domingo, 27 de noviembre de 2016

La calle de Armando

Uno nunca termina de conocer a una ciudad, ni siquiera aquella que ha habitado durante toda su vida. Y si es una urbe que se desparramó de manera avasallante sobre todo lo que hace unos 60 años era su periferia, las "parroquias foráneas" de la geografía política de la primera mitad del siglo pasado, pues mucho más.

Ayer nos tocó conocer un trozo de Caracas que, a pesar de estar enclavado en todo el corazón de la zona donde viví durante mi juventud, nunca había tenido ni la necesidad ni la curiosidad de visitar. Poco importa cuál es el lugar exacto, puede ser cualquiera. Bástese decir que se trata de una zona vastamente urbanizada, que de ser residencial trocó a un uso mixto, donde lo comercial tiene preponderancia. Las antiguas casas unifamiliares mutaron a hoteles de alta rotatividad, algunas, mientras que otras desaparecieron para hacerle lugar a grandes edificios de apartamentos vendidos como propiedades horizontales.
Nuestro destino estaba tras una caseta de vigilancia, que no produjo freno alguno. Bastó un medio saludo con la mano hacia el vigilante, para que éste levantara la barrera. Una estrecha calle serpenteaba frente a nosotros. El paisaje, de netamente urbano, trocó a una especie de ruralismo. Pequeñas casitas se apiñan a lo largo de la vía, alternadas con algunos galpones. Hay de todo: fachadas primorosas, bien cuidadas, con matas que  crecen de manera ordenada, y construcciones que no saben del cariño y ostentan matorrales al descuido. El parque automotor también es variopinto: carros recientes contrastan con anticuallas de los años 70. Un poderoso Javelin, muy bien mantenido, es la pieza mecánica más resaltante. Tal vez el clima lluvioso de la tarde contribuyó a acentuar el aspecto bucólico del lugar, pero tuve la impresión de haber recalado en algún pueblito de la carretera trasandina.
La estrecha calle no lleva a ningún lugar. Acaba en una especie de redoma, remate de calle ciega que permite a los vehículos dar vuelta para regresar por donde vinieron. Antes de llegar a ese destino, empero, al lado de una zona libre de casas, se erige un toldo como los de las casas de fiesta. Debajo del toldo la decoración emula un bar, donde predomina el color negro. Una cartelera informa la oferta espirituosa que se puede consumir en el improvisado botiquín. Destacan nombres de coctéles exóticos. El lugar está desierto, tal vez por la hora. Todo hace presumir que su función es nocturna.
No pudimos materializar nuestras intenciones, que nos llevaron a conocer ese lugar pintoresco de la ciudad. La lluvia que se desató pertinaz y la imposibilidad de conseguir un lugar cercano para estacionar nos hicieron desistir. Nos despidió la efigie de Reverón, vaciada en bronce, especie de guardián de esa callecita que lleva su nombre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Digan lo que digan, la luna tiene siempre el mismo tamaño

Un día, cuando estaba pequeño, mi padre llegó a casa con una novedad, que venía dentro de una caja. Al desambalarla, vi con asombro que su contenido constaba de dos pelotas. Pero no eran pelotas para jugar: Una de ellas, la mayor, tenía un soporte semicircular que permitía darle vueltas, y era de todos los colores, aunque predominaba el azul. Y tenía muchísimas letras estampadas sobre ella. Yo no sabía leer todavía, y me explicaron que eso no era un juguete, sino un globo terráqueo. Allí estaban todos los países del mundo, me dijeron. "¿También Venezuela?" "¡Claro!" "¿I Italia?" "También". No seguí preguntando, porque allí se acababan mis nociones de geografía planetaria.
La otra pelota era bastante más pequeña, y gris. También tenía nombres sobre ella, pero no tenía un soporte como su hermana mayor, sino que venía sobre una pieza de plástico que simulaba rocas. "Esa es La Luna", me dijeron. Al principio la miraba con veneración, como lo hacía con el globo terráqueo. Pero poco a poco fui agarrándole confianza, y cuando nadie me veía la tomaba en mis manos, y pasaba largos ratos examinándola, recorriendo con las manos sus protuberancias y depresiones.
Cuando aprendí a leer, supe que tenía lugares llamados "mar de la serenidad", "Mar de la tranqulidad", "Océano proceloso", lo que me llamaba mucho la atención porque por otra parte sabía que en la Luna agua no había, pero no indagué más. Poco a poco mi familiaridad con aquel objeto se convirtió en abusiva, y ya lo usaba como pelota de fútbol. La pobre fue descascarándose y deformándose, hasta que un día no dio más y se abrió por la mitad. El bajante de la basura fue testigo de su baja deshonrosa de los activos de mi hogar, baja obligada por su degradación de objeto para el estudio a implemento deportivo. Así que la Luna, digan lo que digan, para mí tiene siempre el mismo tamaño: una pelota de unos 20 cm. de diámetro.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La religiosidad perdida

En la actualidad, mi postura hacia el tema religioso es un agnosticismo cada día más fundamentado. Tal vez, más que agnóstico, sea escéptico. Tanto he visto, leído y escuchado, que he perdido la fe.

Pero no siempre fue así. De pequeño, a pesar de que mi hogar no fuera muy dado a la religiosidad, le tomé gusto a la ceremonia de la misa, y me la pasaba ojeando el misal con el que mi hermana se había catequizado. Era bastante antiguo, de portada nacarada,  y era de la época cuando la misa todavía se efectuaba en latín. Recuerdo las ilustraciones: en ellas un cura, de espaldas a los feligreses, celebraba la ceremonia, y a pie de página aparecían unos latinazos de los cuales trataba de entender el significado. Todo me parecía entre místico y misterioso, y podía pasar horas estudiándolo. Eso fue, conjeturando, cuando tenía alrededor de seis o siete años, ya que sabía leer con cierta capacidad de entendimiento.

Un poco más tarde ocurrieron dos hechos, más o menos en paralelo, que cimentaron más mi incipiente acercamiento a lo religioso: mi propio proceso de catequesis, y la afiliación a una revista parroquial italiana, llamada "El mensajero de San Antonio". Dicha afiliación fue cortesía de la conserje del edificio en donde vivía, una señora bastante mayor y, creo, beata; sin mayores obligaciones ni distracciones, dado que no estaba casada ni tenía hijos, volcaba toda su necesidad de familia hacia los inquilinos, y nosotros,por ser italianos y de la misma región que la conserje, teníamos rango de consentidos. La revista tenía cadencia mensual, y yo aguardaba con ansias su llegada, de manos del cartero. Según recuerdo, era bastante variada, y abarcaba, además del inevitable artículo piadoso que era el centro de cada número, en el cual se documentaba algún episodio de la vida de uno de los miembros del vasto santoral, temas de cultura general, deportivos, geográficos. Tenía su sección de humor y una de cartas al director, en la cual se ventilaban asuntos de la más variada índole. Yo mismo me inauguré en el género epistolar enviándole una misiva que contenía la siguiente pregunta: "¿Cuál es el origen de mi nombre?". Un par de meses después tuve la satisfacción de ver por primera vez mi nombre en un medio impreso.

