jueves, 28 de enero de 2016

Adiós al hermano



A la memoria de José Mercader (26/1/1954 - 28/1/2016).

La vida te da hermanos que no son consanguíneos, pero no por ello menos importantes. Esos hermanos elegidos pueden llegar a ser más cercanos que los reales, y te acompañan en los momentos cruciales de tu existencia.

José Víctor Mercader, Jose para todo el mundo, para mí fue -¡qué triste es usar el tiempo pasado para referirse a él, carajo! -   uno de esos hermanos. Desde el momento en que lo conocí (era 1976, hace la bicoca de 40 años) tuvimos una cercanía que no hizo más que fortalecerse a lo largo del tiempo. Entró a mi vida con el rol de novio de mi hermana, y lejos de tratarme como se trata a un niño de 15 años cuando tienes 21, establecimos una rápida camaradería, gracias a algunas afinidades: la música, el cine, ciertas lecturas. No tenía ningún problema en llevarme a pasear con ellos dos, a pesar de que hubiera podido prescindir de mi presencia sin ningún remordimiento. Pero así era él. Realmente contar con su amistad era genial: constituía la puerta de acceso a ciertas diversiones que de otra manera no hubiera podido conocer, por lo menos a esa edad. ¡Cómo le sacamos el jugo al Fiat 124 de mi hermana! En esos tiempos heroicos de carreteras de tierra y ausencia de puentes en la carretera de la costa, ese carrito nos llevó más de una vez a esas playas solitarias. Y nunca nos dejó botados, que recuerde. ¡Cómo le gustaba manejar, o rufear de acuerdo a su particular vocabulario setentoso! A veces salíamos a más nada que dar vueltas por la periferia de Caracas, sólo por el gusto de la carretera y la noche.

Son miles los recuerdos que uno puede atesorar durante tanto tiempo. El rally de arquitectura de la UCV, en 1977; el viaje a Italia durante el cual hicimos un recorrido por la bota, y no pagamos ni una vez alojamiento ya que dormíamos en donde nos agarrara la noche; el paseo a las islas chimanas con los músicos de la banda de rock Estructura (grandes panas de él en ese momento), en donde debutamos como pareja dominocera y no dejamos títere con cabeza... y así, como esas, muchas otras ocasiones que rememorábamos entre tragos y risas cuando ya éramos más grandes, y  teníamos esposas e hijas. Tal vez nos volvimos más sedentarios, pero nunca más serios. La seriedad no era algo que traficara con mucha frecuencia entre nosotros.

A pesar de la diferencia de edades, cuando Marianella y yo consolidamos nuestro noviazgo también consolidamos la relación con la pareja formada por mi hermana Daniela y Jose. Era muy común que los fines de semana quedáramos para una salida a un restaurant, o a un cine, o incluso, en tiempos difíciles, a comernos un helado en alguna plaza, tan sólo por el placer de estar juntos los cuatro un rato.

Claro que no voy a caer en la exageración de decir que todo fue perfecto. Tuvimos grandes atajaperros, sobre todo ya de mayores, porque uno se vuelve terco e intransigente, y en alguna oportunidad llegamos a distanciarnos. Pero nunca fue por demasiado tiempo, ya que pesaba más la camaradería que las eventualidades que podían surgir. Siempre nos reencontrábamos, en alguna de las fiestas famiiares, y todo quedaba zanjado con un abrazo.

Jose tenía el don de conquistar a la gente sin ningún esfuerzo. Siempre tenía un chiste a flor de labios, una chanza, o una frase que como cosa de magia le abría las puertas más cerradas. Claro que ese don de palabra a veces obraba en su contra, con algunas metidas de pata memorables. Que subsanaba enseguida a punta de puro encanto.

Otra de las características que constituían su impronta era su legendario apetito. En sus buenos tiempos podía comer un menú de 4 platos, y preguntar por el postre. Claro, todo con mucho pan. Era la única manera de pasar esas comilonas. No era un gran bebedor, pero sí tenía un paladar bastante particular. Nunca hizo migas con el whisky, pero en cambio adquirió el gusto por el Martini, impuesto desde la época de enamoramiento con la familia política. Se podía instalar con mis padres y bajarse entre los tres jarra tras jarra de ese trago que para mí era imbebible.

