sábado, 16 de julio de 2016

Mi padre, el alquimista


Cuando uno es pequeño, tiende a construirse una realidad cónsona a su capacidad de raciocinio mediante la generalización, a partir de las interacciones que sostiene con los aspectos cotidianos de la vida. Por ejemplo, cree que todas las casas son iguales a la suya, así como las escuelas, los parques, y en general todo lo que conforma su pequeño mundo. Por ese motivo, durante gran parte de mi infancia asocié lo que hacía mi padre con el concepto de trabajo, y supuse que trabajar era "eso"; por consiguiente, esperaba con ansias el día en el cual yo comenzaría a trabajar. Claro que la actividad de mi padre no era cualquier cosa: tenía más que ver con la magia y la alquimia. Es que, verán, él era orfebre. De los orfebres de verdad, de esos que tomaban un lingote de oro y lo transformaban en joyas mediante variados procedimientos que involucraban hornos, sustancias químicas, crisoles, moldes y herramientas de precisión.

Ir al trabajo de mi padre era algo fascinante. Todavía tengo en la memoria el mapa del lugar, que llevaba el ostentoso nombre de "Fábrica de joyas Las Delicias". Y, aunque el apelativo pudiera sonar  grandilocuente - dadas las dimensiones del local -  no era desacertado. Era todo un complejo industrial en pequeño, y en él se transformaba cierta materia prima en productos terminados. En exquisitos productos, debo decir, porque esos italianos tenían buen gusto para producir las joyas que engalanaron a la clase media y media-alta de la Caracas de los 60 y 70. Pulseras, anillos, collares, zarcillos, gargantillas, pisacorbatas, eran los artículos que se producían en la fábrica. Prenda que llevara el sello de Las Delicias tenía garantizada su calidad.

Pero estaba hablando del local: para entrar a él era necesario pasar por una reja doble. Durante unos instantes, quien quisiera visitarlo se encontraba en una especie de jaula, en la cual no se abría la segunda reja si la primera no estaba cerrada. Era una medida de seguridad básica, dada la naturaleza de la mercancía que se transaba allí.  Al franquearla, el visitante tenía a mano derecha un amplio mostrador de madera oscura y vidrio, en donde estaban exhibidas algunas de las prendas que se vendían al detal (pocas, en realidad, ya que ellos destinaban el grueso de su producción para la venta a joyerías). Y al frente lo que en mi concepción infantil consistía "el trabajo": una puerta basculante a media altura permitía el acceso a un área con seis puestos, tres a cada lado, compuestos por una superficie de madera recubierta por una lámina de metal, una gran gaveta debajo de ella, un taco de madera de forma trapezoidal - que permitía el limado de las joyas - fijado a la superficie de trabajo, y sobre ella una constelación de herramientas tales como pinzas, limas, ganchos y punzones.Además, cada puesto de trabajo disponía de un soplete. Mi padre ocupaba el lugar más lejano a la puerta, a mano izquierda. Se sentaba, al igual que el resto de sus compañeros, en un banquito de madera que no ha debido ser muy cómodo. A sus espaldas había otros dos o tres puestos similares, pero esos no recuerdo haberlos visto nunca ocupados. Tal vez en alguna época hubo quien los utilizara, estando yo más pequeño, pero no tengo registros en la memoria sobre ello. Aunque la describo en primer lugar, en realidad esa área era la última en el ciclo productivo, pues en ella se realizaba el acabado de las piezas, y se acometían pequeñas reparaciones y adaptaciones de las prendas.

Al fondo de dicha área de trabajo estaba lo que llamaban pomposamente "la oficina": una habitación en donde lo más importante era la presencia de dos enormes cajas fuertes, que le daba un aire de solemnidad al sitio. Además de dichas cajas fuertes, había otros objetos que llamaban mi atención, tales como unas calculadoras mecánicas (que nunca supe como utilizar), una balanza de precisión y  un juego de frasquitos de vidrio que contenían el líquido que permitía verificar la pureza del oro, junto a una piedra en donde se frotaba la pieza a probar, además de uno que otro escritorio bastante destartalado, y unas sillas de oficina que no hacían juego con nada.

