sábado, 4 de mayo de 2019

Pedro el afortunado



Salvo por la celebrada "El festín de Babette", el cine de Dinamarca es un perfecto desconocido, para mí. Anoche pude apreciar otra película danesa, llamada “Pedro el afortunado”. Es una de las ofertas más recientes de Netflix, cuyo catálogo sorprende con la incorporación de películas de todas partes del mundo.  Lykke-Per, como se titula en su idioma original, no es una película para todos; es más, sospecho que a la mayoría le parecerá lenta y aburrida. Su duración también atenta contra la simpatía que pueda general en la audiencia general, pues roza las tres horas. Sin embargo, yo la disfruté. Está basada en una novela de un autor danés, que fue premio Nóbel en 1917, Henrik Pontoppidan (del cual no conocía nada previamente, aclaro), y tal vez su enfoque literario me llevó a sentir empatía con la historia. Historia que, más que con la trama y los diálogos, se cuenta a través de los detalles visuales que va soltando el director. El manejo de la luz me pareció excepcional, así como la correcta adecuación histórica de ambientes y vestimenta de los personajes.

Este film tiene diversas lecturas: presenta el conocido dilema de la rivalidad irresuelta padre-hijo, la huída del hogar y el posterior arrepentimiento; también tiene una fuerte impronta religiosa, y contrasta la rigidez y morigeración de la familia cristiana del protagonista con la opulencia y alegría de la comunidad judía en la que hace vida su interés amoroso (como dije antes, los detalles revelan con mucha eficacia dicha contraposición). Y, por último, es un testimonio de cómo las ideas de progreso deben combatir contra los obstáculos de la tradición y la costumbre.

Comentario aparte merece la escenografía, tanto de interiores como de exteriores. La longitud de la película se debe, en parte, a la contemplación de los paisajes daneses, que el director prodiga con tal vez generosa frecuencia. Pero intuyo que es un recurso para justificar el temperamento de los personajes que deambulan por la historia de Pedro, el afortunado.


viernes, 26 de abril de 2019

Las cosas más sencillas

Cuando estaba pequeño - transcurrían los años 60- la principal distracción casera era ver televisión. La industria televisiva estaba tal vez en su adolescencia; en Venezuela había comenzado a funcionar en la década anterior, y ya se había entronizado en el gusto de la población, convirtiéndose en el pasatiempo de elección de aquellos que podían costearse un aparato, que no eran pocos. En cambio, sí eran pocos los canales a disposición de la audiencia: en el momento en el que sitúo mis recuerdos, apenas el 2, el 4, el 5 y el 8. En ese conjunto había uno que me llamaba mucho la atención, pues sus programas no tenían mucho que ver con la oferta de los otros tres, que proponían esencialmente series extranjeras, comiquitas, programas de variedad y telenovelas. Era un canal “solemne”, aunque no creo que esa palabra hubiese formado parte de mi léxico en ese tiempo. Su programación proponía documentales variados, sobre temas tan diversos como la siembra de arroz en Calabozo o la construcción del canal de Panamá, selecciones de música clásica interpetada por grandes orquestas, y disertaciones de unos señores muy serios sobre temas que generalmente no alcanzaba a entender. Había una excepción: uno de esos señores hablaba de cosas que me llamaban mucho la atención: desde los recuerdos de un viaje en tren por la sinuosa geografía del centro de Venezuela, atravesando valles, sobre puentes que vencían abismos pavorosos, o pasando por dentro de enormes montañas gracias a unos oscurísismos túneles, continuando por la dulcería tradicional caraqueña, y terminando con unas explicaciones que equiparaban la cocina de una casa al aparato digestivo de las personas. Todo aquello con su voz pausada, calmada, con cierta afectación, que para mí era magnética. Era el señor de las cosas más sencillas. Un buen día desapareció el programa, y no supe más de ese señor, hasta unos años después, cuando fue noticia triste para todo el país: la muerte lo había emboscado en algún paraje de la autopista regional del centro. Fue justamente el 25 de abril de 1976. Anoche, y no por saber que cumplía años de muerto –eso lo averigüé hace pocos minutos, mientras buscaba información sobre su fallecimiento- , lo recordé. Por asociación de ideas, en realidad. Mientras preparaba la masa, pensaba que a partir de unos ingredientes tan sencillos como un polvo de maíz molido, una pizca de sal, y un poco de agua , se puede lograr algo tan perfecto y acabado como unas arepas . Y luego reparé en que ese pensamiento no era original, y lo había extraído de algún recoveco de la memoria. Y, concluí, esa observación era hija de “Las cosas más sencillas” del gran Aquiles Nazoa.

