lunes, 3 de junio de 2019

Con la burocracia hemos topado

La burocracia tiene una culebra conmigo. Por alguna razón, cualquier trámite administrativo que emprendo suele ser un viacrucis de impedimentos, demoras y desvíos que hacen que prorrogue hasta lo indecible esas tareas. Ayer tuve otro episodio. En La Urbina funcionan, puerta con puerta, oficinas del SAIME y del INTT. Desde el año 2017 mi solicitud de pasaporte dormía el sueño de los justos, hasta que milagrosamente llegó un correo indicando que el documento ya estaba impreso y había sido enviado a la oficina en donde lo tramité, esa misma de La Urbina. Así que a eso de las 7:30 me presenté al lugar, en donde la realidad me tenía preparada una nueva decepción. Para poder retirar el pasaporte (que no ha llegado aún, ¿será que viene en burro?) hay que hacer un depósito bancario de 80.000 Bs, en una agencia. Es decir, en pleno siglo XXI no hay manera de pagar por medio electrónicos, ya sea por transferencia, pago en linea o punto de venta. En fin, lo tomé filosóficamente y me fui a tomar un café para hacer tiempo, ya que me pasarían buscando luego. Estando en la panadería me topé con un funcionario de la otra oficina, la de tránsito, y le pregunté por la renovación de la licencia. ¡Facilito! Apenas 5 hojas en blanco, una fotocopia de la cédula y 3.600 Bs pagaderos por punto de venta. Entonces me fui a una papelería cercana a comprar las hojitas y sacar la fotocopia, y con eso en mano me dirigí a renovar la licencia que cargo vencida desde hace un buen par de años. Pagué por el trámite, me senté frente al mismo señor que me había dado la información momentos antes, quien transcribió mis datos y posteriormente me indicó que me dirigiera a otro escritorio. Allí, el funcionario me preguntó: "¿trajo celular para sacar la foto?". Por suerte lo tenía, así que me tomaron el retrato, se lo envié por Whatsapp al hombre, y me fui. En la noche, recibí el correo con la licencia lista para ser impresa. Caramba, cómo he cambiado.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El raspadero

El raspadero era italiano. Se paraba estratégicamente frente a la puerta del parque, todos los días, desde las primeras horas de la tarde hasta eso de las seis, seis y media si eran los días largos. Su negocio funcionaba por tracción de sangre: era una especie de gabinete con ruedas, de color rojo, en donde los objetos más resaltantes eran el aparato que convertía el traslúcido bloque de hielo en un fino granizado, mediante la acción de una manivela operada diestramente por el italiano, y la pareja de frascos llenos de jarabe: dos enormes cilindros con una llavecita hacia el fondo, mediante la cual se bañaba el hielo raspado que sobresalía como una media esfera por encima del vasito cónico, de papel parafinado. Él ofrecía dos variedades: colita y naranja. Alguna vez le pedí, medio en broma medio en serio, que me sirviera un raspado sin hielo, es decir, que me vendiera un vasito de puro melado; me dijo, muy circunspecto, que eso no podía ser, y que podía enfermarme si tomaba ese líquido puro, así era su concentración. No tengo idea sobre sus desplazamientos; no sé de dónde venía, ni a dónde se dirigía una vez concluida su jornada laboral. No recuerdo haberlo visto deambular por la calle empujando su armatoste. Lo que sí recuerdo es que me conocía, pues una vez, llegando al parque con mi madre, la saludó, e hizo un comentario sobre lo grande que estaba yo. Tal vez éramos sus clientes desde alguna época remota, sobre la cual no conservo memoria. Un medio costaba el raspado, y un medio y una locha si, además, uno reclamaba el “topping” (no se le decía así, en esa época, valga la aclaratoria) de leche condensada, que servía sobre la cúpula de hielo coloreado de rojo granate o naranja por medio de un dispensador cilíndrico, con una tapita cónica, que también usaban los perrocalenteros para servir las salsas. Quisiera recordar su nombre; debe haber sido Giuseppe, Filippo, Antonio, Gaetano, o algo por el estilo. Pero no lo sé. Lo único que recuerdo es esto que relato, y el sabor particular de esos raspados. Esa amalgama de hielo, jarabe y leche condensada; ese empalagamiento que debe acompañar toda infancia genuinamente feliz.

