sábado, 28 de diciembre de 2013

Frágil



Tan delicada como la tela de la araña,
tan efímera como la vejez de la mariposa,
tan incierta como la próxima lluvia,
tan quebradiza como las hojas secas.

Nunca sabemos del próximo día,
y sin embargo
hacemos planes a largo plazo
como si fuéramos los dioses del tiempo.

Nos encanta creer
que tenemos el control,
porque somos engreídos
y, sobre todo, ilusos.

Tal vez sea mejor dejarse llevar,
seguir el flujo,
asombrarse por cada nuevo amanecer,
dar gracias al caer la noche.


sábado, 21 de diciembre de 2013

El viaje



Bifurcaciones caprichosas me han traído hasta aquí.
Camino largo, ritmo irregular,
vueltas en U.
Círculos viciosos, tal vez demasiado viciosos, a veces.

Temporadas detenido en parajes cómodos,
pero engañosos.
Creer haber llegado y no estar en ningún sitio.

Darme cuenta, tal vez muy tarde,
y retomar la marcha,
apuntando hacia otro lado.

En alguna curva de la vía
me detengo un rato a tomar aliento,
a sopesar opciones,
a cavilar.

No, no me he equivocado.
Hice lo correcto.
Ahora, a reanudar el viaje,
sin arrepentimientos.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Artificios

A todos mis hermanos Grinch

Se acaba el año.
Toca ponerse la máscara de felicidad,
asistir a unas cuantas fiestas,
tomar todo el whisky que te pase por delante,
fingir alegría hasta casi sentirla.
Después de todo hay que celebrar,
celebrar a toda costa,
celebrar qué coño,
celebrar.

Vamos, deja la amargura.
La gente tiene buenas intenciones.
Los árboles el pesebre las luces los santas
están para atestiguarlo.
El que adorna su casa no puede ser
mala persona.
¿No?

Navidades de plástico,
Navidades bébete un trago,
Navidades la gaita,
Navidades come como un desaforado,
Navidades fuegos artificiales
que asustan a muerte a las pobres mascotas.

Respira la pólvora
que te espera el 31,
mientras ves el espectáculo
de miles de miles de devaluados bolívares
quemados en el altar de la inconsciencia.

Qué más da,
es solamente una vez al año.

Por fortuna.


martes, 10 de diciembre de 2013

Casas cansadas

De noche las casas adquieren vida propia,
que se manifiesta a través
de una voz enigmática pero inconfundible,
un lamento quedo,
un quejido provocado
por el peso de los años
que les han pasado por encima.

Algunos piensan que son
los fantasmas de antiguos moradores
que vagan por los pasillos
arrastrando pasos cansados,
cadenas y demás artefactos espectrales,
pero esas son creencias infundadas.
Es el llanto de las maderas,
de las vigas, de las paredes,
aquejadas por achaques propios de ancianos,
ateridas por el frío que les provoca
reumatismos geológicos, minerales.

A veces despierto de madrugada
y escucho a mi morada
emitir apagados sollozos lastimeros.
Como si su edad, que ya es avanzada,
la hiciera clamar por descanso.
Pero, ¿cuándo puede descansar una casa?



sábado, 7 de diciembre de 2013

Las Corocoras: lugar 5, comida 4, atención 1.



El Parque del Este tiene un lugar sumamente acogedor, a la orilla del laguito de las aves acuáticas. Un lugar privilegiado, en donde se disfruta de un ambiente umbroso, un grato silencio y una hermosa vista. Y se puede comer, también. Se trata del Restaurant Las Corocoras.

Esta mañana pensé en invitarle a mi esposa un juguito en ese sitio, después de nuestra habitual caminata, pero estando allí vimos que ofrecían desayunos criollos, y como teníamos esa comida pendiente decidimos aprovechar y resolverla allí. Nos tomó la orden un muchacho muy amable, y nos invitó a sentarnos, previo pago del consumo, que ellos nos llamarían cuando estuviera listo. Así hicimos, y nos pusimos en una de las mesas más cercanas a la orilla del lago, para  tomar algunas fotos mientras salía nuestro pedido.

El tiempo iba pasando, y cuando nos comenzó a parecer que ya era demasiado, y notamos que muchos clientes que habían llegado después de nosotros ya estaban comiendo, me fui al mostrador a ver qué pasaba. Allí se acabó la amabilidad. Le pregunté a una señora que parece la jefe del sitio, y me dijo que no había ninguna orden pendiente, así, de buenas a primeras. Por fortuna el muchacho que había tomado la comanda apareció y dijo que sí, pero que aparentemente se había traspapelado. Cuando comencé a manifestar mi inconformidad (ya había pasado más de media hora) la señora me dijo que yo tenía que esperar. NUNCA HUBO UNA DISCULPA. Simplemente la explicación de que en la cocina se había extraviado la orden. Para cerrar el episodio, habían anotado mal las bebidas.

Cuando se atiende al público el servicio lo es todo. Tal vez tuvimos mala suerte (la comida estaba buena, no hay quejas en ese sentido), pero siento que no fuimos tratados con consideración, tomando en cuenta el largo rato que estuvimos esperando. Espero que los concesionarios del lugar puedan leer esta nota, y la tomen en cuenta para futuras ocasiones.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Impresiones de diciembre



Esta mañana
la columna de mercurio amaneció enana.

El aire tiene otra cualidad,
diáfana, como de cristal.

El cielo se recorta con precisión de ebanista
contra la silueta de los objetos a distancia,
pintado de un azul que hiere de arrogancia.

Diciembre.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Café



Una taza de café recien colado
reposa a mi lado, humeante,
mientras decido cuál será mi vestimenta.

Voy tomándomelo despacio,
a pequeños sorbos, procurando no quemarme,
aunque siento que el reloj me apremia.

Hoy es martes, otro martes igual al anterior,
seguramente igual al siguiente.
Martes de tráfico, de llegar apurado,  justo a tiempo
para marcar mi huella dactilar - antes era tarjeta-
en la máquina que controla la asistencia.

Habrá una pila de asuntos pendientes,
conversaciones medio intrascendentes,
alguna reunión imprevista,
el almuerzo despachado a toda prisa,
en el escritorio,
frente al computador;
luego un breve paseo por el centro comercial de al lado
para marcar la pausa meridiana,
y después otras cuatro horas repitiendo la misma labor.

A lo mejor algún evento no programado
cambiará un poco el ritmo del día:
la gente saldrá a los pasillos en colectivo cotilleo
y al rato se volverá a recluir en su cubil. Cubículo, quise decir.

Y cuando llegue la hora de salida, o la hora en la que pueda salir
- no siempre son la misma cosa-
repetir el viaje de la mañana,
pero a la inversa, salpicado a ratos de luces blancas y rojas,
pendiente de los motorizados, del semáforo,
de los peatones,
escuchando a algún analista político
decir las mismas palabras
recicladas año tras año
en alguna emisora FM,
procurando llegar pronto a casa,
encerrado en la oscura burbuja anónima,
buscando la invisibilidad.

Pero eso será más tarde.
Mientras tanto, trato de eternizar
mi taza de café humeante.
Lo más que se pueda.








jueves, 28 de noviembre de 2013

Prismacolor de 60




Jamás he sido bueno dibujando.
Los  creyones para mí eran lujo innecesario.
Sin embargo alguna vez
la caja de Prismacolor de 60 colores
fue una de mis más preciadas posesiones.

Esos lápices de colores
para mí no eran creyones
sino objetos fabulosos,
cilindros que albergaban
historias increíbles,
un número y un nombre
transmutados en emociones:

905 - azul aguamarina,
 y era un buzo penetrando mares tropicales.

910- verde esmeralda,
y era un minero escavando en la selva profunda.

914- crema,
y era un famoso maestro pastelero.

922 - rojo escarlata,
y era un espía inglés que rescataba aristócratas de la guillotina.

924- amarillo ocre,
y era un explorador perdido en el desierto del Sahara.

Esa caja desapareció
en algún recreo, mal custodiada,
y nunca más supe de ella.
No me la repusieron,
la consideraban dinero malgastado.

Yo no la reclamé, y busqué otras distracciones.
Pero...
¡cuánto quisiera encontrar en alguna gaveta olvidada
esa estupenda caja de creyones,
y así viajar de nuevo a las regiones coloreadas!




http://es.wikipedia.org/wiki/Berol

martes, 26 de noviembre de 2013

procrastinación



Postergar es la norma
nunca culminar del todo
dejar cabos sueltos.

