domingo, 26 de junio de 2016

Del flux de lino a la braga naranja



Los años 80 marcaron el comienzo del deterioro para nuestro país, eso es indudable. El viernes negro de 1983 nos explotó en la cara, y no supimos bien cómo encarar esa situación, novísima para nosotros. Sin embargo, por lo menos al principio, procuramos hacer como que no pasaba nada, y por unos años logramos fingirlo decorosamente.

Esa década confluyó con mi inicio en el ámbito laboral. Terminé mis estudios justamente en el 83, con mis sueños de realizar un postgrado en  Francia frustrados gracias al acontecimiento del año, y tuve que resignarme a buscar trabajo y dejar para más tarde mi actualización académica. Logré entrar en una de las compañías más importantes del país para ese momento, en lo que a consultoría el el área de la computación se refiere: la Empresa Nacional de Informática, Automatización y Control, mejor conocida por su acrónimo ENIAC, un obvio guiño a la primera computadora digna de ese nombre. En ENIAC tenían una política bastante agresiva con los empleados: los soltaban al ruedo, es decir a los clientes, sin mucho miramiento, a hacer cosas que en teoría estaban a su alcance pero que todavía no habían puesto en práctica. La palabra clave aquí es clientes: la cartera de ENIAC era selecta, y abarcaba petroleras, manufacturadoras y empresas de servicio. Era normal estar sentado en el puesto de trabajo, leyendo un manual o experimentando en alguna de las computadoras, y recibir la orden: "ponte la corbata, que vamos a X". Eso de la corbata era literal: teníamos un perchero que parecía un arbolito de navidad, con la variedad más disparatada de corbatas que hubiera visto. Así que uno buscaba el trapo que mejor combinara con la camisa que tuviera puesta, y corría a la cita. Mi primer trabajo real fue para la Gallup, en apoyo a las elecciones que vieron triunfando a Lusinchi sobre un desgastado Caldera. Después tuve ocasión de trabajar en Lagovén, Corpovén y PDVSA, tanto en labores de programación como en calidad de instructor. Total que mi pasantía por ENIAC me sirvió para meterme de lleno en la profesión, y hubiera sido un lugar ideal para hacer carrera. Sin embargo, al año y medio de estar allí me llegaron cantos de sirena (de sireno en realidad, pues fue un ex empleado de ENIAC quien me lanzó el anzuelo) y recalé en una empresa que años más tarde estaría en boca de todo el mundo: Latinoamericana de Seguros.

De Orlando Castro padre se podrá decir cualquier cosa peyorativa, pero es innegable su carisma y el ascendente que tenía sobre su personal. Personaje venido de abajo en el ámbito empresarial, me contaban llenos de admiración mis colegas: comenzó vendiendo casas prefabricadas en los altos mirandinos, con un maletín por oficina,  a la orilla de la carretera. Su trabajo no era de puerta en puerta, sino de carro en carro. Poco a poco fue escalando posiciones, y para el momento de mi contratación ya era un señor cercano a los 60 años, dueño de algo que iba acercándose rápidamente a ser una corporación gigantesca. Pero nunca perdió de vista a sus empleados, conocedor de que la verdadera fuerza de su organización provenía justamente de ellos. Se empecinaba en conocer personalmente a cada uno, y con ese fin organizaba "el desayuno del mes", en el cual participaban los nuevos ingresos, y por supuesto él como anfitrión. Durante ese encuentro intercambiaba palabras con cada nuevo empleado. En realidad era una especie de cuestionario prefabricado, con preguntas obvias como nombre, edad y área en donde se laboraba. Pero el hombre derrochaba su encanto con acento cubano y lograba que por un breve instante uno se sintiera especial.

De mi época en Latino, como le decíamos (no confundir con el Banco Latino, ese era otro grupo, diferentes filibusteros), tengo varias anécdotas, como la de las juergas interminables cuando picaba diciembre y a partir del 13 del mes nos declarábamos en fiesta permanente y abríamos el bar a las 10 de la mañana, con la anuencia de las cabezas del departamento (gente rumbosa por excelencia: la gerente estaba casada con el mánager de Los Melódicos, y alguna vez nos invitó a alguna de las versiones de la disco gigante del CCCT, creo que en ese momento era Palladium, a bailar con la popular orquesta como ejecutante) quienes solicitaban que su vaso nunca estuviera vacío, para lo cual había un servidor designado que se encargaba de mantenerlos contentos. O el cuento de la secretaria (en esa época todavía se estilaban) del VP de sistemas, que sufría de calor en sus partes bajas e iba frecuentemente al baño a refrescárselas, con el mismo vaso en el cual después le servía agua a su jefe. O el primer trabajo sucio que me encomendaron en mi vida laboral, un programa que redistribuyera los ingresos de la compañía por estados para evadir impuestos. O la gestación del Grupo Progreso: un día me contaron, literalmente: "El viejo (así le decían a Castro) se compró un computador y un banco, y ahora hay que ponerlos a funcionar". Se trataba del Banco Zulia, que posteriormente cambiaría su razón social a Banco Progreso, y funcionaría como soporte de Seguros Progreso, empresa que logró lo impensable: se dedicó al ramo más siniestroso en el país como lo es el de Vehículos y llegó a posicionarse entre las primeras cinco compañías del país en primas cobradas. O la vez que Orlando Castro convirtió a todos sus empleados en agentes de seguros, al entregarle a cada uno un talonario de pólizas de responsabilidad civil, aprovechando la ley que impuso la obligatoriedad de dichas pólizas para todos los vehículos automotores.

