domingo, 1 de mayo de 2016

Sim Floyd, derribando la pared



En los comienzos del cine como atracción comercial no se había desarrollado aún la técnica que permite sincronizar el sonido con la imagen, y por ende las películas eran mudas. Para darle esa dimensión sensorial, en las salas en donde se proyectaban las películas - por lo general teatros adaptados a esa nueva función - se instalaba una orquesta que tocaba música acorde al film que se estuviera proyectando. Esas orquestas se disponían de manera de no estorbar a los espectadores en su visualización; eran meros instrumentos de apoyo al espectáculo.

Hoy asistimos a una presentación que me hizo recordar eso que no experimenté en primera persona, ya que desde finales de la década de los 20 del siglo pasado ya el cine era sonoro, pero había leído al investigar sobre los orígenes de ese espectáculo tan primordial como fuente de entretenimiento y cultura en nuestra civilización. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba cuando el cine era mudo, esta vez el espectáculo fue la banda, y el film sirvió de apoyo visual a su desempeño en la tarima. Me refiero al montaje "The wall", puesto en escena por la talentosa banda tributo a una de las agrupaciones más importantes del rock psicodélico, progresivo, espacial o cualquier otra etiqueta que se le desee poner a Pink Floyd. Ellos se hacen llamar Sim Floyd, pero ese "sim", que hace pensar en  la palabra "simulación", no debe llamar a engaño.

Durante los 95 minutos que dura la película tuvimos el privilegio de asistir a una impecable presentación de su banda sonora, ejecutada a la perfección por los grandes músicos que componen Sim Floyd. Y los calificativos que empleo no son exagerados: la sincronización, la interpretación de los instrumentos, y la vocalización de los entrañables temas que componen el soundtrack de The wall no hicieron echar de menos el material grabado. Es notable el grado de compenetración que alcanzaron con respecto al sonido original de la película. Cada nota estuvo en su lugar y en el momento preciso.

El espectáculo nos planteó una puesta en escena compuesta por una vieja butaca de raído terciopelo beige -que en un principio me pareció una de las que estuvieron por 30 años en casa de mis padres, y luego fueron a parar al depósito de una tienda de compraventa de muebles usados. Junto a ella, una mesita redonda con una lámparita encima. Por supuesto, el mobiliario pretendió mimar el utilizado por Pink cuando se hallaba en estado catatónico en la habitación de hotel en donde arranca la película. Sobre el escenario, una pequeña pantalla anunciaba el lugar por donde desfilarían las imágenes creadas por el genio de Alan Parker, y debajo de ella el habitual set al que estamos acostumbrados al ir a un concierto de rock: la batería en el centro, hacia el fondo, a su lado los teclados y al frente las guitarras, el bajo y los parales para los micrófonos que utilizarían los vocalistas.

Ya desde el vamos supimos la magnitud del evento al que estábamos a punto de asistir. Cuando comenzaron a sonar las notas de "In the flesh", justo en el momento que en la pantalla se sacudían las cadenas de la puerta que iba a ser abierta a la fuerza, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. La piel se le debe haber erizado a más de uno de los presentes; por lo menos así me ocurrió a mí. Y lo mismo sucedió en cada uno de los temas que se fueron desarrollando ante nuestros ojos y sobre todo nuestros oídos. Lo que escuchamos fue Pink Floyd, ni más ni menos. Todos los músicos y los cantantes estuvieron a la altura del compromiso que se plantearan tres años y medio antes, cuando decidieron embarcarse en esa aventura inédita en el mundo, según nos contara Ángel Ricardo Quiñones, el guitarrista que no nos hizo extrañar a Mr. David Gilmour, así como pasó con cada uno de los demás integrantes de la banda.

El momento cumbre, tanto para mí como para el grueso del público a juzgar por  su reacción, fue la interpretación de Confortably numb, coreada con entusiasmo y energía por los asistentes, y que le permitió a Ángel lucirse en el par de solos que contempla la pieza, ejecutados con real pasión. Y para cerrar, fuera de la programación original y ya sin la película desarrollándose en la pantalla, nos obsequiaron "Hey you". Vaya manera de culminar el concierto.

En anteriores ocasiones en que he reseñado conciertos de bandas tributo, o de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, no ha faltado el criticón de oficio que argumenta alguna tontería sobre la falta de originalidad. Y me pregunto si esa persona, cuando asiste a un concierto de música académica, no va a escuchar una rendición fiel de las notas compuestas por el autor de las obras puestas en escena. En mi opinión lo que hacen las bandas tributo es análogo, y cuando alcanzan niveles de excelencia como el que logra Sim Floyd yo, por lo menos, lo agradezco. Dado que ya no es posible asistir a un concierto de Pink Floyd, bienvenidas sean estas  iniciativas que nos permiten rememorar y disfrutar la música compuesta por los grandes héroes originadores de esta pasión compartida que es el Rock.

domingo, 10 de abril de 2016

¿Cuándo desapareció el compuesto?



