tanto en tanto algunos carteles advierten que esa molestia temporal se convertirá en un beneficio permanente. Los antecedentes me obligan al excepticismo. Esta es la segunda o tercera intervención en ese sentido que veo realizar sobre la avenida. Los dos primeros intentos fueron unas especies de rejas que sufrieron el desmantelamiento progresivo de los esforzados mineros urbanos que revenden el metal a empresas poco apegadas a lo lícito, y las personas (y los vehículos también) comenzaron a cruzar por los claros que de tanto en tanto presentaba el enrejado, burlando así la intención inicial. Vista la inutilidad de las defensas metálicas decidieron apostar por algo más sólido como lo es el cemento armado.

Y me pregunto si esa es la manera de afrontar el problema. ¿Por cuál razón somos, como sociedad, tan refractarios al cumplimento de las normas mínimas de urbanidad y seguridad? ¿Por qué es necesario que se levanten barreras para evitar el cruce anárquico de vías de alta circulación? ¿Qué pasó con las campañas que, como recordaba Cinzia Procopio en un estado de Facebook que puse comentando este mismo hecho, impulsó en los años 70 Renny Ottolina?¿Por qué no se les dio continuidad? Todas esas interrogantes apuntan hacia la desidia generalizada, y a la impunidad de la que se goza ante la comisión de ilícitos. Si por cada infracción existiera un castigo efectivo, tal vez la gente se lo pensaría antes de repetirla la próxima vez. Un sistema eficiente de vigilancia junto a una campaña adecuada para crear conciencia pudiera tener mejores resultados que la erección de un muro que probablemente sea causa de accidentes de tránsito en el futuro. Pero está visto que se prefiere apelar a las soluciones aparentemente fáciles antes que recurrir a los caminos más largos de la formación ciudadana.

Mientras venía elaborando estas reflexiones, en medio del tráfico que se forma frente al Unicentro El Marqués, un tipo cruzó la calle, saltó sobre el muro con un gesto atlético, casi felino, aguardó agazapado por su momento y cuando vio el camino libre saltó hacia  el asfalto en pos de los mototaxis que se estacionan frente al centro comercial. Es decir, ni con el muro, pues.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Santiago se va, de José Urriola



José Urriola tiene una fascinación por los artefactos imposibles, que le permiten elaborar filigranas de metáforas sobre su concepción del mundo, o mejor dicho sobre lo que debería ser el mundo ideal - de acuerdo a su visión. Algo de eso nos asomó en su primera novela, Experimento a un perfecto extraño, pero en ella dejó algunos esbozos nada más. Santiago se va es la materialización de esas ideas.

Se trata de una obra poco convencional, construida concienzudamente, que nos plantea un enigma desde el vamos, y logra una complicidad tácita con el lector quien trata de comprender el misterio y adivinar el posible desenlace. Gira en torno a un personaje que no tiene voz propia sino que va siendo descubierto por terceros (terceras, en realidad) en sus contradicciones, locuras y evasiones. Es un personaje demencial e inclasificable, tal cual es esta novela.

No quiero adelantar demasiados aspectos del libro, pero debo decir que me obligó a retroceder varias veces. En cierto sentido es una novela lúdica, que permite diversas formas de encararla. Y como bono adicional tiene un soundtrack hecho a la medida. A la medida de Santiago-Urriola, por supuesto. Con un buen balance de humor y dramatismo, pero no extremo, y una generosa dosis de fantasía.

