lunes, 24 de diciembre de 2012

Tortellini


El plato que asociamos en mi casa con la Navidad, con el 25 de diciembre en concreto, son los tortellini. En caldo, o más bien "in brodo", como se le dice allá en Italia (y en cada casa que haya tenido a algún italiano viviendo). Esa era una preparación elaborada únicamente por mi madre, quien no solicitaba (ni aceptaba) ayuda alguna. Nos limitábamos a comerlos, en largas comilonas que nos veían abandonar la mesa unas 4 o 5 horas después de habernos sentado a ella. Plato muy apropiado para mitigar los efectos de la bebida ingerida el día anterior, por cierto.

En octubre de 2.009 ella se nos fue, y el diciembre de ese año decidimos que debíamos mantener viva la tradición, tal vez la única italiana que nos queda en temas navideños. Y nos abocamos, la familia de mi hermana y la mía, a hacerlos. Sin experiencia previa, solamente con las cosas fragmentarias que cada quien recordaba. Reconstruimos la receta como si fuera un rompecabezas, muchas veces infiriendo o adivinando lo que no sabíamos. Lo abordamos como un trabajo en equipo: cada miembro de la familia (incluidos los novios de nuestras hijas) toma parte en el proceso de fabricación de esos diminutos pasteles rellenos. A partir de entonces, no hemos faltado nunca a la cita decembrina, y poco a poco fuimos adquiriendo mayor destreza en la labor, quedando cada vez mejores.

Este año los hicimos el día 23, bastante tarde, ya que diciembre se complicó. Pero nunca es tarde cuando la dicha es buena, reza el refrán. Con alegría, reguero de harina por toda la cocina, bebidas espirituosas a granel, risas y la eventual lagrimita que se escurre a traición. Y para prolongar la fiesta preparamos a última hora y fuera de programa "lasagnette", o como también se les dice, fettuccine, para cenar.

Por aquí dejo mi versión simplificada de la receta:

Ingredientes
Relleno:
-Pechuga de pollo (1 kg +/-)
-Mortadella (1/2 Kg.)
-Salchichón (1/2 Kg.)
-2 huevos
-Queso parmesano rallado
-Nuez moscada
-Pimienta
-Sal

Pasta:
1 1/2 kg de harina
15 huevos

Preparación:
Se muelen los tres primeros ingredientes, se depositan en un bowl, se añaden los huevos, el queso parmesano y la nez moscada. Se amasa cuidadosamente, procurando que se obtenga una masa homogénea. Se corrige de sal y pimienta.

Se amasa la harina con los huevos, en tandas de 300 gramos de harina por vez, utilizando un huevo por cada 100 gramos de harina. Una vez obtenida una masa que se despegue de las manos, se deja reposar por unos 15 a 20 minutos, pasados los cuales se extiende con la ayuda de un rodillo procurando obtener una lámina de pocos milímetros de espesor, mientras más fina mejor. Se recortan redondeles con la ayuda de una copa o un vaso, no muy ancho. Se deposita una cucharadita del relleno en el centro de cada círculo, y se cierra primero como una media luna y después se juntan los dos extremos. Se ponen los tortellini en una bandeja enharinada, para que se sequen. Una vez terminados, se pueden colocar en bolsitas plásticas para guardar en el congelador.

Para comerlos se debe disponer de un buen caldo de pollo; se pone a hervir, y se cuecen los tortellini en él; cuando salgan a flote ya están listos. Se sirven de 10 a 15 por comensal, y se acompañan con abundante parmesano. Y un buen vino, por supuesto.

Con las cantidades indicadas, obtuvimos 509 tortellini.

Nota: también se puede utilizar la máquina para estirar la pasta. Yo prefiero el método artesanal, no obstante: la textura queda menos lisa, y a mi entender más agradable.

Una pequeña galería fotográfica:








lunes, 26 de noviembre de 2012

Ciudad envenenada



La sucia polvareda que esta ciudad despide
narcotiza los sentidos,
enturbia el agua,
infecta el alma.

De su interior brotan gases que intoxican,
lodos ponzoñosos,
líquidos caústicos,
heces sulfurosas.

Quienes respiran el aire enrarecido no lo saben,
pero poco a poco se convierten en ciudad ellos mismos,
se funden con la urbe,
la imitan.

Y vomitan también ellos
-transmutados en palabras-
gases urticantes,
polvos contagiosos,
barros virulentos,
icores nauseabundos.

Entre nubes de smog viven sus días,
grises, iguales, tristes, artificiales.

Convertidos en guerreros del absurdo,
salen a defender colores desvaídos;
y en medievales justas compiten
para alcanzar un impreciso trofeo.

Parecen no darse cuenta de que hace rato
habitan la ciudad cadáver.
En cualquier momento vendrán los zamuros
a pelearse sus despojos.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Las nieves del tiempo



"Viejos: dícese de como los que tenemos 28 años vemos a cualquiera que ya pinta sus canas".

La definición anterior, por supuesto, no me pertenece. Es de la cosecha de John Manuel Silva, un muchachón rozagante y en la flor de la edad. Ojalá tuviera 28 años, con todo lo que sé ahora. Pero tengo 52, y pinto canas por lo menos desde que tengo 35. Al principio incipientes, pero en progresión primero aritmética y estos últimos tiempos, geométrica.

Son cosa curiosa, las canas: la gente deduce la edad de los demás en función a ellas. La mayoría de mis coetáneos todavía conservan el negror de sus melenas, aunque sospecho que algunos recurren a la química cosmética para lograrlo. Igotint al rescate. En lo particular me parece una necedad, y algo que eventualmente se descubre. No lo critico, después de todo cada quien es dueño de hacer con su cuerpo lo que le provoque. Pero nunca he considerado recurrir a ese tramposo expediente, pues de alguna manera me siento orgulloso de ellas, y corre la especie de que los hombres canosos somos "interesantes". Lo que sea que eso signifique.

Además sucede algo que representa una ventaja competitiva: las canas nos llevan al fabuloso mundo de la tercera edad, y a todos los beneficios que ello trae consigo. Al principio era chocante: eso de que a uno le ofrezcan un asiento de metro, o adelantarse en la cola del banco, parece insultante si se está apenas entrando a los cincuenta. Y como es natural, me resistía, con cierta indignación. Pero ya empieza a ser algo constante, y me lleva a dar explicaciones reiterativas sobre la falta de relación entre la edad y las canas, por lo menos en mi caso.

El último episodio me pasó este lunes: tenía que dejar una encomienda en Zoom, y llegué justo a la hora de apertura. Había una cola de gente esperando su turno, y estaban repartiendo números, de acuerdo a la capacidad de la agencia receptora. Como es lo lógico, me puse al final de la cola, esperando que fuera mi turno. Pero al llegar al frente de la persona que estaba dando los cartelitos numerados, ella me preguntó sobre mi trámite, se lo expliqué, y me dijo: "pase directo a la taquilla". En un primer momento pensé en rebelarme, y argumentar lo de siempre. Pero recapacité enseguida, pues vi que ya es imposible pelear contra el sistema. Con mi mayor cara dura me le coleé a las 30 personas que tenía delante, les prodigué mi mejor sonrisa, y en dos minutos estaba saliendo.