No me refiero al interés, que ese nunca ha desaparecido ni desaparecerá. Hago mención de aquel fragante ramillete de hierbas, bouquet garni tropical, que me mandaba a comprar mi madre, junto con otras mercancías menudas para el día a día, a la frutería "La línea", que quedaba en la calle homónima, luego trastocada en una avenida que en el imaginario de la ciudad está asociada a la prostitución y a los transformistas: la Libertador. La frutería, que distaba pocos metros del edificio en donde viví durante la adolescencia, todavía exhibe su cartel que la promociona como tal, pero en realidad es una licorería. O lo era. Hace mucho tiempo que no transito por ese lugar, hoy en día intervenido por invasiones y enormes torres de la Misión Vivienda.
A ciencia cierta no sé de cuales hierbas se componía: supongo la presencia de cilantro, perejil, apio españa, hierba buena, tal vez hojas de cebollín, algo de hinojo. Independientemente de su composición, era el atado que condimentaba las sopas, la carne mechada o los granos, el sabor que terminaba de darle su carácter a tales condumios. Me atrevo a decir que cumplía el papel que después se le delegó al infame cubito, saborizante express que le da el mismo sabor a todo, adictivo y sobre todo rápido. Se compraba no por peso sino por precio, es decir, un medio, un real, un bolívar. Supongo que la medida era del todo arbitraria, y variaba de comercio en comercio, de acuerdo al humor que embargara al comerciante al momento de cumplir el pedido. 
En esos tiempos no tenía ninguna afición a la cocina, salvo la intervención como consumidor final, tal vez porque mi madre ejercía una férrea dictadura en los fogones y no permitía que nadie se les acercara, cosa con la cual, dada su destreza en esas lides, todo el mundo estaba de acuerdo. Pero sí guardo en la memoria el aroma que desprendía el compuesto cuando estaba en la tabla de picar. Un olor que se conectaba directamente con el sabor que le aportarían las hierbas a la receta de la cual formarían parte posteriormente.
No recuerdo cuando compré por última vez un compuesto. Su tiempo pasó, como pasó el de las pequeñas bodegas de urbanización, desplazadas por las grandes cadenas. Tampoco sé si todavía algún expendio lo vende. No lo hacen los supermercados, que es donde realizamos las compras casi exclusivamente. Siempre queda el expediente de armar el compuesto uno mismo, pero no es igual. Si alguien conoce un comercio que lo ofrezca, le agradezco el dato. Aunque sea solo para usarlo como máquina del tiempo a un pasado más tranquilo y sencillo.

domingo, 27 de marzo de 2016

De playas, carpas y resacas

Los viajes en grupo deben evitarse como la peste. Sobre todo si dicho grupo es heterogéneo. Esta máxima la aprendí en un “paseo” a los paradisíacos (jaja) cayos de Morrocoy. Quien fomentó ese viaje fue un profesor del instituto en donde estudié. El profe, de contabilidad, había sufrido un accidente de joven que lo dejó postrado en una silla de ruedas, pero eso no fue óbice para que se privara de esos fines de semana en la playa. En el mar su incapacidad desaparecía, y podía estar horas y horas nadando. Utilizaba unos guantes especiales, una especie de chapaletas para las manos. Tomó como costumbre organizar escapadas a sus lugares predilectos con grupos de estudiantes, o ex estudiantes como fue en nuestro caso. Unas 10 o 15 personas, ya no recuerdo bien. El año sí lo recuerdo, 1986.

Tras viajar toda la noche del viernes para poder estar en el pueblo a primera hora, cometimos el primer error: dejamos que la opinión de una persona prevaleciera sobre el resto. Y su decisión fue recortar a la mitad la cantidad de cervezas a comprar. ¿Para qué tanto?, decía, si vamos a estar apenas día y medio. Accedimos a regañadientes, pero reforzamos el departamento alcohólico con algunas botellas de ron. Cosa, que vista en perspectiva, también fue un error.

