miércoles, 25 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 13


No soy mucho de conversar con extraños, pero a la vez me parece una descortesía no contestarle a las personas cuando se dirigen hacia mí, cosa que, por otro lado, es casi inevitable en las colas para cualquier diligencia. Ahora las conversaciones son a un metro de distancia, y obstaculizadas por la mascarilla, tapaboca, pañuelo o cualquier otro implemento que se ingenia la gente para creerse a salvo de un contagio que parece improbable, pero nadie sabe en dónde está al acecho. Hoy me tocó en suerte una señora bastante parlanchina, que aprovechó la hora larga que estuvimos esperando nuestro turno para entrar al supermercado para ponerme al corriente sobre gran parte de su vida. En realidad, no puedo calificar esta interacción entre nosotros como una conversación; más bien, fue un largo monólogo el cual yo interrumpía de tanto en tanto para asentir, o contestar alguna pregunta que ella me hiciera. Me enteré de algunas cosas curiosas sobre la urbanización en donde queda el comercio, como por ejemplo que el Centro Aloa se construyó en el terreno en donde antiguamente tuvo su sede una empresa benificiadora de aves de corral (e imaginé el olor que debía haber impregnado su casa, la primera que se construyó en Horizonte si doy por buenas sus palabras). La señora es una especie de "dog whisperer", la versión femenina del fulano Millán que gozó su cuarto de hora de fama unos años atrás gracias a Animal Planet. Por lo que me contó, tiene más empatía con los perros que con la gente; estuve tentado de contarle sobre Vidas de perros, pero inmediatamente deseché la idea. Cuando llegamos (llegó) al tema de las dificultades para alimentar las mascotas, me contó sobre unos vecinos suyos, que dejaron morir de hambre a un pitbull. "Claro, son drogadictos. Imagínese usted (porque me trató todo el tiempo de usted, a pesar de que debe andar por mi edad, más o menos) que uno de ellos un día tiró por la ventana todo su apartamento: sillas, televisores, mesas... no tiró la cocina de casualidad". Allí la perdí, supuse en ese momento. No había vuelto a pensar en eso hasta esta tarde, cuando me encontré este tuit:


Sí, la gente puede volverse muy loca.

martes, 24 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 12


Como era de esperarse, y como supongo será en la mayoría de los hogares, en el mío se estableció una rutina que poco varía día tras día. Ya teníamos las labores hogareñas distribuidas desde antes, así que cada uno realiza las actividades que le tocan a su aire. Yo me dedico básicamente a la alimentación, tanto la de los humanos como la de las mascotas, y a la limpieza de la cocina, aunque allí sí me da más de una mano Marianella. Yo soy el responsable de la despensa, y como tal tengo las cosas más o menos controladas para espaciar las visitas a los comercios. Entonces tengo mis pequeños rituales cotidianos: en la mañana, una taza de harina para las arepas; a mediodía, media taza de arroz, o 250 grs. de pasta, o cualquier otro carbohidrato que servirá de acompañante a la proteína que toque ese día, más, una que otra vez, una ensalada fresca. En la noche, la tortilla con tres huevos, o la latica de sardina, o la de atún, o, si hay antojo, otra vez arepas. La greca se monta a primera hora de la mañana y a primera hora de la tarde.
Las horas entre comidas se llenan, aparte de la navegación intensiva por redes sociales, con alguna tarea creativa. Esta semana investigué sobre la masa madre, y estoy tratando de producirla. Además, como tenía una caja llena de compost, decidí darle uso, y estoy comenzando un proyecto de huerto casero, a partir de las semillas de las hortalizas que voy usando diariamente. Por supuesto, trato de escribir algo cada día, ya sea sobre lo que está ocurriendo o retomando proyectos engavetados. En casa tratamos de no ver tanto contenido audiovisual, así que limitamos las horas de netflix a tal vez unas dos o tres durante el día.
La única salida a la calle, salvo para las eventuales compras, se produce alrededor de las 5:30, cada tarde, cuando los ladridos de la perra se vuelven acuciantes y reclamones. Entonces salimos los dos, pero no muy lejos. La perra misma es la que decide hasta dónde quiere llegar. Pareciera darse cuenta de que estos días no es prudente alejarse de casa, así que los paseos son bastante cortos; justo lo necesario para sacudirse un rato la sensación de encierro, e investigar los olores que impregnan las aceras.
Mientras tanto, el tiempo pasa. Tiempo que no se recupera. Y lo que tenemos es incertidumbre: cuánto durará, cómo afectará, qué tan fuerte azotará a nuestro país, y, tal vez lo más angustioso, qué pasará después. ¿Cómo podrá levantarse un país que ya estaba desmantelado antes de esta contingencia? La verdad, nada se gana con angustiarse, pero a veces es inevitable.