Como si hubiera miedo al término,
así, como si después no esperara más nada
sino el vacío y los recuerdos.

Pero es una torpe excusa.
La verdad es que hay pereza,
comodidad, laxitud.

Siempre habrá tiempo
para terminar.
Excepto cuando el tiempo se termine.

lunes, 25 de noviembre de 2013

La tregua

Soy - como la mayoría de los caraqueños, por otra parte - de los que andan siempre refunfuñando y denostando de la infame calidad de vida a la que nos tiene reducidos la tan inhóspita ciudad en la que nos tocó vivir, y creo que no es necesario profundizar en las razones. Sin embargo de vez en cuando la urbe se las ingenia para hacernos cambiar de parecer y reconciliarnos un poco con ella.

Este fin de semana fue una de esas ocasiones en las que Caracas se prodiga en eventos, en ráfaga, para decirnos que no todo es tan malo, que aún quedan espacios, que podemos refugiarnos todavía en el arte y en la amistad para poder sobrellevar la ruda realidad por la que debemos transitar.

El viernes por la noche nos convocó Leonardo Melero, a nombre de el Liceo Poético Benidorm, a una noche que no dudo en calificar de mágica, en ese espacio tan agradable como lo es el Ateneo de El Hatillo. Allí, previa presentación de nuestra amiga María Gabriela Rosas, se dejaron escuchar las poderosas voces de Leonardo, Héctor Vera y Luis Chacón, quienes leyeron su recia y sentida poesía. Y posteriormente Yoyiana Ahumada nos obsequió un emotivo performance inspirado en su obra "Polvo de hormiga hembra", que combinó las artes histriónicas con la poesía. El frío de noviembre fue contrarrestado con el calor de la amistad y el vino, que se confabularon para regalararnos una velada especial.





El domingo asistimos a una lectura de las plaquettes de poesía que edita la iniciativa de Belkys Arredondo y su editorial El pez soluble, que se escenificó en la librería Lugar Común, en Altamira. Dichas plaquettes son unos poemarios breves e intensos, que buscan mostrar en pocas páginas el trabajo de voces, emergentes y consagradas,  en el campo de la poesía. Ayer escuchamos el trabajo de Gabriel Armand, Verónica Carrasco, Beira Lisboa, Jorge Gómez Jiménez, María Gabriela Rosas y Mariela Casal, poemas que trataron de amores, desamores, mate, hoteles, mares y vientos. Un abigarrado coctel de palabras que nos apaciguó la mañana.



Para cerrar, gracias a la amabilidad de Ángel Ricardo Quiñones, pudimos asistir al concierto que brindó la Orquesta de rock sinfónico Simón Bolívar en los espacios de Ciudad Banesco. Vengo siguiendo el trabajo de dicha orquesta desde su primera presentación, y puedo decir que ha crecido una barbaridad. Ha ampliado su repertorio hacia los extremos tal vez más populares del rock, sin descuidar la incorporación de clásicos como Kashmire, e inclusive tuvo la osadía de interpretar una pieza tal vez poco conocida por el grueso de la audiencia como Metrópolis parte I, de Dream Theater (pieza que es una de mis preferidas de esa banda de metal progresivo integrada por auténticos virtuosos) obteniendo un resultado estupendo. Genial fue ver a personas de todas las edades corear los temas más conocidos, como los de los Beatles o los de Queen. El cierre fue sumamente festivo, un Smoke on the water muy particular, en donde se soltaron el moño todos los integrantes de la orquesta, incluido el director.



En resumidas cuentas, éste fue un fin de semana de esos que lo reconcilian a uno con la ciudad. Tres espacios que se abrieron para el disfrute de las artes, en tres distintos lugares de la geografía caraqueña. Claro que constituyó una simple tregua en el ritmo infernal al que nos tiene sometidos Caracas, pero se agradece de todas maneras. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

Parque del Este


A Marianella

Camino sin pensar mucho
mantengo un ritmo uniforme
cada paso guía al siguiente
procuro acumular distancia
pero llego siempre al mismo sitio.

Sudo lo necesario
jadeo a ratos, cuando el camino se empina
recupero el aliento en la bajada
me siento vivo.

Algunas madrugadas
cuando el cielo aún está oscuro
y el frío aprieta
mi aliento se condensa
y alimento nubes.

Busco caminar cuando despunta el alba.
A esa hora las aves,
miles de ellas,
saludan al nuevo día
con su rito habitual
de canto ensordecedor
y vuelo jubiloso.

Cientos de seres me acompañan silentes
algunos saludan, la mayoría se exime
la hostilidad de la ciudad
es difícil de vencer.

Adentro me siento seguro, tranquilo
respiro a mis anchas
respiro paz.

Pero no me engaño
ya que a unos cuantos metros
- y a unos cuantos minutos -
con sólo franquear la cerca
Caracas  me engullirá de nuevo.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Realismo trágico


El llamado Boom latinoamericano, que puso al subcontinente en la mira de todos los lectores del mundo en aquellos lejanos años 60, estuvo muy ligado al realismo mágico, preconizado entre otros por el Gabo. En alguna entrevista García Márquez explicaba que él no forzaba mucho la barra, y que muchísimas de las situaciones que presentaba en sus libros eran tomadas de la cotidianidad de este pedazo del mundo, y que él solamente las recopilaba y aliñaba un poco para hacerlas más literarias.

Venezuela vivió ese momento más o menos de soslayo: pocos escritores del patio se apegaron a ese momento particular de la literatura con alguna relevancia internacional. Sin embargo yo propongo que a partir de ahora instauremos nuestro propio movimiento: el realismo trágico. Es un tiro al piso: basta con leer ya no la prensa, sino las redes sociales, para recabar un material inacabable, y que cada día se acrecienta. Con un poco de imaginación podemos repetir la receta del Gabo, y escribir nuestra propia epopeya, que bien pudiera llamarse "Cien años de iniqüidad".

Es que ¿cómo no sacarle el jugo a situaciones tales como la de la tienda que es multada por bajar sus precios, que nos narró en Prodavinci José Ignacio Hernández por ejemplo? O la imagen que encabeza este post, un Guardia Nacional, debidamente entrenado para situaciones militares, relegado al oficio de marcar cual ganado a las personas que están ansiosas de entrar a comprar cualquier cosa, no importa qué, pero que esté "a precio justo". 

En estos últimos años Venezuela ha producido suficiente material como para llenar estantes y estantes de librerías, con contenido estrictamente auténtico pero tan inverosímil como las situaciones de Cien años de soledad. Es hora de ponernos en el mapa, escritores venezolanos. Manos a la obra.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Devuélvame mi voto, diputado Ojeda



Voto en Miranda, voto siempre y voto siempre en contra del chavismo. Esa combinación de factores dio como resultado que en las elecciones parlamentarias de 2010 mi voto lista fuera a parar a la cuenta de ese triste personajillo de la política venezolana, símbolo de todo lo malo, de todo lo podrido que hay en ella: William Ojeda.

Sucede que, como era previsible, el que un día se preguntara cuanto vale un juez se preguntó más tarde cuanto valía su propia diputación. Una vez definido el precio, negoció con la mafia roja y cerró trato. Ahora hace vida en la otra acera, de donde vino y de donde nunca ha debido salir.

Pero resulta que, como yo, miles de mirandinos también le endosaron el voto para que defendiera sus intereses. Tremendo fraude nos metió: está haciendo justo lo contrario a lo que nosotros le encomendamos con nuestros votos. El diputado 99 es él, en la práctica. Y se vanagloria de ello, luciendo una franela que así lo indica.

Yo lo denuncio por haber cometido un fraude en mi contra. Mi denuncia caerá en saco roto o, mejor dicho, es una denuncia simbólica, puesto que no hay ninguna instancia en el país que haga justicia con asuntos relacionados con el honor. Claro, juntar en una misma frase las palabras honor y William Ojeda es un oximorón. Ese señor no conoce el significado de esa palabra. Tal vez comprarlo haya costado mucho, pero él no vale nada.

sábado, 9 de noviembre de 2013

El saqueo será institucionalizado



Se les acabaron las divisas para comprar dádivas, y entonces cambiaron la modalidad. En vísperas de las elecciones les dicen al pueblo "vayan a Daka y agarren lo que quieran, es todo suyo". Tras satanizar a la empresa privada en general y a las tiendas de marras en particular, detuvieron a los gerentes de las sucursales (pobres asalariados que no hacen otra cosa que obedecer órdenes) y le entregaron Daka a la vindicta pública.

