jueves, 26 de diciembre de 2019

El árbol de Navidad


Este año no decoramos de Navidad la casa. No le vimos el propósito, honestamente. Así que ni siquiera pusimos las luces, que eran el último atisbo de decoración navideña que había subsistido últimamente. Los adornos que todavía conservamos se quedaron guardados en sus cajas. El pino Manaplás, comprado en nuestro segundo año de casados, hace varios que dejó de ver la luz del día; ya para la última vez que se usó parecía un pavo desplumado, y era casi imposible disimular su escualidez colocando estratégicamente las bambalinas y las guirnaldas.
Este año nos ganó la comodidad, y la falta de propósito. Creo que nos terminamos de rendir ante el hecho de que sin las hijas en casa no tiene mucho sentido “montar la Navidad”. Así que el ornato navideño brilló por su ausencia.
La decoración navideña, sin embargo, era un ritual que esperaba con fruición en la infancia. Todo comenzaba con el paseo a Las Mercedes, a los diversos puestos que improvisaban en los retiros frente a las casas que flanqueaban la principal y la Río de Janeiro, en procura del árbol que sería el punto focal de nuestro pequeño apartamento en Bello Monte, que durante todo el mes de diciembre y parte de enero soportaría la presencia incumbente de un pino, al principio verde verdecito, pero que al pasar los días vería marchitar las ramas, cubriéndose de marrón. Además del pino, siempre aprovechábamos para comprar algún detalle para aumentar la colección de objetos que colgarían de él, y un par de latas de “nieve en spray”: un aerosol que soltaba una sustancia de olor característico, indefinible, pero que conservo en la memoria. Ahora dudo de la eficacia de ese elemento, pues no creo que pareciera para nada nieve, pero aparentemente era una cosa que se acostumbraba. Las bambalinas de los años anteriores conservaban trazas de esa sustancia, que se pegaba de su superficie de manera permanente, y mientras más vieja fuera la bola de vidrio más capas de “nieve” superpuesta tenía. Otro elemento infaltable en cada hogar de clase media era la base: un trípode con un aro y una especie de bacinilla en donde se colocaba un poco de agua para tratar de preservar la frescura del árbol, con unas tuercas ajustables para mantenerlo erecto. Recuerdo que en mi casa la base se fijó a una tabla recubierta de fórmica, seguramente una pieza descontinuada de alguna “cocina americana”, como se le llamaba, para lograr mayor estabilidad y evitar que el pino fuera a dar al piso con su carga de ornamentos frágiles, cosa que ocurrió en alguna oportunidad si la memoria no me traiciona.
Una vez comprado el pino, despejada la sala para conseguirle la ubicación óptima, y colocado sobre la base, comenzaba la ceremonia de adornarlo. Mamá preparaba un ponche a base de leche para que lo consumiéramos durante el proceso. En esa actividad participábamos mi madre, mi hermana y yo.  Los adornos estaban en una de las maletas con las que vinieron mis padres a esta tierra, unas viejas valijas de cartón plastificado, con las calcomanías de la empresa naviera pegadas a su superficie exterior, y las extensiones de luces estaban enrolladas en unos tubos de cartón. Primero, mi madre colocaba precisamente las luces, luego del pequeño martirio que significaba su desenrollamiento y prueba: nunca funcionaban a la primera, y yo me volví un experto en la búsqueda del desperfecto que impedía su trabajo (por lo general, alguno de los bombillitos se había salido del zócate, o se había quemado). Luego, venía la parte más divertida. Cada quién tenía sus adornos predilectos: a mí me llamaban la atención unas campanitas doradas, y unos renos (cubiertos de “nieve”, por supuesto), y los colocaba hacia la punta de las ramas. Sin orden ni concierto, íbamos colgando todos esos guindalejos escarchados, brillantes, y poco a poco el árbol iba vistiéndose de los colores típicos de la navidad. Cuando las maletas ya se habían vaciado, faltaba únicamente el detalle final: la punta del árbol. Por razones de tamaño, no me fue dado ese privilegio a mí, por lo menos en mis primeros años de vida. Creo que lo hacía mi padre, pero no lo pudiera asegurar.     
Al pasar los días, el pie del árbol se iba colmando de paquetes envueltos, que contribuían a la decoración navideña, y eran víctimas de frecuentes visitas mías tratando de adivinar cuáles eran mis regalos, y cuál era su contenido, cuando creía que nadie me estaba viendo. Era una misión difícil, y mis buenos regaños me gané cuando me descubrían. El momento estelar del árbol llegaba la mañana del 25, cuando por fin teníamos acceso permitido a esos paquetes, y la casa se llenaba de papeles de regalo rasgados y juguetes a medio armar, por toda la sala. Era una ceremonia bulliciosa y entretenida, que nos ocupaba toda la mañana.
La  maniobra inversa, la del desmontaje del árbol, ya no nos interesaba tanto. Sin pena ni gloria, mi madre se encargaba de retirar los adornos y las luces, de volver a colocarlos en las maletas, y de enrollar las extensiones en su tubo, para volver a guardar toda la parafernalia navideña en algún closet. Y el pino, ya amarillento, terminaba sus días en el basurero del edificio, aguardando la llegada del camión del aseo para recalar en algún relleno sanitario de la ciudad, en compañía de otros cientos de coníferas que habían viajado miles de kilómetros en barco, desde su Canadá natal, para alegrar por un mes las Navidades de las familias venezolanas.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Los juguetes de mi infancia


Tal vez por la cercanía al 24, amanecí recordando los regalos más memorables que recibí durante la infancia, esos que reposaban debajo del árbol y eran sometidos a rigurosas inspecciones cuando pensábamos no estar vigilados, tratando de adivinar qué escondía el envoltorio, usando las más refinadas técnicas de fisgoneo. A veces la pegábamos, y debíamos simular sorpresa cuando por fin llegaba la hora tan esperada del reparto de los regalos, ceremonia que se celebraba al comienzo de mi vida la mañana del 25 y luego se trasladó para la noche anterior, una vez develado el misterio del proveedor de los obsequios navideños. Como venía diciendo, recordaba los juguetes que mayor huella dejaron en mí. Los primeros de los que tengo alguna memoria fueron los trencitos eléctricos, con su locomotora y una variedad de vagones conectados a ella, que recorrían sin descanso el breve tendido de rieles que adoptaba las diferentes formas que la combinación de piezas permitía (por lo general, un óvalo, o un círculo). Comprados en alguna tienda de modelismo de la Calle Unión de Sabana Grande, por supuesto, que era objeto de frecuentes visitas para admirar sus vitrinas que exponían modelos armables de aviones, barcos, automóviles, y por supuesto montajes alucinantes de ferrocarriles recorriendo escenarios naturales recreados con muchísimo detalle. Ya un poco más grande, le tocó el turno a la mítica pista de carreras de autos, la Scalextric, de dos carriles, sobre la que protagonicé encarnizadas batallas, contra mí mismo la mayoría de las veces, usando un control en cada mano. Un año me regalaron algo francamente bastante inútil: unos walkie-talkie ¡alámbricos!, es decir, conectados con un cable, larguísimo eso sí, que tenía la facultad de enredarse de una manera endemoniada, así que ese juguete en particular no gozó de mucha popularidad. Luego, con el apogeo del programa Apolo, me regalaron un casco de astronauta, que ha debido ser la cosa más calurosa e incómoda, pero eso no fue óbice para que lo luciera puesto todo el tiempo, mientras me duró la fiebre. Pero creo que lo que más disfruté fue un regalo que recibí por triplicado. Un año me regalaron tres cajas de juegos de química. Parece una locura, pero en los sesenta se consideraba normal que un niño de diez años manipulara tubos de ensayo, matraces, mecheros de alcohol, y diferentes sustancias químicas. Cuando sacaba los componentes de las tres cajas, mi escritorio parecía un auténtico laboratorio, y yo (en mi imaginación) el científico loco de los programas de televisión, inventando pócimas extrañas. Los juegos traían manuales con experimentos para recrear, pero yo prefería el dibujo libre, así que mezclaba las sustancias según me dictara mi inspiración, calentaba, por lo general me quemaba, pero gozaba un montón viendo como reaccionaban (o no) los elementos que había colocado en los tubos de ensayo,  mezclado en los matraces, vertido gota a gota con las pipetas. Por un breve tiempo cobijé la idea de abrazar la profesión de químico, tanto me gustaba la parafernalia alrededor de esa actividad. Pero me duró poco. Con los juegos de construcción (Legos y Mecanos) comencé a cultivar la pasión por la ingeniería, y decidí que esa sería la profesión que iba a ejercer cuando fuese mayor. Pero qué iba a saber yo en ese tiempo, ¿verdad?

