domingo, 28 de agosto de 2011

Sabores del Véneto

Hoy quiero recordar dos preparaciones originarias de la zona italiana de donde provienen mis ancestros, el Véneto. Sabores que me acompañan desde la infancia y definen la geografía gustativa de este servidor. Son platos pobres, por la humildad de sus ingredientes, pero muy sabrosos. Me refiero a la polenta (que de alguna manera ha encontrado su lugar en la gastronomía criolla, aunque la de aquí no es exactamente igual a la véneta) y una salsa llamada Peará, muy apropiada para acompañar el conocido "Bollito misto" (una mezcla de carnes de res, ave y cochino que se cocinan en agua hirviendo).
foto tomada de la web

La polenta, como muchos deben saber, tiene cierto parentesco con nuestra arepa, ya que se utiliza harina de maíz en su preparación. Su forma de cocción, sin embargo, es diferente: se pone a hervir agua en una olla, preferiblemente más alta que ancha (el agua debe llenar por la mitad el recipiente, aproximadamente). Una vez que haya empezado a hervir se agrega sal, un par de cucharadas, y se va echando poco a poco la harina (debería ser harina amarilla, pero personalmente la he elaborado con la blanca obteniendo resultados aceptables), mezclando enérgicamente al mismo tiempo para evitar la formación de grumos. La cantidad es difícil de determinar; a medida que se va añadiendo más harina el contenido de la olla va espesándonse, hasta que se consigue una consistencia parecida a la del atol; en todo caso se debe parar la harina cuando se consiga cierta resistencia al mezclado. Hay que tener cuidado en ese momento,  ya que pueden empezar a producirse burbujas que explotan,  ocasionando unas quemaduras bastante dolorosas. Cuando se haya obtenido la consistencia deseada, se debe proceder al volcado. Mi madre lo hacía sobre una tabla de madera, pero yo prefiero hacerlo en un molde para evitar inútiles derramamientos de polenta.  La polenta en cuestión se puede comer inmediatamente, como acompañante de algún plato con guiso (y aquí me toca rememorar los célebres patos cazados en Calabozo por mi padre, y puestos a marinar un par de días, un sabor que tengo incrustado en algún lugar del cerebro y me provoca salivaciones cada vez que lo recuerdo) o se puede dejar enfriar para posteriormente ser cortada en porciones y asada en la parrillera, como acompañante de unas buenas salchichas a la brasa.

foto tomada de la web
Vamos ahora con la Peará. Su nombre traducido significa algo así como "pimentada", y eso es precisamente porque se trata de una salsa bastante picosa, cuyo ingrediente fundamental es la pimienta. Es un plato pobre por concepción, ya que originalmente se hacía con sobrantes de días anteriores. Se hace con caldo de pollo o de res, pan rallado, tuétano, pimienta y aceite de oliva. Hay quien le agrega queso parmesano, pero los puristas lo desaconsejan. La preparación es la siguiente: se pone a hervir el caldo; en un recipiente aparte se coloca el tuétano con un poco de aceite, y se mezcla bien para amalgamar ambos ingredientes; se debe agregar el pan rallado y la pimienta en forma de lluvia; agregar el caldo y mezclar todo bien, obteniéndose una consistencia cremosa. Llevar a un hervor, y en ese momento bajar el fuego al mínimo; cubrir la superficie de la crema con una capa muy fina de aceite de oliva; dejar un par de horas en la hornilla. Pasado ese tiempo, se deberá corregir de sal y pimienta (teniendo presente que debe estar bastante pimentosa). Se debe consumir al instante, y en lo posible mantener caliente durante todo el tiempo que dure la comida (¡ese aparato para fondue que tienen arrumado en un estante podrá ser utilizado, por fin!). Como dije antes, se utiliza fundamentalmente para acompañar el "bollito misto" pero queda muy bien con la polenta, precisamente.

lunes, 22 de agosto de 2011

Floraciones caraqueñas

Caracas es pródiga en flores, de todas las especies y todo el año. Se puede decir que cada mes tiene su propia flor, que contribuye a embellecer en lo posible a nuestra maltratada ciudad. Aquí traigo una muestra de dichas expresiones florales, que nos podemos topar en cualquier rincón de la urbe.

