viernes, 15 de febrero de 2019

Zampone y cotechino


En estos días, hablando con unos amigos, salió el tema del zampone. Ellos, a sabiendas de mi origen italiano, me preguntaron sobre ese producto que habían consumido en alguna oportunidad, pero del cual no tenían mayores informaciones. Esa palabra tuvo el poder de hacerme retroceder varias décadas en el tiempo, concretamente a las mesas de navidad de mi infancia y adolescencia. En ellas era normal que campeara, en una bandeja ovalada, un pariente directo del zampone: el cotechino (que se pronuncia “cotequino”), rodeado por sus acompañantes clásicos: lentejas y puré de papas. En el fondo, son casi lo mismo, el zampone y el cotechino. Lo que los diferencia es el recipiente que contiene la mezcla de carne porcina triturada gruesa y especias. En el caso del zampone, lo que se rellena es el cuero de la pata anterior del cerdo, previamente vaciada de todo su contenido, y de allí su nombre: pata en italiano es zampa, entonces zampone viene siendo algo así como patota.En cambio, el cotechino viene envuelto por la tripa del cochino, o alguna variante artificial en los últimos tiempos. El origen de este embutido, tradicional de la zona de Módena, es guerrero, y se remonta al año 1511.Se cuenta que la ciudad de Mirandola se encontraba sitiada por las tropas del papa Julio II. Lo único que le quedaban como provisiones a los mirandolinos eran unos cerdos, y para evitar que la milicia papal se los llevara decidieron sacrificarlos y conservar su carne dentro de los propios cueros de los animales. Posteriormente fueron perfeccionando el sistema hasta llegar a las presentaciones actuales. Esta historia me recordó a la de otro plato, tradicional de la ciudad de mis padres, Verona,llamado “pastisada”, cuyo origen es similar. La guerra, algo tan terrible, propició entonces la aparición de dos delicias gastronómicas que siguen deleitando paladares muchos siglos después.

martes, 29 de enero de 2019

La modernidad

En los años 50 nació un imaginario centrado alrededor del automóvil. Se comenzó a imponer un estilo de vida en donde el carro era el protagonista, y la vida se resolvía prácticamente sin salir del vehículo. Comenzaron a proliferar cosas como el autocine, el servicio a los carros en las fuentes de soda, e incluso aparecieron los primeros autobancos. En dicho imaginario, una persona podía hacer transacciones bancarias, consumir una cena y asistir a una función de cine, sin necesidad de bajarse de su automóvil. Era el súmum de la modernidad, y un arquetipo que duró hasta tal vez finales de los años 90, cuando terminaron de desaparecer los autocines, para desconsuelo de muchas parejas que conseguían intimidad a bajo costo y con cierta seguridad. Actualmente, el último vestigio que queda de esa concepción de ciudad es la taquilla de servicio al vehículo de algunas cadenas de comida rápida y de farmacias. 






En lo personal nunca le vi mucho atractivo a eso de comer dentro del carro, la verdad. Eran inevitables los derrames de salsas y refrescos, y el olorcito a hamburguesa se le pegaba a los asientos como no lo hacía ningún ambientador.





El autocine de la foto es el primero que se construyó en Venezuela, el Chaguaramos. La pantalla en donde se proyectaba la película era la pared posterior de un edificio en donde funcionaba la fuente de soda, pero también, aparentemente, había unidades habitacionales, cosa que se deduce por los tres balcones que se asoman en un lateral de la fachada. Siempre fantaseé con escribir algo sobre eso, un cuento en el cual los personajes de las películas aparecían en los apartamentos y se entrometían en la vida de la gente, pero luego Serrat sacó "los fantasmas del Roxy" y se me pasó.







