domingo, 26 de abril de 2015

¡Bowling!


Esta semana participé en el torneo de bowling organizado por una de las empresas con las que sostengo relación laboral. Tal vez por tener más de diez años sin practicar ese deporte, pisar las canchas nuevamente me llenó de un entusiasmo difícil de explicar en un personaje a caballo entre los 50 y los 60 como lo soy. Jugué largo y tendido, y me lo gocé, como si fuera un niño. Jugué terrible, porque nunca fui buen bolichero, pero el disfrute fue total.

Es que el bowling me recuerda una época muy particular en mi vida, la transición entre la infancia y la adolescencia, la irrupción en el mundo moderno en donde las máquinas hacían el trabajo pesado. El bowling se me antojaba como algo futurista, salido de los supersónicos: un deporte asistido por la tecnología, en donde lo único que debía hacer uno era lanzar una bola sobre una superficie de madera pulida y esperar a que el mecanismo recogiera los bolos que no habían caído, barriera los tumbados y regresara la bola al punto de lanzamiento, mientras en un tablero de luces situado justo encima de los bolos se encendían unas luces indicando los pines que habían quedado de pie. Era algo como de ciencia ficción, y eso que en aquellos momentos todavía se anotaban los puntos a mano, en unas hojas que entregaban en la cabina de mando del local, junto con los zapatos especiales que casi nunca eran del número exacto de uno pero no importaba mucho. Cuando había un torneo, el público podía conocer los resultados parciales que iban acumulando los participantes gracias a unos retroproyectores instalados en cada una de las mesas en donde se sentaban los anotadores.

Todavía recuerdo los intensos debates que sosteníamos sobre la manera correcta de computar un strike o un spare, en las escasas ocasiones que la fortuna nos ponía a realizar tal proeza. No teníamos muy claro el asunto, y siempre teníamos que apelar a algún vecino de cancha mayor para que arbitrara las discusiones. Recuerdo que nuestro objetivo era llegar a los cien puntos, algo que muy raras veces lográbamos. Cuando por alguna casualidad lográbamos rebasar dicho hito nos sentíamos campeones, unos auténticos Andy Varipapa, cuyos trucos habíamos visto en televisión, en el canal 8, y nos moríamos por poder reproducirlos alguna vez.

En esos años teníamos en el radar apenas el bowling de La Florida, uno de los muy pocos que quedan funcionando todavía de aquella época. Nos quedaba cerca e íbamos a pie. En algunas contadas ocasiones algún adulto nos llevó al mítico Pin 5, el original, en Los Palos Grandes, que desapareciera en un incendio junto al cine Canaima. Ese bowling era La Meca, nada más al entrar las puertas de vidrio se abrían solas gracias a unos sensores de peso colocados justo en frente de ellas, algo nunca visto antes en esa Caracas de los 70. No recuerdo gran cosa de él, salvo que me parecía enorme. Luego ese bowling fue mudado a La California Norte, pero ya no fue igual. La decadencia lo arropó desde el comienzo, y se convirtió en un lugar para tomar cerveza y fumar más que para jugar bowling. Hoy en día está cerrado, no sé qué habrán puesto en su lugar.

Este jueves, cuando volví a estar encima de la cancha, tomando la bola con la izquierda y calculando mentalmente la dirección que le daría para tumbar la mayor cantidad de pines, me sentí otra vez de diez años. Di los cuatro pasos de rigor, mientras balanceaba el brazo como si fuera un péndulo, y con la mayor sincronización de la que fui capaz hice coincidir mi llegada a la línea de foul con la puesta en la superficie de la pista de mi bola nro. 13. La bola describió una armoniosa curva, y se estrelló contra los pines. Derribé 7. Me sentí dichoso.


miércoles, 22 de abril de 2015

Primer concurso de arte contemporáneo iberoamericano del Canal-Ito



Todo empezó por mera casualidad. Encontrar esa pieza de madera en medio de la calle, como si lo estuviera esperando, fue tomado por él - a pesar de considerarse un escéptico en todo lo que tenía que ver con la cábala y las supersticiones  - como una señal. La forma del objeto, una especie de K, llamó su atención de inmediato, pues esa era la consonante que encabezaba el nombre de la mujer que lo tenía obsesionado pero estaba fuera de su alcance. Sin pensar mucho en qué le serviría, decidió llevarlo a su casa.