Cují negro o cují torcido, Cota Mil

Acacias, Santa Paula

Samán, Cota Mil

Jacarandá, El Marqués

Jacarandá, El Marqués

Acacia, El Marqués

domingo, 21 de agosto de 2011

Risotto de salchichas y hongos

Tengo bastante abandonada la sección gastronómica del blog, y quiero proponer una receta poco ortodoxa pero muy sabrosa. Hasta donde se, fue una inspiración de mi padre, el cual no cocinaba pero le sugería combinaciones, a veces estrambóticas, a mi madre, quien las materializaba con resultados alternos. Ésta en particular fue afortunada, para mi gusto.

Ingredientes:
-Unas 4 salchichas parrilleras, crudas y despojadas de la tripa exterior (es esencial que sean de buena calidad, tipo Montserratina)
-Una bandeja de hongos frescos laminados(450 grs), o un sobre de hongos secos (pueden combinarse, si se usan los secos se deben hidratar según las instrucciones del empaque, si se usan frescos limpiar sin enchumbarlos de agua, con pasarlos un momento por agua para retirarle la tierra es suficiente)
-Cebolla picada finamente, para sofrito
-1 1/2 tazas de arroz que no sea vaporizado o parbolizado
-aceite de oliva
-sal, pimienta
-Un buen caldo de pollo, bien caliente
-Un par de copas de vino tinto

Preparación:
1- Colocar en una olla el aceite y la cebolla, y sofreirla hasta que se ponga transparente.
2-Agregar las salchichas, revolver con la cebolla y verter una copa de vino; dejar cocinar hasta que el vino haya evaporado.
3-Agregar los hongos, dejar cocinar un par de minutos.
4-Agregar el arroz, y mezclarlo bien con los demás ingredientes; dejarlo un par de minutos.
5-Agregar una copa de vino, revolver cada tanto.
6-Una vez absorbido el vino, agregar un par de cucharones de caldo y revolver esporádicamente
7-Repetir el paso anterior hasta que el arroz esté totalmente cocinado. Más o menos a mitad de cocción (unos 10 - 12 minutos) es conveniente corregir de sal y pimienta, ya que dependiendo de cómo estén especiadas las salchichas hará falta agregar algo más. La consistencia final del risotto debe ser cremosa, y ese efecto se consigue precisamente al revolver el arroz, ya que de esa manera suelta el almidón y va cohesionando los granos.
8-Se puede servir espolvoreado por un buen queso parmesano.

viernes, 19 de agosto de 2011

Con la burocracia hemos topado

Los venezolanos vivimos en un país increíble, que nunca deja de sorprendernos. Su capacidad de generar situaciones dignas del teatro del absurdo es inacabable, y nos permite sentirnos actores de un montaje de Ionesco que nunca termina, histriones involuntarios en una obra infinita.

Esta vez la protagonista de la representación fue mi hija menor, la cual está en trámites de ingresar a la universidad. Como escogió una casa de estudios seria, consiguió los procedimientos a seguir de manera expedita, a través del portal web de la institución. De entrada, la cantidad de documentación exigida para formalizar la inscripción lucía bastante voluminosa: partida de nacimiento, copias de notas y título de bachiller en fondo negro y certificadas, y la inscripción militar (en el portal aclaran, con cierta pena, que este último requisito se formalizó en circular nro. tal de fecha cual, del Minpopó respectivo).

Y empezó la cruzada en pos de los documentos: como estamos en la era de la red, buscamos en la web la dirección de la instancia en donde se debía retirar la partida de nacimiento (uno se pregunta para qué sirve la cédula entonces, pero ni modo, no vale la pena ponerse a cuestionar ciertas cosas, a estas alturas). Según lo que conseguimos Google mediante, el registro civil se encuentra ubicado en un edificio adyacente a la Plaza del Indio, en Chacao. Mi pobre ingenuodescendiente se dirigió la mañana siguiente a ese lugar, y protagonizó el primer acto de su absurda obra: como era muy fácil la ubicación original, a un par de cuadras del metro, a algún genio se le ocurrió que quedaba mejor en la tercera avenida con cuarta transversal de Los Palos Grandes. No voy a fatigarlos con la narración de la travesía, basta con decir que al día siguiente logró tener la partida de nacimento en su poder.

