Ajá, risotto de morcilla. En Italia dicen que se puede hacer risotto con lo que sea. De rosas, de ortigas, de calabacín. Yo me inventé éste, con un ingrediente particular. Lean y cocinen.
Ingredientes:
-un par de litros de caldo de carne o pollo. Debe estar a punto de hervor.
-una taza de arroz que no sea parbolizado o vaporizado. Si son millonarios, arborio, pero si fueran millonarios no estuvieran leyendo esto.
-una cebolla.
-un par de morcillas que no sean de arroz (con las nuevas de la montserratina, carupaneras, debe ser la gloria)
-una taza de vino tinto (opcional)
-un par de cucharadas del ingrediente secreto
Preparación
Se pone a sofreir la cebolla bien picada.
Se le agrega la morcilla, sin el cuero exterior.
A los 5 minutos, se agrega el arroz y el vino.
Cuando el vino se haya consumido, se agregan cucharones de caldo, uno o dos a la vez, mezclando eventualmente el arroz, y nunca dejando que se seque. Este proceso debe prolongarse por unos 20 minutos.
Cuando haya pasado ese tiempo, se agrega el ingrediente secreto: queso crema, o en su defecto crema de leche.
Acompañar con queso parmesano, y el resto de la botella de vino.Tomado, no se lo vayan a echar al risotto.
Éste es mi cuarto de juegos. Siéntanse libres de tomar lo que gusten; si quieren dejar algo, también sirve.
sábado, 19 de marzo de 2016
martes, 15 de marzo de 2016
Aromas, recuerdos
Un milagro hizo que aparecieran las caraotas negras en el supermercado, mientras hacíamos la compra, y
pudimos por fin adquirir un par de paquetes después de una prolongada
abstinencia. Un kilo, que para nuestra familia puede servir para tres o cuatro
repeticiones. La encargada de la preparación de los granos en casa es mi esposa
Marianella, pues es quien tiene el dominio de la cocción. Yo ayudo
ocasionalmente, casi siempre corrigiendo el punto de sal o verificando el
ablandamiento de los frijoles. Ella las pone a remojar desde la noche anterior,
y luego las monta con solo agua. Cuando ésta
hierve, baja el fuego, le agrega los aromas y la sal, y luego aguarda
por su cocción definitiva. Como ven, una manera bien sencilla de prepararlas,
con resultados satisfactorios.
Ayer, por cuestiones de repartición de tareas, me tocó a mí el proceso
de aliñar las caraotas, y eché mano a lo que había en la casa: un par de ajíes
dulces, una ramita de cilantro, un poquito de comino, y por supuesto sal. Piqué
los ajíes bastamente, y el cilantro con mayor dedicación hasta obtener unas
partículas que pudieran ser esparcidas en la olla. Y espolvoreé apenas una
pizca de comino, pues puede ser muy invasivo si se abusa de él.
Cuando hube terminado, y aún después de lavarme las manos, noté que en
ellas persistía el olor penetrante del cilantro, e inclusive podían apreciarse
las notas del ají dulce, muy en el fondo. Y me puse a cavilar sobre el poder
evocador de los aromas. Casi fatalmente me retrotraje a mi infancia, a la cocina
de mi casa. Aunque los aromas allí eran otros: reinaban la albahaca, el romero,
la salvia, el orégano. Olores mediterráneos, italianos. Los aliños criollos no
tenían cabida frecuente, salvo cuando mi madre se aventuraba a preparar algún
platillo venezolano que le enseñara una vecina. Y aún así esas recetas eran
corregidas, para albergar algún ingrediente que las hicieran más aceptables a
los paladares a los cuales estaban destinadas.
Tal vez el ejemplo más patente de esta situación tuvo lugar cuando se
nos ocurrió hacer hallacas en casa de mis padres, por primera (y última) vez.
Para ese momento ya era novio de Marianella, y había participado en tal vez una
o dos ceremonias de preparación del condumio navideño en su hogar, por lo que me
consideraba bastante preparado como para dirigir, acompañado por ella, una
jornada de elaboración de hallacas. Sin embargo, hubo un factor que no tomé en
cuenta: la creatividad de mi padre. A él se le ocurrió que, en vez de elaborar
un guiso tradicional, podíamos rellenar las hallacas con un estofado propio de
la región del Véneto, la pastisada. No
de caval, es decir, de caballo, como se
elabora en la receta original, sino de algún corte de segunda que permita la
larga cocción de la carne, y que no infrinja ninguna ley de protección animal.