Sin el menor asomo de remordimiento.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Un sábado, tres eventos


Ayer tuvimos un día intensivo, en cuanto a propuestas culturales. Habíamos decidido atender tres invitaciones de gente amiga, disímiles entre sí y desperdigadas en términos geográficos y - afortunadamente - temporales. Cine, poesía y música configuraban el menú de actividades.



La primera cita estaba pautada a las once de la mañana, en el edificio Ambos Mundos, situado de Conde a Principal, y otrora sede del periódico El Universal. Una edificación vetusta, bastante venida a menos, pero con unos detalles arquitectónicos notables, tales como el piso de granito bellamente adornado y la escalera de broncínea baranda. Allí funciona la Escuela de Cine Documental de Caracas, y un gran amigo de tiempos remotos, Pedro Correa, cumple en ella funciones gerenciales, y produce, dirige y actúa - a veces - piezas cinematográficas de corte documental. Hace un año largo vimos allí la película Musiú, de Eliadys Sayalero, dedicada a la inmigración masiva de los años 50. Ayer le tocó el turno a una gesta muy poco conocida, pero descomunal y con visos demenciales, pero también heróicos: "Petit y Carmona, de Caracas a Washington". Es una historia fascinante: trata de un misterioso personaje - para mí pieza clave - llamando Jorge Roll, con visos mitómanos a mi modo de ver, que se decía de origen turco, y que llegó caminando a Caracas desde Buenos Aires en un «Raid» que debería conducirlo a Washington. Por el camino su grupo quedó desmembrado, y decidió recomponerlo con piezas venezolanas. Para ello convenció primero a un señor de apellido Szinetar (padre del conocido fotógrafo Vasco Szinetar), pero posteriormente éste declinó. Por último reclutó a dos personas del ambiente deportivo de ese momento (estamos hablando del año 1933) y que estaban ligadas al incipiente movimiento scout. Como es de imaginarse, la travesía fue una odisea terrible, a través de 10 naciones carentes de un sistema vial razonable. Una de las partes más dramáticas de la historia cuenta el paso entre Colombia y Panamá, por la zona de El Chaco, una ciénaga permanente ya que se trata de uno de los sitios más lluviosos del planeta. En un momento determinado del viaje, Jorge Roll desaparece sin dejar rastro, por lo menos documentado; Carmona y Petit, por asuntos de nacionalismo - pues el primero era ciudadano español - se separan un tiempo; en fin, no es mi interés contar toda la película, pero se las recomiendo, sobre todo a aquellas personas interesadas en la historia. El esfuerzo documental fue titánico, ya que se tuvo que reconstruir la travesía con miles de recortes de periódico, entrevistas y anotaciones en diarios, desperdigados a todo lo largo del país. Cabe decir que un material que hubiera sido valiosísimo para el proyecto quedó sepultado entre los escombros del edificio Mijagual, derrumbado en el terremoto del 67.Un gran trabajo de la Escuela de Cine Documental, mi aplauso para ellos.



En segundo término asistimos al encuentro: «¡Lo cortés no quita lo valiente!  La urbanidad de Caracas en tiempos de jolgorio privado y deterioro público. ¿Carreño al rescate?», en su cuarta edición. Iniciativa de «Una sampablera por Caracas», de Daniela Pettinari y Nelson de Freitas en conjunto con «La parada poética», de Georgina Ramírez. Se trata de un evento que combina la poesía con reflexiones sobre el ser urbano y la cotidianidad, en el cual participan politólogos, filósofos, sociólogos y por supuesto poetas, los cuales después de sus lecturas y disertaciones entran en franco diálogo con el público presente. Ayer, en el grato espacio que representa la Plaza Los Palos Grandes, el ágora, que debiera ser sitio de encuentro permanente por excelencia de los ciudadanos, se dieron cita Héctor Caldera, Joaquín Ortega y Erik del Búfalo. Cada quien con su visión, trataron de explicar el fenómeno urbano y las razones del deterioro actual. Con apreciaciones disímiles pero a la vez complementarias, en las cuales no estuvo exenta la polémica, armaron parte del rompecabezas urbano. Al tiempo que hablaban, unos dibujantes urbanos iban documentando gráficamente el hecho, y al final expusieron sus trabajos para que los presentes los admiraran y fotografiaran.


Ya eran las seis de la tarde, y el tiempo se nos estaba haciendo corto pues la próxima etapa de nuestro periplo comenzaba a las 6:30, en Los Galpones. Allí mis amigos Maria Teresa Jiménez y Lorenzo Leal presentaron su obra «Rastrojos», una pieza para arpa y música electroacústica compuesta por Lorenzo y acompañada por un video armado a partir de unas hermosas fotografías tomadas por Maritere. Su presentación estuvo enmarcada en el concierto «EL sutil sonido de las plumas», organizado por la profesora Adina Izarra. Fue una experiencia enriquecedora, ya que se trataba de la armoniosa unión de dos elementos aparentemente disímiles como la música electrónica - o electroacústica, más bien - con los sonidos de la naturaleza representados por trinos de una innumerable variedad de pájaros. El evento, además, nos sirvió para apreciar un instrumento musical jamás visto antes por nosotros, la tiorba. Tiene catorce cuerdas, un mástil de un par de metros, y dos clavijeros, uno a la mitad y el otro al final. De gran sonoridad y supongo de gran complejidad en su ejecución. Tuvieron el detalle de obsequiarnos el libro «Canto electroacústico: Aves latinoamericanas en una creación colaborativa», que explica a detalle el movimiento que da origen a este género musical, sustentado en herramientas tecnológicas, como indica la contratapa del libro.



Caracas, si uno tiene la paciencia de buscar, es capaz de brindar esparcimiento de calidad. El día de ayer fue muestra de ello. Tiene su precio, por supuesto. No monetario, pero sí medible en términos de tiempo e incomodidades, sobre todo si se debe utilizar el transporte público, como nos tocó a nosotros para asistir al primer evento, y de regreso lidiar con un sistema metro colapsado por el gentío y la eventualidad de un arrollamiento; pero es un precio pagable, en definitiva, y que permite hacer contacto con la urbanidad en su más amplio sentido: en lo bueno y en lo malo.

domingo, 11 de noviembre de 2012

Pink Floyd y Queen, un tributo venezolano




Ayer sábado 10 de noviembre se llevó a cabo el evento musical destinado a rendirle tributo a dos de las más legendarias bandas de rock que hayan existido, Pink Floyd y Queen. El concierto fue ejecutado por la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, acompañada por la Sinfónica Teresa Carreño, el Coro Juvenil Simón Bolívar y los Niños Cantores de Venezuela, con la dirección del Maestro Alfredo Rugeles.

Aunque la hora pautada era las 6:00 pm, conociendo la fama de los conciertos ofrecidos por la Orquesta de Rock Sinfónico nos presentamos al lugar en donde iba a llevarse a cabo, la Sede de las orquestas y coros infantiles y juveniles de Venezuela, en Quebrada Honda, cerca de las dos de la tarde, y ya había una importante cantidad de gente en cola. Íbamos preparados mentalmente para ello, por lo cual, cuando alrededor de las 3 de la tarde nos hicieron pasar en orden al recinto, fue una agradable sorpresa. No es lo mismo hacer cola a la intemperie que en un lugar techado y fresco, por supuesto. Hicimos dos tramos de cola: uno en la planta baja del edificio, esperando por la entrega de las entradas, y la segunda parte ya a las puertas de la sección del teatro que nos tocó en suerte. Vale decir que pesar del madrugonazo nos tocó  el sitio más recóndito, el balcón.