Pero el acontecimiento más celebrado durante mi estadía en Latinoamericana fue la invitación que me extendió un día Orlandito, como le decían al hijo de Castro. No recuerdo bien lo que motivó el hecho; tal vez fuera una estrategia de fidelización para empleados clave (en informática el robo de talento siempre ha sido moneda corriente, y es normal que las empresas procuren mantener al personal del área contento, ya que cuando se va se lleva parte importante del know how), o la recompensa por algún proyecto exitoso. El asunto fue que nos llegó a un pequeño grupo de empeados del departamento una comunicación formal, invitándonos a participar en un almuerzo ofrecido por Orlando Castro Junior, a nombre de la empresa, en el restaurant Da Emore. Valga resaltar que en ese momento Da Emore era uno de los grandes restaurantes de la ciudad, y que nos quedaba justo encima de la oficina, allá en el Centro Comercial  Concresa. El grupo de los elegidos, como nos bautizó algún compañero burlón, gozó durante la semana que medió entre la invitación y la fecha pautada para el almuerzo de una fama desproporcionada por lo inusual del hecho, y probablemente fue blanco de la envidia de ciertos individuos. En lo concerniente a mí, un pelado que no estaba todavía en la treintena, la incredulidad y la sospecha de no merecer tal distinción me hicieron esperar con cierta ansia el momento.

Esa fue tal vez la tercera vez que entraba en ese lugar, y también la última. Orlandito se sentó a la mesa con nosotros, trajeado como de costumbre con un flux de lino, que se notaba hecho a la medida (nada que ver con los puyaítos que llevábamos los demás comensales); seríamos tal vez unas 8 o 10 personas, contándolo a él. De ese almuerzo recuerdo, por supuesto, la comilona de 7 platos que constituía el menú de degustación del lugar, la generosidad y variedad de la bebida, con posibilidad de escoger entre escocés y vino, y la actitud entre solemne y embarazosa de Orlando Junior, que no calzaba los puntos de su padre a la hora de confraternizar con el personal. Sin embargo puso todo su empeño para hacernos sentir bien, como importantes figuras dentro de la organización. Ahora no recuerdo casi nada sobre los temas de conversación que abordamos durante el almuerzo - han pasado casi 30 años - pero sí  que al salir del restaurant, llenos y prendidos, jurábamos fidelidad eterna a la empresa.

A los tres meses más o menos ya había renunciado; es que las promesas de borracho no deben ser tomadas en cuenta. La canibalización empresarial me hizo convertirme en un mercenario, y me fui por una paga unas tres veces mayor a la que devengaba en Latino. De 8.000 Bs pasé a ganar 24.000, y me sentía como un magnate. El tiempo me enseñaría que no se le debe tomar cariño a los sueldos, por lo menos en Venezuela, ya que la inflación se los devora. Pero por un par de años, tal vez un poco más, estuve tranquilo en el aspecto económico, y hasta pude darme ciertos lujos.

Pasó el tiempo, y ya me había olvidado de mis antiguos patrones, hasta que una cuña estremeció el ambiente: la famosa "aquí estamos, aquí seguimos", transmitida cuando ya Orlando padre e hijo habían picado cabos. El castillo de naipes de las finanzas criollas comenzaba a derrumbarse. La siguiente vez que vi a los Castro, esta vez gracias a una foto en algún periódico, habían desechado el flux de marca, luciendo en su lugar una reluciente braga color anaranjado.