Una de sus grandes pasiones fue el cine. Tenía una memoria prodigiosa, en la cual almacenaba la cientos o tal vez miles de películas que había visto a lo largo de su vida, y podía recrear la trama de una oscura cinta de los años cuarenta que hubiese visto en una función de Señor Cine, al filo de la medianoche. Otro tanto ocurría con la televisión: solía contar que en su tempranísima infancia, allá por el año 56, se instalaba a ver toda la programación de los canales que comenzaban a ser parte del día a día, y se calaba interminables documentales sobre la siembra del arroz o comiquitas en su idioma original, generalmente el inglés. Eso no era obstáculo para que las sorbiera con fruición a pesar de no entender los parlamentos: él mismo se creaba la historia.

Ya en el crepúsculo de su vida, Jose se convirtió en lo más cercano a un patriarca a lo que he estado, después de que desaparecieran mis padres referentes. Sus dos hijas junto con sus yernos constituían su entorno, un entorno jubiloso y risueño en donde él campeaba por derecho propio. Su casa era su castillo, tal y como lo proclamaba cada tanto, y en ella lo dejaban reinar, a veces riéndose por debajo por sus pecualiaridades pero por lo general en franca armonía. Pero no era su único feudo, y aquí voy a caer en la infidencia de nombrar un grupo secreto de Facebook llamado muy a propósito "La barra de Jose", una peña en donde decenas de personas hacían y espero que sigan haciendo vida, atendido por sus propios dueños: Jose VicThor, Víctor Albert y el campechano y populachero Pepe Botella, los dos últimos sendos alter egos de Jose. Hoy la barra está cerrada por duelo, pero espero que en un tiempo perentorio vuelva a funcionar para perpetuar el legado de gozo y humor de su creador.

Es injusto que la vida nos haya arrebatado a este singular personaje a tan temprana edad, pero a ella eso no le importa gran cosa. Avanza sin mirar hacia atrás, y lo mismo nos toca hacer a nosotros. Pero siempre recordaremos a Jose, el hermano que escogimos. Buen viaje, y gracias por todos los momentos.

martes, 19 de enero de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 19 de enero de 2016



En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 2.000 Bs/Kg, son  400 Bs, más 2 canillas a 50 Bs c/u, 500 Bs. A 125 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 80 Bs  más 2 galletas por 100 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 860 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 1.800 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 1.080 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 300 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 80 y  100 Bs. Vámonos por el promedio, 90 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 150 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 1.470 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 500 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 400 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 290 Bs el litro, son 216 Bs. En total la cena habrá costado 616 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 2.946 Bs diarios. Eso representa un incremento de 1.604 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Es decir, un 119% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos recibe un monstruoso 311%.  Los últimos números oficiales hablan de una inflación anualizada al tercer trimestre de 2015 de un 140%. Es un número exorbitante, pero lo peor es saber que, enorme y todo, está maquillado. No quisiera verlo sin maquillaje. Otro dato inquietante: el precio de la cesta petrolera venezolana se acerca rápidamente al costo de su producción.

Si vemos el gráfico que encabeza el texto, notamos que julio 2015 es un punto de inflexión bastante pronunciado; la inflación presenta un gran repunte en ese momento. Y no hay señales en el ambiente que contribuyan a la tranquilidad. El anuncio de emergencia económica no era necesario, todos ya lo sabíamos.

jueves, 31 de diciembre de 2015

Mi año en cine

En 2015 no pisé ni una vez una sala de cine. He perdido la costumbre, y ya no tengo paciencia para lidiar con las colas, las preventas, las degustaciones que se efectúan en la butaca de al lado, los chamos y no tan chamos hablando toda la película. Así que todo el cine que consumí fue en la casa, con los quemaítos que compro en un kiosco de Macaracuay, generalmente - a pesar de ser informático no he bajado la primera película en torrent, soy muy flojo para traerme el trabajo para la casa. Gracias a eso, tengo la evidencia de lo que vi a mi lado: una torrecita de "blu rays" que atestiguan mi año en cine. Voy a poner solamente dos clasificaciones: lo que me gustó y lo que no. Porque al final del día es meramente eso, una cuestión de gustos.