De este gobierno ya nada extraña. Está visto que nada los para, y cualquier medida que los pueda beneficiar la van a tomar sin parar mientes en quién o quiénes serán afectados. En este caso, los empleados de las tiendas, quienes estarán pensando en cuál será su futuro inmediato. Con esa medida efectista de mínimo alcance sobre el grueso de la población consiguen el oxígeno que - piensan- les permitirá afrontar en mejores condiciones el próximo evento electoral, que de acuerdo a las encuestas que circulan lo tienen bastante comprometido. Veremos si esta acción artera les dará resultados.

Y no es que me anime la intención de poner la mano en el fuego por las tiendas afectadas. No sé si están especulando, tal vez sea cierto. Pero no es la manera de resolver las cosas, por lo menos en un país medianamente civilizado. Lo procedente es hacer una inspección, y de notar alguna irregularidad tomar las medidas pertinentes. Pero ese estilo perdonavidas y mediático empleado por el que ejerce la primera magistratura del país, quién debiera ser ejemplo de equidad y equilibrio, da vergüenza.

Veo en las redes sociales que la gente está haciendo vigilia a las afueras de otros establecimientos del ramo. A lo mejor están a la espera de la orden presidencial de proceder a la toma de las tiendas de electrodomésticos. Todo es posible en esta exrepública, hoy en día apenas poco más que terreno. Y no habrá de extrañarnos que en los próximos días extiendan las medidas hacia otros ramos. Ya les tocará el turno a las ferreterías, los grandes almacenes, los hipermercados.

Creo que muchos estarán de acuerdo en que lo peor de este día fue el comportamiento de los habitantes (llamarlos ciudadanos me parece un exceso en estos momentos). Esta es una de esas ocasiones en que el gentilicio es una carga embarazosa, y que se quisiera ocultar debajo de la alfombra a la espera de tiempos mejores. El afán consumista, las ganas de ponerse en un artefacto electrónico por la libre, el aplauso a esta medida tan arbitraria hacen que se pierda la fe en las posibilidades de superación del país. Es un problema estructural, enquistado desde hace muchas décadas, y que han sabido exacerbar muy bien.

Para terminar, tomando las palabras de otra persona, estamos frente a una especie de caracazo reglamentado nada menos que por el gobierno. No hay mucho margen para el optimismo, al menos esta noche.


domingo, 3 de noviembre de 2013

Pesimismo

Soy pesimista por naturaleza.
El vaso no está medio lleno, está a punto de vaciarse.
Sé muy  bien lo que me aguarda agazapado.

A veces, sucede algo que me hace reconciliar con la vida.
Pero es un espejismo.
Un destello momentáneo.
Pasa rápido. Demasiado.

Con todo no me molesta ser así.
Me ha funcionado. 
Lo bueno de ser pesimista 
es que la realidad no te deja aniquilado.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Años

Somos ruinas disfrazadas,
nos vamos desmoronando de a poquito,
reparamos lo visible
pero la estructura está podrida.

Los cimientos carcomidos
ya no aguantan el peso
de tantos años malgastados,
de una vida disipada.

Aunque por fuera parezcamos
sólidos espléndidos edificios
por dentro somos frágil tinglado
a punto de colapso.

Pero  no queremos admitirlo,
y vivimos ignorándolo.
Pedimos préstamos al tiempo
sin saber cómo pagarlos.


jueves, 24 de octubre de 2013

La espera

El dolor comienza en el plexo solar
y sube por el medio del pecho,
hasta llegar a la barbilla.

No es un infarto, es el daño provocado
por mi habitual incertidumbre.

Yo callo, no me quejo, aguanto.
Y espero en la oscuridad.

En estos días siempre está oscuro.

La palabra más odiosa, que no debe ser pronunciada

Un gusano te recorre,
se nutre de tus angustias,
se fortalece con tu debilidad,
te carcome el cerebro.

Un fantasma inasible
pero omnipresente,
un martilleo constante
que te aturde.

No te permite razonar,
se instala en tu mente,
te domina y te aniquila,
te destruye poco a poco.

Se apuntala en tu inseguridad,
te clava cien puñales,
te hace odiar la vida,
te sume en el desespero.

Se queda a vivir por siempre,
huesped molesto e indeseable;
no lo puedes correr aunque no quieras otra cosa
porque, en el fondo, la duda es tu esencia.

domingo, 20 de octubre de 2013

Por el medio de la calle 2013: el nivel que tenemos



Este año me acerqué al bochinche anual de Chacao sin mayores expectativas, a falta de otros compromisos, y cumpliendo con algo que a lo largo de 4 años se ha convertido en costumbre: patear las calles de Chacao, tomadas por miles de personas que por una noche se sienten dueñas de la ciudad, y ejercen ese derecho de la manera más anárquica posible.    

Llegamos cerca de las 5:00 y tuvimos el primer golpe de suerte: logramos estacionar al lado del Mc Donalds de La Castellana, muy cerca del epicentro de las actividades en las que pensábamos participar. Previamente habíamos hecho nuestro estudio del planito que publicó Cultura Chacao en las redes sociales, y teníamos bastante claros los que iban a ser nuestros movimientos.

En realidad básicamente fuimos a escuchar algunos de los toques que estaban ofertados: pasamos de las puestas en escena artísticas, apenas las vimos de soslayo mientras nos desplazábamos de una tarima a otra, y francamente nada nos hizo detenernos; las mismas propuestas observadas en años anteriores. El mismo balconcito, los mismos graffittis pintados al momento. En fin, en ese sentido fue un deja vu de las ediciones previas del acto callejero.  




Hicimos un rápido paneo inicial, pasando por la plaza La Castellana en donde estaba montada una gran tarima que ocupaba más o menos la mitad del espacio, y posteriormente nos acercamos a la estación 4, al lado de los laterales del hotel Renaissance y de Chacao Bistró, en donde se dispuso un pequeño tinglado para algunos toques intimistas. Cuando pasamos estaba montada Miranda, probando el sonido. Ubicamos el punto de abastecimiento, compramos las primeras cervezas, bebida sacramental de la noche, y regresamos a la plaza Isabel la Católica a ver el primero de los toques que habíamos escogido: la banda maracucha Polaroid. Un sonido setentoso, bastante sucio en el buen sentido de la palabra, de guitarra distorsionada a lo Hendrix,  un pesado bajo y una batería que se hacía presente cuando lo ameritaba. Habiendo escuchado tanto vocalista malo últimamente, el de Polaroid me agradó: no desafinaba y lo que cantaba era entendible.


Terminado ese toque nos regresamos a tarima 4 en donde veríamos dos propuestas. En primer lugar la denominada "el Ipod humano", un dúo compuesto por Gustavo Casas como vocalista/guitarrista y su hermano en la percusión y coros accidentales. Montaron una serie de covers de canciones conocidas de los 60 hasta estos días, y lograron que la audiencia los prodigara de aplausos y coreara las canciones. Muy fresca su propuesta, y disfrutamos particularmente el cierre con Canción para mi muerte, de Sui Géneris.



Después, en el mismo sitio, le tocó el turno a otro dúo que está comenzando a sonar con fuerza en la radio, gracias al apoyo que le están dando las emisoras: Pequeña revancha, integrado por Claudia Lizardo, hija del gran Petete de La Misma Gente, y Juan Olmedillo. Esta vez los acompañó Boston Rex, de Tomates Fritos, en el bajo, y un baterista. Me gustaron bastante un par de temas, de ritmo cadencioso y que se me quedaron un rato dando vueltas en la cabeza de lo pegajosos que me resultaron. Hicieron un cover de una canción de los Tomates, en donde Boston se lució en un tecladito casi de juguete. Hablando de eso, me llamó mucho la atención el instrumento que tocó Claudia, una guitarrita eléctrica mínima y como que hecha a la medida para ella, que es bastante menuda.