Disfruté mucho su lectura, y creo que le daré una segunda leída bastante pronto pues siento que dejé algunos cabos sueltos que merecen ser anudados, y de paso porque quiero volver a disfrutar ciertos pasajes muy sabrosos del texto.

lunes, 11 de mayo de 2015

Minicrónicas del festival de lectura de Chacao 2015

Foto tomada de la página de Cultura Chacao


Viernes 1-5-2015

La vida te da sorpresas. Al primer evento al cual habíamos pensado asistir fue la presentación del libro "De amores y domicilios", de Arnoldo Rosas. Ya había leído el libro, pues su autor había tenido la gentileza de obsequiármelo unos meses antes. A Arnoldo lo conocía solamente de manera virtual, a través de los intercambios por las redes sociales, y aproveché la ocasión para irlo a conocer en persona. Cuando llegué a la parte norte de la plaza ya estaba allí, y nos saludamos por fin de cuerpo presente. Al rato llegó Roger Michelena, el editor del libro, a quien tampoco conocía en persona a pesar de haber sostenido muchas conversaciones con él en el pasado, también por las redes. La sorpresa vino precisamente de Roger, quien me preguntó si no tenía inconveniente en acompañarlos a Arnoldo y a él en la tarima, pues él tenía algunos problemas con la voz y no podía hablar mucho tiempo. Esa invitación me agarró fuera de base, puesto que había pasado cierto tiempo desde que había leído el libro y no lo tenía del todo fresco. Por suerte había escrito una breve reseña sobre él en mi blog, y Arnoldo la traía impresa. Con ese material de apoyo, y haciendo memoria sobre la lectura de los cuentos que componen "De amores y domicilios", tuve el placer y el honor de presentar el libro de mi amigo, bajo el calor de las 2 de la tarde en la tarima norte de la plaza.


Sábado 2-5-2015
Vemos una fila inmensa de gente. Le pregunto a un conocido: ¿Para qué es esta cola? Me responde que es para la firma del libro de Boris Izaguirre. Nos dirigimos a la tarima norte, ya que allí se iba a escenificar un concierto de jazz a las 8:00. Antes de dicho toque estaba pautada una presentación precisamente de Rodolfo y Boris Izaguirre, para hablar de Caracas. El lugar estaba abarrotado cuando llegamos. A los 5 minutos de estar allí, una persona de la organización del evento informa que la charla iba iniciar más tarde de lo esperado ya que Boris estaba todavía firmando libros. Mientras tanto llegó Rodolfo, y se sentó a esperar por su hijo, el cual llegó como a los 15 minutos. La histeria del público no fue normal: lo aclamaron como si fuera un ídolo pop en concierto de quinceañeras. Llegó derrochando desparpajo y glamour, y - debo decir -soltando plumas por doquier. Su testimonio fue el de un chico rico sintiéndose fuera de lugar en una provinciana ciudad que no estaba a la altura de su potencial. La anécdota central giró sobre su aliciente para irse: Sofía Imber le dijo que si se quedaba en Caracas iba a ser un marico, mientras que si se iba al mundo civilizado sería un gran homosexual (palabras de él). Las doñas cafetaleras aplaudieron a rabiar las palabras y la impostada malaconducta del socialité, quien a pesar de hablar un español castizo no sonaba como ibérico, más bien parecía mexicano.

Miércoles 6-5-2015

Regresamos a la plaza después de un hiato de tres días, para asistir a dos eventos: Venezuelan kitsh (conversaciones alrededor de Objetos no declarados) y Rock con letras. Nota para los organizadores: los espacios les están quedando pequeños, ambos eventos estaban desbordados de público y muchos observaron (observamos en algunos casos) los toros desde la barrera. Del primero de ellos debo decir que Naky Soto Parra es, como acotó Héctor Torres, pura gasolina. Adrenalina a millón y una cuentacuentos de lujo. Su historia de los dos taxistas es una joya de crónica. La conversa entre ellos fue muy grata, y me divirtió ver a Héctor en apuros ante las preguntas acuciosas de Naky. Claro que al final salió airoso del asunto: supo sortear con sapiencia los bretes a los que lo sometió su entrevistadora.