Una vez realizadas las compras, nos dirigimos al embarcadero a contratar los peñeros que nos trasladarían al cayo escogido, el predilecto del profesor: Cayo Borracho. Premonitorio el nombre, sin lugar a dudas. Creo que es uno de los más alejados y por lo tanto menos visitado, por lo que en teoría garantizaba cierta privacidad. En la práctica resultó un viaje de más de media hora en un mar algo agitado, que tuvo un impacto importante sobre nuestras provisiones: para “pasar el susto”, la mitad de las cervezas se consumió en la travesía. Y sí, están en lo correcto: una de las personas que más tomó fue aquella que pensó que exagerábamos, y forzó a limitar la cantidad. Salud, María, donde quiera que te encuentres.
Llegamos al Cayo, y lo primero que hicimos, como se estila en estas circunstancias, fue “levantar el campamento”. Labor que consumió tal vez un par de horas, dada la novatería. Yo no había llevado carpa, sino un chinchorro corrido en 40 cacerías (era el que usaba mi padre en sus viajes a Calabozo, de los que regresaba con el cuerpo masacrado por los mosquitos y unos 10 patos güirirí, que después comíamos escupiendo los perdigones que horadaban la carne de los palmípedos). Así que lo mío fue rápido, buscar un par de matas lo suficientemente fuertes y cercanas para colgar mi hamaca, hacer el amarre que había aprendido desde pequeño, y voilá. Trabajo pasaron los que llevaban carpa, esas antiguas precursoras de las igloo, que tenían centenares de parales, vientos y lonas.

Transcurrimos el resto del día sin novedad: chapuzones en las límpidas aguas del cayo, siestas en la arena, y por supuesto la inevitable ingesta alcohólica. Como las cervezas habían mermado de manera considerable antes de llegar a la playa, pronto se acabaron y tuvimos que recurrir a los alcoholes mayores.  Confieso no guardar mayores recuerdos sobre el resto del día, así que haré una transición brusca: la siguiente escena nos coloca a mi novia y a mí acurrucados en el chinchorro, con un respetable grado etílico, dispuestos a dormir en la paradisíaca isla. Ilusos nosotros. El sitio que escogimos para colgar nuestra cama aérea estaba algo apartado del resto del campamento, hacia el centro del islote, pues era el único sitio arbolado. Pronto comenzamos a escuchar ruiditos inquietantes, como de hojas secas pisadas por seres diminutos. Sí señor, ratas. Y lagartijas. La fauna del lugar se componía de esas especies. Eso logró que nos fuera imposible lograr el concilio del sueño, a pesar de la ingesta alcohólica. Pero ocurrió otro hecho que abortó los planes de dormir al escampado: el chinchorro, precedido por un sonido lastimero, se rajó por la mitad con lo que quedamos con la parte de la anatomía posterior asomada por el hueco producido por la desgarradura. Por suerte no caímos al piso, pues hubiéramos sido presa de las famélicas ratas que nos estaban acechando (bueno, exagero, pero en ese momento ese era el temor).

No nos quedó más remedio que pedir posada en una de las carpas. La única que podía albergarnos era la más antigua, un modelo sin piso, por lo que después de buscar un espacio en donde depositar nuestros cuerpos tuvimos que extender los paños de playa para no dormir directamente sobre la arena. Dormir, sin embargo, no es el verbo indicado. Estaba escrito que esa noche no se iba a poder. La causa, esta vez, fue el alboroto que mantuvieron hasta la madrugada unos integrantes de la expedición que se quedaron afuera, tomando, gritando, cantando y riendo.

Al día siguiente supimos lo que significa estar desamparados en medio de la nada, lejos de la civilización. Como resultado de la juerga de la noche anterior, las provisiones se habían acabado por completo: ni agua, ni refrescos, ni jugos, ni comida. Teníamos por delante unas 6 horas de ayuno y penitencia, con una potente resaca y el sol que calcinaba la arena. El único remedio que teníamos a la mano era el mar, y creo que casi no salí del agua, tratando de mantener la cabeza hundida para paliar la descomunal migraña que estaba sufriendo. Ya no nos reíamos como el día anterior: mirábamos con rencor a los juerguistas que alegremente nos dejaron desprovistos. Dormían, los muy desgraciados. Solo espero que su sueño haya estado plagado de pesadillas.

Por fin, a eso de las 2 de la tarde, llegaron los peñeros para trasladarnos a tierra firme. Una vez allí, corrimos a la tienda más cercana para comprar el único remedio para nuestros padeceres: una cerveza fría, tan fría que nos congeló el cerebro. Que albergaba una única idea en ese momento: más nunca regresaríamos a Morrocoy.  Para pasar trabajo, mejor quedarse en la casa.



viernes, 25 de marzo de 2016

Las redes sociales y la incivilidad

Las redes sociales son herramientas invaluables para la interconexión. Yo le debo mucho a ellas, tanto como medio de diversión como para divulgar mi obra escrita. Además, permiten la comunicación a distancia con los seres queridos que por circunstancias varias se hallan lejos de nosotros. Por todo esto, soy un usuario agradecido, entusiasta y a veces excesivo de ellas.

Pero así como son excelentes medios de comunicación, también permiten constatar el lado oscuro de las personas. Estoy convencido de que hay gente, incapaz de decir ciertas cosas frente a frente, que cuando está delante  del monitor se siente imbuida de cierta patente de corso que le permite denostar, insultar y vejar a personas que nunca han visto en la vida real, por los motivos más fútiles.