A la sazón tenía tres cervezas circulando por el organismo, y la vejiga me exigía alivio, por lo que al terminar Pequeña Revancha no me quedó otra alternativa que aprovechar los servicios sanitarios dispuestos en la Plaza La Castellana. De allí pasamos a reponer pertrechos por El Naturista, en donde nos sablearon inmisericordemente, y enfilamos velas hacia Plaza Altamira. En ese lugar presenciaríamos el toque de la noche, Los Melancólicos Anónimos. Qué gran banda son. Y qué nivel de letras. Ríete tú de cualquier canción de protesta: las letras de los Melancólicos son un comentario social descarnado y brutal, con un manejo de la ironía bárbaro. El front man se metió al público en el bolsillo, y despertaba por igual risas y aplausos. Lo demás músicos (guitarra líder, bajo y batería) son muy buenos, en especial el bajista me resultó bastante simpático por su evolución sobre el escenario. El guitarrista principal se lució interpretando sobre un lap steel guitar, evocando a David Gilmour. En verdad disfruté ese toque al máximo.







Cerramos la noche en el mismo sitio, con Séptima Bohemia, una banda de música caribeña con una gran profusión de músicos que pusieron a bailar a la gente con su ritmo bien marcado. Tuvieron como invitada a Laura Guevara, muy histriónica y muy buena cantante, que interpretó algunas piezas del cancionero estándar del bolero, Frenesí y Bésame Mucho, se tiró una descarga jazzera, y estuvo acompañando hasta al final en los coros y la coreografía.





El comportamiento de la gente, por lo que pude observar, fue bastante tolerable. Todos estaban pendientes de disfrutar los toques, bailar, tomarse fotos y por supuesto tomar: esa fue una constante en todos los lugares por donde transitamos. Pero por lo menos yo no vi nada lamentable, salvo uno que otro encontronazo verbal con los conductores que intentaban avanzar entre el mar de gente que colmaba las vías.

En resumen, creo que esta edición del festival estuvo mejor que la de años anteriores, o por lo menos mi experiencia fue más grata, ya que corrí con la suerte de presenciar actos que fueron de mi agrado y no tuve incidentes que lamentar. O será que alcanzamos un nivel de conformismo que nos hace disfrutar estas pequeñas cosas que nos ofrece la ciudad como si estuviéramos presenciando eventos de gran jerarquía. No lo sé a ciencia cierta.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Disfraces


Nos ponemos disfraces de acuerdo al momento
entre semana somos profesionales,
eficientes, puntuales,
damos respuestas pertinentes
tomamos café aguado en tazas corporativas
almorzamos frente a los monitores.

Los fines nos disfrazamos de bohemios,
o deportistas,
o deportistas bohemios,
y asistimos a alguna lectura
en la biblioteca de moda,
después de haber sudado en el parque.

Tal vez sólo nos quitamos el disfraz en las noches,
cuando nos desnudamos antes de dormir,
pero los sueños nos traicionan
y nos disfrazamos de lo que ansiamos ser
un navegante en un mar proceloso,
una dama de compañía de lujo,
un contrabandista de piedras preciosas.

domingo, 13 de octubre de 2013

Emigrantes



Está circulando un video, muy emotivo, sobre el significado de la emigración. En él se ven unas personas que regresan a sus hogares, de visita, presumiblemente después de una larga estadía en el exterior. De manera muy eficaz manipula los sentimientos del espectador, logrando muy bien su objetivo de conmover a la audiencia. Muestra la alegría inicial de los familiares y amigos por el reencuentro, y cierra con la terrible tristeza de la despedida.  El mensaje que deja el video es sencillo y contundente: la gente es forzada a irse de su país por  los políticos y empresarios corruptos, incapaces de generar empleo adecuado.

Lo curioso del video es que está hecho en España. Sí, uno de los destinos  preferidos por los emigrantes venezolanos es, a su vez, fuente cada vez mayor de emigrantes. El caso es preocupante: parece que nadie está a gusto en su tierra de origen y busca establecerse en cualquier otro lugar. El problema estriba en que cada vez hay menos sitios elegibles para iniciar una nueva vida.

Por mi parte, le tengo una alergia terrible a los vocablos asociados a la migración. Inmigrante y su complemento emigrante, son palabras que me retrotraen a una infancia sin familia, es decir, sin abuelos, tíos, primos. Sólo unos padres cuyo principal tema de conversación giraba alrededor de los recuerdos de la vida anterior en su patria. Ellos vinieron obligados por una posguerra brutal, y lo hicieron porque tuvieron la valentía que da la desesperación de no conseguir un empleo digno para mantener a la familia; pero siempre conservaron el guayabo por su Italia natal. Aunque se adaptaron a su nuevo país, la nostalgia nunca los abandonó; paradójicamente, cuando tuvieron oportunidad de regresar, de visita, había pasado tanto tiempo que se dieron cuenta de que eran extranjeros allá también: habían perdido las costumbres, hasta el habla cotidiana, ya que estaban anclados al pasado y se consiguieron con una realidad diametralmente diferente a la que había cuando partieron. Creo que desde ese momento me hice la promesa de no ser a mi vez un emigrante. Y veo que la voy a cumplir, pero ya no tanto por falta de ganas sino de oportunidad. Me parece que el tiempo que me reste por vivir lo haré en este país, que se está cayendo a pedazos aceleradamente. Pero prefiero quedarme a recoger los vidrios propios a irme  quien sabe a donde, para comenzar otra vida desde cero sin saber remotamente cómo hacerlo.

Sin embargo, no vería con malos ojos que mis hijas se fueran, la verdad. No se avizora que en el futuro cercano las cosas en Venezuela mejoren, y prefiero saber que están lejos, pero bien, a tenerlas en casa pasando trabajo y sin un futuro cierto. La triste realidad es que las familias se van desmembrando por culpa de una clase política a la que le tiene sin cuidado el bienestar de la población, y quiere mantenerla sumisa y reprimida con la peor arma: la dependencia de un estado que decide y regula la vida privada de las personas. Estamos viviendo la distopía que imaginó Orwell, y somos incapaces de hacer algo para revertirla. Espero solamente que cuando llegue el momento de decirles adiós, no nos hayan quitado todavía la ventanita que tenemos para ver al mundo, para poder compartir con ellas a ratos aunque sea por esa pequeña maravilla que es Skype.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Corto nocturno

Ayer maté a mi sombra.
Harto de que me siguiera,
busqué la oscuridad 
y no he salido de ella.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Kitsch a la inversa



I

En el libro "El pájaro pintado", Jerzy Kosinzky cuenta una anécdota que describe muy bien el espíritu de supervivencia del pueblo judío, y de la humanidad en general. La cosa más o menos es así, o por lo menos así la recuerdo: A una aldea en Rusia, en donde la mayor parte de sus habitantes eran judíos, llegó una patrulla alemana, y después de una requisa seleccionó a unos cuantos hombres. Ellos sabían que iban a ser fusilados; entonces (me faltó indicar que era invierno) esos hombres se despojaron de todas sus ropas, para dejárselas a quienes quedaban atrás, y así, desnudos, fueron caminando por el bosque, rumbo a su muerte segura.

II

Anoche, en una conversación en el muro de Facebook de una amiga, salió a relucir la palabra "Kitsch". Recordé que Kundera, en "La insoportable levedad del ser", incluye un breve tratado sobre el kitsch, y en dos platos lo define como la negación de la mierda. En sus propias palabras:

"En el transfondo de toda fe, religiosa o política, está el primer capítulo del Génesis, del que se desprende que el mundo fue creado correctamente. . . . A esta fe la llamamos acuerdo categórico con el ser. … El desacuerdo con la mierda es metafísico. El momento de la defecación es una demostración cotidiana de lo inaceptable de la creación. Una de dos: o la mierda es aceptable (¡y entonces no cerremos la puerta del baño!), o hemos sido creados de manera inaceptable. De esta manera se desprende que el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo donde la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. . . . kitsch es la negación absoluta de la mierda; en sentido literal y figurativo. El Kitsch elimina desde su punto de vista todo lo que en la existencia humana pudiera considerarse inaceptable.” 

Entonces, el kitsch (o la cursilería, que es la palabra en nuestro idioma que más se le acerca) es ir por la vida ignorando todo lo feo que hay en ella. Los cursis no se enteran, o no quieren enterarse, de los hechos terribles que ocurren a su alrededor; están concentrados en hallar belleza en cualquier lugar, haciendo abstracción de la podredumbre que abunda por doquier.

