sábado, 10 de noviembre de 2018

Coger carretera

No me considero una persona solitaria. Sin embargo, la soledad no me espanta. Es más, a veces la disfruto, en determinadas circunstancias. Una de las cosas que añoro son los viajes por carretera. Solo, sin otra compañía que mi carro y una decena de cassettes mezclados, puestos a sonar a todo el vatiaje que mi repro Pioneer KP9000 era capaz de proporcionar. Por lo general, esos viajes iniciaban el viernes, a eso de las 5:30 o 6:00 pm. A esa hora estaba enfilando hacia la carretera de oriente, al salir del trabajo. Mi Malibú Classic, modelo 84, estaba presto a devorarse los 300 y pico de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, obedieciendo las órdenes que le daba desde mi puesto de mando en el habitáculo. Sus seis cilindros y sus 328 pulgadas cúbicas de desplazamiento podían alcanzar velocidades que alguna vez vieron al velocímetro rozar el guarismo 160, en las largas rectas que de vez en cuando regalaba la estrecha y maltrecha carretera, Eran tiempos heroicos, cuando la vía pasaba por todo el medio de las poblaciones y la autopista tenía construido apenas el tramo hasta Guarenas, y el camino era un peregrinaje por caseríos de nombres curiosos, como Araira, Tapipa, El clavo, Machurucuto, Boca de Chávez. Yo me aprendía los nombres que leía a mi paso, y sabía que cuando llegaba a la Granja Ladera estaba más o menos a mitad de camino, y la impaciencia me hacía pisar tal vez más de lo debido el pedal del acelerador. Pero no por mucho tiempo, pues enseguida comenzaba la zona montañosa de Aguas Calientes, lo que representaba tal vez unos veinte minutos de andar pausado y precavido, pues más de un carro se había ido por el barranco. Luego de ese tramo ya todo era más fácil: faltaba pasar por Clarines, luego Puerto Pirítu, y por fin el destino de mi viaje: la trinidad Barcelona-Lechería- Puerto la cruz. Habrían pasado entre cuatro y cinco horas desde el momento de mi partida, de no haberse presentado inconvenientes mayores, y yo me sentiría algo exhausto pero feliz por ese tiempo a solas conmigo.  

domingo, 4 de noviembre de 2018

Learning to drive



Hay películas que pasan desapercibidas injustamente, tal vez por faltarle el músculo publicitario de los grandes estudios,o porque su tema se aleja de los que consume con fruición el público masivo; que, en una palabra, no tienen lo que se necesita para volverse ”mainstream”. Ayer vi una de esas películas. Se llama “Learning to drive” (2014). Cuenta en su elenco con nadie menos que Sir Ben Kinsgley, además de una actriz que no conocía o no recordaba, Patricia Clarkson, que fue una agradable sorpresa. A partir de una premisa muy simple, la película desarrolla una trama con múltiples impicaciones y consideraciones, que van desde la inmigración ilegal hasta cómo afrontar el adulterio, pasando por el sexo tántrico y los matrimonios arreglados. La anécdota ve a un inmigrante indú, interpretado con mucha soltura por Kinsgley (no en balde protagonizó ese portento de personaje que fue Gandhi, hace 36 años) que, para poder mantenerse en Nueva York, desempeña dos trabajos detrás del volante: alterna el oficio de taxista, que cumple en las noches, con el de instructor de manejo. Es en su faceta de taxista que conoce, en circunstancias algo traumáticas, a Clarkson. A partir de ese momento sus vidas entran en contacto, y ambos obtendrán valiosas lecciones de vida el uno del otro. Trataré de no hacer ningún spoiler mayor; solamente diré que la película se salva de concluir al estilo holliwoodense, lo que agradecí bastante.  Se las recomiendo; está en Netflix.