Esta mañana tuve un episodio desafortunado que me dio pie para escribir estas notas. En uno de los grupos de Facebook que frecuento con bastante asiduidad, dedicado a documentar la historia de Caracas, alguien colocó una foto que no tenía que ver con el tema. A pesar de no ser administrador del grupo, por guardar amistad con las fundadoras del mismo y ser miembro de él desde casi sus inicios decidí hacer notar la impertinencia de dicha imagen por contravenir las normas.

El asunto es que la persona en cuestión había logrado cierta notoriedad por una serie de fotografías que documentan el inicio del Caracas Country Club, y  mantiene una especie de club de fans, incondicionales y defensores a capa y espada de sus posteos. Las reacciones a mi comentario (que fue textualmente: "Y no  es Caracas") fueron en general de desaprobación. Pero hubo uno que me llamó la atención por lo destemplado y agresivo. Una señora, con la quien jamás había cruzado palabra alguna, me dijo: "Mirco eres un cretino". Así, sin ton ni son. Como le respondí aludiendo al evidente insulto, le agregó leña al fuego diciendo que yo no conocía el significado de la palabra, según ella no insultante, y poniendo el significado de la RAE, algo así como "persona de escasa inteligencia, que no entiende el significado de las cosas". Es decir, reforzó la injuria.

Posteriormente, ejerciendo mi derecho a réplica, escribí un post en el grupo expresando mi sentir sobre lo ocurrido. Esto logró que quien colocara la foto que originó toda la situación la borrara, junto con todo el material que había colocado previamente en el grupo. Supongo que quiso castigarme, y al resto de la comunidad, por haber osado señalarle la falta a las normas. Actitud bastante infantil, a mi parecer.

Estamos hablando de adultos, de gente que debe haber obtenido educación tanto en sus hogares como en su formación académica y profesional. Esto me desconcierta, y me hace pensar si el hecho de no interactuar directamente con la gente sino a través de una interfaz electrónica deshumaniza la comunicación, permitiendo la emisión de expresiones totalmente inadecuadas. Me asusta lo contrario, sin embargo: que esta reacción virtual sea reflejo de lo que vemos en la calle día a día, donde el insulto gratuito es la norma, y la incivilidad se apodera cada vez más de las relaciones humanas, desplazando a la urbanidad que debiera regirlas.

sábado, 19 de marzo de 2016

Risotto de morcilla

Ajá, risotto de morcilla. En Italia dicen que se puede hacer risotto con lo que sea. De rosas, de ortigas, de calabacín. Yo me inventé éste, con un ingrediente particular. Lean y cocinen.

Ingredientes:
-un par de litros de caldo de carne o pollo. Debe estar a punto de hervor.
-una taza de arroz que no sea parbolizado o vaporizado. Si son millonarios, arborio, pero si fueran millonarios no estuvieran leyendo esto.
-una cebolla.
-un par de morcillas que no sean de arroz (con las nuevas de la montserratina, carupaneras, debe ser la gloria)
-una taza de vino tinto (opcional)
-un par de cucharadas del ingrediente secreto

Preparación

Se pone a sofreir la cebolla bien picada.
Se le agrega la morcilla, sin el cuero exterior.
A los 5 minutos, se agrega el arroz y el vino.
Cuando el vino se haya consumido, se agregan cucharones de caldo, uno o dos a la vez, mezclando eventualmente el arroz, y nunca dejando que se seque. Este proceso debe prolongarse por unos 20 minutos.
Cuando haya pasado ese tiempo, se agrega el ingrediente secreto: queso crema, o en su defecto crema de leche.
Acompañar  con queso parmesano, y el resto de la botella de vino.Tomado, no se lo vayan a echar al risotto.

  

martes, 15 de marzo de 2016

Aromas, recuerdos


Un milagro hizo que aparecieran las caraotas negras en el  supermercado, mientras hacíamos la compra, y pudimos por fin adquirir un par de paquetes después de una prolongada abstinencia. Un kilo, que para nuestra familia puede servir para tres o cuatro repeticiones. La encargada de la preparación de los granos en casa es mi esposa Marianella, pues es quien tiene el dominio de la cocción. Yo ayudo ocasionalmente, casi siempre corrigiendo el punto de sal o verificando el ablandamiento de los frijoles. Ella las pone a remojar desde la noche anterior, y luego las monta con solo agua. Cuando ésta  hierve, baja el fuego, le agrega los aromas y la sal, y luego aguarda por su cocción definitiva. Como ven, una manera bien sencilla de prepararlas, con resultados satisfactorios.

