domingo, 29 de abril de 2012

República Oximorónica de Venezuela



Oxímoron. (Del gr. ὀξύμωρον). 1. m. Ret. Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido; p. ej., un silencio atronador.

¿Puede usted encontrar los dos oximorones en la fotografía? Son fáciles de distinguir, pero están tan arraigados en la estética impuesta por el actual régimen que tal vez pasen desapercibidos. Aquí van: el primero es la frase "arte político". La política puede verse como un arte, es cierto. Pero no debería jamás utilizarse el arte con fines políticos: ya tenemos bastantes ejemplos de lo pernicioso de ese enfoque (sumamente utilizado en regímenes totalitarios). Cuando se obliga al artista a ceñirse a una temática y una estética acorde con las intenciones de un gobierno determinado, el resultado será inevitablemente triste.

El otro contrasentido es gráfico: aunar a la expresión "Museo de Bellas Artes" la imagen de un individuo armado es una tremenda contradicción. Las Bellas Artes deben enriquecer el espíritu, no envilecerlo. El arte puede, y llegado el caso, debe denunciar la guerra, y el ejemplo más a la mano es el cuadro "Guernica" de Picasso. Pero utilizar el arte para ensalzar el belicismo es una práctica perversa. Tal vez un experto en semiótica pueda decodificar de manera mucho menos torpe que la mía esta imagen. Pero intuitivamente es una alcabala que me impide entrar al museo que debería ser para el goce visual, y no una vitrina de esta seudorevolución. ¿Dónde están los Salas, los Michelenas, los Reverón , donde están, en fin, los cuadros seminales e históricos que deberían estar expuestos perennemente en una sala especialísima de este museo? Hace décadas que no los veo, tal vez estén arrumados en algún sótano, no lo se a ciencia cierta. Pero lo que sí se es que el Museo de Bellas Artes, hoy en día, debería recibir un nombre más sincero y acorde a su utilización. Tal vez Museo de la Revolución sea más adecuado, en donde se glorifica el caracter "pacífico, pero eso sí, armado" de la misma.

jueves, 19 de abril de 2012

Jardín Botánico

Ah, los tiempos de la fotografía analógica. Era todo un proceso, y tenía su componente artesanal: se compraba el rollito de 24, o 36 fotos (si se era aficionado serio, se adquiría el formato adecuado para el tipo de fotografías que se tenía pensado hacer: blanco y negro, asa 400, diapositivas, etc). Se cargaba en la cámara buscando desperdiciar la cantidad mínima de negativo, pues nada más anticlimático que se acabara el rollo justo cuando se conseguía el sujeto fotográfico de la vida. Se trataba de tomar las mejores fotos posibles, sin garantía del resultado: el ajuste de la exposición, la velocidad, la profundidad de campo eran las variables que teníamos a disposición para jugar. Y luego, a esperar. En los tiempos más remotos, de 2 a 10 días, dependiendo del laboratorio, y ya al final de la era, una hora gracias a los minilabs. Y por último, múltiples decepciones aunadas a unas cuantas alegrías, cuando las fotos salían como las habíamos pensado.

Con la fotografía digital mucho de eso se perdió: las cámaras hacen casi todo el trabajo por uno, el resultado se puede evaluar instantáneamente, y el espacio es casi ilimitado. A menos que sean tan torpes como yo, que dejo olvidada la tarjeta SD en el PC.

Eso me pasó hoy: nos fuimos al jardín botánico aprovechando el feriado, en pos de un safari fotográfico. Como mi esposa acaba de inaugurar un grupo en Facebook dedicado a la fauna voladora de la capital, salimos a buscar imágenes para alimentarlo, en ese santuario vegetal en medio de la ciudad. Apenas llegamos, nos recibió un gavilán que aterrizó a escasos metros, sobre un árbol. Ni corto ni perezoso, apunté mi cámara hacia él... con la desagradable sorpesa del mensaje "memoria llena". Después de la automentada de rigor, examiné mis posibilidades: debía trabajar con la miserable memoria interna de la cámara, de 32 Mb. Tuve que vaciarla (espero no haber borrado alguna foto memorable, pero me queda el consuelo de la ignorancia). Y para poder sacar la mayor cantidad de fotos posible, bajé la resolución a unos míseros 3 megapíxeles. Tenía en mi poder 27 fotos, como en los viejos tiempos. Y afronté el trabajo como lo hacía entonces, tratando de sacar las mejores fotos posibles dentro del espacio disponible. Éste fue el resultado.



