Creo que se usó lagarto, que en italiano recibe el nombre de manzo, pero no me atrevo a jurarlo dada
la gran cantidad de años que transcurrió desde ese momento. La pastisada es un plato que se remonta al
temprano Medioevo, específicamente al año 489 D.C. Y se originó, según la
leyenda, como resultado de una feroz batalla ocurrida en las cercanías de
Verona, en la cual cayó muerta una gran cantidad de caballos. Dicha
circunstancia fue aprovechada por la población, que estaba pasando por un
período de carestía y hambruna, para aprovisionarse con la carne de las nobles bestias, puesta a
macerar en vino y especias para prolongar su conservación. En fin, que la
receta quedó en la tradición gastronómica de la ciudad y mis padres se la
trajeron a Venezuela, cambiando de animal por razones obvias pero respetando el
resto de la receta. La pastisada se
casa a la perfección con la polenta, y de allí a imaginarla dentro de la masa
amarilla de la hallaca fue un paso natural para la imaginación desbocada de mi
padre. ¿Qué podría salir mal?
En realidad, todo. Ya sea por la inexperiencia de los participantes, o
por la insólita combinación de sabores, el experimento resultó un fiasco total
y absoluto. Pudimos constatar que la suma de dos cosas buenas no produce por
necesidad una mejor. Creo que el único en alabar esas hallacas mestizas fue su
inventor, más por pundonor que por convencimiento. Afortunadamente la
producción fue muy escasa, tal vez unas 20 o 30 piezas, por lo que pudieron
desaparecer sin mucha pena. Y ninguna gloria.
Copio a continuación la receta de la pastisada.
Pero, por favor, no se les ocurra utilizarla como relleno de nada.
Acompáñenla con una polenta recién hecha, o pasada por la brasa, y regada
generosamente con los jugos de la preparación. Así, es una maravilla.
Ingredientes para 4 personas:
- 600 gr de
lagarto sin hueso, falda, pollo de res o similar
- 2 zanahorias,
1 céleri (la parte blanca), 2 cebollas
- Una
hojita de laurel
- Nuez
moscada
- Clavos
de olor
- Sal,
pimienta en granos al gusto
- 30 gr
de harina
- 40 gr de
aceite de oliva
- 40 gr
de mantequilla
- 100 ml
de caldo de res
- 1 lt de
vino tinto (Valpolicella sería el indicado)
Preparación:
Colocar en un recipiente la carne cortada rústicamente y cubrirla con el vino. Dejarla marinar por uno o dos días, preferiblemente.
Colocar en un recipiente la carne cortada rústicamente y cubrirla con el vino. Dejarla marinar por uno o dos días, preferiblemente.
En una cacerola se colocan el aceite y la mantequilla,
y una vez calientes se saltean en ellos las verduras cortadas en juliana. Escurrir
la carne, clavarle los clavos de olor, enharinarla y ponerla en la cacerola. Cocerla
por alrededor de una hora.
Agregar el vino de la marinada, el laurel,
los granos de pimienta y un poco de nuez moscada rallada. Dejar cocinar a fuego
moderado por unas tres horas. De secarse mucho agregar algo del caldo de res.
Ajustar sal y pimienta hacia el final de la cocción. La carne deberá quedar
suave y desmechable.
lunes, 29 de febrero de 2016
Venezuela: no country for Mad Max
Resulta demasiado fácil establecer analogías entre los hechos ficticios representados en una película y la realidad abrumadora que nos envuelve. Basta hacer un poco de ejercicio de abstracción, algún ajuste de ideas, y se logra el cometido.
Esto viene a colación por la inevitable Mad Max. Esta película viene como anillo al dedo para ejemplificar la situación venezolana: un caudillo que controla todos los productos esenciales para la vida, una población sometida por la fuerza del hambre y la sed a los designios del tirano, una élite que vive en la esfera del poder disfrutando de sus prebendas, y unos fanáticos dispuestos a inmolarse por la gloria de haber muerto para defender al caudillo. Sí: en Venezuela tenemos (o tuvimos) a Inmortan Joe, a los emperadors, a los war boys. Seguramente habrá alguna breeder. Hasta algún émulo de Furiosa podemos encontrar. Y, por supuesto, tenemos la gran masa de extras que eleva la totuma sobre la cabeza cuando al líder se le ocurre abrir el chorro.
Sin embargo, falta algo: Mad Max, precisamente. Yo no sé los demás, pero no identifico esa figura en nuestro país. No digo que falten aspirantes, que de esos hay de sobra. Pero creo que ninguno está dispuesto a hacer el gasto. Nuestros "Mad Max Wannabe" son demasiado modositos, no saben pelear sucio, y se meten en el barro esporádicamente, cuando hay un fotógrafo cerca. O, si fuera por ellos, la película se acabaría en los créditos, apenas al ser apresados.