sábado, 3 de noviembre de 2018

El callejón de la puñalada

Nunca frecuenté algún local del callejón de la puñalada, llamado formalmente Pasaje Asunción. Pero esa calle no me es ajena. La visitaba asiduamente en mi infancia, pues en uno de los inmuebles que se asoman a ella vivía una familia conocida. Era la casa de una buena amiga de mi hermana. En mis recuerdos era un apartamento más largo que ancho, con el desorden propio de un lugar en donde vivían una adolescente y sus dos hermanos pequeños. Unas oscuras escaleras conducían hacia él. Creo recordar un largo balcón que permitía asomarse al callejón. Yo, a mis 7 u 8 años, era inocente a la vida que se gestaba más abajo. No sabía que la bohemia intelectual de esa Caracas, imbuida de vapores revolucionarios y altamente alicorada, tenía su asiento allí, en los varios bares que cobijaba. Luego, de mayor, lo evadía. Su fama, que ya conocía, hacía que el pequeñoburgués de mí sintiera algo entre el temor y la repulsión por ese sitio. Hoy es asiento de algún local de ambiente, un hotel que tiene toda la vida allí, y una fauna variada de buhoneros, hippies y hippiebuoneros, tatuadores y colocadores de piercings. No sé del origen del nombre con el que se conoce, sería genial encontrar alguna crónica que lo explicara. Caracas necesita rescatar esa historia menuda.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Yonaider, piloto

Yonaider está en la fila del cerro en donde vive, volando un papagayo que hizo con dos veradas que cogió en la quebrada y papel celofán que encontró en la bolsa de basura que había registrado más temprano, en su patrullaje cotidiano. El papagayo le salió bien bueno, y ya es un puntico en el cielo, casi invisible. No sabe cuánto pabilo ha desenrollado, pero de seguro son cientos de metros. Yonaider afina la vista para tratar de ver a su creación, pero de pronto lo distrae otro objeto volador. Un blanco, reluciente y modernísimo jet, que todos los días cruza por encima del cerro, a la misma hora. Yonaider sueña con volar un día dentro de ese jet. Por ahora, debe conformarse con pilotar su cometa. Su honesto papagayo.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Mi primera biblioteca

La primera biblioteca que visité en mi vida fue una que estaba dentro de las instalaciones del parque Arístides Rojas, en Maripérez. Fue un descubrimiento feliz: saber que tenía a mi disposición cientos de libros, que los podía solicitar, y que eventualmente me los podía llevar a mi casa, me hizo sentir que ingresaba a una nueva etapa en mi vida, una que me acercaba a la adultez. No recuerdo mi edad, tal vez estaba transitando los catorce años. Visto a la distancia, he debido ser el tipo raro: el chamo que iba a un parque no a usar las instalaciones recreacionales o deportivas, sino a leer dentro de la biblioteca. Recuerdos que van desdibujándose: el personal tras un mostrador, los ficheros, los estantes llenos de libros, los mesones en donde se sentaban los usuarios a leer o a realizar trabajos, los periódicos encuadernados con un soporte que garantizaba la unidad de las hojas de cada diario. Un mundo ya lejano, por lo menos para mí. No sé si la biblioteca -cuyo nombre se me olvidó- seguirá funcionando, y no creo tener la oportunidad de ir a constatarlo. Ojalá sea así, ojalá que algún chamo encuentre allí adentro la misma felicidad que hallé yo.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Sangre en la avenida

La avenida Sanz de El Marqués, ese corredor vial que comunica la Francisco de Miranda con la Cota mil, ha sido, tradicionalmente, lugar de sucesos infaustos. En los años 90 una serie de arrollamientos hizo que los vecinos emprendieran una campaña agresiva para lograr que los vehículos aminoraran la velocidad, y entonces, por un tiempo, la vía estuvo minada de policías acostados en todo su trayecto. Luego volvió a salir en las crónicas rojas cuando ocurrió un asalto al supermercado de unos lusitanos, que resultaron muertos en el hecho. También fue asesinado en la Sanz un ingeniero de origen ruso, amigo de mi suegro, cuando trataron de robarle su vehículo.
Recientemente un par de hechos noticiosos e infaustos volvieron a ocurrir en las adyacencias de la avenida. Primero fue un arrollamiento. Según lo recogido en las redes sociales, el conductor de un camión trató de esquivar un hueco en el pavimento y en la maniobra se llevó por delante a un muchacho de dieciocho años, llamado Gabriel Marquis, que sufrió fractura de pelvis entre otros traumatismos. Esta mañana leí que desgraciadamente el joven falleció a la espera de una operación que no pudo concretarse por falta de fondos. El otro caso es el de un niño de un par de años, abandonado en una caja en el portal de uno de los edificios que se asoman a la Sanz. La foto que circuló lo muestra dentro de la caja, con cara desconcertada, sosteniendo una galleta de soda en la mano, que no sabemos si se la dejó quien lo abandonó allí o fue algún habitante del  inmueble.