viernes, 20 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 8



Hoy tocó otra salida impostergable, esta vez a la farmacia. El protocolo de vestimenta fue robustecido con otros dos implementos: gorra y guantes. Bastante más gente en la calle con respecto a la salida anterior, tanto a pie como en vehículos. En un porcentaje muy alto, portando por lo menos tapabocas. Probamos suerte en el Farmatodo de La Urbina: allí hubo que hacer una pequeña fila en las afueras del local. Casi todos respetaban la distancia, salvo el típico alzado que no cree en normas, o por lo menos piensa que no le aplican. Tiempo perdido en ese primer intento: no tenían ninguno de los medicamentos que buscábamos. Entonces fuimos al Locatel de Boleíta. Allí no había cola para entrar, y dentro de la farmacia tampoco. Eso sí, a la entrada la encargada de vigilancia recibía a los clientes con una rociada de algún líquido desinfectante en las manos. El trámite tuvo éxito, y fue expedito. No estuvimos más de cinco minutos en el local. Ya de regreso, en la calle que sube del Locatel hacia Boleíta Norte, una alcabala del DGCIM impedía el paso. Por fortuna había una bocacalle antes de llegar a ella, por lo que no tuvimos inconvenientes. Pasamos por dos bombas de gasolina, y ninguna estaba prestando servicio. La mayoría de las santamarías de los negocios estaban abajo; solamente ofrecían servicio las ventas de víveres y las farmacias, de lo que pude ver.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 6


En casa no teníamos tapabocas, pero lo que sí hay es una persona muy habilidosa con las manos (que no soy yo, por supuesto), así que fabricó uno “ad hoc” mirando un tutorial en youtube. Hacía falta, pues las provisiones caseras ya estaban por acabarse y tuve que salir a reponerlas al automercado, y ya estaba advertido de la necesidad del accesorio para poder entrar a los comercios. Muy, muy poco tránsito en el trayecto desde mi casa al lugar, a pesar de transitar por una vía principal como la Sanz. Cuando llegué al estacionamiento, conseguí puesto para parar el carro, pero tuve que pedirle permiso para pasar a las personas que aguardaban pacientemente en cola para entrar al negocio. Casi todas guardaban prudente distancia unas de otras, lo que hacía que unas 30 o 40 ocuparan el espacio que, en condiciones normales, ocuparía el doble de personas. No engrosé la fila en ese momento, ya que tenía previsto una primera visita a mi dealer de vicio, el inefable Joao que es quien me vende mis tabacos. Allí también había una colita, pero corta. Unas cuantas amas de casa buscando cigarros. Y nada más que cigarros, pues frente a la licorería un cartel advertía que la venta de licores estaba suspendida. Allí me entró cierta inquietud, porque también las reservas etílicas se nos habían acabado, y no hay manera de pasar sobrios esta contingencia. Mientras aguardábamos en la cola, cada quién con su tapaboca, vimos a un hombre agacharse frente a un charco en la avenida Rómulo Gallegos, y luego lavándose manos, brazos, y cara con esa agua. Él sí que no tenía tapaboca, por cierto. Cuando me tocó el turno para entrar a la licorería, después de hacer mi pedido, le pregunté a Joao si de verdad no estaba vendiendo licores, y me contestó que era una “sugerencia” de la alcaldía. Y que, de no acatarla, amenazaban con cerrarle el negocio. Pero ley seca no hay, le comenté. Esos hacen lo que les da la gana, fue su respuesta escueta.
Luego de satisfecha mi necesidad primaria de proveerme el tabaco, fui a ponerme en la cola del supermercado. La situación era la misma, la misma cantidad de gente aguardando. Pero, en honor a la verdad, fue rápido; dejaban pasar lotes grandes de personas a la vez, y me entretuve viendo los diferentes modelos de tapabocas que lucía la gente. Había de todo: desde los industriales que usan los pintores de pistola, los de tipo quirúrgico, y los caseros como el mío. El que más me llamó la atención fue uno que parecía hecho de macramé, y que asocié con los tejidos con ganchillo que solía hacer mi madre para fines menos utilitarios, sino decorativos. También unas cuantas personas tenían pañuelos en bandolera, como los malos de las películas de vaqueros que veíamos en blanco y negro por las tardes de nuestra infancia, en nuestros televisores de tubo catódico y 19 pulgadas. Un señor tenía una servilleta de papel y la acercaba a ratos a su nariz, como única protección.
Ya dentro del negocio, la compra se hizo de manera fácil y rápida, pues no había mayor aglomeración. Estaba bastante surtido, por lo menos yo encontré todo lo que estaba buscando. Con precios inflados, eso sí. La carne molida, que había comprado el viernes de la semana pasada en 210.000 Bs, estaba ya en 300.000. Y el dólar lo estaban cambiando unos siete bs. por debajo de aquel día. No noté mayor agitación en las personas; más bien el ambiente era relajado. Pareciera que el largo entrenamiento de los venezolanos nos hubiese preparado para este momento. Veremos en los próximos días.
Ah, por cierto. Al Luvebras no le ha llegado la "sugerencia" de la alcaldía, o no le pararon pelota, porque pude comprar mi botella para mitigar de alguna manera el insilio.