Inmediatamente después de Venezuelan kitsh comenzaba Rock con letras, por lo que tuvimos que desplazarnos con rapidez hacia la tarima norte. Otra vez nos encontramos con la casa llena, y nos acomodamos de ladito para asistir a una amalgama de entrevista con toque musical, cortesía del gran guitarrista venezolano Philipp Scheer. El entrevistador fue José Tomás Angola, quien tuvo como invitados a Alexis Allueva de Nuevas Bandas, William Padrón, autor de un libro sobre Caramelos de Cianuro y Eugenio Miranda quien hizo lo propio con Zapato 3. Se trató de dar a conocer el registro testimonial que se ha venido haciendo alrededor del movimiento rockero venezolano a partir de los años 90 hasta nuestro tiempo, basado en la experiencia de los entrevistados. De tanto en tanto, Angola promovía una pausa para que Scheer interpretara en su guitarra fragmentos de las canciones de las bandas referenciadas en la charla. El cierre lo ofreció el mismo Philipp al obsequiar a la audiencia "Amnesia", una de las piezas que compondrán el álbum próximo a salir de Sibelius.

Viernes 8-5-2015

Celebrar a Cabrujas, a los 20 años de su desaparición física, fue el motivo de nuestra cuarta visita al festival. Las voces autorizadas de Yoyiana Ahumada, Tulio Hernández y Karin Valecillos fueron las encargadas de hacer una semblanza fiel, sincera y cariñosa de uno de los principales hombres de las artes escénicas y de las letras de nuestro país. Tulio comenzó su intervención diciendo que Cabrujas había militado en dos de las asociaciones más queridas pero más perdedoras del país: el MAS y Los Tiburones. A partir de allí  transcurrió una hora intensa, llena de anécdotas entrañables alrededor del quehacer de Cabrujas. Fue emocionante ver la emoción con la que los tres panelistas, sobre todo Yoyiana que es tal vez la principal cabrujóloga de Venezuela,  hablaron sobre el homenajeado. Nos quedó una imagen, gracias a Karin Valecillos: la de Cabrujas, disfrazado de payaso, contratado a la carrera para escribir el guión de una novela.


Sábado 9-5-2015

Para nosotros fue el día de la despedida. A pesar de cerrar oficialmente el domingo, no nos iba a ser posible acudir ese día. Fue una jornada de compartir las novedades de los amigos: a las 12, en el salón jardín, la Editorial Lector Cómplice, muy bien timoneada por Les Quintero, presentó cuatro de sus títulos más recientes. Alberto Hernández habló sobre la novela de corte policial Buitres de la sabana, de Marisol Marrero, ambientada en el llano. Jorge Gómez hizo lo propio con Los rayos también caen en el abismo, de Joaquín Ferrer, de estilo intimista. Beatriz Alicia García Naranjo presentó el ensayo Mujeres en su tinta, libro que habla sobre mujeres de la literatura o compañeras de escritores. Por último, el maestro Eduardo Liendo nos regaló una estupenda charla sobre la novela distópica de Israel Centeno, Jinete a pie.

Inmediatamente después corrimos a la tarima norte para asistir a la presentación oficial del libro de ciencia ficción de Rafael Baralt Lovera, Identidad compartida, a cargo del escritor Oscar Marcano quien no se reservó elogios para la novela. En una amena charla Oscar hizo que Rafael hablara sobre los intríngulis de su texto, sus motivaciones para escribirlo y sus planes a futuro. Quedamos pendientes de leer el libro de nuestro buen amigo Rafael.

Después de una pausa de un par de horas, que empleamos para pasear por la feria, saludar a los amigos que nos íbamos encontrando (me ocurrió un hecho simpático: tropecé con Juan, un muchacho que trabaja conmigo, y me dijo: "¡A ti te estaba buscando! Recomiéndame un libro para regalarle a mi mamá mañana" a lo que le respondí: "vamos con el que sabe" y lo llevé al stand de Alfa, para que Ricardo Ramírez Requena le recomendara una novela. Ricardo, sin pensarlo dos veces, le dijo: "te vas a llevar La escribana del viento, y de paso firmada por la autora". Casualmente Ana Teresa Torres estaba allí firmando los ejemplares de su libro, y mi amigo logró su cometido) y comer algo, fuimos al último evento para nosotros: la presentación del libro de cuentos Terceras personas de Fedosy Santaella. A todas estas, hacía tanto calor que un perro entró al espejo de agua que ese encuentra en donde montaron la tarima, buscando refrescarse. En una tertulia con Colette Capriles, Fedosy nos reveló las claves de los relatos que componen la obra. El tema del triángulo es el hilo conductor de los 13 cuentos contenidos en ella. Es otro de los libros que está en la vasta lista de lecturas pendientes de este año.


domingo, 26 de abril de 2015

¡Bowling!