Esos dos casos dan cuenta de la enorme tragedia que enfrenta el país. Un joven que muere porque las calles están en un estado de abandono total, y porque cualquier intervención quirúrgica sobrepasa las capacidades económicas de la mayoría de la población. Un niño abandonado, porque su madre (que fue capturada, finalmente) no tiene los recursos para mantenerlo. Son apenas dos casos de los cientos, tal vez miles, que ocurren todos los días en este país, sin que las personas que encabezan el régimen se conduelan por sus habitantes. Más bien pareciera que es lo que buscan: que la población se reduzca todo lo que sea posible, ya sea por fallecimiento de los más débiles y expuestos como por la emigración del grueso de la clase media. Un esquema perverso.

sábado, 29 de septiembre de 2018

La mascota

Al comienzo de la calle en donde vivo, ciega la pobre, hay una caseta de vigilancia. Por ella, en el transcurso de los 10 años que llevo aquí, ha desfilado una buena cantidad de vigilantes. Unos mejores que otros; unos que duraron años, otros que se fueron a los días. Es un trabajo monótono, fastidioso y que no plantea casi ningún reto. Y cansón, ya que se hacen turnos de 24 horas. Hoy tenemos tres vigilantes que se alternan, es decir, cada uno tiene dos días de descanso entre jornadas, lo que les alivia bastante la carga. En estos días adoptaron un cachorrito. Una cachorrita, en realidad. Tendrá si acaso un par de meses de nacida. Al principio se estaba quieta dentro de la caseta, pero poco a poco ha ido ganando confianza y ya se atreve a excursionar por la calle. Todo el mundo tiene que ver con ella: hasta mis perras la ven con curiosidad cuando salgo con ellas y le pasan al lado. Ella las ve a su vez, con ganas de pegársenos atrás pero también con cierto temor, por la gran diferencia de tamaño. Ahora parece que la principal tarea de los vigilantes es estar pendientes de la perrita. Cada uno la trata a su manera, pero por lo que se ve, con muchísimo cariño. Creo que ahora tienen un aliciente para ir al trabajo, y tal vez -pendejeras mías, seguramente- esperan con ansias que les llegue su turno para pasar el día con su mascota compartida.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Matas de platabanda

En el techo de mi casa mora una colección improbable de matas. En el heterogéneo inventario constan tres árboles a los que el destino no les tenía dispuesto echar raíces tierra adentro, y ahora viven en un estado intermedio entre el de bonsai y el tamaño real. Se trata de un caucho, un ficus y una ceiba, confinados cada uno en un matero, y que no alcanzan el metro y medio de altura. También, en otro matero, crece -medra- un cactus, que de tanto en tanto procrea un fruto inútil por incomestible. Y, en un recipiente de cerámica, un disco negro azabache, un intento de paisajismo mínimo con plantas suculentas, cuyo nombre desconozco salvo el de aquella llamada jade. En el centro del arreglo estaba plantado un pequeño cactus redondo, insignificante. Hoy en día ha crecido tanto que amenaza con sofocar a sus compañeros de maceta, arrinconándolos hacia el borde del recipiente. Ayer subí al techo para revisar el contenido de los tanques de agua, porque uno nunca sabe cuándo volverá y hay que estar pendientes y concientes sobre cúanto líquido se dispone. Luego de la revisión, me acerqué a ver si había novedades en el sector vegetal, y noté que del cactus terrófago están despuntando unas tres flores. Ya las he visto antes: son flores extravagantes, de color rosado subido. En un arranque imaginativo simplista, pudieran calificarse de extraterrestres, por lo poco parecidas a las demás flores que vemos normalmente. Y efímeras: duran a lo sumo un par de días, y luego se marchitan discretamente hasta desaparecer. Mis conocimientos en el campo de la botánica son escasos tirando hacia nulos, y no entiendo el sentido o la función de esas flores. Pero, en realidad, cuántas cosas que nos rodean carecen de sentido, ¿no?