Y esto no es ni bueno ni malo, sino lo real. No somos una película, somos una especie de país que busca a ciegas cómo recomponerse mientras se saca de encima una clase dirigente ineficiente y corrupta, que ha dilapidado la fortuna más grande que le haya entrado a Venezuela jamás sin dejar casi nada a cambio, y que tiene a la nación al borde del colapso. Y para lograr eso no se necesita a un antihéroe psicótico en busca de redención, apoyado en efectos especiales y coreografías espectaculares. Lo que necesitamos es gente comprometida con el cambio, estratega, astuta, y con la suficiente credibilidad para lograr un apoyo masivo de la población, que debería ser la manera adecuada de salir de este atolladero. La alternativa ya la hemos visto en el pasado. Los Mad Max tropicales no suelen retirarse con las manos vacías cuando logran derrocar al villano de turno, sino que se convierten en los nuevos Inmortan.
jueves, 28 de enero de 2016
Adiós al hermano
A la memoria de José Mercader (26/1/1954 - 28/1/2016).
La vida te da hermanos que no son consanguíneos, pero no por ello menos importantes. Esos hermanos elegidos pueden llegar a ser más cercanos que los reales, y te acompañan en los momentos cruciales de tu existencia.
José Víctor Mercader, Jose para todo el mundo, para mí fue -¡qué triste es usar el tiempo pasado para referirse a él, carajo! - uno de esos hermanos. Desde el momento en que lo conocí (era 1976, hace la bicoca de 40 años) tuvimos una cercanía que no hizo más que fortalecerse a lo largo del tiempo. Entró a mi vida con el rol de novio de mi hermana, y lejos de tratarme como se trata a un niño de 15 años cuando tienes 21, establecimos una rápida camaradería, gracias a algunas afinidades: la música, el cine, ciertas lecturas. No tenía ningún problema en llevarme a pasear con ellos dos, a pesar de que hubiera podido prescindir de mi presencia sin ningún remordimiento. Pero así era él. Realmente contar con su amistad era genial: constituía la puerta de acceso a ciertas diversiones que de otra manera no hubiera podido conocer, por lo menos a esa edad. ¡Cómo le sacamos el jugo al Fiat 124 de mi hermana! En esos tiempos heroicos de carreteras de tierra y ausencia de puentes en la carretera de la costa, ese carrito nos llevó más de una vez a esas playas solitarias. Y nunca nos dejó botados, que recuerde. ¡Cómo le gustaba manejar, o rufear de acuerdo a su particular vocabulario setentoso! A veces salíamos a más nada que dar vueltas por la periferia de Caracas, sólo por el gusto de la carretera y la noche.
Son miles los recuerdos que uno puede atesorar durante tanto tiempo. El rally de arquitectura de la UCV, en 1977; el viaje a Italia durante el cual hicimos un recorrido por la bota, y no pagamos ni una vez alojamiento ya que dormíamos en donde nos agarrara la noche; el paseo a las islas chimanas con los músicos de la banda de rock Estructura (grandes panas de él en ese momento), en donde debutamos como pareja dominocera y no dejamos títere con cabeza... y así, como esas, muchas otras ocasiones que rememorábamos entre tragos y risas cuando ya éramos más grandes, y teníamos esposas e hijas. Tal vez nos volvimos más sedentarios, pero nunca más serios. La seriedad no era algo que traficara con mucha frecuencia entre nosotros.
A pesar de la diferencia de edades, cuando Marianella y yo consolidamos nuestro noviazgo también consolidamos la relación con la pareja formada por mi hermana Daniela y Jose. Era muy común que los fines de semana quedáramos para una salida a un restaurant, o a un cine, o incluso, en tiempos difíciles, a comernos un helado en alguna plaza, tan sólo por el placer de estar juntos los cuatro un rato.
Claro que no voy a caer en la exageración de decir que todo fue perfecto. Tuvimos grandes atajaperros, sobre todo ya de mayores, porque uno se vuelve terco e intransigente, y en alguna oportunidad llegamos a distanciarnos. Pero nunca fue por demasiado tiempo, ya que pesaba más la camaradería que las eventualidades que podían surgir. Siempre nos reencontrábamos, en alguna de las fiestas familiares, y todo quedaba zanjado con un abrazo.
Jose tenía el don de conquistar a la gente sin ningún esfuerzo. Siempre tenía un chiste a flor de labios, una chanza, o una frase que como cosa de magia le abría las puertas más cerradas. Claro que ese don de palabra a veces obraba en su contra, con algunas metidas de pata memorables. Que subsanaba enseguida a punta de puro encanto.