martes, 17 de diciembre de 2019

La hallaca, el aglutinador nacional


Hace una semana, más o menos, hice una investigación en Twitter sobre las hallacas. Las preguntas fueron dos: ¿Cuál es el ingrediente que hace que una hallaca sepa a hallaca, es decir, de cuál ingrediente no se puede prescindir a riesgo de que la hallaca pierda su identidad? Y ¿Qué es lo más raro que se han conseguido dentro de una hallaca? No esperé tener tantas respuestas, ni tan variadas. Por supuesto, la cosa se convirtió en una disputa regional, y salieron a relucir las cosas más divertidas e inverosímiles, sobre todo con la segunda. La mayoría dijo que lo que hace que la hallaca sepa como sabe es la alcaparra. Pero no faltaron quienes dijeran que son las pasas, las aceitunas o las hojas. Mi tesis, tal vez algo controvertida, es que el onoto es lo que le da ese sabor particular, pues es lo que no falta en ninguna hallaca. Pero me equivocaba: supe que en alguna región del país, en concreto en Angostura, prescinden de él. También hubo una pequeña polémica alrededor de uno de los adornos típicos en las hallacas caraqueñas, la almendra. Para mí es corriente, pues en la familia de mi esposa, que es la referencia más cercana que tengo sobre el tema, ya que en mi casa, por razones de identidad, nunca se hizo una hallaca, le ponen desde siempre. O le ponían, ya que esa tradición en particular terminó con la muerte de mi suegra. Pero muchos salieron a comentar que “eso” es un invento de Scannone, que nunca en su vida habían visto hallacas con ese ingrediente. Hubo quien se fue por las ramas esotéricas, afirmando que lo que le otorga el sabor es la hechura amorosa de las manos de su madre, como si éstas tuvieran la propiedad mágica de transformar el pastel de harina de maíz relleno con un guiso de carnes en una hallaca. Lo cierto es que con la cantidad de respuestas pude confirmar una sospecha: la hallaca es el verdadero plato nacional, el que de alguna manera se dispersó por toda la geografía del país, adoptando diferentes versiones apegadas a la idiosincrasia de cada región. En los andes no hacen un guiso, sino que dejan cocinar todos los ingredientes al unísono, por ejemplo, tal vez para economizar combustible (aunque es un hecho por confirmar). En otros lados incluyen garbanzos, ruedas de huevo, papas; hasta mencionaron mariscos, sobre todo en las zonas costeras de oriente. Supongo que cada quién adapta la receta básica con los productos que son más fáciles de conseguir en su zona. Pero, al final, cada casa hace todo lo posible para que en la mesa del 24 no falte una hallaca para cada comensal, aunque cada año que pase sea más difícil y oneroso para la economía familiar.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Marriage story


Anoche vimos “Marriage story”, en parte por la gran cantidad de críticas, elogiosas y no tanto, que proliferaron en las redes esta semana. Me dejó sentimientos agridulces, encontrados. Lo bueno de esta peli es que se pueden hacer spoilers sin dañarle la experiencia a quienes no la hayan visto todavía, pues desde el principio se sabe lo que está ocurriendo, así que aquí voy.
En el plano formal, la película tiene un corte intimista, casi que minimalista, con muy pocos personajes de importancia, y con esa economía de recursos logra contar de manera eficiente la historia que vino a comunicar. Con un puñado de actores conocidos y que teníamos tiempo sin ver, la película nos narra el naufragio de un matrimonio, anunciado desde las primeras escenas, ya en su fase de disolución. Y nos pone en frente las pequeñas miserias que sobresalen en las relaciones humanas cuando se deterioran. Es que la película tiene dos vertientes: el plano práctico de cómo se enfrenta un divorcio, con la asesoría expedita y cruel de los abogados, los cambios forzados en el tren de vida, los acomodos indispensables obligados por la nueva situación, y el plano de los sentimientos, que (gracias al cielo) se resuelve sin necesidad de convertir la peli en una lacrimosa versión 2.0 de Kramer vs Kramer. El director tiene el pulso necesario para desarrollar el discurso afectivo sin recurrir a la cursilería. Unas breves y precisas pinceladas, en los momentos adecuados, bastan para establecer el estado de ánimo que impera en esa familia en vías de transformación, por no hablar de disolución. Una película de detalles: como los que demuestran la dependencia que tiene el marido de su esposa, en cosas banales como un corte de cabello, o la escogencia de un plato de comida.
En medio de la película me vi tentado a tomar partido por una de las partes involucradas: comencé a sentir empatía hacia el marido, quien vio de repente cómo se desmoronaba su vida frente a sus ojos. Pero, afortunadamente, la película tiene suficientes elementos para balancear las cargas, y recapacité sobre mi impresión inicial. En realidad, en ese naufragio nadie es responsable absoluto: cada quien tiene su porción de culpa. Me parece, también, que la película maneja un concepto controversial: no es posible conjugar la felicidad conyugal con el éxito profesional. La esposa alega, como causa principal de su decisión, el sentimiento de nulidad que le producía la relación con su marido, quien no la dejó explorar a tiempo sus facetas artísticas más allá de ser su actriz fetiche. Eso la obligó a aceptar un empleo a miles de Km. de distancia de la ciudad en donde habían fijado residencia, y a llevarse con ella al hijo de la pareja. Claro, luego nos enteramos sobre algunos hechos que precipitaron la decisión de la esposa, y terminamos entendiendo que su decisión tuvo otros fundamentos más allá de la necesidad de trascender, de triunfar.
En conclusión: buenas actuaciones (sobre todo me causó grata impresión Adam Driver, me parece que se lleva el galardón de mejor actor en esta película), buen guion, buena dirección. Tal vez yo hubiese prescindido de un par de escenas, por ejemplo la de las actuaciones cantadas, pero ya eso es un problema personal (siento que no le aportan mucho al desarrollo de la película más allá de demostrar las habilidades de los personajes, cada uno a su manera). El cierre me gustó, con otro de los pequeños detalles que dicen mucho sobre la relación entre esas dos personas que, a pesar de haberse separado, todavía tienen mucho que compartir en el porvenir.    

jueves, 5 de diciembre de 2019

Pavarotti en el ruedo


Tal vez el proyecto más glamoroso en el que me vi involucrado, en mi vida profesional, y no por el proyecto en sí sino por la personalidad que estuvo implicada, fue uno relacionado con el “bel canto”: se trató de el software para controlar la venta de boletos para la presentación de Luciano Pavarotti en Venezuela, en 1998. El proyecto en sí tenía ciertos retos, pues la aplicación debía mostrar a los interesados los puestos disponibles en cada sección, y marcarlos una vez confirmada la venta de los tickets (esto ahora es moneda corriente, pero en ese momento solamente el Teresa Carreño disponía de un software similar). Fue un bonito trabajo que resolví con puras matrices, para los interesados en los detalles técnicos; lo programé en Clipper, mi caballito de batalla por esos años. Además, la venta se hacía en varios puntos que no estaban interconectados, así que hubo que ingeniársela para mantener la información actualizada al final de cada día, consolidando las ventas de cada punto vía diskette. Esto ahora da risa, pero en ese momento la tecnología no daba para mucho más. Este proyecto concluyó bien, por lo que como bonificación especial me obsequiaron dos entradas para presenciar el concierto. Se iba a escenificar en la ciudad de Valencia, en su plaza de toros; ahora no recuerdo la fecha, pues el bonito folleto que imprimieron se me extravió. Solo sé que fue un día sábado.  Mi esposa y yo lo asumimos como una minivacación, sin las hijas, pequeñas en ese momento, que se quedaron bajo el cuidado de mi madre, y cerca de las dos de la tarde emprendimos el viaje a Valencia. Un viaje que resultó divertido y accidentado. Las entradas nos las iban a entregar en la misma plaza de toros, de cuya ubicación no tenía ninguna idea salvo la dirección, lo que nos ocasionó un recorrido azaroso por una zona de Valencia que desconocía, y nos llevó, perdidos, a una especie de barrio que no nos dio muy buena espina. Tras divagar sin rumbo concreto pudimos dar con el coso taurino, y ya con las entradas en mano nos dispusimos a buscar alojamiento para la noche, pues no teníamos pensado regresar el mismo sábado, dada la peligrosidad que le atribuíamos a la ARC, aún en esa época. Conseguimos un hotelito bastante decente, recién remodelado, tal vez un matadero de cierta categoría, pero que se veía muy limpio. Dejamos allí el escueto equipaje que llevamos, y después de refrescarnos nos devolvimos a la plaza de toros, esta vez con mayor conocimiento por lo que llegamos sin contratiempos. No recuerdo gran cosa del concierto, salvo la constatación del vozarrón que todavía conservaba Pavarotti en ese momento. Interpetó varias arias de ópera, algunas conocidas por mí, otras (tal vez la mayoría) no. Sí recuerdo la elegancia desproporcionada de algunas personas, ataviadas como si se tratase de la Scala de Milán, y no un lugar en el cual habitualmente se reunían miles de personas a ver desguazar malamente a los toros que tuvieron la mala fortuna de haber sido criados para la fiesta brava. Al terminar el concierto nos fuimos a comer a un restaurant bastante famoso en ese momento, el Casa Valencia, que resultó ser el lugar de elección de muchos de los asistentes al concierto, por lo que la movida pareció haberse trasladado al comedero, lleno de gente emperifollada como para un clima muy diferente al de la calurosa ciudad carabobeña.
Al día siguiente emprendimos el retorno a casa, cerca de las nueve de la mañana. Todo iba bien, sin mayores contratiempos, hasta que más o menos a mitad del recorrido mi camioneta Caribe comenzó a recalentarse y un vaporón muy poco auspicioso comenzó a salir del capó. Tuvimos que detenernos, y una vez que el motor se enfrió pude constatar el motivo de la avería: se había roto un tubo del sistema de enfriamiento, y toda el agua se había botado. Tocó esperar una grúa, y jalarle al gruero para que nos aceptara un cheque, cosa que hizo a regañadientes. Pero accedió a llevarnos apenas un poco más adelante, a un lugar llamado “Pare-Stop”, en donde había un taller mecánico que gracias a los dioses trabajaba 24-7. El detalle era que en el taller no me aceptaron ningún pago que no fuese en efectivo, por lo que comenzó un pequeño calvario para mí, pues en el sitio tampoco había señal de celular para buscar auxilio. Tuve que conseguir una cola hacia un lugar en donde sí había cobertura, y pedirle a mi cuñado el favor de llevarnos el dinero para pagarle a los mecánicos. Yo lo esperé en el lugar, y luego de unos 45 minutos llegó, por lo que pudimos saldar la deuda y regresarnos a casa.
Años después, de regreso de alguna vacación al occidente del país, volví a pararme en el “Pare-Stop”. No sé si todavía estaba el taller, pero sí vimos que el modesto paradero de aquella aventura se había transformado en una churrasquería brasileña, de un lujo inusitado para ese lugar botado en la carretera, y con una oferta gastronómica demencial, pues además de las consabidas carnes que eran llevadas sin pausa a las mesas por unos atareados mesoneros, tenía un bar de sushi muy bien surtido. Nunca entendí bien la apuesta de los empresarios al convertir un paradero de carretera en ese lujoso restaurant, y tampoco sé si resistió el paso del tiempo y el deterioro de la situación de la autopista, y del país.
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Una pequeña búsqueda me dio la información faltante: el concierto fue el 8 de marzo de 1998. Dejo la reseña que encontré: https://abcdelasemana.com/2017/09/15/pavarotti-en-valencia-marzo-8-1998/

