domingo, 26 de abril de 2015

¡Bowling!


Esta semana participé en el torneo de bowling organizado por una de las empresas con las que sostengo relación laboral. Tal vez por tener más de diez años sin practicar ese deporte, pisar las canchas nuevamente me llenó de un entusiasmo difícil de explicar en un personaje a caballo entre los 50 y los 60 como lo soy. Jugué largo y tendido, y me lo gocé, como si fuera un niño. Jugué terrible, porque nunca fui buen bolichero, pero el disfrute fue total.

Es que el bowling me recuerda una época muy particular en mi vida, la transición entre la infancia y la adolescencia, la irrupción en el mundo moderno en donde las máquinas hacían el trabajo pesado. El bowling se me antojaba como algo futurista, salido de los supersónicos: un deporte asistido por la tecnología, en donde lo único que debía hacer uno era lanzar una bola sobre una superficie de madera pulida y esperar a que el mecanismo recogiera los bolos que no habían caído, barriera los tumbados y regresara la bola al punto de lanzamiento, mientras en un tablero situado justo encima de los bolos se encendían unas luces indicando los pines que habían quedado de pie. Era algo como de ciencia ficción, y eso que en aquellos momentos todavía se anotaban los puntos a mano, en unas hojas que entregaban en la cabina de mando del local, junto con los zapatos especiales que casi nunca eran del número exacto de uno pero no importaba mucho. Cuando había un torneo, el público podía conocer los resultados parciales que iban acumulando los participantes gracias a unos retroproyectores instalados en cada una de las mesas en donde se sentaban los anotadores.

Todavía recuerdo los intensos debates que sosteníamos sobre la manera correcta de computar un strike o un spare, en las escasas ocasiones que la fortuna nos ponía a realizar tal proeza. No teníamos muy claro el asunto, y siempre teníamos que apelar a algún vecino de cancha con mayor experiencia que nosotros para que arbitrara las discusiones. Recuerdo que nuestro objetivo era llegar a los cien puntos, algo que muy raras veces lográbamos. Cuando por alguna casualidad lográbamos rebasar dicho hito nos sentíamos campeones, unos auténticos Andy Varipapa, cuyos trucos habíamos visto en televisión, en el canal 8, y nos moríamos por poder reproducirlos alguna vez.

Otra cosa que tenía de particular el bowling era el equipamiento requerido. Como dije arriba, se debían rentar unos zapatos especiales, ya que con los comunes y corrientes estaba (y está, por supuesto) prohibido jugar, so pena de sufrir un traspiés en la cancha. Y estaba el tema de las pelotas, esas grandes bolas negras (por ese tiempo todavía no estaban generalizadas las pelotas de colores) con tres agujeros, de diferente peso y medida. Todos soñábamos con poseer nuestro propio equipo, como lo hacían los jugadores experimentados quienes traían consigo un maletincito dentro del cual reposaban los zapatos y las lustrosas bolas, sin un rayón, pulidas en unas máquinas apropiadas, en las cuales los agujeros para los dedos estaban horadados a la medida necesaria en las tiendas de artículos bolicheros que por lo general estaban dentro de las salas de bowling. Pero debíamos conformarnos con los zapatos y las bolas usados por centenares de otros jugadores principiantes, dado que el presupuesto no daba para similares lujos. Y, siendo honestos, hubiera sido un gasto innecesario dadas nuestras escasas habilidades.

En esos años teníamos en el radar apenas el bowling de La Florida, uno de los muy pocos que quedan funcionando todavía de aquella época. Nos quedaba cerca e íbamos a pie. En algunas contadas ocasiones algún adulto nos llevó al mítico Pin 5, el original, en Los Palos Grandes, que desapareciera en un incendio junto al cine Canaima. Ese bowling era La Meca, nada más al llegar las puertas de vidrio se abrían solas gracias a unos sensores de peso colocados justo en frente de ellas, algo nunca visto antes en esa Caracas de los 70. No recuerdo gran cosa de él, salvo que me parecía enorme. Luego ese bowling fue mudado a La California Norte, pero ya no fue igual. La decadencia lo arropó desde el comienzo, y se convirtió en un lugar para tomar cerveza y fumar más que para jugar bowling. Hoy en día está cerrado, no sé qué habrán puesto en su lugar.