III

Ayer por la mañana la autopista del este amaneció terriblemente embotellada. Por fortuna me toca transitar un pedacito de ella, apenas el trecho entre la salida de Los Ruices que pasa por la fábrica de Polar y el trébol que lleva a Caurimare, por lo que no me afectó mucho. Una gandola se había estrellado contra la defensa que protege al puente, que tuvo que construirse para evitarle daños estructurales. La gandola venía en sentido contrario al mío, por lo que la cola la ocasionaban los mirones que aparecen en todo accidente. Cuando pasé por encima del puente, pude ver que hasta allí había carros detenidos, observando el choque desde arriba, por supuesto entorpeciendo el tráfico. Cuando llegué a la oficina me enteré de los detalles, que ya todos deben conocer: la gandola, que transportaba alimentos refrigerados, fue saqueada. Algo normal, dentro de la anormalidad que representa esa patente de corso que cree poseer la gente cuando ocurren este tipo de cosas. Pero hubo un detalle grotesco: el conductor de la gandola estaba muerto, en el habitáculo del vehículo, por donde estaba trepando la gente que iba a saquear. Tal vez estaba agonizando todavía. Por encima de ese cadáver tuvo que pasar la poblada que vio una oportunidad de oro para llevar comida a su casa. Sin darle ninguna importancia al hecho de que en el lugar había una persona muerta.

*  *  *

La primera y la tercera son, en el fondo, dos historias sobre la supervivencia; sin embargo, la diferencia entre ambas es notoria. Creo que es la descomposición social que entraña la última. Como colectivo estamos perdiendo humanidad, anteponiendo nuestras necesidades a cualquier consideración moral. La posibilidad de obtener un beneficio material sin ninguna consecuencia es aprovechada sin ningún escrúpulo adicional. Y los que no lo hacen, son espectadores divertidos de lo que está ocurriendo. En cierta medida su actitud es kitsch a la inversa: les atrae lo sórdido, lo morboso. La mierda.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Olores extraviados



Hoy los colores huelen diferente

el azul no huele a cielos de diciembre

el rojo no huele a atardeceres incendiados

el verde no huele a selva lejana

el morado no huele a penitencias de pascua

el amarillo no huele a araguaneyes floridos.

Hoy los colores huelen diferente,
como si el otoño estuviese fornicando con la niebla
o el sol quisiera suicidarse en el lago.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Risotto de calabacines y garbanzos

Se dice que las crisis permiten crecer, ya que potencian la creatividad de las personas. Creo que este postulado tiene visos de certeza, en todos los ámbitos. En el de la economía doméstica inclusive. Basta darse un paseito por cualquier supermercado para espantarse: tomates a 38 Bs el kilogramo, queso tipo parmesano nacional pasando los 300, carne inexistente y, cuando se consigue, en cortes exóticos... la lista es larga, sin duda. Pero uno de los placeres indeclinables para el ser humano es el buen comer, por lo menos en mi concepto. Así que en esos momentos uno se devuelve a sus fuentes, a las recetas que le llegaron por tradición oral desde los fogones de sus ancestros, y se reinventa.

Hoy me propuse elaborar un risotto con lo que tenía en la nevera: calabacines y garbanzos. No es una combinación muy vista, pero creo que puede funcionar. Mientras redacto estas líneas el risotto está en el fogón, y hasta el momento el sabor no decepciona. Ya vengo, voy a darle una vuelta.

Ok, va bien. Va alcanzando la textura y el punto de cocción. El sabor no está nada mal, el matrimonio entre los garbanzos y el calabacín funcionó a pesar de lo extraño que parecía en un primer momento. Ahora solo espero que el grano alcance el punto de cocción adecuado, y lo serviré rociado con pimienta recién molida y queso rallado, que no pude renunciar a comprar a pesar del precio prohibitivo que exhibía en el anaquel del supermercado. Porque, después de todo, hay que darse algún gusto en esta vida.

Receta:

-tres o cuatro cucharadas de aceite de oliva
-unos tres dientes de ajo, picados
-media cebolla, picada
-un calabacín de buen tamaño, cortado primero en ruedas y después troceado
-una taza y media de arroz
-una taza de garbanzos cocidos
-unas 3 o 4 tazas de caldo de pollo
-sabores: sal y orégano

Poner a sofreír el ajo y la cebolla en aceite de oliva. Cuando haya transparentado la cebolla, agregar los calabacines. Permitir que expulsen toda el agua y se doren. Agregar el arroz, y dejar que se impregne del aceite, unos tres o cuatro minutos. Agregar el caldo a cucharones, dejar que el arroz absorba el líquido y remover con frecuencia. Cuando esté a 3/4 de cocción agregar los garbanzos. Dejar que termine de cocer el arroz, unos 20/25 minutos. Servir en platos hondos, y acompañar a discreción con pimienta recién molida y queso parmesano o pecorino rallado.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El Whisky como metáfora




La historia venezolana, a partir de la tercera década del siglo XX, ha estado íntimamente ligada al whisky como bebida predilecta entre las clases pudientes, primero, y luego en los estratos de clase media. De ser consumidores de bebidas tales como el brandy o el coñac, los venezolanos comenzaron a beber escocés, tal vez por influencia de los ejecutivos de las trasnacionales petroleras. La bebida fue calando en el gusto criollo, hasta que logró desplazar por completo a los demás destilados, sobre todo en fiestas, matrimonios y actos de estado. Aunque hubo un discreto paréntesis, como lo refiere el historiador Carlos Capriles Ayala en su libro "Décadas de la historia venezolana: los años 30 y 40". Él cuenta que, una vez consolidada la revolución de octubre del 45, Betancourt prohibió taxativamente la ingesta de whisky en los actos protocolares de estado, haciéndolo sustituir por el más vernáculo ron. Lo que no aclara Capriles Ayala es si Rómulón, en la intimidad, se echaba sus guamazos de escocés o se ceñía a la etiqueta revolucionaria.

Esa prohibición, sin embargo,  duró tan poco como la revolución de octubre. A los tres años defenestraron a los adecos - quienes alcanzaron niveles de sectarismo nunca antes vistos, si se le hace caso al historiador citado antes - mediante otro golpe de estado, y comenzó la era dictatorial. Presumo que con ella volvió a hacerse presente el whisky en las bandejas que portaban los mesoneros que aplacaban la sed de los invitados a las fiestas de prosapia. El período dictatorial - primero junta de gobierno, después Pérez Jiménez en "solo" - duró escasos diez años, tras los cuales se instauró el pacto de Punto Fijo y los tomadores de whisky pasaron a ser, quién lo diría, los adecos, quienes según las malas lenguas impusieron el estilacho de remover los hielos que navegan en el wihisky con el dedo índice.

En la década de los 70 se puso de moda el whisky Swing, que venía en una botella que presentaba una peculiaridad: gracias a su base, ligeramente cóncava, se balanceaba, y de allí su nombre. Uno de los lugares en donde más se vendía era en los almacenes militares, el IPSFA. En teoría esos almacenes estaban destinados para que hicieran su compras los miembros de las Fuerzas Armadas de entonces; en la práctica cualquier hijo de vecino que conociera a un militar conseguía su pase de cortesía, y con él el derecho a comprar a precios de ensueño la mercancía más variada e importada que se podía conseguir en la ciudad. La botella de Swing no tenía el pico regulador: esta circunstancia era aprovechada por mucha gente que, una vez vacía, la rellenaba con cualquier whisky barato y la ofrececía a las visitas circunstanciales como si fuera auténtico Swing. Vale decir que, casi siempre, los convidados no sabían distinguir entre el real y el impostor, y se deshacían en elogios hacia la calidad y suavidad de lo que estaban tomando. Claro, tal vez el ratón del día siguiente les daba pistas sobre el engaño al cual habían sido sometidos. 


Las cosas siguieron más o menos igual hasta la campanada de 1983, el viernes negro. Adiós al whisky barato: ahora no teníamos el 4,30 para subvencionar la bebida, y tuvimos, los menos afortunados, que bajar de nivel, y empezar a buscar opciones más económicas. Empezamos a no hacerle ascos a marcas tales como White Horse, Dewar's o Grant's. Dejábamos los 12 años para ocasiones importantes como matrimonios o fines de año.


A medida que pasaba el tiempo disminuían también las pretensiones etílicas, y fuimos reduciendo paulatinamente la calidad de nuestras bebidas espirituosas. Pasamos por caracazos, golpes de estado, inflaciones desmesuradas, y bajamos de los 8 años a los 6, 5, 4, y quien sabe si menos. Por supuesto que las élites no, a ellas nunca les faltó el acceso a las bebidas de mayor calidad. Pero la clase media tuvo que irse resignando. Con la llegada al poder del chavismo pasó algo parecido a lo del golpe de los adecos en octubre del 45, en cuanto al sectarismo. Pero estos sí no se pusieron cómicos en lo que a la ingesta alcohólica se refiere, por lo que se puede apreciar en las fotos que se filtran a las redes sociales. Cualquier fiestica de medio pelo - un quince años, una graduación - cuenta con la agradable presencia de los camaradas Juancito el caminante, el viejo Parra o el bucanero, en sus versiones mayores de edad. 


