miércoles, 21 de noviembre de 2012

Las nieves del tiempo



"Viejos: dícese de como los que tenemos 28 años vemos a cualquiera que ya pinta sus canas".

La definición anterior, por supuesto, no me pertenece. Es de la cosecha de John Manuel Silva, un muchachón rozagante y en la flor de la edad. Ojalá tuviera 28 años, con todo lo que sé ahora. Pero tengo 52, y pinto canas por lo menos desde que tengo 35. Al principio incipientes, pero en progresión primero aritmética y estos últimos tiempos, geométrica.

Son cosa curiosa, las canas: la gente deduce la edad de los demás en función a ellas. La mayoría de mis coetáneos todavía conservan el negror de sus melenas, aunque sospecho que algunos recurren a la química cosmética para lograrlo. Igotint al rescate. En lo particular me parece una necedad, y algo que eventualmente se descubre. No lo critico, después de todo cada quien es dueño de hacer con su cuerpo lo que le provoque. Pero nunca he considerado recurrir a ese tramposo expediente, pues de alguna manera me siento orgulloso de ellas, y corre la especie de que los hombres canosos somos "interesantes". Lo que sea que eso signifique.

Además sucede algo que representa una ventaja competitiva: las canas nos llevan al fabuloso mundo de la tercera edad, y a todos los beneficios que ello trae consigo. Al principio era chocante: eso de que a uno le ofrezcan un asiento de metro, o adelantarse en la cola del banco, parece insultante si se está apenas entrando a los cincuenta. Y como es natural, me resistía, con cierta indignación. Pero ya empieza a ser algo constante, y me lleva a dar explicaciones reiterativas sobre la falta de relación entre la edad y las canas, por lo menos en mi caso.

El último episodio me pasó este lunes: tenía que dejar una encomienda en Zoom, y llegué justo a la hora de apertura. Había una cola de gente esperando su turno, y estaban repartiendo números, de acuerdo a la capacidad de la agencia receptora. Como es lo lógico, me puse al final de la cola, esperando que fuera mi turno. Pero al llegar al frente de la persona que estaba dando los cartelitos numerados, ella me preguntó sobre mi trámite, se lo expliqué, y me dijo: "pase directo a la taquilla". En un primer momento pensé en rebelarme, y argumentar lo de siempre. Pero recapacité enseguida, pues vi que ya es imposible pelear contra el sistema. Con mi mayor cara dura me le coleé a las 30 personas que tenía delante, les prodigué mi mejor sonrisa, y en dos minutos estaba saliendo.

Sin el menor asomo de remordimiento.

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