Ayer, por cuestiones de repartición de tareas, me tocó a mí el proceso de aliñar las caraotas, y eché mano a lo que había en la casa: un par de ajíes dulces, una ramita de cilantro, un poquito de comino, y por supuesto sal. Piqué los ajíes bastamente, y el cilantro con mayor dedicación hasta obtener unas partículas que pudieran ser esparcidas en la olla. Y espolvoreé apenas una pizca de comino, pues puede ser muy invasivo si se abusa de él.

Cuando hube terminado, y aún después de lavarme las manos, noté que en ellas persistía el olor penetrante del cilantro, e inclusive podían apreciarse las notas del ají dulce, muy en el fondo. Y me puse a cavilar sobre el poder evocador de los aromas. Casi fatalmente me retrotraje a mi infancia, a la cocina de mi casa. Aunque los aromas allí eran otros: reinaban la albahaca, el romero, la salvia, el orégano. Olores mediterráneos, italianos. Los aliños criollos no tenían cabida frecuente, salvo cuando mi madre se aventuraba a preparar algún platillo venezolano que le enseñara una vecina. Y aún así esas recetas eran corregidas, para albergar algún ingrediente que las hicieran más aceptables a los paladares a los cuales estaban destinadas.

Tal vez el ejemplo más patente de esta situación tuvo lugar cuando se nos ocurrió hacer hallacas en casa de mis padres, por primera (y última) vez. Para ese momento ya era novio de Marianella, y había participado en tal vez una o dos ceremonias de preparación del condumio  navideño en su hogar, por lo que me consideraba bastante preparado como para dirigir, acompañado por ella, una jornada de elaboración de hallacas. Sin embargo, hubo un factor que no tomé en cuenta: la creatividad de mi padre. A él se le ocurrió que, en vez de elaborar un guiso tradicional, podíamos rellenar las hallacas con un estofado propio de la región del Véneto, la pastisada. No de caval, es decir, de caballo, como se elabora en la receta original, sino de algún corte de segunda que permita la larga cocción de la carne, y que no infrinja ninguna ley de protección animal. Creo que se usó lagarto, que en italiano recibe el nombre de manzo, pero no me atrevo a jurarlo dada la gran cantidad de años que transcurrió desde ese momento. La pastisada es un plato que se remonta al temprano Medioevo, específicamente al año 489 D.C. Y se originó, según la leyenda, como resultado de una feroz batalla ocurrida en las cercanías de Verona, en la cual cayó muerta una gran cantidad de caballos. Dicha circunstancia fue aprovechada por la población, que estaba pasando por un período de carestía y hambruna, para aprovisionarse  con la carne de las nobles bestias, puesta a macerar en vino y especias para prolongar su conservación. En fin, que la receta quedó en la tradición gastronómica de la ciudad y mis padres se la trajeron a Venezuela, cambiando de animal por razones obvias pero respetando el resto de la receta. La pastisada se casa a la perfección con la polenta, y de allí a imaginarla dentro de la masa amarilla de la hallaca fue un paso natural para la imaginación desbocada de mi padre. ¿Qué podría salir mal?

En realidad, todo. Ya sea por la inexperiencia de los participantes, o por la insólita combinación de sabores, el experimento resultó un fiasco total y absoluto. Pudimos constatar que la suma de dos cosas buenas no produce por necesidad una mejor. Creo que el único en alabar esas hallacas mestizas fue su inventor, más por pundonor que por convencimiento. Afortunadamente la producción fue muy escasa, tal vez unas 20 o 30 piezas, por lo que pudieron desaparecer sin mucha pena. Y ninguna gloria.

Copio a continuación la receta de la pastisada. Pero, por favor, no se les ocurra utilizarla como relleno de nada. Acompáñenla con una polenta recién hecha, o pasada por la brasa, y regada generosamente con los jugos de la preparación. Así, es una maravilla.

Ingredientes para 4 personas:
  • 600 gr de lagarto sin hueso, falda, pollo de res o similar
  • 2 zanahorias, 1 céleri (la parte blanca), 2 cebollas
  • Una hojita de laurel
  • Nuez moscada
  • Clavos de olor
  • Sal, pimienta en granos al gusto
  • 30 gr de harina
  • 40 gr de aceite de oliva
  • 40 gr de mantequilla
  • 100 ml de caldo de res
  • 1 lt de vino tinto (Valpolicella sería el indicado)
Preparación:
Colocar en un recipiente la carne cortada rústicamente y cubrirla con el vino. Dejarla marinar por uno o dos días, preferiblemente. 
En una cacerola se colocan el aceite y la mantequilla, y una vez calientes se saltean en ellos las verduras cortadas en juliana. Escurrir la carne, clavarle los clavos de olor, enharinarla y ponerla en la cacerola. Cocerla por alrededor de una hora.
Agregar el vino de la marinada, el laurel, los granos de pimienta y un poco de nuez moscada rallada. Dejar cocinar a fuego moderado por unas tres horas. De secarse mucho agregar algo del caldo de res. Ajustar sal y pimienta hacia el final de la cocción. La carne deberá quedar suave y desmechable.


lunes, 29 de febrero de 2016

Venezuela: no country for Mad Max



Resulta demasiado fácil establecer analogías entre los hechos ficticios representados en una película y la realidad abrumadora que nos envuelve. Basta hacer un poco de ejercicio de abstracción, algún ajuste de ideas, y se logra el cometido.