Esta semana participé en el torneo de bowling organizado por una de las empresas con las que sostengo relación laboral. Tal vez por tener más de diez años sin practicar ese deporte, pisar las canchas nuevamente me llenó de un entusiasmo difícil de explicar en un personaje a caballo entre los 50 y los 60 como lo soy. Jugué largo y tendido, y me lo gocé, como si fuera un niño. Jugué terrible, porque nunca fui buen bolichero, pero el disfrute fue total.

Es que el bowling me recuerda una época muy particular en mi vida, la transición entre la infancia y la adolescencia, la irrupción en el mundo moderno en donde las máquinas hacían el trabajo pesado. El bowling se me antojaba como algo futurista, salido de los supersónicos: un deporte asistido por la tecnología, en donde lo único que debía hacer uno era lanzar una bola sobre una superficie de madera pulida y esperar a que el mecanismo recogiera los bolos que no habían caído, barriera los tumbados y regresara la bola al punto de lanzamiento, mientras en un tablero situado justo encima de los bolos se encendían unas luces indicando los pines que habían quedado de pie. Era algo como de ciencia ficción, y eso que en aquellos momentos todavía se anotaban los puntos a mano, en unas hojas que entregaban en la cabina de mando del local, junto con los zapatos especiales que casi nunca eran del número exacto de uno pero no importaba mucho. Cuando había un torneo, el público podía conocer los resultados parciales que iban acumulando los participantes gracias a unos retroproyectores instalados en cada una de las mesas en donde se sentaban los anotadores.

Todavía recuerdo los intensos debates que sosteníamos sobre la manera correcta de computar un strike o un spare, en las escasas ocasiones que la fortuna nos ponía a realizar tal proeza. No teníamos muy claro el asunto, y siempre teníamos que apelar a algún vecino de cancha con mayor experiencia que nosotros para que arbitrara las discusiones. Recuerdo que nuestro objetivo era llegar a los cien puntos, algo que muy raras veces lográbamos. Cuando por alguna casualidad lográbamos rebasar dicho hito nos sentíamos campeones, unos auténticos Andy Varipapa, cuyos trucos habíamos visto en televisión, en el canal 8, y nos moríamos por poder reproducirlos alguna vez.

Otra cosa que tenía de particular el bowling era el equipamiento requerido. Como dije arriba, se debían rentar unos zapatos especiales, ya que con los comunes y corrientes estaba (y está, por supuesto) prohibido jugar, so pena de sufrir un traspiés en la cancha. Y estaba el tema de las pelotas, esas grandes bolas negras (por ese tiempo todavía no estaban generalizadas las pelotas de colores) con tres agujeros, de diferente peso y medida. Todos soñábamos con poseer nuestro propio equipo, como lo hacían los jugadores experimentados quienes traían consigo un maletincito dentro del cual reposaban los zapatos y las lustrosas bolas, sin un rayón, pulidas en unas máquinas apropiadas, en las cuales los agujeros para los dedos estaban horadados a la medida necesaria en las tiendas de artículos bolicheros que por lo general estaban dentro de las salas de bowling. Pero debíamos conformarnos con los zapatos y las bolas usados por centenares de otros jugadores principiantes, dado que el presupuesto no daba para similares lujos. Y, siendo honestos, hubiera sido un gasto innecesario dadas nuestras escasas habilidades.