martes, 17 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 5


Paso por la caseta de vigilancia de la calle, a pie, luego de haber sacado un momento a la perra. El vigilante está afuera de ella, mirando hacia el bonito cielo que nos obsequia la tarde. Me dice: "No quieren que haya nadie en la calle, después de las seis". Yo respondo: "¿Será que le caen a tiros al que vean?" se ríe, y replica: "el hampa, con el hampa no se puede. Antes uno iba a una tasca a tomarse sus traguitos, pero entre esto (y hace el gesto universal con el pulgar y el índice que significa dinero) y los choros, ya no provoca ni eso". Desde dentro de la caseta, seguramente mediante un aparato de radio, se escucha un audio de Maduro, anunciando la construcción de la vivienda numero muchos mil chorrocientos zillones.

viernes, 13 de marzo de 2020

Bitácora del insilio. Día 1


Como de pronóstico, el supermercado del barrio estaba lleno a reventar. El estacionamiento, previsiblemente, abarrotado, y hubo que parar fuera. Ya dentro del establecimiento, la locura típica a la que estamos acostumbrados cuando ocurre algún evento de este tipo, con el añadido de dependientes, y no pocos clientes, portando sus mascarillas y guantes de látex. Algunas personas, pero no era el común, llevaban mercancía como para un mes: pacas completas de arroz y harina, leche en polvo, granos, enlatados. Las colas en las cajas hacían prever una estancia de por lo menos una hora para poder pagar. Nosotros también hicimos nuestra comprita nerviosa, pero como solo somos dos, no fue tan escandalosa. El ambiente era de un nerviosismo contenido; no noté mayor desabastecimiento salvo en las neveras de carnes, que solamente tenían pollo y cerdo. Al rato, repusieron algo de carne, básicamente costillas de res. En la calle, muy poco tráfico, y colas en las bombas de gasolina. Se respiraba la misma atmósfera de los días del apagón, para hacer una comparación.

