sábado, 8 de junio de 2013

Una mano a las palmas del Jardín Botánico



Generalmente la monotonía del lunes a viernes es reemplazada por la monotonía del fin de semana: nos quedamos anclados a los mismos asuntos triviales, el juego de fútbol en la televisión, el paseo por algún centro comercial, la película que hemos visto en 20 ocasiones. A veces vale la pena experimentar cosas diferentes, actividades que uno jamás pensaría que iría a hacer porque se alejan demasiado de la propia zona de confort. Es cuestión de arriesgarse a ver qué tal. Este sábado nos tocó una experiencia de ese estilo: atendimos la convocatoria hecha por Cristina Vaamonde, de Una montaña de gente, para hacerle un cariño al Jardín Botánico. La tarea estaba dirigida a sanear el palmeto del jardín, que se encontraba invadido de malezas y parásitos. Nos congregamos cerca de las 8:30 de la mañana en la entrada del lugar, y allí conocimos a nuestros compañeros de labor. Éramos alrededor de una docena de personas de todas las edades; es inevitable mencionar a la señora Rosalía, quien desde sus bien llevados 80 años de edad fue de las más entusiastas colaboradoras en la actividad.

Nos dirigió la biólogo Yaroslavi Espinoza, quien dio una breve explicación sobre la actividad que llevaríamos a cabo y también nos advirtió los potenciales peligros que entrañaba: caracoles africanos, alacranes y culebras incluidos. Eso no amilanó a nadie, y nos dirgimos en cambote al área a intervenir. De manera espontánea la gente se organizó, armada con guantes, tijeras de podar e incluso machetes, y en un par de horas el sitio quedó impecable.

El Jardín Botánico es un hervidero de actividades, los sábados. En los amplios espacios gramados se reúne gente a realizar actividades de todo tipo, meditación, yoga, tai-chi. Resultaba simpático estar podando matas mientras ellos asumían las diferentes posiciones de sus respectivas disciplinas.

Fue una actividad gratificante, de bajo impacto físico - cosa que se agradece, dada las precarias condiciones  de un servidor - y favorecida por un clima benévolo, que de cuando en cuando nos rociaba con una lluviecita insustancial. Y de paso fue una labor educativa, pues Yaroslavi nos daba pildoritas de botánica prácticas y amenas.

Cerramos la jornada haciéndole mantenimiento a un vivero de palmas que clama por su recuperación, y quedamos pendientes por otras jornadas similares. Realmente la pasamos de lo mejor, como lo atestiguan las fotos a continuación, tomadas por Marianella Ferrer.












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