lunes, 12 de diciembre de 2016

Cuentos de guerra

Las penurias que se pasan en la vida a veces nos hacen pensar que la situación por la que se está atravesando es lo peor que nos puede ocurrir. Pero siempre hay chance de empeorar. Y poniendo en perspectiva las cosas, podemos darnos cuenta de que la historia de la humanidad está llena de avatares terribles, y cíclicos.

Esto viene a cuento porque hace poco hice un comentario sobre las condiciones de vida de mi mamá en la segunda guerra mundial, y cómo sus padres se la ingeniaban para hacerles más llevaderas las existencias a sus tres hijos, sobre todo en la época decembrina. Y escribir eso me trajo a la memoria un relato que solía contar mi madre. Ella, junto con sus dos hermanos, fueron llevados a un sitio lejano de la ciudad, en las montañas vecinas. Eso porque Verona, la ciudad de donde provenían era, por su ubicación estratégica en la geografía italiana, el lugar por donde pasaban las vías férreas que comunicaban el norte con el sur, y fue un blanco predilecto para los bombardeos. Contaba mi madre que veía a sus progenitores muy de vez en cuando, pues ellos no podían abandonar la ciudad ya que debían trabajar a pesar de la guerra. Desde el sitio en donde estaban tenían visual hacia Verona. Y fueron testigos de un espectáculo a la vez fascinante y terrible: para bombardear durante la noche, iluminaban la ciudad con unos enormes globos aerostáticos que actuaban como espejos que reflejaban de la luz producida por potentes reflectores apuntados hacia ellos. Era una visión casi metafísica, y dentro de su horror, hermosa. Podían ver claramente la ciudad, y también los cientos de bombarderos que dejaban caer su carga mortífera sobre zonas de algún interés estratégico, pero por supuesto sin que faltaran los daños colaterales. Como es natural, la pregunta que nunca se hicieron en voz alta, por no hacer falta, era: ¿Estarán todavía vivos mis padres? ¿Se habrán salvado otra vez del bombardeo?

Este es uno de los cuentos que echaba mi madre. Tal vez el más vistoso, pero no el más duro. Quién sabe cuántos se habrá reservado, ya sea por pudor o por no querer remecer aún más el pasado.

domingo, 27 de noviembre de 2016

La calle de Armando

Uno nunca termina de conocer a una ciudad, ni siquiera aquella que ha habitado durante toda su vida. Y si es una urbe que se desparramó de manera avasallante sobre todo lo que hace unos 60 años era su periferia, las "parroquias foráneas" de la geografía política de la primera mitad del siglo pasado, pues mucho más.

Ayer nos tocó conocer un trozo de Caracas que, a pesar de estar enclavado en todo el corazón de la zona donde viví durante mi juventud, nunca había tenido ni la necesidad ni la curiosidad de visitar. Poco importa cuál es el lugar exacto, puede ser cualquiera. Bástese decir que se trata de una zona vastamente urbanizada, que de ser residencial trocó a un uso mixto, donde lo comercial tiene preponderancia. Las antiguas casas unifamiliares mutaron a hoteles de alta rotatividad, algunas, mientras que otras desaparecieron para hacerle lugar a grandes edificios de apartamentos vendidos como propiedades horizontales.
Nuestro destino estaba tras una caseta de vigilancia, que no produjo freno alguno. Bastó un medio saludo con la mano hacia el vigilante, para que éste levantara la barrera. Una estrecha calle serpenteaba frente a nosotros. El paisaje, de netamente urbano, trocó a una especie de ruralismo. Pequeñas casitas se apiñan a lo largo de la vía, alternadas con algunos galpones. Hay de todo: fachadas primorosas, bien cuidadas, con matas que  crecen de manera ordenada, y construcciones que no saben del cariño y ostentan matorrales al descuido. El parque automotor también es variopinto: carros recientes contrastan con anticuallas de los años 70. Un poderoso Javelin, muy bien mantenido, es la pieza mecánica más resaltante. Tal vez el clima lluvioso de la tarde contribuyó a acentuar el aspecto bucólico del lugar, pero tuve la impresión de haber recalado en algún pueblito de la carretera trasandina.
La estrecha calle no lleva a ningún lugar. Acaba en una especie de redoma, remate de calle ciega que permite a los vehículos dar vuelta para regresar por donde vinieron. Antes de llegar a ese destino, empero, al lado de una zona libre de casas, se erige un toldo como los de las casas de fiesta. Debajo del toldo la decoración emula un bar, donde predomina el color negro. Una cartelera informa la oferta espirituosa que se puede consumir en el improvisado botiquín. Destacan nombres de coctéles exóticos. El lugar está desierto, tal vez por la hora. Todo hace presumir que su función es nocturna.
No pudimos materializar nuestras intenciones, que nos llevaron a conocer ese lugar pintoresco de la ciudad. La lluvia que se desató pertinaz y la imposibilidad de conseguir un lugar cercano para estacionar nos hicieron desistir. Nos despidió la efigie de Reverón, vaciada en bronce, especie de guardián de esa callecita que lleva su nombre.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Digan lo que digan, la luna tiene siempre el mismo tamaño

Un día, cuando estaba pequeño, mi padre llegó a casa con una novedad, que venía dentro de una caja. Al desambalarla, vi con asombro que su contenido constaba de dos pelotas. Pero no eran pelotas para jugar: Una de ellas, la mayor, tenía un soporte semicircular que permitía darle vueltas, y era de todos los colores, aunque predominaba el azul. Y tenía muchísimas letras estampadas sobre ella. Yo no sabía leer todavía, y me explicaron que eso no era un juguete, sino un globo terráqueo. Allí estaban todos los países del mundo, me dijeron. "¿También Venezuela?" "¡Claro!" "¿I Italia?" "También". No seguí preguntando, porque allí se acababan mis nociones de geografía planetaria.
La otra pelota era bastante más pequeña, y gris. También tenía nombres sobre ella, pero no tenía un soporte como su hermana mayor, sino que venía sobre una pieza de plástico que simulaba rocas. "Esa es La Luna", me dijeron. Al principio la miraba con veneración, como lo hacía con el globo terráqueo. Pero poco a poco fui agarrándole confianza, y cuando nadie me veía la tomaba en mis manos, y pasaba largos ratos examinándola, recorriendo con las manos sus protuberancias y depresiones.
Cuando aprendí a leer, supe que tenía lugares llamados "mar de la serenidad", "Mar de la tranqulidad", "Océano proceloso", lo que me llamaba mucho la atención porque por otra parte sabía que en la Luna agua no había, pero no indagué más. Poco a poco mi familiaridad con aquel objeto se convirtió en abusiva, y ya lo usaba como pelota de fútbol. La pobre fue descascarándose y deformándose, hasta que un día no dio más y se abrió por la mitad. El bajante de la basura fue testigo de su baja deshonrosa de los activos de mi hogar, baja obligada por su degradación de objeto para el estudio a implemento deportivo. Así que la Luna, digan lo que digan, para mí tiene siempre el mismo tamaño: una pelota de unos 20 cm. de diámetro.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La religiosidad perdida

En la actualidad, mi postura hacia el tema religioso es un agnosticismo cada día más fundamentado. Tal vez, más que agnóstico, sea escéptico. Tanto he visto, leído y escuchado, que he perdido la fe.