lunes, 9 de marzo de 2020

El regalo de un domingo


Después de un sábado pasado por humo, cortesía del CNE y sus guardianes que no pudieron evitar que se destruyera todo el aparataje necesario para celebrar elecciones en Venezuela, el domingo decidió resarcirnos de los sinsabores del día anterior y nos obsequió la oportunidad de ver la puesta en escena de mi ópera favorita, Carmina Burana. Y, además, nos permitió hacer un poco de turismo, obligado por la gran afluencia de personas, por las calles de Colinas de Bello Monte. Nos tocó buscar puesto en una de las calles aledañas a la Caurimare, esas que trepan colina arriba. El trayecto desde allí hasta la Concha nos permitió observar muestras de la arquitectura residencial de los años 50, con todo su espíritu modernista e imaginativo, representado en pérgolas, balcones, barandas, ventanales que los habitantes actuales, en una asombrosa mayoría, se empeñan en conservar. Aunque se notan algunas restauraciones infelices, por lo que pudimos ver en nuestro recorrido no son la norma, todavía. 
Cuando llegamos al anfiteatro, estaba más a menos tres cuartos de ocupación, a pesar de que faltaban todavía 45 minutos para las seis, hora (mentirosa, como es costumbre en estas convocatorias) de inicio del concierto. En esos 45 minutos terminó de llenarse por completo. No pensaba que un evento de esas características tuviese tal capacidad de convocatoria. Gente de todas las edades colmó las gradas de concreto. Como es de esperarse, tuvimos algunos encuentros con personas conocidas, halladas al azar en medio de la multitud. Como a eso de las 6:30 comenzaron los anuncios oficiales que darían comienzo al evento. La música arrancó tal vez quince minutos más tarde, con el Concierto nro. 2 de Saint Saens, que fue bien recibido por el público. El pianista retornó tres veces más al escenario, para tocar piezas de compositoras venezolanas, como homenaje a las mujeres cuyo día se conmemoraba. Cuando terminó ese "primer tiempo", hubo que hacer modificaciones sobre el escenario para acomodar a las doscientas personas que necesitaba el montaje que íbamos a presenciar a continuación. Mientras tanto, la luna despuntaba por el este, sumándose a la fiesta de luces que atraparía nuestra atención minutos después. Cuando todo estuvo dispuesto, entraron al escenario los distintos coros, los músicos, los solistas, y por último la directora, y en ese momento comenzaron los acordes de "O fortuna", una de las oberturas más famosas de la música académica. 
Sin ser un experto, ni mucho menos, puedo dar mis impresiones como espectador: para mí, fue un espectáculo de alto nivel tanto escénico como interpretativo, con maravillosas prestaciones de todos los artistas presentes. En el plano técnico, salvo algunos inconvenientes con el sonido en el primer tiempo, todo salió a la perfección. Fueron unas tres horas de profundo goce musical, por lo menos para mí, y sospecho que para la gran mayoría del público que colmó las instalaciones de la Concha, a juzgar por la reacción colectiva al terminar la obra. Fue tanto el furor que la directora decidió congregar de nuevo a los músicos y los coros para regalarnos como encore la obertura.






martes, 3 de marzo de 2020

Olores


Esta mañana, al pasar al frente de la antigua fábrica de la Bigott, en Los Ruices, mi esposa me preguntó qué había allí. Le recordé lo que solía ser, y a la vez le pregunté si no se acordaba del olor a tabaco que había siempre en el lugar. Ella recordaba eso, pero lo asociaba más a la Rómulo Gallegos, cosa explicable porque la fábrica llegaba hasta allá. Eso dio pie para que recordara los diferentes olores que caracterizaban algunas zonas de la ciudad.

Desde pequeño, una de mis tareas hogareñas era realizar algunas compras menores en los comercios cercanos a mi casa, sobre todo el pan. Al principio lo hacía en una panadería que quedaba en la calle Negrín, un negocio muy sui generis, de precaria higiene, pero era la única cercana. Pero, unos años después, abrieron la Adelina, en Los Jabillos, y a partir de ese momento comencé a frecuentarla. En el breve trayecto entre mi edificio y ella, cuatro olores muy agradables amenizaban mi paseo: el primero venía de la frutería, que siempre me recibía con su aroma a compuesto. A continuación, le tocaba el turno a un restaurancito que quedaba en la esquina, que nunca tuvo una vocación definida pero siempre olía a frituras. Luego, en la propia avenida Los Jabillos, justo al lado de la funeraria, un penetrante olor a flores provenía de la floristería de la que salían las coronas y los arreglos destinados a los velorios que se celebraban en La Vallés. Y, por último, el aroma cálido y provocativo de pan recién horneado que emanaba de la Adelina (procuraba llegar justo cuando el pan estaba recién hecho, y de las ocho piezas de pan de a locha que solía comprar llegaban solamente siete a casa, ya que una era mi recompensa por la diligencia). Ese pancito recién salido del horno, que me quemaba los dedos y los labios de lo caliente que estaba todavía, era la gloria. 