martes, 17 de abril de 2012

Ésta no es una crítica de Medianoche en París


Mi primera experiencia universitaria, allá en el lejano año 1.977, fue en la Simón Bolívar. No se cómo será el régimen en estos días; cuando me tocó a mí, existía un primer año básico, común a todas las carreras, y después se decidía el rumbo a seguir en adelante. Ahora bien, en ese básico había una primera elección: se debía escoger entre estudios sociales o estudios de la naturaleza (biología, para decirlo de otra manera). Dado que esa materia no me había simpatizado mucho en bachillerato, me fui por sociales. Esta elección me permitió conocer a varios notables profesores, entre los cuales recuerdo a Dino Garber y al padre Arrieta. Recuerdo una de las primeras clases, con el profesor Garber. Algún alumno quiso lucirse, y utilizó una cita de Selecciones para una intervención. Más vale que no: el profesor lo fulminó con una mirada demoledora, y comentó: "Selecciones es el Buenhogar de la información".

Total, que de un bachillerato algo soso caí en manos de unos profesores críticos y severos, pero brillantes. Una de las cosas que nos inculcaron fue la necesidad de leer, constantemente. Por lo general los trabajos que mandaban ameritaban extensas fornicaciones con los libros de la vasta y amigable biblioteca de la universidad. Me hice asiduo a ese recinto, y pasaba largas horas leyendo, al principio por obligación pero cada vez  más por placer. Miles de libros estaban en los estantes, para quien los quisiera tomar. Al principio mis lecturas fueron desordenadas y dispersas (mi actitud era parecida a la de un niño al que se le diera acceso ilimitado a una juguetería) pero poco a poco fui enfocándome más. Allí conocí a Cortázar, Borges, Sábato, Noguera y muchos otros autores del continente. Todavía recuerdo el olor característico del sitio, y el contacto con la alfombra que recubría el lugar, en donde me sentaba a mis anchas sin que nadie me molestase.

Ese primer año de universidad tuvo sus altibajos, pero como pude lo terminé, y entré en carrera. Escogí Ingeniería de computación, y desde el "go" comencé a llevarme trancazos, tanto que para poder continuar en la universidad tuve que buscar créditos académicos con materias comodín. Una de ellas fue bien interesante: se llamaba "La generación perdida", y confieso que la escogí sin saber de que iba. Feliz ignorancia: esa cátedra me abrió el camino a las letras sajonas y a la génesis de cierto mundo intelectual del siglo XX, pues versaba sobre la élite de intelectuales que hizo vida en París en los años 20 del siglo pasado, bautizados por Gertrude Stein como "a lost generation". El libro de texto , cual otro hubiera podido ser, era "A moveable feast", traducido como "París era una fiesta", de Hemingway.

Escribí este largo prologo para justificar porqué me gustó tanto "Midnight in Paris". Verla fue retroceder en el tiempo hasta ese momento feliz de mi vida, casi que una recreación de la anécdota de la película en tiempo real y adaptada a mi circunstancia. Así como el protagonista de la película encontró una ventana temporal hacia su época favorita, lo mismo me sucedió. Mi conexión con el film es puramente emocional, por lo que no puedo ser objetivo al respecto. He leído críticas de la película que la destrozan, y no puedo decir que estén equivocadas. Pero mi experiencia con ella fue a un nivel afectivo, y en ese terreno no prevalece la razón: cómo me hubiera gustado estar presente en alguna de esas tertulias en donde Hemingway y Picasso discutían de arte, de literatura, de toros o de mujeres, o escuchar una disertación de Dalí sobre algún tema estrambótico y halado de los cabellos. Cuánto daría por pasear en la noche por las calles de París, con una botella de vino debajo del brazo, en compañía de alguno de esos ilustres escritores... sé que es una idealización facilista e infantil, ya que la vida en esos tiempos ha debido ser dura y algunas veces insoportable para ellos, pero de vez en cuando es bueno permitirse un rato de fantasía. Y eso es precisamente lo que me permitió esta película: fantasear con esos héroes de mi juventud y retrotraerme a épocas desprovistas de mayores preocupaciones.  Parafraseando a Sabina, cuando era más joven la vida era fácil, distinta y feliz.