¿Pero, y nosotros, la clase media? Bueno, ahora estamos más o menos así: vamos rumbo al desastre pero tratamos de mantener una imagen de bienestar, siguiendo la estrategia del avestruz. Como el anfitrión tramposo del cuento de la botella de Swing, aparentamos estar mejor de lo que estamos en la realidad, tal vez como mecanismo de autodefensa o autoengaño. Somos whisky puyao en botella cara. Lo malo es que hasta el whisky malo se está acabando, y vamos a tener que rellenar la botella de Swing con aguardiente San Tomé coloreado con caramelo. 







domingo, 8 de septiembre de 2013

Un país, dos legalidades

I

Anoche me acosté arrullado por las suaves notas de un exquisito reguetón - en donde se repetían con frecuencia las palabras dámelo, mami y perreo - y esta mañana me desperté con un hip pop que hacía apología al hampa, al plomo y al aguardiente. Por fortuna tengo el sueño pesado, pero mi esposa no goza de la misma suerte y me dijo que el estruendo no había cesado un momento: fueron alrededor de 12 horas de ¿música? continuada. Y éste no fue un hecho aislado: esas fiestas patronales son frecuentes en los alrededores de donde tengo ubicada mi residencia.  En esos casos uno llama a la policía, invocando la ordenanza contra ruidos molestos, y ese cuerpo actúa selectivamente. Recuerdo hace unos años, cuando unos muchachos se inventaron una fiesta metalera: no había llegado la medianoche cuando un par de patrullas de Polisucre se presentaron a la puerta de la casa en donde se llevaba a cabo la pachanga "diabólica", y acabaron con ella.

¿Cuál es la diferencia entre ambas situaciones? Unos trescientos metros lineales, más o menos. Es la distancia que separa la casa del cuento de la fiesta metalera, situada en la calle Terepaima de El Marqués, del Barrio San Miguel, en donde ocurren las rumbas patronales que duran toda la noche y a veces parte de la mañana. Cuando se ha llamado a la policía, la respuesta ha sido que ellos allí no entran.

II

¿Nunca los han parado en una autopista para pedirle los papeles, y les han revisado el carro buscando alguna luz defectuosa, un vidrio partido o algo similar? Es práctica corriente, y no debería tener nada de extraordinario. Es más, debería ser la norma: la seguridad primero. Por lo general, las personas que reciben ese trato son muchachos que acaban de sacar la licencia, o personas mayores fácilmente impresionables. Pero por otra parte se ven circulando por las vías ciertos vehículos que deberían ocupar un lugar preferencial en alguna chivera, y que hacen que uno se pregunte cuál sortilegio les permite seguir rodando sin desarmarse de repente. Chatarras que en el mejor de los casos ocasionan enormes trancas cuando se quedan accidentadas en medio de la calle, y en el peor causan víctimas por propiciar algún choque. Esos carros deberían ser desincorporados de inmediato del parque automotor, pero ningún ente público toma alguna medida al respecto.

III

En estos días hubo una protesta masiva de motorizados. El motivo de dicha manifestación fue la inconformidad del gremio por el alto precio de las motocicletas y de los repuestos. Como resultado de la "pacífica" protesta, un vehículo particular tuvo daños severos, y leí que una menor sufrió una fractura en su brazo. La respuesta de las autoridades ante esta barbaridad fue darle la razón a los motorizados y emitir la promesa de emprender una cruzada contra las empresas que comercian con el rubro motociclístico. Pero, ¿para las personas afectadas por la acción de los motorizados habrá justicia? Dados los antecedentes me abrogo el privilegio de ponerlo en duda. 


* * *

¿Qué tienen en común las tres situaciones descritas? La existencia de dos raseros, de dos legalidades que se aplican a discreción de las autoridades. O más bien, la ausencia de legalidad para un sector de la población, que es inmune a la aplicación de las leyes que regulan la convivencia en sociedad. No pretendo satanizar en estos párrafos a los sectores de menos recursos, ni estoy insinuando que todos ellos vivan al margen de la ley. Soy un firme creyente de que la mayoría de la gente es en esencia decente y quiere vivir en paz. Pero la violencia de algunos de los miembros de la comunidad en donde hacen vida los desborda y tienen que desarrollar habilidades para poder sobrevivir en ese ambiente inhóspito. Estoy seguro, por ejemplo, de que a la mayoría le molesta tener una fiesta prendida toda la noche al lado de su casa, pero se cohíbe de protestar para evitar represalias. Está instaurado un régimen de terror, en donde quien tiene las armas tiene el control de la zona. Y ese mismo régimen es el que impide que las autoridades actúen. Es un problema estructural, en el cual la falta de educación cívica es pilar fundamental. Mientras no se ataque el problema de raíz, y como única medida se apliquen pañitos calientes, esta situación no va  a mejorar; muy al contrario va a seguir creciendo, y la gobernabilidad de la ciudad, ya bastante precaria en la actualidad, va a colapsar por completo en corto tiempo. 

sábado, 17 de agosto de 2013

Rating, de Alberto Barrera T.



Rating, o la televisión por dentro contada por alguien que la conoce de cerca. Leí la novela porque estaba en la casa: fue materia de estudio en una materia de comunicación social que estudia mi hija menor. Tal vez no la hubiera comprado por decisión propia, pues la televisión dejó hace mucho tiempo de estar entre mis intereses, y más esa televisión de novelas recicladas hasta la náusea. Sin embargo me gustó, principalmente porque conecté de inmediato con el personaje del escritor cincuentón. Al estar en la misma franja de edad establecí empatía con él, con sus achaques imprecisos, su temor a la vejez, su sentimiento de estar llegando al límite de su capacidad creativa. Y por haber experimentado la muerte de mi madre de manera parecida a la que él relata: los días de clínica, el esperar por el único desenlace posible, el tratar de insuflar esperanzas sabiendo que se estaba mintiendo adrede.

Es un libro que se lee fácil, pero no quiero decir con eso que sea simple. Ahonda en las personalidades de los tres personajes principales, y nos sumerge en sus motivaciones disímiles. Y, aunque antes dije que la televisión no está dentro de mis afectos, es innegable que está grabada a fuego en mi memoria, ya que, como  la mayoría de mis coetáneos, me crié enfrente de la caja boba, y tengo mi buena cuota de horas de telenovela, desde Lucecita hasta Por estas calles, que fue cuando decidí que ya era suficiente. Por eso cedí al chantaje, al morbo de ver como es el monstruo por dentro, cosa que Barrera maneja con mucha solvencia. La estructura de la novela, con dos narradores que se alternan y en algún momento llegan a confundirse, está bien llevada y mantiene la atención.

Y una cosa anecdótica: no sé si el episodio sobre la orgía en la que caen presos Izquierdo y Beatriz ocurrió en realidad, pero se me pareció demasiado a algo que pasó en las residencias en donde viví desde 1987 hasta 2007, en la California Norte: en el penthouse de la torre A hubo un escándalo parecido, con policía, patrullas y mucho cotilleo durante bastante tiempo. Quiero creer - el morbo vaya adelante- que el episodio que narra Barrera está inspirado en ese hecho.

Si tuviera que criticarle algo, sería la poca profundidad que le dio a los personajes que participan en el reality que sirve de base a la novela. Creo que los lectores quedan insatisfechos por la poca trascendencia que tienen en la trama, es como si fueran un relleno. Tal vez fue adrede, pero me hubiera gustado que ahondara un poco más en ellos.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Un robo más en Caracas



Hoy me robaron el anillo de matrimonio. Si hubo algún objeto cercano a mí fue precisamente ese aro: durante 26 años, casi sin interrupción, estuvo ocupando la falange del dedo anular de mi mano derecha, en donde me lo colocó Mary el día en el cual nos casamos. El dedo presenta una marca, un adelgazamiento en esa zona. Un surco. Ese surco me recuerda que el símbolo de una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida está ahora en poder de un malandro cualquiera, pero por poco tiempo. Quizá ya se deshizo de él. Será fundido, seguramente, y transformado en alguna otra cosa que nada tendrá que ver con su significado anterior.