En esos años teníamos en el radar apenas el bowling de La Florida, uno de los muy pocos que quedan funcionando todavía de aquella época. Nos quedaba cerca e íbamos a pie. En algunas contadas ocasiones algún adulto nos llevó al mítico Pin 5, el original, en Los Palos Grandes, que desapareciera en un incendio junto al cine Canaima. Ese bowling era La Meca, nada más al llegar las puertas de vidrio se abrían solas gracias a unos sensores de peso colocados justo en frente de ellas, algo nunca visto antes en esa Caracas de los 70. No recuerdo gran cosa de él, salvo que me parecía enorme. Luego ese bowling fue mudado a La California Norte, pero ya no fue igual. La decadencia lo arropó desde el comienzo, y se convirtió en un lugar para tomar cerveza y fumar más que para jugar bowling. Hoy en día está cerrado, no sé qué habrán puesto en su lugar.

Este jueves, cuando volví a estar encima de la cancha, tomando la bola con la izquierda y calculando mentalmente la dirección que le daría para tumbar la mayor cantidad de pines, me sentí otra vez de diez años. Di los cuatro pasos de rigor, mientras balanceaba el brazo como si fuera un péndulo, y con la mayor sincronización de la que fui capaz hice coincidir mi llegada a la línea de foul con la puesta en la superficie de la pista de mi bola nro. 13. La bola describió una armoniosa curva, y se estrelló contra los pines. Derribé 7. Fuí dichoso.


domingo, 5 de abril de 2015

Julia



Ayer fuimos a ver Julia, una adaptación de la obra de teatro "La señorita Julia" del escritor August Strindberg. En términos generales, una buena propuesta tanto en el plano formal y técnico como en el argumentativo. La obra original versa entre las diferencias de clases, aquí proponen una reflexión sobre la necesidad de huir. Se trata de un montaje que echa mano a diferentes técnicas, como la actuación en vivo, el cortometraje y la televisión. Los actores son muy jóvenes, sorprende su soltura sobre el escenario. Los diálogos a ratos parecen un poco forzados, pues mezclan lenguaje coloquial con parlamentos más clásicos, por decirlo de alguna manera (tal vez por querer incorporar elementos cruciales del texto original). La protagonista, Vanessa Morr, al principio me pareció algo sobreactuada, pero al final, cuando se quiebra, me convenció. Muy bien los otros dos actores principales, sobre todo el que interpreta al protagonista masculino, Juan, José Ramón Barreto, pero la intérprete de Cristina, María Fernanda Meléndez, cumple con mucha soltura y cabalidad su papel. No puede obviarse el cameo de Carlota Sosa, como la figura de la madre rectora y modeladora de Julia.

sábado, 4 de abril de 2015

Viva la juventud, o mis quince minutos de fama



A partir de una conversa en el muro de Salvador Fleján se me activaron los recuerdos de mi debut y despedida en la televisión venezolana. Va de cuento:

Transcurría el año de 1977. Estaba en mi último curso de bachillerato, la antesala a la universidad, y el año que solía utilizarse para recabar fondos a utilizarse en la fiesta de graduación; en ese tiempo se procuraba que el sablazo a los padres fuera lo más superficial posible y se recurría a diferentes expedientes para levantar los reales que costearan un sarao en el Tamanaco, con enormes bandejas de tequeños y whisky 12 años que sería vilmente ligado con cocacola por esa cuerda de adolescentes ineducados, etílicamente hablando.

Una de las actividades que en teoría podía financiar en grado sumo ese objetivo  era la participación triunfadora en el programa "Viva la juventud", que transmitía RCTV los días miércoles, si la memoria no me traiciona. La mecánica del programa era bastante sencilla: se enfrentaban dos colegios, previamente seleccionados por la producción del programa quien sabe con cuál criterio, en diferentes actividades, tanto académicas como deportivas. No recuerdo si el colegio ganador pasaba a una siguiente ronda o se llevaba el premio de una vez, tal vez alguien con mayor memoria lo sepa.