sábado, 25 de junio de 2016

El CNE, guardaespaldas de Maduro



Lo que voy a decir no es una novedad, y todo el mundo lo sabe, pero lo hago por amor a la crónica y para dejar registro. Voy a apuntar los hechos que recuerdo, y seguramente se me van a quedar muchos por fuera, por lo que agradezco cualquier ayuda para compilar la historia.
Desde el primer momento en que se habló de revocatorio, el CNE no ha hecho otra cosa que buscar entorpecer o evitar el proceso. Comenzando por el absurdo requisito de recoger el 1% de las firmas de acuerdo a distribución proporcional de la población por estado. Esto ya es un exabrupto, ya que no estamos compuestos por colegios electorales, como es el caso de EEUU. En Venezuela un voto en Maturín cuenta lo mismo que un voto en la Sierra de Perijá. El sitio en donde se recojan las firmas es irrelevante, la letra de la constitución solamente indica que basta con que el 1% de la población solicite el referendum revocatorio para activarlo. Otra arbitrariedad, hija de la anterior, es que la firma debió ser recogida en la entidad federal en donde está registrado el elector. Un abuso total. Si alguien estaba de viaje en el momento de la recolección de las firmas no pudo ejercer su derecho.
Otro hecho que sin duda está dirigido a torpedear la iniciativa es el relajo de los lapsos que se toma el CNE para cada etapa del proceso, y la discrecionalidad para decidir si una firma es válida o no. Todos sabemos cuántas personas conocidas denunciaron que su firma no fue aprobada, sin saber la causa y sin derecho a revisión. Los casos más patéticos, por supuesto, son los de los dirigentes políticos. Haberle rechazado la firma a Capriles y a Machado no puede sino catalogarse como provocación. Pero son apenas dos de los 600.000 venezolanos a quienes se le negó su derecho a convocar el revocatorio.
Llegamos al capítulo de la validación de las firmas, y aquí es en donde toda la estulticia de las rectoras del CNE se pone de manifiesto de la manera más evidente. Primero se estimuló el arrepentimiento, agregando un paso totalmente inútil como la retirada voluntaria de la firma y con ello alargando una semana más el proceso. Ese paso es una ridiculez ya que si alguien estuvo arrepentido con no ir a revalidar tenía. Luego, el diseño del proceso de validación tuvo como objetivo que se pudieran obtener el menor número de firmas posibles, tanto por la cantidad de máquinas puestas a disposición del proceso (un déficit de mil, según indican los expertos) como por la ubicación geográfica de las mismas. También se debe mencionar la operación morrocoy y el cierre de los centros de validación a pesar de haber personas en la cola, gente a la que se le conculcó su derecho político al no permitirle validar su firma.
Un paréntesis: El proceso de validación de firmas ha servido para demostrar la falacia de uno de los argumentos que esgrime el CNE para proclamarse como "el sistema electoral más seguro del mundo". Me refiero a la garantía de "un elector, un voto", que supuestamente estaría avalado por el sistema de identificación biométrico, la tristemente popular captahuellas. Ese mecanismo debería garantizar dos cosas: que no haya suplantación de identidad, al cotejar la huella del votante con la huella almacenada en la base de datos, asociada al número de la cédula que presente el votante; y garantizar que esa persona vote una sola vez. Conceptualmente es algo posible, y es un algoritmo que cualquier estudiante de primer año de alguna de las carreras que tienen que ver con computación está capacitado para resolver. Ahora bien, si tuvieran ese mecanismo activado y suficientemente probado, la validación de firmas debería ser automática y al instante. Bastaría con cotejar la huella en la base de datos, ver si el elector asociado a la huella pertenece a la entidad en donde está realizando la validación, y confirmar que no ha validado aún. Pero no es así: el CNE se va a tomar 20 días hábiles para chequear esas validaciones. Para menos de 400.000 firmas, que es un universo muchísimo más pequeño que el de los votantes en cualquier elección ya sea regional o nacional. Esto debería encender las alarmas: el CNE monta unas elecciones con un mecanismo que no es capaz de garantizar la identidad y la unicidad de los votos, y lo da por bueno sin ningún tipo de verificación posterior, verificación que por otra parte es realizada con todo el celo del mundo cuando se trata de un evento que atenta contra el oficialismo.
A pesar de todos estos obstáculos la ciudadanía se mostró digna del compromiso, y se logró la meta de acuerdo a los números de la oposición. Pero las zancadillas continúan: se van a tomar 20 días hábiles para revisar algo que debería estar revisado de origen por el carácter automatizado del proceso, por lo explicado más arriba,  y tal vez tengan la osadía de decir que no se alcanzó el número de firmas necesarias. Aunque no creo que lleguen a tanto, no me sorprendería. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer si eso sucede?

domingo, 19 de junio de 2016

La lógica, el surrealismo y la poesía


Tal vez la única materia relacionada con las matemáticas que en realidad disfruté durante mi pasantía por la universidad fue la que en el pénsum de entonces se denominaba Lógica simbólica. El motivo de ese disfrute obedeció a que, paradójicamente, dicha materia tiene que ver más con la palabra que con el número. Es la disciplina que, entre otros temas, lidia con los silogismos, esas construcciones con dos premisas y una conclusión que debe deducirse de ellas,  tipo:

"Todos los árboles tienen raíces;
Las salamandras no tienen raíces;
Las salamandras no son árboles".

El aspecto lúdico de esa especie de acertijos, a pesar de estar soportado por una fuerte teoría, me hizo enamorar de la materia, y la seguí explorando aún cuando ya no estaba dentro de mis deberes formales.

Las clases nos las daba un profesor bastante excéntrico, que nos invitaba siempre a pensar fuera de la caja, y nos proponía adivinanzas que a veces no tenían mucho que ver con la materia, para expandir nuestras mentes. También fue quién nos hizo saber que uno de los grandes teóricos de la lógica fue el diácono Charles Dogson. Ese nombre no le sonará conocido a mucha gente, pero su seudónimo como escritor seguramente sí: Lewis Carroll.

Personaje complejo, este Carroll: diácono de la Iglesia de Inglaterra, a pesar de no creer en el castigo eterno para los pecadores; fotógrafo con gustos, para definirlos de una manera que no busque la polémica, peculiares; escritor de novelas fantásticas y poesía absurda; y además, matemático, con unos cuantos libros de texto de mucha reputación en su tiempo. En particular descolló en el campo de la lógica, y tiene un librito delicioso llamado "El juego de la lógica" que de alguna manera conjuga sus dos facetas de científico y artista, pues aúna unas aburridas páginas dedicadas a la teoría de la lógica a unas demenciales demostraciones de su aplicación. Lo veo como una especie de precursor del surrealismo, al leer lo siguiente:

"Ninguna rana es poética;
Algunos ánades están desprovistos de poesía;
Algunos ánades no son ranas".

O esto:

"Ningún perro terrier corretea entre los signos del zodíaco;
Nada que no corretee entre los signos del zodíaco es un cometa;
Nadie sino un terrier tiene una cola rizada".

Estos son apenas dos ejemplos sacados al vuelo de las páginas de ese libro. Pero hay mucho más, como la paradoja lógica que busca adivinar mediante ciertas premisas y reducciones al absurdo la presencia o ausencia de uno de los tres barberos que atienden en el pueblo, o el delicioso escrito "Lo que Aquiles  le dijo a la tortuga", que conjuga una hermosa prosa de clara tendencia surrealista con consideraciones sobre la teoría euclidiana.

Tal vez su obra novelística no haya sido sino una expansión de su obsesión por la lógica y su antítesis, el absurdo. Alicia en el país de las maravillas, por ejemplo, propone varias paradojas y acertijos que la protagonista debe resolver para seguir con vida, en medio de situaciones desquiciadas. Acertijos que fueron debatidos hasta mucho tiempo después de la publicación del libro, como el conocido "¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?" que ha obtenido soluciones tan brillantes como "En que Poe escribió sobre ambos", o la surrealista "Porque hay una A en ambos". Puede que Charles Dogson haya escrito su obra literaria para su propio solaz, pero probablemente nunca imaginó cuánto habría de divertir a las generaciones futuras.