Pero no siempre fue así. De pequeño, a pesar de que mi hogar no fuera muy dado a la religiosidad, le tomé gusto a la ceremonia de la misa, y me la pasaba ojeando el misal con el que mi hermana se había catequizado. Era bastante antiguo, de portada nacarada,  y era de la época cuando la misa todavía se efectuaba en latín. Recuerdo las ilustraciones: en ellas un cura, de espaldas a los feligreses, celebraba la ceremonia, y a pie de página aparecían unos latinazos de los cuales trataba de entender el significado. Todo me parecía entre místico y misterioso, y podía pasar horas estudiándolo. Eso fue, conjeturando, cuando tenía alrededor de seis o siete años, ya que sabía leer con cierta capacidad de entendimiento.

Un poco más tarde ocurrieron dos hechos, más o menos en paralelo, que cimentaron más mi incipiente acercamiento a lo religioso: mi propio proceso de catequesis, y la afiliación a una revista parroquial italiana, llamada "El mensajero de San Antonio". Dicha afiliación fue cortesía de la conserje del edificio en donde vivía, una señora bastante mayor y, creo, beata; sin mayores obligaciones ni distracciones, dado que no estaba casada ni tenía hijos, volcaba toda su necesidad de familia hacia los inquilinos, y nosotros,por ser italianos y de la misma región que la conserje, teníamos rango de consentidos. La revista tenía cadencia mensual, y yo aguardaba con ansias su llegada, de manos del cartero. Según recuerdo, era bastante variada, y abarcaba, además del inevitable artículo piadoso que era el centro de cada número, en el cual se documentaba algún episodio de la vida de uno de los miembros del vasto santoral, temas de cultura general, deportivos, geográficos. Tenía su sección de humor y una de cartas al director, en la cual se ventilaban asuntos de la más variada índole. Yo mismo me inauguré en el género epistolar enviándole una misiva que contenía la siguiente pregunta: "¿Cuál es el origen de mi nombre?". Un par de meses después tuve la satisfacción de ver por primera vez mi nombre en un medio impreso.

Con respecto a mi catequesis, recuerdo dos ansiedades: la referente a la confesión, a pesar de que a esas edades no tuviera alguna cuota de pecados dignos de ese nombre, y el aspecto técnico de la materialización de la comunión, simbolizado en la ingestión de la ostia: ¿se podía partir, o era pecado?¿había que dejarla disolver sobre la lengua antes de deglutirla? Por supuesto, recuerdo las clases de religión previas al acto, y mi dedicación meticulosa al estudio del evangelio. En ese momento no cuestionaba nada, y todo lo que se me decía pasaba sin filtros a ocupar alguna parte de mi cerebro, desde donde controlaba y censuraba todos mis pensamientos y actos, no fueran a ser impuros. Creo que mi iniciación en el mundo religioso  fue el primer gran evento del que tengo memoria, desde los prolegómenos que incluyeron la elaboración de mi primer (y único, hasta los momentos) traje hecho a la medida por un sastre, hasta su cierre con una recepción en las entonces nuevas y elegantes instalaciones de La Casa De Italia. Curiosamente, de lo que no guardo grandes recuerdos es de la misa en sí.

En los meses siguientes a ese acto mi vida sufrió algunos cambios, el mayor de los cuales fue la mudanza hacia un apartamento mucho más grande, en el cual tendría mi cuarto propio (donde, todo hay que decirlo, cometería posteriormente uno que otro pecadillo venial, dentro del departamento de la carne). Fue un período agridulce, de aprendizaje sobre cómo enfrentar el desapego, la experiencia de hacer nuevas amistades, y la familiarización con las nuevas calles que formarían parte de mi vida cotidiana a partir de ese momento. Y también significó mi primer desencanto con la Iglesia. A partir de mi primera comunión, trataba de respetar el precepto de santificar las fiestas, e iba a misa regularmente. Uno de los padres que la oficiaba, en la iglesia a la que acudía. era un español alto y corpulento, cuyo ceceo era característico e inconfundible. Por su colosal aspecto ejerció una fuerte influencia sobre mí, y lo tenía por persona recta e incorruptible. Pues bien, un día estaba yo en el abasto, de espaldas a la puerta, tal vez tomando una chicha A-1 que acababa de sacar de la nevera, cuando escuché un castizo, que no casto, "¡Coño!", en una voz que no me era desconocida. Me volteé para constatar que quien había proferido esa gruesa expresión era el cura que tanto respetaba.

martes, 27 de septiembre de 2016

La señora Ana

La cola del pollo, en el mercadito del sábado en La Urbina, a pesar de no ser tan larga avanza con lentitud, y para pasar el tiempo me distraigo observando la destreza de los "acomodadores", que en un santiamén convierten un ave entera en dos muslos y dos pechugas completamente deshuesadas y transformadas en milanesas. 

Dentro de la precariedad que presupone trabajar a la intemperie, en plena calle, son bastante organizados y limpios. Los restos que quedan del destace de los pollos los van echando en una cesta que tienen al lado, y cada tanto hacen un alto para lavarse las manos con el agua almacenada en un gran tobo. 

Mientras tanto la señora Ana, ama y dueña del puesto, se multiplica: cobra, se faja a picar, saca más mercancía del interior del camión cava, sin descansar un minuto. Es una maquinita de trabajar, y sabe ejercer el mando con suavidad y firmeza a la vez. Sus empleados bromean con ella, pero con respeto.

Echo una ojeada alrededor, y me llama la atención una pareja conformada por una señora de cierta edad y un niño, presumiblemente su nieto, de unos 6 o 7 años. Ambos muy flacos, vestidos con ropa que demuestra su antigüedad pero, eso sí, pulcrísima y bien planchada.Su precariedad es evidente, aunque de cierto modo digna. Están en actitud expectante, pero paciente. En un momento determinado, la señora Ana los ve, y acto seguido se dirige a la cesta donde los "acomodadores" van dejando las vísceras, pescuezos, carapachos y alas que van sobrando de los pollos, y llena dos bolsitas con esos despojos para entregárselas a la señora y al muchacho, quienes las reciben sonrientes y después de un "gracias" casi dibujado en la cara, se van alejando.

lunes, 1 de agosto de 2016

Una mañana en el museo




San Bernardino alberga, que yo sepa, dos museos. Uno de ellos es bastante conocido, tiene su asiento en la Quinta Anauco, y está dedicado al arte colonial. El otro es mucho más reciente y está en las entrañas de la urbanización, un par de cuadras más arriba del vetusto Centro Médico de Caracas; su vocación es lo afroamericano.