Este jueves, cuando volví a estar encima de la cancha, tomando la bola con la izquierda y calculando mentalmente la dirección que le daría para tumbar la mayor cantidad de pines, me sentí otra vez de diez años. Di los cuatro pasos de rigor, mientras balanceaba el brazo como si fuera un péndulo, y con la mayor sincronización de la que fui capaz hice coincidir mi llegada a la línea de foul con la puesta en la superficie de la pista de mi bola nro. 13. La bola describió una armoniosa curva, y se estrelló contra los pines. Derribé 7. Fuí dichoso.


domingo, 5 de abril de 2015

Julia



Ayer fuimos a ver Julia, una adaptación de la obra de teatro "La señorita Julia" del escritor August Strindberg. En términos generales, una buena propuesta tanto en el plano formal y técnico como en el argumentativo. La obra original versa entre las diferencias de clases, aquí proponen una reflexión sobre la necesidad de huir. Se trata de un montaje que echa mano a diferentes técnicas, como la actuación en vivo, el cortometraje y la televisión. Los actores son muy jóvenes, sorprende su soltura sobre el escenario. Los diálogos a ratos parecen un poco forzados, pues mezclan lenguaje coloquial con parlamentos más clásicos, por decirlo de alguna manera (tal vez por querer incorporar elementos cruciales del texto original). La protagonista, Vanessa Morr, al principio me pareció algo sobreactuada, pero al final, cuando se quiebra, me convenció. Muy bien los otros dos actores principales, sobre todo el que interpreta al protagonista masculino, Juan, José Ramón Barreto, pero la intérprete de Cristina, María Fernanda Meléndez, cumple con mucha soltura y cabalidad su papel. No puede obviarse el cameo de Carlota Sosa, como la figura de la madre rectora y modeladora de Julia.

sábado, 4 de abril de 2015

Viva la juventud, o mis quince minutos de fama



A partir de una conversa en el muro de Salvador Fleján se me activaron los recuerdos de mi debut y despedida en la televisión venezolana. Va de cuento:

Transcurría el año de 1977. Estaba en mi último curso de bachillerato, la antesala a la universidad, y el año que solía utilizarse para recabar fondos a utilizarse en la fiesta de graduación; en ese tiempo se procuraba que el sablazo a los padres fuera lo más superficial posible y se recurría a diferentes expedientes para levantar los reales que costearan un sarao en el Tamanaco, con enormes bandejas de tequeños y whisky 12 años que sería vilmente ligado con cocacola por esa cuerda de adolescentes ineducados, etílicamente hablando.

Una de las actividades que en teoría podía financiar en grado sumo ese objetivo  era la participación triunfadora en el programa "Viva la juventud", que transmitía RCTV los días miércoles, si la memoria no me traiciona. La mecánica del programa era bastante sencilla: se enfrentaban dos colegios, previamente seleccionados por la producción del programa quien sabe con cuál criterio, en diferentes actividades, tanto académicas como deportivas. No recuerdo si el colegio ganador pasaba a una siguiente ronda o se llevaba el premio de una vez, tal vez alguien con mayor memoria lo sepa.

Los animadores del programa eran Guillermo "fantástico" González y Carmen Victoria Pérez, que por esos momentos estaban en la cúspide de sus carreras. Él con fama de irreverente y simpaticón, ella con un aura de Milf de voz ronca y, en nuestro inconsciente colectivo, sensual. Participar en el show era una de las ambiciones que yo secretamente guardaba, pero lo veía como algo totalmente fuera de todo alcance dada la modestia de nuestro colegio, una escuela hecha por y para inmigrantes italianos con pretensiones de estar un rato en esta tierra y luego volver a la patria de origen, tanto así que la escuela primaria alternaba el pénsum italiano con el venezolano, y ofrecía los estudios de media italianos, el equivalente al ciclo básico común de Venezuela. Colegio de quintas, con sedes itinerantes y temporales hasta que llegamos a tercer año a inaugurar la casa definitiva, en todo lo alto del ramal 3 de la calle Caurimare en Colinas de Bello Monte. Allá en donde el viento se devolvía y llegar por los propios medios era una aventura. Pero estoy divagando. El punto es que un buen día la directora del colegio se acercó a nuestro salón para comunicarnos la noticia: habíamos sido seleccionados para participar.