jueves, 13 de septiembre de 2018

Enfrentar los miedos

Como la mayoría de la gente de su generación y estrato social, mi mamá no cursó más estudios que la escuela primaria. Pero tenía una sabiduría atávica, aunada a una gran inteligencia. Autodidacta, sabía hacer una cantidad sorprendente de cosas. Sabía también cómo lidiar con cualquier aspecto de la vida cotidiana, de una manera práctica y expedita. Y también tenía unos modos peculiares para dar lecciones que se quedaban grabadas. Va de cuento: por alguna razón, a los once años desarrollé un temor específico: que un hampón penetrara de noche a la casa. Acabábamos de mudarnos a nuestro nuevo apartamento, más amplio que el anterior, tenía mi propio cuarto, y un amplio ventanal que al principio, por estar desprovisto de cortinas y persianas, era como una boca de lobo apenas alumbrada por una que otra luz que provenía del cerro de Colinas de Bello Monte, todavía poco urbanizado. Acostado en la cama, con la luz apagada, me imaginaba que unos ladrones sofisticados, escaladores de edificios, provistos de herramientas capaces de abrir cualquier cerradura, y despiadados, penetraban a nuestro hogar. No sé si llegué a manifestar esa fobia, aunque lo que voy a relatar sugiere que ella estaba enterada. Una noche llegamos más tarde que de costumbre a la casa. Al entrar, todo estaba oscuro, menos el baño de servicio, cuya ventana daba al lavandero interno del apartamento. Eso era totalmente inusual, ya que la cultura del ahorro, como en la mayoría de los hogares de inmigrantes, formaba parte de la rutina hogareña. Al ver la situación anómala creo que di muestras de nerviosismo. Mi mamá me siguió la corriente, magnificó el hecho, y me dijo que fuera a verificar que todo estuviera en orden. Con el corazón en la boca, pero incapaz de desobedecerla, fui a revisar el baño, en donde evidentemente no había pasado nada salvo el eventual descuido. Fue su particular manera de enseñarme a enfrentar mis miedos. Con la práctica.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

El maletín olvidado

Abrir un maletín viejo es adentrarse en una cápsula de tiempo. Revisando entre chécheres arrumados me conseguí con el maletín Samsonite que usaba en los 90. Lo había comprado en el Pasaje Zingg, cuando las actividades financieras y de seguros, que eran las ramas en las cuales estaba involucrado, se desarrollaban en buena medida en sus sedes del centro de la ciudad. Al verlo me picó la curiosidad, y quise saber qué misterios guardaba. Es de los que tienen un mecanismo de ruedas numeradas, de combinación. La primera sorpresa fue constatar que recordaba la clave de tres dígitos que me permitió abrirlo. Y al primer intento. Lo puse sobre mis piernas y lo destapé como si fuera un regalo de cumpleaños. El contenido iba acorde con la época en la cual dejé de utilizarlo: un par de diskettes de 3 1/2 pulgadas, de alta densidad, que permiten almacenar 1.4 megabytes de información (uno rotulado "respaldo interfase autofast", el otro sin señas), unas cuantas chequeras de cuentas fuera de uso, el registro de la constitución de la empresa que fundé por esos años, facturas, resúmenes curriculares, y un puño de tarjetas de visita, de personas que en su mayoría no recuerdo, o de empresas que ya no existen. La joya de la corona en esa colección es la tarjeta personal de Juan Carlos Escotet, con el número de su teléfono celular (con el prefijo 016) escrito de su puño y letra.