Otra de las características que constituían su impronta era su legendario apetito. En sus buenos tiempos podía comer un menú de 4 platos, y preguntar por el postre. Claro, todo con mucho pan. Era la única manera de pasar esas comilonas. No era un gran bebedor, pero sí tenía un paladar bastante particular. Nunca hizo migas con el whisky, pero en cambio adquirió el gusto por el Martini, impuesto desde la época de enamoramiento con la familia política. Se podía instalar con mis padres y bajarse entre los tres jarra tras jarra de ese trago que para mí era imbebible.
Una de sus grandes pasiones fue el cine. Tenía una memoria prodigiosa, en la cual almacenaba la cientos o tal vez miles de películas que había visto a lo largo de su vida, y podía recrear la trama de una oscura cinta de los años cuarenta que hubiese visto en una función de Señor Cine, al filo de la medianoche. Otro tanto ocurría con la televisión: solía contar que en su tempranísima infancia, allá por el año 56, se instalaba a ver toda la programación de los canales que comenzaban a ser parte del día a día, y se calaba interminables documentales sobre la siembra del arroz o comiquitas en su idioma original, generalmente el inglés. Eso no era obstáculo para que las sorbiera con fruición a pesar de no entender los parlamentos: él mismo se creaba la historia.
Ya en el crepúsculo de su vida, Jose se convirtió en lo más cercano a un patriarca a lo que he estado, después de que desaparecieran mis padres referentes. Sus dos hijas junto con sus yernos constituían su entorno, un entorno jubiloso y risueño en donde él campeaba por derecho propio. Su casa era su castillo, tal y como lo proclamaba cada tanto, y en ella lo dejaban reinar, a veces riéndose por debajo por sus pecualiaridades pero por lo general en franca armonía. Pero no era su único feudo, y aquí voy a caer en la infidencia de nombrar un grupo secreto de Facebook llamado muy a propósito "La barra de Jose", una peña en donde decenas de personas hacían y espero que sigan haciendo vida, atendido por sus propios dueños: Jose VicThor, Víctor Albert y el campechano y populachero Pepe Botella, los dos últimos sendos alter egos de Jose. Hoy la barra está cerrada por duelo, pero espero que en un tiempo perentorio vuelva a funcionar para perpetuar el legado de gozo y humor de su creador.
Es injusto que la vida nos haya arrebatado a este singular personaje a tan temprana edad, pero a ella eso no le importa gran cosa. Avanza sin mirar hacia atrás, y lo mismo nos toca hacer a nosotros. Pero siempre recordaremos a Jose, el hermano que escogimos. Buen viaje, y gracias por todos los momentos.
martes, 19 de enero de 2016
¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 19 de enero de 2016
En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.
Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:
----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana
----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas
----Cena----
Cereal
Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 2.000 Bs/Kg, son 400 Bs, más 2 canillas a 50 Bs c/u, 500 Bs. A 125 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 80 Bs más 2 galletas por 100 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 860 Bs.
Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 1.800 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 1.080 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 300 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 80 y 100 Bs. Vámonos por el promedio, 90 Bs. La fruta también depende de la variedad y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 150 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 1.470 Bs.
La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 500 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 400 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 290 Bs el litro, son 216 Bs. En total la cena habrá costado 616 Bs.
Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 2.946 Bs diarios. Eso representa un incremento de 1.604 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Es decir, un 119% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos recibe un monstruoso 311%. Los últimos números oficiales hablan de una inflación anualizada al tercer trimestre de 2015 de un 140%. Es un número exorbitante, pero lo peor es saber que, enorme y todo, está maquillado. No quisiera verlo sin maquillaje. Otro dato inquietante: el precio de la cesta petrolera venezolana se acerca rápidamente al costo de su producción.
Si vemos el gráfico que encabeza el texto, notamos que julio 2015 es un punto de inflexión bastante pronunciado; la inflación presenta un gran repunte en ese momento. Y no hay señales en el ambiente que contribuyan a la tranquilidad. El anuncio de emergencia económica no era necesario, todos ya lo sabíamos.
jueves, 31 de diciembre de 2015
Mi año en cine
En 2015 no pisé ni una vez una sala de cine. He perdido la costumbre, y ya no tengo paciencia para lidiar con las colas, las preventas, las degustaciones que se efectúan en la butaca de al lado, los chamos y no tan chamos hablando toda la película. Así que todo el cine que consumí fue en la casa, con los quemaítos que compro en un kiosco de Macaracuay, generalmente - a pesar de ser informático no he bajado la primera película en torrent, soy muy flojo para traerme el trabajo para la casa. Gracias a eso, tengo la evidencia de lo que vi a mi lado: una torrecita de "blu rays" que atestiguan mi año en cine. Voy a poner solamente dos clasificaciones: lo que me gustó y lo que no. Porque al final del día es meramente eso, una cuestión de gustos.
LO QUE ME GUSTÓ:
-El Gran Hotel Budapest. Para mí, la mejor de mi selección.