Este autobanco precursor estaba situado en el Centro Profesional del Este, edificio emblemático de la modernidad caraqueña, en donde muchas empresas, sobre todo relacionadas con la arquitectura y la ingeniería, tuvieron su sede a partir de los años 50.


sábado, 12 de enero de 2019

Partir

Soy – ay, inculto de mí – un mal lector de poesía: casual, indisciplinado, y sobre todo ineducado. Eso no obsta para que pueda disfrutar de vez en cuando algún poemario. Hoy retomé “Partir”, de Alejandro Sebastiani Verlezza, editado por Carsten Todtmann y Luna Benitez, dentro de la colección de poesía de Oscar Todtmann. Lo hice en compañía de un puro y las notas de “The raven that refused to sing”, de ese artista relativamente desconocido que es Steven Wilson. A medida que me sumergía en esa atmósfera multisensorial, noté un paralelismo entre las tres experiencias: así como el humo se desplazaba por el aire, lo hacía la música, y las palabras de Alejandro se distribuían caprichosa pero armónicamente sobre las blancas hojas del libro. Una de las cosas que más me llamó la atención del poemario es precisamente esa: la cuidada diagramación, y el sapiente uso de las diferentes fuentes tipográficas. No es un artificio, o por lo menos no lo percibí así. Es una manera eficiente de transmitir el mensaje contenido en el libro. Sobre el contenido en sí no tengo la experticia suficiente para brindar algún tipo de análisis, pero me conmueve, en el sentido amplio de la palabra.

viernes, 11 de enero de 2019

Ya nadie escribe cartas

Ya nadie escribe cartas. El género epistolar, de ser una necesidad dictada por las medios de comunicación existentes, básicamente pluma papel y transporte, evolucionó hasta convertirse en un arte ampliamente explotado por la literatura. En esas cartas viajaban informaciones, reclamos, emociones y recuerdos. Uno se estrenaba bastante joven en esas lides, ya sea para comunicarse con los parientes lejanos (en el caso de nosotros, familia inmigrante) o para procurarse la atención de alguna muchacha de la cual estuviéramos fuertemente "enamorados", esa mezcla de atracción física e interés por conocer más íntimamente a la dueña de nuestros deseos que confudíamos con el amor. Entonces, con menor o mayor chapucería, escribíamos cartas insufladas de epítetos cuyo grado de intensidad variaba de acuerdo a la atracción ejercida por la destinataria, o el valor que tuviera el remitente. Indudablemente eran cartas cursis hasta extremos vergonzosos, y por lo general infructuosas, pero eso no impedía que repitiéramos la receta procurando mejorarla, con otra candidata. Con la aparición de la mensajería instantánea, ya sea a través de los sms, el antiguo messenger, el correo electrónico o más recientemente el whatsapp, se perdió definivamente ese arte. Es que la gente ya ni escribe: manda una sarta de emojis, o un "voice", y ya, se despacha la necesidad de informar sin pasar por el trámite de escribir. Ya nadie escribe cartas, y es una lástima.

lunes, 7 de enero de 2019

Siete de enero

El celular me inforrma que son las 8:14 del lunes 7 de enero de 2019. Sumido en la leve resaca producto de la celebración de Reyes, en donde tal vez se tomó una copa de más, reparo en la fecha: durante la infancia, ese era uno de los días agridulces del año. El regreso a clases, luego de las vacaciones navideñas. Suponía dejar atrás los días de ocio, que pasaban por la impaciente espera por el 24 y los regalos estacionados debajo del árbol, y luego los días de disfrute de los juguetes, sin mayor preocupación que sacarles todo el jugo posible durante esas par de semanas. Y reencontrarse con los amigos, tal vez luciendo en la muñeca el Nivada, o el Mulco, o más recientemente el Seiko, que los más afortunados recibían como regalo mayor en Navidad. Volver a madrugar, tal vez eso era lo más duro. Sin embargo, había un consuelo: a la vuelta de un mes, otro pequeño asueto dedicado al rey Momo, y cuarenta días más tarde toda una semana más de vacaciones. Pensándolo bien, nuestra vida era un archipiélago de festividades a las que llegábamos tras una pequeña travesía por el mar de las obligaciones.