lunes, 25 de noviembre de 2019

Un turista en Las Mercedes








Ayer tocó madrugar, más de lo habitual, sobre todo para un domingo, pues Marianella se había inscrito en la carrera auspiciada por la Unión Europea bajo la consigna de contrarrestar la violencia hacia la mujer. La competencia tenía previsto iniciar a las 7:00, pero para retirar el chip que permitiría el registro del tiempo empleado por cada corredor, adminículo que no había llegado el día anterior cuando fuimos a buscar el material ofrecido, tuvimos que estar allí a las 6:00. A esa hora todavía el cielo estaba oscuro, y un cachito de luna era lo único que lo iluminaba. Hacía fresco, por lo menos para los parámetros de nosotros los caraqueños que gozamos de una temperatura que oscila entre los 20 y los 30 grados durante casi todo el año. Claro que andar en shorts y franela tampoco ayudaba mucho. Pero eso fue cambiando rápidamente a medida que el sol iba despuntando por el este, y pronto la sensación térmica dejó de ser la que experimentamos momentos antes. Luego de los trámites administrativos, Mary se reunió con sus compañeros corredores, y yo aproveché el tiempo para hacer turismo peatonal por Las Mercedes.




Me fui caminando desde la plaza Sadel hacia el comienzo de la urbanización, por la avenida principal, vacía de carros por la ocasión. El color predominante era el naranja, repetido hasta la saciedad en los cuerpos de las cuatro mil personas que se inscribieron en el evento. Venían bajando en grupos desde El Rosal, por el medio de la calle, e iban dejando retazos de conversación a su paso.




Llegué hasta la esquina con la calle Monterrey, donde se encuentra la Policlínica, ese pequeño edificio a caballo entre los 50 y los 60 en donde me efectuaron la única cirugía que haya tenido. La remoción de las amígdalas, a los tres años más o menos. Me detuve un rato allí, a admirar el mural metálico que adorna su frente, y buscándole similitudes con el que se encuentra en el edificio que fue un tiempo sede de la embajada americana, y hoy ocupa un ministerio.
Luego me regresé por la acera contraria, adornada por unas higueras que le dan un aire playero, tal vez mayamero, a ese sector.
Pasé por una improvisada venta de artículos navideños, cerrada por la hora, en donde vi un pino de tamaño descomunal, cuyo tronco ha debido tener un diámetro cercano a los 30 cm, y sobrepasaba cómodamente los dos metros y medio de altura. Me lo imaginé adornando el salón de alguna casa de nuevorricos, que se lo llevarían amarrado del techo de su camioneta del año, y lo saturarían de cuanta chuchería escarchada se consiguieran en las tiendas navideñas. Después de esta disquisición socioeconómica continué mi paseo, y decidí internarme por las calles laterales. Llegué a la California, en donde varios parqueros competían por atender los carros que comenzaban a llegar para estacionarse por los alrededores. En toda la esquina me topé con un edificio, Residencias California, que me recordó inmediatamente a otro que también está en Las Mercedes, y goza de cierta fama como construcción emblemática de los años 50, el “La isla”. No sé si tendrán algún vínculo en común, pero ambos me dan la misma impresión: me parece que estuvieran en blanco y negro, o en escala de grises. Sumidos en la penumbra, de escasa altura pero amplios volúmenes, sugieren la existencia de pocos y amplios apartamentos, y conservan su vocación residencial en contraste con el resto de edificaciones de la zona, que han sido remodeladas o derrumbadas para construir en los terrenos edificios que cambiaron por completo la fisonomía de la urbanización. Continuando con mi paseo, llegué a la calle que bordea el centro comercial El Tolón. Es prácticamente imposible hacer alguna analogía con lo que había en esa zona antes. Apenas el restaurant chino que exhibe unas fauces de dragón en la entrada, y un Mc Donald’s de tal vez tardíos 80, sobreviven en la acera en frente al centro comercial. Antes allí estuvieron dos locales muy de moda en mis años mozos: Pida Pizza, el del salad bar y los toques de bandas de pop rock que iniciaban sus carreras, y el Mr Ribs, antecesor de Tony Roma’s. Ahora unos enormes edificios suplantan esos espacios, edificios todos iguales, uniformes en sus revestimientos de tablilla, impersonales.
Quise quitarme el mal sabor de boca, producido por la constatación de la pérdida de los lugares de diversión de mi temprana adultez, antes de incorporarme a la masa de corredores que inundarían en escasos instantes las calles que conducen hacia Chuao, y el tiempo me alcanzó para llegar hasta una de las pocas muestras sobrevivientes del estilo neovasco que proliferó en Las Mercedes, el edificio Donosti. Todavía se mantiene imperturbable ante el paso del tiempo, sin modificaciones de importancia en su fachada salvo la presencia inoportuna de algún aparato de aire acondicionado, dejando entrever en su parte interior unas puertas azules que sugieren cerrar unas cocheras, sin rejas ni mayores implementos de seguridad. Parece una cápsula del tiempo, que permite apreciar cómo eran las cosas cuando Caracas era una ciudad tranquila, apacible y segura.


sábado, 23 de noviembre de 2019

El primer cigarro

Un gesto, un sabor, un olor, tienen el poder de trasladarnos en el tiempo. Hace rato, al encender un tabaco, regresé al preciso instante en el que por primera vez acerqué un fósforo prendido a un cigarro, colgado torpemente entre mis labios, y le di el primer jalón. Afortunadamente, el vicio no prendió en mí. Lo hice por moda, todo hay que confesarlo. Quería sentirme “grande”, a mis escasos catorce o quince años. Estaba en la fuente de soda del Cada de La Florida, con la que era mi mejor amiga en ese momento, prácticamente mi hermana, pues desde nuestro nacimiento estuvimos muy cerca. Compartimos esa primera cajetilla, y creímos haber sellado nuestro ingreso al mundo de los mayores con aquel gesto de rebeldía e independencia. No recuerdo si ella conservó el hábito. Yo no pude; de hecho, lo aborrecí durante toda mi vida, hasta hace unos años, cuando me aficioné al tabaco. El vicio me estaba esperando con paciencia. La paciencia de un cazador agazapado, aguardando por su presa.

lunes, 18 de noviembre de 2019

La literatura como descubrimiento


Lo bueno (y lo malo, dependiendo de la manera de pensar de cada quien) de la literatura es su infinitud, en términos prácticos. Entre los millones de libros ya escritos y los miles que se escriben cada año, es imposible que una persona asimile un porcentaje importante del patrimonio literario universal. Eso a la vez es deleite y frustración, pues vaya a saber uno cuáles joyas desconoce.

Uno de los placeres más grandes que me ofrece la literatura es el descubrimiento de un autor importante, o por lo menos de uno cuya obra sea deslumbrante ante mis ojos. Es la apertura de un universo repleto de personajes, parajes, obsesiones y reflexiones que a veces tienen el poder de funcionar como espejos, o cajas de resonancia de las propias. Es adentrarse en la mente de cada escritor, y maravillarse por su poder, expresado mediante la palabra. Últimamente he podido experimentar ese placer algunas veces. 2016, por ejemplo, fue el año de Foster Wallace, y la lectura de su obra máxima “La broma infinita”. Si debiera hacer un paralelismo, diría que obró sobre mí el mismo efecto que hizo en su tiempo la lectura de “Cien años de soledad”, por mucho que hoy en día me sienta distante de la literatura del Gabo. 2019, en cambio, está siendo el año de Sándor Márai. Estoy leyendo el cuarto libro, y todos me han dejado maravillado, y admirado por el enorme conocimiento del ser humano que demuestra el húngaro en su obra. Tanto en sus novelas como en sus diarios, Márai no deja de dar testimonios sobre su visión del mundo y de los hombres que lo pueblan, hurgando hasta el hueso para dejar al descubierto sus motivaciones para hacer lo que hacen. Uno puede estar de acuerdo o no con él, pero no puede negar su maestría y su oficio. Un grande, definitivamente.