sábado, 25 de mayo de 2019

Bateador designado

Toda mi infancia y adolescencia transcurrieron en la zona de Sabana Grande. Nací en Bello Monte, y viví allí mi primera década. A comienzos de los 70 nos mudamos al edificio Bolivia, situado en la Avenida Libertador, entre la avenida Los Jabillos y la calle Negrín. Andaba yo por los once años, y comenzaba a ejercer cierta independencia que se manifestaba casi exclusivamente por medio de salidas a la calle, por los alrededores. Uno de los lugares predilectos quedada cruzando la anchísima (por la trinchera, que se atravesaba mediante una pasarela que estaba prácticamente frente al edificio) avenida Libertador: se trataba del Centro Comercial con el mismo nombre de la vía a la cual se asomaba, y cuya construcción estaba todavía en curso, creo recordar que en los detalles finales. Lo cierto es que sus estacionamientos todavía no inaugurados constituyeron un improvisado campo de juegos que nos permitió practicar varios deportes, siendo el predilecto siempre el de los bates, guantes y pelotas duras que comprábamos en la cercana Sabenca y forrábamos cuidadosamente con teipe negro, para tratar (infructuosamente) de proteger su superficie exterior, de cuero blanco cosido con hilo grueso, rojo. Las famosas “Spalding”, que de marca pasó a adjetivo para referirse a ellas. El beisbol era el juego que congregaba a la fauna preadolescente que hacía vida por los alrededores de la Libertador. Chamos de La Florida, La Campiña, de la misma Avenida, de la calle Las Flores que corre paralela a la antigua calle La Línea, de la Solano una cuadra más abajo, se asomaban a los vastos espacios -que luego se destinarían al estacionamiento de los vehículos visitantes del Centro Comercial- para organizar partidas de beisbol que duraban todo el día. De todos los muchachos que compartieron esos momentos con nosotros recuerdo particularmente a uno, cuyo nombre creo no haber sabido nunca. Por lo menos, de su boca no salió. No gozaba del don del habla. Algún acontecimiento en su temprana infancia lo había marcado de por vida. Nada se sabía con precisión, solo rumores que daban cuenta de una infortunada caída a los pocos meses de nacido,y que le procuró una lesión permanente en las vértebras del cuello. No sé si los rumores eran fundados, pero lo cierto es que el muchacho jamás pudo andar con la cabeza erguida. Le colgaba hacia un lado, como si no tuviese huesos que la sostuvieran. Como dije antes, no podía hablar. Lo más que hacía era emitir ciertos griticos cuando estaba emocionado, o excitado. Andaba siempre acompañado por otros dos muchachos, creo que eran sus primos. Luego supe que vivía en el Gran Colombia, casi al lado del edificio en donde quedaba nuestro apartamento. Nunca traté con él, la verdad sea dicha. No sabía cómo relacionarme, y me daba algo entre el temor y la pena. Me limitaba a ocupar los mismos espacios que ocupaba él, a mirar los mismos paisajes, a escuchar las mismas conversaciones de los mayores, y sus cuentos exagerados. Y pude atestiguar su momento de gloria. Un día lo invitaron a jugar pelota con nosotros. Parecía algo descabellado: era imposible que pudiera hacerlo. Pero el ingenio infantil elucubró la manera. Él sería una especie de bateador designado, solo que no batearía, sino que lanzaría la pelota con la mano, y correría hacia la primera base. Llegó el momento: se colocó sobre el home, tomó la pelota con su mano derecha, echó el brazo hacia atrás y luego, describiendo un arco casi perfecto, arrojó la bola sobre las cabezas de los infielders, y corrió como una exhalación hacia la esquina derecha del imaginario diamante. Unos pocos segundos duró su carrera, pero en mi recuerdo pasan como en cámara lenta: su cabeza bamboleando lado a lado, su flaco y desgarbado cuerpo ganándole la partida a la bola que regresaba el right fielder hacia la primera base, su pie izquierdo aterrizando safe sobre lo que fuera que hubiésemos puesto como sucedáneo de la almohadilla. Y, luego, la sonrisa de satisfacción que se dibujó en su cara, que pendía como siempre sobre uno de sus hombros.

domingo, 12 de mayo de 2019

La vida, la muerte y el tiempo




Hace poco, una mañana desperté pensando en la muerte, y tuve una especie de micro ataque de pánico. Fue una sensación casi física, una especie de estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo, al asimilar la idea que un día cualquiera yo desapareceré para siempre, y no habrá más nada, para mí.

