miércoles, 17 de abril de 2019

Monopolio caraqueño



La historia del Monopolio es curiosa. Es descendiente de un juego de mesa ideado en EEUU en el año 1903, por una mujer de nombre Elzabeth Magie, y denominado "The landlord's game". En 1935, un vendedor desempleado llamado Charles Darrow lo rediseñó, lo llamó "Monopoly", y trató de vendérselo a Parker Brothers, pero no tuvo éxito. Entonces lo produjo por sus propios medios, y llegó a popularizarse tanto que la firma juguetera le compró los derechos. Yo conocía la historia desde Darrow, pero la consabida investigación en Wikipedia me dio los detalles que conté en este párrafo, concretamente sobre la mujer que comenzó la saga.

Es muy posible que tú, lector, lo hayas jugado alguna vez en la vida. Es un pasatiempo que permite despachar algunas horas alrededor del tablero, en batallas encarnizadas donde la codicia innata de las personas obtiene un desahogo virtual. El objetivo del juego es, debe decirse, bastante ruin: se trata de llevar a la ruina a los demás jugadores, y quedarse con todas sus propiedades y su dinero. Es la materialización de aquella frase célebre de Manolito: "para amasar una fortuna, hay que volver harina a los demás".
 
En estos días llegó a mis manos una versión del Monopolio de los años 70, fabricada en Venezuela. Las locaciones originales fueron adaptadas a la geografía de Caracas, en un arranque de centralismo tan común en nuestro país. Como se sabe, el juego propone un recorrido por la ciudad, desde el "Go", rebautizado y tropicalizado  aquí como "Salida", y va desde las zonas consideradas más populares hasta llegar a las de mayor cotización bursátil. Y aquí puede notarse cuánto ha cambiado nuestra Caracas desde el último tercio del siglo pasado a nuestros días.

La primera propiedad a la venta es San Agustín del sur, que se cotiza en la módica suma de 60 Bs. A continuación, el recorrido nos lleva a la urbanización El Conde, al mismo precio. Ambos lotes de terreno están identificados con el color morado. Luego, aparecen las propiedades azul celeste, propias del oeste: Avenida Atlántico, Plaza Catia y Avenida Sucre, a 100 Bs las dos primeras y a 120 la última. Cruzando la esquina de la cárcel, bajo el color violeta, nos encontramos con Los Chaguaramos, Santa Mónica y Bello Monte. 140, 140 y 160 Bs respectivamente. Un nuevo golpe de dados, y la ficha caerá en los lotes ocre: Avenidas Victoria, Roosevelt y Nueva Granada (no sé si el Helicóide estará incluído en el precio). Ya los precios van subiendo, y para adquirir estas propiedades se deben desembolsar 180 Bs, y 200 en el caso de la última (ah, de pronto sí). Luego de la esquina polémica de la "parada libre", que nadie sabe bien para qué sirve (en nuestra versión, el que cae allí se lleva el pote formado por las contribuciones de Casualidad y Arca Comunal), en color rojo (sin alusiones políticas) tenemos la avenida La Paz, la Urbanización El Paraíso y la Avenida San Martín, 220, 220 y 240 Bs. Luego, en amarillo, nos topamos con la avenida Andrés Bello, el Parque Los Caobos y Plaza Venezuela, a 260, 260 y 280. Si tenemos la suerte de evadir la esquina que manda directo a la cárcel, de la que se sale de inmediato solamente si se tiene la tarjeta apropiada, caemos en lo que se consideraba el este de la ciudad, en los 60: Sabana Grande, Avenida Francisco de Miranda y Plaza Altamira, distinguidas con el color verde. Ya los precios son decididamente mayores: 300, 300 y 320 Bs. Por último, el juego nos devuelve al centro de la ciudad, en donde se desarrollaba la actividad financiera durante esos años: en color azul rey, la avenida Urdaneta, a 350 Bs, y la joya de la corona: la avenida Bolívar, rematada en la pareja de torres del CSB, que demanda del jugador la cantidad de 400 Bs para ponerse en ella.


Varias cosas interesantes se desprenden de la concepción de ciudad de este tablero: Caracas comenzaba a expandirse hacia el este, que empezaba en Sabana Grande,  pero la frontera estaba en Plaza Altamira. No hay menciones ni del sureste ni del noreste. Todavía el centro de Caracas conservaba su importancia, poniendo como los lotes de mayor jerarquía las dos grandes avenidas construidas entre los años 40 y 50. Sin embargo, el centro tradicional (El Silencio, La Candelaria, Altagracia, La Pastora) no tiene cabida aquí. Aparentemente se le quiso dar preponderancia a las urbanizaciones emergentes, desarrolladas en el siglo XX. Los servicios públicos están limitados a la electricidad y al agua; ni asomo de las telecomunicaciones. Por último, como una concesión al pasado, tenemos 4 casillas dedicadas a los ferrocarriles: De Venezuela, de Occidente, de Caracas - Valencia, y de Puerto Cabello, trenes que existieron alguna vez pero no resistieron los embates del progreso, que quería carreteras y gandolas para el transporte. Claro que muchas cosas son obligadas por el diseño original del juego, que tiene un patrón a respetar. Sin embargo, las elecciones puntuales de los adaptadores del pasatiempo nos cuentan cómo se entendía Caracas hace cuarenta o cincuenta años.

Me cuentan que el juego ha sido remozado y actualizado a las necesidades tecnológicas y financieras de esta época, y ya no se utiliza dinero físico sino electrónico, a través de tarjetas de débito y crédito y puntos de venta. En lo personal, me parece que eso le quita sabor al juego. Nada como tener delante de uno unas pacas de billetes, ya manoseados por el uso, para sentirse como un magnate, aunque sea por un ratico.

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