Pero retrocedamos un poco. Leonardo venía de una serie de fracasos en el campo laboral que en poco tiempo le dieron de manera paradójica lo mejor y lo peor en lo que a calidad de vida se refiere: todo el tiempo libre al que pudiera aspirar, pero una cuenta bancaria ridícula, casi inexistente. Había sido un consultor en materia informática con relativo éxito en los 90, pero la rápida evolución del campo, junto con las nuevas generaciones de programadores, auténticos "baby boomers" tecnológicos, lo habían relegado a posiciones de segunda y poco a poco se encontró fuera del juego. Apenas conservaba un par de clientes que de tanto en tanto, y casi  por lástima, le encargaban algún proyectico menor. Eso explicaba que anduviese paseando por aquella calle un día miércoles a las 2:30 de la tarde. Era un expediente que utilizaba a menudo para matar el tiempo y buscar ideas que lo sacaran del hueco en el que estaba metido. No se preocupaba por su propia subsistencia, pues se había habituado a sobrevivir con poco, pero sí por los seres que tenía a su cargo: dos enormes labradores que demandaban grotescas cantidades de comida a diario. Eso lo tenía agobiado, pues cada día le era más difícil cubrir sus necesidades, tanto por lo costoso del alimento como por la escasez generalizada, que lo obligaba a recorrer varios comercios en su búsqueda.

Al llegar a su casa metió la K gigante en un clóset y se olvidó de ella, hasta que un par de semanas después de su hallazgo se encontró con una noticia inverosímil mientras navegaba por internet, aprovechando el wifi libre que algún vecino samaritano o ingenuo había dejado libre (su propia conexión había sido cortada hacía meses por falta de pago). La noticia la leyó en Twitter: un programa de televisión, dedicado a las manifestaciones artísticas, había anunciado un concurso de arte contemporáneo, que prometía un premio de cien mil dólares a la obra que resultara ganadora. Para garantizar la imparcialidad del veredicto, el concurso contaba con un jurado compuesto por los nombres más importantes e influyentes en el mundo de las artes en Iberoamérica. Leonardo no sabía nada de arte, pero la cifra se le grabó en la mente, y por asociación de ideas recordó la pieza que había recogido cual ropavejero en la calle. ¿Y si intervenía la pieza de alguna manera, y la transformaba en algo que pudiese considerarse arte conceptual? Total, había visto en sus visitas esporádicas a museos y galerías algunos esperpentos que pasaban por obras valiosísimas. Cien mil dólares le garantizaban toda la estabilidad que requería por el resto de su vida, y comenzó a fantasear con la posibilidad de ganar el concurso.

Leonardo podría ser poco hábil o poco afortunado en los negocios, pero tonto no era, así que urdió un plan para tener algún chance. Sabía que el plagio, cuando es demostrable, es causa de descalificación automática tanto de la obra como del autor, por lo que hizo la investigación más exhaustiva de la que fue capaz, navegando por los sitios de galerías de arte en la web y acudiendo a la biblioteca nacional. Después de muchas horas de revisión, pudo alcanzar una razonable certeza: nadie reconocido había expuesto nunca una obra parecida a la que él pensaba realizar.

A continuación se enfrentó al objeto: lo examinó desde todos los ángulos, tratando de buscar inspiración para intervenirlo de una manera original. Era de madera natural, sin pintar ni barnizar. De ángulos rectos, sin lijar. Tenía varios rayones profundos, casi que rasguños, y estaba manchado de grasa negra, como la que dejan los carros pegada al piso. Trató de imaginar cuál había sido su uso original, pero no pudo desentrañarlo. Al parecer hizo parte de algún tipo de proyecto fallido, y fue arrojado sin muchas ceremonias a la calle, tal vez como muestra de la frustración que embargó al fallido constructor. Pero ahora, si tenía la fortuna suficiente, iba a redimir a aquella K.

Ensayó múltiples posibilidades, pero ninguna de ellas lo satisfizo.Su nula aptitud hacia el arte, aunada a sus escasas habilidades manuales, no le permitieron elaborar nada interesante. Después de algunas semanas de intentos sin resultados, viendo que se acercaba  la fecha de clausura para la recepción de las obras participantes, tuvo una repentina inspiración: mandaría el objeto sin intervención alguna, tal cual lo había recogido de la calle. Apenas le pasó una capa de sellante por encima, sin limpiarlo previamente, para preservar los manchones que ostentaba.