La hora larga que transcurrimos en esa segunda parada fue recompensada por la hermosa vista que se puede apreciar: con el Parque Los Caobos en primer plano, se tiene una visión panorámica tanto hacia el este como hacia el oeste de la ciudad, y aprovechamos el tiempo muerto para disfrutar el paisaje y tomar algunas fotografías.

Cerca de las cinco nos permitieron entran al recinto, y nos condujeron a los asientos señalados en los boletos que nos habían entregado antes. Allí tuvimos tiempo de apreciar a nuestras anchas el teatro por dentro. Es una joyita: todo revestido de madera, con paneles acústicos por doquier, la tapicería de los asientos remedando una obra cinética,y el principal atractivo, un gran órgano de tubos presidiendo el escenario, ocupando casi por completo la pared de fondo.

Cuando faltaban unos minutos para las seis el público comenzó a impacientarse y a aplaudir en procura de que salieran los músicos. Eso no ocurrió sino hasta las seis pasadas, apareciendo en primer lugar el coro infantil, que se ubicó en los laterales del escenario, en un piso elevado; a continuación fueron saliendo los músicos de la Sinfónica Juvenil, después los miembros de la banda y por último, tras unos cuantos minutos de tensa calma, lo hizo el Maestro Rugeles. La ovación respectiva, o más bien la primera de las tantas, se hizo escuchar.

A la entrada nos habían obsequiado el programa, por lo cual ya conocíamos el "set list". El concierto arrancó con una genial adaptación de "Shine on your crazy diamond". La sonoridad y la riqueza del arreglo fue impresionante, así como la interpretación vocal de Elizabeth Evtushenko, quien además se lució con uno de los solos de saxofón que contempla la pieza. A continuación una descalza Shankara Salazar interpretó "Love of my life"; me resultó muy intimista.

El concierto continuó con otros grandes temas de las bandas; me pareció que el gran esfuerzo que habían efectuado al principio se estaba diluyendo un poco, y que el show había perdido algo de ritmo o más bien se había apaciguado, cuando entraron los acordes de Innuendo: para mí, uno de los puntos más altos del concierto. Esa canción pertenece a un período de Queen que no es de mis favoritos, y practicamente era desconocida para mí; tal vez por ello me deslumbró su riqueza musical, descollando los solos de guitarra y la buena intervención de Diego Camus, responsable del canto. Posteriormente en "The great gig in the sky" las señoritas Elzabeth Evtuschenko, Shankara Salazar y Greycer Hernández hicieron gala de sus cualidades vocales con los gorjeos que impone la pieza.

Otro de los momentos grandes del concierto fue el de la interpretación de la pieza tal vez más conocida de Pink Floyd, "Another brick on the wall Part II". Angel Ricardo Quiñones tenía embuido el espíritu de Gilmour: su guitarra no dejaba nada que desear, y si se cerraban los ojos no se hubiera podido decir si era él o David el que estaba tocando. De lujo el solo de batería de Carlos Guevara, tal vez el músico más aplaudido de la noche y felicitado personalmente por el Maestro Rugeles. Vale decir que el Maestro parecía estar gozando un mundo dirigiendo esa parranda, se notaba sumamente entusiasmado. Los niños del coro tuvieron su participación en esa canción, pero no se les escuchó con mucha claridad; tal vez estaban algo cohibidos por la multitud o no tuvieron la amplificación necesaria para oirlos mejor.

La conocida pieza "Barcelona", que fuera dada a conocer inicialmente por el duo Freddie Mercury-Montserrat Caballé, fue interpretada por Ninoska Camacaro y Nelson Requena. Me impresionaron gratamente sus condiciones vocales puestas a prueba en tan comprometedora pieza, dada la jerarquía de sus intérpretes originales. Sobre todo me gustó la potencia de Ninoska, una gran voz a mi entender.

El último tema "oficial" fue "Bohemian rhapsody", un tiro al piso en cuanto a la escogencia pero una apuesta arriesgada por la dificultad de las partes vocales. La responsabilidad se le endilgó a Shankara Salazar, quien salió ataviada "a la Mercury", con una capa y una corona, y cantó sentada de frente al público, añadiéndole histrionismo a su interpretación. La pieza salió bien parada, y los aplausos no se escatimaron. Pero el show no terminó allí, el "encore" fue la ya acostumbrada interpretación de "Smoke on the water", que le permitió a los músicos de la banda sacudirse el yugo del director, quien había manejado con mano férrea el espectáculo hasta ese momento, y nos regalaron el momento rockero de la velada, descollando la gran interpretación de guitarra de Quiñones.

Si bien en general me pareció un gran concierto, hubo algunos aspectos débiles y tienen que ver con los cantantes. La vara la tenían sumamente alta, sobre todo en las canciones de Queen, ya que la grandeza de Freddie Mercury es indiscutible, y poder salir airosos en la comparación es bastante cuesta arriba. Habían pasajes en los cuales parecía no llegarles la voz. Pero tienen a favor su juventud y sus ganas de superación, no tengo dudas de que cada vez lo harán mejor.

En definitiva, si aprecian la buena música y no les disgusta el matrimonio entre el rock y lo académico,  no se pierdan los conciertos que ofrecen estos excelentes músicos venezolanos; no saldrán defraudados.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El país de los atajos



Mi centro de reclusión, de lunes a viernes y de 7:00 AM a 5:30 PM, queda en la Urbanización San Luis, de El Cafetal. Un sitio tranquilo, rodeado de colinas verdes salpicadas a ratos con una que otra construcción, fresco y silencioso.

El único detalle que viene a romper la armonía del lugar es el colegio que está situado justo al comienzo de la avenida principal, que provoca un gran atascamiento a la hora de entrada de los muchachos, las 7 de la mañana. Todos conocemos la dinámica: por lo general cada padre lleva a sus hijos (o a su hijo) en el vehículo, se estaciona frente a la entrada del centro educativo, espera a que se bajen, y hasta que no los ve entrando sanos y salvos al interior del mismo no se va. Eso provoca que el tránsito se convierta en un lentísimo Vía Crucis, que dependiendo de la acuciosidad de los padres de turno puede durar hasta 15 minutos desde el semáforo de entrada a la urbanización hasta mi sitio de llegada, una distancia de un kilómetro aproximadamente.

El "efecto colegio" ocasiona que el Bulevar Raúl Leoni también colapse en ese tramo, con los carros que deben entrar a la urbanización. Ahora bien, si conocen esa arteria vial habrán notado que paralelas a la vía principal existen algunas calles de servicio que permiten el acceso y la salida de los edificios ubicados a lo largo del bulevar. Justo antes del semáforo de San Luis existe una de esas calles, y es particularmente larga. Ya se ha vuelto costumbre que algunos vehículos conducidos por personas totalmente desconsideradas esquiven el tráfico del bulevar utilizando ese atajo. Hoy fue el colmo: ya había tráfico en esa calle de servicio, y el consiguiente retraso en donde empalma con el bulevar. Esas personas, con tal de ahorrar unos minutos, ocasionan que los que no andamos con esos subterfugios perdamos más tiempo del necesario. Es un desprecio, una desconsideración total y absoluta hacia los demás ciudadanos; es el triunfo del yo sobre el colectivo.