La literatura no salva de nada, pero entretiene. Espero con fruición los descubrimientos que me esperan el próximo año.   

lunes, 11 de noviembre de 2019

Caldo negro



Durante el desayuno, le cuento a Mary el sueño que tuve justo antes de despertar: estábamos en un carro, conducido por la prima Miriam Nikken. Era la mañana del 16 de noviembre, e íbamos hacia la marcha. Llovía copiosamente. Pasábamos por la trinchera de la Libertador, y veíamos apostados, encima de los puentes, varios GN con sus armas de reglamento. De pronto circulábamos por El Rosal, en una de sus avenidas principales, presumiblemente la Venezuela, y unas cuatro mujeres cruzaron de manera repentina frente a nuestro carro, como huyendo. La lluvia arreciaba, y se formó una especie de río en la avenida. Sobre aquel río vimos flotar a una señora, arrastrada por la fuerza del agua, que terminó recalando en una zanja que tenía el asfalto al lado de una esquina, y desapareciendo en ella. Le dije a Miriam que se detuviera, y me bajé a auxiliar a la mujer. La ayudé a salir de la zanja, y cuando estuvo de pie, le pregunté: “¿Señora, qué tiene?” “Caldo negro en el estómago”.
A Mary le intrigó lo del caldo negro, y buscó su significado en Wikipedia. Esto es lo que halló:

"El caldo negro (en griego antiguo μέλας ζωμός, melas zomós) o sopa negra era un plato tradicional espartano hecho con sangre, vino y vísceras; ascendido a símbolo de la frugalidad de las costumbres espartanas, y la comida fundamental consumida en la sisitia (comida colectiva de los espartanos).
En realidad la traducción ‘caldo negro’ no refleja plenamente el significado del término griego, que más literalmente designa una ‘sopa negra’: se trataba en realidad de un guiso de carne de cerdo, oscurecido por la adición de sangre y vino. Aunque no se ha conservado receta alguna de este plato, se cree que incluía también vinagre, para que actuase como emulsificante evitando que la sangre del cerdo se coagulara durante la cocción.
Según la leyenda, un hombre de Sibaris, una ciudad del sur de Italia famosa por su lujo y glotonería, dijo tras probar el caldo negro que entendía por qué los espartanos estaban tan dispuestos a morir.
Plutarco, en la Vida de Licurgo, cuenta que un rey del Ponto, tras haber oído hablar de esta famosa sopa y sintiendo curiosidad, hizo traer a un cocinero espartano para que lo preparase. Al probarlo lo encontró pésimo, diciéndole entonces el cocinero que para disfrutarlo plenamente era necesario bañarse primero en el Eurotas(el río del Peloponeso que pasa por Esparta), lo que significaba que había que apreciar las costumbres y tradiciones espartanas, adaptándose a un estilo de vida simple y esencial.
El mismo Plutarco cuenta que los ancianos espartanos no comían carne (que se dejaba a los jóvenes), prefiriendo alimentarse casi exclusivamente de caldo negro.
Ateneo ejemplifica la decadencia de Esparta señalando que los cocineros, acostumbrados a elaborar salsas refinadas, ya no eran capaces de preparar el caldo negro".

domingo, 3 de noviembre de 2019

Serendipia



Hay algo muy interesante en los libros: las conexiones secretas que existen entre ellos, que a veces tienen significado exclusivo, es decir, que parecieran estar allí para el disfrute particular de uno. Ayer experimenté ese placer. Estaba en casa de la prima Miriam Nikken, en una reunión familiar; en una ida al baño, pasé frente a su magnífica biblioteca, y me detuve un rato a escudriñarla. Entre tantos maravillosos volúmenes, dos en particular llamaron mi atención: una recopilación encuadernada de las revistas que editaba la librería Cruz del Sur, en los años 50, de cuya existencia me enteré en ese preciso momento, y el libro "Los cines de Caracas en el tiempo de los cines" de Nicolás Sidorkovs. Tomé el libro del estante para revisarlo con mayor comodidad encima de la mesa del comedor. Lo abrí, y enseguida busqué en el índice al final del tomo las entradas correspondientes a los cines más entrañables para mí, vale decir aquellos que se encontraban en la Calle Real de Sabana Grande. Allí estaba el más antiguo de ellos, el teatro Río. Me fui a la página que indicaba la referencia y, además de una fotografía de la fachada del cine, me encontré una cita tomada de un libro muy poco conocido, que está en mi casa por pura casualidad. Se trata de “La Caracas de los techos chatos”, de Gloria Brigé de Sucre, buena amiga de mi suegro, a quien le regaló una copia y él luego me la prestó, dado su conocimento acerca de mi interés por la historia menuda de Caracas. En ese pasadizo secreto entre ambos libros se dieron cita, entonces, tres personajes: los dos autores y mi suegro, unidos circunstancialmente en ese espléndido azar que me aguardaba ayer tarde.

miércoles, 30 de octubre de 2019

De pañuelos y de gripes


Hoy tuve una epifanía. No fue una gran revelación, ni mucho menos. Fue una pequeña epifanía, una epifanía de miércoles, digamos. Es más, ahora que lo pienso mejor, me doy cuenta de que no fue una epifanía, sino una constatación imprevista, una curiosidad se le puede decir. El caso es que hoy caí en cuenta de que nunca, en lo que tengo de vida, he comprado un pañuelo para mí. Para otra gente, seguramente: los pañuelos son un gran regalo-comodín, un objeto que todo el mundo necesita, que no tiene talla, que a lo sumo tiene tres o cuatro grandes subdivisiones: niña-niño-mujer-hombre, y que no deja mal parado a nadie, salvo demostrar su gran ausencia de originalidad. Es el regalo ideal para alguien con quien se tiene cierto compromiso, pero no la confianza suficiente como para conocerle los gustos; por ejemplo, es el obsequio de elección para el futuro suegro, en la primera navidad a la que se es invitado a la mesa familiar la noche del 24. Mi suegro tuvo cuatro yernos, así que debe haber tenido una buena colección de pañuelos. Como para toda una vida.

Volviendo a mí, me he comprado muchas cosas de uso indispensable: ropa interior, medias, paraguas, impermeables. Hasta una plumafuente con su respectiva botella de tinta Pélican azul cobalto me he comprado. Pero pañuelos, jamás. En casa hay una gaveta en la cómoda en donde reposa una cantidad indeterminada de ellos, pero no tengo la menor idea de cómo pueden haber llegado allí. Supongo que algunos vienen de épocas lejanas, tal vez desde que hice maletas para abandonar la casa materna e ir a montar la mía propia, mientras que otros son producto de algún cumpleaños o de alguna navidad. Hay de varios modelos y estados de conservación, algunos ya francamente impresentables y que en cualquier momento van a parar al cesto de la basura, otros bastante nuevos. En ninguno de ellos aparece mi monograma, como he visto algunas veces cuando un colega extrae el suyo para secarse la frente y lo deja ver al descuido. Los míos son pañuelos comunes, de tela a rayas por lo general, sin mayores adornos. Es que, para sonarse la nariz, no hace falta mayor charm. Todo esto viene a cuento porque desde esta mañana ando rodeado de pañuelos, debido a que me ha agarrado una gripe que me tiene a la nariz como grifo mal cerrado, producto seguramente de estas lluvias impertinentes que nos acompañan cada tarde, en lo que va de octubre.

lunes, 28 de octubre de 2019

Una pareja, al atardecer

Había detenido las caminatas con la perra, por decisión de ella. Parece haber perdido el gusto de pasear, luego de la ausencia de su compañera. Ayer intentamos nuevamente hacerlo, y estuvo extrañamente entusiasmada por ello, así que volvimos a transitar las antiguas rutas. Era cerca de la hora del ocaso, y el atardecer se anunciaba dramático, con una acumulación de nubes hacia el poniente que se teñían de púrpuras, rosados y anaranjados. En un recodo del camino, en donde se abre una especie de valle desprovisto de obstáculos visuales y que permite apreciar una estupenda vista hacia el oeste, vimos aparcada una moticicleta, de esas inspiradas en las antiguas Harley, y un poco más allá, sentados en la grama, a dos jóvenes, ella de larga cabellera, él de barbita incipiente, ambos con indumentaria motera, con abundante cuero, flecos y tachones de metal, tomados de las manos y observando embelesados el espectáculo del cielo. Les pasamos al lado, continuamos caminando un rato, y emprendimos el regreso desandando el camino. Cuando volvimos a pasar cerca de la pareja de motociclistas pude, como curioso impenitente que soy, detallar mejor la escena, y vi que sobre el asiento trasero de la motocicleta estaba un morral que semejaba un peluche, esponjoso, de colores pastel, y una bolsa con una mano de cambures.