Con todo y lo que representa el anillo, creo que en el momento lo que más me dolió fue la impotencia. La escena, típica: una cola interminable, los carros pegados parachoque contra parachoque, y un pequeño corredor por donde se mueven los motorizados. Estoy escuchando cualquier cosa en la radio, tal vez el final de "Los pasos perdidos". No ese programa ya terminó; ahora estoy oyendo a Vladimir Villegas haciendo la cuña del Lee Hamilton, y pienso que hace añales no piso ese restaurant mientras espero que el vehículo de adelante se decida a rodar otro poquito. De pronto siento que alguien golpea el vidrio de la puerta del copiloto. Volteo mi cara para ver que sucede, y el parrillero de una moto me hace una señal indicando que quiere mi anillo. En un primer momento no entiendo, y los gestos del hampón se hacen más insistentes, y señalan hacia su cintura. Me cae la locha, pero me resisto, durante una fracción de segundo; entonces el individuo, molesto, busca algo en un bolsito que carga el conductor de la moto guindado de su espalda. Decido entonces que mi vida vale más que la apuesta sobre si anda en realidad armado (aunque creo que la hubiera ganado) y con resignación me saco el anillo, abro el vidrio y se lo entrego. Le endilgo un mudo "el coño de tu madre", a manera de despedida. Me mira con indiferencia y la moto arranca a la velocidad que le permite el tráfico. Y yo me quedo como un insigne pendejo, sintiendo la ausencia de mi anillo, sintiéndome un poco estúpido, sin poder hacer absolutamente nada para proteger mi propiedad.

Hace poco, menos de un mes, a mi esposa le pasó lo mismo: ella sí vio el arma, a ella el ladrón la amenazó con "volarle el coco". Pude tomar la determinación de quitarme el anillo en ese momento y guardarlo en una gaveta. Pero decidí no hacerlo: hubiese sido como robármelo yo mismo, privándome de la sensación que me brindaba por puro miedo al robo, por la maldita precaución que nos impone esta ciudad inhóspita y a la que nos estamos acostumbrando demasiado. Decidí probar mi suerte, y perdí. Tan sencillo como eso. Ahora me consuelo pensando que al fin y al cabo era tan sólo un pedazo de metal. Un muy querido pedazo de metal.

domingo, 4 de agosto de 2013

El sartén de oro

Tenía un sartén destinado a freír huevos, en exclusiva. Mis hijas lo bautizaron sarcásticamente como "el sartén de oro", por el celo con el que lo trataba. Poco a poco el utensilio fue deteriorándose, y pasó a un honroso retiro. Compré otro "sartén de oro": porque uno de los derechos irrenunciables que tiene un hombre es el desayuno del domingo, compuesto por un par de huevos fritos como Dios manda.

sábado, 27 de julio de 2013

Cuerdas y nudos


Una cuerda sola no es nada
si no tiene un nudo en su extremo
que le dé vida, significado.

Hoy recordé que más joven
conocía nudos complicados
as de guía, de cabestro, medio nudo
ahora sé hacer sólo uno: el del ahorcado.

Ya tengo la cuerda, y por lo tanto el nudo.
Sólo falta la viga, el taburete y el salto.
A veces todo se desmorona
y hay que estar preparado.

miércoles, 17 de julio de 2013

Experimento a un perfecto extraño, de José Urriola




Esta mañana terminé de leer el libro de José Urriola, Experimento a un perfecto extraño. Lo compré aprovechando la presentación que realizó hace un par de semanas en el Banco del Libro, que me puso al tanto sobre lo que iba a encontrar en la novela, con respecto a su estructura y temática general. Lo empecé a leer el domingo siguiente, y su división en capítulos de tamaño conveniente para mis hábitos de lectura me permitió saborear cada uno de ellos, sin darme prisas ni dejar cosas inconclusas.

A ver, es inevitable para quienes crecimos con Rayuela establecer un paralelismo, en cuanto a su estructura de novela lúdica: tal y como sugiere el libro en su prólogo, admite diferentes maneras de leerlo, pues cada capítulo es independiente a pesar de encajar a la perfección en la historia que nos cuenta José. El libro nos pasea por los delirios del personaje principal; aúna momentos sumamente divertidos con episodios de humor negro (¿cómo olvidar a la milf bipolar?), sesiones desquiciadas de psicoterapia, erotismo con personajes de dos dimensiones y situaciones que tal vez fueron oníricas o tal vez no. Todo salpicado por referencias musicales, cinematográficas y literarias que me obligaron a veces a consultar youtube para entender de qué iba la cosa. Cómo lo definí en el tuit del #librodeldía: Coctel de paranoia, cultura pop y humor.

Hacia el final del libro, en el capítulo denominado "Hermosos objetos imposibles", sentí que el espíritu de Otrova Gomas andaba flotando por allí, y esto debe entenderse como un halago, ya que Otrova, para mí, es el exponente principal del humor cerebral criollo, ese que no apela a la grosería ni al doble sentido barato para hacernos soltar una risotada o, más sutil todavía, esbozar una sonrisa de complicidad. Eso mismo logra Urriola con algunos pasajes de su libro, que permiten relajarnos un rato antes de enfrentarnos con episodios que exigen atención total para apreciarlos a plenitud.

Para cerrar, solamente diré que me identifiqué mucho con el personaje principal y su particular paranoia, ya que en algún momento de mi vida sentí algo parecido. Y creo que tal vez eso le ha pasado a mucha gente, en mayor o menor grado.


domingo, 14 de julio de 2013

Las Cancelas: Breve paseo por la decadencia

Como ayer teníamos que hacer algunas compras en Sabana Grande, se me ocurrió unir el deber con el placer e invité a mi esposa a comer en un lugar de la geografía de mi infancia. Las Cancelas, que se promocionaba como la mejor paella de Caracas. No sé si el slogan era cierto, pero esos arroces podían ser memorables. Tenía más de diez años que no acudía al lugar, y la primera sorpresa fue ver que se había estancado en el tiempo: después de la remodelación que sufrió en los años 80, no ha cambiado en nada, salvo en el perceptible deterioro de las instalaciones. El mobiliario sigue siendo el mismo. Un vago olor a cloro tapando algo viejo flotaba en el ambiente. Sobre nuestra mesa, una botella que había sido de vino blanco según decía la etiqueta ahora albergaba un líquido azul. Aparte de nosotros, había apenas un par de personas en la barra y otras 4 o 5 mesas ocupadas. Solamente un par de mesoneros deambulaban por el local, sin darse mucho apuro, pues no lo había en absoluto. Pedimos dos cervezas, que llegaron heladas, y allí comencé a reconciliarme con el lugar.

Nos trajeron la carta, que salvo los precios también estaba anclada al pasado: la misma oferta de siempre. Por lo general ese es un sitio para pedir algún arroz, pero no estábamos dispuestos a esperar los proverbiales 35 minutos (que siempre terminan siendo una hora), por lo que nos decidimos por una zarzuela de mariscos, mi esposa, y yo por el cordero al horno. El servicio del camarero puede considerarse como diligente, pero el de la cocina no tanto: esperamos bastante para unos platos que deberían estar por lo menos precocinados. Pedimos otro par de cervezas para mitigar la espera.  A pesar de la tardanza, no puedo hablar mal de la cocina. Los platos estaban muy buenos, tal vez la zarzuela un poco alta de sal pero nada como para quejarse. Mi cordero estaba muy tierno y jugoso. Las raciones suficientes, no llegando a abundantes, pero no nos dejaron con hambre. En cuanto a precios, gastamos 450 Bs. con todo y propina.

En fin, creo que los locales están enfrentados a una lucha para lograr sobrevivir, en la cual tienen que sacrificar ciertas cosas para permanecer a flote. En el caso de Las Cancelas, manteniendo al mínimo las instalaciones y el personal y tratando de lograr equilibrio entre la calidad de la oferta y los precios. Supongo que los tiempos en los cuales uno se sentaba en la barra y con una cerveza le obsequiaban una tapa no volverán.

lunes, 8 de julio de 2013

Paseo a los predios del Dr. Knoche



Existe una fundación denominada FUNDHEA (Fundación Historia, Ecoturismo y Ambiente) que se dedica a realizar turismo autosustentable, y entre otras cosas organiza excursiones por rutas que tengan algún valor ya sea histórico o ecológico. Uno de los destinos que ofrece es el Mausoleo del Dr. Knoche. Como tenía conocimientos previos sobre la figura del doctor, personaje al filo de la leyenda por sus actividades de embalsamamiento durante el siglo XIX, me pareció interesante y accedí a los requerimientos de mi esposa, quien ya había realizado los contactos iniciales con Derbys López, principal promotor de la fundación, y nos inscribimos para participar en el paseo.