Esto viene a colación por la inevitable Mad Max. Esta película  viene como anillo al dedo para ejemplificar la situación venezolana: un caudillo que controla todos los productos esenciales para la vida, una población sometida por la fuerza del hambre y la sed a los designios del tirano, una élite que vive en la esfera del poder disfrutando de sus prebendas, y unos fanáticos dispuestos a inmolarse por la gloria de haber muerto para defender al caudillo. Sí: en Venezuela tenemos (o tuvimos) a Inmortan Joe, a los emperadors, a los war boys. Seguramente habrá alguna breeder. Hasta algún émulo de Furiosa podemos encontrar. Y, por supuesto, tenemos la gran masa de extras que eleva la totuma sobre la cabeza cuando al líder se le ocurre abrir el chorro.

Sin embargo, falta algo: Mad Max, precisamente. Yo no sé los demás, pero no identifico esa figura en nuestro país. No digo que falten aspirantes, que de esos hay de sobra. Pero creo que ninguno está dispuesto a hacer el gasto. Nuestros "Mad Max Wannabe" son demasiado modositos, no saben pelear sucio, y se meten en el barro esporádicamente, cuando hay un fotógrafo cerca. O, si fuera por ellos, la película se acabaría en los créditos, apenas al ser apresados.

Y esto no es ni bueno ni malo, sino lo real. No somos una película, somos una especie de país que busca a ciegas cómo recomponerse mientras se saca de encima una clase dirigente ineficiente y corrupta, que ha dilapidado la fortuna más grande que le haya entrado a Venezuela jamás sin dejar casi nada a cambio, y que tiene a la nación al borde del colapso. Y para lograr eso no se necesita a un antihéroe psicótico en busca de redención, apoyado en efectos especiales y coreografías espectaculares. Lo que necesitamos es gente comprometida con el cambio, estratega, astuta, y con la suficiente credibilidad para lograr un apoyo masivo de la población, que debería ser la manera adecuada de salir de este atolladero. La alternativa ya la hemos visto en el pasado. Los Mad Max tropicales no suelen retirarse con las manos vacías cuando logran derrocar al villano de turno, sino que se convierten en los nuevos Inmortan.

jueves, 28 de enero de 2016

Adiós al hermano



A la memoria de José Mercader (26/1/1954 - 28/1/2016).

La vida te da hermanos que no son consanguíneos, pero no por ello menos importantes. Esos hermanos elegidos pueden llegar a ser más cercanos que los reales, y te acompañan en los momentos cruciales de tu existencia.

José Víctor Mercader, Jose para todo el mundo, para mí fue -¡qué triste es usar el tiempo pasado para referirse a él, carajo! -   uno de esos hermanos. Desde el momento en que lo conocí (era 1976, hace la bicoca de 40 años) tuvimos una cercanía que no hizo más que fortalecerse a lo largo del tiempo. Entró a mi vida con el rol de novio de mi hermana, y lejos de tratarme como se trata a un niño de 15 años cuando tienes 21, establecimos una rápida camaradería, gracias a algunas afinidades: la música, el cine, ciertas lecturas. No tenía ningún problema en llevarme a pasear con ellos dos, a pesar de que hubiera podido prescindir de mi presencia sin ningún remordimiento. Pero así era él. Realmente contar con su amistad era genial: constituía la puerta de acceso a ciertas diversiones que de otra manera no hubiera podido conocer, por lo menos a esa edad. ¡Cómo le sacamos el jugo al Fiat 124 de mi hermana! En esos tiempos heroicos de carreteras de tierra y ausencia de puentes en la carretera de la costa, ese carrito nos llevó más de una vez a esas playas solitarias. Y nunca nos dejó botados, que recuerde. ¡Cómo le gustaba manejar, o rufear de acuerdo a su particular vocabulario setentoso! A veces salíamos a más nada que dar vueltas por la periferia de Caracas, sólo por el gusto de la carretera y la noche.

Son miles los recuerdos que uno puede atesorar durante tanto tiempo. El rally de arquitectura de la UCV, en 1977; el viaje a Italia durante el cual hicimos un recorrido por la bota, y no pagamos ni una vez alojamiento ya que dormíamos en donde nos agarrara la noche; el paseo a las islas chimanas con los músicos de la banda de rock Estructura (grandes panas de él en ese momento), en donde debutamos como pareja dominocera y no dejamos títere con cabeza... y así, como esas, muchas otras ocasiones que rememorábamos entre tragos y risas cuando ya éramos más grandes, y  teníamos esposas e hijas. Tal vez nos volvimos más sedentarios, pero nunca más serios. La seriedad no era algo que traficara con mucha frecuencia entre nosotros.