-Relatos Salvajes. El humor negro con el acelerador hasta el fondo.
-Django Unchained. La redención a través de la venganza. No quedó títere con cabeza.
-The martian. Tan reacio que soy a la ciencia ficción y tanto que disfruté esta película.
-Birdman. Tan solo por su montaje vale la pena verla. Michael Keaton, quien nunca me gustó, se redimió conmigo en esta película.
-Whiplash. La mejor banda sonora que escuché este año.
-Boyhood. Increíble la materialización de este proyecto a lo largo de doce años, y su consistencia.
-World war z: Primera de zombies que veo, y me mantuvo atento. Una metáfora de lo que puede pasar en poco tiempo.
-The imitation game. Todo informático debe verla, para conocer sus raíces.
.Nebraska. Ponerse viejos es un tema, pero todos vamos para allá, con suerte. Hay que entender a los viejos.
-The book thief. Es otra película de la segunda guerra mundial, del drama de los judíos, pero con un enfoque particular que la hace interesante.
-Dallas buyers club. El surgimiento del sida como pandemia mundial. Grandes actuaciones de McConaughey y Leto.
-Gone girl. Thriller psicológico, el final es totalmente insospechado pero de cierta manera lógico.
-Interstellar. Otra de ciencia ficción, mucho más fumada que The martian, que presenta una interesante paradoja sobre la relatividad del tiempo.
-Fading gigolo. Una película con la marca de Woody Allen a pesar de no haberla dirigido ni escrito.
-Intouchables. Gran tragicomedia francesa. La empatía entre los personajes se construyó muy bien, fue líquida.
-Enough said. Una buena comedia romántica, con satisfactorias actuaciones de Gandolfini en uno de sus últimos papeles y Julia Louis-Dreyfus.
-Gone with the wind. No es exactamente un estreno, pero es una película que no decepciona. Soporta bien el paso del tiempo.
-The second best Marigold hotel. Porque un toque de Bolliwood siempre cae bien, sobre todo cuando se contrasta con la flema británica.
-Le chef. Ver a Jean Reno como cocinero no tiene precio.
LO QUE NO ME GUSTÓ:
-The judge. A pesar de contar con un gran cartel, es la misma pelìcula que hemos visto tantas veces: el tipo con éxito que regresa a su pueblo para confrontar sus raíces en una prolongada reunión familiar que pone al descubierto los viejos resentimientos y traumas. Demasiado visto ya.
-This is were I leave you. Léase arriba. La misma fórmula con ciertas variaciones.
-The theory of everything. Si antes no le tenía mucha simpatía a Hawking, con esta película terminé de perdérsela por completo.
-Ida. Aunque tiene sus momentos, no me enganchó el ritmo.
-Operación Monumento. Tantos buenos actores desperdiciados en una impostada apología a la nobleza de los gringos. Demasiado maniquea.
-The butler. Realmente no es que no me haya gustado, pero tiene cierta moralina que me molesta.
-The hundred fet journey. A pesar de tratar uno de mis temas favoritos como lo es la gastronomía, fue demasiado predecible.
-The drop. Una película que no termina de definirse, los personajes no me parecieron bien dibujados.
-The incredible Burt Wonderstone. La salva acaso el casting, el guion muy flojo.
LO QUE ME GUSTÓ:
-El Gran Hotel Budapest. Para mí, la mejor de mi selección.
-Relatos Salvajes. El humor negro con el acelerador hasta el fondo.
-Django Unchained. La redención a través de la venganza. No quedó títere con cabeza.
-The martian. Tan reacio que soy a la ciencia ficción y tanto que disfruté esta película.
-Birdman. Tan solo por su montaje vale la pena verla. Michael Keaton, quien nunca me gustó, se redimió conmigo en esta película.
-Whiplash. La mejor banda sonora que escuché este año.
-Boyhood. Increíble la materialización de este proyecto a lo largo de doce años, y su consistencia.
-World war z: Primera de zombies que veo, y me mantuvo atento. Una metáfora de lo que puede pasar en poco tiempo.
-The imitation game. Todo informático debe verla, para conocer sus raíces.
.Nebraska. Ponerse viejos es un tema, pero todos vamos para allá, con suerte. Hay que entender a los viejos.
-The book thief. Es otra película de la segunda guerra mundial, del drama de los judíos, pero con un enfoque particular que la hace interesante.
-Dallas buyers club. El surgimiento del sida como pandemia mundial. Grandes actuaciones de McConaughey y Leto.
-Gone girl. Thriller psicológico, el final es totalmente insospechado pero de cierta manera lógico.
-Interstellar. Otra de ciencia ficción, mucho más fumada que The martian, que presenta una interesante paradoja sobre la relatividad del tiempo.