Estando en esa situación, esta mañana, me di cuenta de que es un reflejo de la realidad nacional. Para todo existe un atajo: en el tráfico, en las diligencias, en las colas para adquirir entradas ya sea del metro, o de algún espectáculo. En horas pico los motorizados andan a toda velocidad por las aceras, y los peatones deben apartarse para no ser atropellados. Parafraseando a Carujo, pareciera que el mundo es de los vivos.  En cualquier circunstancia siempre habrá alguien quien considere su tiempo más valioso que el de los demás, y busque la manera de adelantarse. Si hay un resquicio aunque sea mínimo para deslizarse y ganar unas cuantas posiciones, será utilizado. Al límite, agotados los pasadizos, se impone la fuerza: si soy más fuerte que tú paso primero, aunque tengas horas esperando. Lo que me preocupa es que cada vez son más; tal vez dirán que si lo hacen otros, ¿por qué no ellos? Creo que es una de las tantas maneras como vamos perdiendo civilidad. Si no tenemos un policía vigilando, cometemos abusos, tan sencillo como eso. Pero no existen tantos policías en el país, lamentándolo mucho. Si no se emprende alguna iniciativa, a la larga, cansados del abuso, todos nos volveremos abusadores, y el país terminará de colapsar. Si es que a esta hora no colapsó ya.

martes, 6 de noviembre de 2012

Alias Rosita


No soy consumidor de televisión. Hace algunos años cambié la diversión que me suministraba la caja boba por la de otro aparato, que tiene ínfulas de inteligencia. Es por ello que el nombre de Rosita no significaba nada para mí, hasta que empezó a formarse el revuelo de su escandaloso caso en las redes sociales. Poco a poco me fui montando un imaginario sobre esa muchacha, con los retazos de información que recogía involuntariamente por allí. En la mañana, camino al trabajo, César Miguel Rondón me informa puntualmente sobre las vicisitudes por las que pasó la "bomba sexy" el día anterior: que si le dio una subida de tensión, que si le objetaron los fiadores, que si salió dándole vivas a la revolución con su gorrita de Podemos. A través de Twitter leo los comentarios de una horda de seguidores y de detractores de la muchacha, que la hacen oscilar entre el fango y la gloria.

Su nombre verdadero, Jimena Araya,   podría presumir de cierta alcurnia, y no desentonaría como apelativo de un personaje protagónico de telenovela. Rosita, por otra parte, se lo ponen a los personajes de menor escalafón en esos medios. Tal vez como Jimena Araya hubiera podido seguir la misma senda que antes recorriera otra "bomba sexy", como Diosa Canales; total, atributos no le faltan, para nada. Pero el destino le encasquetó el Rosita, y se le torcieron las cosas. Terminó enredada con un "Pran", con todo el peligro y el estigma que eso significa. Y allí comienza a funcionar la imaginación: fiestas mil y unanochescas entre las rejas de la prisión, bailes eróticos, sexo desenfrenado, plenitud de alcohol y otras sustancias, secretas humillaciones, quien sabe si pasión real. ¿Cómo terminó enredada de esa manera una muchacha que hubiera podido tener otra vida, si hubiera jugado sus cartas de forma diferente? Eso por supuesto se puede solamente especular; lo cierto es que por los momentos está confinada a una celda, a la espera de alguna medida cautelar que la ponga en libertad por lo menos condicional, mientras que el "Pran" causante de todas sus peripecias anda libre.

Quién sabe si en un arranque de heroísmo, copiado de los folletines del siglo XIX, el "niño Guerrero", como se conoce al "Pran", intente un desesperado rescate de la dama que por su causa está presa. Apuesto por lo contrario: el romanticismo está divorciado de la cruda realidad contemporánea. Pero cierto espíritu literario y romanticón que de vez en cuando se instala en mi interior se sentiría complacido al saber de la redención del Pran al tratar de rescatar, en una orgía de sangre y fuego, a la muchacha que cayó en desgracia por su culpa. Y ver posteriormente la lectura de un director de cine de este episodio de la farándula criolla. Tarantino, preferiblemente: su estética se casaría a la perfección con los acontecimientos.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Hatillarte 2.012, o como divertirse barato en Caracas.

Este sábado recién pasado, 3 de noviembre, después de los días de santos y muertos, El Hatillo ofreció la primera de dos jornadas dedicadas a su evento anual de arte, Hatillarte. La promesa era arte en la calle, con propuestas de teatro, danza, música y exposición de obras; un circuito de galerías, algunos "conversatorios" (palabreja antipática como pocas) y un circuito gastronómico. Por lo menos eso reza el folleto que nos entregaron al llegar a la plaza de El Hatillo. Lo que voy a describir a continuación no tiene pretensiones de crítica de arte, pues soy solo un observador casual y desprevenido sin formación en ese campo, solo sé si algo me gusta o me disgusta y en ese sentido voy a escribir lo que sigue.

Nos acercamos al lugar cerca de las seis de la tarde; creíamos que nos esperaba un caos automotor, dadas las características conocidas del Hatillo en cuanto a movilidad y disponibilidad de lugares para estacionar. Tuvimos una agradable sorpresa al no tener que pagar ese primer peaje, pues la cosa estaba bastante suave. Gracias a las proverbiales artes ocultas de mi esposa, quien tiene un conjuro especial para conseguir puesto en cualquier sitio, y que no voy a revelar aquí, encontramos un lugar "se lo cuido bien cuidaíto, señor, pero por favor regáleme algo primero" justo donde termina la bajada para llegar al centro comercial, frente a un restaurancito. "¿Van para el festival? Eso está bien bonito" nos dijo el cuidador de carros trastocado en improvisado guía turístico. Supongo que algo de orgullo debía sentir. Comenzamos nuestra caminata, que fue interrumpida justo antes de llegar a la Plaza Bolívar por una intervención formada por centenares de ligas de colores atravesadas de acera a acera; era una especie de penetrable elástico. Pagamos la novatada, pues por la acera elevada del lado izquierdo hubiéramos podido esquivar el obstáculo, sin embargo logramos sortearlo y pudimos arribar a la ágora (se me acabaron los sinónimos de plaza, dispensen). Nos habíamos citado con uno de los artistas que tenían obras expuestas, el pintor Guillermo Ferrer, mi cuñado para más señas, en un puesto improvisado frente a un restaurant en donde estaban vendiendo cervezas, vino y unos sandwiches de "porchetta" (lechón, en italiano) con las "porchettas" (pronúnciese porquettas) expuestas sobre unas bandejas, exhibiendo su última sonrisa. Eso era en la Calle La Paz, en donde estaban colocadas en medio de la vía varias esculturas de autores venezolanos, entre otros Dora Gabay quien presentaba unas estatuas representado figuras femeninas de tamaño real. Nos armamos de nuestras respectivas cervezas - ya se sabe que el arte sin licor no se puede apreciar a cabalidad - para dirigirnos a la Casa de la Cultura, situada debajo de la plaza, en donde estaba exhibiendo mi cuñado un cuadro de su serie de Ávilas contemporáneos. Junto a su obra estaban propuestas de varios pintores, tanto de vertientes figurativas como abstractas. En general fueron de mi agrado salvo algunas demasiado naif, género que no termina de gustarme.