Embaló con mucho cuidado su pieza, y elaboró las plicas exigidas por el concurso. En una de ellas debía constar el seudónimo del autor y el nombre de la creación, en la otra irían los datos personales del artista. Eligió como nombre postizo "Pascal", en honor al primer lenguaje de programación que había utilizado en la universidad, y a la obra, en un alarde de simpleza,  la bautizó como "Consonante para mi soledad". Una vez entregadas la obra y las plicas en la recepción del Canal-Ito, como se llamaba la planta de televisión que promocionaba el concurso, sólo le quedó esperar los dos meses que faltaban para que fuese anunciado el veredicto del concurso.

El tiempo le pasó muy lento, y a medida que transcurrían los días iba creciendo su esperanza. Aunque su lado racional le aconsejaba desechar la idea de que tenía el más mínimo chance de ganar, una vocecita en su interior le decía que eso no era imposible. Ya cuando faltaba poco para que se anunciara el veredicto, se aferraba a esa posibilidad como si fuese la última oportunidad de lograr algo en su vida, y en su mente disponía de la fabulosa cantidad, que emplearía en viajes y lujos que hacía años no se concedía. Y en un apartamento mayor al que habitaba, una ratonera insuficiente para albergarlo a él y a sus perros.También llegó a fabular que, gracias a la fama procurada por la victoria en el concurso, su amor imposible, la dueña del nombre que comenzaba por K, llegaría a fijarse en él, por fin.

El día pautado para el anuncio del ganador del concurso se instaló frente al televisor Sony Trinitron y trató de sintonizar de la manera menos penosa posible el canal, haciendo malabarismos con la antena de bigotes. Cuando logró una imagen más o menos aceptable se sentó en la única poltrona de su hogar a esperar que fuera la hora. Tras unos treinta minutos de banalidades intercaladas con publicidad, un locutor en off anunció el comienzo del programa. El conductor del mismo, con su voz engolada, habló un rato sobre la importancia del arte en general y la del concurso en particular, deteniéndose un largo rato para alabar la filantropía del mecenas que había financiado el concurso, nada menos que el dueño del canal. Acto seguido, anunció la lectura del veredicto del jurado. Leonardo no podía con los nervios, pues en ese momento estaba convencido de que podía ganar. El veredicto que leyó el locutor estaba redactado en los siguientes términos:

"Nosotros, J.B, A.Z, y N.Q, en calidad de jurados del primer concurso de arte contemporáneo iberoamericano del Canal-Ito, declaramos como ganadora por unanimidad a la obra denominada 'Inicial', del artista identificado con el seudónimo Nicholas Schmutzigenarsch , por la original conceptualización de una obsesión recurrente mediante el acertado empleo  de materiales primigenios casi sin intervenciones externas, logrando un significado que va más allá de la intención plástica del autor, quien una vez abierta la segunda plica resultó ser el conocido escultor Braulio Sarmiento, miembro emérito de la escuela de artes figurativas Salomón Rengifo".

A continuación apareció en pantalla una imagen de la obra. Leonardo no pudo dar crédito a lo que estaba viendo: se trataba de una M, de gran tamaño, de madera sin tratar, con manchones de grasa y arañazos sobre toda la superficie.



domingo, 5 de abril de 2015

Julia



Ayer fuimos a ver Julia, una adaptación de la obra de teatro "La señorita Julia" del escritor August Strindberg. En términos generales, una buena propuesta tanto en el plano formal y técnico como en el argumentativo. La obra original versa entre las diferencias de clases, aquí proponen una reflexión sobre la necesidad de huir. Se trata de un montaje que echa mano a diferentes técnicas, como la actuación en vivo, el cortometraje y la televisión. Los actores son muy jóvenes, sorprende su soltura sobre el escenario. Los diálogos a ratos parecen un poco forzados, pues mezclan lenguaje coloquial con parlamentos más clásicos, por decirlo de alguna manera (tal vez por querer incorporar elementos cruciales del texto original). La protagonista, Vanessa Morr, al principio me pareció algo sobreactuada, pero al final, cuando se quiebra, me convenció. Muy bien los otros dos actores principales, sobre todo el que interpreta al protagonista masculino, Juan, José Ramón Barreto, pero la intérprete de Cristina, María Fernanda Meléndez, cumple con mucha soltura y cabalidad su papel. No puede obviarse el cameo de Carlota Sosa, como la figura de la madre rectora y modeladora de Julia.