miércoles, 17 de abril de 2019

Monopolio caraqueño



La historia del Monopolio es curiosa. Es descendiente de un juego de mesa ideado en EEUU en el año 1903, por una mujer de nombre Elzabeth Magie, y denominado "The landlord's game". En 1935, un vendedor desempleado llamado Charles Darrow lo rediseñó, lo llamó "Monopoly", y trató de vendérselo a Parker Brothers, pero no tuvo éxito. Entonces lo produjo por sus propios medios, y llegó a popularizarse tanto que la firma juguetera le compró los derechos. Yo conocía la historia desde Darrow, pero la consabida investigación en Wikipedia me dio los detalles que conté en este párrafo, concretamente sobre la mujer que comenzó la saga.

Es muy posible que tú, lector, lo hayas jugado alguna vez en la vida. Es un pasatiempo que permite despachar algunas horas alrededor del tablero, en batallas encarnizadas donde la codicia innata de las personas obtiene un desahogo virtual. El objetivo del juego es, debe decirse, bastante ruin: se trata de llevar a la ruina a los demás jugadores, y quedarse con todas sus propiedades y su dinero. Es la materialización de aquella frase célebre de Manolito: "para amasar una fortuna, hay que volver harina a los demás".
 
En estos días llegó a mis manos una versión del Monopolio de los años 70, fabricada en Venezuela. Las locaciones originales fueron adaptadas a la geografía de Caracas, en un arranque de centralismo tan común en nuestro país. Como se sabe, el juego propone un recorrido por la ciudad, desde el "Go", rebautizado y tropicalizado  aquí como "Salida", y va desde las zonas consideradas más populares hasta llegar a las de mayor cotización bursátil. Y aquí puede notarse cuánto ha cambiado nuestra Caracas desde el último tercio del siglo pasado a nuestros días.

La primera propiedad a la venta es San Agustín del sur, que se cotiza en la módica suma de 60 Bs. A continuación, el recorrido nos lleva a la urbanización El Conde, al mismo precio. Ambos lotes de terreno están identificados con el color morado. Luego, aparecen las propiedades azul celeste, propias del oeste: Avenida Atlántico, Plaza Catia y Avenida Sucre, a 100 Bs las dos primeras y a 120 la última. Cruzando la esquina de la cárcel, bajo el color violeta, nos encontramos con Los Chaguaramos, Santa Mónica y Bello Monte. 140, 140 y 160 Bs respectivamente. Un nuevo golpe de dados, y la ficha caerá en los lotes ocre: Avenidas Victoria, Roosevelt y Nueva Granada (no sé si el Helicóide estará incluído en el precio). Ya los precios van subiendo, y para adquirir estas propiedades se deben desembolsar 180 Bs, y 200 en el caso de la última (ah, de pronto sí). Luego de la esquina polémica de la "parada libre", que nadie sabe bien para qué sirve (en nuestra versión, el que cae allí se lleva el pote formado por las contribuciones de Casualidad y Arca Comunal), en color rojo (sin alusiones políticas) tenemos la avenida La Paz, la Urbanización El Paraíso y la Avenida San Martín, 220, 220 y 240 Bs. Luego, en amarillo, nos topamos con la avenida Andrés Bello, el Parque Los Caobos y Plaza Venezuela, a 260, 260 y 280. Si tenemos la suerte de evadir la esquina que manda directo a la cárcel, de la que se sale de inmediato solamente si se tiene la tarjeta apropiada, caemos en lo que se consideraba el este de la ciudad, en los 60: Sabana Grande, Avenida Francisco de Miranda y Plaza Altamira, distinguidas con el color verde. Ya los precios son decididamente mayores: 300, 300 y 320 Bs. Por último, el juego nos devuelve al centro de la ciudad, en donde se desarrollaba la actividad financiera durante esos años: en color azul rey, la avenida Urdaneta, a 350 Bs, y la joya de la corona: la avenida Bolívar, rematada en la pareja de torres del CSB, que demanda del jugador la cantidad de 400 Bs para ponerse en ella.