viernes, 4 de enero de 2019

El acto de magia más asombroso del mundo

Puedo decir con precisión el día en que ocurrió: fue el 14 de junio de 1970. O por lo menos esa es la fecha que mis conexiones neuronales me hacen extrapolar, de los recuerdos que tengo alrededor del hecho que estoy a punto de narrar. Llego a esa conclusión pues sé con certeza que se trataba de un día de fin de semana, y que ocurría un acontecimiento deportivo importante, relacionado con el mundial de fútbol que se desarrollaba en ese momento en México: el partido de Italia con la selección anfitriona, en cuartos de final. Pero estoy divagando. Ese día me llevaron al circo. No sé cual circo; tal vez el de los Hermanos Razzore, que es uno de los nombres (o el único, salvo el de los Valentino, que no son de esa época) que recuerdo. No me llevó algún familiar, sino el padre de una amiga de mi hermana, que tenía otros dos hijos algo menores que yo y como una cortesía me invitó. Recuerdo una carpa, ni grande ni pequeña, unos tablones en donde se sentaba la gente, un vago olor a cotufas y algodón de azúcar, unos payasos más bien tristes. Y también recuerdo la cosa más extraordinaria que hubiese visto en toda mi vida, a mis diez años recién cumplidos. Sonaron unos redoblantes, y el locutor del circo anunció la siguiente atracción: el mago. Su nombre, por supuesto, no lo retuve. Pero sí lo que ocurrió a continuación: sobre la pista estaban dos cajones alargados, y dos muchachas, del mismo tamaño, vestidas de la misma manera. Un top amarrado sobre la barriga, dejando al descubierto el ombligo, y unos pantalones estilo odalisca. La rubia estaba vestida de azul, y la morena de rojo. A continuación, cada una se introdujo dentro de uno de los cajones, y el mago, con una enorme sierra, procedió a serrucharlas por todo el medio de esos ataúdes. Una vez terminado el sangriento (en mi imaginación, pues no creo que haya habido algún efecto especial de sangre chorreando) acto, separó las dos mitades de cada cajón, y ensambló la mitad superior del primero con la inferior del segundo , y viceversa. Luego, abrió ambos cajones, saliendo del primero una rubia con top azul y pantalón rojo, y del segundo una morena con top rojo y pantalón azul. No podía creer tanto portento. Sabedor de haber sido testigo de un acto de magia tan fabuloso, caí en un mutismo solemne. Cuando llegué a mi casa, después de esa experiencia tan impactante, me conseguí con mi padre más contento que un chiquillo en el circo, pues el equipo de sus sueños, la squadra azzurra, le había ganado a Mexico  4 a 1, pasando a semifinales. Creo que a ambos nos costó conciliar el sueño esa noche, por el mismo motivo pero en circunstancias distintas.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Coger carretera

No me considero una persona solitaria. Sin embargo, la soledad no me espanta. Es más, a veces la disfruto, en determinadas circunstancias. Una de las cosas que añoro son los viajes por carretera. Solo, sin otra compañía que mi carro y una decena de cassettes mezclados, puestos a sonar a todo el vatiaje que mi repro Pioneer KP9000 era capaz de proporcionar. Por lo general, esos viajes iniciaban el viernes, a eso de las 5:30 o 6:00 pm. A esa hora estaba enfilando hacia la carretera de oriente, al salir del trabajo. Mi Malibú Classic, modelo 84, estaba presto a devorarse los 300 y pico de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, obedieciendo las órdenes que le daba desde mi puesto de mando en el habitáculo. Sus seis cilindros y sus 328 pulgadas cúbicas de desplazamiento podían alcanzar velocidades que alguna vez vieron al velocímetro rozar el guarismo 160, en las largas rectas que de vez en cuando regalaba la estrecha y maltrecha carretera, Eran tiempos heroicos, cuando la vía pasaba por todo el medio de las poblaciones y la autopista tenía construido apenas el tramo hasta Guarenas, y el camino era un peregrinaje por caseríos de nombres curiosos, como Araira, Tapipa, El clavo, Machurucuto, Boca de Chávez. Yo me aprendía los nombres que leía a mi paso, y sabía que cuando llegaba a la Granja Ladera estaba más o menos a mitad de camino, y la impaciencia me hacía pisar tal vez más de lo debido el pedal del acelerador. Pero no por mucho tiempo, pues enseguida comenzaba la zona montañosa de Aguas Calientes, lo que representaba tal vez unos veinte minutos de andar pausado y precavido, pues más de un carro se había ido por el barranco. Luego de ese tramo ya todo era más fácil: faltaba pasar por Clarines, luego Puerto Pirítu, y por fin el destino de mi viaje: la trinidad Barcelona-Lechería- Puerto la cruz. Habrían pasado entre cuatro y cinco horas desde el momento de mi partida, de no haberse presentado inconvenientes mayores, y yo me sentiría algo exhausto pero feliz por ese tiempo a solas conmigo.  