Los animadores del programa eran Guillermo "fantástico" González y Carmen Victoria Pérez, que por esos momentos estaban en la cúspide de sus carreras. Él con fama de irreverente y simpaticón, ella con un aura de Milf de voz ronca y, en nuestro inconsciente colectivo, sensual. Participar en el show era una de las ambiciones que yo secretamente guardaba, pero lo veía como algo totalmente fuera de todo alcance dada la modestia de nuestro colegio, una escuela hecha por y para inmigrantes italianos con pretensiones de estar un rato en esta tierra y luego volver a la patria de origen, tanto así que la escuela primaria alternaba el pénsum italiano con el venezolano, y ofrecía los estudios de media italianos, el equivalente al ciclo básico común de Venezuela. Colegio de quintas, con sedes itinerantes y temporales hasta que llegamos a tercer año a inaugurar la casa definitiva, en todo lo alto del ramal 3 de la calle Caurimare en Colinas de Bello Monte. Allá en donde el viento se devolvía y llegar por los propios medios era una aventura. Pero estoy divagando. El punto es que un buen día la directora del colegio se acercó a nuestro salón para comunicarnos la noticia: habíamos sido seleccionados para participar.

El período posterior fue un hervidero de actividades centradas en la selección de los participantes para los diferentes segmentos del programa: uno de los juegos era encestar una bola de basketbol, y para ella se escogió a la persona más alta del colegio, un estudiante del cuarto año que debería sobrepasar el metro noventa. En las instalaciones del colegio no habían instalado todavía los aros de basket, por lo que tuvimos que vagar por los alrededores a fin de conseguir un lugar en donde pudiera practicar nuestro gigante representante deportivo. Otro de los concursos era una mesa de alumnos que, dada una pregunta académica, debía contestar antes que los oponentes presionando un timbre. Y por último, la sección denominada Craneos, C.A., que consistía en 4 preguntas de selección múltiple. Para ella me seleccionaron a mí.

Ahora tengo que hacer un breve paréntesis para aclarar que no sobresalía ni en deporte, ni en popularidad. Mi única destreza era la de sacar buenas notas de tanto en tanto. Ese era mi momento para poder ganar algo de reconocimiento entre mis pares, así que mis expectativas y ansias iban en aumento a medida que se acercaba el día. Mi principal temor era quedar en blanco o hacer el ridículo en cámara, y creo que llegué a tener pesadillas con ello.

Por fin llegó el momento tan temido y deseado a la vez. El transporte escolar nos llevó a los estudios de RCTV situados de Bárcenas a Rio, por los lados de Quinta Crespo. La primera decepción la tuvimos cuando, en cambio de entrar por una puerta principal, que imaginaba de acero y cristal reluciente, lo hicimos por una rampa que llevaba a un sótano oscuro y vagamente maloliente. Al ver el Set en donde se desarrollaba el programa hubo otra desilusión: todo era de cartón y anime malpintado. Claro, al ser la TV de esa época en blanco y negro no debían esforzarse mucho en los acabados, ya que daba igual para el resultado definitivo. En algunos momentos más tuvimos el honor de ver a un malencarado y refunfuñante Guillermo González dando órdenes de mala manera a los técnicos. No recuerdo mucho sobre lo que pasó en esos momentos previos al programa, que transcurría en vivo, salvo que era un hervidero de actividad por parte de los trabajadores del back stage.

Mis recuerdos hacen fade off  hasta que de repente me veo sentado en un pupitre, y a mi lado Carmen Victoria Pérez con sus gloriosos muslos a escasos centímetros de mis hombros, con una carpeta en la mano y dirigiéndome una pregunta para la cual había cuatro respuestas posibles. En frente de mí, una enorme cámara de televisión apuntándome directamente a la cara, amplificando de manera escandalosa los brotes rebeldes de acné juvenil que habían aparecido imprudentemente un par de días antes. La escena se repitió cuatro veces; en tres de ellas salí airoso, ganando puntos para nuestra causa. Caprichosamente recuerdo sólo la pregunta que fallé: ¿Cuál es el medio de transporte con mayor crecimiento en Venezuela? Las alternativas eran: A el marítimo, B el aereo, C el terrestre o D el ferrocarrilero. Respondí C, Carmen Victoria dijo "respuesta errada, la correcta es la D, el ferrocarrilero", y sentí que el mundo se me venía abajo, y que millones de televidentes me miraban con desprecio, entre ellos mis padres que estaban pegados a la televisón de nuestro apartamento.

