lunes, 25 de noviembre de 2013

La tregua

Soy - como la mayoría de los caraqueños, por otra parte - de los que andan siempre refunfuñando y denostando de la infame calidad de vida a la que nos tiene reducidos la tan inhóspita ciudad en la que nos tocó vivir, y creo que no es necesario profundizar en las razones. Sin embargo de vez en cuando la urbe se las ingenia para hacernos cambiar de parecer y reconciliarnos un poco con ella.

Este fin de semana fue una de esas ocasiones en las que Caracas se prodiga en eventos, en ráfaga, para decirnos que no todo es tan malo, que aún quedan espacios, que podemos refugiarnos todavía en el arte y en la amistad para poder sobrellevar la ruda realidad por la que debemos transitar.

El viernes por la noche nos convocó Leonardo Melero, a nombre de el Liceo Poético Benidorm, a una noche que no dudo en calificar de mágica, en ese espacio tan agradable como lo es el Ateneo de El Hatillo. Allí, previa presentación de nuestra amiga María Gabriela Rosas, se dejaron escuchar las poderosas voces de Leonardo, Héctor Vera y Luis Chacón, quienes leyeron su recia y sentida poesía. Y posteriormente Yoyiana Ahumada nos obsequió un emotivo performance inspirado en su obra "Polvo de hormiga hembra", que combinó las artes histriónicas con la poesía. El frío de noviembre fue contrarrestado con el calor de la amistad y el vino, que se confabularon para regalararnos una velada especial.





El domingo asistimos a una lectura de las plaquettes de poesía que edita la iniciativa de Belkys Arredondo y su editorial El pez soluble, que se escenificó en la librería Lugar Común, en Altamira. Dichas plaquettes son unos poemarios breves e intensos, que buscan mostrar en pocas páginas el trabajo de voces, emergentes y consagradas,  en el campo de la poesía. Ayer escuchamos el trabajo de Gabriel Armand, Verónica Carrasco, Beira Lisboa, Jorge Gómez Jiménez, María Gabriela Rosas y Mariela Casal, poemas que trataron de amores, desamores, mate, hoteles, mares y vientos. Un abigarrado coctel de palabras que nos apaciguó la mañana.



Para cerrar, gracias a la amabilidad de Ángel Ricardo Quiñones, pudimos asistir al concierto que brindó la Orquesta de rock sinfónico Simón Bolívar en los espacios de Ciudad Banesco. Vengo siguiendo el trabajo de dicha orquesta desde su primera presentación, y puedo decir que ha crecido una barbaridad. Ha ampliado su repertorio hacia los extremos tal vez más populares del rock, sin descuidar la incorporación de clásicos como Kashmire, e inclusive tuvo la osadía de interpretar una pieza tal vez poco conocida por el grueso de la audiencia como Metrópolis parte I, de Dream Theater (pieza que es una de mis preferidas de esa banda de metal progresivo integrada por auténticos virtuosos) obteniendo un resultado estupendo. Genial fue ver a personas de todas las edades corear los temas más conocidos, como los de los Beatles o los de Queen. El cierre fue sumamente festivo, un Smoke on the water muy particular, en donde se soltaron el moño todos los integrantes de la orquesta, incluido el director.



En resumidas cuentas, éste fue un fin de semana de esos que lo reconcilian a uno con la ciudad. Tres espacios que se abrieron para el disfrute de las artes, en tres distintos lugares de la geografía caraqueña. Claro que constituyó una simple tregua en el ritmo infernal al que nos tiene sometidos Caracas, pero se agradece de todas maneras. 

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