De allí salimos a la calle, a ver y escuchar una banda de metales que estaba interpretando música popular. Pudimos observar a la alcalde Di Nascimento echar un pie como tantos otros ciudadanos. Me gustó ver que en ningún momento tomó la palabra, no se si lo habrá hecho cuando no la estábamos viendo pero espero que no haya sido así: estos eventos no son para que hablen los políticos. En la plaza habían varias manifestaciones artísticas, predominantemente esculturas: caballos, árboles, un ciclista, una payasita, una calva desnuda... todas piezas de gran tamaño y de buena factura. En una casa situada en la esquina superior izquierda de la plaza la gente de Pomar estaba ofreciendo una cata de sus vinos, junto con unas obras de reconocidos artistas venezolanos que se inspiran en los caldos de Pomar, y un simpático espacio para que la gente diera rienda suelta a sus habilidades artísticas, en un gigantesco lienzo con decenas de siluetas de botellas para pintar. Salimos del lugar con nuestras copitas plásticas de recuerdo, después de haber saboreado un tempranillo, y seguimos nuestro deambular. En la esquina de la plaza allende a la iglesia estaba tocando un trío de jazz, y nos quedamos escuchando un rato. Después proseguimos hacia la esquina diagonal inferior (esto ya se parece a una clase de geometría) y allí vimos lo que más me gustó en materia musical: el cuarteto acústico Desensamblados, como lo dice su nombre cuatro jóvenes músicos (guitarra & flauta, cuatro, bandola y percusión) que estaban tocando una fusión que a ratos sonaba a Jethro Tull, otras veces a blues pero definitivamente era música criolla; cabe destacar un gran solo de cuatro que provocó aplausos efusivos.

Quisimos explorar un poco y nos alejamos del centro neurálgico de la actividad, pero no encontramos mucho más, salvo una muchacha disfrazada a la usanza del Halloween promocionando un restaurant de comida euroasiática (¿?). Por último, apreciamos danza contemporánea en la calle. No voy a dar mi opinión al respecto pues la danza no está dentro de mis gustos. También aprovechamos para tontear y sacarnos algunas fotos políticamente incorrectas; conocimos a un extraño personaje que se enamoró de mi franela pues decía "Vintage", actividad a la cual se dedica esa persona, y nos tomamos unas fotos con él también.

Tengo sentimientos encontrados con respecto a este festival. Por un lado, es una ocasión para salir de la rutina que nos agobia, de pasear de noche sin estar viendo para los lados, de ver arte, de escuchar música, de compartir con los ocasionales amigos que nos encontramos en la vía. Pero por el otro me quedó sabor a poco. No se si ya el experimento, para mí, empieza a dar síntomas de agotamiento, o sencillamente se me olvidó como divertirme. Lo cierto del caso es que, vistas todas las opciones, nos sentamos un rato en la plaza a ver los niños jugando, nos miramos a las caras que decían, sin pronunciar palabras, "vámonos ya", y eso hicimos. Tal vez sea imposible, pero me hubiera gustado un poco más de información, tal vez una gran pizarra que indicara las atracciones (supongo que nos perdimos varias) y los horarios de las presentaciones. El folleto que nos obsequiaron tiene bastante información, pero para mi no fue práctico desplegarlo y examinarlo. Pero a despecho de lo escrito antes, felicito a los organizadores pues tanto la seguridad como el orden y la limpieza fueron protagonistas del evento.

A continuación, una pequeña muestra fotográfica:

















miércoles, 10 de octubre de 2012

¡Las zonas rurales, estúpido!



Domingo 7 de octubre, en horas de la noche. Jorge "Sonrisita" Rodríguez, acompañado por el alto mando del Comando Carabobo, le sale al paso a las declaraciones emitidas previamente por el Comando Venezuela. Entre otras cosas, dice lo siguiente: "en este momento están votando los pescadores y los campesinos de la patria". Vale decir que habían pasado un par de horas desde el momento oficial de cierre de mesas.

Ayer La Patilla publicó este interesante artículo, que me hizo caer la locha: hay un país que no conocemos y mucho menos controlamos, el rural. Los números son impresionantes: Chávez obtuvo una diferencia de 1.153.447 votos, casi la ventaja con la que ganó las elecciones. Esto se presta para todo tipo de suspicacias, y no quiero con esto alimentar la tesis del fraude sino alertar sobre una situación que parece no haber sido analizada a conciencia por la oposición. Se nos dijo a saciedad que el 100% de las mesas estaban cubiertas por testigos del comando Venezuela. Yo me pregunto en primer lugar si esa aseveración es completamente cierta, y en segundo si esos testigos tuvieron el apoyo suficiente para poder frenar situaciones irregulares. Porque, y me remito a las declaraciones de Rodríguez, ¿Qué hacían miles de personas votando a esas horas? ¿Estarían en cola antes de que cerraran los centros, o fueron acarreados a última hora, con el objetivo de revertir unos resultados adversos? Llevando el escepticismo al límite, ¿habrán existido realmente esos votantes o fueron votos artificiales? Porque si nos ponemos a malpensar es muy sencillo forjar votos, basta que haya connivencia entre los miembros de las mesas para poner a votar virtualmente a todo el cuaderno de votación. Sin que de ello resulten irregularidades numéricas.

Por otra parte, queda el asunto del REP. ¿Se habrá auditado suficientemente, en lo concerniente al medio rural? ¿Votarán todos los que son, no estará inflado con personas inexistentes o extranjeros cedulados a convenciencia?

Pero, lo digo de último pero es lo más importante, más allá de las suposiciones e inferencias que se puedan hacer existen los números fríos y crudos: hay un enorme patrón electoral que no se identifica con la oposición. Se hizo un extraordinario esfuerzo para llegar a todas las ciudades del país, pero parece que quedó corto el contacto con las zonas más desasistidas, que suman y por lo visto son decisivas para ganar o perder una elección. Creo que todos nos dejamos alumbrar por la contundencia de las marchas en las grandes ciudades, y pensamos que ganábamos de calle. Pero desestimamos el medio rural, y éste pasó su factura. Queda como aprendizaje: tal vez el casa por casa deba empezar por allí, más que por las ciudades y pueblos más grandes. Es una labor de hormiguita, pero puede dar mejores resultados.

martes, 9 de octubre de 2012

Venezuela, más de 50 años comprando ilusiones

Historia tragicómica, la de la Venezuela Republicana. Comenzó con una gesta comandada por los hijos de españoles que se rebelaron ante el poder de sus ancestros y decidieron que podían manejar el país ellos solitos sin la tutela de la Madre Patria. Después de una guerra fraticida (ya que los soldados eran reclutados a la fuerza tanto por realistas como por patriotas) que duró alrededor de 10 años, se logra consolidar la independencia, y poco tiempo después nos separamos de la Gran Colombia, sueño de Bolívar, para emprender en solo la administración de ese pedazo de terreno de 912.050 Km2 (como me lo enseñaron en el colegio, no sé por donde andarán las medidas hoy en día).

