viernes, 18 de noviembre de 2016

La religiosidad perdida

En la actualidad, mi postura hacia el tema religioso es un agnosticismo cada día más fundamentado. Tal vez, más que agnóstico, sea escéptico. Tanto he visto, leído y escuchado, que he perdido la fe.

Pero no siempre fue así. De pequeño, a pesar de que mi hogar no fuera muy dado a la religiosidad, le tomé gusto a la ceremonia de la misa, y me la pasaba ojeando el misal con el que mi hermana se había catequizado. Era bastante antiguo, de portada nacarada,  y era de la época cuando la misa todavía se efectuaba en latín. Recuerdo las ilustraciones: en ellas un cura, de espaldas a los feligreses, celebraba la ceremonia, y a pie de página aparecían unos latinazos de los cuales trataba de entender el significado. Todo me parecía entre místico y misterioso, y podía pasar horas estudiándolo. Eso fue, conjeturando, cuando tenía alrededor de seis o siete años, ya que sabía leer con cierta capacidad de entendimiento.

Un poco más tarde ocurrieron dos hechos, más o menos en paralelo, que cimentaron más mi incipiente acercamiento a lo religioso: mi propio proceso de catequesis, y la afiliación a una revista parroquial italiana, llamada "El mensajero de San Antonio". Dicha afiliación fue cortesía de la conserje del edificio en donde vivía, una señora bastante mayor y, creo, beata; sin mayores obligaciones ni distracciones, dado que no estaba casada ni tenía hijos, volcaba toda su necesidad de familia hacia los inquilinos, y nosotros,por ser italianos y de la misma región que la conserje, teníamos rango de consentidos. La revista tenía cadencia mensual, y yo aguardaba con ansias su llegada, de manos del cartero. Según recuerdo, era bastante variada, y abarcaba, además del inevitable artículo piadoso que era el centro de cada número, en el cual se documentaba algún episodio de la vida de uno de los miembros del vasto santoral, temas de cultura general, deportivos, geográficos. Tenía su sección de humor y una de cartas al director, en la cual se ventilaban asuntos de la más variada índole. Yo mismo me inauguré en el género epistolar enviándole una misiva que contenía la siguiente pregunta: "¿Cuál es el origen de mi nombre?". Un par de meses después tuve la satisfacción de ver por primera vez mi nombre en un medio impreso.

Con respecto a mi catequesis, recuerdo dos ansiedades: la referente a la confesión, a pesar de que a esas edades no tuviera alguna cuota de pecados dignos de ese nombre, y el aspecto técnico de la materialización de la comunión, simbolizado en la ingestión de la ostia: ¿se podía partir, o era pecado?¿había que dejarla disolver sobre la lengua antes de deglutirla? Por supuesto, recuerdo las clases de religión previas al acto, y mi dedicación meticulosa al estudio del evangelio. En ese momento no cuestionaba nada, y todo lo que se me decía pasaba sin filtros a ocupar alguna parte de mi cerebro, desde donde controlaba y censuraba todos mis pensamientos y actos, no fueran a ser impuros. Creo que mi iniciación en el mundo religioso  fue el primer gran evento del que tengo memoria, desde los prolegómenos que incluyeron la elaboración de mi primer (y único, hasta los momentos) traje hecho a la medida por un sastre, hasta su cierre con una recepción en las entonces nuevas y elegantes instalaciones de La Casa De Italia. Curiosamente, de lo que no guardo grandes recuerdos es de la misa en sí.

En los meses siguientes a ese acto mi vida sufrió algunos cambios, el mayor de los cuales fue la mudanza hacia un apartamento mucho más grande, en el cual tendría mi cuarto propio (donde, todo hay que decirlo, cometería posteriormente uno que otro pecadillo venial, dentro del departamento de la carne). Fue un período agridulce, de aprendizaje sobre cómo enfrentar el desapego, la experiencia de hacer nuevas amistades, y la familiarización con las nuevas calles que formarían parte de mi vida cotidiana a partir de ese momento. Y también significó mi primer desencanto con la Iglesia. A partir de mi primera comunión, trataba de respetar el precepto de santificar las fiestas, e iba a misa regularmente. Uno de los padres que la oficiaba, en la iglesia a la que acudía. era un español alto y corpulento, cuyo ceceo era característico e inconfundible. Por su colosal aspecto ejerció una fuerte influencia sobre mí, y lo tenía por persona recta e incorruptible. Pues bien, un día estaba yo en el abasto, de espaldas a la puerta, tal vez tomando una chicha A-1 que acababa de sacar de la nevera, cuando escuché un castizo, que no casto, "¡Coño!", en una voz que no me era desconocida. Me volteé para constatar que quien había proferido esa gruesa expresión era el cura que tanto respetaba.

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