Con respecto a mi catequesis, recuerdo dos ansiedades: la referente a la confesión, a pesar de que a esas edades no tuviera alguna cuota de pecados dignos de ese nombre, y el aspecto técnico de la materialización de la comunión, simbolizado en la ingestión de la ostia: ¿se podía partir, o era pecado?¿había que dejarla disolver sobre la lengua antes de deglutirla? Por supuesto, recuerdo las clases de religión previas al acto, y mi dedicación meticulosa al estudio del evangelio. En ese momento no cuestionaba nada, y todo lo que se me decía pasaba sin filtros a ocupar alguna parte de mi cerebro, desde donde controlaba y censuraba todos mis pensamientos y actos, no fueran a ser impuros. Creo que mi iniciación en el mundo religioso  fue el primer gran evento del que tengo memoria, desde los prolegómenos que incluyeron la elaboración de mi primer (y único, hasta los momentos) traje hecho a la medida por un sastre, hasta su cierre con una recepción en las entonces nuevas y elegantes instalaciones de La Casa De Italia. Curiosamente, de lo que no guardo grandes recuerdos es de la misa en sí.

En los meses siguientes a ese acto mi vida sufrió algunos cambios, el mayor de los cuales fue la mudanza hacia un apartamento mucho más grande, en el cual tendría mi cuarto propio (donde, todo hay que decirlo, cometería posteriormente uno que otro pecadillo venial, dentro del departamento de la carne). Fue un período agridulce, de aprendizaje sobre cómo enfrentar el desapego, la experiencia de hacer nuevas amistades, y la familiarización con las nuevas calles que formarían parte de mi vida cotidiana a partir de ese momento. Y también significó mi primer desencanto con la Iglesia. A partir de mi primera comunión, trataba de respetar el precepto de santificar las fiestas, e iba a misa regularmente. Uno de los padres que la oficiaba, en la iglesia a la que acudía. era un español alto y corpulento, cuyo ceceo era característico e inconfundible. Por su colosal aspecto ejerció una fuerte influencia sobre mí, y lo tenía por persona recta e incorruptible. Pues bien, un día estaba yo en el abasto, de espaldas a la puerta, tal vez tomando una chicha A-1 que acababa de sacar de la nevera, cuando escuché un castizo, que no casto, "¡Coño!", en una voz que no me era desconocida. Me volteé para constatar que quien había proferido esa gruesa expresión era el cura que tanto respetaba.

martes, 27 de septiembre de 2016

La señora Ana

La cola del pollo, en el mercadito del sábado en La Urbina, a pesar de no ser tan larga avanza con lentitud, y para pasar el tiempo me distraigo observando la destreza de los "acomodadores", que en un santiamén convierten un ave entera en dos muslos y dos pechugas completamente deshuesadas y transformadas en milanesas. 

Dentro de la precariedad que presupone trabajar a la intemperie, en plena calle, son bastante organizados y limpios. Los restos que quedan del destace de los pollos los van echando en una cesta que tienen al lado, y cada tanto hacen un alto para lavarse las manos con el agua almacenada en un gran tobo. 

Mientras tanto la señora Ana, ama y dueña del puesto, se multiplica: cobra, se faja a picar, saca más mercancía del interior del camión cava, sin descansar un minuto. Es una maquinita de trabajar, y sabe ejercer el mando con suavidad y firmeza a la vez. Sus empleados bromean con ella, pero con respeto.

Echo una ojeada alrededor, y me llama la atención una pareja conformada por una señora de cierta edad y un niño, presumiblemente su nieto, de unos 6 o 7 años. Ambos muy flacos, vestidos con ropa que demuestra su antigüedad pero, eso sí, pulcrísima y bien planchada.Su precariedad es evidente, aunque de cierto modo digna. Están en actitud expectante, pero paciente. En un momento determinado, la señora Ana los ve, y acto seguido se dirige a la cesta donde los "acomodadores" van dejando las vísceras, pescuezos, carapachos y alas que van sobrando de los pollos, y llena dos bolsitas con esos despojos para entregárselas a la señora y al muchacho, quienes las reciben sonrientes y después de un "gracias" casi dibujado en la cara, se van alejando.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La geografía de mi infancia






La geografía de mi infancia, si la veo en Google Earth, tiene forma triangular. Un triángulo rectángulo, para ser más exactos. Sus vértices están circunscritos dentro de la urbanización Bello Monte, la original, la que está del Guaire hacia arriba. Tuvo una ilustre vecina, la quinta Bel-Mount, casa de la hacienda que fundara el señor Alderson, en la primera mitad del siglo XIX y que nombró en honor a su hija Isabelle, Belle en la intimidad. Su cateto mayor, su lado norte, colinda con la Avenida Casanova, entre la calle Baldó y el comienzo de la Avenida Humboldt. Ahí está el ángulo agudo que le da inicio a la hipotenusa, que muere en la conjunción con el cateto menor, el cual transcurre por el segmento de la calle Baldó antes citada hasta su intersección con la Casanova. Humboldt sabemos quien es; Casanova, aparentemente, fue uno de los últimos dueños o administradores de la hacienda Bello Monte. Baldó, es tarea pendiente.

Hoy me dio por recordar ese pedazo de tierra en donde di mis primeros pasos independientes, sin la compañía antes omnipresente de alguno de mis padres; allí quedaba el edificio Humboldt, en la calle del mismo nombre; mi sitio de residencia (piso 5, apto 18) desde los 2 hasta los 11 años. Al bajar a la calle, me recibía un piso ajedrezado de mosaicos blancos y negros, en realidad unas baldosas bicolores con múltiples cuadros en su superficie, que al patinar sobre ellos, con ruedas metálicas, producían un sonido característico y un temblequeo que siempre asocié a la navidad. El edificio tenía un área comercial, compuesta por tres negocios: una quincalla que expendía todas aquellas chucherías que hacían feliz a cualquier niño, y que rotaba su mercancía de acuerdo a la época del año; una tienda de reparación de electrodomésticos cuyo dueño italiano, de tanto en tanto, interrumpía su labor para entrometerse en algún juego de fútbol que estuviéramos realizando los niños del edificio, desarrollando fintas y gambetas que dejaban en alto su gentilicio (o por lo menos eso nos parecía); y un local de bastante bajo perfil, regentado por un chino, del cuál solo sé que tenía una buena relación con mi padre, y comercializaba ciertas novedades relacionadas con la electrónica incipiente de aquellos años, y lo audiovisual, materializado en películas super 8 (no sé las demás, pero las que llegaron a mi casa eran estrictamente familiares: una de Dillinger, una de vaqueros y una de Simbad el marino. Si vendía mercancía erótica no lo supe ni me hubiera interesado mucho en ese momento, aunque quién sabe).