A pesar de la diferencia de edades, cuando Marianella y yo consolidamos nuestro noviazgo también consolidamos la relación con la pareja formada por mi hermana Daniela y Jose. Era muy común que los fines de semana quedáramos para una salida a un restaurant, o a un cine, o incluso, en tiempos difíciles, a comernos un helado en alguna plaza, tan sólo por el placer de estar juntos los cuatro un rato.

Claro que no voy a caer en la exageración de decir que todo fue perfecto. Tuvimos grandes atajaperros, sobre todo ya de mayores, porque uno se vuelve terco e intransigente, y en alguna oportunidad llegamos a distanciarnos. Pero nunca fue por demasiado tiempo, ya que pesaba más la camaradería que las eventualidades que podían surgir. Siempre nos reencontrábamos, en alguna de las fiestas famiiares, y todo quedaba zanjado con un abrazo.

Jose tenía el don de conquistar a la gente sin ningún esfuerzo. Siempre tenía un chiste a flor de labios, una chanza, o una frase que como cosa de magia le abría las puertas más cerradas. Claro que ese don de palabra a veces obraba en su contra, con algunas metidas de pata memorables. Que subsanaba enseguida a punta de puro encanto.

Otra de las características que constituían su impronta era su legendario apetito. En sus buenos tiempos podía comer un menú de 4 platos, y preguntar por el postre. Claro, todo con mucho pan. Era la única manera de pasar esas comilonas. No era un gran bebedor, pero sí tenía un paladar bastante particular. Nunca hizo migas con el whisky, pero en cambio adquirió el gusto por el Martini, impuesto desde la época de enamoramiento con la familia política. Se podía instalar con mis padres y bajarse entre los tres jarra tras jarra de ese trago que para mí era imbebible.

Una de sus grandes pasiones fue el cine. Tenía una memoria prodigiosa, en la cual almacenaba la cientos o tal vez miles de películas que había visto a lo largo de su vida, y podía recrear la trama de una oscura cinta de los años cuarenta que hubiese visto en una función de Señor Cine, al filo de la medianoche. Otro tanto ocurría con la televisión: solía contar que en su tempranísima infancia, allá por el año 56, se instalaba a ver toda la programación de los canales que comenzaban a ser parte del día a día, y se calaba interminables documentales sobre la siembra del arroz o comiquitas en su idioma original, generalmente el inglés. Eso no era obstáculo para que las sorbiera con fruición a pesar de no entender los parlamentos: él mismo se creaba la historia.

Ya en el crepúsculo de su vida, Jose se convirtió en lo más cercano a un patriarca a lo que he estado, después de que desaparecieran mis padres referentes. Sus dos hijas junto con sus yernos constituían su entorno, un entorno jubiloso y risueño en donde él campeaba por derecho propio. Su casa era su castillo, tal y como lo proclamaba cada tanto, y en ella lo dejaban reinar, a veces riéndose por debajo por sus pecualiaridades pero por lo general en franca armonía. Pero no era su único feudo, y aquí voy a caer en la infidencia de nombrar un grupo secreto de Facebook llamado muy a propósito "La barra de Jose", una peña en donde decenas de personas hacían y espero que sigan haciendo vida, atendido por sus propios dueños: Jose VicThor, Víctor Albert y el campechano y populachero Pepe Botella, los dos últimos sendos alter egos de Jose. Hoy la barra está cerrada por duelo, pero espero que en un tiempo perentorio vuelva a funcionar para perpetuar el legado de gozo y humor de su creador.

Es injusto que la vida nos haya arrebatado a este singular personaje a tan temprana edad, pero a ella eso no le importa gran cosa. Avanza sin mirar hacia atrás, y lo mismo nos toca hacer a nosotros. Pero siempre recordaremos a Jose, el hermano que escogimos. Buen viaje, y gracias por todos los momentos.

martes, 19 de enero de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 19 de enero de 2016



En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 2.000 Bs/Kg, son  400 Bs, más 2 canillas a 50 Bs c/u, 500 Bs. A 125 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 80 Bs  más 2 galletas por 100 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 860 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 1.800 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 1.080 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 300 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 80 y  100 Bs. Vámonos por el promedio, 90 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 150 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 1.470 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 500 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 400 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 290 Bs el litro, son 216 Bs. En total la cena habrá costado 616 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 2.946 Bs diarios. Eso representa un incremento de 1.604 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Es decir, un 119% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos recibe un monstruoso 311%.  Los últimos números oficiales hablan de una inflación anualizada al tercer trimestre de 2015 de un 140%. Es un número exorbitante, pero lo peor es saber que, enorme y todo, está maquillado. No quisiera verlo sin maquillaje. Otro dato inquietante: el precio de la cesta petrolera venezolana se acerca rápidamente al costo de su producción.