El período posterior fue un hervidero de actividades centradas en la selección de los participantes para los diferentes segmentos del programa: uno de los juegos era encestar una bola de basketbol, y para ella se escogió a la persona más alta del colegio, un estudiante del cuarto año que debería sobrepasar el metro noventa. En las instalaciones del colegio no habían instalado todavía los aros de basket, por lo que tuvimos que vagar por los alrededores a fin de conseguir un lugar en donde pudiera practicar nuestro gigante representante deportivo. Otro de los concursos era una mesa de alumnos que, dada una pregunta académica, debía contestar antes que los oponentes presionando un timbre. Y por último, la sección denominada Craneos, C.A., que consistía en 4 preguntas de selección múltiple. Para ella me seleccionaron a mí.

Ahora tengo que hacer un breve paréntesis para aclarar que no sobresalía ni en deporte, ni en popularidad. Mi única destreza era la de sacar buenas notas de tanto en tanto. Ese era mi momento para poder ganar algo de reconocimiento entre mis pares, así que mis expectativas y ansias iban en aumento a medida que se acercaba el día. Mi principal temor era quedar en blanco o hacer el ridículo en cámara, y creo que llegué a tener pesadillas con ello.

Por fin llegó el momento tan temido y deseado a la vez. El transporte escolar nos llevó a los estudios de RCTV situados de Bárcenas a Rio, por los lados de Quinta Crespo. La primera decepción la tuvimos cuando, en cambio de entrar por una puerta principal, que imaginaba de acero y cristal reluciente, lo hicimos por una rampa que llevaba a un sótano oscuro y vagamente maloliente. Al ver el Set en donde se desarrollaba el programa hubo otra desilusión: todo era de cartón y anime malpintado. Claro, al ser la TV de esa época en blanco y negro no debían esforzarse mucho en los acabados, ya que daba igual para el resultado definitivo. En algunos momentos más tuvimos el honor de ver a un malencarado y refunfuñante Guillermo González dando órdenes de mala manera a los técnicos. No recuerdo mucho sobre lo que pasó en esos momentos previos al programa, que transcurría en vivo, salvo que era un hervidero de actividad por parte de los trabajadores del back stage.

Mis recuerdos hacen fade off  hasta que de repente me veo sentado en un pupitre, y a mi lado Carmen Victoria Pérez con sus gloriosos muslos a escasos centímetros de mis hombros, con una carpeta en la mano y dirigiéndome una pregunta para la cual había cuatro respuestas posibles. En frente de mí, una enorme cámara de televisión apuntándome directamente a la cara, amplificando de manera escandalosa los brotes rebeldes de acné juvenil que habían aparecido imprudentemente un par de días antes. La escena se repitió cuatro veces; en tres de ellas salí airoso, ganando puntos para nuestra causa. Caprichosamente recuerdo sólo la pregunta que fallé: ¿Cuál es el medio de transporte con mayor crecimiento en Venezuela? Las alternativas eran: A el marítimo, B el aereo, C el terrestre o D el ferrocarrilero. Respondí C, Carmen Victoria dijo "respuesta errada, la correcta es la D, el ferrocarrilero", y sentí que el mundo se me venía abajo, y que millones de televidentes me miraban con desprecio, entre ellos mis padres que estaban pegados a la televisón de nuestro apartamento.

Sin embargo no me fue tan mal. Regresé a casa con una medalla dorada que me confirmaba campeón de la ronda de Cráneos, y la promesa de ir a un programa especial con todos los ganadores de las diferentes ediciones del programa, cosa que nunca se concretó. Y tuve mis quince minutos de fama entre los compañeros de clase. Fama es fama, aunque sea fama de nerd.