En mis paseos en solitario, si tomaba hacia mi izquierda, me topaba en primer lugar con una quinta en donde vivía un amigo de quien recuerdo solamente el apodo, Franqui. Esa casa fungía también de sede para el negocio de su familia, que se denominaba "Exhibidores González Ruiz" (el negocio, no la familia). De ella recuerdo una abigarrada muestra de maniquíes, estantes, ganchos de ropa, en fin, artículos para el equipamiento de tiendas. Franqui era hijo único y, creo recordar, de salud frágil, y  tal vez gracias a ambas condiciones tenía la colección de juguetes más grande y novedosa que hubiese visto en mi vida. El objeto que más envidiaba era una pista para carros Matchbox, eléctrica, que transportaba a los carros mediante unos resortes insertados en una ranura. A los carros se le colocaban unos pines que permitían a dichos resortes moverlos. Pero no era lo único, ni mucho menos. Cualquier juguete de moda, o incluso algunos que ni siquiera aparecían en el segmento publicitario de los domingos que antecedía a las comiquitas matutinas, estaban en su clóset, muchas veces arrumando polvo. Además de ser poseedor de esos juguetes, era la única persona de mi edad con televisor en su cuarto que conociera en mi entonces corta vida. Franqui casi no salía de su casa, por lo general recibía nuestras visitas. Un día se mudó, y antes de irse le obsequió a cada uno de sus amigos un objeto. A mí me tocó un álbum filatélico lleno de estampillas de todos los países, que más tarde perdiera en un torpe intercambio, pero esa es otra historia. Más nunca supe de mi amigo.

Luego de esa casa estaba la vivienda de mi amiga Yubiri - una niña catira de cabello largo, algo mayor que yo - que tenía sobre su techo una enorme antena de radioaficionado, pero eso solamente lo supongo pues nunca me invitaron a pasar para constatar la presencia de un equipo de radio. Más adelante un local comercial que albergó distintos negocios, uno de los más célebres de los cuales fue un restaurant étnico de algún país de la Europa Oriental, húngaro o tal vez checo, que gozó de cierta popularidad y llegó a ser reseñado en las crónicas gastronómicas de los periódicos. Lo último que supe fue su reemplazo por un electroauto. El recorrido por la calle Humboldt moría con el último edificio, que se denomina El Taladro, y fue sede de la Clínica Bello Monte, lugar donde nací. En su retiro, convenientemente bordeado por un murito, jugábamos interminables partidas de futbolito, beisbol o peleas de boxeo. 

Al bordear el Taladro, también de forma triangular y cuyo vértice, ángulo agudo, apunta hacia el este, ya se estaba en la avenida Casanova, y en este paseo mental puedo enumerar los negocios más atractivos de esa zona que ya era comercial, para mí: una tienda de mascotas que aturdía por el canto de las centenares de aves encerradas en jaulas, que estaban del lado de afuera del negocio (creo que ocupaba un espacio en la planta baja del edificio mencionado), y un distribuidor autorizado de bicicletas Benotto, que exhibía modelos pintados en rojos y azules brillantes que fueron mi oscuro objeto del deseo, nunca cumplido para la decepción puntual en cada uno de mis cumpleaños. También había un colegio, creo que se llamaba Bello Monte para variar, un abasto-frutería, al cual me mandaban de vez en cuando a realizar alguna compra menuda, y en la esquina,un restaurant que en algún momento se llamó Onassis y en otro, algo con la palabra "tropical" en su denominación comercial. Siempre me llamó la atención, pero nunca lo visité, así que desconozco cuál era su apariencia y su oferta gastronómica.

Bordeando el restaurant para regresar al punto de partida, me topaba con la calle Baldó, en la cual conseguía algunos talleres mecánicos y a continuación la última vivienda de la calle, una quinta bastante sombría con el extraño nombre (para el común de la zona) de "Arizona", que despertaba nuestras fantasías por considerar que pudiera ser una casa embrujada, pues nunca veíamos a nadie entrar o salir de ella. Al cruzar la esquina de la Baldó con la Humboldt, hacia la izquierda, se hallaba tal vez un par de casitas pequeñas, que eventualmente mutarían a peluquerías primero y luego a talleres mecánicos, y aproximadamente a mitad de la calle mi punto de partida, el edificio que fue bautizado en honor al ilustre visitante alemán que se hospedara algunos días en la hacienda que le dio nombre a la urbanización, Belle's mount.

Ya casi nunca paso por ese lugar; nada, salvo la nostalgia, me ata a él. El edificio sigue en pie, pero con el deterioro normal que produce el paso del tiempo y tal vez el escaso mantenimiento. La calle Húmboldt dejó de ser residencial, y es una retahíla de talleres mecánicos. La hermosa quinta Bel-mount fue demolida en los 80s. Ya poco queda de estos recuerdos. 

domingo, 7 de agosto de 2016

El carro de Batman




No sé si es mera nostalgia, pero tengo la sensación de que en mi infancia y juventud Caracas era una ciudad bastante más divertida de lo que es hoy en día. Había muchas cosas que hacer, sin necesidad de acudir a un centro comercial, o a un restaurant, en busca de solaz. A partir de los años 50, Caracas asumió su estatus de "Ciudad moderna" con todo lo que esa denominación implicaba, y la esfera de la diversión no escapó de ello. Algunas de las cosas que describiré más adelante todavía subsisten, pero son una ínfima minoría, apenas un pálido vestigio del pasado.

En primera instancia, recuerdo muchas actividades relacionadas con la mecánica: en El Rosal, para los más pequeños, había un lugar dotado de unos go karts en miniatura, denominados "baby carts", que permitían a los párvulos conducir por una rudimentaria pista a  velocidad de tortuga moribunda, custodiados por unos padres atentos a que no ocurriera algún accidente. Por supuesto, no faltaban los parques de diversiones. Sobre el decano de ellos, el Coney Island, no guardo recuerdos. Si me llevaron alguna vez fue en condición de lactante, pues cerró sus puertas muy temprano, en los 60. Pero sí recuerdo de manera vívida a Chicolandia, por los lados de Boleíta, que lo recibía a uno con un estanque en donde daban vueltas unas lanchitas sujetas a un eje, y contaba con una zona de camas elásticas que permitían a los más osados realizar piruetas acrobáticas (yo me contentaba con saltar y caer de espaldas, era lo máximo que me permitían mis cualidades gimnásticas), y también al célebre Parque El Conde, del cual recuerdo una pista de autos de carrera que los usuarios más salvajes confundían con carritos chocones, y te embestían con furia por detrás - uno de esos encontronazos provocó que mis lentes salieran volando - y la centrífuga, que ponía a prueba el sistema digestivo de quienes se montaran en ella. Y, por supuesto, la gran montaña rusa, la mayor que se hubiese erigido alguna vez en el valle capitalino. "El ciclón", o alguna variante de ese apelativo, era el nombre por el cual se le conocía.

