sábado, 26 de septiembre de 2015

La cofradía de los mecánicos de calle




Toda persona que posea un carro viejo, de más de 10 años de antigüedad, conoce los sobresaltos causados por los achaques de vejez de su vehículo. Se le deterioran cosas impensables, se detiene en los lugares más inoportunos, un día decide no prender y al otro lo hace sin ningún inconveniente. Como todo anciano es caprichoso e imprevisible, pero también irremplazable (sobre todo ahora, que un carro nuevo es una quimera asequible solamente para quienes manejan moneda dura).

El dueño de una anticualla tiene ante sí un gran obstáculo: la escasez o inexistencia de repuestos para su vehículo. Si para los carros relativamente recientes encontrar piezas y partes es un via crucis, para los más viejitos es casi misión imposible. Y otro escollo es el referente a los talleres: los mecánicos por lo general arrugan la  cara cuando uno asoma su modelo del siglo pasado, previendo un cangrejo fastidiosísimo, tal vez irresoluble.

Es aquí en donde entra en juego la cofradía de los mecánicos de calle. Quien encuentra a uno confiable ha hallado un tesoro. Son esos señores que andan rodando por la ciudad, en sus carros también añejos, con centenares de perolitos en la maleta. Son unos auténticos McGyvers de la reparación automotriz. Ellos no creen mucho en reemplazar piezas a medio uso. Sacan de la manga un alambre, un pedazo de manguera y unas pinzas y te reparan (o parapetean, más propiamente) la bomba del aceite  QUE NO SE CONSIGUE. Son los que te sacan de apuros cuando te quedas varado en medio de la autopista. Es raro que no logren que el carro ruede otra vez; cuando pasa eso, el daño es mayor. Saben de todo, y no lo saben lo inventan. Pero por lo general resuelven.

En casa tenemos la dicha de contar con uno de esos mecánicos. No me vayan a pedir sus señas, hemos hecho un pacto de sangre con él de no divulgar sus datos. Ya tiene tantos clientes que se le hace imposible tomar uno más. Nos granjeamos su simpatía al venderle a precio de gallina flaca un Swift del 94, que nunca logramos poner a punto y nos dejaba botados en todos lados. El señor se interesó en él, nos hizo una oferta, y decidimos tomarla con la condición de que nos incluyera en su círculo de protegidos. Creo que ha sido una de las mejores inversiones que hemos realizado. A pesar de los sentimientos encontrados que experimentamos cuando lo vemos llegar en nuestro antiguo Swift, que funciona como una seda desde que cayó en sus manos (valga acotar que el señor vive en los Valles del Tuy y sube a Caracas todos los días en él) saber que nos va a sacar del aprieto automotor sin desfalcarnos es un alivio. Porque esa es otra de las características de los miembros de la cofradía: suelen mantener precios solidarios. Claro, en estos tiempos de economía esquizofrénica es difícil dictaminar si algo es caro o no, pero por lo general sale muchísimo más barato acudir a un mecánico de calle que llevar el carro a un taller, en el cual al abrir el capó comienza a funcionar un taxímetro que arranca en un múltiplo de 10.000.

En una ciudad en donde la mayoría de las urbanizaciones de clase media están encaramadas en un cerro, y no hay transporte público confiable, contar con un medio de desplazamiento propio es, si no indispensable, una gran ventaja. Y si no fuera por la cofradía, para muchos sería complicado mantener en condiciones aceptables sus vehículos. Por eso tratamos a nuestro mecánico como si fuera familia, y rezamos a diario por su buena salud. Que la providencia le depare muchos años más de vida.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Desterrado