-Fading gigolo. Una película con la marca de Woody Allen a pesar de no haberla dirigido ni escrito.
-Intouchables. Gran tragicomedia francesa. La empatía entre los personajes se construyó muy bien, fue líquida.
-Enough said. Una buena comedia romántica, con satisfactorias actuaciones de Gandolfini en uno de sus últimos papeles y Julia Louis-Dreyfus.
-Gone with the wind. No es exactamente un estreno, pero es una película que no decepciona. Soporta bien el paso del tiempo.
-The second best Marigold hotel. Porque un toque de Bolliwood siempre cae bien, sobre todo cuando se contrasta con la flema británica.
-Le chef. Ver a Jean Reno como cocinero no tiene precio.
LO QUE NO ME GUSTÓ:
-The judge. A pesar de contar con un gran cartel, es la misma pelìcula que hemos visto tantas veces: el tipo con éxito que regresa a su pueblo para confrontar sus raíces en una prolongada reunión familiar que pone al descubierto los viejos resentimientos y traumas. Demasiado visto ya.
-This is were I leave you. Léase arriba. La misma fórmula con ciertas variaciones.
-The theory of everything. Si antes no le tenía mucha simpatía a Hawking, con esta película terminé de perdérsela por completo.
-Ida. Aunque tiene sus momentos, no me enganchó el ritmo.
-Operación Monumento. Tantos buenos actores desperdiciados en una impostada apología a la nobleza de los gringos. Demasiado maniquea.
-The butler. Realmente no es que no me haya gustado, pero tiene cierta moralina que me molesta.
-The hundred fet journey. A pesar de tratar uno de mis temas favoritos como lo es la gastronomía, fue demasiado predecible.
-The drop. Una película que no termina de definirse, los personajes no me parecieron bien dibujados.
-The incredible Burt Wonderstone. La salva acaso el casting, el guion muy flojo.
lunes, 21 de septiembre de 2015
Desterrado
Esta mañana fuimos a comprar comida para las mascotas en una tienda en Colinas de Bello Monte. Llegamos algo temprano, cerca de las 8:30, y todavía estaba cerrada, por lo que nos dispusimos a esperar. En las escaleras que le hacen antesala estaba un señor durmiendo. No parecía un indigente, por el estado de sus ropas. Supusimos que tal vez estaría amanecido. Al rato despertó, y se levantó como desorientado. Se puso a buscar algo en los bolsillos, y luego inspeccionó los alrededores del lugar. Comenzó a vagar por el sitio, alejándose pero no mucho. En una de esas regresó, y aprovechó la circunstancia de que un vecino estaba saliendo del edificio para entrar subrepticiamente en él. El señor que estaba saliendo se devolvió, y lo siguió. Al rato el hombre salió escoltado por el vecino y una mujer que se notaba algo molesta. El hombre volvió a sentarse en las escaleras, como derrotado. La pareja se quedó viéndolo un rato, con el ceño fruncido. Toda la escena se desarrolló sin una palabra. Nunca supimos los detalles de esa historia.
viernes, 18 de septiembre de 2015
Podofobia
Escena 1: Estás en un restaurant. Mientras esperas la comida, te tropiezas con la imagen de unos mocasines abandonados en el piso. Subes la mirada y ves que su propietario está sentado haciendo la posición de flor de loto, exhibiendo sus pies desprovistos de medias sin ningún recato.
Escena 2: Estás caminando por el Parque del Este. Cuando llegas al paradero cercano al estacionamiento norte, un fuerte olor a alcanfor con mentol te invade las fosas nasales. En seguida ves el origen del aroma: un tipo está masajeándose los pies, por supuesto desnudos, con algún linimento.
Sí, soy podófobo. Ambas escenas me dan algo entre el asco y el escalofrío. No sé si se trata de algo atávico o se debe a algún trauma de la primera infancia. Lo cierto es que el tema de los pies es todo un tema, para mí.
Ahora bien, no son todos los pies. Unos pies bonitos, bien cuidados, con sus uñas cortadas con diligencia, pintadas si son de mujer, me llaman la atención, y puedo apreciar su valor estético, y si lo llevamos al extremo, hasta erótico. Pero esos son unos pies ideales, digamos que de revista. Cuando se sale a la calle, se monta en el metro, se va a un centro comercial, una legión de pies desnudos lo están esperando a uno. Algunos (para ser totalmente honesto, muchos, pues en general la mujer venezolana es coqueta y se arregla) agradables de ver. pero también se observan muestras lamentables, de escasa higiene y gran descuido. Casi todos de mujer, pero ya no es raro que sean de hombre, también. Cada vez es más frecuente conseguirse a hombres en cholas caminando impune e impúdicamente por la ciudad. O con sandalias de cuero o, el horror, de goma marrón imitando cuero, de esas que llaman "petroleras". Puagh. Tengo la firme creencia de que los únicos escenarios aceptables para que un hombre ande sin zapatos cerrados son la intimidad de su hogar, o la playa. Ya va, me acaba de asaltar la imagen de las pezuñas del Pepe Mujica, asomándose desde sus sandalias abiertas en la punta. Es difícil de olvidar. Y asquerosa.