Para terminar, copio la primera estrofa de una poesía de Carroll  que se encuentra en el prólogo de la edición española del libro "El juego de la lógica":

"Creía ver un elefante,
un elefante que tocaba el pífano;
mirando mejor vio que era
una carta de su esposa.
'De esta vida, finalmente' -dijo-
'siento la amargura'"

domingo, 1 de mayo de 2016

Sim Floyd, derribando la pared



En los comienzos del cine como atracción comercial no se había desarrollado aún la técnica que permite sincronizar el sonido con la imagen, y por ende las películas eran mudas. Para darle esa dimensión sensorial, en las salas en donde se proyectaban las películas - por lo general teatros adaptados a esa nueva función - se instalaba una orquesta que tocaba música acorde al film que se estuviera proyectando. Esas orquestas se disponían de manera de no estorbar a los espectadores en su visualización; eran meros instrumentos de apoyo al espectáculo.

Hoy asistimos a una presentación que me hizo recordar eso que no experimenté en primera persona, ya que desde finales de la década de los 20 del siglo pasado ya el cine era sonoro, pero que conocía por mis lecturas sobre los orígenes de ese espectáculo tan primordial como fuente de entretenimiento y cultura en nuestra civilización. Sin embargo, a diferencia de lo que pasaba cuando el cine era mudo, esta vez el espectáculo fue la banda, y el film sirvió de apoyo visual a su desempeño en la tarima. Me refiero al montaje "The wall", puesto en escena por la talentosa banda tributo a una de las agrupaciones más importantes del rock psicodélico, progresivo, espacial o cualquier otra etiqueta que se le desee poner a Pink Floyd. Ellos se hacen llamar Sim Floyd, pero ese "sim", que hace pensar en  la palabra "simulación", no debe llamar a engaño.

Durante los 95 minutos que dura la película tuvimos el privilegio de asistir a una impecable presentación de su banda sonora, ejecutada a la perfección por los grandes músicos que componen Sim Floyd. Y los calificativos que empleo no son exagerados: la sincronización, la interpretación de los instrumentos, y la vocalización de los entrañables temas que componen el soundtrack de The wall no hicieron echar de menos el material grabado. Es notable el grado de compenetración que alcanzaron con respecto al sonido original de la película. Cada nota estuvo en su lugar y en el momento preciso.

El espectáculo nos planteó una puesta en escena compuesta por una vieja butaca de raído terciopelo beige -que en un principio me pareció una de las que estuvieron por 30 años en casa de mis padres, y luego fueron a parar al depósito de una tienda de compraventa de muebles usados. Junto a ella, una mesita redonda con una lámparita encima. Por supuesto, el mobiliario pretendió emular el utilizado por Pink cuando se hallaba en estado catatónico en la habitación de hotel en donde arranca la película. Sobre el escenario, una pequeña pantalla anunciaba el lugar por donde desfilarían las imágenes creadas por el genio de Alan Parker, y debajo de ella el habitual set al que estamos acostumbrados al ir a un concierto de rock: la batería en el centro, hacia el fondo, a su lado los teclados y al frente las guitarras, el bajo y los parales para los micrófonos que utilizarían los vocalistas.

Ya desde el vamos supimos la magnitud del evento al que estábamos a punto de asistir. Cuando comenzaron a sonar las notas de "In the flesh", justo en el momento que en la pantalla se sacudían las cadenas de la puerta que iba a ser abierta a la fuerza, nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio. La piel se le debe haber erizado a más de uno de los presentes; por lo menos así me ocurrió a mí. Y lo mismo sucedió en cada uno de los temas que se fueron desarrollando ante nuestros ojos y sobre todo nuestros oídos. Lo que escuchamos fue Pink Floyd, ni más ni menos. Todos los músicos y los cantantes estuvieron a la altura del compromiso que se plantearan tres años y medio antes, cuando decidieron embarcarse en esa aventura inédita en el mundo, según nos contara Ángel Ricardo Quiñones, el guitarrista que no nos hizo extrañar a Mr. David Gilmour, así como pasó con cada uno de los demás integrantes de la banda.

El momento cumbre, tanto para mí como para el grueso del público a juzgar por  su reacción, fue la interpretación de Confortably numb, coreada con entusiasmo y energía por los asistentes, y que le permitió a Ángel lucirse en el par de solos que contempla la pieza, ejecutados con real pasión. Y para cerrar, fuera de la programación original y ya sin la película desarrollándose en la pantalla, nos obsequiaron "Hey you". Vaya manera de culminar el concierto.

En anteriores ocasiones en que he reseñado conciertos de bandas tributo, o de la Orquesta de Rock Sinfónico Simón Bolívar, no ha faltado el criticón de oficio que argumenta alguna tontería sobre la falta de originalidad. Y me pregunto si esa persona, cuando asiste a un concierto de música académica, no va a escuchar una rendición fiel de las notas compuestas por el autor de las obras puestas en escena. En mi opinión lo que hacen las bandas tributo es análogo, y cuando alcanzan niveles de excelencia como el que logra Sim Floyd yo, por lo menos, lo agradezco. Dado que ya no es posible asistir a un concierto de Pink Floyd, bienvenidas sean estas  iniciativas que nos permiten rememorar y disfrutar la música compuesta por los grandes héroes originadores de esta pasión compartida que es el Rock.

viernes, 25 de marzo de 2016

Las redes sociales y la incivilidad

Las redes sociales son herramientas invaluables para la interconexión. Yo le debo mucho a ellas, tanto como medio de diversión como para divulgar mi obra escrita. Además, permiten la comunicación a distancia con los seres queridos que por circunstancias varias se hallan lejos de nosotros. Por todo esto, soy un usuario agradecido, entusiasta y a veces excesivo de ellas.

