domingo, 19 de junio de 2016

La lógica, el surrealismo y la poesía


Tal vez la única materia relacionada con las matemáticas que en realidad disfruté durante mi pasantía por la universidad fue la que en el pénsum de entonces se denominaba Lógica simbólica. El motivo de ese disfrute obedeció a que, paradójicamente, dicha materia tiene que ver más con la palabra que con el número. Es la disciplina que, entre otros temas, lidia con los silogismos, esas construcciones con dos premisas y una conclusión que debe deducirse de ellas,  tipo:

"Todos los árboles tienen raíces;
Las salamandras no tienen raíces;
Las salamandras no son árboles".

El aspecto lúdico de esa especie de acertijos, a pesar de estar soportado por una fuerte teoría, me hizo enamorar de la materia, y la seguí explorando aún cuando ya no estaba dentro de mis deberes formales.

Las clases nos las daba un profesor bastante excéntrico, que nos invitaba siempre a pensar fuera de la caja, y nos proponía adivinanzas que a veces no tenían mucho que ver con la materia, para expandir nuestras mentes. También fue quién nos hizo saber que uno de los grandes teóricos de la lógica fue el diácono Charles Dogson. Ese nombre no le sonará conocido a mucha gente, pero su seudónimo como escritor seguramente sí: Lewis Carroll.

Personaje complejo, este Carroll: diácono de la Iglesia de Inglaterra, a pesar de no creer en el castigo eterno para los pecadores; fotógrafo con gustos, para definirlos de una manera que no busque la polémica, peculiares; escritor de novelas fantásticas y poesía absurda; y además, matemático, con unos cuantos libros de texto de mucha reputación en su tiempo. En particular descolló en el campo de la lógica, y tiene un librito delicioso llamado "El juego de la lógica" que de alguna manera conjuga sus dos facetas de científico y artista, pues aúna unas aburridas páginas dedicadas a la teoría de la lógica a unas demenciales demostraciones de su aplicación. Lo veo como una especie de precursor del surrealismo, al leer lo siguiente:

"Ninguna rana es poética;
Algunos ánades están desprovistos de poesía;
Algunos ánades no son ranas".

O esto:

"Ningún perro terrier corretea entre los signos del zodíaco;
Nada que no corretee entre los signos del zodíaco es un cometa;
Nadie sino un terrier tiene una cola rizada".

Estos son apenas dos ejemplos sacados al vuelo de las páginas de ese libro. Pero hay mucho más, como la paradoja lógica que busca adivinar mediante ciertas premisas y reducciones al absurdo la presencia o ausencia de uno de los tres barberos que atienden en el pueblo, o el delicioso escrito "Lo que Aquiles  le dijo a la tortuga", que conjuga una hermosa prosa de clara tendencia surrealista con consideraciones sobre la teoría euclidiana.

Tal vez su obra novelística no haya sido sino una expansión de su obsesión por la lógica y su antítesis, el absurdo. Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, propone varias paradojas y acertijos que la protagonista debe resolver para seguir con vida, en medio de situaciones desquiciadas. Acertijos que fueron debatidos hasta mucho tiempo después de la publicación del libro, como el conocido "¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?" que ha obtenido soluciones tan brillantes como "En que Poe escribió sobre ambos", o la surrealista "Porque hay una A en ambos". Puede que Charles Dogson haya escrito su obra literaria para su propio solaz, pero probablemente nunca imaginó cuánto habría de divertir a las generaciones futuras.

Para terminar, copio la primera estrofa de una poesía de Carroll  que se encuentra en el prólogo de la edición española del libro "El juego de la lógica":

"Creía ver un elefante,
un elefante que tocaba el pífano;
mirando mejor vio que era
una carta de su esposa.
'De esta vida, finalmente' -dijo-
'siento la amargura'"

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