sábado, 23 de julio de 2011

El discreto encanto de la música analógica



Desde siempre me ha sido difícil separarme de los objetos que he ido recolectando a lo largo de la vida. Sin embargo debo reconocer que llega un momento en el que se tiene un montón de corotos arrumados, que probablemente más nunca serán utilizados (aunque sostengo la teoría de que a los dos días de botado algo, será necesario usarlo). Este prólogo viene a colación por lo siguiente: hace cuestión de unos meses, mi consorte (que no con suerte) me conminó a deshacerme de "ese poco de basura" que tenía almacenada en algún rincón de la casa. Como no tenía argumentos para defenderme, tuve que abocarme a la triste y dolorosa tarea de deshacerme de algunos recuerdos, atesorados a lo largo de muchos años (bueno, sí era basura, la mayor parte, pero le tenía cariño). Entre los objetos candidatos a desechar estaba una bolsa repleta de cassettes. Aquí se me despertó el instinto rebelde, dormido durante muchos años de sumisa subordinación, y exigí poderme quedar con algunos. Graciosamente la consorte me dio su consentimiento.

Me dirigí con mi bolsa de cassettes hacia el equipo de sonido, y me di a la grata tarea de escuchar fragmentos de cada uno de ellos. Algunos estaban francamente inaudibles; otros eran experimentos fracasados, músicas que en algún momento había tratado de incorporar a mis gustos pero fracasé en el intento. Sin embargo,  un subconjunto de ellos pasó la prueba: había recuperado gloriosas horas de selección de discos, ecualización, mediciones de tiempo y ajustes de volumen.

Es que una de las actividades más agradables relacionadas con la música era precisamente la de llevar a un formato cómodamente trasladable y con un sonido aceptable, como lo es el cassette, la música almacenada en el repositorio tradicional: el disco de acetato. A uno se le despertaba el instinto artístico al combinar en una misma grabación temas de bandas disímiles pero que mágicamente se mezclaban con armonía, o elaborando una antología en orden cronológico de determinado artista o grupo musical. Así, tengo cassettes de Grand Funk con Blind Faith, o Meat loaf con Alan Parsons Project, o festivales -inventados por mí- de rock progresivo, cassettes que reproducen de manera sumamente fiel el sutil recorrido de la aguja por el surco del disco, y que conservan los eventuales "scratches" típicos de los lps que habían sido reproducidos hasta el cansancio.

Para mí esa fue una era memorable; la colección de discos era una labor que pasaba por la investigación (¡en un tiempo en el que no existía Google!), las visitas asiduas a las discotiendas, el eventual escondite de discos incunables en otros estantes, cuando no se tenía la plata suficiente para comprarlos, el estudio minucioso de las carátulas, y por fin la audición en el mejor equipo de sonido disponible y su posterior traslado al cassette. Hoy en día, el asunto se queda en comprar en Itunes los temas que nos gusten (u obtenerlos por los caminos verdes, pero eso no es legal, ojo), y bajarlos al reproductor de preferencia. Mucho más cómodo, pero mucho más aburrido también. Llámenme nostálgico, pero no encuentro nada más gratificante que, llegado el viernes en la noche, servirme un trago, colocar en el equipo de sonido un cassette, grabado hace 25 o 30 años, que tenga a Jethro Tull con Renaissance y sentarme en un cómodo sillón para trasladarme mentalmente en el tiempo.

jueves, 21 de julio de 2011

Vinotinto


Extraño fenómeno, el futbol. Puede despertar los mejores sentimientos o las más bajas pasiones. Puede reunir bajo una misma bandera a un país dividido, o puede hacer que algunos se regodeen con la derrota de las selecciones a las que les tienen inquina. Puede arruinar amistades, inclusive.

Actualmente el fútbol es el sucedáneo del patriotismo. Me imagino que antiguamente las masas "hinchaban" por los ejércitos que defendían sus banderas; hoy en día los futbolistas son los encargados de llevar esos estandartes y  hacer valer la honra nacional.

Venezuela es un ejemplo perfecto de ello. Se ha desatado un furor alrededor de la selección jamás visto. Gente que nunca en su vida había reparado en el hecho de que existía una franela vinotinto en el panorama, ahora la exhibe orgullosa. Por supuesto que hay un gran componente de moda en esto, parecido al fervor nacionalista de finales de los 90, cuando todo el mundo ponía banderitas en los carros y escuchaba joropo a todo trapo en los carros (los seres que se mueven por la lógica de la masa abundan por estos lares); sin embargo, siento que ahora hay algo más, que hay unión en torno a un proyecto que está dando frutos.

Vayamos a los hechos concretos: Venezuela llega a las instancias finales de un campeonato internacional, el más importante de América. Y llega por una vía que se presagiaba tortuosa: empatándole al tótem del futbol mundial, el endiosado por todos Brasil; ganándole a una selección ecuatoriana que ha participado en campeonatos del mundo, y sacándole un empate de último minuto (los que más duelen) a un equipo que no cede nada, Paraguay. Y  después de eso, en cuartos de final, ganándole un encuentro a Chile, que tal vez no esté en sus mejores momentos pero históricamente ha estado siempre por encima de nosotros. ¿Suerte? Puede ser que la fortuna haya hecho aparición en algunos momentos, pero sería muy mezquino achacarle todo lo que se logró a ese factor.