No sé si esta particularidad mía sea algo común, ni si estará inscrita en el catálogo de las fobias. Tampoco sé si tendrá remedio. Nunca he visto algún anuncio de "Podófobos anónimos". Pero me imagino las sesiones: "Me llamo Mirco, y tengo 20 días sin sentir nauseas". Y los demás podófobos aplaudiendo. Todos andan en sandalias petroleras.
domingo, 13 de septiembre de 2015
Duelo, de Albor Rodríguez
Creo que muchos estarán de acuerdo conmigo, si digo que el mayor miedo que puede sentir una persona que tenga hijos es la posibilidad de su fallecimiento. Es la pesadilla recurrente, sobre todo cuando están en la primera infancia, y se vigila su sueño a ver si están respirando, y no se les abandona ni por un segundo. A medida que crecen, las preocupaciones son otras, tal vez mayores pues llega el momento en que debemos dejarlos ir lejos de nuestra protección, y no sabemos de ellos durante muchas horas al día. Ese miedo nunca nos abandona del todo. Todavía hoy en día, cuando alguna de mis hijas - mayores de edad las dos -está en la calle de noche, siento un desasosiego que solo se cura con la llamada oportuna informando la llegada, o el ruido de la puerta abriéndose mientras las perras ladran amistosamente.
Sucede que en ciertas oportunidades la pesadilla se materializa, y deja devastados a los padres de la criatura que parte prematuramente. Hay quienes lidian con ese suceso encerrándose en sí mismos, recluyéndose tanto física como anímicamente, y desaparecen en una especie de retiro expiatorio. En cambio otras personas deciden afrontar la pérdida de manera menos destructiva, buscando darle algún tipo de significado, o de hacer de su experiencia algo que pueda resultarle útil al resto de las personas. Me vienen a la mente dos ejemplos: cuando murió el hijo de Eric Clapton, en 1991, cayendo del piso 53 de un rascacielos en Nueva York, el músico compuso una canción en su memoria, y se convirtió en uno de sus mayores éxitos discográficos, tal vez su canción más reconocida por el público en general. El otro es el de la escritora Isabel Allende, que dejó registro de la agonía y muerte de su hija Paula.
Albor Rodríguez también cruzó ese infierno, y tuvo los arrestos para sobreponerse a ello y sentarse a narrarlo. En su caso la historia tiene un ingrediente adicional, y es que el hijo que perdió supuso un larguísimo tirocinio para lograr que Albor alcanzara la maternidad, un calvario de procedimientos para aumentar su fertilidad, de intentos de inseminaciones artificiales, de fecundaciones in vitro, hasta que, cuando ya había perdido toda esperanza, le llegó su momento.
Yo supe sobre Albor en los preparativos de la presentación de su libro Duelo, a través de varias reseñas y entrevistas que tuve oportunidad de leer en las redes sociales. Y me hice una idea de ella: supuse que se trataba de una mujer endurecida por la devastadora experiencia por la que tuvo que pasar. Una mujer echada para adelante, en criollo una mujer arrecha: con una carrera estelar en los medios impresos, emprendedora, siempre en búsqueda de nuevos retos profesionales, pero con un deseo que se le hacía esquivo: ser madre. Y que vio cumplido solamente para que le fuese arrebatado apenas dieciséis meses después.
Llegó el día del bautizo de su libro en Kálathos, y supe que mi prejuiciosa impresión forjada por la lectura no tenía nada que ver con la realidad. Por lo menos en parte. Sigo pensando que es una mujer fuerte. Pero a la vez es una persona sumamente dulce, cariñosa, que transmite serenidad. A la que se le iluminan los ojos cuando la conversación llega inexorable al tema de su niño cometa. La que cuenta entre risas - y una lagrimita eventual - las travesuras de Juan Sebastián. A la que, en resumidas cuentas, le tocó arriar su pérdida y está lográndolo, un día a la vez.
Comencé a leer el libro luego de conocer a su autora, y tal vez esa circunstancia le dio un giro a mi experiencia de lectura que no hubiese tenido en caso contrario. Porque no es lo mismo leer un texto así, en abstracto, que cuando uno ha tenido la oportunidad de compartir con su escritor. Tal vez pudiera pensarse en la existencia de cierto sesgo. No creo que en mi caso haya sido así. Más bien me sirvió para darle una cara a las personas descritas, un tono de voz, y para comprender cosas que fueron mencionadas.