No estamos preparados para la muerte. Por lo menos, en la civilización occidental. A pesar de que es la única certeza que tenemos, a pesar de que las principales religiones prometen vida más allá de la vida, o reencarnaciones, lo cierto es que nadie quiere morirse. A menos de que tenga una enfermedad terminal, o problemas tan graves que la única manera de salir de ellos sea la muerte. Y entonces quienes reaccionan mal ante esa decisión son los deudos que pueda tener la persona.

Dentro de treinta años, la mayoría de mis coetáneos estará muerta. Dentro de cincuenta años, los que hoy andan por los cuarenta muy posiblemente ya habrán fallecido. Dentro de cien años, todas las personas que habitan hoy el planeta habrán desaparecido, salvo uno que otro caso de extrema longevidad. Nuestro paso por el mundo, comparado con la edad del planeta, ocupa un tiempo insignificante. En el mejor de los casos, un siglo, que es apenas un pestañeo para la historia de la humanidad.

Le damos demasiada importancia, demasiado peso, a la muerte. Creo que es por la incertidumbre. Después de todo, la vida es tangible, es lo único que tenemos. ¿Qué sucede al morir? Nadie que esté vivo lo sabe, y posiblemente nadie que haya muerto tampoco, porque tal vez no haya más nada. E intuyo que, en el fondo, casi todo el mundo lo sospecha, pues, de otro modo, encararía la muerte no como una ocasión luctuosa, sino como un viaje a otro plano, en donde se reiniciaría la vida desde cero. No es el caso para la mayoría de las personas: por lo general los velorios son tristes, solemnes, fúnebres. Hay varias razones para la tristeza, y una de ellas es saber que en algún momento seremos nosotros quienes estaremos dentro del ataúd. 

Sé que es un tópico, y que es fácil decirlo, pero no deja de ser cierto: no deberíamos preocuparnos tanto por la muerte, sino procurar sacarle el mayor provecho a la existencia. La única manera de extender la vida más allá de la muerte, por lo menos en este plano, es dejando alguna obra, o alguna huella en alguien. Empezando por los hijos propios, por supuesto, quienes los tenemos, pero no limitándonos a ellos. No nos hagamos demasiadas ilusiones, no obstante: dentro de doscientos años, y creo que me fui muy lejos, nadie nos recordará. Y, después de todo, eso no tiene ninguna importancia. De todas maneras habremos hecho nuestro aporte imperceptible, minúsculo, pero necesario, a eso que llamamos civilización.
  