Al final de los 60, aprovechando el furor despertado por la carrera espacial entre americanos y rusos, algún empresario con visión montó en Las Mercedes, detrás de la bomba de gasolina al comienzo de la Avenida Principal,  una atracción que denominó con mucha pompa "El súper tobogán del espacio". Un armatoste de unos 15 metros de altura, compuesto por láminas curvadas de latón pintadas de colores vivos, que contaba con una docena de pistas para que igual número de muchachos se lanzaran a la vez en procura de alcanzar la máxima velocidad, embutidos en unos sacos de arpilla. Los más arriesgados, contraviniendo las normas expresas, se tiraban de cabeza, en una especie de plungeon de unos 20 o 30 segundos, que era lo que recuerdo duraba el trayecto. Por supuesto, uno se tardaba muchísimo más tiempo subiendo las escaleras que llevaban a la "zona de lanzamiento" (nótese la nomenclatura alusiva),  y llegaba con la lengua afuera pero presa de la excitación por el recorrido vertiginoso que lo esperaba.

Como Caracas era una ciudad en expansión, no faltaban los terrenos vacíos que posteriormente serían ocupados por edificaciones inmensas, y en el interín eran aprovechados para realizar en ellos actividades lúdicas. Tengo presentes dos ejemplos: en lo que hoy en día es Plaza Las Américas, todos los domingos se reunían personas aficionadas al aeromodelismo para volar sus modelos de aviones a escala, telecomandados por aparatos de radio (esa actividad, más tarde, se mudó al valle de Sartenejas). Y en el espacio que ocupa el Centro Banaven, mejor conocido como Cubo Negro, existía una pista de karting, en la cual mediante un modesto pago los muchachos podían quemar sus ansias por conducir un vehículo.

Otra actividad que aunaba el entretenimiento a la tecnología era el Bowling. Pasatiempo por excelencia durante el período vacacional, permitía transcurrir las tardes en encarnizadas competencias, procurando mejorar la puntuación en  cada partida. Y fascinante por todo el aparataje que involucraba. Era como estar metidos en una película de ciencia ficción, en la cual uno no era espectador sino protagonista.

Incluso el tema gastronómico podía ser divertido, en esa Caracas de los 60 y 70. Para ilustrar ese punto hablaré de dos restaurantes "temáticos",  ambos, casualmente, situados en El Rosal: "La trucha", sito en donde hoy se encuentra la sede de 3M, frente al edificio de la Bolsa de Caracas, en el cual los comensales pescaban los especímenes que iban a comer posteriormente, usando para ello unas redes que sumergían en los estanques en donde nadaban, ignaras de su cruel destino, unas gordas truchas. Y la celebérrima "Super 8 Pizzelandia" - cuya ubicación ahora me es esquiva, dado el inmenso cambio que sufrió la urbanización, pero quedaba aproximadamente al sur de la misma- que pasaba películas en formato Super 8 al aire libre, mientras los clientes consumían unas riquísimas pizzas. De las películas recuerdo poco, salvo que se trataba de cine mudo o comiquitas "looney tunes". Pero sí guardo en la memoria con gran fidelidad la pizza de cebollas con queso roquefort, una combinación deliciosa.

Hasta uno de los deportes llamados "de invierno" podía practicarse en esta ciudad enclavada en el trópico. Me refiero al patinaje sobre hielo. Tanto en las alturas del Ávila - a las cuales se accedía cómodamente mediante un teleférico que permitía el tránsito de sólo dos vagones de manera simultánea, uno subiendo y el otro bajando, y que cuando se encontraban a mitad del recorrido se detenían, según contaban los entendidos para "estabilizarse" - como en pleno centro de la ciudad (en un lugar que fue bautizado con el sugestivo nombre de "Mucubají", que tenía el poder de transportar mentalmente a los parajes andinos), los caraqueños podían practicar esa actividad, provistos de patines especiales con una hoja de acero que permitía efectuar armoniosas circunvalaciones sobre la helada superficie de la pista. Los que sabían hacerlo, claro. Al resto de los mortales nos tocaba proceder con cautela para evitar caídas que de todas maneras llegaban puntuales, para el regocijo de la asistencia. Hoy en día se sube al Ávila mediante un modernísimo sistema funicular, pero no sé si la pista de hielo sigue operativa.

Hablando de pistas de patinaje, en el Centro Comercial Chacaíto hubo una para patines de ruedas. De piso de madera, pulido con esmero para que los patinadores rodaran con la menor fricción posible. Creo recordar que se debía utilizar unos patines que se alquilaban en la misma pista, de esos tipo botín, pero no puedo asegurarlo. Esta pista no duró mucho tiempo; estaba ubicada en donde luego tuvo su sede el Teatro Chacaíto.

Algo que floreció en los 60 fue el comercio de mercancía destinada al asombro y la chanza. Me refiero a las tiendas de novedades,  que tuvieron como decana la famosa “Casa Mágica”, que estuvo situada en Chacao por un par de décadas, antes de mudarse a su sede actual en Sabana Grande. Lugar a visitar antes de alguna fiesta, para apertrecharse con cigarrillos explosivos, chicles picantes, excrementos de papel maché, cubitos de hielo con mosca adentro, jabón sangrante, y demás artilugios para tomarle el pelo a los demás. Hubo otros negocios por el estilo, pero más orientados al regalo original, como “El Acento” y el inolvidable “Le Drugstore”, una especie de mini mall dedicado a la diversión. Desde la entrada, en donde varios quioscos ofrecían la más variopinta mercancía, de la que ahora destaco las franelas impresas al momento, el puesto de tarjetas para cualquier ocasión y el de revistas (en donde solía comprar las Mad, y me familiaricé con el humor norteamericano), hasta el área de restaurant, todo giraba alrededor del concepto de “pasarla bien”. Estos dos últimos comercios también estaban en el CC Chacaíto.