LO QUE ME GUSTÓ:

-El Gran Hotel Budapest. Para mí, la mejor de mi selección.
-Relatos Salvajes. El humor negro con el acelerador hasta el fondo.
-Django Unchained. La redención a través de la venganza. No quedó títere con cabeza.
-The martian. Tan reacio que soy a la ciencia ficción y tanto que disfruté esta película.
-Birdman. Tan solo por su montaje vale la pena verla. Michael Keaton, quien nunca me gustó, se redimió conmigo en esta película.
-Whiplash. La mejor banda sonora que escuché este año.
-Boyhood. Increíble la materialización de este proyecto a lo largo de doce años, y su consistencia.
-World war z: Primera de zombies que veo, y me mantuvo atento. Una metáfora de lo que puede pasar en poco tiempo.
-The imitation game. Todo informático debe verla, para conocer sus raíces.
.Nebraska. Ponerse viejos es un tema, pero todos vamos para allá, con suerte. Hay que entender a los viejos.
-The book thief. Es otra película de la segunda guerra mundial, del drama de los judíos, pero con un enfoque particular que la hace interesante.
-Dallas buyers club. El surgimiento del sida como pandemia mundial. Grandes actuaciones de McConaughey y Leto.
-Gone girl. Thriller psicológico, el final es totalmente insospechado pero de cierta manera lógico.
-Interstellar. Otra de ciencia ficción, mucho más fumada que The martian, que presenta una interesante paradoja sobre la relatividad del tiempo.
-Fading gigolo. Una película con la marca de Woody Allen a pesar de no haberla dirigido ni escrito.
-Intouchables. Gran tragicomedia francesa. La empatía entre los personajes se construyó muy bien, fue líquida.
-Enough said. Una buena comedia romántica, con satisfactorias actuaciones de Gandolfini en uno de sus últimos papeles y Julia Louis-Dreyfus.
-Gone with the wind. No es exactamente un estreno, pero es una película que no decepciona. Soporta bien el paso del tiempo.
-The second best Marigold hotel. Porque un toque de Bolliwood siempre cae bien, sobre todo cuando se contrasta con la flema británica.
-Le chef. Ver a Jean Reno como cocinero no tiene precio.

LO QUE NO ME GUSTÓ:
-The judge. A pesar de contar con un gran cartel, es la misma pelìcula que hemos visto tantas veces: el tipo con éxito que regresa a su pueblo para confrontar sus raíces en una prolongada reunión familiar que pone al descubierto los viejos resentimientos y traumas. Demasiado visto ya.
-This is were I leave you. Léase arriba. La misma fórmula con ciertas variaciones.
-The theory of everything. Si antes no le tenía mucha simpatía a Hawking, con esta película terminé de perdérsela por completo.
-Ida. Aunque tiene sus momentos, no me enganchó el ritmo.
-Operación Monumento. Tantos buenos actores desperdiciados en una impostada apología a la nobleza de los gringos. Demasiado maniquea.
-The butler. Realmente no es que no me haya gustado, pero tiene cierta moralina que me molesta.
-The hundred fet journey. A pesar de tratar uno de mis temas favoritos como lo es la gastronomía, fue demasiado predecible.
-The drop. Una película que no termina de definirse, los personajes no me parecieron bien dibujados.
-The incredible Burt Wonderstone. La salva acaso el casting, el guion muy flojo.

viernes, 2 de octubre de 2015

Un día cualquiera






He desarrollado un hábito poco sano: le tomé el gusto a fumar narguile. Yo, que me había convertido en un furibundo activista antitabáquico a raíz de la muerte de mi padre, ocasionada en parte por su costumbre de fumar unas dos o tres cajas de cigarros diarias. Cuando inició la moda de fumar la pipa de agua, hará ya unos 7 u 8 años, lo vi como una extravagancia pasajera. Hasta que llegó una de ellas a la casa, y la curiosidad me hizo probarla. Hoy en día me he vuelto un entusiasta fumador, y el narguile se prende por lo menos 4 veces a la semana. Unas cuantas caladas de ese humo saborizado con aromas varios, acompañadas por algún trago, se han convertido en el cierre habitual de la jornada, el sustituto de la rueda alrededor de la chimenea de nuestros ancestros, o del televisor.

Ahora bien, la picadura que se consume en el narguile no se consigue en todos lados, y últimamente se ha vuelto bastante escasa. Uno de los pocos lugares en donde se encuentra es en El Arabito, en la Casanova, así que por lo menos un par de veces al mes es menester desplazarse hacia allá en procura de tabaco. Por lo general esa diligencia se deja para los fines de semana, pero ayer, ya que se había agotado la existencia, decidí tomarme la pausa del almuerzo para dedicarla a la satisfacción del vicio, así que cerca del mediodía abordé el metro en Los Dos Caminos para dirigirme a la casa del shawarma, el tabule y la baklava. Ah, y de las picaduras. No sabía que ese paseo improvisado me iba a deparar la oportunidad de presenciar un par de manifestaciones de la vida capitalina.