Pero así como son excelentes medios de comunicación, también permiten constatar el lado oscuro de las personas. Estoy convencido de que hay gente, incapaz de decir ciertas cosas frente a frente, que cuando está delante  del monitor se siente imbuida de cierta patente de corso que le permite denostar, insultar y vejar a personas que nunca han visto en la vida real, por los motivos más fútiles.

Esta mañana tuve un episodio desafortunado que me dio pie para escribir estas notas. En uno de los grupos de Facebook que frecuento con bastante asiduidad, dedicado a documentar la historia de Caracas, alguien colocó una foto que no tenía que ver con el tema. A pesar de no ser administrador del grupo, por guardar amistad con las fundadoras del mismo y ser miembro de él desde casi sus inicios decidí hacer notar la impertinencia de dicha imagen por contravenir las normas.

El asunto es que la persona en cuestión había logrado cierta notoriedad por una serie de fotografías que documentan el inicio del Caracas Country Club, y  mantiene una especie de club de fans, incondicionales y defensores a capa y espada de sus posteos. Las reacciones a mi comentario (que fue textualmente: "Y no  es Caracas") fueron en general de desaprobación. Pero hubo uno que me llamó la atención por lo destemplado y agresivo. Una señora, con la quien jamás había cruzado palabra alguna, me dijo: "Mirco eres un cretino". Así, sin ton ni son. Como le respondí aludiendo al evidente insulto, le agregó leña al fuego diciendo que yo no conocía el significado de la palabra, según ella no insultante, y poniendo el significado de la RAE, algo así como "persona de escasa inteligencia, que no entiende el significado de las cosas". Es decir, reforzó la injuria.

Posteriormente, ejerciendo mi derecho a réplica, escribí un post en el grupo expresando mi sentir sobre lo ocurrido. Esto logró que quien colocara la foto que originó toda la situación la borrara, junto con todo el material que había colocado previamente en el grupo. Supongo que quiso castigarme, y al resto de la comunidad, por haber osado señalarle la falta a las normas. Actitud bastante infantil, a mi parecer.

Estamos hablando de adultos, de gente que debe haber obtenido educación tanto en sus hogares como en su formación académica y profesional. Esto me desconcierta, y me hace pensar si el hecho de no interactuar directamente con la gente sino a través de una interfaz electrónica deshumaniza la comunicación, permitiendo la emisión de expresiones totalmente inadecuadas. Me asusta lo contrario, sin embargo: que esta reacción virtual sea reflejo de lo que vemos en la calle día a día, donde el insulto gratuito es la norma, y la incivilidad se apodera cada vez más de las relaciones humanas, desplazando a la urbanidad que debiera regirlas.

sábado, 19 de marzo de 2016

Risotto de morcilla

Ajá, risotto de morcilla. En Italia dicen que se puede hacer risotto con lo que sea. De rosas, de ortigas, de calabacín. Yo me inventé éste, con un ingrediente particular. Lean y cocinen.

Ingredientes:
-un par de litros de caldo de carne o pollo. Debe estar a punto de hervor.
-una taza de arroz que no sea parbolizado o vaporizado. Si son millonarios, arborio, pero si fueran millonarios no estuvieran leyendo esto.
-una cebolla.
-un par de morcillas que no sean de arroz (con las nuevas de la montserratina, carupaneras, debe ser la gloria)
-una taza de vino tinto (opcional)
-un par de cucharadas del ingrediente secreto

Preparación

Se pone a sofreir la cebolla bien picada.
Se le agrega la morcilla, sin el cuero exterior.
A los 5 minutos, se agrega el arroz y el vino.
Cuando el vino se haya consumido, se agregan cucharones de caldo, uno o dos a la vez, mezclando eventualmente el arroz, y nunca dejando que se seque. Este proceso debe prolongarse por unos 20 minutos.
Cuando haya pasado ese tiempo, se agrega el ingrediente secreto: queso crema, o en su defecto crema de leche.
Acompañar  con queso parmesano, y el resto de la botella de vino.Tomado, no se lo vayan a echar al risotto.

  

martes, 15 de marzo de 2016

Aromas, recuerdos


Un milagro hizo que aparecieran las caraotas negras en el  supermercado, mientras hacíamos la compra, y pudimos por fin adquirir un par de paquetes después de una prolongada abstinencia. Un kilo, que para nuestra familia puede servir para tres o cuatro repeticiones. La encargada de la preparación de los granos en casa es mi esposa Marianella, pues es quien tiene el dominio de la cocción. Yo ayudo ocasionalmente, casi siempre corrigiendo el punto de sal o verificando el ablandamiento de los frijoles. Ella las pone a remojar desde la noche anterior, y luego las monta con solo agua. Cuando ésta  hierve, baja el fuego, le agrega los aromas y la sal, y luego aguarda por su cocción definitiva. Como ven, una manera bien sencilla de prepararlas, con resultados satisfactorios.

Ayer, por cuestiones de repartición de tareas, me tocó a mí el proceso de aliñar las caraotas, y eché mano a lo que había en la casa: un par de ajíes dulces, una ramita de cilantro, un poquito de comino, y por supuesto sal. Piqué los ajíes bastamente, y el cilantro con mayor dedicación hasta obtener unas partículas que pudieran ser esparcidas en la olla. Y espolvoreé apenas una pizca de comino, pues puede ser muy invasivo si se abusa de él.