Con respecto a las notas y el título de bachiller el cuento es un poco más escabroso: el interesado debe dirigirse a la sede del Ministerio de Educación para que algún funcionario, dotado de cierto criterio especial, certifique que las fotocopias en fondo negro son fieles al original. Es decir que todos los aspirantes a entrar en una universidad deberán trasladarse a ese lugar, a esperar que el funcionario de marras garantice que no hay fraude en las notas o en el título. Esto cae dentro de una lógica un tanto perversa, que asume la culpabilidad por encima de la inocencia.

Y por fin llegamos a la guinda de la torta: la inscripción militar. Como residentes de la parroquia Petare, nos tocaba en suerte acudir a lo que era antes la jefatura y hoy se llama con uno de esos eufemismos que le encantan al régimen, tipo “casa del pueblo”, “misión documentos” o algo parecido. El día miércoles hicimos las averiguaciones pertinentes; valga decir que acudimos al sitio para informarnos de horarios, trámites y demás hierbas aromáticas. Nos recomendaron vehementemente estar el viernes (día que le toca a mi hija,  por la terminación de la cédula) lo más temprano posible. “Desde las cinco hay gente haciendo cola”, nos advirtió solícito el funcionario que nos atendió.

Y llegó el viernes muy temprano: a las cuatro AM, como preparándonos para el trámite militar que nos esperaba, nos despertamos para alistarnos y estar a la hora prefijada en el sitio. Al llegar (eran las cinco y unos minutos) el sitio lucía bastante desolado y oscuro, por lo que decidimos prudente dar una vuelta y  regresar cuando al alba le dieran ganas de alumbrar un poco. Así procedimos, y en el segundo intento vimos que habían algunas pocas personas haciendo una cola, cosa que nos alegró ya que estaríamos entre los primeros a ser atendidos. Estábamos en ese momento incierto en el cual se trata de adivinar como funciona el asunto, cuando se nos acercó un individuo con aspecto de vigilante, quien sin fórmula de saludo previo inquirió el motivo que nos llevaba a la dependencia. Se lo dijimos, y nos sacudió con las lapidarias palabras: “Eso está suspendido. Deben ir a Parque Sucre”. Yo, todavía grogui por el impacto de la revelación, pregunté en donde quedaba ese parque, y el hombre (quien en ningún momento me vio a la cara) emitió un “En Los Teques”, que terminó de noquearme. Sí, señores: para obtener un documento que permita ingresar a la universidad, el ciudadano interesado debe trasladarse a la capital del Estado Miranda.

Estoy empezando a creer que no tenemos autoridades, sino libretistas de un teatro absurdo, perverso y malévolo. No encuentro otra explicación. 

viernes, 12 de agosto de 2011

El día que me confundieron con Bruce Davison



Tuve que googlear “Strawberry statement” para conseguir el título de esta insustancial crónica, la cual escribo con la única intención de documentar una anécdota de mi vida: la noche en la que por primera vez tropecé con una realidad diferente a la burbuja en la que había vivido hasta entonces.

Corría el año 1978. Tenía diez y ocho años cumplidos hacía 5 meses, y desde unas 2 o 3 semanas también ruedas. Tuve la suerte de que me entregaran un carro, un blanco y flamante Fiat Mirafiori: el vehículo que me iba a trasladar a la independencia, y que me colocaría en el mapa. Hasta ese momento era un pobre transeúnte de la vida, un peatón más de los que pululan en las paradas de autobuses y se conocen las rutas de las busetas, y que no llegan tarde a su casa por la inseguridad y la falta de transporte propio. Pero esos días habían acabado: ahora podía trasladarme adonde me diera mi real gana, y a la hora en que se me antojara (la dura realidad distaba años luz de esa fantasía, pues no tenía muchos lugares a donde ir, dada mi novatería en esas lides, pero de ilusiones, al fin y al cabo, se vive también). Valga aclarar, para la crónica, que mi conocimiento de la ciudad era bastante escaso, así como mi dominio sobre las leyes de tránsito (la licencia la obtuve, como gran parte de los venezolanos de mi generación -y de todas- a través de un honesto soborno).