sábado, 19 de octubre de 2019

Mis primeras utilidades


El año de la primera crisis económica ocurrida en la era democrática, que comenzó al caer la dictadura de Pérez Jiménez, el año del famoso viernes negro, ese infausto 1983 en el que reventó la burbuja del dólar a 4,30, coincidió con la culminación de mis estudios en el IUT-RC. Junto con la desaparición del dólar barato, más precisamente gracias a ella, desaparecieron también los planes que me habían hecho ingresar a ese tecnológico en particular, que ofrecía la posibilidad –a los mejores estudiantes de cada cohorte, claro está– de continuar los estudios en Francia, en una suerte de especialización, dado el convenio que mantenía esa institución con el Estado francés. La debacle económica se llevó al diablo el convenio, así que me tuve que resignar a ejercer profesionalmente con los conocimientos que había adquirido en el instituto. Que no eran malos, honestamente. Para ser un tecnológico, los egresados salían a competir sin mucha desventaja con los graduados de las mejores universidades nacionales, públicas y privadas, que ofrecían carreras relacionadas con la ciencia de la computación.
Pero, antes de recibir el título que me acreditaría como técnico superior universitario en informática, tenía que demostrar en la práctica que poseía las competencias necesarias para ello, mediante una pasantía en una empresa real. La fortuna me llevó a ocupar una de las cuatro plazas que dispuso para los estudiantes del IUT una de las mayores compañías consultoras en computación para la época, la celebérrima Empresa Nacional de Informática, Administración y Control, mejor conocida como ENIAC. Por supuesto que su nombre había sido escogido a propósito para que su acrónimo coincidiera con el del primer computador digno de ese nombre. Era la primera vez que ENIAC se arriesgaba de esa manera, ya que su cantera natural era la UCV, en dónde hacían vida, tanto como estudiantes como profesores, los tres socios mayoritarios de la firma, y de allí nutrían la nómina de su empresa, con los estudiantes más aventajados de los últimos semestres de la carrera. Pero ese año, gracias a las gestiones de uno de nuestros profesores, el muy francés Frank Cónsola, accedieron a darle una oportunidad al IUT. Seríamos una especie de ratas de laboratorio, entonces; tendríamos sobre nuestras cabezas la responsabilidad de dejar el nombre de nuestro instituto en alto, como nos los remachó el profesor que nos había conseguido el chance.
A pesar de haber pasado casi cuatro décadas, recuerdo mi primer día en ENIAC con alguna claridad. Dado que no conocía las facilidades de estacionamiento en la zona donde tenía su sede en ese momento, en el edificio Valores, a un costado de la Plaza Urdaneta, mejor conocida como La Candelaria, en plena avenida Urdaneta, pensé que sería más prudente ir ese primer día en Metro. En aquel momento el subterráneo tenía meses de haber sido inaugurado, y era una especie de servicio de lujo, muy novedoso todavía, por lo que no constituyó ningún sacrificio utilizarlo, salvo por las dos breves caminatas, de mi casa a la estación de Sabana Grande y de la estación de Parque Carabobo al edificio Valores, unas cuantas cuadras en total. Dada mi habitual tendencia a la puntualidad, máxime en ese importante “primer día”, tomé todas las previsiones necesarias para estar a tiempo, cosa que logré al llegar al Valores unos quince minutos antes, los cuales aproveché para tomar un café en la arepera de la planta baja, que tenía a la vista los rellenos más extravagantes y variados para arepas, entre los que destacaban el salpicón de mariscos y las orejitas de cochino, con pelo.
ENIAC, a pesar de todo su prestigio, en esos días era una suerte de pulpería de la informática. Esa oficina no destilaba el glamour aséptico que el imaginario legado por las series de televisión y las películas pretendía, con respecto a los ambientes destinados al procesamiento de datos. Más bien parecía el taller de algún artesano intelectual, con gran profusión de libros, mucha madera, y un desorden bien organizado. Estábamos en plena transición de la computación tradicional, aquella de los enormes “mainframes”, a la era de la computación personal. ENIAC había comprendido a cabalidad ese período histórico, así que se movía en ambos frentes, y representaba en el país a todo bicho de uña, norteamericano o europeo, que desarrollara software para alguno de esos ambientes. La planta física de la oficina contemplaba una pequeña recepción, tradicional, de escritorio de fórmica y unas cuantas sillas de espera al frente; una salita a mano derecha, de usos múltiples, en donde se impartían cursos corporativos o se probaban las novedades que de tanto en tanto llevaban los socios –vi allí por primera vez funcionando un plotter, y una computadora personal marca NCR, tal vez una competidora de las XT, entre otras maravillas tecnológicas–. A mano izquierda estaba situado el cuarto destinado al servidor, un enorme aparato IBM que estaba configurado para correr dos sistemas operativos simultáneamente, y varios escritorios con terminales conectados a él. Además, estaba el único procesador de palabras de la oficina, marca WANG, con su monitor, teclado, impresora y una unidad de disco duro, del tamaño de un horno de microondas y 10 megabytes de capacidad. Y, por supuesto, el árbol de las corbatas: un perchero del cual colgaban una veintena de esos accesorios, de los más variados modelos, colores y pintas. Un poco más adelante se nos aclararía la función de ese curioso objeto, que parecía un árbol de navidad temático.
Nos dieron la bienvenida a los cuatro pichones de computistas los tres socios en conjunto: Roger Bonet, Roberto Albánez y Jaime Fontecillas. En una brevísima inducción nos hablaron de la empresa, de su estructura, sus clientes, su filosofía, y nos hicieron entender que allí se iba a trabajar duro y no a perder el tiempo. Siempre habría algo que hacer, así fuera estudiar un nuevo software, instalar un dispositivo donde un cliente, o impartir algún curso. No había posibilidades de tiempos muertos, por supuesto. Luego,  pasaron a indicarnos nuestros respectivos proyectos: a dos de los compañeros les asignaron el diseño de un software para una agencia de viajes; a otro, ingresar a un equipo dedicado al desarrollo de una aplicación para Lagoven; a mí, en cambio, me designaron para que programara un sistema para la interpretación de encuestas realizadas por la empresa Gallup, mediante un novedoso lenguaje de quinta generación, del cual había adquirido la representación ENIAC durante esos días: se denominaba RAMIS IV, y prometía revolucionar el negocio gracias a su cambio de paradigma. El enfoque del producto era, sí, bastante revolucionario: uno le decía el “qué”, y el software determinaba el “cómo”. Es decir, en teoría uno se desentendía de todos los aspectos fastidiosos de la programación, y se enfocaba en las especificaciones de alto nivel, y luego el lenguaje escribía todo el código necesario. Eso venía siendo algo así como el Santo Grial para los programadores, y me sentí sumamente afortunado por haber sido el elegido para ese proyecto. Además, había un aliciente adicional: la pasantía era con honorarios, 1.500 Bs por mes, así que además de la oportunidad laboral teníamos algo de flujo de caja.
ENIAC fue una espléndida empresa para iniciar en la carrera. Con su “mix” de personal experto y caballos de batalla jojoticos, como nosotros, atendía a una cartera de clientes entre los que destacaban los nombres de las cuatro grandes de la industria petrolera en aquel momento: Lagoven, Corpoven, Maraven y la propia PDVSA, que todavía no se habían fusionado en la gran corporación que mantuvo el nombre de la última mencionada. También atendían al sector bancario, y al industrial. Todo ello constituía para nosotros una gran vitrina, en la cual teníamos la oportunidad de mostrarnos y demostrar nuestras habilidades en el campo de la informática, con miras al futuro, puesto que no teníamos intenciones de hacer carrera allí. Ahora me cuestiono un poco esa visión, y no sé si fue la mejor decisión. Ya es fútil especular sobre esos temas, claro. Pero me estoy adelantando: nuestro período de pasantías era como las ofertas de los grandes almacenes, por tiempo limitado. Tal vez un par de meses; ahora no recuerdo bien. Al llegar al momento cumbre, todos los cuatro estábamos bastante nerviosos y ansiosos por saber si alguno se iba a quedar en la empresa, luego de ese período de prueba que terminó siendo la pasantía. Habíamos cumplido con solvencia nuestras asignaciones, pero no sabíamos qué pasaba por las mentes de los socios.
Un día nos fueron llamando uno a uno para comunicarnos su veredicto. La sorpresa fue que nos ofrecieron empleo a todos. Con el mismo sueldo: 4.000 Bs, que de no haber mediado el viernes negro hubiesen sido casi mil dólares. De todas maneras no era para nada un mal sueldo, para ese momento. El cambio estaba entre los seis y los siete Bs. por dólar, así que nos embolsillábamos el equivalente a unos 600 dólares cada mes, una cantidad exorbitante para quienes un par de meses atrás éramos unos estudiantes mantenidos por nuestros padres. Lo divertido fue que nuestra primera quincena cayó justo en diciembre, y nos pagaron, además del sueldo, las utilidades a cuenta del período de pasantía. Esas utilidades, sumamente pobres obviamente, nos permitieron, no obstante, darnos un almuerzo con todos los juguetes en un sitio que estaba de moda en esos tiempos, el Floridita, situado en la torre La Previsora. Corrieron con generosidad mojitos, congrí, masitas de puerco, y otras especialidades cubanas durante esa tarde memorable, que selló nuestro ingreso oficial al mundo corporativo. O, por lo menos, eso era lo que pensábamos en aquel momento.
 


lunes, 16 de septiembre de 2019

El lenguaje de las máquinas

Este viernes que acaba de pasar se celebró el día del programador. Se escogió esa fecha, el 13 de septiembre, porque corresponde al día nro. 256 del año, es decir, 2 elevado a la octava potencia, que es lo que se puede representar en un byte de información. La programación es la principal actividad profesional que he desarrollado en mi vida, la que puso comida en la mesa familiar durante estos 30 y picote de años que han pasado desde que empecé a trabajar, y por lo tanto le tengo gratitud, por mucho que ahora me sienta tentado a dejarla de lado buscando desarrollar otros intereses más afines a mis aspiraciones actuales. Pero, como sea, más de la mitad de mi vida se me ha ido sentado tras un teclado y una pantalla, que comenzó siendo de fósforo blanco, luego verde, más tarde ámbar, hasta convertirse en polícroma. En todo ese tiempo tuve oportunidad de desarrollar aplicaciones para los más variados intereses y actividades, tanto económicas como benéficas. En los 80 y los 90 todos querían tener un sistema, por lo tanto éramos muy buscados. Uno de los primeros encargos que tuve, trabajando para ENIAC, fue el de traducir un programa codificado en alguna versión de lenguaje ensamblador, o lo que se conoce como "lenguaje de máquina", que corría en unos dinosaurios Olivetti y que se encargaba de calcular los cortes a realizar sobre los cristales ópticos para alcanzar la fórmula prescrita por el oftalmólogo o por el optometrista. Lo único que me dieron como insumo fueron unos rollitos de papel amarillento, envueltos en una liga, en donde estaban impresos los programas fuente a traducir. Salvando las distancias, me sentía como los arqueólogos que tuvieron que traducir los papiros del mar muerto. Así que trabajé no recuerdo cuanto tiempo descifrando esos jeroglíficos. Los traduje a lenguaje Basic, que era el que corría en los computadores HP que iban a sustituir a las vetustas Olivetti. Creo que el sistema operativo de esos computadores era CPM, en todo caso un predecesor del MS-DOS. Debo confesar que no me di demasiada mala vida: traduje los programas instrucción a instrucción, sin tratar de optimizar nada. Tal vez, con la experiencia que tengo ahora, lo hubiese hecho de otra manera. Pero tanto el hecho de la novatería como la espada de Damocles de la fecha de entrega sobre mi cabeza, me obligaron a buscar la vía más expedita. Como sea, el proyecto llegó a puerto, y por algunos años todos los cristales que montó Óptica Caroní en sus anteojos se cortaron gracias a las instrucciones de "mi" programa.