Varias cosas interesantes se desprenden de la concepción de ciudad de este tablero: Caracas comenzaba a expandirse hacia el este, que empezaba en Sabana Grande,  pero la frontera estaba en Plaza Altamira. No hay menciones ni del sureste ni del noreste. Todavía el centro de Caracas conservaba su importancia, poniendo como los lotes de mayor jerarquía las dos grandes avenidas construidas entre los años 40 y 50. Sin embargo, el centro tradicional (El Silencio, La Candelaria, Altagracia, La Pastora) no tiene cabida aquí. Aparentemente se le quiso dar preponderancia a las urbanizaciones emergentes, desarrolladas en el siglo XX. Los servicios públicos están limitados a la electricidad y al agua; ni asomo de las telecomunicaciones. Por último, como una concesión al pasado, tenemos 4 casillas dedicadas a los ferrocarriles: De Venezuela, de Occidente, de Caracas - Valencia, y de Puerto Cabello, trenes que existieron alguna vez pero no resistieron los embates del progreso, que quería carreteras y gandolas para el transporte. Claro que muchas cosas son obligadas por el diseño original del juego, que tiene un patrón a respetar. Sin embargo, las elecciones puntuales de los adaptadores del pasatiempo nos cuentan cómo se entendía Caracas hace cuarenta o cincuenta años.

Me cuentan que el juego ha sido remozado y actualizado a las necesidades tecnológicas y financieras de esta época, y ya no se utiliza dinero físico sino electrónico, a través de tarjetas de débito y crédito y puntos de venta. En lo personal, me parece que eso le quita sabor al juego. Nada como tener delante de uno unas pacas de billetes, ya manoseados por el uso, para sentirse como un magnate, aunque sea por un ratico.

lunes, 15 de abril de 2019

Parque en ruinas




Tenía mucho tiempo sin ir al Parque del Este, tal vez más de un año. Aunque había leído y escuchado sobre su estado actual, es algo que hay que ver personalmente para constatarlo en todo su dramatismo. Nada más al entrar, una larga fila de camiones cisterna son el comité de bienvenida, si se entra por el estacionamiento sur. No hay ticket de entrada, porque no hay cobro por el uso de las instalaciones. El abandono, aunado a la sequía, hace que el aspecto del parque sea de desolación. Pasé por dos fosas de animales, la de las nutrias y la de los grandes felinos. No ví a ninguna especie; solamente agua estancada y montarral seco, en las islas. Frente al terrarium, un enorme árbol estaba acostado en el suelo, con las raíces, o lo que quedaban de ellas, desarraigadas de la tierra. Por el aspecto, daba la impresión de no ser una caída reciente. Continué mi paseo por los antiguos jardines, ahora transmutados en terraplenes, en busca del puente que vence la autopista y comunica con “la parte nueva”. Dicho puente es una obra megalómana, desproporcionada. Apta para el tránsito de vehículos pesados, de guerra, injustificado para el flujo de deportistas y visitantes, por muy abultado que sea. En todo caso, lo recorrí para conocer las nuevas instalaciones de La Carlota. Si hay algo que le otorga continuidad a ambos sitios es el estado similar de abandono. Aquí también la sequía pega fuerte, y no hay grama que la resista. Pero más nada hace pensar que se está en el mismo parque. La “parte nueva” me pareció muy anodina. Carente de atractivo, diría. Un par de instalaciones para el expendio de comida parecen haber sido construidas como efecto visual, pues tenían aspecto de no haber abierto jamás sus puertas. Antes de ellas, un avión de carga se anuncia como heladería, pero ya los letreros lucen desvaídos, como los de los circos itinerantes de las películas de los años cincuenta. Al fondo, una laguneta semivacía naufraga en en su intento de reflejar frescura. Y, del otro lado de la cerca, una flotilla de jets de última generación está alineada fuera de los hangares, aguardando por sus enchufados propietarios. Tal vez alguno de esos aviones fue comprado gracias a las comisiones del sobredimensionado Puente Bolívar.