Nos fuimos cerca de las 7:00 AM en metro al punto de encuentro, la estación de El Silencio, en donde tomaríamos el transporte que nos acercaría a la ruta pedestre que conduce al lugar. Fue muy cómico coincidir en el viaje subterráneo con algunos amanecidos, a esa hora tan temprana del domingo. Ellos iban rumbo a su casa a dormir, nosotros nos dirigíamos a descubrir nuevos lugares.

Al llegar a El Silencio nos encontramos con los demás integrantes de la excursión, unas 38 personas, con edades que iban desde los 3 hasta los 70 años, varios grupos familiares, y mucha juventud. Estuvimos charlando mientras terminaban de llegar todos los participantes, y cuando eso ocurrió nos trasladamos hacia la entrada de la Plaza Bicentenaria, en donde abordaríamos los transportes. Ocurrió un pequeño incidente: una de las unidades contratadas había sufrido un percance, y los organizadores tuvieron que resolver la situación ubicando otra. Por ese motivo salimos un poco más tarde de lo estipulado. Cabe destacar que los soldados que estaban resguardando la plaza nos solicitaron que nos moviéramos de la entrada, por ser zona de seguridad. En fin, les hicimos caso y nos movimos 5 metros a la derecha, en donde aparentemente ya no estábamos comprometiendo la seguridad del lugar. Mientras tanto nos organizamos en 4 grupos, para distribuirnos en las unidades. Cuando llegaron las abordamos, y tras un breve recorrido urbano en donde reconocí, a pesar de la poca visibilidad que permitía el vehículo que nos transportaba, la Avenida Baralt y Cotiza, comenzamos a transitar por el camino de montaña bien acondicionado que lleva a Boca de Tigre y posteriormente a San José de Galipán, lugar desde donde partiría la excursión a pie. A llegar allí nos congregamos en la placita Bolívar, y Derbys nos informó sobre la logística que emplearíamos durante la caminata.



Mis condiciones físicas distan mucho de ser óptimas, y el trayecto era en subida, ¡y qué subida! Sin embargo, poco a poco, con frecuentes paradas para recuperar el resuello, pudimos llegar al primer punto de control, el llamado "Mata de mango". Allí descansamos un rato, tomando agua, bromeando e intercambiando impresiones sobre lo que habíamos visto y sentido en esa primera etapa. Aprovechamos para tomar algunas fotos del Picacho de Galipán, gracias a que el cielo estaba despejado.Tras esa breve pausa, retomamos la marcha, que iba a ser más comprometedora que en la primera parte.



Debo confesar que en más de una oportunidad pensé en abandonar. Sentía que las piernas no me daban, y que el aire me faltaba. Mi lado malcriado salió a flote, y pensaba protestar por las condiciones de la caminata, que no correspondían a lo que nos habían informado previamente. Sin embargo, al ver que personas que habían pasado los 60 años hacía rato seguían en la brega, mi pundonor me hizo superar ese momento de flaqueza y continué avanzando. Tras una subida que parecía interminable - a cada recodo se tenía la esperanza de que el camino se enderezara, pero nada de eso sucedió - llegamos al segundo descanso, el Plan de la Alpargata, en donde hicimos una larga pausa para tomar agua y comer alguno de los refrigerios que habíamos traído, y que aprovechó Derbys para comenzar su ciclo de charlas sobre el Dr. Knoche. Ese lugar viene siendo algo así como la entrada a la tierra de Knoche, en cierta medida caricaturesca por la ¿réplica? de la cabeza de una momia en un nicho enterrado en el piso, y una valla informativa, del estilo de las que se encuentran en los senderos de la montaña, con una leyenda bastante halada de los cabellos que narra un acontecimiento del cual no existe registro alguno. Parece ser que fue el intento frustrado de una asociación que quiso apalancarse sobre la fama de Knoche para hacer una suerte de parque temático, pero el empeño de los ambientalistas lo pudo frenar a medias.





Cuando terminamos con ese segundo período de descanso, ya hidratados y alimentados, afrontamos la última parte del recorrido, que prometía ser plácida ya que era un senderito plano, sin inclinaciones abruptas. Pero fue un espejismo: inmediatamente se convirtió en una cuesta, que ascendía un largo trecho, se emparejaba un rato y luego comenzaba a descender aceleradamente, lo que nos hizo entender lo que nos esperaba al regreso. Maldije en secreto a los fabricantes de senderos montañeros, que se antojan de hacer los caminos más enrevesados posibles, pero seguí avanzando resignadamente, ya que según los solícitos y amables guías, Jonathan Torrealba y Angelo Modesti, faltaba poco. A ratos la ruta se abría hacia el norte y nos permitía observar el litoral central. Una de las cosas que más llama la atención es la riqueza de vegetación que se puede observar en el trayecto; a ratos parece un jardín diseñado por un paisajista muy imaginativo, pues se ven vistosas combinaciones de colores a todo lo largo del sendero.



Por fin llegamos a lo que fue la entrada de la casa; de ella sólo queda una ruina rematada por un símbolo que parece una @, lo que me hizo pensar que el doctor había sido un adelantado a su tiempo. De la casa en sí tampoco queda nada, salvo dos estructuras de baja altura que parecen haber pertenecido a un balcón, y el denominado laboratorio, una pequeña construcción abovedada en donde se presume realizaba sus experimentos el Dr. Knoche. Derbys aprovechó para explicarnos detalles de la casa tal y cómo había sido concebida originalmente, y las hipótesis sobre su destrucción. Hay dos teorías, ambas relacionadas con la búsqueda de algún tesoro escondido en la propiedad; en una los protagonistas son gente extraña, en la otra se trata del mismo nieto del doctor, con fama de ludópata, quien para pagar deudas de juego arrasó con la vivienda.







Luego de un rato, y de haber realizado todas las fotografías que mereció la ocasión, nos dirigimos a la última etapa de la excursión, el Mausoleo. Se trata de una edificación bastante simple, en obra limpia, desprovista de adornos salvo una escalera que permite subir al techo en donde hay un pequeño mirador, y que tenía como única finalidad servir de última morada a los parientes del doctor, y a él mismo, después de haber sido embalsamados. El sitio fue saqueado en el pasado, y las momias se perdieron. Recientemente se hizo una restauración por la misma asociación que mencioné antes y que al parecer de Fundeha no fue fiel, y ahora sobre cada nicho reposa una lápida de mármol con la información referente al ocupante original. Derbys dio la última parte de su charla, y nos explicó la necesidad del mausoleo: anteriormente, hasta la época de Guzmán Blanco, existía una prohibición de enterrar extranjeros en los cementerios del país, por lo que se volvió común la práctica de establecer cementerios privados para poder darles sepultura. El Dr. Knoche fue uno de los que solicitó los permisos para ello, y de allí que haya mandado a construir, en medio de la montaña, esa extraña edificación destinada al culto de los muertos. Concluimos la visita al mausoleo con una breve intervención de cada uno de los participantes en el paseo, y con la pequeña y espontánea celebración del cumpleaños de una de las señoras que nos acompañaba.








Solamente nos quedaba el trago amargo del regreso, la caminata a la inversa: lo que antes fue bajada, ahora iba a ser subida, y viceversa. Fue menos duro de lo esperado, en realidad. Parece que el cuerpo se acostumbra al castigo, y reacciona mejor con el calentamiento. O tal vez eran las ganas de terminar rápido con la tortura. Lo cierto es que en mucho menos tiempo que el empleado en la ida ya estábamos en el punto de salida, esperando por las unidades que nos llevarían primero a Boca de Tigre, a comer un hervido reparador y efectuar algunas compras en los puestos de comida de la zona, y por último al destino final, la estación del metro de El Silencio. Bajamos ya de noche, y tuvimos como cierre el espectáculo de las luces de la ciudad, una imagen que aunque hayamos visto innumerables veces siempre nos llena de asombro. Cansados, sí, muchísimo, pero al final complacidos por haber participado en esa excursión tan genial.