martes, 10 de septiembre de 2019

Domingos en la Cota Mil


No sé cuánto tiempo tiene la costumbre de cerrar la avenida Boyacá, que nunca dejaremos de nombrar como la conocimos desde el principio, Cota Mil, los domingos por la mañana. Sé que se hace por lo menos desde finales de los años 80; recuerdo haberme quejado en esa época con algunos compañeros de trabajo, que comentaban haber circulado por ella en horas vedadas al tránsito automotor, como una gran gracia. Lo cierto es que en diferentes épocas de mi vida he aprovechado la oportunidad de caminar por esa vía, destinada a la circulación rápida de los vehículos, y que por obra de la sensatez de algún gobernante se convierte por unas cuantas horas dominicales en un amplio bulevar peatonal, que permite contemplar las mejores vistas de la ciudad, y además inspeccionar de cerca, en pequeñas escapadas, la gran montaña fetiche de los caraqueños. No es raro encontrarse, en esos paseos, con evidencias de la ferocidad de la noche: restos de cauchos que semejan largas lenguas, negras y enrolladas; un parabrisas completo, pero a la vez vuelto añicos, que conserva su integridad solamente por la película plástica que lo cubre, abandonado en una cuneta; animalitos que no cruzaron a tiempo y, abiertos en canal, son presa de las aves carroñeras que comen como danzando, en un festín macabro. Hubo una época en la cual los letreros de señalización eran utilizados por tiradores furtivos como blanco, tal vez probando su puntería desde el carro en movimiento, pero hace tiempo que eso no ocurre más, por fortuna. Todo eso contrasta con la actividad deportiva y recreativa que realiza la nutrida audiencia que religiosamente dedica la mañana del domingo a oxigenarse con el aire limpio que baja del Ávila. Soy taciturno por naturaleza, así que en mis recorridos no intercambio más que las palabras indispensables con mi acompañante eterna, que en cambio es locuaz y se encarga de mantener la conversación viva. Yo voy pendiente de otras cosas: del paisaje, del estado de la vía, y (como buen vouyerista de la palabra) también recojo los fragmentos de conversaciones que se escuchan en los diversos grupos que vamos dejando atrás, en nuestra vigorosa caminata (la mía, Mary va al trote) que cada día conquista más distancia en la avenida.

domingo, 8 de septiembre de 2019

The night


Esta mañana terminé de leer la novela “The night”, de Rodrigo Blanco Calderón, la más reciente ganadora del prestigioso premio Vargas Llosa. Traté de leerla desprejuiciadamente, buscando no contaminarme por todo lo bueno y lo no tan bueno que había escuchado sobre ella, sobre todo de no dejarme influenciar por el hecho de su fama, que ya se puede llamar internacional. Quise que fuera el libro quien se defendiera por él mismo.
Y lo logró.
Es difícil encasillar esta obra en un género determinado. Es una novela detectivesca, sí. Pero también una novela psicológica. Y una novela lúdica. Por supuesto, y voy a decir una perogrullada, es una novela nocturna. Es todo eso, amalgamado a fuego lento, inmerso en una banda sonora muy particular: la de la agrupación Morphine, liderada por Mark Sandman -personaje “en off” de la novela- que, si no la han escuchado, los invito a que se den el gusto. Estamos frente a un collage, que recoge casos sumamente escabrosos de la crónica roja nacional, varios personajes emblemáticos conocidos por la opinión pública, libros existentes, anécdotas conocidas, anécdotas inventadas, que da como resultado un tejido en el cual nos podemos reconocer, dolorosamente.
Varias cosas me vienen a la mente al repasar las páginas que acabo de concluir. Voy a mencionarlas así, sin ningún orden determinado. Una de ellas es la intuición de que algunos párrafos del libro tienen un auditorio predeterminado, que es la gente que hizo o hace vida todavía en los pasillos de la escuela de Letras de la UCV. Como si Rodrigo hubiese insertado un código oculto, que pasa desapercibido frente al lector común, pero es interpretado a cabalidad por aquellos a quienes está destinado. Tal vez no sea así, pero me gusta pensar en ello. Otra, que me llama la atención como escritor, es la elección de los nombres, o más bien la identificación de los personajes. Para decirlo de manera maniquea, los “buenos” aparecen bajo su nombre real. En cambio, los “villanos” y las “víctimas” salen bajo un pseudónimo, a pesar de que al final del libro, en los agradecimientos, algunos de ellos aparecen con su nombre real. Otra cosa que aprecié fue cierta obsesión por los detalles, sobre todo los escabrosos, y allí no puedo dejar de pensar en David Foster Wallace y su novela “La broma infinita”, que comparte ese aspecto con “The night”. También entreví, en la parte del libro dedicada a Darío Lancini, cierta admiración nostálgica por los años de la lucha armada en Venezuela, los violentos 60, y sus consecuencias. Tal vez sea yo quien en realidad sienta esa nostalgia, ese “sé que estuvo mal, pero me hubiese gustado vivirlo”. La narración detallada de ese período me acerca a esa reflexión.
No soy un lector rápido, ni disciplinado. Dejo que cada obra me lleve a su ritmo. El viaje que emprendí con “The night” tuvo una cadencia lenta al principio, pero poco a poco fue acelerándose hasta adquirir una velocidad frenética, buscando un final que, lo sabía por adelantado, no iba a conseguir. Y tal vez ese sea uno de los grandes aciertos de esta novela.

jueves, 5 de septiembre de 2019

El café de cada día

En Caracas hay tantas máquinas de hacer café como panaderías, restaurantes, bares y, valga la redundancia, cafés. Y el número de baristas es un múltiplo de esa cantidad. Las marcas más repetidas son nombres que nos acompañan a los aficionados al café desde siempre: Faema, Gaggia, Rancilio. Partiendo de la premisa de que el principio de operación de dichas máquinas es el mismo, valga decir, agua caliente que pasa con determinada presión a través de un filtro que contiene café, es notable la diferencia de sabor que se obtiene en los diferentes locales. Yo tomo café negro, sin ningún aditivo salvo una cucharadita de azúcar, que dependiendo del lugar, denomino "negrito corto" o "espresso". El sabor del café de panadería es amargo, requemado. De consistencia densa, casí que una crema. Medio vasito, o menos, es suficiente para que la sensación me acompañe toda la mañana. Ese es el que pido como "negro corto", y por lo general me lo tomo como una medicina, sin mucho protocolo, para salir rápido de ese trámite. En cambio, en los lugares con un poco más de sofisticación, pido un "espresso". El "espresso" es más delicado; el aroma del café sobresale por encima de las notas amargas del líquido, y por lo general uno queda queriendo más, otro poco de ese sabor tan especial, que invita a la conversación, o a la meditación si se está sin compañía.En casa, hacemos el café en la insuperable greca, esa de las mil batallas, que solo exige de cuando en cuando el cambio de la empacadura de goma, que antes duraba décadas pero ahora se desgasta en pocos meses. Allí la cosa depende de la suerte que se tenga en conseguir café bueno. Con tantas marcas extrañas que hay por allí, de existencia efímera, es difícil casarse con alguna. Los tiempos de el Imperial, el Fama de América, del Peñón, del San Antonio, ya pasaron. Ahora abundan los cafés que proclaman ser premium, o arábiga, o artesanales, pero de la etiqueta a los hechos hay mucha distancia. Lo cierto es que el café, como sea, es un placer irrenunciable. Los momentos de tomar café son de los más esperados, dentro de la cotidianidad.

