lunes, 20 de agosto de 2018

Pulp fiction

Mi única salida de ayer fue el inevitable paseo con las perras. Las calles que transito habitualmente son bastante tranquilas, con muy poco vehículo circulando. Pero ayer la soledad alcanzaba proporciones de pueblo fantasma. En el camino de ida ni un solo carro me pasó por el lado. De regreso, hubo una excepción. Una camioneta Explorer, del año, aminoró su paso cuando pasaba cerca de mí; bajó el vidrio del copiloto y éste me preguntó, sin fórmula de saludo previa: "¿Por dónde llegamos a la calle 12?" En esa fracción de tiempo que transcurrió entre la bajada del vidrio y la pregunta escueta, pude ver a los ocupantes del carro. No cuadraban con el lujo de la Explorer, por decirlo de una manera amable. Le di las indicaciones, y el conductor retrocedió lentamente hasta una bocacalle cercana para dar la vuelta, pues su destino quedaba en la dirección opuesta a la que lllevaban. A medida que eso pasaba, en la mente se me formaron varias teorías. Tal vez le había mandado la muerte a alguien, pues mis lacónicos interlocutores eran dos sicarios ubicando el lugar de un encargo, que en el camino venían hablando sobre las hamburguesas de McDonald's. Luego pensé en la posibilidad de que, en su afán de no dejar testigos, me hubiesen incrustado un balazo en algún lugar vital de mi anatomía, con un revólver provisto de silenciador para no despertar alarmas. Me imaginé agonizando en medio de un charco de sangre, las perras confundidas sin saber qué hacer, la vida escapando de mi cuerpo. Mientras pasaba esa película por mi cerebro, la camioneta se perdió de mi vista, rumbo a su destino en la calle 12.

No hay comentarios:

Publicar un comentario