domingo, 4 de noviembre de 2018

Learning to drive



Hay películas que pasan desapercibidas injustamente, tal vez por faltarle el músculo publicitario de los grandes estudios,o porque su tema se aleja de los que consume con fruición el público masivo; que, en una palabra, no tienen lo que se necesita para volverse ”mainstream”. Ayer vi una de esas películas. Se llama “Learning to drive” (2014). Cuenta en su elenco con nadie menos que Sir Ben Kinsgley, además de una actriz que no conocía o no recordaba, Patricia Clarkson, que fue una agradable sorpresa. A partir de una premisa muy simple, la película desarrolla una trama con múltiples impicaciones y consideraciones, que van desde la inmigración ilegal hasta cómo afrontar el adulterio, pasando por el sexo tántrico y los matrimonios arreglados. La anécdota ve a un inmigrante indú, interpretado con mucha soltura por Kinsgley (no en balde protagonizó ese portento de personaje que fue Gandhi, hace 36 años) que, para poder mantenerse en Nueva York, desempeña dos trabajos detrás del volante: alterna el oficio de taxista, que cumple en las noches, con el de instructor de manejo. Es en su faceta de taxista que conoce, en circunstancias algo traumáticas, a Clarkson. A partir de ese momento sus vidas entran en contacto, y ambos obtendrán valiosas lecciones de vida el uno del otro. Trataré de no hacer ningún spoiler mayor; solamente diré que la película se salva de concluir al estilo holliwoodense, lo que agradecí bastante.  Se las recomiendo; está en Netflix.

sábado, 3 de noviembre de 2018

El callejón de la puñalada

Nunca frecuenté algún local del callejón de la puñalada, llamado formalmente Pasaje Asunción. Pero esa calle no me es ajena. La visitaba asiduamente en mi infancia, pues en uno de los inmuebles que se asoman a ella vivía una familia conocida. Era la casa de una buena amiga de mi hermana. En mis recuerdos era un apartamento más largo que ancho, con el desorden propio de un lugar en donde vivían una adolescente y sus dos hermanos pequeños. Unas oscuras escaleras conducían hacia él. Creo recordar un largo balcón que permitía asomarse al callejón. Yo, a mis 7 u 8 años, era inocente a la vida que se gestaba más abajo. No sabía que la bohemia intelectual de esa Caracas, imbuida de vapores revolucionarios y altamente alicorada, tenía su asiento allí, en los varios bares que cobijaba. Luego, de mayor, lo evadía. Su fama, que ya conocía, hacía que el pequeñoburgués de mí sintiera algo entre el temor y la repulsión por ese sitio. Hoy es asiento de algún local de ambiente, un hotel que tiene toda la vida allí, y una fauna variada de buhoneros, hippies y hippiebuoneros, tatuadores y colocadores de piercings. No sé del origen del nombre con el que se conoce, sería genial encontrar alguna crónica que lo explicara. Caracas necesita rescatar esa historia menuda.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Yonaider, piloto

Yonaider está en la fila del cerro en donde vive, volando un papagayo que hizo con dos veradas que cogió en la quebrada y papel celofán que encontró en la bolsa de basura que había registrado más temprano, en su patrullaje cotidiano. El papagayo le salió bien bueno, y ya es un puntico en el cielo, casi invisible. No sabe cuánto pabilo ha desenrollado, pero de seguro son cientos de metros. Yonaider afina la vista para tratar de ver a su creación, pero de pronto lo distrae otro objeto volador. Un blanco, reluciente y modernísimo jet, que todos los días cruza por encima del cerro, a la misma hora. Yonaider sueña con volar un día dentro de ese jet. Por ahora, debe conformarse con pilotar su cometa. Su honesto papagayo.