domingo, 15 de abril de 2012

The rum diary, o la maldición de las películas quemadas



Una de las películas que reveo con mayor regocijo es "Fear and loathing in Las Vegas": las actuaciones de Depp y Del Toro son tan demenciales que constituyen una obra de arte del absurdo, para mí. Bajo esta premisa ayer compramos, en un tenderete de los tantos que pululan en la ciudad, "The rum diary", una película basada en el libro homónimo de Hunter Thompson, quien es el periodista en el cual se inspira "fear ...". Teníamos altas expectativas con esta película, pues la combinación entre la capacidad actoral de Depp y la fuerza argumentativa de Thompson nos auguraba una gran experiencia.

La primera decepción: la película no tenía menú. Esto ya empezaba a oler mal, era una copia bajada de internet y no plagiada lealmente de una pasta original. Y cuando arrancaron los diálogos la cosa se puso peor: parecía traducido por un estudiante de 4to año de bachillerato, aunque supongo que lo hacen apoyados en algo como Tradukka o similar. Total que por fortuna el audio de la película estaba bastante aceptable, y gracias a ello pudimos captar la esencia de la trama, en líneas generales.

La segunda decepción: la guerra interna de Depp para no repetir el papel anterior. Aunque se trataba en definitiva del mismo personaje, un periodista cínico y adicto a cualquier experiencia asociada con las drogas, en esta oportunidad me pareció demasiado correcto. No tuvo esa vena de locura; estaba, cómo decirlo, en una posición seudomoralista que no creo le haga justicia a Thompson. No quiero decir con esto que la actuación haya sido mala, Depp ya es demasiado actor para no poder interpretar con solvencia cualquier papel.Más bien me refiero a la óptica desde la cual construyó a Paul Kemp.

La tercera decepción: me pareció estar teniendo un deja vu cuando apareció Giovanni Ribisi en el papel del periodista experto en religión irremediablemente dañado. Esa actuación la había visto antes. Y en efecto es así: me pareció un calco del jíbaro de Pulp Fiction, en cuanto a su vestimenta y gesticulación. Ribisi me parece un excelente actor, a quien no se le ha dado su gran oportunidad, pero esta vez (a lo mejor son cosas mías) se copió de Erick Stoltz.

Ahora bien, no es que me haya parecido una mala película. Capta, desde la óptica particular de Thompson,  la vida de los norteamericanos que por alguna razón tuvieron que hacer vida en Puerto Rico, al cual consideraban una especie de zona de diversión a donde iban a comprar, jugar en los casinos o emborracharse en los bares, sin ningún contacto con los locales, considerados una especie de empleados al servicio de los turistas o los contratistas de negocios; tal vez algo estereotipada la visión sobre el tercermundismo, llena de colorido bullicioso y gente bailando por las calles (bueno, era carnaval, después de todo). Creo que el personaje más entrañable de la película es el fotógrafo Sala, muy bien interpretado por Michael Ríspoli. Geniales sus apariciones en las galleras, y su cínica forma de ver la vida. También me gustó el papel interpretado por el Richard Jenkins como el director del periódico, Lotterman.

En conclusión, si tengo la oportunidad de volverla a ver pero en mejores condiciones lo haré, pues creo que merece una segunda oportunidad.

domingo, 8 de abril de 2012

Depósito de nostalgias

Los amigos de Bibliomula, una iniciativa de divulgación literaria en la web, acaban de estrenarse en formato revista. Una de las secciones de dicho vehículo informativo se denomina "Voyeur de bibliotecas": hace algún tiempo le solicitaron a sus seguidores en Twitter fotos de sus respectivas bibliotecas, junto con un breve comentario. Tuve el honor de ser seleccionado, y a continuación transcribo mi aporte: 






Mi biblioteca, más que almacén de libros, es depósito de nostalgias. En ella consiguen albergue volúmenes que me han acompañado desde la infancia, como la vetusta Enciclopedia Ilustrada "Cumbres", tantas veces ojeada, o las novelas de Salgari; libros que fui adquiriendo en la adolescencia, típicos de esa etapa de búsqueda y descubrimientos – Hesse, Kalil Gibrán, Kafka, sus representantes más ilustres; y los de la etapa adulta, algo más aburridos y serios. Debo confesar que en estos últimos tiempos no ha crecido gran cosa, y el número de libros se mantiene más o menos estático; culpo por ello a la biblioteca de Babel anticipada por Borges. Si embargo allí están esos objetos que de alguna manera ayudaron a definirme, acumulando años y polvo, a la espera de que alguien los retome, o que encuentren su destino final en algún basurero anónimo. Cuando ya no esté yo para defenderlos.