No puedo dejar por fuera esos lugares especiales que cumplían múltiples funciones, tanto como espacios de esparcimiento familiar como sitio de desahogo de las pasiones carnales de las parejas que no contaban con casa propia, y no querían irse a algún hotelito. Me refiero a los autocines, en donde la gente, si quería, iba en piyama con un buen bastimento de chucherías y veía, o no, la película en una inmensa pantalla, no sin antes haber colocado en la puerta del piloto el gran parlante gris, de metal pesado, que estaba colgado de un tubo al lado de cada puesto. Ya en las etapas finales de los autocines se estilaba que el audio de la película se transmitiera vía señal de radio FM, lo que mejoraba notablemente la experiencia si uno disponía de un equipo de sonido decente en su vehículo.

Frecuentemente había exposiciones de la más variada índole en la Zona Rental de Plaza Venezuela. Recuerdo con bastante detalle algunas de ellas: la primera, estaba yo bastante pequeño, tenía como motivo el desarrollo industrial italiano, y estaba cundida de máquinas para moldear plástico, entre otras cosas. En cada stand uno recaudaba algún souvenir. Y en la entrada había unas 5 o 6 bicimotos Ciao, de la Piaggio, montadas sobre unos caballetes, y permitían que las personas montaran sobre ellas, las encendieran y las probaran en un test drive estático pero, para mí, sumamente divertido. La otra fue montada por el Cuerpo Técnico de Polícia Judicial, y su temática era la criminalística. Fue, según recuerdo, a finales de los 70. Tal vez 76 o 77. Allí vi una momia, la cabeza de un criminal guardada en un gran frasco de formol, unos zapatos cuyo tacón se había convertido en caleta para sustancias ilícitas, unas salas donde se recreaban crímenes famosos ocurridos en el país, máquinas de balística y una gran exhibición de armas.Continuando con la tradición expositora de ese lugar,  me cuentan (no había nacido) que en los 50 o principios de los 60 hubo una feria en donde la principal atracción fue el hombre volador: una persona dotada de un jet pack realizaba circunvalaciones en el cielo caraqueño. Pero ese no era el único lugar que montaba exhibiciones: la sede de Pro Venezuela, en La Gran Avenida, también albergaba de tanto en tanto algunas ferias. De ellas recuerdo una dedicada a artefactos electrónicos, en la incipiente electrónica del momento. Si le hago caso a mi memoria, era una exhibición de osciloscopios, que mostraban en una pequeña pantalla las oscilaciones de onda provocadas por dichos aparatos.

Y cierro este paseo por la nostalgia con un recuerdo de infancia, un sueño no cumplido: en Chacaíto se exhibió una réplica del Batimóvil; supongo que sería a finales de los 60, aprovechando el furor que logró la serie del murciélago encapuchado y su fiel escudero en la audiencia venezolana. Por alguna extraña razón mi madre se negó rotundamente a que me llevaran. Al sol de hoy desconozco cuál sería su motivación, aunque sospecho que tuvo que ver con su germofobia. 













lunes, 1 de agosto de 2016

Una mañana en el museo




San Bernardino alberga, que yo sepa, dos museos. Uno de ellos es bastante conocido, tiene su asiento en la Quinta Anauco, y está dedicado al arte colonial. El otro es mucho más reciente y está en las entrañas de la urbanización, un par de cuadras más arriba del vetusto Centro Médico de Caracas; su vocación es lo afroamericano.

Visitar el Museo de Arte Afroamericano fue una tarea pendiente desde que supimos de su existencia, postergada por esos tropiezos que llamamos "el día a día". No fue sino este domingo que acaba de pasar cuando, atendiendo una invitación que nos realizara el artífice del museo - el acucioso investigador y coleccionista Nelson Sánchez - para que asistiéramos a una presentación de la banda de electrojoropo "El llanero eléctrico", tuvimos la ocasión de conocerlo.

Como dije, queda en San Bernardino, ese laberinto de calles en las que suelo perderme cada vez que voy para allá. Y esta vez no fue la excepción, a pesar de haber consultado gmaps para dar con el lugar. El flechado me jugó en contra, y tuve que dar una pequeña circunvalación alrededor del Centro Médico para llegar a la Avenida Occidental, en donde se erigen las instalaciones del museo. Ocupa en realidad dos edificaciones: una hermosa quinta que supongo data de finales de los 40, que entre otras cosas alberga una pequeña tienda de recuerdos relacionados con el motivo del museo, y en el piso superior unas agradables e iluminadas salas de exposición, y una construcción moderna que se comunica con la anterior mediante un pasillo, en donde los visitantes se encuentran con otra gran sala y una terraza que mira sobre San Bernardino, y en el piso inferior un auditorio, que fue el lugar que nos permitió disfrutar de la presentación musical a la que fuimos invitados.

Al llegar al museo nos recibió el mismo Nelson, quien nos obsequió una taza de café y un poco más tarde, cuando se nos unieron algunas otras personas, nos ofreció el lujo de una visita guiada por él mismo, que tuvo el aliciente adicional de permitirnos observar una exhibición de objetos relacionados con símbolos de poder, en pleno proceso de montaje, que se está realizando con la colaboración de la escuela de arte de la UCV. Una gran cantidad de tronos, cetros, armas, ropas, instrumentos musicales, máscaras y joyas, que eran utilizados por los jerarcas de las comunidades tanto africanas como de otras latitudes, están armoniosamente expuestos en los generosos espacios del museo. Pregunté, asombrado, sobre el origen de tantos objetos, suponiendo un préstamo de otras instituciones similares desperdigadas por el mundo, pero Nelson me sacó del error apuntando risueño un dedo hacia sí mismo. Objetos  de las culturas aborígenes del mundo, con especial énfasis en las africanas, coleccionados durante más de 40 años, están allí para el disfrute visual de los visitantes. La cercanía con esas piezas, algunas de gran antigüedad, produce una sensación cercana a la reverencia, y - por lo menos en mi caso - permite darse cuenta de lo poco que se conoce de esas culturas, de su sistema sociopolítico, de sus costumbres, de sus expresiones artísticas, más allá del África caricaturesca que nos vendieron Holliwood y la televisión.