lunes, 8 de abril de 2019

La leyenda de Bonnie & Clyde, revisitada





No recuerdo haber visto completa la película de 1967 sobre Bonnie & Clyde, con Warren Beatty y Faye Dunaway. Tal vez la pesqué algún domingo en la tele, comenzada, y la vi de manera fragmentaria. Sé que en ella se le dio un aura de glamour a la joven pareja delictiva, que en la vida real contó con una gruesa base de fans, tanto así que, sumados los dos entierros, fueron visitados por 35.000 personas.

En Netflix estrenaron hace poco el otro lado de la historia. La versión desde el punto de vista de la justicia, desde la perspectiva de los hombres que le dieron caza a B&C. Una buena producción, que cuenta con un gran reparto, un guion sólido y excelente fotografía. El cuidado de los detalles históricos es notable: algunas tomas fueron realizadas en los sitios reales. Pero lo que me llamó la atención fue lo que se pudiera llamar la metadata del film, a falta de un nombre más apropiado. Me refiero a que dos actores rumbo al ocaso (para los estándares holliwoodenses, me refiero) , Kevin Costner y Woody Harrelson, interpretan a dos policías retirados contratados para atrapar al duo hamponil que comenzaba a ser una amenaza mayor para la sociedad. Y tanto los actores como los personajes a los que les dan vida demuestran que tienen todavía mucho que aportar en sus respectivas áreas de desempeño.

Llama la atención el enfoque que le da la película a los jóvenes hampones. Prácticamente no tienen visibilidad en el film. De hecho, no se les ven las caras sino el el desenlace. Cuando aparecen en escena, es para resaltar su audacia, su popularidad o su crueldad. Del resto, nada. Son como unos fantasmas silentes, el objeto de la persecución. Sabemos de ellos de manera referencial, nunca de primera mano, salvo en las contadas escenas que los tienen como protagonistas que nunca muestran su rostro ni hacen escuchar su voz.

Otro aspecto interesante de la película es que, en el fondo, se trata de una "road movie". La cacería de los dos criminales se transforma en un viaje por el deprimido sur de los años 30, y me trajo a la memoria ecos de la película "las uvas de la ira", por los campamentos de gente sin techo. Hay una escena en particular que me me estremeció: los policías rebasan en la carreteta un camión, que transporta en la parte de carga los enseres de una familia. Se ve por unos instantes a una señora, sentada sobre una silla, tal vez una mecedora, a la intemperie, como si fuera un trasto más.

La peli se llama "The highwaymen", y fue traducida con el anodino nombre de "Emboscada final". Si les gustan las historias basadas en la vida real, les puede interesar este film.

miércoles, 27 de marzo de 2019

Lentejas a la suiza


En los años 70 se popularizó en Venezuela una forma de comer que tiene sus raíces en Suiza: la “founde”. Creo que todos saben lo que es: una comida que se centra en un fuego central, provisto generalmente por un infiernillo que quema alcohol, sobre el que se coloca una ollita en la cual puede cocinarse hasta fundir una mezcla de quesos para ser comidos con trozos de pan, o puede estar hirviendo aceite en el cual se introducirán cubitos de carne para ser luego consumidos con el acompañamiento de salsas variadas. Hasta para el postre puede dar la fondue, particularmente con chocolate fundido en el cual se introducirán frutas frescas, por lo general fresas. Casi siempre las fondues se consumían en ocasiones especiales, cuando se quería agasajar a alguien, o bien como cena romántica, con un par de botellas de vino blanco como cómplices. Bueno, el caso es que en muchas casas se conservan las “fonduceras” (no debe ser el nombre oficial del aparataje, pero sí el coloquial, en mi caso), llevando polvo en algún estante, tal vez desde el año 1996 que fue la última vez que se utilizó. Mi casa no se escapa de esa circunstancia, y tenemos la nuestra, que en realidad había sido utilizada por última vez hace unos cuantos años, tal vez en 2015. En un cumpleaños, creo recordar. 
Ayer el apagón nos tomó por sorpresa, sin comida preparada y con casi nada en la despensa. Teníamos un paquetico de lentejas, pero sin cocinar. Nuestra cocina, para colmo, es eléctrica, así que se nos presentó el dilema. Y, en un acto de fe, recurrí a mi antigua fonducera. Y fue así como un implemento destinado a ser utilizado en ocasiones festivas, y a alimentos de cierto caché, fue degradado a la humilde función de estofar unas lentejas, pero cumplió su cometido a cabalidad. Las lentejas más presuntuosas que haya comido en mi vida. Claro que a los pocos minutos de estar cocidos los granos volvió la electricidad, pero esa es otra historia.