Saliendo de la estación del metro de Plaza Venezuela me sorprendió la visión de un piquete de GN que atravesaba a todo lo largo el bulevar, frente al Radio City. Calculo que  estaría compuesto por entre 30 y 40 individuos. Los efectivos traían su equipo para control de motines: máscara anti gas, porra, casco, escudo y armadura. Parecían prestos a combatir una batalla campal. Justo al pasar a su lado, una orden marcial los hizo avanzar con paso firme y sincronizado unos 10 metros. Recordé una escena vista en alguna película de los 70, ambientada en Irlanda del Norte, en la cual la policía antidisturbios se enfrentaba a unos miembros enardecidos de Eire o algún grupo nacionalista similar. Seguí caminando, alerta, previniendo una turba. Pero la verdad resultó ser patética: frente al Gran Café un grupito de unas 8 o 10 personas a lo sumo, armadas con pancartas de cartulina, voceaba consignas a favor de los profesores universitarios. Por lo que entendí, clamaban por sus reivindicaciones laborales. La escena era tragicómica: mientras las partes en conflicto se enfrentaban, alrededor de ellos una pequeña aglomeración de curiosos observaba la risible actuación de los uniformados, y gritaban más duro que los mismos manifestantes. No me quedé mucho más tiempo, pues disponía de una hora apenas para concretar la compra y resolver el almuerzo. Tampoco me animé a sacar el celular para tomar alguna foto que registrara el hecho, tanto por temor a un arrebatón como a un decomiso abusivo por parte de la autoridad constituida. En la noche me enteré que la manifestación era promovida por estudiantes de la USB, que solicitaban ajustes presupuestarios.

Hice mi compra culposa, y me devolví al metro por el callejón de la puñalada, formalmente denominado "Pasaje Asunción". Por la hora no había casi vida; apenas unas cuantas personas sentadas en los escalones de entrada de los comercios, y los buhoneros de artesanía habituales en el extremo que se asoma al bulevar. En ese punto de la antigua Calle Real de Sabana Grande, a pesar de estar ubicado a pocos metros de la "zona en conflicto" descrita en los párrafos anteriores, no había señal de que estuviera ocurriendo algo fuera de lo común. Sin embargo, para evitar contratiempos, seguí hacia la estación de Sabana Grande, más hacia el Este. 

En el viaje de regreso pude constatar otra vez que el metro se ha convertido en la nueva corte de los milagros. En Chacaíto se montó un tipo acompañado por un muchacho que tenía una aparente deformidad. Con voz alta y buena dicción soltó un discurso, que se notaba ampliamente ensayado, sobre la dolencia que presentaba el niño y la necesidad de hacerle un tratamiento carísimo, mientras el joven se desplazaba con una agilidad sorprendente para su pretendido estado, emitiendo sonidos extraños, simiescos,  para que los presentes pudieran apreciar su padecimiento. Calzaba unas cholas playeras que le permitían exhibir unos enormes y desproporcionados pies, pues una de las manifestaciones de su mal es el crecimiento anormal de las extremidades inferiores, según informó el presentador. Acto seguido, apelando al buen corazón de los pasajeros, improvisaron una recolecta entre los espectadores. Me volví a acordar de una película, en este caso la que tiene por protagonista a John Hurt personificando a otro John,  apellidado Merrick - el hombre elefante - que fuera presentado como atracción de circo antes de caer en las manos bondadosas de un médico, interpretado por Anthony Hopkins. El show no terminó allí, sin embargo. Más atrás resonó la voz de los vendedores de chucherías, mezclada con el evangélico de turno quien explicaba por qué los homosexuales y los santeros arderán en el infierno.

sábado, 26 de septiembre de 2015

La cofradía de los mecánicos de calle




Toda persona que posea un carro viejo, de más de 10 años de antigüedad, conoce los sobresaltos causados por los achaques de vejez de su vehículo. Se le deterioran cosas impensables, se detiene en los lugares más inoportunos, un día decide no prender y al otro lo hace sin ningún inconveniente. Como todo anciano es caprichoso e imprevisible, pero también irremplazable (sobre todo ahora, que un carro nuevo es una quimera asequible solamente para quienes manejan moneda dura).

El dueño de una anticualla tiene ante sí un gran obstáculo: la escasez o inexistencia de repuestos para su vehículo. Si para los carros relativamente recientes encontrar piezas y partes es un via crucis, para los más viejitos es casi misión imposible. Y otro escollo es el referente a los talleres: los mecánicos por lo general arrugan la  cara cuando uno asoma su modelo del siglo pasado, previendo un cangrejo fastidiosísimo, tal vez irresoluble.