Luego del grato recorrido por las instalaciones del museo, nos regresamos a la tienda a esperar que nos convocaran al auditorio. Pasadas las 11:30 no dirigimos a él, y luego de escoger asientos aguardamos con paciencia el inicio del espectáculo. Hubo un pequeño inconveniente que retrasó su comienzo, pero Nelson, como el buen anfitrión que es, nos obsequió unas copitas de cocuy para engañar la espera. Por fin, ya sobre las 12, entraron los músicos que acompañan en la batería y el bajo eléctrico a Germain Coronado, el Llanero Eléctrico.Acto seguido, como si de un acto de Stand Up Comedy se tratase, ingresó Germain, soltando chanza tras chanza. La razón de su mote la conocimos de inmediato, y no es precisamente el instrumento enchufado con el que se acompaña Germain, un hermoso cuatro eléctrico. Es por su desenvolvimento en escena, que a ratos nos recordó a John Frusciante por sus saltos enérgicos y su manera de rasgar las cuerdas. El show del Llanero Eléctrico está lleno de humor, de guiños constantes a sus raíces en un entrevero trancado con las bandas seminales de la movida del rock desde los 60 hasta nuestros días, y a la reflexión sobre el período particularmente complicado que estamos atravesando. Tuvo su momento sentimental al hacerle un homenaje a los exiliados que se van casi por desesperación, en concreto a su hermano, y no pudo reprimir una furtiva lágrima que se secó inmediatamente para luego, tras un guamazo de cocuy, retomar la actitud festiva y bochinchera. Fue un concierto muy divertido: pasó por los Beatles (con una Eleonor Rigby trastocada en vendedora de empanadas en el terminal de buses, que sueña con ser pintora), Red Hot Chily Peppers, Radio Head (Creep se convirtió en un guayabo producido por los amores contrariados de un veguero y una chica de Cafetal), hasta llegar a una versión genial de Black Dog de Zeppelin en donde dio rienda suelta a su capacidad de improvisación. El encore fue un joropo que entusiasmó a más de uno a echar un pie allí mismo, al ladito de Germain. Unas palabras de elogio para los músicos que acompañaron al llanero; de mucha solvencia, brindaron un gran sonido que muchas veces, en espectáculos más producidos, no se alcanza.


Al terminar el show conversamos un rato con los organizadores, los músicos, y con uno de los promotores de la movida del joropo contemporáneo, Ernesto Soltero, quien a través del colectivo Rey Zamuro (colectivoreyzamuro.blogspot.com) informa periódicamente sobre las novedades que se producen alrededor del movimiento. Sin ninguna reserva invito a los lectores a visitar el Museo de Arte Afroamericano y a asistir a algún concierto de Germain Coronado. Van a disfrutar ambas experiencias, se los garantizo.

sábado, 16 de julio de 2016

Mi padre, el alquimista


Cuando uno es pequeño, tiende a construirse una realidad cónsona a su capacidad de raciocinio mediante la generalización, a partir de las interacciones que sostiene con los aspectos cotidianos de la vida. Por ejemplo, cree que todas las casas son iguales a la suya, así como las escuelas, los parques, y en general todo lo que conforma su pequeño mundo. Por ese motivo, durante gran parte de mi infancia asocié lo que hacía mi padre con el concepto de trabajo, y supuse que trabajar era "eso"; por consiguiente, esperaba con ansias el día en el cual yo comenzaría a trabajar. Claro que la actividad de mi padre no era cualquier cosa: tenía más que ver con la magia y la alquimia. Es que, verán, él era orfebre. De los orfebres de verdad, de esos que tomaban un lingote de oro y lo transformaban en joyas mediante variados procedimientos que involucraban hornos, sustancias químicas, crisoles, moldes y herramientas de precisión.

Ir al trabajo de mi padre era algo fascinante. Todavía tengo en la memoria el mapa del lugar, que llevaba el ostentoso nombre de "Fábrica de joyas Las Delicias". Y, aunque el apelativo pudiera sonar  grandilocuente - dadas las dimensiones del local -  no era desacertado. Era todo un complejo industrial en pequeño, y en él se transformaba cierta materia prima en productos terminados. En exquisitos productos, debo decir, porque esos italianos tenían buen gusto para producir las joyas que engalanaron a la clase media y media-alta de la Caracas de los 60 y 70. Pulseras, anillos, collares, zarcillos, gargantillas, pisacorbatas, eran los artículos que se producían en la fábrica. Prenda que llevara el sello de Las Delicias tenía garantizada su calidad.

Pero estaba hablando del local: para entrar a él era necesario pasar por una reja doble. Durante unos instantes, quien quisiera visitarlo se encontraba en una especie de jaula, en la cual no se abría la segunda reja si la primera no estaba cerrada. Era una medida de seguridad básica, dada la naturaleza de la mercancía que se transaba allí.  Al franquearla, el visitante tenía a mano derecha un amplio mostrador de madera oscura y vidrio, en donde estaban exhibidas algunas de las prendas que se vendían al detal (pocas, en realidad, ya que ellos destinaban el grueso de su producción para la venta a joyerías). Y al frente lo que en mi concepción infantil consistía "el trabajo": una puerta basculante a media altura permitía el acceso a un área con seis puestos, tres a cada lado, compuestos por una superficie de madera recubierta por una lámina de metal, una gran gaveta debajo de ella, un taco de madera de forma trapezoidal - que permitía el limado de las joyas - fijado a la superficie de trabajo, y sobre ella una constelación de herramientas tales como pinzas, limas, ganchos y punzones.Además, cada puesto de trabajo disponía de un soplete. Mi padre ocupaba el lugar más lejano a la puerta, a mano izquierda. Se sentaba, al igual que el resto de sus compañeros, en un banquito de madera que no ha debido ser muy cómodo. A sus espaldas había otros dos o tres puestos similares, pero esos no recuerdo haberlos visto nunca ocupados. Tal vez en alguna época hubo quien los utilizara, estando yo más pequeño, pero no tengo registros en la memoria sobre ello. Aunque la describo en primer lugar, en realidad esa área era la última en el ciclo productivo, pues en ella se realizaba el acabado de las piezas, y se acometían pequeñas reparaciones y adaptaciones de las prendas.

Al fondo de dicha área de trabajo estaba lo que llamaban pomposamente "la oficina": una habitación en donde lo más importante era la presencia de dos enormes cajas fuertes, que le daba un aire de solemnidad al sitio. Además de dichas cajas fuertes, había otros objetos que llamaban mi atención, tales como unas calculadoras mecánicas (que nunca supe como utilizar), una balanza de precisión y  un juego de frasquitos de vidrio que contenían el líquido que permitía verificar la pureza del oro, junto a una piedra en donde se frotaba la pieza a probar, además de uno que otro escritorio bastante destartalado, y unas sillas de oficina que no hacían juego con nada.

A mano izquierda del área de trabajo había dos ambientes muy particulares: en uno de ellos, una amplia habitación rectangular, se encontraba una gran máquina que permitía transformar los tacos de oro en láminas finas, o incluso en alambres. El encargado de esa máquina era mi padrino Franco; nunca vi a más nadie manipularla. Aplicando presión y calor se lograba la transformación, dada la ductilidad del material precioso que se empleaba. Era muy divertido ver como la máquina escupía una lengua interminable y amarilla, que cada vez se hacía más fina y flexible. Pero tal vez la zona que más disfrutaba, y me parecía fascinante, era el área en donde se hallaba la fundición. Se trataba de un horno que alcanzaba la temperatura suficiente para fundir el metal áureo. Ver el oro en estado líquido dentro del crisol era algo que me sorprendía siempre, sin importar cuántas veces lo hubiese visto antes.