sábado, 4 de abril de 2015

Viva la juventud, o mis quince minutos de fama



A partir de una conversa en el muro de Salvador Fleján se me activaron los recuerdos de mi debut y despedida en la televisión venezolana. Va de cuento:

Transcurría el año de 1977. Estaba en mi último curso de bachillerato, la antesala a la universidad, y el año que solía utilizarse para recabar fondos a utilizarse en la fiesta de graduación; en ese tiempo se procuraba que el sablazo a los padres fuera lo más superficial posible y se recurría a diferentes expedientes para levantar los reales que costearan un sarao en el Tamanaco, con enormes bandejas de tequeños y whisky 12 años que sería vilmente ligado con cocacola por esa cuerda de adolescentes ineducados, etílicamente hablando.

Una de las actividades que en teoría podía financiar en grado sumo ese objetivo  era la participación triunfadora en el programa "Viva la juventud", que transmitía RCTV los días miércoles, si la memoria no me traiciona. La mecánica del programa era bastante sencilla: se enfrentaban dos colegios, previamente seleccionados por la producción del programa quien sabe con cuál criterio, en diferentes actividades, tanto académicas como deportivas. No recuerdo si el colegio ganador pasaba a una siguiente ronda o se llevaba el premio de una vez, tal vez alguien con mayor memoria lo sepa.

Los animadores del programa eran Guillermo "fantástico" González y Carmen Victoria Pérez, que por esos momentos estaban en la cúspide de sus carreras. Él con fama de irreverente y simpaticón, ella con un aura de Milf de voz ronca y, en nuestro inconsciente colectivo, sensual. Participar en el show era una de las ambiciones que yo secretamente guardaba, pero lo veía como algo totalmente fuera de todo alcance dada la modestia de nuestro colegio, una escuela hecha por y para inmigrantes italianos con pretensiones de estar un rato en esta tierra y luego volver a la patria de origen, tanto así que la escuela primaria alternaba el pénsum italiano con el venezolano, y ofrecía los estudios de media italianos, el equivalente al ciclo básico común de Venezuela. Colegio de quintas, con sedes itinerantes y temporales hasta que llegamos a tercer año a inaugurar la casa definitiva, en todo lo alto del ramal 3 de la calle Caurimare en Colinas de Bello Monte. Allá en donde el viento se devolvía y llegar por los propios medios era una aventura. Pero estoy divagando. El punto es que un buen día la directora del colegio se acercó a nuestro salón para comunicarnos la noticia: habíamos sido seleccionados para participar.

El período posterior fue un hervidero de actividades centradas en la selección de los participantes para los diferentes segmentos del programa: uno de los juegos era encestar una bola de basketbol, y para ella se escogió a la persona más alta del colegio, un estudiante del cuarto año que debería sobrepasar el metro noventa. En las instalaciones del colegio no habían instalado todavía los aros de basket, por lo que tuvimos que vagar por los alrededores a fin de conseguir un lugar en donde pudiera practicar nuestro gigante representante deportivo. Otro de los concursos era una mesa de alumnos que, dada una pregunta académica, debía contestar antes que los oponentes presionando un timbre. Y por último, la sección denominada Craneos, C.A., que consistía en 4 preguntas de selección múltiple. Para ella me seleccionaron a mí.

Ahora tengo que hacer un breve paréntesis para aclarar que no sobresalía ni en deporte, ni en popularidad. Mi única destreza era la de sacar buenas notas de tanto en tanto. Ese era mi momento para poder ganar algo de reconocimiento entre mis pares, así que mis expectativas y ansias iban en aumento a medida que se acercaba el día. Mi principal temor era quedar en blanco o hacer el ridículo en cámara, y creo que llegué a tener pesadillas con ello.

Por fin llegó el momento tan temido y deseado a la vez. El transporte escolar nos llevó a los estudios de RCTV situados de Bárcenas a Rio, por los lados de Quinta Crespo. La primera decepción la tuvimos cuando, en cambio de entrar por una puerta principal, que imaginaba de acero y cristal reluciente, lo hicimos por una rampa que llevaba a un sótano oscuro y vagamente maloliente. Al ver el Set en donde se desarrollaba el programa hubo otra desilusión: todo era de cartón y anime malpintado. Claro, al ser la TV de esa época en blanco y negro no debían esforzarse mucho en los acabados, ya que daba igual para el resultado definitivo. En algunos momentos más tuvimos el honor de ver a un malencarado y refunfuñante Guillermo González dando órdenes de mala manera a los técnicos. No recuerdo mucho sobre lo que pasó en esos momentos previos al programa, que transcurría en vivo, salvo que era un hervidero de actividad por parte de los trabajadores del back stage.