Durante los primeros 150 años de ese proceso, el venezolano de a pié poco o nada tuvo que ver con las decisiones que se tomaban, salvo en muy contados momentos en los cuales se tuvo la oportunidad de participar en unas elecciones directas, como la de Rómulo Gallegos (quien fuera luego defenestrado aparatosamente por sus antiguos aliados de golpe). Pero a partir de 1958 cae el último dictador (o más bien decide que ya está bueno y se larga a disfrutar de un merecido retiro en España) y el venezolano vota. Así comienza la compra de ilusiones, alternadas: 10 años adeca, 5 años copeyana, otros 5 adeca, y así hasta llegar a la ilusión chiripera, de 1993.

Pero llega 1998, y aparece una nueva clase de ilusión, aderezada con aromas socialistas y ofrecida por un habilidoso ilusionista. Parece que esta es la clase de ilusión que mejor le acomoda al venezolano, pues lleva 14 años consumiéndola y acaba de reelegirla por 6 años más, para llegar a unos fastuosos 20 años de lo mismo. No podemos dejar de admirar la capacidad hipnótica del individuo, quien dice con gran desparpajo que no importa que se ande desnudo, ni que se pase hambre, con tal de que se consolide su acto. Parece que con cada estropicio que comete su troupe, crece su prestigio. Como resulta de este poder de encantamiento vimos casos sorprendentes en esta última preventa: el del municipio Judibana, adyacente a Amuay, en donde el encantador obtiene el 60 por ciento de la taquilla, a escasas 4 o 5 semanas del accidente más grave en refinería alguna en los últimos 50 años, con saldo de decenas de víctimas, por falta de mantenimiento o lo que viene siendo lo mismo, negligencia. O el del estado Zulia, castigado con la colocación de un infame chip para regular la venta de gasolina, cosa que implica asumir que todos los zulianos son contrabandistas. Pero en general todo el país manifestó su intención de seguir observando el mismo acto que lleva 14 años en cartelera, con pocas atracciones nuevas. Se ve que al venezolano le gustan las repeticiones.

En democracia la mayoría gana. Los que somos minoría tenemos tres alternativas: sumarnos a la comparsa haciendo de tripas corazón y montarnos en el carrousel de misiones, a la espera de la generosa dávida; marcharnos hacia un destino que nos parezca más coherente con nuestra manera de pensar; o quedarnos haciendo contrapeso, en procura de que eventualmente el ilusionista pierda su encanto, las masas lo abandonen y aparezca un nuevo acto. Ninguna de las tres opciones es fácil de tomar,pero no avizoro ninguna otra; si alguno de ustedes la ve, le agradezco me ilumine.

sábado, 29 de septiembre de 2012

La fotografía


La infancia es una de las etapas más breves de la vida, superada apenas por la adolescencia, pero es también la que más recuerdos nos permite atesorar, tal vez porque son los primeros en aparecer y de alguna manera quedan mejor grabados que los demás. La mía transcurrió en Bello Monte, cuando era una urbanización de lo que se consideraba el Este de la ciudad; un lugar muy tranquilo, con escasa circulación de vehículos, de muchas casas y pocos edificios, los cuales para ese momento eran relativamente nuevos. Nosotros vivíamos en uno de ellos, en un quinto piso. De la ventana del cuarto de mis padres se podía apreciar una hermosa vista, hacia las colinas del sur, y en primer plano teníamos la casona de lo que era la hacienda Casanova, antes de transmutarse en urbanización. Era una hermosa casa, situada en el tope de una pequeña elevación. Recuerdo algunos detalles: un gran portón de entrada, el cual estaba la mayoría de las veces abierto, de considerable altura, como para consentir la entrada de carruajes tirados por caballos; un letrero con el nombre "Bel-mount", clavado del piso; un césped correctamente mantenido. 



Un día mi padre recibió de su natal Italia un paquete; lo desenvolvió con mucho cuidado, y apareció ante nosotros una cámara fotográfica, alemana por supuesto. Una de las primeras tomas que fotografió esa cámara fue el paisaje desde la ventana del cuarto, con la casa como motivo principal. Esa fotografía fue protagonista de un hecho cuanto menos curioso. Dada mi afición por la iconografía de la ciudad, a mediados de la década pasada empecé a participar en un foro virtual denominado Viejas Fotos Actuales, en donde las personas colgaban imágenes de la Caracas de antaño para que la comunidad las comentara, y en ocasiones adivinara la ubicación real de la foto; una especie de trivia. Al principio fui bastante pasivo, y me contentaba con mirar y leer; pero al cabo de un tiempo, recordé la imagen mencionada anteriormente y me animé a subirla al sitio. No puse mayores detalles, para que fuera objeto de análisis por parte de los foristas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando una persona, el arquitecto Ricardo Rodríguez Boades, colocó el siguiente comentario: "esa foto fue tomada del quinto piso del Edificio Humboldt, en Bello Monte". Fue algo espeluznante, ya que lo que indicaba era totalmente cierto: como es lógico, procedí a preguntarle la razón de su afirmación. Resulta que su madre había sido íntima amiga de nuestros vecinos de piso, y Ricardo, quien es unos cuantos años mayor que yo, frecuentaba a menudo el edificio. 

Este episodio funcionó como un catalizador de recuerdos: puse a ejercitar la memoria, y gran parte de mi niñez, que tenía años sin repasar, comenzó a desfilar en mi mente; las cosas buenas y los momentos ingratos, por igual. A partir de ese momento comencé a hurgar en los archivos (léase cualquier caja de zapatos, cualquier bolso, cualquier maleta vieja) en la búsqueda de documentación de mi infancia. No he encontrado mucho más material, para mi consternación; apenas una que otra foto, que me permite reconstruir una historia fragmentada, como colcha de retazos. Me toca conformarme con los recuerdos que me van quedando, y escribirlos así, a pedazos, para que pueda volver a recordarlos cuando los haya olvidado por completo. 

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Pentimento



Un edificio se asoma al bulevar, encajonado entre una feria de comida rápida y otro inmueble que, como él, conoció mejores tiempos. Tendrá unos 4 o 5 pisos; en su lado derecho posee unos balconcitos que hablan de la ficción del desahogo, espacios en los cuales rara vez se ve a alguna persona oteando el horizonte. En uno de ellos subsiste a duras penas una mata, seguramente una sábila, planta que aguanta largas épocas sin necesidad de cuidados particulares: el agua que de vez en cuando le cae del cielo es suficiente para prolongar su vida. Del lado izquierdo, en cambio, la edificación cuenta con unas pequeñas ventanas, que cumplen con la misión de secar la ropa. En los días de lavado se puede hurgar en la intimidad de sus habitantes, a través de la colorida exhibición de ropa interior y demás prendas de vestir. En la planta baja del edificio, al lado de la minúscula puerta que permite el acceso a los pisos superiores, hay un espacio destinado al comercio; actualmente una panadería lo ocupa, y en ella satisfacen su apetito centenares de personas que transitan a diario por esa zona, situada en el extremo este del bulevar. Un negocio modesto, sin mayores pretensiones más allá de servir de escusa para una pausa en el trajinar diario. Pero no siempre fue así; un detalle al desgaire señala que ese lugar tuvo un pasado glamoroso, un indicio que habla de elegancia y poderío económico. En pintura se le dice "pentimento" a una imperfección, un detalle que deja el pintor, semioculto, en alguna de sus obras. Algo así como un guiño hacia los espectadores más acuciosos. Nuestro edificio tiene un pentimento: si se mira con cuidado, encima del ajado mármol que cubre la fachada del  inmueble, se puede observar la huella de unas letras que estuvieron allí durante mucho tiempo, hace décadas. Eran letras de bronce, de tipografía sobria y elegante. Esas letras, o más bien la sombra que dejaron como constancia de su presencia por estos lares, componen las palabras "Rolls Royce".

domingo, 2 de septiembre de 2012

Un sábado cualquiera: Por el medio de la calle y Sibeliusfest




¿Quién ha dicho que en Caracas nunca hay nada que hacer? En estos últimos tiempos la ciudad se ha vuelto pródiga en eventos de calle, llamados a que la gente tome los espacios públicos, ofertas diversas de manifestaciones artísticas - musicales, teatrales, artes visuales o todas las anteriores - marcadas, eso sí, por el signo más característico de las autoridades, el "operativo".