Pero esos eran olores, digamos, domésticos. Olores que no salían de ese entorno parroquiano, y que apreciaban solo los peatones que transitaban por el lugar. En cambio, dada la transición acelerada de la ciudad y su crecimiento hacia el este, los caraqueños nos compenetramos con olores provenientes de la actividad industrial que perduró por algunos años en esos sectores. Recuerdo en concreto cinco, cuatro muy gratos y otro, en cambio, nauseabundo: me refiero al que salía de la fábrica de aceite Branca, en los bajos de Chacao, que impregnaba el lugar con una pestilencia a aceite concentrado que duró algún tiempo después de que la fábrica fuera desmantelada. Los otros olores, agradables para mí, eran el que ya comenté, de tabaco, en Los Ruices; el de chicle de la fábrica de la Adam’s en la zona industrial de La Trinidad, que me llenaba el carro cada tarde al regreso de la universidad Simón Bolívar; el del café que provenía de la torrefactora San Antonio, por los lados de Boleíta, y uno que perdura hasta el sol de hoy, el de cebada cocinada que sale de las chimeneas de la Polar, en Los Cortijos. 

Esos son los olores que recuerdo de mi ciudad y mi adolescencia; tal vez hubo más, pero no tuvieron el impacto suficiente para dejar marca. Y, en el caso de ustedes, ¿cuáles olores ocupan su memoria olfativa?

viernes, 28 de febrero de 2020

Lo único seguro es la muerte


A pesar de que mi fuerte siempre fue el ramo de seguros, durante mi vida profesional tuve la oportunidad de desarrollar aplicaciones para las actividades más dispares: disqueras, casas de bolsa,  importadoras de licores, fabricantes de agregados livianos para la construcción, camas de bronceado, y muchas otras. Pero lo más inusual y tétrico que me tocó estuvo relacionado con el ramo funerario. Más concretamente, la venta de servicios fúnebres por adelantado: pague ahora y muérase después, digamos. Era una empresa de seguros de la corporación de Funerarias Vallés, evidentemente especializada en el ramo funerario.
Para acentuar el aspecto tenebroso del asunto, la compañía tenía sus oficinas en la misma quinta en la que se efectuaban los velatorios.  Eso significó que las reuniones de trabajo se efectuaran pared de por medio con  los velorios, con la inevitable contaminación auditiva y olfativa que se puede esperar en esos ambientes.  Como era natural, nuestros interlocutores estaban acostumbrados a ello, por lo que no daban muestras de incomodidad alguna cuando alguno de los deudos del difunto se desahogaban en llanto y lamentaciones. Pero para mí, por lo menos, era bastante penoso, también por el hecho de que en ese mismo lugar habíamos velado a mi padre algunos años atrás, y era inevitable revivir esos momentos de dolor. Como corresponde en esta profesión, nos tuvimos que empapar de todos los detalles del negocio, así que por un tiempo nos familiarizamos con términos como servicios funerarios, ataúdes, cementerios, y todo lo que gira alrededor de esa actividad tan inevitable como lucrativa para quien la presta.
Un día nos ofrecieron un recorrido por las instalaciones, cosa a la que accedimos muy a nuestro pesar. Era un día de poca actividad: apenas una de las capillas velatorias estaba ocupada, con muy pocos deudos congregados, tal vez por la hora, las siete de la mañana. Nuestro guía nos fue llevando por todas las áreas de la funeraria: las capillas, las salas de descanso y el depósito de urnas. El lugar estaba sumido en una semipenumbra, por lo que nos tomó un tiempo acostumbrarnos a la oscuridad. Allí nos mostró todos los modelos de ataúdes disponibles: desde los más económicos, de latón dorado, hasta unos que derrochaban lujo, de maderas preciosas con incrustaciones de metales nobles. Al fondo del depósito había una puerta, cerrada. Le preguntamos al hombre sobre ella, y nos dijo que era la entrada al cuarto en donde arreglaban a los muertos. Nos preguntó si queríamos entrar, pero nuestra curiosidad no dio para tanto, y más bien hicimos el ademán de devolvernos. Pero en ese momento se abrió la puerta, y un vaho indescriptible nos arropó. Una mezcla de perfumes, alcanfor y cloroformo que no lograba enmascarar por completo el olor a descomposición.  Por la puerta salió caminando con despreocupación un hombre vestido con un mono verde, parecido al de los enfermeros de hospital. Llevaba en la mano un sándwich a medio comer. Tras saludarnos, se dirigió hacia una de las esquinas del depósito, y abrió la puerta de una neverita, que alumbró momentáneamente el lugar gracias a su luz interior. Extrajo de ella un pote de jugo, y se regresó a su cuartico, a terminar su desayuno y, tal vez, su labor pendiente.