lunes, 6 de mayo de 2019

Parque Central


Hoy nos tocó hacer una diligencia en la oficina del SAIME que está en la Torre Oeste de Parque Central. Tenía mucho tiempo sin ir allá; en realidad, no recuerdo cuál fue la última vez que estuve en ese complejo residencial, antes de hoy. Hay un muy conveniente estacionamiento en la Avenida Lecuna, justo al frente del Edificio El Tejar y a pocos metros de la torre, así que paramos el carro allí. La primera sorpresa fue el trato extremadamente amable de la persona que nos recibió, y nos permitió estacionar en un área reservada, sin pedir nada a cambio. Así que dejamos el carro sin mucho pesar, sin temores de un posible percance, y nos dirigimos a las oficinas. Nuestro trámite exige dejar pasaporte y cédula en manos de los funcionarios y regresar a la hora, lo que nos permitió hacer algo de turismo por los alrededores. La primera impresión que brinda la Torre Oeste es de abandono. Toda la actividad que se desarrolla allí ocurre en penumbra, lo que le da al sitio un aire lóbrego, casi de set de película distópica. Por supuesto las escaleras mecánicas no funcionan, y la mayoría de los locales están vacíos. Apenas vi abiertas unas oficinas del Ministerio Público, de defensoría del ciudadano, creo haber leído, y las del SAIME. En los balcones internos, unas grandes pancartas les desean a los usuarios feliz año 2015. Unas carteleras pegadas de las paredes informan sobre los trámites que se realizan allí, con una ortografía que dista mucho de ser prolija. Pero eso lo vimos luego, pues al momento de dejar la documentación en manos del personal, y advertidos que teníamos una hora de espera por delante, fuimos por un café para matar el tiempo. Recorrimos el largo pasillo comercial que atraviesa los edificios, que mantiene el mismo estilo descrito antes. La oscuridad es la norma. La iluminación provenía de los locales comerciales abiertos a esa hora, que no eran muchos: apenas los expendios de comida, el Farmatodo y un sitio de impresiones. Escogimos un local que nos pareció higiénico, y pedimos dos cafés que estaban bastante aceptables. Había mucha actividad en la zona, básicamente de personas haciendo colas: en la agencia del Banco de Venezuela, en el local de Farmapatria, y una, a cielo abierto -en un área interior del complejo que tiene unos muritos muy convenientes para sentarse a esperar- que era para “arreglar lo del carnet”, según le escuchamos decir a una señora. Mientras esperábamos en nuestros asientos de piedra, aproveché para apreciar el paisaje, de altísimos edificios de una arquitectura audaz, pero que acusan el deterioro causado por el tiempo y la falta de mantenimiento. Sin embargo, hubo algo rescatable: observé mucha vegetación en los balcones de los apartamentos. Casi una fe de vida. Quien se ocupa de cuidar matas siempre me ha parecido una persona consciente, con sensibilidad, y vi mucho de eso esta mañana, mientras esperábamos que los funcionarios terminaran de procesar nuestro trámite.

sábado, 4 de mayo de 2019

Pedro el afortunado



Salvo por la celebrada "El festín de Babette", el cine de Dinamarca es un perfecto desconocido, para mí. Anoche pude apreciar otra película danesa, llamada “Pedro el afortunado”. Es una de las ofertas más recientes de Netflix, cuyo catálogo sorprende con la incorporación de películas de todas partes del mundo.  Lykke-Per, como se titula en su idioma original, no es una película para todos; es más, sospecho que a la mayoría le parecerá lenta y aburrida. Su duración también atenta contra la simpatía que pueda general en la audiencia general, pues roza las tres horas. Sin embargo, yo la disfruté. Está basada en una novela de un autor danés, que fue premio Nóbel en 1917, Henrik Pontoppidan (del cual no conocía nada previamente, aclaro), y tal vez su enfoque literario me llevó a sentir empatía con la historia. Historia que, más que con la trama y los diálogos, se cuenta a través de los detalles visuales que va soltando el director. El manejo de la luz me pareció excepcional, así como la correcta adecuación histórica de ambientes y vestimenta de los personajes.

Este film tiene diversas lecturas: presenta el conocido dilema de la rivalidad irresuelta padre-hijo, la huída del hogar y el posterior arrepentimiento; también tiene una fuerte impronta religiosa, y contrasta la rigidez y morigeración de la familia cristiana del protagonista con la opulencia y alegría de la comunidad judía en la que hace vida su interés amoroso (como dije antes, los detalles revelan con mucha eficacia dicha contraposición). Y, por último, es un testimonio de cómo las ideas de progreso deben combatir contra los obstáculos de la tradición y la costumbre.

Comentario aparte merece la escenografía, tanto de interiores como de exteriores. La longitud de la película se debe, en parte, a la contemplación de los paisajes daneses, que el director prodiga con tal vez generosa frecuencia. Pero intuyo que es un recurso para justificar el temperamento de los personajes que deambulan por la historia de Pedro, el afortunado.