Visitar el Museo de Arte Afroamericano fue una tarea pendiente desde que supimos de su existencia, postergada por esos tropiezos que llamamos "el día a día". No fue sino este domingo que acaba de pasar cuando, atendiendo una invitación que nos realizara el artífice del museo - el acucioso investigador y coleccionista Nelson Sánchez - para que asistiéramos a una presentación de la banda de electrojoropo "El llanero eléctrico", tuvimos la ocasión de conocerlo.

Como dije, queda en San Bernardino, ese laberinto de calles en las que suelo perderme cada vez que voy para allá. Y esta vez no fue la excepción, a pesar de haber consultado gmaps para dar con el lugar. El flechado me jugó en contra, y tuve que dar una pequeña circunvalación alrededor del Centro Médico para llegar a la Avenida Occidental, en donde se erigen las instalaciones del museo. Ocupa en realidad dos edificaciones: una hermosa quinta que supongo data de finales de los 40, que entre otras cosas alberga una pequeña tienda de recuerdos relacionados con el motivo del museo, y en el piso superior unas agradables e iluminadas salas de exposición, y una construcción moderna que se comunica con la anterior mediante un pasillo, en donde los visitantes se encuentran con otra gran sala y una terraza que mira sobre San Bernardino, y en el piso inferior un auditorio, que fue el lugar que nos permitió disfrutar de la presentación musical a la que fuimos invitados.

Al llegar al museo nos recibió el mismo Nelson, quien nos obsequió una taza de café y un poco más tarde, cuando se nos unieron algunas otras personas, nos ofreció el lujo de una visita guiada por él mismo, que tuvo el aliciente adicional de permitirnos observar una exhibición de objetos relacionados con símbolos de poder, en pleno proceso de montaje, que se está realizando con la colaboración de la escuela de arte de la UCV. Una gran cantidad de tronos, cetros, armas, ropas, instrumentos musicales, máscaras y joyas, que eran utilizados por los jerarcas de las comunidades tanto africanas como de otras latitudes, están armoniosamente expuestos en los generosos espacios del museo. Pregunté, asombrado, sobre el origen de tantos objetos, suponiendo un préstamo de otras instituciones similares desperdigadas por el mundo, pero Nelson me sacó del error apuntando risueño un dedo hacia sí mismo. Objetos  de las culturas aborígenes del mundo, con especial énfasis en las africanas, coleccionados durante más de 40 años, están allí para el disfrute visual de los visitantes. La cercanía con esas piezas, algunas de gran antigüedad, produce una sensación cercana a la reverencia, y - por lo menos en mi caso - permite darse cuenta de lo poco que se conoce de esas culturas, de su sistema sociopolítico, de sus costumbres, de sus expresiones artísticas, más allá del África caricaturesca que nos vendieron Holliwood y la televisión.





Luego del grato recorrido por las instalaciones del museo, nos regresamos a la tienda a esperar que nos convocaran al auditorio. Pasadas las 11:30 no dirigimos a él, y luego de escoger asientos aguardamos con paciencia el inicio del espectáculo. Hubo un pequeño inconveniente que retrasó su comienzo, pero Nelson, como el buen anfitrión que es, nos obsequió unas copitas de cocuy para engañar la espera. Por fin, ya sobre las 12, entraron los músicos que acompañan en la batería y el bajo eléctrico a Germain Coronado, el Llanero Eléctrico.Acto seguido, como si de un acto de Stand Up Comedy se tratase, ingresó Germain, soltando chanza tras chanza. La razón de su mote la conocimos de inmediato, y no es precisamente el instrumento enchufado con el que se acompaña Germain, un hermoso cuatro eléctrico. Es por su desenvolvimento en escena, que a ratos nos recordó a John Frusciante por sus saltos enérgicos y su manera de rasgar las cuerdas. El show del Llanero Eléctrico está lleno de humor, de guiños constantes a sus raíces en un entrevero trancado con las bandas seminales de la movida del rock desde los 60 hasta nuestros días, y a la reflexión sobre el período particularmente complicado que estamos atravesando. Tuvo su momento sentimental al hacerle un homenaje a los exiliados que se van casi por desesperación, en concreto a su hermano, y no pudo reprimir una furtiva lágrima que se secó inmediatamente para luego, tras un guamazo de cocuy, retomar la actitud festiva y bochinchera. Fue un concierto muy divertido: pasó por los Beatles (con una Eleonor Rigby trastocada en vendedora de empanadas en el terminal de buses, que sueña con ser pintora), Red Hot Chily Peppers, Radio Head (Creep se convirtió en un guayabo producido por los amores contrariados de un veguero y una chica de Cafetal), hasta llegar a una versión genial de Black Dog de Zeppelin en donde dio rienda suelta a su capacidad de improvisación. El encore fue un joropo que entusiasmó a más de uno a echar un pie allí mismo, al ladito de Germain. Unas palabras de elogio para los músicos que acompañaron al llanero; de mucha solvencia, brindaron un gran sonido que muchas veces, en espectáculos más producidos, no se alcanza.


Al terminar el show conversamos un rato con los organizadores, los músicos, y con uno de los promotores de la movida del joropo contemporáneo, Ernesto Soltero, quien a través del colectivo Rey Zamuro (colectivoreyzamuro.blogspot.com) informa periódicamente sobre las novedades que se producen alrededor del movimiento. Sin ninguna reserva invito a los lectores a visitar el Museo de Arte Afroamericano y a asistir a algún concierto de Germain Coronado. Van a disfrutar ambas experiencias, se los garantizo.

lunes, 4 de julio de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 4 de julio de 2016


En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. En enero de este año el ejercicio dio como resultado 2.946 Bs. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 5.000 Bs/Kg, son 1.000 Bs, más 2 canillas a 250 Bs c/u, 1.500 Bs. A 375 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 200 Bs  más 2 galletas por 300 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 2.500 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 4.500 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 2.700 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 1.000 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 200 y  400 Bs. Vámonos por el promedio, 300 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 400 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 3.700 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 1.000 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 800 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 900 Bs el litro, son 720 Bs. En total la cena habrá costado 1.520 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 7.720 Bs diarios. Eso representa un incremento de 4.774 Bs. con respecto al calculo hecho en enero de este año. Es decir, un 162% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos sorprende un descomunal 475%.  Tomando en cuenta que el ingreso mínimo mensual ronda los 30.000 Bs (sumándole al sueldo básico el monto correspondiente a la ayuda por alimentación, que no tiene incidencia en el cálculo de las prestaciones sociales), haría falta el trabajo de casi 8 personas para darle de comer a 4. Los números no dan, de ninguna manera. Cómo logra sobrevivir la gente a esta situación, tiene visos de milagro.El gráfico que encabeza este post es elocuente: no importa cuanto ganes, ni con cuanta frecuencia te aumenten el sueldo. La inflación se lo comerá en un santiamén.