Es aquí en donde entra en juego la cofradía de los mecánicos de calle. Quien encuentra a uno confiable ha hallado un tesoro. Son esos señores que andan rodando por la ciudad, en sus carros también añejos, con centenares de perolitos en la maleta. Son unos auténticos McGyvers de la reparación automotriz. Ellos no creen mucho en reemplazar piezas a medio uso. Sacan de la manga un alambre, un pedazo de manguera y unas pinzas y te reparan (o parapetean, más propiamente) la bomba del aceite  QUE NO SE CONSIGUE. Son los que te sacan de apuros cuando te quedas varado en medio de la autopista. Es raro que no logren que el carro ruede otra vez; cuando pasa eso, el daño es mayor. Saben de todo, y no lo saben lo inventan. Pero por lo general resuelven.

En casa tenemos la dicha de contar con uno de esos mecánicos. No me vayan a pedir sus señas, hemos hecho un pacto de sangre con él de no divulgar sus datos. Ya tiene tantos clientes que se le hace imposible tomar uno más. Nos granjeamos su simpatía al venderle a precio de gallina flaca un Swift del 94, que nunca logramos poner a punto y nos dejaba botados en todos lados. El señor se interesó en él, nos hizo una oferta, y decidimos tomarla con la condición de que nos incluyera en su círculo de protegidos. Creo que ha sido una de las mejores inversiones que hemos realizado. A pesar de los sentimientos encontrados que experimentamos cuando lo vemos llegar en nuestro antiguo Swift, que funciona como una seda desde que cayó en sus manos (valga acotar que el señor vive en los Valles del Tuy y sube a Caracas todos los días en él) saber que nos va a sacar del aprieto automotor sin desfalcarnos es un alivio. Porque esa es otra de las características de los miembros de la cofradía: suelen mantener precios solidarios. Claro, en estos tiempos de economía esquizofrénica es difícil dictaminar si algo es caro o no, pero por lo general sale muchísimo más barato acudir a un mecánico de calle que llevar el carro a un taller, en el cual al abrir el capó comienza a funcionar un taxímetro que arranca en un múltiplo de 10.000.

En una ciudad en donde la mayoría de las urbanizaciones de clase media están encaramadas en un cerro, y no hay transporte público confiable, contar con un medio de desplazamiento propio es, si no indispensable, una gran ventaja. Y si no fuera por la cofradía, para muchos sería complicado mantener en condiciones aceptables sus vehículos. Por eso tratamos a nuestro mecánico como si fuera familia, y rezamos a diario por su buena salud. Que la providencia le depare muchos años más de vida.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Desterrado

Esta mañana fuimos a comprar comida para las mascotas en una tienda en Colinas de Bello Monte. Llegamos algo temprano, cerca de las 8:30, y todavía estaba cerrada, por lo que nos dispusimos a esperar. En las escaleras que le hacen antesala estaba un señor durmiendo. No parecía un indigente, por el estado de sus ropas. Supusimos que tal vez estaría amanecido. Al rato despertó, y se levantó como desorientado. Se puso a buscar algo en los bolsillos, y luego inspeccionó los alrededores del lugar. Comenzó a vagar por el sitio, alejándose pero no mucho. En una de esas regresó, y aprovechó la circunstancia de que un vecino estaba saliendo del edificio para entrar subrepticiamente en él. El señor que estaba saliendo se devolvió, y lo siguió. Al rato el hombre salió escoltado por el vecino y una mujer que se notaba algo molesta. El hombre volvió a sentarse en las escaleras, como derrotado. La pareja se quedó viéndolo un rato, con el ceño fruncido. Toda la escena se desarrolló sin una palabra. Nunca supimos los detalles de esa historia.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Podofobia



Escena 1: Estás en un restaurant. Mientras esperas la comida, te tropiezas con la imagen de unos mocasines abandonados en el piso. Subes la mirada y ves que su propietario está sentado haciendo la posición de flor de loto, exhibiendo sus pies desprovistos de medias sin ningún recato.

Escena 2: Estás caminando por el Parque del Este. Cuando llegas al paradero cercano al estacionamiento norte, un fuerte olor a alcanfor con mentol te invade las fosas nasales. En seguida ves el origen del aroma: un tipo está masajeándose los pies, por supuesto desnudos, con algún linimento.

Sí, soy podófobo. Ambas escenas me dan algo entre el asco y el escalofrío. No sé si se trata de algo atávico o se debe a algún trauma de la primera infancia. Lo cierto es que el tema de los pies es todo un tema, para mí.