viernes, 14 de febrero de 2020

Personajes, personalidades

A lo largo de más de treinta años de vida laboral, es inevitable haber tratado con una gran cantidad de personas. Uno puede armar una nutrida galería virtual con la gente que conoció a través del trabajo. Gente de todo tipo, de todos los estratos sociales, de las profesiones más disparatadas. Desde dueños de modestas empresas hasta ministros. Y, eventualmente, también personajes interesantes. 
Uno de ellos fue el inefable M.J. Cartea. La primera vez que lo vi fue cuando entró a las oficinas que compartíamos con una empresa de refrigeración, en la Torre Cemica, el edificio de Chacao tristemente célebre por el incendio de los años 80. Era de tarde avanzada, casi lindando con la noche, cuando escuchamos el timbre. Al abrir, precedido por la persona que nos lo iba a presentar, vimos pasar a un hombre cuyos atributos más resaltantes eran su gran tamaño y el pelo engominado, peinado hacia atrás. Traía en la mano el libro “Técnica del golpe de estado”, de Curzio Malaparte. Me llamó la atención ese hecho, pues precisamente estábamos todavía bajo los efectos de los golpes del 92, y había rumores frecuentes de nuevos levantamientos. De Cartea no sabía mucho en ese momento, salvo haber leído la pinta “Cartea fascista” en algunas paredes de La Florida. El propósito de su visita fue proponernos que lo acompañáramos en un proyecto para la modernización de los hospitales públicos. Quería que nosotros fuéramos su apoyo tecnológico en lo concerniente a la automatización de las actividades administrativas de los centros de salud, que estaban sumidas en un caos. A partir de ese momento tuvimos algunas reuniones de trabajo, e hicimos visitas al Hospital Clínico Universitario y al JM De Los Ríos. Pero ese proyecto, como muchos otros que tuvimos en la mira, no pasó de la etapa embrionaria, y creo que no llegamos siquiera a la formulación de la oferta. Sin embargo, conservamos el contacto con él, y logramos cristalizar un trabajo para uno de los ministros sin cartera de Ramón J. Velásquez; creo que fue Ramón Espinoza, encargado de la Secretaría de la Presidencia. Se trató de un software para el control de las actas de reuniones, si mal no recuerdo. En todo caso, tuvimos la oportunidad de conocer en persona al ministro, y conversar brevemente con él. Como breve fue su permanencia en el cargo, por otra parte: a los pocos meses culminaría el período presidencial de Ramón J., opacado por la desafortunada firma del indulto aquel. Pero, en el plano personal, la actividad que más me gustó, entre las que nos involucró Cartea, fue la de visitar la sede de la Editorial Monteavila, para revisar una de las computadoras. Allí me presentó a Rafael Arraiz Lucca, presidente de la institución para la época, cosa que para mí, un lector ávido de la prensa cultural, y coleccionista de los volúmenes de Eldorado, fue un gran privilegio. Mientras yo revisaba el equipo, Arráiz y Cartea conversaron largamente; si algo tenía Cartea era labia, y capacidad para pronunciar frases brillantes y descollantes. Esa fue también la última interacción que tuvimos con MJ; con el cambio de gobierno, decidió aceptar la oferta de irse a Valencia para asesorar al recién electo alcalde, y más nunca lo vi. 
Más o menos en la misma época, paralelamente con las actividades que comenté en el párrafo anterior, comenzó nuestra colaboración con una de las empresas pioneras en el campo de la computación especializada para el ramo de la construcción: CSP, acrónimo de Computación y Servicios Profesionales. Todo ingeniero que haya trabajado en Venezuela durante los años 90, haciendo presupuestos para la construcción, debe haber consultado las guías de precios que con cadencia periódica publicaba esa empresa. Se trataba de unos gordos volúmenes que contenían los precios actualizados de todos los implementos, materia