El domingo del cuento, en la tarde, estaba rodando por Las Mercedes con un amigo, que vivía en Cumbres,  al cual le iba a dar la cola. Como dije antes, no me movía todavía bien en el trazado de calles, y mucho menos conocía el flechado (valga aclarar en mi favor que en esos tiempos pretéritos la señalización vial lucía por su ausencia), por lo que en un momento determinado vi que delante de mi unas luces me alumbraban, al tiempo que se encendía una coctelera encima del techo del vehículo dueño de los faros que me encandilaban. "¡Mierda, una patrulla!", creo que gritamos al unísono. Efectivamente de eso se trataba: el carro policial frenó a unos pocos metros del mío, se abrieron las puertas y salieron par de policías. Y empezó el miedo instintivo y atávico a la autoridad. Los agentes nos conminaron a salir, nos requisaron, e hicieron lo mismo en el interior de mi Fiat.

Yo estaba algo aturdido, pero más aturdido quedé cuando uno de los "tombos" (perdónenme la jerga setentosa) levantó una navaja de esas suecas, como si de un trofeo se tratara. Conocía esa navaja, pero no era mía: le pertenecía a mi amigo, quien un tiempo antes la había adquirido con la plata que le produjo la venta de un caballo -el pana era, por decirlo así, folcklórico, y tiempo antes había comprado un famélico jamelgo que guardaba en un cobertizo improvisado, en Colinas de Bello Monte, pero cuando se dio cuenta de lo impráctico de la situación salió de él- y la llevaba a todas partes. Juro que no fue por soplón, por lo menos no adrede, pero de mí salió la traicionera frase: "esa vaina no es mía, es de él", al tiempo que apuntaba con mi acusador índice a mi -ya no tanto- amigo. El chamo dijo algo como que se había asustado, y la trató de esconder debajo del asiento. El policía a su vez replicó que admiraba su sinceridad, al tiempo que se guardaba la navaja en su propio bolsillo; supongo que la consideraría botín de guerra, o decomiso. Lo cierto del caso es que hasta allí le duró la navaja al pana.

"Ciudadano, usted va preso por infringir las reglas de tránsito", me dijo lacónicamente uno de los patrulleros. Tengo que aclarar que Carlos Andrés Pérez, casi al final de su primer mandato, decidió que los infractores debían pagar su deuda con la sociedad mediante 48 horas de detención, para que les sirviera de escarmiento. Allí sí puedo decir que, de miedo, mi estado pasó a terror. ¿Preso, yo? ¿Yo, que raras veces había pernoctado fuera de mi casa, que como buen lector que era me había tragado "Retén de Catia", libro en boga por esos días,  y creía conocer las inicuidades del sistema penal venezolano, con todas sus aberraciones? Creo que pude guardar la compostura y no llegué a llorar, pero sí traté de convencer al funcionario de lo inconveniente que resultaba para mí tal arreglo; usé todos los argumentos a mi favor, que era un estudiante, que tenía un parcial el día siguiente, que me iban a pasar cosas espantosas en la cárcel... pero ninguno me funcionó, y me fue imposible lograr la dispensa de tan enojosa situación. Supongo que le darían una prima a los polícias por cada incauto que llevaban preso por tránsito, ya que no le encuentro lógica al asunto, más allá del innato sadismo. Me despojaron de mis documentos y de los del vehículo, y se limitaron a decirme "Síguenos", cosa que tuve que hacer a pesar de que las ganas que tenía eran de escaparme al resguardo de mi casa. Pero me tenían en sus manos, y tuve que obedecerlos.