Ayer primero de septiembre las propuestas abundaron: Chacao ofrecía su despelote anual organizado, Por el medio de la calle; en el estacionamiento de El Nacional montaban las tarimas del Nuevas Bandas, y en el Centro Cultural Chacao Philipp Scheer tomó el teatro para su evento de promoción de talentos emergentes en el instrumento rey del Rock, la guitarra eléctrica. Temprano en la mañana habíamos comprado las entradas para el concierto que culminaría esa jornada guitarrera, y a las 5:00, ya con el carro estacionado en el Lido, decidimos acercarnos al casco de Chacao para participar aunque fuera de soslayo de la fiesta urbana que se estaba escenificando en las variadas estaciones que componían la convocatoria callejera.


Como el Lido queda bastante lejos de La Castellana, adonde queríamos comenzar nuestro paseo, optamos por utilizar el transporte superficial. Abordamos una camionetica, conducida por cierto por una dama, y en unos 10 minutos nos bajamos en plena Francisco de Miranda para dirigirnos hacia la plaza Isabel La Católica, en donde una gran tarima hacía prever que la música iba a ser la atracción fundamental en esa estación en particular. La plaza estaba tomada por cientos de adolescentes, que charlaban, reían, y algunos bailaban al compás de la changa tuki que sonaba por los parlantes; en la orilla de la plaza unos simpáticos promotores obsequiaban Doritos a los asistentes. No nos quedamos mucho tiempo pues el mismo apremiaba, y tomamos hacia la calle Urdaneta, la que culmina en el Mercado Municipal de Chacao. Allí vimos algunas instalaciones, en particular la del balcón emblemático del cual colgaban varios artefactos, y en donde seguramente iba a producirse un performance más adelante; en una esquina unos muchachos terminaban de montar un gran móvil. Subimos hacia la avenida principal, y allí observamos tres propuestas: dos de artes gráficas, para llamarlas de alguna manera, y una musical, denominada "La liga del rock", en donde varias bandas iban a alternarse. Volvimos a llegar a la plaza La Castellana, y ya estaban tocando Los Telecaster. Continuamos nuestro paseo, y en la esquina frente a Fridays observamos una instalación denominada "Río iluminado", un montaje de innumerales bolsas plasticas transparentes llenas de agua con jugueticos flotando en su interior, simulando peces. A decir de la persona encargada, el mejor momento para contemplar esa obra era en la noche, pero ya no nos daría tiempo de verla. Seguimos hacia la plaza Francia, y allí vimos varios toldos en donde algunas bandas estaban afinando sus instrumentos. Lo que me llamó la atención fue que, por lo menos a esa hora,  a diferencia de los otros dos eventos por el medio de la calle a los cuales había asistido previamente  el tráfico de vehículos no estaba restringido; no se si más tarde si lo harían.


Ya la hora apremiaba por lo que recorrimos el camino inverso; abordamos otra camionetica, y en el trayecto disfrutamos de la amena compañía de un Hare Krisna vendiendo inciensos. Ya el tráfico arreciaba en la avenida, el corneteo era la banda sonora y las luces de stop de los vehículos teñían de rojo el panorama urbano. Una vez frente al Lido nos apeamos de la unidad, y bajamos hacia el Teatro. Mientras esperábamos por el comienzo del espectáculo estuvimos charlando con unos amigos, y nos distrajimos viendo las personas que iban llegando; la mayoría era el prototipo rockero, franelas alusivas a bandas, cabellos largos, tatuajes, piercings, pero también había bastantes adultos contemporáneos (frasecita que describe a la gente que anda entre los 45 y los 55, aunque cada vez ese intervalo como que se agranda), muchos de ellos acompañados por sus hijos. Por fin, alrededor de las 7:30, abrieron las puertas de la sala, en la cual por cierto nunca había estado. Es un generoso espacio, que mezcla acabados industriales con un color naranja intenso.

Como a los quince minutos, una voz grabada nos dio la bienvenida al local, se apagaron las luces y por fin tras la apertura del telón aparecieron los integrantes de Mojo Pojo, con su energía habitual. Para mí esa banda siempre ha sido un enigma: me cuesta clasificarla dentro de algunos de los estilos musicales que manejo, pues si algo tienen es originalidad. Solo puedo decir que su música es compleja y elaborada, y que todos son unos excelentes ejecutantes de sus respectivos instrumentos. Nos obsequiaron la interpretación de su segundo álbum, y nos ofrecieron enviárnoslos a nuestras direcciones de correo previa solicitud, un gesto que habla de su desprendimiento. La única nota negativa que aprecié fue la falta de claridad en el sonido en lo referente a las voces, no se apreciaban con facilidad (aunque para mi gusto lo mejor de Mojo Pojo son los pasajes instrumentales, por lo que esa falla no me molestó gran cosa). Quiero destacar la actitud fresca y totalmente opuesta al divismo de los músicos; fueron a hacer su trabajo, a dar lo mejor de sí, sin poses innecesarias. Para mí fue un gran espectáculo, y espero por el disco para procesar de manera más adecuada su música.

Después de un breve intermedio, apareció en escena el plato fuerte de la noche: la banda Sibelius, encabezada por el autor intelectual del proyecto, el gran Philipp Scheer. Se hizo acompañar por unos solventes  músicos, y alternó temas de su autoría con covers de las grandes bandas de metal y de hard rock de los 80-90, con la habitual calidad a la que nos tiene acostumbrados Phillip. Dentro de los temas propios nos deleitó con una pieza que permite a los guitarristas explayarse en sus cualidades, Neoclassical cowboy. En particular disfruté enormemente de la ejecución de The spirit carries on, de Dream Theater, en la cual Scheer se desprendió de la guitarra eléctrica y ejecutó sobre una acústica (la cual desafortunadamente no pude escuchar a plenitud pues era opacada por los demás instrumentos, claro que eso puede deberse a mi sordera incipiente). Me sorprendió ver la cantidad de personas que corearon la canción, parecía estar entre iniciados. Otro momento resaltante - vista la reacción del público - fue la ejecución de Sweet child of mine. No podía dejar de cerrar el concierto con el tema que se ha vuelto su marca personal, Venezuela infinita.