prima, repuestos y demás periquitos usados en la actividad. Era la Biblia a la que estaban suscritas todas las empresas del ramo, hasta bien entrado el siglo XXI. Nuestra asociación comenzó de manera fortuita: ellos habían publicado un aviso en prensa buscando desarrolladores en Clipper para un proyecto, y nosotros mandamos nuestras credenciales. Al parecer quedaron satisfechos con lo que leyeron, pues nos convocaron a una reunión, y quedamos contratados para codificar un sistema concebido para la empresa EDELCA. Nuestro contacto directo, y la persona designada para dirigir el proyecto, se llamaba Calixto Meza. He conocido pocas personas tan folckóricas como él. Era un tipo de aspecto aindiado, con bigotes chorreados, que conducía un Camaro todo desperolado y tenía los cuentos más estrafalarios que pueda recordar. En un principio las cosas anduvieron por un camino áspero, para decir la verdad. Nuestras metodologías de trabajo eran muy distintas, y tuvimos que amoldarnos a las de la casa que nos estaba contratando, lo que ameritó una curva de aprendizaje que atentó contra el avance del proyecto y, por ende, nuestro flujo de caja, pues nos pagaban por entrega efectiva. Sin embargo, con ellos apareció otra oportunidad de negocios, que contribuiría a equilibrar nuestras inestables finanzas. A CSP la contrataron como ente contralor en un proyecto para la automatización del SARPI, el servicio autónomo para el registro de la propiedad industrial. El presidente de CSP en persona iba a ser el líder de esa actividad, y me llamó un día para ofrecerme ser su apoyo técnico en tal labor. En el plano profesional no constituyó un gran logro, pues al final terminé siendo una especie de secretario de actas, redactor de las agendas y los alcances de cada una de las reuniones que sosteníamos religiosamente todas las semanas en las oficinas del SARPI, que quedaban en la Torre Norte del CSB. Pero sí fue rentable en el aspecto gastronómico: una vez por mes, aproximadamente, la empresa contratada para el desarrollo del software nos invitaba a almorzar en alguno de los restaurantes más conocidos de la ciudad. En uno de ellos, el Lar del Jabugo, propiedad de Ángel Lozano, nos tocó una situación bastante penosa. Habíamos ordenado un arroz negro, que compartiríamos los cinco o seis comensales que ocupábamos la mesa. Dispusieron la gran paellera en el centro, nos sirvieron un plato generoso a cada uno, y comenzamos a comer. De pronto, uno de los invitados dijo “¡Peligroso!” y nos mostró el objeto que había mordido en su último bocado: un trozo de vidrio. Lo indignante fue la reacción del personal del local: se limitaron a retirar la paellera, con la simple excusa de que “son cosas que pasan”. Ni un méndigo trago de la casa nos ofrecieron como para suavizar el “impasse”. Este trabajo significó para mí transcurrir muchas horas junto con el presidente de CSP, para trazar estrategias, revisar las agendas y las actas de reunión, y pensaba que había llegado a conocerlo medianamente bien. Sabía que había estudiado en Londres, en donde se casó, y luego regresó a Caracas para montar su empresa, que en un principio operó en el edificio de la Electricidad de Caracas, pues era cuñado de uno de los Machado, y eso le abrió las puertas. A pesar de que por sus conversaciones daba a entender que conocía a muchos dirigentes políticos, sobre todo de izquierda, nunca emitió en mi presencia opinión alguna que dejase traslucir su posición ideológica. Por eso fue toda una sorpresa para mí saber, muchos años después de que terminara nuestro trabajo en conjunto, que Juan Carlos Parisca, tío de María Corina Machado, había sido el guerrillero conocido con el alias de Comandante Pedro Manuel, que participó en la Brigada 31 bajo las órdenes de Argimiro Gabaldón. Como memoria de esa época dejó escrito un libro, llamado precisamente “La brigada 31”.