Esta mañana fuimos a comprar comida para las mascotas en una tienda en Colinas de Bello Monte. Llegamos algo temprano, cerca de las 8:30, y todavía estaba cerrada, por lo que nos dispusimos a esperar. En las escaleras que le hacen antesala estaba un señor durmiendo. No parecía un indigente, por el estado de sus ropas. Supusimos que tal vez estaría amanecido. Al rato despertó, y se levantó como desorientado. Se puso a buscar algo en los bolsillos, y luego inspeccionó los alrededores del lugar. Comenzó a vagar por el sitio, alejándose pero no mucho. En una de esas regresó, y aprovechó la circunstancia de que un vecino estaba saliendo del edificio para entrar subrepticiamente en él. El señor que estaba saliendo se devolvió, y lo siguió. Al rato el hombre salió escoltado por el vecino y una mujer que se notaba algo molesta. El hombre volvió a sentarse en las escaleras, como derrotado. La pareja se quedó viéndolo un rato, con el ceño fruncido. Toda la escena se desarrolló sin una palabra. Nunca supimos los detalles de esa historia.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Podofobia



Escena 1: Estás en un restaurant. Mientras esperas la comida, te tropiezas con la imagen de unos mocasines abandonados en el piso. Subes la mirada y ves que su propietario está sentado haciendo la posición de flor de loto, exhibiendo sus pies desprovistos de medias sin ningún recato.

Escena 2: Estás caminando por el Parque del Este. Cuando llegas al paradero cercano al estacionamiento norte, un fuerte olor a alcanfor con mentol te invade las fosas nasales. En seguida ves el origen del aroma: un tipo está masajeándose los pies, por supuesto desnudos, con algún linimento.

Sí, soy podófobo. Ambas escenas me dan algo entre el asco y el escalofrío. No sé si se trata de algo atávico o se debe a algún trauma de la primera infancia. Lo cierto es que el tema de los pies es todo un tema, para mí.

Ahora bien, no son todos los pies. Unos pies bonitos, bien cuidados, con sus uñas cortadas con diligencia, pintadas si son de mujer, me llaman la atención, y puedo apreciar su valor estético, y si lo llevamos al extremo, hasta erótico. Pero esos son unos pies ideales, digamos que de revista. Cuando se sale a la calle, se monta en el metro, se va a un centro comercial, una legión de pies desnudos lo están esperando a uno. Algunos  (para ser totalmente honesto, muchos, pues en general la mujer venezolana es coqueta y se arregla) agradables de ver. pero también se observan muestras lamentables, de escasa higiene y gran descuido. Casi todos de mujer, pero ya no es raro que sean de hombre, también. Cada vez es más frecuente conseguirse a hombres en cholas caminando impune e impúdicamente por la ciudad. O con sandalias de cuero o, el horror, de goma marrón imitando cuero, de esas que llaman "petroleras". Puagh. Tengo la firme creencia de que los únicos escenarios aceptables para que un hombre ande sin zapatos cerrados son la intimidad de su hogar, o la playa. Ya va, me acaba de asaltar la imagen de las pezuñas del Pepe Mujica, asomándose desde sus sandalias abiertas en la punta. Es difícil de olvidar. Y asquerosa.

No sé si esta particularidad mía sea algo común, ni si estará inscrita en el catálogo de las fobias. Tampoco sé si tendrá remedio. Nunca he visto algún anuncio de "Podófobos anónimos". Pero me imagino las sesiones: "Me llamo Mirco, y tengo 20 días sin sentir nauseas". Y los demás podófobos aplaudiendo. Todos andan en sandalias petroleras.

domingo, 13 de septiembre de 2015

Duelo, de Albor Rodríguez



Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, si digo que el mayor miedo que puede sentir una persona que tenga hijos es la posibilidad de su fallecimiento. Es la pesadilla recurrente, sobre todo cuando están en la primera infancia, y se vigila su sueño a ver si están respirando, y no se les abandona ni por un segundo. A medida que crecen, las preocupaciones son otras, tal vez mayores pues llega el momento en que debemos dejarlos ir lejos de nuestra protección, y no sabemos de ellos durante muchas horas al día. Ese miedo nunca nos abandona del todo. Todavía hoy en día, cuando alguna de mis hijas - mayores de edad las dos -está en la calle de noche, siento un desasosiego que solo se cura con  la llamada oportuna informando la llegada, o el ruido de la puerta abriéndose mientras las perras ladran amistosamente.

