jueves, 19 de abril de 2012

Jardín Botánico

Ah, los tiempos de la fotografía analógica. Era todo un proceso, y tenía su componente artesanal: se compraba el rollito de 24, o 36 fotos (si se era aficionado serio, se adquiría el formato adecuado para el tipo de fotografías que se tenía pensado hacer: blanco y negro, asa 400, diapositivas, etc). Se cargaba en la cámara buscando desperdiciar la cantidad mínima de negativo, pues nada más anticlimático que se acabara el rollo justo cuando se conseguía el sujeto fotográfico de la vida. Se trataba de tomar las mejores fotos posibles, sin garantía del resultado: el ajuste de la exposición, la velocidad, la profundidad de campo eran las variables que teníamos a disposición para jugar. Y luego, a esperar. En los tiempos más remotos, de 2 a 10 días, dependiendo del laboratorio, y ya al final de la era, una hora gracias a los minilabs. Y por último, múltiples decepciones aunadas a unas cuantas alegrías, cuando las fotos salían como las habíamos pensado.

Con la fotografía digital mucho de eso se perdió: las cámaras hacen casi todo el trabajo por uno, el resultado se puede evaluar instantáneamente, y el espacio es casi ilimitado. A menos que sean tan torpes como yo, que dejo olvidada la tarjeta SD en el PC.

Eso me pasó hoy: nos fuimos al jardín botánico aprovechando el feriado, en pos de un safari fotográfico. Como mi esposa acaba de inaugurar un grupo en Facebook dedicado a la fauna voladora de la capital, salimos a buscar imágenes para alimentarlo, en ese santuario vegetal en medio de la ciudad. Apenas llegamos, nos recibió un gavilán que aterrizó a escasos metros, sobre un árbol. Ni corto ni perezoso, apunté mi cámara hacia él... con la desagradable sorpesa del mensaje "memoria llena". Después de la automentada de rigor, examiné mis posibilidades: debía trabajar con la miserable memoria interna de la cámara, de 32 Mb. Tuve que vaciarla (espero no haber borrado alguna foto memorable, pero me queda el consuelo de la ignorancia). Y para poder sacar la mayor cantidad de fotos posible, bajé la resolución a unos míseros 3 megapíxeles. Tenía en mi poder 27 fotos, como en los viejos tiempos. Y afronté el trabajo como lo hacía entonces, tratando de sacar las mejores fotos posibles dentro del espacio disponible. Éste fue el resultado.



























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