viernes, 26 de abril de 2019

Las cosas más sencillas

Cuando estaba pequeño - transcurrían los años 60- la principal distracción casera era ver televisión. La industria televisiva estaba tal vez en su adolescencia; en Venezuela había comenzado a funcionar en la década anterior, y ya se había entronizado en el gusto de la población, convirtiéndose en el pasatiempo de elección de aquellos que podían costearse un aparato, que no eran pocos. En cambio, sí eran pocos los canales a disposición de la audiencia: en el momento en el que sitúo mis recuerdos, apenas el 2, el 4, el 5 y el 8. En ese conjunto había uno que me llamaba mucho la atención, pues sus programas no tenían mucho que ver con la oferta de los otros tres, que proponían esencialmente series extranjeras, comiquitas, programas de variedad y telenovelas. Era un canal “solemne”, aunque no creo que esa palabra hubiese formado parte de mi léxico en ese tiempo. Su programación proponía documentales variados, sobre temas tan diversos como la siembra de arroz en Calabozo o la construcción del canal de Panamá, selecciones de música clásica interpetada por grandes orquestas, y disertaciones de unos señores muy serios sobre temas que generalmente no alcanzaba a entender. Había una excepción: uno de esos señores hablaba de cosas que me llamaban mucho la atención: desde los recuerdos de un viaje en tren por la sinuosa geografía del centro de Venezuela, atravesando valles, sobre puentes que vencían abismos pavorosos, o pasando por dentro de enormes montañas gracias a unos oscurísismos túneles, continuando por la dulcería tradicional caraqueña, y terminando con unas explicaciones que equiparaban la cocina de una casa al aparato digestivo de las personas. Todo aquello con su voz pausada, calmada, con cierta afectación, que para mí era magnética. Era el señor de las cosas más sencillas. Un buen día desapareció el programa, y no supe más de ese señor, hasta unos años después, cuando fue noticia triste para todo el país: la muerte lo había emboscado en algún paraje de la autopista regional del centro. Fue justamente el 25 de abril de 1976. Anoche, y no por saber que cumplía años de muerto –eso lo averigüé hace pocos minutos, mientras buscaba información sobre su fallecimiento- , lo recordé. Por asociación de ideas, en realidad. Mientras preparaba la masa, pensaba que a partir de unos ingredientes tan sencillos como un polvo de maíz molido, una pizca de sal, y un poco de agua , se puede lograr algo tan perfecto y acabado como unas arepas . Y luego reparé en que ese pensamiento no era original, y lo había extraído de algún recoveco de la memoria. Y, concluí, esa observación era hija de “Las cosas más sencillas” del gran Aquiles Nazoa.

miércoles, 17 de abril de 2019

Monopolio caraqueño



La historia del Monopolio es curiosa. Es descendiente de un juego de mesa ideado en EEUU en el año 1903, por una mujer de nombre Elzabeth Magie, y denominado "The landlord's game". En 1935, un vendedor desempleado llamado Charles Darrow lo rediseñó, lo llamó "Monopoly", y trató de vendérselo a Parker Brothers, pero no tuvo éxito. Entonces lo produjo por sus propios medios, y llegó a popularizarse tanto que la firma juguetera le compró los derechos. Yo conocía la historia desde Darrow, pero la consabida investigación en Wikipedia me dio los detalles que conté en este párrafo, concretamente sobre la mujer que comenzó la saga.

Es muy posible que tú, lector, lo hayas jugado alguna vez en la vida. Es un pasatiempo que permite despachar algunas horas alrededor del tablero, en batallas encarnizadas donde la codicia innata de las personas obtiene un desahogo virtual. El objetivo del juego es, debe decirse, bastante ruin: se trata de llevar a la ruina a los demás jugadores, y quedarse con todas sus propiedades y su dinero. Es la materialización de aquella frase célebre de Manolito: "para amasar una fortuna, hay que volver harina a los demás".
 
En estos días llegó a mis manos una versión del Monopolio de los años 70, fabricada en Venezuela. Las locaciones originales fueron adaptadas a la geografía de Caracas, en un arranque de centralismo tan común en nuestro país. Como se sabe, el juego propone un recorrido por la ciudad, desde el "Go", rebautizado y tropicalizado  aquí como "Salida", y va desde las zonas consideradas más populares hasta llegar a las de mayor cotización bursátil. Y aquí puede notarse cuánto ha cambiado nuestra Caracas desde el último tercio del siglo pasado a nuestros días.