Y llega el partido más importante que le haya tocado jugar jamás a Venezuela, frente a un rival que fue el único que llegó a inquietarla en la fase previa. Un Paraguay que venía inspirado por haber sacado del camino a Brasil. El juego tuvo a mi modo de ver dos facetas: un primer tiempo que se presentó errático - con muchísimas pérdidas de balón, con demasiados regalos al oponente (y pensábamos que el naufragio estaba cerca) pero que paradójicamente tuvo la jugada más brillante del encuentro, el estupendo gol de cabeza de Vizcarrondo, anulado por una regla de offside (la más discrecional que pudieron inventar) que pudo ser aplicada como  pudo no serlo-  y el resto del partido, que tuvo un claro dominio de la vinotinto, y en el cual Paraguay se resignó a soportar el asedio y tratar de mantener la valla inviolada para llegar a los penales. Si se tuvo suerte en los otros juegos, en éste ocurrió todo lo contrario. El balón se negó a entrar, lo que es parte del juego (pero como duele cuando le pasa a uno, sobre todo ¡como duelen los balones estrellados en los postes!).  Los penales, ya se sabe, son una lotería, y en ésta nos tocó perder (aunque con mucha mejor ejecución que el anterior adversario de Paraguay, que no fue capaz de embocar ni uno solo).

Independientemente del resultado, me parece obvio el hecho que Venezuela ha crecido un mundo en esta última década. Ya dejamos de ser la cenicienta del continente, los 3 puntos gratis de cada partido. Y creo que el apoyo de los fanáticos va a ser un aliciente adicional para que así ocurra.

sábado, 16 de julio de 2011

...¡Y el conservatorio se puso a rockear!



La noche del miércoles 13 de Julio tuve el gran privilegio de asistir al concierto inaugural de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar. En una abarrotada sala Anna Julia Rojas, en las instalaciones del antiguo Ateneo de Caracas, se presentó el ensamble gestado en el Conservatorio de Música Simón Bolívar, dedicado a la interpretación de temas clásicos del rock, arreglados para esta ocasión por músicos de la talla de Jorge Rojas, Daniel Hurtado y Ángel Quiñones.

Los músicos se vistieron de estricto negro, algunos maquillados a la usanza de los grandes iconos del rock (remembranzas de Peter Gabriel, entre otros). Las damas salieron "vestidas para matar": minifaldas y medias de red, como anticipando que lo que veríamos a continuación iba a tener vocación eminentemente rockera más que académica. Y fue así: desde los primeros acordes de "In the flesh" supimos que el espíritu de los dioses del rock estaba flotando por allí.

El repertorio abarcó grandes temas de algunas de las bandas más reconocidas de los años 70: Pink Floyd, Queen, Supertramp, Yes, Deep Purple, Led Zeppelin y AC-DC: una mezcla bastante ecléctica pero que permitió constatar la versatilidad de los músicos, quienes se adaptaron cómodamente a esas composiciones. Hablemos de los ejecutantes: la propuesta era la de una banda de rock (dos guitarras, bajo, batería y dos teclados) respaldada por una agrupación de metales (dos saxos, dos trompetas y un trombón) y cuerdas (cuatro violines, cuatro violoncellos y un contrabajo) y un coro femenino, del cual se extrajeron las cantantes solistas para las piezas "In the flesh", previamente citada, y dos temas infaltables  en cualquier antología de rock que se respete: "smoke on the water" y "stairways to heaven". Debo hacer especial mención de una persona en particular: la talentosa Elizabeth Evtushenko quien, además de ejecutar un regio saxofón, prestó su voz para los temas de Supertramp, Queen y Yes. Un concierto nos deja en definitiva imágenes mentales; de éste en particular me quedan un par: el de Elízabeth aferrada al micrófono, cantando uno de los temas más sublimes de Yes, Heart of the sunrise; y la de Angel Quiñones tocando un imposible solo con la guitarra a la espalda, a la usanza de los grandes showman de ese instrumento.

La pieza de cierre fue Back in black, de AC-DC, que contó con la participación de Diego Camus en la voz solista, y permitió disfrutar de solos de los variados instrumentos en escena. Antes del concierto me preguntaba qué hacia una pieza de la banda australiana en esta reunión, pero como de costumbre me equivoqué, el arreglo del tema fue magistral.

Lamento no poder mencionar a todos los músicos que participaron en el concierto, pero no tengo manera de saber cual es cual y no quisiera cometer algún desliz; sí quiero felicitarlos a todos, colectivamente, pues hicieron un gran trabajo.

Si bien el concierto fue de mi total agrado en cuanto a la propuesta y a la calidad de los músicos, existen algunos factores susceptibles de mejorar, y de índole técnica. La mezcla del sonido no fue la mejor: los instrumentos eléctricos tendían a opacar las voces y a los demás instrumentos. Y hubo algunos problemas con los parlantes, que emitían ciertos pitidos bastante fastidiosos. Nada que no pueda corregirse, no obstante.

En definitiva, mi recomendación es que traten de asistir a cualquier presentación de esta orquesta en particular y del conservatorio en general. Si son melómanos, no saldrán defraudados.