Enfilaron por la autopista, y cogieron hacia el este. Mis recorridos hasta ese entonces habían llegado a lo sumo a la zona de Altamira, por lo que por primera vez transitaba la autopista manejando, solo, más allá del distribuidor de dicha urbanización. En una zona de la autopista en donde había una especie de área de descanso, por los lados de la entrada a La Carlota, la patrulla se detuvo, y yo con ella. Se bajó uno de los policías, y me dijo "Chamo, estás metido en un peo. A menos que tengas como salir de él". A pesar de mi inexperiencia, supuse que estaba aludiendo a alguna especie de soborno, pero lamentablemente no tenía efectivo conmigo.Se los dije, y traté de convencerlos de que me acompañaran a mi casa para allí concretar la transacción, pero no les pareció conveniente, y decidieron entregarme en la jefatura. De Petare, para mayores señas.

Los acompañé hasta un estacionamiento, en donde tuve que dejar mi amado vehículo (presintiendo que lo iba a encontrar desvalijado una vez que acabara mi detención), y me llevaron a la dichosa jefatura. Allí me permitieron hacer una llamada telefónica, en la cual tuve que explicar la situación a mis muy preocupados y enojados padres, y una vez realizada me trasladaron a un pasillo largo, con un banco corrido adosado a la pared. El banco estaba ocupado casi en su totalidad por otros presos, por lo que me tocó sentarme en el extremo más lejano a la puerta. Estaba allí, cavilando sobre mi desdichada situación, cuando al rato apareció en el lugar un individuo algo mayor que yo, evidentemente alterado por el alcohol o alguna otra sustancia. El hombre se sentó al lado mío, se me quedó viendo y me soltó: "¡Catire, usted es igualito al que sale en Las fresas de la amargura!". Efectivamente, mi aspecto era parecido al del actor principal de dicha película, el señor Bruce Davison: flaco, peludo y con  lentes. No recuerdo si logré contestarle algo, pero creo que no importó, ya que el tipo no estaba en condiciones de sostener una conversación. Lo cierto del caso es que a los pocos minutos apareció una persona, supongo que sería un funcionario policial, lo hizo poner de pié, y le metió un poderoso puñetazo en medio del pecho, que lo volvió a sentar.

El resto del cuento no tiene mayor importancia; llegó mi padre, trató de sacarme, pero no lo logró, por lo que tuve que pagar mis 48 horas de detención, en compañía de otros transitoinfringientes, con los cuales sostuve amenos juegos de dominó y damas. No recuerdo muchas cosas, salvo el olor a orina de las colchonetas en donde dormíamos, la poceta rebosante de excrementos -valga decir que me volví estítico durante esos dos días-, las visitas al casino de oficiales en donde consumíamos nuestros alimentos, y la espera.

Así concluyó mi primera cana, gracias a mi inexperiencia y a Carlos Andrés Pérez. La segunda se la la debo al Triple Filtrado La Florida, pero esa es otra historia.

martes, 9 de agosto de 2011

La aldea global se está alzando

foto tomada de la web


Mc Luhan resultó ser más asertivo de lo que parecía. El mundo está demostrando que cada vez más se acerca a la idea lanzada por él, en los lejanos 60.

Ya el país que no tenga su movimiento de indignados se va a ver como una pobre nación, que no está en nada: falta poco para que países como Cuba tengan sus 15 minutos de notoriedad, con su despliegue de indignación convenientemente cubierta por los medios de comunicación que realmente se mueven en tiempo real.

Es fascinante y a la vez aterrador: ¿Que pasará el día en que finalmente los indignados logren derribar las estructuras, y se apropien del poder? No tengo como imaginarlo, no creo que  Facebook o Tweeter puedan servir para gobernar naciones. Jugando a la fantapolítica, se pudiera pronosticar que los gobiernos nacionales van a sucumbir, dando paso a una especie de supranación en donde no habrá fronteras, sino ciudadanos del mundo vagando libremente por todo ese ancho territorio.

Pero eso no es realista. Tengo la impresión de que los movimientos de indignados son simples remedos del mayo francés, apuntalados por la tecnología; tendrán cierta notoriedad reproduciéndose cual epidemia en distintas regiones del globo, y llegarán a su final por cansancio. Tal vez, solamente tal vez, logren alguno de sus objetivos, y quedarán como un hito más en la historia, otro fenómeno para los sociólogos.

domingo, 7 de agosto de 2011

Falcón

 Fotografías tomadas en Los Médanos de Coro y en la península de Paraguaná en Agosto de 2010.