sábado, 25 de junio de 2016

El CNE, guardaespaldas de Maduro



Lo que voy a decir no es una novedad, y todo el mundo lo sabe, pero lo hago por amor a la crónica y para dejar registro. Voy a apuntar los hechos que recuerdo, y seguramente se me van a quedar muchos por fuera, por lo que agradezco cualquier ayuda para compilar la historia.
Desde el primer momento en que se habló de revocatorio, el CNE no ha hecho otra cosa que buscar entorpecer o evitar el proceso. Comenzando por el absurdo requisito de recoger el 1% de las firmas de acuerdo a distribución proporcional de la población por estado. Esto ya es un exabrupto, ya que no estamos compuestos por colegios electorales, como es el caso de EEUU. En Venezuela un voto en Maturín cuenta lo mismo que un voto en la Sierra de Perijá. El sitio en donde se recojan las firmas es irrelevante, la letra de la constitución solamente indica que basta con que el 1% de la población solicite el referendum revocatorio para activarlo. Otra arbitrariedad, hija de la anterior, es que la firma debió ser recogida en la entidad federal en donde está registrado el elector. Un abuso total. Si alguien estaba de viaje en el momento de la recolección de las firmas no pudo ejercer su derecho.
Otro hecho que sin duda está dirigido a torpedear la iniciativa es el relajo de los lapsos que se toma el CNE para cada etapa del proceso, y la discrecionalidad para decidir si una firma es válida o no. Todos sabemos cuántas personas conocidas denunciaron que su firma no fue aprobada, sin saber la causa y sin derecho a revisión. Los casos más patéticos, por supuesto, son los de los dirigentes políticos. Haberle rechazado la firma a Capriles y a Machado no puede sino catalogarse como provocación. Pero son apenas dos de los 600.000 venezolanos a quienes se le negó su derecho a convocar el revocatorio.
Llegamos al capítulo de la validación de las firmas, y aquí es en donde toda la estulticia de las rectoras del CNE se pone de manifiesto de la manera más evidente. Primero se estimuló el arrepentimiento, agregando un paso totalmente inútil como la retirada voluntaria de la firma y con ello alargando una semana más el proceso. Ese paso es una ridiculez ya que si alguien estuvo arrepentido con no ir a revalidar tenía. Luego, el diseño del proceso de validación tuvo como objetivo que se pudieran obtener el menor número de firmas posibles, tanto por la cantidad de máquinas puestas a disposición del proceso (un déficit de mil, según indican los expertos) como por la ubicación geográfica de las mismas. También se debe mencionar la operación morrocoy y el cierre de los centros de validación a pesar de haber personas en la cola, gente a la que se le conculcó su derecho político al no permitirle validar su firma.
Un paréntesis: El proceso de validación de firmas ha servido para demostrar la falacia de uno de los argumentos que esgrime el CNE para proclamarse como "el sistema electoral más seguro del mundo". Me refiero a la garantía de "un elector, un voto", que supuestamente estaría avalado por el sistema de identificación biométrico, la tristemente popular captahuellas. Ese mecanismo debería garantizar dos cosas: que no haya suplantación de identidad, al cotejar la huella del votante con la huella almacenada en la base de datos, asociada al número de la cédula que presente el votante; y garantizar que esa persona vote una sola vez. Conceptualmente es algo posible, y es un algoritmo que cualquier estudiante de primer año de alguna de las carreras que tienen que ver con computación está capacitado para resolver. Ahora bien, si tuvieran ese mecanismo activado y suficientemente probado, la validación de firmas debería ser automática y al instante. Bastaría con cotejar la huella en la base de datos, ver si el elector asociado a la huella pertenece a la entidad en donde está realizando la validación, y confirmar que no ha validado aún. Pero no es así: el CNE se va a tomar 20 días hábiles para chequear esas validaciones. Para menos de 400.000 firmas, que es un universo muchísimo más pequeño que el de los votantes en cualquier elección ya sea regional o nacional. Esto debería encender las alarmas: el CNE monta unas elecciones con un mecanismo que no es capaz de garantizar la identidad y la unicidad de los votos, y lo da por bueno sin ningún tipo de verificación posterior, verificación que por otra parte es realizada con todo el celo del mundo cuando se trata de un evento que atenta contra el oficialismo.
A pesar de todos estos obstáculos la ciudadanía se mostró digna del compromiso, y se logró la meta de acuerdo a los números de la oposición. Pero las zancadillas continúan: se van a tomar 20 días hábiles para revisar algo que debería estar revisado de origen por el carácter automatizado del proceso, por lo explicado más arriba,  y tal vez tengan la osadía de decir que no se alcanzó el número de firmas necesarias. Aunque no creo que lleguen a tanto, no me sorprendería. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer si eso sucede?

domingo, 19 de junio de 2016

La lógica, el surrealismo y la poesía


Tal vez la única materia relacionada con las matemáticas que en realidad disfruté durante mi pasantía por la universidad fue la que en el pénsum de entonces se denominaba Lógica simbólica. El motivo de ese disfrute obedeció a que, paradójicamente, dicha materia tiene que ver más con la palabra que con el número. Es la disciplina que, entre otros temas, lidia con los silogismos, esas construcciones con dos premisas y una conclusión que debe deducirse de ellas,  tipo:

"Todos los árboles tienen raíces;
Las salamandras no tienen raíces;
Las salamandras no son árboles".

El aspecto lúdico de esa especie de acertijos, a pesar de estar soportado por una fuerte teoría, me hizo enamorar de la materia, y la seguí explorando aún cuando ya no estaba dentro de mis deberes formales.

Las clases nos las daba un profesor bastante excéntrico, que nos invitaba siempre a pensar fuera de la caja, y nos proponía adivinanzas que a veces no tenían mucho que ver con la materia, para expandir nuestras mentes. También fue quién nos hizo saber que uno de los grandes teóricos de la lógica fue el diácono Charles Dogson. Ese nombre no le sonará conocido a mucha gente, pero su seudónimo como escritor seguramente sí: Lewis Carroll.

Personaje complejo, este Carroll: diácono de la Iglesia de Inglaterra, a pesar de no creer en el castigo eterno para los pecadores; fotógrafo con gustos, para definirlos de una manera que no busque la polémica, peculiares; escritor de novelas fantásticas y poesía absurda; y además, matemático, con unos cuantos libros de texto de mucha reputación en su tiempo. En particular descolló en el campo de la lógica, y tiene un librito delicioso llamado "El juego de la lógica" que de alguna manera conjuga sus dos facetas de científico y artista, pues aúna unas aburridas páginas dedicadas a la teoría de la lógica a unas demenciales demostraciones de su aplicación. Lo veo como una especie de precursor del surrealismo, al leer lo siguiente:

"Ninguna rana es poética;
Algunos ánades están desprovistos de poesía;
Algunos ánades no son ranas".