Sin embargo no me fue tan mal. Regresé a casa con una medalla dorada que me confirmaba campeón de la ronda de Cráneos, y la promesa de ir a un programa especial con todos los ganadores de las diferentes ediciones del programa, cosa que nunca se concretó. Y tuve mis quince minutos de fama entre los compañeros de clase. Fama es fama, aunque sea fama de nerd.

domingo, 22 de marzo de 2015

La muerte sobre dos ruedas



Mucho se ha escrito sobre la anarquía con la que se conducen los motorizados en el tráfico. Cualquiera que deba manejar en el tránsito caraqueño debe estar especialmente pendiente de no tropezar, rozar o siquiera atravesarse en el camino de un jinete a motor, si no quiere verse envuelto en un problema en el cual va a llevarse la peor parte. Las cosas comenzaron a ponerse peor al permitírsele el tránsito por la Fajardo. Cualquiera que se haya enfrentado en la autopista con una columna interminable de motos y no haya podido cambiarse de canal sabe de lo que estoy hablando.

Una de las características más perniciosas del gremio mototransportado es su comportamiento en los velorios rodantes que tienen lugar cada vez que ocurre el fallecimiento de alguno de sus allegados. En esas ocasiones es preferible resguardarse en algún lugar seguro y esperar que pase la turba, que cual invasión bárbara comandada por Atila convierte todo lo que sobresalga por sobre el asfalto en tierra arrasada. Es un bacanal de aguardiente, música estridente, exhibición de armas y acrobacias temerarias con las motos. Han ocurrido varios episodios conocidos por medio de las redes sociales o por la prensa: por ejemplo el asalto colectivo que tuvo lugar en Macaracuay, en donde robaron a todos los tripulantes de los carros que estaban en la cola propiciada por el mismo velorio, con saldo de algunos vehículos destrozados y varias personas víctimas de ataques de nervios, y uno ocurrido en el oeste de la ciudad, con saldo fatal.

Cuentan los comerciantes de los lugares aledaños a los cementerios en donde se le da sepelio a los motorizados que, cuando se enteran de que va a ocurrir un entierro de ellos, cierran las santamarías de sus negocios, pues han sido víctimas de saqueos en ocasiones anteriores.

Esta semana que está por finalizar tiene en su haber tal vez el más monstruoso de esos hechos: una señora en los días finales de su embarazo, que estaba yendo a la cínica para culminar los trámites de su carta aval, se vio atrapada en un velatorio ambulante. El conductor del vehículo, tal vez por desconocimiento, tal vez por miedo, no atendió a la señal de alto que le hicieran desde la caravana y trató de rebasarla, siendo acribillado en el acto con el trágico conteo de tres personas asesinadas: la señora junta con la criatura que llevaba en su vientre, y su esposo.

Todo ésto ocurrió en las inmediaciones de Fuerte Tiuna, zona militar. Mi pregunta, retórica por necesidad, es la siguiente: ¿cómo es posible que las autoridades permitan este tipo de comportamiento en la ciudad? ¿Es tanto el poder que tiene el gremio de los motorizados que nadie le puede poner coto? No puede ser que ellos estén más allá de la legalidad sin que haya control por parte de las autoridades. Estamos a la buena de Dios, y solamente podemos contar con la buena fortuna para sortear esas situaciones.

viernes, 20 de marzo de 2015

Maestra vida y la homofobia


Anoche hubo un nacimiento en la familia, del que nos enteramos en la mañana gracias a un mensaje con video incluido por Whatsapp. Mi esposa le dijo a mi hija mayor: "mira lo que pasó ayer", y yo comencé a malcantar la canción de Blades, inserta en Maestra Vida, "El nacimiento de Ramiro". Esa que dice "nació mi niño, mi niño, nuestro niño". Por supuesto recibí mi regaño por aguafiestas. Pero la canción, como suele suceder, se me quedó pegada. Y de pronto reparé en un detalle: la frase "que no me salga marica, que no me salga ladrón".

