lunes, 9 de marzo de 2015

La parálisis de un país



Esta mañana estaba conversando con un compañero de trabajo, gran amigo mío desde la época universitaria. Hablábamos sobre lo que habíamos hecho durante el fin de semana, y nos contamos nuestras mutuas peripecias para conseguir productos. Invariablemente la conversación fue cayendo en el lugar común de los venezolanos, hasta que le comenté sobre lo triste de esa situación: dos panas de nuestras edades conversando sobre cómo hacer rendir la plata y simultáneamente conseguir los productos de primera necesidad, en cambio de hablar sobre planes de retiro, vacaciones, o cosas por el estilo.

Es que el deterioro de nuestra calidad de vida es inocultable y va avanzando con prisa y sin pausa hacia el abismo. Basta con ir de compras a un centro comercial para notar la cantidad de negocios que están cerrados, o están semivacíos. Grandes tiendas como El Tijerazo o Graffiti llenan los espacios con artículos de Navidad - ¡en marzo! - y presentan grandes áreas desiertas.Y los empleados lucen sus caras largas, como si presintieran que en cualquier momento se quedarán sin trabajo al verse obligados los dueños a cerrar las puertas de sus establecimientos. Ya pasó con una gran tienda por departamentos que vendía productos en su mayoría españoles, que quedaba en la torre Bazar Bolívar: Don Regalón. Bajaron las santamarías y hasta desmontaron los letreros, signo evidente de que no lo piensan volver a abrir.

Todo apunta a que el país va a terminar paralizado. No es sólo la escasez de comida y enseres de limpieza, asunto muy grave por sí solo, sino también el efecto sobre los artefactos que nos hacen la vida más llevadera. Por citar un ejemplo tal vez banal pero ilustrativo: en casa tenemos un lavaplatos automático que en estos momentos es el escurridor de platos más caro del mundo, porque en los comercios no se encuentra el detergente que utiliza. Dentro de poco los carros también cesarán sus funciones,porque no hay cauchos ni baterías, y si llega a fallarles alguna pieza en particular lo más seguro es que no se consiga. Lo mismo va a pasar con las computadores, lavadoras, secadoras, neveras, televisores. Cuando se quemen los bombillos quedaremos a oscuras mientras conseguimos en algún lugar. Si no se revierte esta situación el país va a parecer el set de una película distópica de esas "serie B", un cementerio de carros y cachivaches regados por la vía. En resumidas cuentas, la depauperización de nuestras vidas es lo único que progresa en Venezuela.

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