A mano izquierda del área de trabajo había dos ambientes muy particulares: en uno de ellos, una amplia habitación rectangular, se encontraba una gran máquina que permitía transformar los tacos de oro en láminas finas, o incluso en alambres. El encargado de esa máquina era mi padrino Franco; nunca vi a más nadie manipularla. Aplicando presión y calor se lograba la transformación, dada la ductilidad del material precioso que se empleaba. Era muy divertido ver como la máquina escupía una lengua interminable y amarilla, que cada vez se hacía más fina y flexible. Pero tal vez la zona que más disfrutaba, y me parecía fascinante, era el área en donde se hallaba la fundición. Se trataba de un horno que alcanzaba la temperatura suficiente para fundir el metal áureo. Ver el oro en estado líquido dentro del crisol era algo que me sorprendía siempre, sin importar cuántas veces lo hubiese visto antes.

Y, pasando la fundición, estaba una angosta y oscura escalera que llevaba al piso de arriba, en donde se hallaba el laboratorio de mi padre, en una gran terraza. Hace algunos párrafos mencioné la alquimia, y no fue una palabra al voleo. Mi padre era una especie de químico empírico, y conocía toda clase de ácidos y bases que le permitían intervenir el oro para eliminar cualquier impureza y lograr la calidad que diferenciaba a los productos de Las Delicias. No sé cómo alcanzó esos conocimientos, ya que no tuvo educación formal salvo la elemental, hasta el quinto grado de primaria. Pero sí trabajó en una de las grandes fábricas que existió en su ciudad natal, Verona, y tal vez allí aprendió de algún compañero más veterano. No lo sé a ciencia cierta. Esa terraza era su lugar creativo, y podía pasar horas y horas allí, diseñando moldes, haciendo combinaciones extrañas con los químicos que tenía a la mano, e ideando prendas.

Algo muy particular ocurría en la fábrica: la basura que se producía con la actividad diaria no se desechaba, sino que se guardaba en unos recipientes cilíndricos. El motivo era bastante lógico: mezclada con los desperdicios existía cierta cantidad residual de oro, que se recuperaba al incinerar esa basura en unos hornos que se hallaban por los lados de Guarenas, según recuerdo. Una vez al año, aprovechando el asueto navideño, mandaban los pipotes con la basura a ese lugar y lograban recuperar una cantidad nada despreciable de oro.

Esa fábrica estuvo en funcionamiento desde comienzos de los 60 - tal vez 62 o 63 - hasta finalizando la época de los 80. La muerte de mi padre ocurrió antes del cierre definitivo de la empresa. De los cuatro socios originales quedaban sólo dos - uno de ellos, Pino, el único no veronés sino romano,  vendió su parte de la sociedad al resto de los socios y regresó a Italia a principios de los 70 -  y decidieron cerrarla ya que en los últimos años fueron víctimas de varios robos. Ya la criminalidad comenzaba a golpear duro a la ciudadanía, y pensaron que lo mejor era liquidar el negocio y jubilarse. Creo que después del fallecimiento de mi padre no volví a pisar la fábrica.

Sin embargo tuve la oportunidad de volver a entrar a la quinta Josefina, donde tuvo su sede el trabajo de mi papá, unos 10 años después. Casualmente un cliente que me contactó para un desarrollo de software tenía una oficina allí.  Fue un retorno bastante agridulce: ya no quedaba traza de la actividad anterior. Habían convertido el espacio en un área de oficinas. Anodinas oficinas que para nada reflejaban el esplendor de la noble actividad que alguna vez se realizó en ese lugar. Recorrer los espacios transmutados, y tratar de adivinar en donde estaba cada cosa anteriormente, fue un ejercicio a mitad de camino entre la tristeza y la nostalgia. Más nunca volví a ese sitio. De vez en cuando paso cerca, pero me eximo de recorrer la calle que lleva a la quinta Josefina. Con lo que guardo en la memoria me es suficiente.

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