La primera propiedad a la venta es San Agustín del sur, que se cotiza en la módica suma de 60 Bs. A continuación, el recorrido nos lleva a la urbanización El Conde, al mismo precio. Ambos lotes de terreno están identificados con el color morado. Luego, aparecen las propiedades azul celeste, propias del oeste: Avenida Atlántico, Plaza Catia y Avenida Sucre, a 100 Bs las dos primeras y a 120 la última. Cruzando la esquina de la cárcel, bajo el color violeta, nos encontramos con Los Chaguaramos, Santa Mónica y Bello Monte. 140, 140 y 160 Bs respectivamente. Un nuevo golpe de dados, y la ficha caerá en los lotes ocre: Avenidas Victoria, Roosevelt y Nueva Granada (no sé si el Helicóide estará incluído en el precio). Ya los precios van subiendo, y para adquirir estas propiedades se deben desembolsar 180 Bs, y 200 en el caso de la última (ah, de pronto sí). Luego de la esquina polémica de la "parada libre", que nadie sabe bien para qué sirve (en nuestra versión, el que cae allí se lleva el pote formado por las contribuciones de Casualidad y Arca Comunal), en color rojo (sin alusiones políticas) tenemos la avenida La Paz, la Urbanización El Paraíso y la Avenida San Martín, 220, 220 y 240 Bs. Luego, en amarillo, nos topamos con la avenida Andrés Bello, el Parque Los Caobos y Plaza Venezuela, a 260, 260 y 280. Si tenemos la suerte de evadir la esquina que manda directo a la cárcel, de la que se sale de inmediato solamente si se tiene la tarjeta apropiada, caemos en lo que se consideraba el este de la ciudad, en los 60: Sabana Grande, Avenida Francisco de Miranda y Plaza Altamira, distinguidas con el color verde. Ya los precios son decididamente mayores: 300, 300 y 320 Bs. Por último, el juego nos devuelve al centro de la ciudad, en donde se desarrollaba la actividad financiera durante esos años: en color azul rey, la avenida Urdaneta, a 350 Bs, y la joya de la corona: la avenida Bolívar, rematada en la pareja de torres del CSB, que demanda del jugador la cantidad de 400 Bs para ponerse en ella.


Varias cosas interesantes se desprenden de la concepción de ciudad de este tablero: Caracas comenzaba a expandirse hacia el este, que empezaba en Sabana Grande,  pero la frontera estaba en Plaza Altamira. No hay menciones ni del sureste ni del noreste. Todavía el centro de Caracas conservaba su importancia, poniendo como los lotes de mayor jerarquía las dos grandes avenidas construidas entre los años 40 y 50. Sin embargo, el centro tradicional (El Silencio, La Candelaria, Altagracia, La Pastora) no tiene cabida aquí. Aparentemente se le quiso dar preponderancia a las urbanizaciones emergentes, desarrolladas en el siglo XX. Los servicios públicos están limitados a la electricidad y al agua; ni asomo de las telecomunicaciones. Por último, como una concesión al pasado, tenemos 4 casillas dedicadas a los ferrocarriles: De Venezuela, de Occidente, de Caracas - Valencia, y de Puerto Cabello, trenes que existieron alguna vez pero no resistieron los embates del progreso, que quería carreteras y gandolas para el transporte. Claro que muchas cosas son obligadas por el diseño original del juego, que tiene un patrón a respetar. Sin embargo, las elecciones puntuales de los adaptadores del pasatiempo nos cuentan cómo se entendía Caracas hace cuarenta o cincuenta años.

Me cuentan que el juego ha sido remozado y actualizado a las necesidades tecnológicas y financieras de esta época, y ya no se utiliza dinero físico sino electrónico, a través de tarjetas de débito y crédito y puntos de venta. En lo personal, me parece que eso le quita sabor al juego. Nada como tener delante de uno unas pacas de billetes, ya manoseados por el uso, para sentirse como un magnate, aunque sea por un ratico.