Y, pasando la fundición, estaba una angosta y oscura escalera que llevaba al piso de arriba, en donde se hallaba el laboratorio de mi padre, en una gran terraza. Hace algunos párrafos mencioné la alquimia, y no fue una palabra al voleo. Mi padre era una especie de químico empírico, y conocía toda clase de ácidos y bases que le permitían intervenir el oro para eliminar cualquier impureza y lograr la calidad que diferenciaba a los productos de Las Delicias. No sé cómo alcanzó esos conocimientos, ya que no tuvo educación formal salvo la elemental, hasta el quinto grado de primaria. Pero sí trabajó en una de las grandes fábricas que existió en su ciudad natal, Verona, y tal vez allí aprendió de algún compañero más veterano. No lo sé a ciencia cierta. Esa terraza era su lugar creativo, y podía pasar horas y horas allí, diseñando moldes, haciendo combinaciones extrañas con los químicos que tenía a la mano, e ideando prendas.

Algo muy particular ocurría en la fábrica: la basura que se producía con la actividad diaria no se desechaba, sino que se guardaba en unos recipientes cilíndricos. El motivo era bastante lógico: mezclada con los desperdicios existía cierta cantidad residual de oro, que se recuperaba al incinerar esa basura en unos hornos que se hallaban por los lados de Guarenas, según recuerdo. Una vez al año, aprovechando el asueto navideño, mandaban los pipotes con la basura a ese lugar y lograban recuperar una cantidad nada despreciable de oro.

Esa fábrica estuvo en funcionamiento desde comienzos de los 60 - tal vez 62 o 63 - hasta finalizando la época de los 80. La muerte de mi padre ocurrió antes del cierre definitivo de la empresa. De los cuatro socios originales quedaban sólo dos - uno de ellos, Pino, el único no veronés sino romano,  vendió su parte de la sociedad al resto de los socios y regresó a Italia a principios de los 70 -  y decidieron cerrarla ya que en los últimos años fueron víctimas de varios robos. Ya la criminalidad comenzaba a golpear duro a la ciudadanía, y pensaron que lo mejor era liquidar el negocio y jubilarse. Creo que después del fallecimiento de mi padre no volví a pisar la fábrica.

Sin embargo tuve la oportunidad de volver a entrar a la quinta Josefina, donde tuvo su sede el trabajo de mi papá, unos 10 años después. Casualmente un cliente que me contactó para un desarrollo de software tenía una oficina allí.  Fue un retorno bastante agridulce: ya no quedaba traza de la actividad anterior. Habían convertido el espacio en un área de oficinas. Anodinas oficinas que para nada reflejaban el esplendor de la noble actividad que alguna vez se realizó en ese lugar. Recorrer los espacios transmutados, y tratar de adivinar en donde estaba cada cosa anteriormente, fue un ejercicio a mitad de camino entre la tristeza y la nostalgia. Más nunca volví a ese sitio. De vez en cuando paso cerca, pero me eximo de recorrer la calle que lleva a la quinta Josefina. Con lo que guardo en la memoria me es suficiente.

lunes, 4 de julio de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 4 de julio de 2016


En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. En enero de este año el ejercicio dio como resultado 2.946 Bs. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 5.000 Bs/Kg, son 1.000 Bs, más 2 canillas a 250 Bs c/u, 1.500 Bs. A 375 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 200 Bs  más 2 galletas por 300 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 2.500 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 4.500 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 2.700 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 1.000 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 200 y  400 Bs. Vámonos por el promedio, 300 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 400 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 3.700 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 1.000 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 800 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 900 Bs el litro, son 720 Bs. En total la cena habrá costado 1.520 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 7.720 Bs diarios. Eso representa un incremento de 4.774 Bs. con respecto al calculo hecho en enero de este año. Es decir, un 262% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos sorprende un descomunal 575%.  Tomando en cuenta que el ingreso mínimo mensual ronda los 30.000 Bs (sumándole al sueldo básico el monto correspondiente a la ayuda por alimentación, que no tiene incidencia en el cálculo de las prestaciones sociales), haría falta el trabajo de casi 8 personas para darle de comer a 4. Los números no dan, de ninguna manera. Cómo logra sobrevivir la gente a esta situación, tiene visos de milagro.El gráfico que encabeza este post es elocuente: no importa cuanto ganes, ni con cuanta frecuencia te aumenten el sueldo. La inflación se lo comerá en un santiamén.


domingo, 26 de junio de 2016

Del flux de lino a la braga naranja



Los años 80 marcaron el comienzo del deterioro para nuestro país, eso es indudable. El viernes negro de 1983 nos explotó en la cara, y no supimos bien cómo encarar esa situación, novísima para nosotros. Sin embargo, por lo menos al principio, procuramos hacer como que no pasaba nada, y por unos años logramos fingirlo decorosamente.

Esa década confluyó con mi inicio en el ámbito laboral. Terminé mis estudios justamente en el 83, con mis sueños de realizar un postgrado en  Francia frustrados gracias al acontecimiento del año, y tuve que resignarme a buscar trabajo y dejar para más tarde mi actualización académica. Logré entrar en una de las compañías más importantes del país para ese momento, en lo que a consultoría el el área de la computación se refiere: la Empresa Nacional de Informática, Automatización y Control, mejor conocida por su acrónimo ENIAC, un obvio guiño a la primera computadora digna de ese nombre. En ENIAC tenían una política bastante agresiva con los empleados: los soltaban al ruedo, es decir a los clientes, sin mucho miramiento, a hacer cosas que en teoría estaban a su alcance pero que todavía no habían puesto en práctica. La palabra clave aquí es clientes: la cartera de ENIAC era selecta, y abarcaba petroleras, manufacturadoras y empresas de servicio. Era normal estar sentado en el puesto de trabajo, leyendo un manual o experimentando en alguna de las computadoras, y recibir la orden: "ponte la corbata, que vamos a X". Eso de la corbata era literal: teníamos un perchero que parecía un arbolito de navidad, con la variedad más disparatada de corbatas que hubiera visto. Así que uno buscaba el trapo que mejor combinara con la camisa que tuviera puesta, y corría a la cita. Mi primer trabajo real fue para la Gallup, en apoyo a las elecciones que vieron triunfando a Lusinchi sobre un desgastado Caldera. Después tuve ocasión de trabajar en Lagovén, Corpovén y PDVSA, tanto en labores de programación como en calidad de instructor. Total que mi pasantía por ENIAC me sirvió para meterme de lleno en la profesión, y hubiera sido un lugar ideal para hacer carrera. Sin embargo, al año y medio de estar allí me llegaron cantos de sirena (de sireno en realidad, pues fue un ex empleado de ENIAC quien me lanzó el anzuelo) y recalé en una empresa que años más tarde estaría en boca de todo el mundo: Latinoamericana de Seguros.