jueves, 7 de marzo de 2019

Los útiles, la dignidad

Tuve la fortuna de gozar de una niñez tranquila, plácida, sin muchos lujos pero sin mayores carencias. Sin embargo, algún tipo de sobresalto económico debió haber ocurrido cuando estaba cursando tal vez el tercero o cuarto grado. Recuerdo que a duras penas lograron comprarme los útiles escolares, ese año. A pesar de que las listas no eran ni de lejos tan descomunales como las exigidas en estos tiempos. Algo pasó con el presupuesto, que para forrar lo que se exigía forrado mi mamá, que además de laboriosa era sumamente inventiva, no compró el acostumbrado "papel contact" que ya se estaba popularizando, sino que adquirió unos folios de papel verde hoja, y con ellos forró los libros y los cuadernos. Y a continuación, para mayor protección, les colocó un sobreforro, hecho del plástico con el que entregaban la ropa en las tintorerías. Creo recordar que todo el proceso de forrado y rotulado ocurrió en la noche del domingo. Al día siguiente, tras la jornada escolar que no ha debido ser muy grata para mí, regresé a casa con una nota, no recuerdo si de la maestra o de la dirección, que de manera muy poco diplomática le recriminaba a mi mamá la manera tan heterodoxa de presentar los útiles escolares. Creo que ese fue mi primer encuentro con un sentimiento que se pudiera encasillar entre la pena, la piedad y el enojo. No hubo mayores palabras. Sí una visita relámpago a la librería Capablanca, en donde se compró el material adecuado para forrar, de acuerdo al criterio de las autoridades escolares. Esa noche mi mamá se volvió a acostar tarde. Al día siguiente, cuando regresé al colegio, mis cuadernos estaban presentados a la perfección.

domingo, 3 de marzo de 2019

Cierre

No recuerdo ahora con cuales medios me pude trasladar desde Sartenejas al Ramal 3 de la avenida Caurimare, en Colinas de Bello Monte. Todavía era un peatón, y me movía en transporte público o en las colas que podia conseguir. El punto es que logré llegar a ese lugar que tanto representaba para mí, y del cual, en el fondo, no quería desligarme. Habría pasado cerca de un año desde cuando se produjo mi abandono de ese recinto, y pude notar ciertos cambios. Cosas que eran promesas mientras permanecí allí ahora estaban realizadas. Sentí algo parecido a la envidia y el resentimiento, debo confesarlo. Otros estaban disfrutando lo que el tiempo me había negado. Saludé, sin embargo, con emoción a quienes se me acercaron. Directivos y discípulos de los años anteriores, con quienes había trabado amistad. Todos me recibieron con manifestaciones de aprecio. Por un momento me sentí todavía parte de esa institución en donde había hecho vida durante once años, y tal vez irreflexivamente irrumpí en una partida del único deporte que se practicaba en mis años allí, el Volley Ball. Sin esperar a ser invitado, como lo había hecho siempre, como era costumbre, al final. Disputé un balón con un muchacho del último año; en el salto en pos de la pelota chocamos en el aire, y al caer me dijo: "¿Qué tienes que hacer tú aquí? Ya no estudias en este colegio, deja de fastidiar". Tal vez ese reclamo fue lo necesario para que lograra asimilarlo: ya no pertenecía allí, era hora de dejarlo atrás. Recogí mi morral con los libros y los apuntes de la universidad, y me fui caminando por última vez por esas calles que no volvería a pisar jamás.