O esto:

"Ningún perro terrier corretea entre los signos del zodíaco;
Nada que no corretee entre los signos del zodíaco es un cometa;
Nadie sino un terrier tiene una cola rizada".

Estos son apenas dos ejemplos sacados al vuelo de las páginas de ese libro. Pero hay mucho más, como la paradoja lógica que busca adivinar mediante ciertas premisas y reducciones al absurdo la presencia o ausencia de uno de los tres barberos que atienden en el pueblo, o el delicioso escrito "Lo que Aquiles  le dijo a la tortuga", que conjuga una hermosa prosa de clara tendencia surrealista con consideraciones sobre la teoría euclidiana.

Tal vez su obra novelística no haya sido sino una expansión de su obsesión por la lógica y su antítesis, el absurdo. Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, propone varias paradojas y acertijos que la protagonista debe resolver para seguir con vida, en medio de situaciones desquiciadas. Acertijos que fueron debatidos hasta mucho tiempo después de la publicación del libro, como el conocido "¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?" que ha obtenido soluciones tan brillantes como "En que Poe escribió sobre ambos", o la surrealista "Porque hay una A en ambos". Puede que Charles Dogson haya escrito su obra literaria para su propio solaz, pero probablemente nunca imaginó cuánto habría de divertir a las generaciones futuras.

Para terminar, copio la primera estrofa de una poesía de Carroll  que se encuentra en el prólogo de la edición española del libro "El juego de la lógica":

"Creía ver un elefante,
un elefante que tocaba el pífano;
mirando mejor vio que era
una carta de su esposa.
'De esta vida, finalmente' -dijo-
'siento la amargura'"

domingo, 1 de mayo de 2016

Sim Floyd, derribando la pared



En los comienzos del cine como atracción comercial no se había desarrollado aún la técnica que permite sincronizar el sonido con la imagen, y por ende las películas eran mudas. Para darle esa dimensión sensorial, en las salas en donde se proyectaban las películas - por lo general teatros adaptados a esa nueva función - se instalaba una orquesta que tocaba música acorde al film que se estuviera proyectando. Esas orquestas se disponían de manera de no estorbar a los espectadores en su visualización; eran meros instrumentos de apoyo al espectáculo.

Hoy asistimos a una presentación que me hizo recordar eso que no experimenté en primera persona, ya que desde finales de la década de los 20 del siglo pasado ya el cine era sonoro, pero que conocía por mis lecturas sobre los orígenes de ese espectáculo tan primordial como fuente de entretenimiento y cultura en nuestra civilización. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba cuando el cine era mudo, esta vez el espectáculo fue la banda, y el film sirvió de apoyo visual a su desempeño en la tarima. Me refiero al montaje "The wall", puesto en escena por la talentosa banda tributo a una de las agrupaciones más importantes del rock psicodélico, progresivo, espacial o cualquier otra etiqueta que se le desee poner a Pink Floyd. Ellos se hacen llamar Sim Floyd, pero ese "sim", que hace pensar en  la palabra "simulación", no debe llamar a engaño.

Durante los 95 minutos que dura la película tuvimos el privilegio de asistir a una impecable presentación de su banda sonora, ejecutada a la perfección por los grandes músicos que componen Sim Floyd. Y los calificativos que empleo no son exagerados: la sincronización, la interpretación de los instrumentos, y la vocalización de los entrañables temas que componen el soundtrack de The wall no hicieron echar de menos el material grabado. Es notable el grado de compenetración que alcanzaron con respecto al sonido original de la película. Cada nota estuvo en su lugar y en el momento preciso.

El espectáculo nos planteó una puesta en escena compuesta por una vieja butaca de raído terciopelo beige -que en un principio me pareció una de las que estuvieron por 30 años en casa de mis padres, y luego fueron a parar al depósito de una tienda de compraventa de muebles usados. Junto a ella, una mesita redonda con una lámparita encima. Por supuesto, el mobiliario pretendió emular el utilizado por Pink cuando se hallaba en estado catatónico en la habitación de hotel en donde arranca la película. Sobre el escenario, una pequeña pantalla anunciaba el lugar por donde desfilarían las imágenes creadas por el genio de Alan Parker, y debajo de ella el habitual set al que estamos acostumbrados al ir a un concierto de rock: la batería en el centro, hacia el fondo, a su lado los teclados y al frente las guitarras, el bajo y los parales para los micrófonos que utilizarían los vocalistas.

Ya desde el vamos supimos la magnitud del evento al que estábamos a punto de asistir. Cuando comenzaron a sonar las notas de "In the flesh", justo en el momento que en la pantalla se sacudían las cadenas de la puerta que iba a ser abierta a la fuerza, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. La piel se le debe haber erizado a más de uno de los presentes; por lo menos así me ocurrió a mí. Y lo mismo sucedió en cada uno de los temas que se fueron desarrollando ante nuestros ojos y sobre todo nuestros oídos. Lo que escuchamos fue Pink Floyd, ni más ni menos. Todos los músicos y los cantantes estuvieron a la altura del compromiso que se plantearan tres años y medio antes, cuando decidieron embarcarse en esa aventura inédita en el mundo, según nos contara Ángel Ricardo Quiñones, el guitarrista que no nos hizo extrañar a Mr. David Gilmour, así como pasó con cada uno de los demás integrantes de la banda.

El momento cumbre, tanto para mí como para el grueso del público a juzgar por  su reacción, fue la interpretación de Confortably numb, coreada con entusiasmo y energía por los asistentes, y que le permitió a Ángel lucirse en el par de solos que contempla la pieza, ejecutados con real pasión. Y para cerrar, fuera de la programación original y ya sin la película desarrollándose en la pantalla, nos obsequiaron "Hey you". Vaya manera de culminar el concierto.

En anteriores ocasiones en que he reseñado conciertos de bandas tributo, o de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, no ha faltado el criticón de oficio que argumenta alguna tontería sobre la falta de originalidad. Y me pregunto si esa persona, cuando asiste a un concierto de música académica, no va a escuchar una rendición fiel de las notas compuestas por el autor de las obras puestas en escena. En mi opinión lo que hacen las bandas tributo es análogo, y cuando alcanzan niveles de excelencia como el que logra Sim Floyd yo, por lo menos, lo agradezco. Dado que ya no es posible asistir a un concierto de Pink Floyd, bienvenidas sean estas  iniciativas que nos permiten rememorar y disfrutar la música compuesta por los grandes héroes originadores de esta pasión compartida que es el Rock.

viernes, 25 de marzo de 2016

Las redes sociales y la incivilidad

Las redes sociales son herramientas invaluables para la interconexión. Yo le debo mucho a ellas, tanto como medio de diversión como para divulgar mi obra escrita. Además, permiten la comunicación a distancia con los seres queridos que por circunstancias varias se hallan lejos de nosotros. Por todo esto, soy un usuario agradecido, entusiasta y a veces excesivo de ellas.