Ahora bien, no son todos los pies. Unos pies bonitos, bien cuidados, con sus uñas cortadas con diligencia, pintadas si son de mujer, me llaman la atención, y puedo apreciar su valor estético, y si lo llevamos al extremo, hasta erótico. Pero esos son unos pies ideales, digamos que de revista. Cuando se sale a la calle, se monta en el metro, se va a un centro comercial, una legión de pies desnudos lo están esperando a uno. Algunos  (para ser totalmente honesto, muchos, pues en general la mujer venezolana es coqueta y se arregla) agradables de ver. pero también se observan muestras lamentables, de escasa higiene y gran descuido. Casi todos de mujer, pero ya no es raro que sean de hombre, también. Cada vez es más frecuente conseguirse a hombres en cholas caminando impune e impúdicamente por la ciudad. O con sandalias de cuero o, el horror, de goma marrón imitando cuero, de esas que llaman "petroleras". Puagh. Tengo la firme creencia de que los únicos escenarios aceptables para que un hombre ande sin zapatos cerrados son la intimidad de su hogar, o la playa. Ya va, me acaba de asaltar la imagen de las pezuñas del Pepe Mujica, asomándose desde sus sandalias abiertas en la punta. Es difícil de olvidar. Y asquerosa.

No sé si esta particularidad mía sea algo común, ni si estará inscrita en el catálogo de las fobias. Tampoco sé si tendrá remedio. Nunca he visto algún anuncio de "Podófobos anónimos". Pero me imagino las sesiones: "Me llamo Mirco, y tengo 20 días sin sentir nauseas". Y los demás podófobos aplaudiendo. Todos andan en sandalias petroleras.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Duelo, de Albor Rodríguez



Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, si digo que el mayor miedo que puede sentir una persona que tenga hijos es la posibilidad de su fallecimiento. Es la pesadilla recurrente, sobre todo cuando están en la primera infancia, y se vigila su sueño a ver si están respirando, y no se les abandona ni por un segundo. A medida que crecen, las preocupaciones son otras, tal vez mayores pues llega el momento en que debemos dejarlos ir lejos de nuestra protección, y no sabemos de ellos durante muchas horas al día. Ese miedo nunca nos abandona del todo. Todavía hoy en día, cuando alguna de mis hijas - mayores de edad las dos -está en la calle de noche, siento un desasosiego que solo se cura con  la llamada oportuna informando la llegada, o el ruido de la puerta abriéndose mientras las perras ladran amistosamente.

Sucede que en ciertas oportunidades la pesadilla se materializa, y deja devastados a los padres de la criatura que parte prematuramente. Hay quienes lidian con ese suceso encerrándose en sí mismos, recluyéndose tanto física como anímicamente, y desaparecen en una especie de retiro expiatorio. En cambio otras personas deciden afrontar la pérdida de  manera menos destructiva, buscando darle algún tipo de significado, o de hacer de su experiencia algo que pueda resultarle útil al resto de las personas. Me vienen a la mente dos ejemplos: cuando murió el hijo de Eric Clapton, en 1991, cayendo del piso 53 de un rascacielos en Nueva York, el músico compuso una canción en su memoria, y se convirtió en uno de sus mayores éxitos discográficos, tal vez su canción más reconocida por el público en general. El otro es el de la escritora Isabel Allende, que dejó registro de la agonía y muerte de su hija Paula.

Albor Rodríguez también cruzó ese infierno, y tuvo los arrestos para sobreponerse a ello y sentarse a narrarlo. En su caso la historia tiene un ingrediente adicional, y es que el hijo que perdió supuso un larguísimo tirocinio para lograr que Albor alcanzara la maternidad, un calvario de procedimientos para aumentar su fertilidad, de intentos de inseminaciones artificiales, de fecundaciones in vitro, hasta que, cuando ya había perdido toda esperanza, le llegó su momento.

Yo supe sobre Albor en los preparativos de la presentación de su libro Duelo, a través de varias reseñas y entrevistas que tuve oportunidad de leer en las redes sociales. Y me hice una idea de ella: supuse que se trataba de una mujer endurecida por la devastadora experiencia por la que tuvo que pasar. Una mujer echada para adelante, en criollo una mujer arrecha: con una carrera estelar en los medios impresos, emprendedora, siempre en búsqueda de nuevos retos profesionales, pero con un deseo que se le hacía esquivo: ser madre. Y que vio cumplido solamente para que le fuese arrebatado apenas dieciséis meses después.