lunes, 15 de abril de 2019

Parque en ruinas




Tenía mucho tiempo sin ir al Parque del Este, tal vez más de un año. Aunque había leído y escuchado sobre su estado actual, es algo que hay que ver personalmente para constatarlo en todo su dramatismo. Nada más al entrar, una larga fila de camiones cisterna son el comité de bienvenida, si se entra por el estacionamiento sur. No hay ticket de entrada, porque no hay cobro por el uso de las instalaciones. El abandono, aunado a la sequía, hace que el aspecto del parque sea de desolación. Pasé por dos fosas de animales, la de las nutrias y la de los grandes felinos. No ví a ninguna especie; solamente agua estancada y montarral seco, en las islas. Frente al terrarium, un enorme árbol estaba acostado en el suelo, con las raíces, o lo que quedaban de ellas, desarraigadas de la tierra. Por el aspecto, daba la impresión de no ser una caída reciente. Continué mi paseo por los antiguos jardines, ahora transmutados en terraplenes, en busca del puente que vence la autopista y comunica con “la parte nueva”. Dicho puente es una obra megalómana, desproporcionada. Apta para el tránsito de vehículos pesados, de guerra, injustificado para el flujo de deportistas y visitantes, por muy abultado que sea. En todo caso, lo recorrí para conocer las nuevas instalaciones de La Carlota. Si hay algo que le otorga continuidad a ambos sitios es el estado similar de abandono. Aquí también la sequía pega fuerte, y no hay grama que la resista. Pero más nada hace pensar que se está en el mismo parque. La “parte nueva” me pareció muy anodina. Carente de atractivo, diría. Un par de instalaciones para el expendio de comida parecen haber sido construidas como efecto visual, pues tenían aspecto de no haber abierto jamás sus puertas. Antes de ellas, un avión de carga se anuncia como heladería, pero ya los letreros lucen desvaídos, como los de los circos itinerantes de las películas de los años cincuenta. Al fondo, una laguneta semivacía naufraga en en su intento de reflejar frescura. Y, del otro lado de la cerca, una flotilla de jets de última generación está alineada fuera de los hangares, aguardando por sus enchufados propietarios. Tal vez alguno de esos aviones fue comprado gracias a las comisiones del sobredimensionado Puente Bolívar.



lunes, 8 de abril de 2019

La leyenda de Bonnie & Clyde, revisitada





No recuerdo haber visto completa la película de 1967 sobre Bonnie & Clyde, con Warren Beatty y Faye Dunaway. Tal vez la pesqué algún domingo en la tele, comenzada, y la vi de manera fragmentaria. Sé que en ella se le dio un aura de glamour a la joven pareja delictiva, que en la vida real contó con una gruesa base de fans, tanto así que, sumados los dos entierros, fueron visitados por 35.000 personas.

En Netflix estrenaron hace poco el otro lado de la historia. La versión desde el punto de vista de la justicia, desde la perspectiva de los hombres que le dieron caza a B&C. Una buena producción, que cuenta con un gran reparto, un guion sólido y excelente fotografía. El cuidado de los detalles históricos es notable: algunas tomas fueron realizadas en los sitios reales. Pero lo que me llamó la atención fue lo que se pudiera llamar la metadata del film, a falta de un nombre más apropiado. Me refiero a que dos actores rumbo al ocaso (para los estándares holliwoodenses, me refiero) , Kevin Costner y Woody Harrelson, interpretan a dos policías retirados contratados para atrapar al duo hamponil que comenzaba a ser una amenaza mayor para la sociedad. Y tanto los actores como los personajes a los que les dan vida demuestran que tienen todavía mucho que aportar en sus respectivas áreas de desempeño.

Llama la atención el enfoque que le da la película a los jóvenes hampones. Prácticamente no tienen visibilidad en el film. De hecho, no se les ven las caras sino el el desenlace. Cuando aparecen en escena, es para resaltar su audacia, su popularidad o su crueldad. Del resto, nada. Son como unos fantasmas silentes, el objeto de la persecución. Sabemos de ellos de manera referencial, nunca de primera mano, salvo en las contadas escenas que los tienen como protagonistas que nunca muestran su rostro ni hacen escuchar su voz.

Otro aspecto interesante de la película es que, en el fondo, se trata de una "road movie". La cacería de los dos criminales se transforma en un viaje por el deprimido sur de los años 30, y me trajo a la memoria ecos de la película "las uvas de la ira", por los campamentos de gente sin techo. Hay una escena en particular que me me estremeció: los policías rebasan en la carreteta un camión, que transporta en la parte de carga los enseres de una familia. Se ve por unos instantes a una señora, sentada sobre una silla, tal vez una mecedora, a la intemperie, como si fuera un trasto más.

La peli se llama "The highwaymen", y fue traducida con el anodino nombre de "Emboscada final". Si les gustan las historias basadas en la vida real, les puede interesar este film.