Cuando hube terminado, y aún después de lavarme las manos, noté que en ellas persistía el olor penetrante del cilantro, e inclusive podían apreciarse las notas del ají dulce, muy en el fondo. Y me puse a cavilar sobre el poder evocador de los aromas. Casi fatalmente me retrotraje a mi infancia, a la cocina de mi casa. Aunque los aromas allí eran otros: reinaban la albahaca, el romero, la salvia, el orégano. Olores mediterráneos, italianos. Los aliños criollos no tenían cabida frecuente, salvo cuando mi madre se aventuraba a preparar algún platillo venezolano que le enseñara una vecina. Y aún así esas recetas eran corregidas, para albergar algún ingrediente que las hicieran más aceptables a los paladares a los cuales estaban destinadas.

Tal vez el ejemplo más patente de esta situación tuvo lugar cuando se nos ocurrió hacer hallacas en casa de mis padres, por primera (y última) vez. Para ese momento ya era novio de Marianella, y había participado en tal vez una o dos ceremonias de preparación del condumio  navideño en su hogar, por lo que me consideraba bastante preparado como para dirigir, acompañado por ella, una jornada de elaboración de hallacas. Sin embargo, hubo un factor que no tomé en cuenta: la creatividad de mi padre. A él se le ocurrió que, en vez de elaborar un guiso tradicional, podíamos rellenar las hallacas con un estofado propio de la región del Véneto, la pastisada. No de caval, es decir, de caballo, como se elabora en la receta original, sino de algún corte de segunda que permita la larga cocción de la carne, y que no infrinja ninguna ley de protección animal. Creo que se usó lagarto, que en italiano recibe el nombre de manzo, pero no me atrevo a jurarlo dada la gran cantidad de años que transcurrió desde ese momento. La pastisada es un plato que se remonta al temprano Medioevo, específicamente al año 489 D.C. Y se originó, según la leyenda, como resultado de una feroz batalla ocurrida en las cercanías de Verona, en la cual cayó muerta una gran cantidad de caballos. Dicha circunstancia fue aprovechada por la población, que estaba pasando por un período de carestía y hambruna, para aprovisionarse  con la carne de las nobles bestias, puesta a macerar en vino y especias para prolongar su conservación. En fin, que la receta quedó en la tradición gastronómica de la ciudad y mis padres se la trajeron a Venezuela, cambiando de animal por razones obvias pero respetando el resto de la receta. La pastisada se casa a la perfección con la polenta, y de allí a imaginarla dentro de la masa amarilla de la hallaca fue un paso natural para la imaginación desbocada de mi padre. ¿Qué podría salir mal?

En realidad, todo. Ya sea por la inexperiencia de los participantes, o por la insólita combinación de sabores, el experimento resultó un fiasco total y absoluto. Pudimos constatar que la suma de dos cosas buenas no produce por necesidad una mejor. Creo que el único en alabar esas hallacas mestizas fue su inventor, más por pundonor que por convencimiento. Afortunadamente la producción fue muy escasa, tal vez unas 20 o 30 piezas, por lo que pudieron desaparecer sin mucha pena. Y ninguna gloria.

Copio a continuación la receta de la pastisada. Pero, por favor, no se les ocurra utilizarla como relleno de nada. Acompáñenla con una polenta recién hecha, o pasada por la brasa, y regada generosamente con los jugos de la preparación. Así, es una maravilla.

Ingredientes para 4 personas:
  • 600 gr de lagarto sin hueso, falda, pollo de res o similar
  • 2 zanahorias, 1 céleri (la parte blanca), 2 cebollas
  • Una hojita de laurel
  • Nuez moscada
  • Clavos de olor
  • Sal, pimienta en granos al gusto
  • 30 gr de harina
  • 40 gr de aceite de oliva
  • 40 gr de mantequilla
  • 100 ml de caldo de res
  • 1 lt de vino tinto (Valpolicella sería el indicado)
Preparación:
Colocar en un recipiente la carne cortada rústicamente y cubrirla con el vino. Dejarla marinar por uno o dos días, preferiblemente. 
En una cacerola se colocan el aceite y la mantequilla, y una vez calientes se saltean en ellos las verduras cortadas en juliana. Escurrir la carne, clavarle los clavos de olor, enharinarla y ponerla en la cacerola. Cocerla por alrededor de una hora.
Agregar el vino de la marinada, el laurel, los granos de pimienta y un poco de nuez moscada rallada. Dejar cocinar a fuego moderado por unas tres horas. De secarse mucho agregar algo del caldo de res. Ajustar sal y pimienta hacia el final de la cocción. La carne deberá quedar suave y desmechable.


lunes, 29 de febrero de 2016

Venezuela: no country for Mad Max



Resulta demasiado fácil establecer analogías entre los hechos ficticios representados en una película y la realidad abrumadora que nos envuelve. Basta hacer un poco de ejercicio de abstracción, algún ajuste de ideas, y se logra el cometido.

Esto viene a colación por la inevitable Mad Max. Esta película  viene como anillo al dedo para ejemplificar la situación venezolana: un caudillo que controla todos los productos esenciales para la vida, una población sometida por la fuerza del hambre y la sed a los designios del tirano, una élite que vive en la esfera del poder disfrutando de sus prebendas, y unos fanáticos dispuestos a inmolarse por la gloria de haber muerto para defender al caudillo. Sí: en Venezuela tenemos (o tuvimos) a Inmortan Joe, a los emperadors, a los war boys. Seguramente habrá alguna breeder. Hasta algún émulo de Furiosa podemos encontrar. Y, por supuesto, tenemos la gran masa de extras que eleva la totuma sobre la cabeza cuando al líder se le ocurre abrir el chorro.