No ha debido ser fácil escribir un libro así. Yo, por lo menos, creo que no encontraría la fortaleza necesaria para abrirme de esa manera en público. Es un libro testimonial, que narra de manera objetiva los acontecimientos relevantes alrededor del protagonista indiscutible de la historia, la estrella fugaz que iluminó las vidas de Albor y su gran y solidaria familia durante algo más de un año. En su presentación el día del bautizo, Milagros Socorro debatió sobre el género al cual pertenece, si corresponde a unas memorias o es una novela autobiográfica. Ese tema se lo dejo a los expertos; tal vez se trate de un texto híbrido, que se nutre de ambas corrientes. Mi opinión es que se trata de un relato honesto y sincero, en el cual Albor trata de ponerle un marco preciso a su terrible experiencia y de alguna manera racionalizar eso que le pasó. Algo que no ha debido suceder nunca, pero que sucede, sucede a diario en algún rincón del mundo, para demostrarnos nuestra fragilidad e imposibilidad de tener control alguno sobre los acontecimientos. Yo solo deseo que Albor alcance la paz. Creo que, aunque ese evento no va a poder borrarlo jamás de su memoria, va en buen camino hacia su aceptación definitiva. Y este libro es la demostración de ello.
viernes, 28 de agosto de 2015
La dignidad y el aseo íntimo
En realidad, eso de "aseo íntimo" es un eufemismo edulcorado para referirme a la acción de limpiarse el trasero después de evacuar. Algo que desde la primera infancia aprendemos a hacer sin ayuda, utilizando papel higiénico, o como se le acostumbra a decir por estos lares, papel tualé (deformación del término "toillette"). Eso fue lo normal por lo menos desde que tengo memoria. En los baños de las casas en donde viví era costumbre que en el dispositivo adosado en la pared, a veces empotrado en ella, estuviera siempre un rollo de dicho papel listo para limpiarse el culo después de haber cagado. Así, sin disfraces idiomáticos, en castellano castizo. Hasta en el más remoto baño de carretera era cortesía del establecimiento proveer ese modesto pero necesario material desechable, aunque fuera de la más ínfima calidad.
Esos tiempos pasaron. Hoy en día tener papel higiénico en la casa significa una de dos cosas: pagar un precio astronómico a los revendedores, o sufrir la indignidad de someterse a colas kilométricas para lograr adquirir la cantidad que el burócrata de turno tenga a bien permitir, y eso si ese día le toca a la cédula del aspirante a comprador.
En mi casa hemos decidido no plegarnos a ese designio maligno. Y suplimos la necesidad de papel higiénico con el sucedáneo que se consiga. Si toca servilleta, servilleta es. Si no, papel toalla. Por una razón pura y simple: claudicar ante esa imposición arbitraria es tocar fondo. Es admitir que el sistema te venció y te abdujo. Es rendirse ante la barbarie de un régimen que no solamente te coarta el acceso a la alimentación, sino a la evacuación tranquila. Y ese es un asunto en el cual no pienso ceder. Mi dignidad vale más que una limpieza anal cómoda. Si en un futuro toca apelar al periódico, periódico será. Pero a mí no me verán haciendo una cola de cuatro horas para que me vendan unos cuantos rollos de papel tualé. Ni pagándole a un vivo que se aprovecha de la necesidad de la comunidad. Que vayan a lavarse ese paltó.
Esos tiempos pasaron. Hoy en día tener papel higiénico en la casa significa una de dos cosas: pagar un precio astronómico a los revendedores, o sufrir la indignidad de someterse a colas kilométricas para lograr adquirir la cantidad que el burócrata de turno tenga a bien permitir, y eso si ese día le toca a la cédula del aspirante a comprador.
En mi casa hemos decidido no plegarnos a ese designio maligno. Y suplimos la necesidad de papel higiénico con el sucedáneo que se consiga. Si toca servilleta, servilleta es. Si no, papel toalla. Por una razón pura y simple: claudicar ante esa imposición arbitraria es tocar fondo. Es admitir que el sistema te venció y te abdujo. Es rendirse ante la barbarie de un régimen que no solamente te coarta el acceso a la alimentación, sino a la evacuación tranquila. Y ese es un asunto en el cual no pienso ceder. Mi dignidad vale más que una limpieza anal cómoda. Si en un futuro toca apelar al periódico, periódico será. Pero a mí no me verán haciendo una cola de cuatro horas para que me vendan unos cuantos rollos de papel tualé. Ni pagándole a un vivo que se aprovecha de la necesidad de la comunidad. Que vayan a lavarse ese paltó.
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