viernes, 30 de agosto de 2019

Tiempo de cambios

La transición de Latinoamericana a mi próximo empleo fue dándose de manera gradual. Estando todavía empleados en la primera empresa, se nos ofreció a un grupo de analistas y programadores la posibilidad de realizar un trabajo alterno, fuera de hora. Como nunca vienen mal unos ingresos extra, aceptamos con gusto, y algunos días a la semana, ahora ya no recuerdo cuántos, al salir de Concresa no nos íbamos a nuestras casas, sino que enfilábamos hacia la Torre La Primera, donde se hallaba, además del mítico restaurant Marco Polo, la sede de Seguros Horizonte. Enganchábamos a las 5, y salíamos cerca de las 10 de la noche. A los 28 años que tenía entonces, ese trote era tolerable, y duró tal vez unos tres o cuatro meses. Recuerdo que estaba cerca el día de mi primer aniversario de bodas, que caía un día lunes. El viernes anterior me había tocado trabajar en el tigrito nocturno, pero llegué a casa con una botella de vino y algunas “delikatessen”, para celebrar por anticipado tanto el aniversario como las buenas noticias en el ámbito laboral. Nos había contratado una empresa consultora llamada Computaciones SR, que era parte de un conglomerado denominado Grupo Ábaco. Había un fuerte conflicto de intereses, pues Latinoamericana era cliente de Ábaco y no podía ver con buenos ojos que varios de sus empleados estuvieran involucrados en un desarrollo de sistemas para la competencia, además liderado por uno de sus proveedores, por lo que se nos pidió estricta confidencialidad. Pero era inevitable que la cosa se supiera, así que un buen día nos llamaron a todos los implicados a una reunión. Por supuesto que nos olíamos el motivo, pero teníamos una carta bajo la manga: Computaciones SR, dado el éxito que habíamos alcanzado en ese proyecto mercenario, nos había ofrecido un contrato para participar en el desarrollo de un ambicioso software de gestión para empresas de seguros; en el paquete, además de una mejora substancial en el salario base (creo recordar que lo triplicaba), estaba un minúsculo porcentaje, tal vez el 1% para cada uno de nosotros, sobre las ganancias que produjera dicho software. Así que asistimos despreocupados a la reunión, nos aguantamos el chaparrón moral que nos quisieron impartir, y de allí salimos a preparar nuestras cartas de renuncia.
El dueño de la primera inicial de Computaciones SR era Carlos Senior. Un personaje muy interesante, aunque envuelto en una aureola de misterio. Se rumoraba que en el pasado había estado involucrado sentimentalmente con la pareja del momento de Teodoro Petkoff, cosa que luego me enteré, por una fuente de absoluta credibilidad, era cierta. Pero él ni afirmaba ni negaba tales chismes. Sin embargo, hacía gala de sus relaciones con la intelectualidad de la época, y con los dirigentes exguerrilleros de los partidos de izquierda, ya para ese momento pacificados, aburguesados y habitués de las barras de los mejores restaurantes, en donde componían al mundo un whisky a la vez. Además, Carlos estaba cursando la licenciatura en Letras en la Central, y ese motivo, para mí, era suficiente como para que me pareciera un tipo admirable. El otro socio, Tulio Rodríguez, era más apocado; más serio, digamos. Pero ninguno de ellos se perdía una oportunidad para rumbear. Prácticamente todos los viernes, después de una semana de dura brega en las oficinas del cliente o en las propias, nos invitaban a salir con ellos, casi siempre a La Estancia, en donde no escatimaban en atendernos a cuerpo de rey. El escocés corría generoso en esas largas veladas, amenizadas por los cuentos, galantes casi siempre, de aquel par de tigres resabiados.
Durante los tres años que duró esa aventura estuvimos viviendo una ficción muy agradable. Trabajábamos fuerte, eso es innegable, pero también nos divertíamos a un nivel bastante alto. Fuimos asiduos de los más famosos restaurantes de esos años, y de algunas de las discotecas más sonadas. También nos tocó presenciar, desde las ventanas de la Torre La Primera, los acontecimientos del 27 de febrero de 1989. Además, tuvimos oportunidad de alternar con los altos ejecutivos de las grandes empresas de seguros, a quienes les íbamos a ofrecer nuestro software, que estaba todavía en planos, pero prometía ser la panacea para controlar todas las operaciones para esa línea de negocios. Incluso llegamos a apuntar a la cabeza de la joya de la corona en ese momento, la mastodóntica Seguros Caracas. Estuvimos cerca de llegar a un acuerdo con ella, y realizamos un enorme trabajo de campo que nos llevó a todo el personal disponible a una gira por Venezuela, a las diferentes sucursales que mantenía la empresa en el interior del país. A mí me tocó ir a Valencia y a Maracay, en donde nos trataron regiamente. Sobre todo en la última, cuyo gerente resultó ser un sibarita. Habían estrenado recientemente “El festín de Babette”, y el hombre le dedicó buena parte de nuestra visita a contarnos sus impresiones sobre la película, antes de llevarnos a almorzar a uno de los mejores sitios de la ciudad en ese tiempo. 
Pero, como todo en la vida, a esa época le tocó su fin. De una manera bastante agridulce, por cierto. Habíamos notado que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, no se notaban avances ni técnicos ni comerciales en el proyecto, y estábamos comenzando a estancarnos. Los sueldos, que en un principio parecían fabulosos, ya comenzaban a quedarnos estrechos y no se produjeron los aumentos que nos habían prometido. Así que cuatro de nosotros nos decidimos a abrir tienda aparte. Habíamos resuelto que dos de nosotros renunciarían, y los otros dos seguirían empleados mientras nuestra empresa agarrara fuelle. Yo fui uno de los que se quedaron, pues mi esposa estaba esperando nuestra primera hija y yo quise conservar un poco de estabilidad en ese período. Pero no fue posible. La semana antes de que naciera Ariana, me entregaron sin mucho protocolo mi carta de despido, junto con la noticia de que me habían sacado de la póliza colectiva de la empresa, por lo que el parto de mi esposa tuvimos que pagarlo de nuestro propio bolsillo. Comenzaba así el período más angustioso de mi vida profesional, justo a la víspera del año de los fallidos golpes de estado: 1992.

martes, 27 de agosto de 2019

Mis inicios en la literatura



Ayer escribía sobre el momento en que se produjo el fracaso de mi primer intento empresarial, allá por los años 90. Fue algo que, a pesar de venir anunciándose desde hacía tiempo, pues la crisis bancaria de esa época golpeó a toda la economía en general y al sector financiero en particular, que era uno de nuestros nichos, ya que pensábamos comercializar un software para el control de las operaciones de las casas de bolsa, igual constituyó una debacle a nivel personal y familiar. Pero, como suele suceder, dicho fracaso sirvió para varias cosas. Primero, para aprender a juzgar mejor a las personas, y a mí mismo, pues es inevitable que esa crisis haya dejado algunas cicatrices en la amistad con mis anteriores socios. Segundo, para sincerarme en cuanto a mis ambiciones y capacidades, dentro de ese mercado tan convulso, competitivo y cambiante como lo era el desarrollo de software, que iba evolucionando tan rápidamente, y hacia tantas vertientes diferentes, que era difícil decidir cuál camino tomar en cuanto a la elección de la plataforma tecnológica a utilizar. Y, además, ese período de soledad forzada, aunado al comienzo de la masificación de internet, me permitió conocer algo que sería el acicate para comenzar a escribir narrativa: Letralia, esa iniciativa tan notable de Jorge Gómez Jiménez. Una de las primeras cosas que hice, al mudarme a mi oficina improvisada, fue conseguir una cuenta de internet. En esos días existían unas compañías que se encargaban de proveer el servicio; se les denominaba ISP (Internet Service Provider). La que yo escogí, creo recordar, se llamaba Eldish. Uno les compraba determinado cupo, en modalidad prepago, similar a lo que hacemos hoy con los planes de datos para los celulares, y se conectaba a la red a través de un módem que se acoplaba al PC y a la línea telefónica, y utilizaba lo que se denominaba una conexión “dial-up”, que andaba a unos miserables 24 kilobites por segundo; la banda ancha era una quimera. Creo recordar que yo tenía a disposición la fabulosa cantidad de 10 megabytes de datos, que me debían durar todo el mes. Claro que en esa época los contenidos no eran nada pesados, así que, si se tenía prudencia, se llegaba al vencimiento del plan con holgura. Además, el servicio venía con una innovación: una cuenta de correo electrónico. Esa fue la manera de conocer a Letralia, que en ese momento funcionaba como una lista de correo: uno se suscribía a ella, y la recibía en su buzón. No recuerdo cómo llegué a ella, pero fue una coincidencia afortunada. Jorge estaba solicitando colaboradores, y yo, que siempre había tenido inquietudes al respecto pero no oportunidades para canalizarlas, me animé a escribir unos relatos, bastante incipientes, pero que fueron incluidos en alguno de los números tempranos de la revista. Ver por primera vez mi nombre en caracteres impresos, así fuera en un medio electrónico, no lo puedo negar, fue deslumbrante. Y, además, comenzar a tener interacción con un público, por más incipiente que fuese, y además con otros autores, algunos tan novatos como yo, otros con recorrido andado, constituyó un gran aliciente, y también una especie de escuela. Así que, sacando cuentas ventitantos años después de que ocurriera, esa debacle en realidad fue una especie de nuevo comienzo.

lunes, 26 de agosto de 2019

Club de video



A mitad de la década del noventa, en el año 96 más exactamente, me encontré en un hiato en mi carrera profesional. La compañía que había fundado algunos años antes con otros tres socios no terminó de levantar cabeza, y tuvimos que disolverla, buscando cada quien su camino de manera independiente. Nos quedamos con los clientes (pocos) que cada quien había conseguido, y tuvimos que desalojar la oficina que teníamos rentada. Entonces me vi obligado a pedirle refugio a mi madre, quien no tuvo ningún reparo en permitirme utilizar mi antigua habitación como improvisada oficina. Así que llevé allá mi computadora, mi impresora, mi archivo, compré un teléfono con contestadora, tiré una linea telefónica hasta allá, y comencé a operar en mi habitación de soltero. Como es natural, volví a hacer vida en esa zona que había dejado de frecuentar con asiduidad unos diez años antes, y ubiqué los servicios básicos que tenía cerca. Un barbero cuyo negocio estaba en el Pasaje Asunción, mejor conocido con el tendencioso y exagerado nombre de “Callejón de la puñalada”, se ocupaba de desmalezar mi cráneo cada mes y medio; volví a desayunar los cachitos, quesadillas y golfeados de la Panadería 900; de vez en cuando tomaba un espresso en El Gran Café, buscando un sabor que ya no existía. Y, justo en frente del edificio donde estaba el apartamento de mi madre, en el Centro Comercial Libertador, ubiqué una tienda de intercambio de películas. En formato VHS, todavía. Y me volví asiduo. No sé en donde conseguían las cintas. El caso es que tenían graves fallas: a veces se les iba el sonido, a veces los subtítulos no aparecían o aparecían a destiempo, a veces gruesas franjas negras, cual tachones de algún ente encargado de la censura, tapaban la mitad de la imagen. Pero la selección que ofrecían era interesante. Desde Sospechosos habituales, pasando por K-pax y varios otros filmes clásicos de esa década. Era barato, además. No recuerdo cuánto costaba, pero dado el estado de mis finanzas en ese momento sospecho que no era mayor cosa. El asunto es que un buen día el negocio cerró, sin aviso previo, y me vi de pronto con unos cinco o seis cassettes de VHS, que no me pertenecían, en mis manos. Un día, creo que fue por los lados del Centro Comercial del Este, tal vez en la oficina de la Electricidad, me conseguí a uno de los dueños del local, quien me explicó la causa del cierre, que olvidé por completo. Le comenté que conservaba algunas películas, y me dijo que le hubiese gustado que se las devolviera. Pero como pasa con frecuencia, no llegamos a nada en concreto –creo que el tipo no tenía ningún lugar fijo en ese momento- así que esas películas piratas, en todo el sentido de la palabra, quedaron acumulando polvo en algún clóset de mi apartamento, mucho tiempo después de que el último vhs dejara de funcionar, y de que ya nos hubiésemos mudado al formato que comenzó a imperar desde comienzos del 2000, el DVD. Sospecho que sobrevivieron a la última mudanza, y que están en alguna caja olvidada en el maletero, inútiles, meros recuerdos de uno de los escalones de la tecnología que tuvo su momento estelar a finales del siglo pasado pero que terminó pasándole el testigo a los nuevos medios, que también están en vías de alcanzar la obsolescencia, eclipsados por la nueva dictadura en materia de entretenimiento casero, el streaming.