Mis recuerdos hacen fade off  hasta que de repente me veo sentado en un pupitre, y a mi lado Carmen Victoria Pérez con sus gloriosos muslos a escasos centímetros de mis hombros, con una carpeta en la mano y dirigiéndome una pregunta para la cual había cuatro respuestas posibles. En frente de mí, una enorme cámara de televisión apuntándome directamente a la cara, amplificando de manera escandalosa los brotes rebeldes de acné juvenil que habían aparecido imprudentemente un par de días antes. La escena se repitió cuatro veces; en tres de ellas salí airoso, ganando puntos para nuestra causa. Caprichosamente recuerdo sólo la pregunta que fallé: ¿Cuál es el medio de transporte con mayor crecimiento en Venezuela? Las alternativas eran: A el marítimo, B el aereo, C el terrestre o D el ferrocarrilero. Respondí C, Carmen Victoria dijo "respuesta errada, la correcta es la D, el ferrocarrilero", y sentí que el mundo se me venía abajo, y que millones de televidentes me miraban con desprecio, entre ellos mis padres que estaban pegados a la televisón de nuestro apartamento.

Sin embargo no me fue tan mal. Regresé a casa con una medalla dorada que me confirmaba campeón de la ronda de Cráneos, y la promesa de ir a un programa especial con todos los ganadores de las diferentes ediciones del programa, cosa que nunca se concretó. Y tuve mis quince minutos de fama entre los compañeros de clase. Fama es fama, aunque sea fama de nerd.

martes, 31 de marzo de 2015

Concurso de microcuentos: libros y bibliotecas.



Hoy la fortuna me sonrió, y uno de mis microrrelatos fue seleccionado como el segundo mejor de la convocatoria que hiciera la Biblioteca Palos Grandes con motivo de su cuarto aniversario. El jurado estuvo integrado por Violeta Rojo, Héctor Torres y Roberto Mártinez Bachrich, todos ellos personas con gran trayectoria en el mundo de la literatura. La ganadora fue Susana González Rico, o @soysugar, quien es reincidente en estas lides ya que el año pasado se alzó con el primer premio en el concurso de Banesco. Mi cuento seleccionado fue el siguiente:


Se vengó de la manera más artera que pudo: entró a su biblioteca y mezcló obscenamente todos los libros.  


A continuación, el resto de los micros que envié:


Goggle es a una biblioteca lo que una muñeca inflable es a una mujer de carne y hueso.


He vuelto a reincidir en mi vicio solitario. Venzo a la vergüenza, y voy decidido al lugar. Llego. Tomo un libro.


Después del proceso, frente al pelotón de fusilamiento, Poe enfrentaría el castigo a su crimen.


"¡Cuántos libros tienes!" "Son para entenderte mejor".


Al cesar el temblor, tomó al azar uno de los libros y vio con asombro que sus letras se habían desordenado.


Soñó con una biblioteca circular, laberintica, infinita. Soñó no querer despertar. Su sueño se cumplió.


Juró suicidarse cuando hubiera leído todos los volúmenes de su biblioteca. Pero todas las semanas compraba un libro.


Kit inicial para armar una biblioteca: ABCDEFGHIJKLMNÑOPQRSTUVWXYZabcdefghijklmnñopqrstuvxyz0123456789.,;:¡!'¿?


Tenía la biblioteca más exclusiva del mundo. Cada libro estaba forrado con la piel de su autor.

domingo, 22 de marzo de 2015

La muerte sobre dos ruedas



Mucho se ha escrito sobre la anarquía con la que se conducen los motorizados en el tráfico. Cualquiera que deba manejar en el tránsito caraqueño debe estar especialmente pendiente de no tropezar, rozar o siquiera atravesarse en el camino de un jinete a motor, si no quiere verse envuelto en un problema en el cual va a llevarse la peor parte. Las cosas comenzaron a ponerse peor al permitírsele el tránsito por la Fajardo. Cualquiera que se haya enfrentado en la autopista con una columna interminable de motos y no haya podido cambiarse de canal sabe de lo que estoy hablando.