Llegó el día del bautizo de su libro en Kálathos, y supe que mi prejuiciosa impresión forjada por la lectura no tenía nada que ver con la realidad. Por lo menos en parte. Sigo pensando que es una mujer fuerte. Pero a la vez es una persona sumamente dulce, cariñosa, que transmite serenidad. A la que se le iluminan los ojos cuando la conversación llega inexorable al tema de su niño cometa. La que cuenta entre risas - y una lagrimita eventual - las travesuras de Juan Sebastián. A la que, en resumidas cuentas, le tocó arriar su pérdida y está lográndolo, un día a la vez.

Comencé a leer el libro luego de conocer a su autora, y tal vez esa circunstancia le dio un giro a mi experiencia de lectura que no hubiese tenido en caso contrario. Porque no es lo mismo leer un texto así, en abstracto, que cuando uno ha tenido la oportunidad de compartir con su escritor. Tal vez pudiera pensarse en la existencia de cierto sesgo. No creo que en mi caso haya sido así. Más bien me sirvió para darle una cara a las personas descritas, un tono de voz, y para comprender cosas que fueron mencionadas.

No ha debido ser fácil escribir un libro así. Yo, por lo menos, creo que no encontraría la fortaleza necesaria para abrirme de esa manera en público. Es un libro testimonial, que narra de manera objetiva los acontecimientos relevantes alrededor del protagonista indiscutible de la historia, la estrella fugaz que iluminó las vidas de Albor y su gran y solidaria familia durante algo más de un año. En su presentación el día del bautizo, Milagros Socorro debatió sobre el género al cual  pertenece, si corresponde a unas memorias o es una novela autobiográfica. Ese tema se lo dejo a los expertos; tal vez se trate de un texto híbrido, que se nutre de ambas corrientes. Mi opinión es que se trata de un relato honesto y sincero, en el cual Albor trata de ponerle un marco preciso a su terrible experiencia y de alguna manera racionalizar eso que le pasó. Algo que no ha debido suceder nunca, pero que sucede, sucede a diario en algún rincón del mundo, para demostrarnos nuestra fragilidad e imposibilidad de tener control alguno sobre los acontecimientos. Yo solo deseo que Albor alcance la paz. Creo que, aunque ese evento no va a poder borrarlo jamás de su memoria, va en buen camino hacia su aceptación definitiva. Y este libro es la demostración de ello.


viernes, 28 de agosto de 2015

La dignidad y el aseo íntimo

En realidad, eso de "aseo íntimo" es un eufemismo edulcorado para referirme a la acción de limpiarse el trasero después de evacuar. Algo que desde la primera infancia aprendemos a hacer sin ayuda, utilizando papel higiénico, o como se le acostumbra a decir por estos lares, papel tualé (deformación del término "toillette"). Eso fue lo normal por lo menos desde que tengo memoria. En los baños de las casas en donde viví era costumbre que en el dispositivo adosado en la pared, a veces empotrado en ella, estuviera siempre un rollo de dicho papel listo para limpiarse el culo después de haber cagado. Así, sin disfraces idiomáticos, en castellano castizo. Hasta en el más remoto baño de carretera era cortesía del establecimiento proveer ese modesto pero necesario material desechable, aunque fuera de la más ínfima calidad.

Esos tiempos pasaron. Hoy en día tener papel higiénico en la casa significa una de dos cosas: pagar un precio astronómico a los revendedores, o sufrir la indignidad de someterse a colas kilométricas para lograr adquirir la cantidad que el burócrata de turno tenga a bien permitir, y eso si ese día le toca a la cédula del aspirante a comprador.

En mi casa hemos decidido no plegarnos a ese designio maligno. Y suplimos la necesidad de papel higiénico con el sucedáneo que se consiga. Si toca servilleta, servilleta es. Si no, papel toalla. Por una razón pura y simple: claudicar ante esa imposición arbitraria es tocar fondo. Es admitir que el sistema te venció y te abdujo. Es rendirse ante la barbarie de un régimen que no solamente te coarta el acceso a la alimentación, sino a la evacuación tranquila. Y ese es un asunto en el cual no pienso ceder. Mi dignidad vale más que una limpieza anal cómoda. Si en un futuro toca apelar al periódico, periódico será. Pero a mí no me verán haciendo una cola de cuatro horas para que me vendan unos cuantos rollos de papel tualé. Ni pagándole a un vivo que se aprovecha de la necesidad de la comunidad. Que vayan a lavarse ese paltó.

domingo, 2 de agosto de 2015

Ruinas de la modernidad



Caracas es una ciudad en perenne transformación, que no termina de construirse ni termina de desmoronarse. A pesar de haber cumplido 448 años, son ínfimas las muestras de arquitectura previas al siglo XX que aún quedan en pie. En cambio, por aquí y por allá pueden observarse ruinas de construcciones que no llegan a los 60 años, edificios deteriorados por la falta de mantenimiento y de interés de sus propietarios. Las malas hierbas crecen por doquier, y el moho crea diseños fantasiosos sobre las paredes exteriores. Las ventanas, tras rejas que semejan barrotes de prisión, destinadas a evitar la entrada de depredadores nocturnos, exhiben vidrios rotos y polvorientos, si es que tienen vidrios.  