Pero así como son excelentes medios de comunicación, también permiten constatar el lado oscuro de las personas. Estoy convencido de que hay gente, incapaz de decir ciertas cosas frente a frente, que cuando está delante  del monitor se siente imbuida de cierta patente de corso que le permite denostar, insultar y vejar a personas que nunca han visto en la vida real, por los motivos más fútiles.

Esta mañana tuve un episodio desafortunado que me dio pie para escribir estas notas. En uno de los grupos de Facebook que frecuento con bastante asiduidad, dedicado a documentar la historia de Caracas, alguien colocó una foto que no tenía que ver con el tema. A pesar de no ser administrador del grupo, por guardar amistad con las fundadoras del mismo y ser miembro de él desde casi sus inicios decidí hacer notar la impertinencia de dicha imagen por contravenir las normas.

El asunto es que la persona en cuestión había logrado cierta notoriedad por una serie de fotografías que documentan el inicio del Caracas Country Club, y  mantiene una especie de club de fans, incondicionales y defensores a capa y espada de sus posteos. Las reacciones a mi comentario (que fue textualmente: "Y no  es Caracas") fueron en general de desaprobación. Pero hubo uno que me llamó la atención por lo destemplado y agresivo. Una señora, con la quien jamás había cruzado palabra alguna, me dijo: "Mirco eres un cretino". Así, sin ton ni son. Como le respondí aludiendo al evidente insulto, le agregó leña al fuego diciendo que yo no conocía el significado de la palabra, según ella no insultante, y poniendo el significado de la RAE, algo así como "persona de escasa inteligencia, que no entiende el significado de las cosas". Es decir, reforzó la injuria.

Posteriormente, ejerciendo mi derecho a réplica, escribí un post en el grupo expresando mi sentir sobre lo ocurrido. Esto logró que quien colocara la foto que originó toda la situación la borrara, junto con todo el material que había colocado previamente en el grupo. Supongo que quiso castigarme, y al resto de la comunidad, por haber osado señalarle la falta a las normas. Actitud bastante infantil, a mi parecer.

Estamos hablando de adultos, de gente que debe haber obtenido educación tanto en sus hogares como en su formación académica y profesional. Esto me desconcierta, y me hace pensar si el hecho de no interactuar directamente con la gente sino a través de una interfaz electrónica deshumaniza la comunicación, permitiendo la emisión de expresiones totalmente inadecuadas. Me asusta lo contrario, sin embargo: que esta reacción virtual sea reflejo de lo que vemos en la calle día a día, donde el insulto gratuito es la norma, y la incivilidad se apodera cada vez más de las relaciones humanas, desplazando a la urbanidad que debiera regirlas.

sábado, 19 de marzo de 2016

Risotto de morcilla

Ajá, risotto de morcilla. En Italia dicen que se puede hacer risotto con lo que sea. De rosas, de ortigas, de calabacín. Yo me inventé éste, con un ingrediente particular. Lean y cocinen.

Ingredientes:
-un par de litros de caldo de carne o pollo. Debe estar a punto de hervor.
-una taza de arroz que no sea parbolizado o vaporizado. Si son millonarios, arborio, pero si fueran millonarios no estuvieran leyendo esto.
-una cebolla.
-un par de morcillas que no sean de arroz (con las nuevas de la montserratina, carupaneras, debe ser la gloria)
-una taza de vino tinto (opcional)
-un par de cucharadas del ingrediente secreto

Preparación

Se pone a sofreir la cebolla bien picada.
Se le agrega la morcilla, sin el cuero exterior.
A los 5 minutos, se agrega el arroz y el vino.
Cuando el vino se haya consumido, se agregan cucharones de caldo, uno o dos a la vez, mezclando eventualmente el arroz, y nunca dejando que se seque. Este proceso debe prolongarse por unos 20 minutos.
Cuando haya pasado ese tiempo, se agrega el ingrediente secreto: queso crema, o en su defecto crema de leche.
Acompañar  con queso parmesano, y el resto de la botella de vino.Tomado, no se lo vayan a echar al risotto.

  

martes, 15 de marzo de 2016

Aromas, recuerdos


Un milagro hizo que aparecieran las caraotas negras en el  supermercado, mientras hacíamos la compra, y pudimos por fin adquirir un par de paquetes después de una prolongada abstinencia. Un kilo, que para nuestra familia puede servir para tres o cuatro repeticiones. La encargada de la preparación de los granos en casa es mi esposa Marianella, pues es quien tiene el dominio de la cocción. Yo ayudo ocasionalmente, casi siempre corrigiendo el punto de sal o verificando el ablandamiento de los frijoles. Ella las pone a remojar desde la noche anterior, y luego las monta con solo agua. Cuando ésta  hierve, baja el fuego, le agrega los aromas y la sal, y luego aguarda por su cocción definitiva. Como ven, una manera bien sencilla de prepararlas, con resultados satisfactorios.

Ayer, por cuestiones de repartición de tareas, me tocó a mí el proceso de aliñar las caraotas, y eché mano a lo que había en la casa: un par de ajíes dulces, una ramita de cilantro, un poquito de comino, y por supuesto sal. Piqué los ajíes bastamente, y el cilantro con mayor dedicación hasta obtener unas partículas que pudieran ser esparcidas en la olla. Y espolvoreé apenas una pizca de comino, pues puede ser muy invasivo si se abusa de él.

Cuando hube terminado, y aún después de lavarme las manos, noté que en ellas persistía el olor penetrante del cilantro, e inclusive podían apreciarse las notas del ají dulce, muy en el fondo. Y me puse a cavilar sobre el poder evocador de los aromas. Casi fatalmente me retrotraje a mi infancia, a la cocina de mi casa. Aunque los aromas allí eran otros: reinaban la albahaca, el romero, la salvia, el orégano. Olores mediterráneos, italianos. Los aliños criollos no tenían cabida frecuente, salvo cuando mi madre se aventuraba a preparar algún platillo venezolano que le enseñara una vecina. Y aún así esas recetas eran corregidas, para albergar algún ingrediente que las hicieran más aceptables a los paladares a los cuales estaban destinadas.