viernes, 6 de abril de 2012

Objetos eternos

En toda casa existe esa categoría de cosas: la tacita con el asa un poco desportillada pero que a pesar de ello es la favorita, un sartén algo quemado pero que fríe como ninguno los plátanos, o tal vez un peine que ha amansado los chicharrones por varias generaciones. Yo no escapo a esa condición de acumulador. Mi naturaleza es la del coleccionista, y soy renuente al desecho. Gracias a ello tengo una gama de utensilios que he visto a mi alrededor desde que tengo memoria, y han recalado en mi hogar, en donde todavía se les da uso. A continuación, una galería de dichos objetos utilitarios y eternos.


El colador de pasta: si en cualquier casa es un utensilio útil, en un hogar de ascendencia italiana pasa a la categoría de indispensable. Este colador metálico, que ha acompañado los almuerzos de tres generaciones, tiene una característica genial: al poseer patas bastante altas, puede ser apoyado del fregadero sin temer que el agua le regrese a la pasta mientras se está colando, aspecto bastante enojoso y reñido con la higiene pero que suele suceder con los coladores plásticos de hoy en día. 



El rodillo: este es otro objeto muy ligado a la cultura italiana. Su origen (el de éste en particular, no pienso tirarme la historia del rodillo) es bastante curioso: mi madre lo halló en un estante de la cocina del apartamento en donde vivió al llegar de Italia,en diciembre del año 1.958; seguramente perteneció a los ocupantes anteriores,  tal vez inmigrantes a su vez. Nadie lo reclamó nunca, y pasó a ser el hacedor oficial de los kilómetros de pasta que elaboró ella en vida: infinidades de tagliatelle, tortellini, y pasta para pasticho fueron confeccionados entre mi madre y él. Yo no lo uso salvo en contadas ocasiones, pues la elaboración de pasta casera requiere de un tiempo y una dedicación que no suelo poseer; sin embargo allí está, presto a otra tanda de masa por aplanar.


La espumadera y el cucharón: estos vienen en combo. Son dos hemanos teutones, de fabricación maciza, y de resistente aluminio; parecen sacados de principios de la postguerra, cuando la industria metalúrgica alemana empezaba a renacer de las cenizas en que la sumergió la locura  de Hitler. Digan lo que digan, el hervido definitivamente sabe mejor cuando se sirve con el auxilio de ellos, no hay dudas al respecto.



La azucarera: Alguna vez alguien me comentó que es de diseño, y que tiene cierta notoriedad. Para mí siempre será la azucarera miquimaus, como le decía de niño por sus particulares asas. En un principio venía en juego con una lecherita, pero esa se extravió, y no se de su paradero. Creo que era bastante común en los hogares, en los años 60, y tal vez en casa de alguno de ustedes habrá una parecida.


Las herramientas:  de ese martillito tengo un primer recuerdo, tal vez de cuando tenía unos tres o cuatro años. Resulta que en esa época se solía pintar los rodapiés, es decir, en vez de colocar un rodapie de plástico, o de madera, simplemente se pintaba de negro el pie de la pared. Pero para hacer eso primero se debía marcar, y para ello mi padre utilizaba un pabilo pintado con un polvo color amarillo ocre; previamente a ello clavaba unos clavitos a la altura deseada, utilizando precisamente ese martillo de la foto; después amarraba el pabilo a los clavitos, lo tensaba y a continuación lo soltaba, para de esta manera marcar la altura del rodapie. A parte de ese uso, era el martillo designado en casa de mis padres, nunca hizo falta otro. Y allí está en mi caja de herramientas, presto a pisar mi muy torpe pulgar cuando se necesita clavar algún clavo; a pesar de haber comprado un muy digno martillo Stanley, con todas las de la ley, a veces escojo éste. El destornillador, por su parte, era un objeto de culto para mí; antes de él conocía solamente los destornilladores planos, y el saber que existía uno denominado "de estrías" fue toda una revelación.