Maestra vida es un disco que salió al mercado en el año 1980, es decir, hace 35 años. En la historia de la humanidad 35 años son apenas un estornudo, unos 5 segundos si acaso. Y el compositor de esa obra es Rubén Blades, quien es una persona de reconocida sensibilidad social. Abogado de causas perdidas, defensor de los derechos de los latinos y de las minorías. Pero eso no lo privó de poner en su canción la homosexualidad y el latrocinio  al mismo nivel. Como si la homosexualidad en ese momento fuera algo condenable.

¿Es eso indicativo de homofobia? ¿Será que Blades es homofóbico? Creo que hace falta ponernos en contexto. Tal vez todos, en los 80, y bastante después también,  lo éramos en alguna medida. Marico era el insulto más utilizado (tal vez siga siéndolo, de paso, pero con otra connotación, más hacia el chalequeo y curiosamente con mucho éxito entre mujeres, quienes se dicen mutuamente marica).  Tal como lo dice la canción, la simple sospecha de que el hijo de uno fuera gay era una especie de tragedia. Ser homosexual era un estigma, pero también lo era ser amigo de homosexuales. Era algo que se esparcía como un rumor, que se conversaba en voz baja."Me enteré que fulano de tal es marico" "No puede ser, ¡pobre carajo! Tan de pinga que era, menos mal que me lo dijiste". Hoy en día ya la homosexualidad ha dejado desde hace rato de ser un escándalo, una actividad pecaminosa. Quedan algunos reductos, por supuesto, pero cada vez más hay una amplia aceptación de los gays en la sociedad. No tiene nada de particular que en cualquier círculo de amistades haya gente de la más diversa orientación sexual. Es un tabú que quedó derogado.

Supongo que hoy en día a Rubén Blades, si tuviera que reescribir Maestra Vida, no se le ocurriría incluir esa frase en la canción. So pena de ser achacado de retrógrado por la sociedad en general. Aunque, muy en el fondo, todavía algunos tengamos ciertos resabios de homofobia. Después de todo, es difícil deslastrarse de 20 siglos de prejuicios.

lunes, 16 de marzo de 2015

De amores y domicilios - Arnoldo Rosas



Este sábado terminé de leer el libro de relatos "De amores y domicilios", de Arnoldo Rosas. Lo había comenzado apenas tres días antes, y lo leí en tres sentadas, tratando de dosificarlo y demorar su final. Se trata de un compendio de veinte cuentos que van desde la expresión mínima, lo que se ha dado por llamar microcuentos, hasta relatos con mucho cuerpo.

Una de los aspectos que más disfruté de la cuidada edición de Ficción Breve Libros, capitaneada por Roger Michelena,  es el carácter intimista, casi autobiográfico, de varios de los textos que la componen. Arnoldo nos permite darle una ojeada generosa a su intimidad, nos invita a pasar a su casa, casi que nos sienta en el sofá y nos brinda una cervecita mientras coloca en el picó un lp de Noel Petro y entra en amena conversación sobre las cosas aparentemente sencillas de la vida, pero dejando traslucir que hay algo más profundo detrás de ellas.

Leerlo es un ejercicio amable y reposado, a pesar de que de tanto en tanto saltan algunos hechos escandalosos o violentos, pero tratados con una mano suave que no permite que deriven en prosa sensacionalista. Tal vez el cuento que más me gustó es el denominado "Heracles": la narración es tan precisa que me pareció estar viendo sus escenas.  Poderoso relato acerca de la sumisión y la redención a través de la rebeldía.

Arnoldo Rosas nos confirma con este libro su grandes dotes de narrador, y de conocedor de la geografía del país, sobre todo de la de su isla natal. Una lectura grata y reconfortante, tan necesaria en estos tiempos tumultuosos.