Tal vez el ejemplo más patente de esta situación tuvo lugar cuando se nos ocurrió hacer hallacas en casa de mis padres, por primera (y última) vez. Para ese momento ya era novio de Marianella, y había participado en tal vez una o dos ceremonias de preparación del condumio  navideño en su hogar, por lo que me consideraba bastante preparado como para dirigir, acompañado por ella, una jornada de elaboración de hallacas. Sin embargo, hubo un factor que no tomé en cuenta: la creatividad de mi padre. A él se le ocurrió que, en vez de elaborar un guiso tradicional, podíamos rellenar las hallacas con un estofado propio de la región del Véneto, la pastisada. No de caval, es decir, de caballo, como se elabora en la receta original, sino de algún corte de segunda que permita la larga cocción de la carne, y que no infrinja ninguna ley de protección animal. Creo que se usó lagarto, que en italiano recibe el nombre de manzo, pero no me atrevo a jurarlo dada la gran cantidad de años que transcurrió desde ese momento. La pastisada es un plato que se remonta al temprano Medioevo, específicamente al año 489 D.C. Y se originó, según la leyenda, como resultado de una feroz batalla ocurrida en las cercanías de Verona, en la cual cayó muerta una gran cantidad de caballos. Dicha circunstancia fue aprovechada por la población, que estaba pasando por un período de carestía y hambruna, para aprovisionarse  con la carne de las nobles bestias, puesta a macerar en vino y especias para prolongar su conservación. En fin, que la receta quedó en la tradición gastronómica de la ciudad y mis padres se la trajeron a Venezuela, cambiando de animal por razones obvias pero respetando el resto de la receta. La pastisada se casa a la perfección con la polenta, y de allí a imaginarla dentro de la masa amarilla de la hallaca fue un paso natural para la imaginación desbocada de mi padre. ¿Qué podría salir mal?

En realidad, todo. Ya sea por la inexperiencia de los participantes, o por la insólita combinación de sabores, el experimento resultó un fiasco total y absoluto. Pudimos constatar que la suma de dos cosas buenas no produce por necesidad una mejor. Creo que el único en alabar esas hallacas mestizas fue su inventor, más por pundonor que por convencimiento. Afortunadamente la producción fue muy escasa, tal vez unas 20 o 30 piezas, por lo que pudieron desaparecer sin mucha pena. Y ninguna gloria.

Copio a continuación la receta de la pastisada. Pero, por favor, no se les ocurra utilizarla como relleno de nada. Acompáñenla con una polenta recién hecha, o pasada por la brasa, y regada generosamente con los jugos de la preparación. Así, es una maravilla.

Ingredientes para 4 personas:
  • 600 gr de lagarto sin hueso, falda, pollo de res o similar
  • 2 zanahorias, 1 céleri (la parte blanca), 2 cebollas
  • Una hojita de laurel
  • Nuez moscada
  • Clavos de olor
  • Sal, pimienta en granos al gusto
  • 30 gr de harina
  • 40 gr de aceite de oliva
  • 40 gr de mantequilla
  • 100 ml de caldo de res
  • 1 lt de vino tinto (Valpolicella sería el indicado)
Preparación:
Colocar en un recipiente la carne cortada rústicamente y cubrirla con el vino. Dejarla marinar por uno o dos días, preferiblemente. 
En una cacerola se colocan el aceite y la mantequilla, y una vez calientes se saltean en ellos las verduras cortadas en juliana. Escurrir la carne, clavarle los clavos de olor, enharinarla y ponerla en la cacerola. Cocerla por alrededor de una hora.
Agregar el vino de la marinada, el laurel, los granos de pimienta y un poco de nuez moscada rallada. Dejar cocinar a fuego moderado por unas tres horas. De secarse mucho agregar algo del caldo de res. Ajustar sal y pimienta hacia el final de la cocción. La carne deberá quedar suave y desmechable.


lunes, 29 de febrero de 2016

Venezuela: no country for Mad Max



Resulta demasiado fácil establecer analogías entre los hechos ficticios representados en una película y la realidad abrumadora que nos envuelve. Basta hacer un poco de ejercicio de abstracción, algún ajuste de ideas, y se logra el cometido.

Esto viene a colación por la inevitable Mad Max. Esta película  viene como anillo al dedo para ejemplificar la situación venezolana: un caudillo que controla todos los productos esenciales para la vida, una población sometida por la fuerza del hambre y la sed a los designios del tirano, una élite que vive en la esfera del poder disfrutando de sus prebendas, y unos fanáticos dispuestos a inmolarse por la gloria de haber muerto para defender al caudillo. Sí: en Venezuela tenemos (o tuvimos) a Inmortan Joe, a los emperadors, a los war boys. Seguramente habrá alguna breeder. Hasta algún émulo de Furiosa podemos encontrar. Y, por supuesto, tenemos la gran masa de extras que eleva la totuma sobre la cabeza cuando al líder se le ocurre abrir el chorro.

Sin embargo, falta algo: Mad Max, precisamente. Yo no sé los demás, pero no identifico esa figura en nuestro país. No digo que falten aspirantes, que de esos hay de sobra. Pero creo que ninguno está dispuesto a hacer el gasto. Nuestros "Mad Max Wannabe" son demasiado modositos, no saben pelear sucio, y se meten en el barro esporádicamente, cuando hay un fotógrafo cerca. O, si fuera por ellos, la película se acabaría en los créditos, apenas al ser apresados.

Y esto no es ni bueno ni malo, sino lo real. No somos una película, somos una especie de país que busca a ciegas cómo recomponerse mientras se saca de encima una clase dirigente ineficiente y corrupta, que ha dilapidado la fortuna más grande que le haya entrado a Venezuela jamás sin dejar casi nada a cambio, y que tiene a la nación al borde del colapso. Y para lograr eso no se necesita a un antihéroe psicótico en busca de redención, apoyado en efectos especiales y coreografías espectaculares. Lo que necesitamos es gente comprometida con el cambio, estratega, astuta, y con la suficiente credibilidad para lograr un apoyo masivo de la población, que debería ser la manera adecuada de salir de este atolladero. La alternativa ya la hemos visto en el pasado. Los Mad Max tropicales no suelen retirarse con las manos vacías cuando logran derrocar al villano de turno, sino que se convierten en los nuevos Inmortan.

jueves, 28 de enero de 2016

Adiós al hermano



A la memoria de José Mercader (26/1/1954 - 28/1/2016).

La vida te da hermanos que no son consanguíneos, pero no por ello menos importantes. Esos hermanos elegidos pueden llegar a ser más cercanos que los reales, y te acompañan en los momentos cruciales de tu existencia.