Una de las características más perniciosas del gremio mototransportado es su comportamiento en los velorios rodantes que tienen lugar cada vez que ocurre el fallecimiento de alguno de sus allegados. En esas ocasiones es preferible resguardarse en algún lugar seguro y esperar que pase la turba, que cual invasión bárbara comandada por Atila convierte todo lo que sobresalga por sobre el asfalto en tierra arrasada. Es un bacanal de aguardiente, música estridente, exhibición de armas y acrobacias temerarias con las motos. Han ocurrido varios episodios conocidos por medio de las redes sociales o por la prensa: por ejemplo el asalto colectivo que tuvo lugar en Macaracuay, en donde robaron a todos los tripulantes de los carros que estaban en la cola propiciada por el mismo velorio, con saldo de algunos vehículos destrozados y varias personas víctimas de ataques de nervios, y uno ocurrido en el oeste de la ciudad, con saldo fatal.

Cuentan los comerciantes de los lugares aledaños a los cementerios en donde se le da sepelio a los motorizados que, cuando se enteran de que va a ocurrir un entierro de ellos, cierran las santamarías de sus negocios, pues han sido víctimas de saqueos en ocasiones anteriores.

Esta semana que está por finalizar tiene en su haber tal vez el más monstruoso de esos hechos: una señora en los días finales de su embarazo, que estaba yendo a la cínica para culminar los trámites de su carta aval, se vio atrapada en un velatorio ambulante. El conductor del vehículo, tal vez por desconocimiento, tal vez por miedo, no atendió a la señal de alto que le hicieran desde la caravana y trató de rebasarla, siendo acribillado en el acto con el trágico conteo de tres personas asesinadas: la señora junta con la criatura que llevaba en su vientre, y su esposo.

Todo ésto ocurrió en las inmediaciones de Fuerte Tiuna, zona militar. Mi pregunta, retórica por necesidad, es la siguiente: ¿cómo es posible que las autoridades permitan este tipo de comportamiento en la ciudad? ¿Es tanto el poder que tiene el gremio de los motorizados que nadie le puede poner coto? No puede ser que ellos estén más allá de la legalidad sin que haya control por parte de las autoridades. Estamos a la buena de Dios, y solamente podemos contar con la buena fortuna para sortear esas situaciones.

viernes, 20 de marzo de 2015

Maestra vida y la homofobia


Anoche hubo un nacimiento en la familia, del que nos enteramos en la mañana gracias a un mensaje con video incluido por Whatsapp. Mi esposa le dijo a mi hija mayor: "mira lo que pasó ayer", y yo comencé a malcantar la canción de Blades, inserta en Maestra Vida, "El nacimiento de Ramiro". Esa que dice "nació mi niño, mi niño, nuestro niño". Por supuesto recibí mi regaño por aguafiestas. Pero la canción, como suele suceder, se me quedó pegada. Y de pronto reparé en un detalle: la frase "que no me salga marica, que no me salga ladrón".

Maestra vida es un disco que salió al mercado en el año 1980, es decir, hace 35 años. En la historia de la humanidad 35 años son apenas un estornudo, unos 5 segundos si acaso. Y el compositor de esa obra es Rubén Blades, quien es una persona de reconocida sensibilidad social. Abogado de causas perdidas, defensor de los derechos de los latinos y de las minorías. Pero eso no lo privó de poner en su canción la homosexualidad y el latrocinio  al mismo nivel. Como si la homosexualidad en ese momento fuera algo condenable.

¿Es eso indicativo de homofobia? ¿Será que Blades es homofóbico? Creo que hace falta ponernos en contexto. Tal vez todos, en los 80, y bastante después también,  lo éramos en alguna medida. Marico era el insulto más utilizado (tal vez siga siéndolo, de paso, pero con otra connotación, más hacia el chalequeo y curiosamente con mucho éxito entre mujeres, quienes se dicen mutuamente marica).  Tal como lo dice la canción, la simple sospecha de que el hijo de uno fuera gay era una especie de tragedia. Ser homosexual era un estigma, pero también lo era ser amigo de homosexuales. Era algo que se esparcía como un rumor, que se conversaba en voz baja."Me enteré que fulano de tal es marico" "No puede ser, ¡pobre carajo! Tan de pinga que era, menos mal que me lo dijiste". Hoy en día ya la homosexualidad ha dejado desde hace rato de ser un escándalo, una actividad pecaminosa. Quedan algunos reductos, por supuesto, pero cada vez más hay una amplia aceptación de los gays en la sociedad. No tiene nada de particular que en cualquier círculo de amistades haya gente de la más diversa orientación sexual. Es un tabú que quedó derogado.