lunes, 25 de febrero de 2019

Rapsodia bohemia

Este año no me pegué a la fiebre del Oscar. De las películas candidatas a grandes cosas solamente vi Roma, y mi opinión sobre ella la di hace algún tiempo. En cambio, dedicamos la noche del domingo a ver Bohemian Rhapsody, cosa que teníamos postergada desde hacía rato (más que todo porque tenía miedo de que resultara un bodrio, lo que hubiese sido una afronta para una banda que forma parte de mis afectos desde la temprana juventud). Afortunadamente mis temores fueron injustificados. disfruté la película a plenitud, y tuve la impresión de que, aunque termina siendo una biopic de Mercury, no relega demasiado a los demás miembros de la banda. El casting me pareció excelente, sobre todo por el actor que interpreta a Roger Taylor, idéntico sobre la batería. Pero los demás actores también miman correctamente al músico que personifican. Rami Malek hace un gran papel, no lo vi sobreactuado (algo que, dadas las características de Freddy hubiese sido posible). Y la recreación de los toques me llevó a ese momento del año 81 cuando tuve la dicha de verlos en El Poliedro. Sí hubo algo que me hizo ruido: la falta de rigurosidad cronológica en el orden de las canciones. Por ejemplo, ponen una del segundo disco, creo que Seven seas of Rhye, como la canción demo que graban para el primer lp; aparecen tocando en un concierto de 1975 Fat bottomed girls, que es del 78 o 79; ubican Rock in Rio en la década de los 70 cuando en realidad fue en 1984. No entendí esa ligereza, con hechos facilmente comprobables. Pero a pesar de todo la disfruté como fan que soy de Queen. Y me alegra saber que en algún momento de la noche del domingo, mientras estaba viendo a Freddy haciendo sus extravagancias sobre el escenario, a Malek le entregaban la estatuilla como mejor actor.

viernes, 15 de febrero de 2019

Zampone y cotechino


En estos días, hablando con unos amigos, salió el tema del zampone. Ellos, a sabiendas de mi origen italiano, me preguntaron sobre ese producto que habían consumido en alguna oportunidad, pero del cual no tenían mayores informaciones. Esa palabra tuvo el poder de hacerme retroceder varias décadas en el tiempo, concretamente a las mesas de navidad de mi infancia y adolescencia. En ellas era normal que campeara, en una bandeja ovalada, un pariente directo del zampone: el cotechino (que se pronuncia “cotequino”), rodeado por sus acompañantes clásicos: lentejas y puré de papas. En el fondo, son casi lo mismo, el zampone y el cotechino. Lo que los diferencia es el recipiente que contiene la mezcla de carne porcina triturada gruesa y especias. En el caso del zampone, lo que se rellena es el cuero de la pata anterior del cerdo, previamente vaciada de todo su contenido, y de allí su nombre: pata en italiano es zampa, entonces zampone viene siendo algo así como patota.En cambio, el cotechino viene envuelto por la tripa del cochino, o alguna variante artificial en los últimos tiempos. El origen de este embutido, tradicional de la zona de Módena, es guerrero, y se remonta al año 1511.Se cuenta que la ciudad de Mirandola se encontraba sitiada por las tropas del papa Julio II. Lo único que le quedaban como provisiones a los mirandolinos eran unos cerdos, y para evitar que la milicia papal se los llevara decidieron sacrificarlos y conservar su carne dentro de los propios cueros de los animales. Posteriormente fueron perfeccionando el sistema hasta llegar a las presentaciones actuales. Esta historia me recordó a la de otro plato, tradicional de la ciudad de mis padres, Verona,llamado “pastisada”, cuyo origen es similar. La guerra, algo tan terrible, propició entonces la aparición de dos delicias gastronómicas que siguen deleitando paladares muchos siglos después.