De Orlando Castro padre se podrá decir cualquier cosa peyorativa, pero es innegable su carisma y el ascendente que tenía sobre su personal. Personaje venido de abajo en el ámbito empresarial, me contaban llenos de admiración mis colegas: comenzó vendiendo casas prefabricadas en los altos mirandinos, con un maletín por oficina,  a la orilla de la carretera. Su trabajo no era de puerta en puerta, sino de carro en carro. Poco a poco fue escalando posiciones, y para el momento de mi contratación ya era un señor cercano a los 60 años, dueño de algo que iba acercándose rápidamente a ser una corporación gigantesca. Pero nunca perdió de vista a sus empleados, conocedor de que la verdadera fuerza de su organización provenía justamente de ellos. Se empecinaba en conocer personalmente a cada uno, y con ese fin organizaba "el desayuno del mes", en el cual participaban los nuevos ingresos, y por supuesto él como anfitrión. Durante ese encuentro intercambiaba palabras con cada nuevo empleado. En realidad era una especie de cuestionario prefabricado, con preguntas obvias como nombre, edad y área en donde se laboraba. Pero el hombre derrochaba su encanto con acento cubano y lograba que por un breve instante uno se sintiera especial.

De mi época en Latino, como le decíamos (no confundir con el Banco Latino, ese era otro grupo, diferentes filibusteros), tengo varias anécdotas, como la de las juergas interminables cuando picaba diciembre y a partir del 13 del mes nos declarábamos en fiesta permanente y abríamos el bar a las 10 de la mañana, con la anuencia de las cabezas del departamento (gente rumbosa por excelencia: la gerente estaba casada con el mánager de Los Melódicos, y alguna vez nos invitó a alguna de las versiones de la disco gigante del CCCT, creo que en ese momento era Palladium, a bailar con la popular orquesta como ejecutante) quienes solicitaban que su vaso nunca estuviera vacío, para lo cual había un servidor designado que se encargaba de mantenerlos contentos. O el cuento de la secretaria (en esa época todavía se estilaban) del VP de sistemas, que sufría de calor en sus partes bajas e iba frecuentemente al baño a refrescárselas, con el mismo vaso en el cual después le servía agua a su jefe. O el primer trabajo sucio que me encomendaron en mi vida laboral, un programa que redistribuyera los ingresos de la compañía por estados para evadir impuestos. O la gestación del Grupo Progreso: un día me contaron, literalmente: "El viejo (así le decían a Castro) se compró un computador y un banco, y ahora hay que ponerlos a funcionar". Se trataba del Banco Zulia, que posteriormente cambiaría su razón social a Banco Progreso, y funcionaría como soporte de Seguros Progreso, empresa que logró lo impensable: se dedicó al ramo más siniestroso en el país como lo es el de Vehículos y llegó a posicionarse entre las primeras cinco compañías del país en primas cobradas. O la vez que Orlando Castro convirtió a todos sus empleados en agentes de seguros, al entregarle a cada uno un talonario de pólizas de responsabilidad civil, aprovechando la ley que impuso la obligatoriedad de dichas pólizas para todos los vehículos automotores.

Pero el acontecimiento más celebrado durante mi estadía en Latinoamericana fue la invitación que me extendió un día Orlandito, como le decían al hijo de Castro. No recuerdo bien lo que motivó el hecho; tal vez fuera una estrategia de fidelización para empleados clave (en informática el robo de talento siempre ha sido moneda corriente, y es normal que las empresas procuren mantener al personal del área contento, ya que cuando se va se lleva parte importante del know how), o la recompensa por algún proyecto exitoso. El asunto fue que nos llegó a un pequeño grupo de empeados del departamento una comunicación formal, invitándonos a participar en un almuerzo ofrecido por Orlando Castro Junior, a nombre de la empresa, en el restaurant Da Emore. Valga resaltar que en ese momento Da Emore era uno de los grandes restaurantes de la ciudad, y que nos quedaba justo encima de la oficina, allá en el Centro Comercial  Concresa. El grupo de los elegidos, como nos bautizó algún compañero burlón, gozó durante la semana que medió entre la invitación y la fecha pautada para el almuerzo de una fama desproporcionada por lo inusual del hecho, y probablemente fue blanco de la envidia de ciertos individuos. En lo concerniente a mí, un pelado que no estaba todavía en la treintena, la incredulidad y la sospecha de no merecer tal distinción me hicieron esperar con cierta ansia el momento.

Esa fue tal vez la tercera vez que entraba en ese lugar, y también la última. Orlandito se sentó a la mesa con nosotros, trajeado como de costumbre con un flux de lino, que se notaba hecho a la medida (nada que ver con los puyaítos que llevábamos los demás comensales); seríamos tal vez unas 8 o 10 personas, contándolo a él. De ese almuerzo recuerdo, por supuesto, la comilona de 7 platos que constituía el menú de degustación del lugar, la generosidad y variedad de la bebida, con posibilidad de escoger entre escocés y vino, y la actitud entre solemne y embarazosa de Orlando Junior, que no calzaba los puntos de su padre a la hora de confraternizar con el personal. Sin embargo puso todo su empeño para hacernos sentir bien, como importantes figuras dentro de la organización. Ahora no recuerdo casi nada sobre los temas de conversación que abordamos durante el almuerzo - han pasado casi 30 años - pero sí  que al salir del restaurant, llenos y prendidos, jurábamos fidelidad eterna a la empresa.

A los tres meses más o menos ya había renunciado; es que las promesas de borracho no deben ser tomadas en cuenta. La canibalización empresarial me hizo convertirme en un mercenario, y me fui por una paga unas tres veces mayor a la que devengaba en Latino. De 8.000 Bs pasé a ganar 24.000, y me sentía como un magnate. El tiempo me enseñaría que no se le debe tomar cariño a los sueldos, por lo menos en Venezuela, ya que la inflación se los devora. Pero por un par de años, tal vez un poco más, estuve tranquilo en el aspecto económico, y hasta pude darme ciertos lujos.

Pasó el tiempo, y ya me había olvidado de mis antiguos patrones, hasta que una cuña estremeció el ambiente: la famosa "aquí estamos, aquí seguimos", transmitida cuando ya Orlando padre e hijo habían picado cabos. El castillo de naipes de las finanzas criollas comenzaba a derrumbarse. La siguiente vez que vi a los Castro, esta vez gracias a una foto en algún periódico, habían desechado el flux de marca, luciendo en su lugar una reluciente braga color anaranjado.