Supongo que hoy en día a Rubén Blades, si tuviera que reescribir Maestra Vida, no se le ocurriría incluir esa frase en la canción. So pena de ser achacado de retrógrado por la sociedad en general. Aunque, muy en el fondo, todavía algunos tengamos ciertos resabios de homofobia. Después de todo, es difícil deslastrarse de 20 siglos de prejuicios.

jueves, 19 de marzo de 2015

Mi amigo el cuentero



Que te digo que sí, chico: si tú miras a través de un microscopio esos cristalitos que se te forman en el ocular mientras duermes, puedes ver los sueños que tuviste la noche anterior. Eso me lo decía mi amigo el cuentero,  claro, con un léxico más adecuado a la edad que teníamos entonces. Y yo lo miraba asombrado, sin saber si me estaba vacilando, si en verdad él lo creía o si (último reducto de mi credulidad) lo que me  narraba era cierto. Ese era el tono general de las cosas que me contaba en el autobús que nos recogía en nuestras casas y nos llevaba al colegio. Nos sentábamos al final del enorme - en nuestra percepción - vehículo, y cuchicheábamos, o más bien él iba soltando su monólogo aderezado de estracanadas, mientras yo lo miraba atento sin interrumpirlo.  Algunas veces sus historias extravagantes resultaron ser ciertas, así que no podía sino darle el beneficio de la duda. Eso fue cuando teníamos 6, 7 años. El tiempo nos fue alejando, ya que lo cambiaron de colegio; lo vi un par de veces más en circunstancias aleatorias, y por fin más nunca supe de él, sino unos 40 años después. En el velorio de su madre la mía se lo encontró, y unos días después me contó que lo había visto, que estaba parcialmente calvo, y que conducía un taxi en Mérida. No pude sino considerar que en el fondo ese era el oficio que más le acomodaba: tener un público cautivo para su exacerbada imaginación debe haber sido absolutamente gratificante, para él.

lunes, 16 de marzo de 2015

De amores y domicilios - Arnoldo Rosas



Este sábado terminé de leer el libro de relatos "De amores y domicilios", de Arnoldo Rosas. Lo había comenzado apenas tres días antes, y lo leí en tres sentadas, tratando de dosificarlo y demorar su final. Se trata de un compendio de veinte cuentos que van desde la expresión mínima, lo que se ha dado por llamar microcuentos, hasta relatos con mucho cuerpo.

Una de los aspectos que más disfruté de la cuidada edición de Ficción Breve Libros, capitaneada por Roger Michelena,  es el carácter intimista, casi autobiográfico, de varios de los textos que la componen. Arnoldo nos permite darle una ojeada generosa a su intimidad, nos invita a pasar a su casa, casi que nos sienta en el sofá y nos brinda una cervecita mientras coloca en el picó un lp de Noel Petro y entra en amena conversación sobre las cosas aparentemente sencillas de la vida, pero dejando traslucir que hay algo más profundo detrás de ellas.

Leerlo es un ejercicio amable y reposado, a pesar de que de tanto en tanto saltan algunos hechos escandalosos o violentos, pero tratados con una mano suave que no permite que deriven en prosa sensacionalista. Tal vez el cuento que más me gustó es el denominado "Heracles": la narración es tan precisa que me pareció estar viendo sus escenas.  Poderoso relato acerca de la sumisión y la redención a través de la rebeldía.

Arnoldo Rosas nos confirma con este libro su grandes dotes de narrador, y de conocedor de la geografía del país, sobre todo de la de su isla natal. Una lectura grata y reconfortante, tan necesaria en estos tiempos tumultuosos.

domingo, 15 de marzo de 2015

2:00 AM

La madrugada avanza
con cadencia de caracol
deja su rastro baboso 
sobre el mantel bordado
con tanto esmero
por las manos
acendosas
arrugadas, pálidas
de mi madre
que no supo más
sino dar.