sábado, 24 de agosto de 2019

Anotaciones del sábado 24 de agosto de 2059



Esa mañana se despertó nostálgico. Algo había soñado, algo que en ese momento no sabía precisar con detalle alguno, pero que le removió los recuerdos más lejanos que guardaba. Tal vez, el haber llegado a la significativa edad de los 40 años, o el cuarto piso con el que lo molestaban sus compañeros de trabajo cada vez que realizaban una teleconferencia, fuera el disparador de esa situación. Ante la perspectiva de un fin de semana sin mayores actividades planificadas, y con pereza para organizar algo de último momento, decidió satisfacer ese impulso con el que lo recibió el día y, luego de consumir el desayuno que halló preparado en la unidad procesadora de alimentos, según las órdenes que había girado la noche anterior, se fue a la terraza techada, en donde le esperaba la tumbona sensorial. Se tendió sobre ella, cerró los ojos, giró las instrucciones mentales correspondientes, y en seguida una película personalizada sobre su vida comenzó a rodar en su mente, conectada en ese momento a la nube. El algoritmo recopiló las miles de imágenes y  textos que consiguió sobre él, en cuestión de segundos y,  tras un breve análisis, compuso una animación de un par de horas, de acuerdo a los parámetros que le habían sido proporcionados: duración, período de la vida a considerar, personas que deberían aparecer, personas que no deberían aparecer, localidades.

Este ejercicio imaginativo futurista se me ocurrió ayer, reflexionando sobre la cantidad de información que guardan las redes sociales sobre nosotros. Cualquier persona que haya nacido a partir de la segunda década del siglo XXI puede tener su vida volcada en los alojamientos de datos empleados por Facebook, Twitter, Instagram, Tinder, y cualquier otra plataforma de intercambio social, dependiendo del grado de interacción de sus padres, en primera instancia, y luego de él mismo. Lo que hacíamos nosotros para averiguar nuestro pasado familiar, o para recrearlo, que era básicamente recurrir a los polvorientos álbumes de fotos, a los carretes de películas super 8, los cartuchos de betamax o vhs, o los cassettes de audio, hoy en día se logra con un dispositivo conectado a internet y unos cuantos clicks. Mi intención no es hurgar en los peligros potenciales que eso involucra, que están muy bien documentados por expertos. Más bien me propongo una reflexión sobre cómo han evolucionado las costumbres y nuestra manera de relacionarnos con el mundo, con el presente y con el pasado, en esta era arropada por la tecnología. Tal vez estemos componiendo en tiempo real la película de nuestras vidas, y la podamos disfrutar, empaquetada, editada y musicalizada, ya en el ocaso de la existencia. O será material de estudio para las futuras generaciones, que tendrán a su disposición un árbol genealógico animado, y podrán conocer a detalle cómo fue la cotidianidad de sus ancestros, comentada en primera persona por ellos mismos.

martes, 20 de agosto de 2019

Dinner in Caracas


Rescaté del "archivo muerto" de mi colección este lp, que me traje robado hace años de casa de mis suegros, para contestar una pregunta que me hicieron en twitter sobre lo que hay en la portada del disco. Es todo un testimonio de la época: en tonos sepia, un hombre inmerso en la oscuridad -un detalle, el blanco del puño de la camisa que sobresale de la manga del saco, revela que está trajeado elegantemente- le acerca un yesquero a la dama en la cual está concentrada la luz de la imagen. Ella sostiene con gracia un cigarrillo inserto en una boquilla. Sobre la mesa se adivina una copa. Eso es suficiente para sugerir la escena: una mesa íntima, en un restorán o una "boite", en la cual, sobre una tarima, la orquesta de salón está interpretando las melodías grabadas en el acetato. La contratapa, además de la lista de las piezas del álbum, trae un artículo de un tal Bill Zeitung, escrito en 1955, que describe para el público norteamericano su visión de Venezuela, con mucho énfasis en Caracas. La describe como una ciudad de contrastes, en donde la modernidad emergente de la arquitectura se contrapone a las construcciones coloniales de la era española por doquier. Habla sobre las instalaciones disponibles para los turistas. En su elenco, nombra 128 hoteles, entre los que resaltan el Tamanaco, el Ávila, el Conde y el Savoy; 32 night clubs, como Le Mazot, Mi vaca y yo y el Pasapoga. Y en el rubro de los restaurantes, la cuenta es de 427, de los cuales los más importantes, para el cronista, son Napoleón, El Chicote, Quasimodo y El punto criollo. Nombres que, salvo los de los hoteles, ya son desconocidos para el grueso de la población. Testimonio de una época en la que parecía que tanto la capital como el país estaban para grandes cosas.

lunes, 19 de agosto de 2019

La onda nueva suena de nuevo





La onda nueva es el género que me puede reconciliar con la música popular venezolana. Sin ser un experto en el tema, con conocimientos prácticamente nulos en temas como armonías, escalas, fusas y difusas, reduzco todo a una cuestión de gustos. A pesar de haber forjado mis gustos musicales alrededor del rock, y en segunda instancia del jazz, hay algo en el sonido propuesto por Aldemaro Romero que “me hace click”. Tal vez sea el ritmo particular, el esqueleto sobre el que se edifica todo el movimiento, que evoque algo reconocido por mí como parte de mi herencia musical. Lo cierto es que, sin tener ni una sola grabación de onda nueva en mi casa, es un sonido familiar y grato.
Lo pude constatar ayer en el homenaje que le rindió este domingo 18 de agosto la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho a Aldemaro Romero, un grandioso espectáculo concebido por Federico Pacaníns. Bajo un cielo que al principio amenazaba con diluviarnos encima, pero que luego se transmutó en un estupendo atardecer, unos cuantos miles de personas lo atestiguamos. En un formato que ya conocíamos de otras experiencias con la banda de jazz latino del CVA, la puesta en escena nos propuso un viaje cronológico por la vida y obra de Aldemaro, tal vez (a lo mejor estoy cometiendo una imprudencia, o diciendo una barbaridad) el músico más universal que ha tenido Venezuela. O, por lo menos, uno de los más conocidos y reconocidos. Desde sus inicios en Valencia, pasando con su migración a Caracas, donde a fuerza de terquedad e insistencia fue penetrando en el cerrado y elitesco mundo musical de la capital; luego, su primer momento fulgurante, el de “Dinner in Caracas”, que lo hizo grabar en Nueva York una placa fundamental,  presente en las discotecas particulares más importantes de Venezuela, en los años 50, y por fin su consagración con el movimiento que lo hizo trascender, precisamente la onda nueva. Dieciocho canciones fueron interpretadas esa noche, por seis cantantes que, además de tener grandes aptitudes vocales, derrocharon escena. De esas piezas, todas las que fueron compuestas bajo los cánones del nuevo formato eran conocidas por mí. Algunas de ellas tal vez tendría yo  unos treinta años sin escucharlas, pero las tenía grabadas en algún sector cerebral, pues me sorprendí tarareándolas.
Hubo algunos momentos bastante significativos, para mí. Uno de ellos fue propiciado por el guión que sirvió de hilo conductor del espectáculo, cuando el locutor de turno comentó que Aldemaro Romero se había presentado en ese mismo escenario, en el año 1956. Me imaginé la apertura de un portal temporal que comunicaba ambos eventos, que se produjeron con 63 años de distancia el uno del otro. Quién sabe qué persona habrá estado sentada donde lo hacía yo en ese momento, en esas gradas que hoy se presentan desgastadas por el paso del tiempo, pero que en el 56 estaban nuevecitas, con sus mosaicos completos y recién estrenados, bajo un cielo estrellado, mucho más estrellado que el que pudimos apreciar hoy. También me sorprendió una anticipación que experimenté: estaba pensando en la pieza “toma lo que te ofrecí” algunos instantes antes de que fuera interpretada; creo que el terreno se estaba preparando para ello, y lo intuí. Por último, me pareció muy conmovedora la presencia de la viuda de Aldemaro, la señora Elizabeth Rossi, quien ofreció unas sentidas palabras sobre su compañero por dieciocho años.
Mención aparte merece la orquesta. Bajo la eficiente batuta de la directora Elisa Vegas, brindó una actuación impecable y sentida. El sonido me lució impecable; un aplauso para quienes lo administraron desde la consola.Da gusto escuchar esa agrupación, compuesta por jóvenes músicos formados en el país. Si en medio de tantas adversidades podemos disfrutar de espectáculos de tal calidad, es razonable albergar esperanzas en un futuro promisorio.