José Víctor Mercader, Jose para todo el mundo, para mí fue -¡qué triste es usar el tiempo pasado para referirse a él, carajo! -   uno de esos hermanos. Desde el momento en que lo conocí (era 1976, hace la bicoca de 40 años) tuvimos una cercanía que no hizo más que fortalecerse a lo largo del tiempo. Entró a mi vida con el rol de novio de mi hermana, y lejos de tratarme como se trata a un niño de 15 años cuando tienes 21, establecimos una rápida camaradería, gracias a algunas afinidades: la música, el cine, ciertas lecturas. No tenía ningún problema en llevarme a pasear con ellos dos, a pesar de que hubiera podido prescindir de mi presencia sin ningún remordimiento. Pero así era él. Realmente contar con su amistad era genial: constituía la puerta de acceso a ciertas diversiones que de otra manera no hubiera podido conocer, por lo menos a esa edad. ¡Cómo le sacamos el jugo al Fiat 124 de mi hermana! En esos tiempos heroicos de carreteras de tierra y ausencia de puentes en la carretera de la costa, ese carrito nos llevó más de una vez a esas playas solitarias. Y nunca nos dejó botados, que recuerde. ¡Cómo le gustaba manejar, o rufear de acuerdo a su particular vocabulario setentoso! A veces salíamos a más nada que dar vueltas por la periferia de Caracas, sólo por el gusto de la carretera y la noche.

Son miles los recuerdos que uno puede atesorar durante tanto tiempo. El rally de arquitectura de la UCV, en 1977; el viaje a Italia durante el cual hicimos un recorrido por la bota, y no pagamos ni una vez alojamiento ya que dormíamos en donde nos agarrara la noche; el paseo a las islas chimanas con los músicos de la banda de rock Estructura (grandes panas de él en ese momento), en donde debutamos como pareja dominocera y no dejamos títere con cabeza... y así, como esas, muchas otras ocasiones que rememorábamos entre tragos y risas cuando ya éramos más grandes, y  teníamos esposas e hijas. Tal vez nos volvimos más sedentarios, pero nunca más serios. La seriedad no era algo que traficara con mucha frecuencia entre nosotros.

A pesar de la diferencia de edades, cuando Marianella y yo consolidamos nuestro noviazgo también consolidamos la relación con la pareja formada por mi hermana Daniela y Jose. Era muy común que los fines de semana quedáramos para una salida a un restaurant, o a un cine, o incluso, en tiempos difíciles, a comernos un helado en alguna plaza, tan sólo por el placer de estar juntos los cuatro un rato.

Claro que no voy a caer en la exageración de decir que todo fue perfecto. Tuvimos grandes atajaperros, sobre todo ya de mayores, porque uno se vuelve terco e intransigente, y en alguna oportunidad llegamos a distanciarnos. Pero nunca fue por demasiado tiempo, ya que pesaba más la camaradería que las eventualidades que podían surgir. Siempre nos reencontrábamos, en alguna de las fiestas familiares, y todo quedaba zanjado con un abrazo.

Jose tenía el don de conquistar a la gente sin ningún esfuerzo. Siempre tenía un chiste a flor de labios, una chanza, o una frase que como cosa de magia le abría las puertas más cerradas. Claro que ese don de palabra a veces obraba en su contra, con algunas metidas de pata memorables. Que subsanaba enseguida a punta de puro encanto.

Otra de las características que constituían su impronta era su legendario apetito. En sus buenos tiempos podía comer un menú de 4 platos, y preguntar por el postre. Claro, todo con mucho pan. Era la única manera de pasar esas comilonas. No era un gran bebedor, pero sí tenía un paladar bastante particular. Nunca hizo migas con el whisky, pero en cambio adquirió el gusto por el Martini, impuesto desde la época de enamoramiento con la familia política. Se podía instalar con mis padres y bajarse entre los tres jarra tras jarra de ese trago que para mí era imbebible.

Una de sus grandes pasiones fue el cine. Tenía una memoria prodigiosa, en la cual almacenaba la cientos o tal vez miles de películas que había visto a lo largo de su vida, y podía recrear la trama de una oscura cinta de los años cuarenta que hubiese visto en una función de Señor Cine, al filo de la medianoche. Otro tanto ocurría con la televisión: solía contar que en su tempranísima infancia, allá por el año 56, se instalaba a ver toda la programación de los canales que comenzaban a ser parte del día a día, y se calaba interminables documentales sobre la siembra del arroz o comiquitas en su idioma original, generalmente el inglés. Eso no era obstáculo para que las sorbiera con fruición a pesar de no entender los parlamentos: él mismo se creaba la historia.

Ya en el crepúsculo de su vida, Jose se convirtió en lo más cercano a un patriarca a lo que he estado, después de que desaparecieran mis padres referentes. Sus dos hijas junto con sus yernos constituían su entorno, un entorno jubiloso y risueño en donde él campeaba por derecho propio. Su casa era su castillo, tal y como lo proclamaba cada tanto, y en ella lo dejaban reinar, a veces riéndose por debajo por sus pecualiaridades pero por lo general en franca armonía. Pero no era su único feudo, y aquí voy a caer en la infidencia de nombrar un grupo secreto de Facebook llamado muy a propósito "La barra de Jose", una peña en donde decenas de personas hacían y espero que sigan haciendo vida, atendido por sus propios dueños: Jose VicThor, Víctor Albert y el campechano y populachero Pepe Botella, los dos últimos sendos alter egos de Jose. Hoy la barra está cerrada por duelo, pero espero que en un tiempo perentorio vuelva a funcionar para perpetuar el legado de gozo y humor de su creador.

Es injusto que la vida nos haya arrebatado a este singular personaje a tan temprana edad, pero a ella eso no le importa gran cosa. Avanza sin mirar hacia atrás, y lo mismo nos toca hacer a nosotros. Pero siempre recordaremos a Jose, el hermano que escogimos. Buen viaje, y gracias por todos los momentos.

martes, 19 de enero de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 19 de enero de 2016



En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 2.000 Bs/Kg, son  400 Bs, más 2 canillas a 50 Bs c/u, 500 Bs. A 125 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 80 Bs  más 2 galletas por 100 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 860 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 1.800 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 1.080 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 300 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 80 y  100 Bs. Vámonos por el promedio, 90 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 150 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 1.470 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 500 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 400 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 290 Bs el litro, son 216 Bs. En total la cena habrá costado 616 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 2.946 Bs diarios. Eso representa un incremento de 1.604 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Es decir, un 119% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos recibe un monstruoso 311%.  Los últimos números oficiales hablan de una inflación anualizada al tercer trimestre de 2015 de un 140%. Es un número exorbitante, pero lo peor es saber que, enorme y todo, está maquillado. No quisiera verlo sin maquillaje. Otro dato inquietante: el precio de la cesta petrolera venezolana se acerca rápidamente al costo de su producción.

Si vemos el gráfico que encabeza el texto, notamos que julio 2015 es un punto de inflexión bastante pronunciado; la inflación presenta un gran repunte en ese momento. Y no hay señales en el ambiente que contribuyan a la tranquilidad. El anuncio de emergencia económica no era necesario, todos ya lo sabíamos.