miércoles, 4 de diciembre de 2013

Café



Una taza de café recien colado
reposa a mi lado, humeante,
mientras decido cuál será mi vestimenta.

Voy tomándomelo despacio,
a pequeños sorbos, procurando no quemarme,
aunque siento que el reloj me apremia.

Hoy es martes, otro martes igual al anterior,
seguramente igual al siguiente.
Martes de tráfico, de llegar apurado,  justo a tiempo
para marcar mi huella dactilar - antes era tarjeta-
en la máquina que controla la asistencia.

Habrá una pila de asuntos pendientes,
conversaciones medio intrascendentes,
alguna reunión imprevista,
el almuerzo despachado a toda prisa,
en el escritorio,
frente al computador;
luego un breve paseo por el centro comercial de al lado
para marcar la pausa meridiana,
y después otras cuatro horas repitiendo la misma labor.

A lo mejor algún evento no programado
cambiará un poco el ritmo del día:
la gente saldrá a los pasillos en colectivo cotilleo
y al rato se volverá a recluir en su cubil. Cubículo, quise decir.

Y cuando llegue la hora de salida, o la hora en la que pueda salir
- no siempre son la misma cosa-
repetir el viaje de la mañana,
pero a la inversa, salpicado a ratos de luces blancas y rojas,
pendiente de los motorizados, del semáforo,
de los peatones,
escuchando a algún analista político
decir las mismas palabras
recicladas año tras año
en alguna emisora FM,
procurando llegar pronto a casa,
encerrado en la oscura burbuja anónima,
buscando la invisibilidad.

Pero eso será más tarde.
Mientras tanto, trato de eternizar
mi taza de café humeante.
Lo más que se pueda.








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