Sucede que en ciertas oportunidades la pesadilla se materializa, y deja devastados a los padres de la criatura que parte prematuramente. Hay quienes lidian con ese suceso encerrándose en sí mismos, recluyéndose tanto física como anímicamente, y desaparecen en una especie de retiro expiatorio. En cambio otras personas deciden afrontar la pérdida de  manera menos destructiva, buscando darle algún tipo de significado, o de hacer de su experiencia algo que pueda resultarle útil al resto de las personas. Me vienen a la mente dos ejemplos: cuando murió el hijo de Eric Clapton, en 1991, cayendo del piso 53 de un rascacielos en Nueva York, el músico compuso una canción en su memoria, y se convirtió en uno de sus mayores éxitos discográficos, tal vez su canción más reconocida por el público en general. El otro es el de la escritora Isabel Allende, que dejó registro de la agonía y muerte de su hija Paula.

Albor Rodríguez también cruzó ese infierno, y tuvo los arrestos para sobreponerse a ello y sentarse a narrarlo. En su caso la historia tiene un ingrediente adicional, y es que el hijo que perdió supuso un larguísimo tirocinio para lograr que Albor alcanzara la maternidad, un calvario de procedimientos para aumentar su fertilidad, de intentos de inseminaciones artificiales, de fecundaciones in vitro, hasta que, cuando ya había perdido toda esperanza, le llegó su momento.

Yo supe sobre Albor en los preparativos de la presentación de su libro Duelo, a través de varias reseñas y entrevistas que tuve oportunidad de leer en las redes sociales. Y me hice una idea de ella: supuse que se trataba de una mujer endurecida por la devastadora experiencia por la que tuvo que pasar. Una mujer echada para adelante, en criollo una mujer arrecha: con una carrera estelar en los medios impresos, emprendedora, siempre en búsqueda de nuevos retos profesionales, pero con un deseo que se le hacía esquivo: ser madre. Y que vio cumplido solamente para que le fuese arrebatado apenas dieciséis meses después.

Llegó el día del bautizo de su libro en Kálathos, y supe que mi prejuiciosa impresión forjada por la lectura no tenía nada que ver con la realidad. Por lo menos en parte. Sigo pensando que es una mujer fuerte. Pero a la vez es una persona sumamente dulce, cariñosa, que transmite serenidad. A la que se le iluminan los ojos cuando la conversación llega inexorable al tema de su niño cometa. La que cuenta entre risas - y una lagrimita eventual - las travesuras de Juan Sebastián. A la que, en resumidas cuentas, le tocó arriar su pérdida y está lográndolo, un día a la vez.

Comencé a leer el libro luego de conocer a su autora, y tal vez esa circunstancia le dio un giro a mi experiencia de lectura que no hubiese tenido en caso contrario. Porque no es lo mismo leer un texto así, en abstracto, que cuando uno ha tenido la oportunidad de compartir con su escritor. Tal vez pudiera pensarse en la existencia de cierto sesgo. No creo que en mi caso haya sido así. Más bien me sirvió para darle una cara a las personas descritas, un tono de voz, y para comprender cosas que fueron mencionadas.

No ha debido ser fácil escribir un libro así. Yo, por lo menos, creo que no encontraría la fortaleza necesaria para abrirme de esa manera en público. Es un libro testimonial, que narra de manera objetiva los acontecimientos relevantes alrededor del protagonista indiscutible de la historia, la estrella fugaz que iluminó las vidas de Albor y su gran y solidaria familia durante algo más de un año. En su presentación el día del bautizo, Milagros Socorro debatió sobre el género al cual  pertenece, si corresponde a unas memorias o es una novela autobiográfica. Ese tema se lo dejo a los expertos; tal vez se trate de un texto híbrido, que se nutre de ambas corrientes. Mi opinión es que se trata de un relato honesto y sincero, en el cual Albor trata de ponerle un marco preciso a su terrible experiencia y de alguna manera racionalizar eso que le pasó. Algo que no ha debido suceder nunca, pero que sucede, sucede a diario en algún rincón del mundo, para demostrarnos nuestra fragilidad e imposibilidad de tener control alguno sobre los acontecimientos. Yo solo deseo que Albor alcance la paz. Creo que, aunque ese evento no va a poder borrarlo jamás de su memoria, va en buen camino hacia su aceptación definitiva. Y este libro es la demostración de ello.