Una vez satisfecha el hambre espiritual, nos dispusimos a complacer la física. Hicimos una parada en Los Pilones - buena comida, atención mediocre: un vaso de agua que solicitamos nunca llegó, el mesonero casi nos quitó los platos antes de haber terminado de comer - y al salir de allí nos aguardaba una última sorpresa: coincidimos con el cierre de Por el medio de la calle, y pudimos disfrutar del lanzamiento de los fuegos artificiales a pocos metros de donde nos hallábamos.

sábado, 25 de agosto de 2012

La última vez



La primera vez, como regla general, es considerada de relevancia capital. La primera vez es asunto de celebración, de fiesta, de boato. Se coloca la primera piedra de una construcción; se destapa la primera botella de una cosecha; se bautiza un barco en su viaje inaugural. La llegada al mundo es asunto de gran importancia, algo que debe ser notificado a la humanidad con bombos y platillos.

Pero, ¿que sucede con la última vez? A mí, por lo menos, me intriga. Sí, el momento en que las cosas dejan de usarse, de producirse, de consumirse. Por ejemplo, la última lata de Carlton, esa chuchería mítica de la infancia de los que transitamos alrededor de la cincuentena. ¿Quien sería el afortunado consumidor que disfrutó por último de esa delicia paralelepípeda de chocolate? Los más prácticos, o menos nostálgicos, dirán que el Carlton todavía existe. No se engañen: el Carlton actual es al de mi infancia lo que el tequeñón es al tequeño: una rendición grosera y vulgar del original.

Y como eso del Carlton, hay infinitos ejemplos. ¿Quiénes serían los últimos pasajeros de los autobuses Emtsa, esas maravillas verdiblancas que gozaban de fama de puntualidad inglesa, con respeto por los horarios y las paradas? ¿Quiénes se habrán montado por última vez en el trencito del Parque del Este, atracción reclamada en cada visita? ¿Cómo habrá sido el último día del Parque el Conde, en donde conducíamos intrépidos carros en un óvalo, mientras soñabamos con ser los fittipaldis de la época? ¿Quiénes serían los últimos alumnos del colegio en donde estudié toda mi primaria y mi secundaria? ¿Cómo sería esa clausura, habrá habido algún acto, o simplemente el portero echaría llave a la puerta para que más nunca una cuerda de párvulos gritones corrieran por esos mismos pasillos que sintieron mis pisadas durante tanto tiempo?

Algunas últimas veces, para ser justos, son celebradas también. El último vuelo del Concorde, por ejemplo, fue reseñado y se le dio su debida importancia, como fin de una era. Pero las pequeñas cosas, esas minucias que formaron parte de nuestra cotidianidad, desaparecen silenciosamente, sin dejar rastro, reemplazadas por lo más moderno, lo más novedoso. Ya nosotros vimos el declive de los cartuchos, los cassettes, las películas super 8, los betamax y los vhs. ¿Quién no tiene recuerdos atesorados en esos medios y no halla la manera de reproducirlos? Dentro de poco, artefactos tan comunes como el teléfono fijo, e incluso la televisión, desaparecerán de nuestros hogares, suplantados por otros aparatos que tal vez integren esas funciones. Aunque me resista, se que es inevitable. Todo tiene fecha de caducidad, por mucho que queramos ignorarlo. Nos quedarán los recuerdos, y en el mejor de los casos algunas constancias físicas de ese pasado que nos parece tan reciente.

domingo, 19 de agosto de 2012

Por el medio de la calle 2012, hasta el momento.




Sábado 28 de julio: el hombre levitante.
En una Plaza Bolívar de Chacao rebosante de gente, vimos la primera convocatoria del nuevo formato. Esparcidos por la plaza, algunos elementos que parecían dar pistas sobre lo que ocurriría allí: varias tarimas pequeñas, unipersonales casi, en donde se supone se acomodarían los músicos, y en dos o tres lugares un mobiliario tipo sala de apartamento (sofás, puffs cuadrados). Una estatua humana representando un campesino fue el sujeto de centenares de objetivos fotográficos; hasta ese momento era la única atracción evidente. De manera repentina comenzó un barullo,  la gente se fue aglomerando hacia el lado sur de la plaza, y allí observamos la ceremonia de vestidura de un caballero en el aire: como por arte de magia, le estaban colocando prendas de vestir a un señor que aparentemente estaba levitando. Concluído el trámite, el señor estaba flotando, apoyado con una mano (parte del truco, no era su mano en realidad sino una estructura atornillada de la pared) de un edificio. La ilusión era perfecta... pero como espectáculo, a los 5 minutos perdió la gracia, con sacar las fotos de rigor nos dimos por satisfechos y nos dispusimos a aguardar la atracción siguiente. Sin embargo no llegamos a ver más nada: pasó tanto tiempo sin ningún anuncio, que decidimos levar anclas y regresarnos.

Sábado 11 de agosto: multimedia.
Esta vez la convocatoria tuvo lugar en ese grato lugar de encuentro ciudadano que constituye la plaza Los Palos Grandes. El menú del día fue una jornada de canje de libros, y un espectáculo a tres bandas: una poeta leyendo algunos textos, acompañada por unas fotográfa que iba pasando en una pantalla algunas de sus tomas y por un guitarrista que improvisaba riffs. La idea interesante, la ejecución algo menos. A manera personal, no sentí empatía con la propuesta, lo mismo le sucedió a mis acompañantes y nos fuimos antes de que concluyera.

Sábado 18 de agosto: rock en la Isabel la católica.
Muy poca gente, espantada tal vez por la lluvia. La convocatoria era a las 4:00; llegamos a las 5:00 y estaban crudos, probando sonido todavía. Como a un cuarto para las seis se montó la primera banda, los Stereo Jam, para mi gusto unos muchachos en busca de su identidad, por ahora una suerte de "wannabe" Amigos Invisibles, con mucha energía pero sin muchas ideas que celebrar. Buenos ejecutantes de sus instrumentos, pero musicalmente incipientes. A continuación se montó Del Pez, una banda familiar (entre sus integrantes, tocan padre e hijo). Un rock bastante sólido, con reminiscencias pinkfloydianas; un vocalista/guitarrista, con guiños a Gilmour a ratos,  demasiado hiperkinético para mi gusto: era tal la vehemencia que le ponía a su ejecución que cuando le tocó hablar lucía fatigado de manera notoria. A la banda se le nota cierta falta de experiencia, pues tienen menos de un año de formados. Sin embargo son músicos muy solventes (no por nada tienen el sello Friedman) y si siguen por ese camino, puliendo algunos detalles, tienen potencial para llegar lejos. Por último, Fibonacci, sin duda lo más descollante de la noche. El mejor elogio que se les puede hacer es que no se parecen a nadie. Es una banda con una gran personalidad, y su frontman, Baldomero Verdú, es un ser que derrocha buena vibra y humildad bien entendida. Hasta el momento, esta jornada fue lo mejor del nuevo formato de PELMDLC.

domingo, 12 de agosto de 2012

Nostalgia

-.-


Nostalgia, ese aguacerito que se instala en los recovecos de la memoria,
y en un juego de espejos deformados nos ilusiona con un ayer mejor.

Nos ancla a recuerdos antiguos, estalactitas pendientes en la mente,
geologías fantasiosas en perenne formación.

Engañadora de oficio, mareadora, celestina del pasado,
¡cómo sabe su oficio ejercer!

Nos seduce y nos tormenta con películas embusteras,
y, tontos nosostros, nos las volvemos a creer.