Sin embargo, falta algo: Mad Max, precisamente. Yo no sé los demás, pero no identifico esa figura en nuestro país. No digo que falten aspirantes, que de esos hay de sobra. Pero creo que ninguno está dispuesto a hacer el gasto. Nuestros "Mad Max Wannabe" son demasiado modositos, no saben pelear sucio, y se meten en el barro esporádicamente, cuando hay un fotógrafo cerca. O, si fuera por ellos, la película se acabaría en los créditos, apenas al ser apresados.

Y esto no es ni bueno ni malo, sino lo real. No somos una película, somos una especie de país que busca a ciegas cómo recomponerse mientras se saca de encima una clase dirigente ineficiente y corrupta, que ha dilapidado la fortuna más grande que le haya entrado a Venezuela jamás sin dejar casi nada a cambio, y que tiene a la nación al borde del colapso. Y para lograr eso no se necesita a un antihéroe psicótico en busca de redención, apoyado en efectos especiales y coreografías espectaculares. Lo que necesitamos es gente comprometida con el cambio, estratega, astuta, y con la suficiente credibilidad para lograr un apoyo masivo de la población, que debería ser la manera adecuada de salir de este atolladero. La alternativa ya la hemos visto en el pasado. Los Mad Max tropicales no suelen retirarse con las manos vacías cuando logran derrocar al villano de turno, sino que se convierten en los nuevos Inmortan.

jueves, 28 de enero de 2016

Adiós al hermano



A la memoria de José Mercader (26/1/1954 - 28/1/2016).

La vida te da hermanos que no son consanguíneos, pero no por ello menos importantes. Esos hermanos elegidos pueden llegar a ser más cercanos que los reales, y te acompañan en los momentos cruciales de tu existencia.

José Víctor Mercader, Jose para todo el mundo, para mí fue -¡qué triste es usar el tiempo pasado para referirse a él, carajo! -   uno de esos hermanos. Desde el momento en que lo conocí (era 1976, hace la bicoca de 40 años) tuvimos una cercanía que no hizo más que fortalecerse a lo largo del tiempo. Entró a mi vida con el rol de novio de mi hermana, y lejos de tratarme como se trata a un niño de 15 años cuando tienes 21, establecimos una rápida camaradería, gracias a algunas afinidades: la música, el cine, ciertas lecturas. No tenía ningún problema en llevarme a pasear con ellos dos, a pesar de que hubiera podido prescindir de mi presencia sin ningún remordimiento. Pero así era él. Realmente contar con su amistad era genial: constituía la puerta de acceso a ciertas diversiones que de otra manera no hubiera podido conocer, por lo menos a esa edad. ¡Cómo le sacamos el jugo al Fiat 124 de mi hermana! En esos tiempos heroicos de carreteras de tierra y ausencia de puentes en la carretera de la costa, ese carrito nos llevó más de una vez a esas playas solitarias. Y nunca nos dejó botados, que recuerde. ¡Cómo le gustaba manejar, o rufear de acuerdo a su particular vocabulario setentoso! A veces salíamos a más nada que dar vueltas por la periferia de Caracas, sólo por el gusto de la carretera y la noche.

Son miles los recuerdos que uno puede atesorar durante tanto tiempo. El rally de arquitectura de la UCV, en 1977; el viaje a Italia durante el cual hicimos un recorrido por la bota, y no pagamos ni una vez alojamiento ya que dormíamos en donde nos agarrara la noche; el paseo a las islas chimanas con los músicos de la banda de rock Estructura (grandes panas de él en ese momento), en donde debutamos como pareja dominocera y no dejamos títere con cabeza... y así, como esas, muchas otras ocasiones que rememorábamos entre tragos y risas cuando ya éramos más grandes, y  teníamos esposas e hijas. Tal vez nos volvimos más sedentarios, pero nunca más serios. La seriedad no era algo que traficara con mucha frecuencia entre nosotros.

A pesar de la diferencia de edades, cuando Marianella y yo consolidamos nuestro noviazgo también consolidamos la relación con la pareja formada por mi hermana Daniela y Jose. Era muy común que los fines de semana quedáramos para una salida a un restaurant, o a un cine, o incluso, en tiempos difíciles, a comernos un helado en alguna plaza, tan sólo por el placer de estar juntos los cuatro un rato.

Claro que no voy a caer en la exageración de decir que todo fue perfecto. Tuvimos grandes atajaperros, sobre todo ya de mayores, porque uno se vuelve terco e intransigente, y en alguna oportunidad llegamos a distanciarnos. Pero nunca fue por demasiado tiempo, ya que pesaba más la camaradería que las eventualidades que podían surgir. Siempre nos reencontrábamos, en alguna de las fiestas familiares, y todo quedaba zanjado con un abrazo.

Jose tenía el don de conquistar a la gente sin ningún esfuerzo. Siempre tenía un chiste a flor de labios, una chanza, o una frase que como cosa de magia le abría las puertas más cerradas. Claro que ese don de palabra a veces obraba en su contra, con algunas metidas de pata memorables. Que subsanaba enseguida a punta de puro encanto.

Otra de las características que constituían su impronta era su legendario apetito. En sus buenos tiempos podía comer un menú de 4 platos, y preguntar por el postre. Claro, todo con mucho pan. Era la única manera de pasar esas comilonas. No era un gran bebedor, pero sí tenía un paladar bastante particular. Nunca hizo migas con el whisky, pero en cambio adquirió el gusto por el Martini, impuesto desde la época de enamoramiento con la familia política. Se podía instalar con mis padres y bajarse entre los tres jarra tras jarra de ese trago que para mí era imbebible.