En la Rómulo Gallegos, a la altura de El Marqués, existe una de esas ruinas modernas. Es un centro comercial semi abandonado que debe haber conocido mejores tiempos, sin duda, pero hoy es víctima de la decadencia que lo arropó. Está al lado de una estación de servicio clausurada desde comienzos de siglo, en la cual apenas un par de perros merodean, tal vez cumpliendo labores de guardia. En el pequeño centro comercial subsisten si acaso unas tres o cuatro tiendas que se empeñan en no desaparecer. Uno de los locales presenta una escena curiosa: un señor algo mayor está sentado detrás de un escritorio desvencijado, y no para de hablar por un teléfono gris, de disco. Por la cantidad de papeles arrumados que se notan por doquier se infiere que es algún tipo de gestor.  Otra de las tiendas, justo al lado de la improvisada oficina, es una licorería:un mostrador-barrera que bloquea la entrada al local, estantes en la pared izquierda con una oferta exigua de bebidas alcohólicas de dudosa calidad y precios elevados, neveras para guardar lo que más buscan los parroquianos - cervezas frías a granel - en las otras dos paredes. Al fondo se entrevé el depósito, con algunas gaveras de cerveza arrumadas de cualquier modo. En su interior posee algunos carteles que advierten que no prestan servicio de baño y  que el número mínimo de cervezas que venden es 6. Un televisor culón tiene debajo un decodificador, pero está puesto en un canal nacional. 

Justo al frente de la licorería, en la acera,  hay un carrito de esos que venden hamburguesas y perrocalientes, con una enorme pizarra que informa las ofertas gastronómicas, la más vistosa de las cuales es una hamburguesa postapocalíptica de varios pisos y un costo astronómico que promete ser exonerado si el comensal se la come completa. La chimenea del carrito emana un humo negruzco, de aceite mezclado con las grasas animales que chorrean desde la parrilla en donde cocinan las carnes, los huevos, las chuletas, los chorizos. El olor que despide puede parecer tentador a la distancia, pero cuando uno se acerca un poco comienza a ser desagradable.

Ambos negocios han establecido una simbiosis perfecta: el espacio entre ellos, que corresponde al estacionamiento del centro comercial, a partir de las 6 de la tarde se llena de vehículos y de gente que compra su cerveza y a continuación adquiere alguno de los condumios - dado su tamaño, llamarlos "balas frías", nombre con el que se conocen popularmente los alimentos consumidos de pie en la calle, parece un despropósito -  que ofrece el carrito. El ambiente es distendido, parece que las personas se conocen entre sí, y bromean, y ríen. Eventualmente se enciende el equipo de sonido de algún carro, suena un merengue, una salsa, un reguetón, y algunas parejas echan un pie en el estacionamiento trastocado en improvisada pista de baile. Casi al frente, en la acera opuesta, Polisucre monta una alcabala móvil para controlar a los motorizados, pero no interrumpe la actividad que se desarrolla unos metros más allá. Aunque la legalidad de dicha actividad es bastante cuestionable (consumo de bebidas alcohólicas en la calle, música a alto volumen en zona residencial) en el fondo no le hace mucho daño a demasiada gente y es tolerada. De todas maneras la inseguridad echa temprano a la concurrencia, ya a las 9 de la noche no queda un alma en la zona.

Hace poco pasé por el lugar, pero de día. La luz del sol ponía aún más en evidencia el aspecto ruinoso y decadente de la edificación. Mientras esperaba que se moviera el tráfico ocasionado por el semáforo, pude ver como un enorme Rolls Royce Silver Shadow de los años 60, gris plateado, entró con estudiada parsimonia al estacionamiento del centro comercial, como si quisiera permitirme apreciar su opulenta elegancia, y por una reja lateral fue a estacionarse en el fondo del edificio. Los vidrios oscuros no me dejaron observar al conductor. La ruina alberga fantasmas de alcurnia, recuerdo haber pensado.