Si vemos el gráfico que encabeza el texto, notamos que julio 2015 es un punto de inflexión bastante pronunciado; la inflación presenta un gran repunte en ese momento. Y no hay señales en el ambiente que contribuyan a la tranquilidad. El anuncio de emergencia económica no era necesario, todos ya lo sabíamos.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Mi año en cine

En 2015 no pisé ni una vez una sala de cine. He perdido la costumbre, y ya no tengo paciencia para lidiar con las colas, las preventas, las degustaciones que se efectúan en la butaca de al lado, los chamos y no tan chamos hablando toda la película. Así que todo el cine que consumí fue en la casa, con los quemaítos que compro en un kiosco de Macaracuay, generalmente - a pesar de ser informático no he bajado la primera película en torrent, soy muy flojo para traerme el trabajo para la casa. Gracias a eso, tengo la evidencia de lo que vi a mi lado: una torrecita de "blu rays" que atestiguan mi año en cine. Voy a poner solamente dos clasificaciones: lo que me gustó y lo que no. Porque al final del día es meramente eso, una cuestión de gustos.

LO QUE ME GUSTÓ:

-El Gran Hotel Budapest. Para mí, la mejor de mi selección.
-Relatos Salvajes. El humor negro con el acelerador hasta el fondo.
-Django Unchained. La redención a través de la venganza. No quedó títere con cabeza.
-The martian. Tan reacio que soy a la ciencia ficción y tanto que disfruté esta película.
-Birdman. Tan solo por su montaje vale la pena verla. Michael Keaton, quien nunca me gustó, se redimió conmigo en esta película.
-Whiplash. La mejor banda sonora que escuché este año.
-Boyhood. Increíble la materialización de este proyecto a lo largo de doce años, y su consistencia.
-World war z: Primera de zombies que veo, y me mantuvo atento. Una metáfora de lo que puede pasar en poco tiempo.
-The imitation game. Todo informático debe verla, para conocer sus raíces.
.Nebraska. Ponerse viejos es un tema, pero todos vamos para allá, con suerte. Hay que entender a los viejos.
-The book thief. Es otra película de la segunda guerra mundial, del drama de los judíos, pero con un enfoque particular que la hace interesante.
-Dallas buyers club. El surgimiento del sida como pandemia mundial. Grandes actuaciones de McConaughey y Leto.
-Gone girl. Thriller psicológico, el final es totalmente insospechado pero de cierta manera lógico.
-Interstellar. Otra de ciencia ficción, mucho más fumada que The martian, que presenta una interesante paradoja sobre la relatividad del tiempo.
-Fading gigolo. Una película con la marca de Woody Allen a pesar de no haberla dirigido ni escrito.
-Intouchables. Gran tragicomedia francesa. La empatía entre los personajes se construyó muy bien, fue líquida.
-Enough said. Una buena comedia romántica, con satisfactorias actuaciones de Gandolfini en uno de sus últimos papeles y Julia Louis-Dreyfus.
-Gone with the wind. No es exactamente un estreno, pero es una película que no decepciona. Soporta bien el paso del tiempo.
-The second best Marigold hotel. Porque un toque de Bolliwood siempre cae bien, sobre todo cuando se contrasta con la flema británica.
-Le chef. Ver a Jean Reno como cocinero no tiene precio.

LO QUE NO ME GUSTÓ:
-The judge. A pesar de contar con un gran cartel, es la misma pelìcula que hemos visto tantas veces: el tipo con éxito que regresa a su pueblo para confrontar sus raíces en una prolongada reunión familiar que pone al descubierto los viejos resentimientos y traumas. Demasiado visto ya.
-This is were I leave you. Léase arriba. La misma fórmula con ciertas variaciones.
-The theory of everything. Si antes no le tenía mucha simpatía a Hawking, con esta película terminé de perdérsela por completo.
-Ida. Aunque tiene sus momentos, no me enganchó el ritmo.
-Operación Monumento. Tantos buenos actores desperdiciados en una impostada apología a la nobleza de los gringos. Demasiado maniquea.
-The butler. Realmente no es que no me haya gustado, pero tiene cierta moralina que me molesta.
-The hundred fet journey. A pesar de tratar uno de mis temas favoritos como lo es la gastronomía, fue demasiado predecible.
-The drop. Una película que no termina de definirse, los personajes no me parecieron bien dibujados.
-The incredible Burt Wonderstone. La salva acaso el casting, el guion muy flojo.