Una de sus grandes pasiones fue el cine. Tenía una memoria prodigiosa, en la cual almacenaba la cientos o tal vez miles de películas que había visto a lo largo de su vida, y podía recrear la trama de una oscura cinta de los años cuarenta que hubiese visto en una función de Señor Cine, al filo de la medianoche. Otro tanto ocurría con la televisión: solía contar que en su tempranísima infancia, allá por el año 56, se instalaba a ver toda la programación de los canales que comenzaban a ser parte del día a día, y se calaba interminables documentales sobre la siembra del arroz o comiquitas en su idioma original, generalmente el inglés. Eso no era obstáculo para que las sorbiera con fruición a pesar de no entender los parlamentos: él mismo se creaba la historia.

Ya en el crepúsculo de su vida, Jose se convirtió en lo más cercano a un patriarca a lo que he estado, después de que desaparecieran mis padres referentes. Sus dos hijas junto con sus yernos constituían su entorno, un entorno jubiloso y risueño en donde él campeaba por derecho propio. Su casa era su castillo, tal y como lo proclamaba cada tanto, y en ella lo dejaban reinar, a veces riéndose por debajo por sus pecualiaridades pero por lo general en franca armonía. Pero no era su único feudo, y aquí voy a caer en la infidencia de nombrar un grupo secreto de Facebook llamado muy a propósito "La barra de Jose", una peña en donde decenas de personas hacían y espero que sigan haciendo vida, atendido por sus propios dueños: Jose VicThor, Víctor Albert y el campechano y populachero Pepe Botella, los dos últimos sendos alter egos de Jose. Hoy la barra está cerrada por duelo, pero espero que en un tiempo perentorio vuelva a funcionar para perpetuar el legado de gozo y humor de su creador.

Es injusto que la vida nos haya arrebatado a este singular personaje a tan temprana edad, pero a ella eso no le importa gran cosa. Avanza sin mirar hacia atrás, y lo mismo nos toca hacer a nosotros. Pero siempre recordaremos a Jose, el hermano que escogimos. Buen viaje, y gracias por todos los momentos.

martes, 19 de enero de 2016

¿Cuánto cuesta comer un día en Venezuela? Actualizado al 19 de enero de 2016



En julio de 2014 hice un ejercicio para calcular cuánto costaba un día de alimentación -alimentación sumamente básica, por cierto - en Venezuela. ¿El resultado? En ese momento, 364 BsF para una familia de cuatro personas. Seis meses después repetí el experimento, y ya esos mismos alimentos experimentaron un salto a 716 Bs. Lo volví a hacer en julio de 2015, y ya el costo iba por 1.342. Vamos a actualizar los precios, para entender de cuanto ha sido la inflación con cuentas de bodeguero, en los últimos 6 meses.


Tomemos un menú bastante austero, como lo son los tiempos que corremos:

----Desayuno----
Sandwiches de jamón y queso
jugos para lonchera
galletas para la merienda a media mañana

----Almuerzo----
Hamburguesas
frutas

----Cena----
Cereal

Recuerden, todos los cálculos se presumen para una familia de 4 personas.
Para el desayuno:
Suponiendo que a cada sandwich le colocamos 25 gramos de jamón y 25 de queso, a un costo promedio de 2.000 Bs/Kg, son  400 Bs, más 2 canillas a 50 Bs c/u, 500 Bs. A 125 Bs cada sándwich, hecho en casa. Los juguitos y las galletas son para las muchachas, así que serían 2 jugos x 80 Bs  más 2 galletas por 100 Bs. En total nuestro humilde desayuno nos habrá costado 860 Bs.

Vamos con el almuerzo. La carne molida, a precio de hoy, está a 1.800 Bs. Si hacemos nuestras hamburguesas de 150 gramos, necesitamos 1.080 Bs. La bolsa de pan de hamburguesa que no sea de marca tipo Bimbo o Holsum - allí sí uno termina de desangrarse - se puede conseguir en unos 300 Bs. Como trae 8, entonces dividimos eso entre dos. Ahora, para que nuestra hamburguesa pueda ser considerada un plato balanceado, necesita llevar algún vegetal; nos decantamos por los tomates. Necesitamos un par de tomates, que dependiendo del momento pueden costar entre 80 y  100 Bs. Vámonos por el promedio, 90 Bs. La fruta también depende de la variedad  y la estación, vamos a ser prudentes y decantémonos por los humildes cambures; unos 150 Bs por 4 unidades, puede ser. En total nuestro almuerzo habrá salido en 1.470 Bs.

La cena es más sencilla. El cereal cuesta alrededor de 500 Bs por 500 gramos; asumiendo que cada persona se come 100 gramos de cereal, son 400 Bs. Y digamos que ese cereal se va a acompañar con 200 ml de leche, a 290 Bs el litro, son 216 Bs. En total la cena habrá costado 616 Bs.

Recapitulemos: para alimentar medianamente a una familia de 4 personas se necesitan 2.946 Bs diarios. Eso representa un incremento de 1.604 Bs. con respecto al calculo hecho en julio del año pasado. Es decir, un 119% de aumento. En 6 meses. Y si nos remontamos a un año hacia atrás nos recibe un monstruoso 311%.  Los últimos números oficiales hablan de una inflación anualizada al tercer trimestre de 2015 de un 140%. Es un número exorbitante, pero lo peor es saber que, enorme y todo, está maquillado. No quisiera verlo sin maquillaje. Otro dato inquietante: el precio de la cesta petrolera venezolana se acerca rápidamente al costo de su producción.

Si vemos el gráfico que encabeza el texto, notamos que julio 2015 es un punto de inflexión bastante pronunciado; la inflación presenta un gran repunte en ese momento. Y no hay señales en el ambiente que contribuyan a la tranquilidad. El anuncio de emergencia económica no era necesario, todos ya lo sabíamos.