Éste es mi cuarto de juegos. Siéntanse libres de tomar lo que gusten; si quieren dejar algo, también sirve.
miércoles, 24 de octubre de 2018
Mi primera biblioteca
La primera biblioteca que visité en mi vida fue una que estaba dentro de las instalaciones del parque Arístides Rojas, en Maripérez. Fue un descubrimiento feliz: saber que tenía a mi disposición cientos de libros, que los podía solicitar, y que eventualmente me los podía llevar a mi casa, me hizo sentir que ingresaba a una nueva etapa en mi vida, una que me acercaba a la adultez. No recuerdo mi edad, tal vez estaba transitando los catorce años. Visto a la distancia, he debido ser el tipo raro: el chamo que iba a un parque no a usar las instalaciones recreacionales o deportivas, sino a leer dentro de la biblioteca. Recuerdos que van desdibujándose: el personal tras un mostrador, los ficheros, los estantes llenos de libros, los mesones en donde se sentaban los usuarios a leer o a realizar trabajos, los periódicos encuadernados con un soporte que garantizaba la unidad de las hojas de cada diario. Un mundo ya lejano, por lo menos para mí. No sé si la biblioteca -cuyo nombre se me olvidó- seguirá funcionando, y no creo tener la oportunidad de ir a constatarlo. Ojalá sea así, ojalá que algún chamo encuentre allí adentro la misma felicidad que hallé yo.
miércoles, 3 de octubre de 2018
Sangre en la avenida
La avenida Sanz de El Marqués, ese corredor vial que
comunica la Francisco de Miranda con la Cota mil, ha sido, tradicionalmente,
lugar de sucesos infaustos. En los años 90 una serie de arrollamientos hizo que
los vecinos emprendieran una campaña agresiva para lograr que los vehículos
aminoraran la velocidad, y entonces, por un tiempo, la vía estuvo minada de policías
acostados en todo su trayecto. Luego volvió a salir en las crónicas rojas
cuando ocurrió un asalto al supermercado de unos lusitanos, que resultaron
muertos en el hecho. También fue asesinado en la Sanz un ingeniero de origen
ruso, amigo de mi suegro, cuando trataron de robarle su vehículo.
Recientemente un par de hechos noticiosos e infaustos
volvieron a ocurrir en las adyacencias de la avenida. Primero fue un
arrollamiento. Según lo recogido en las redes sociales, el conductor de un
camión trató de esquivar un hueco en el pavimento y en la maniobra se llevó por
delante a un muchacho de dieciocho años, llamado Gabriel Marquis, que sufrió
fractura de pelvis entre otros traumatismos. Esta mañana leí que desgraciadamente
el joven falleció a la espera de una operación que no pudo concretarse por
falta de fondos. El otro caso es el de un niño de un par de años, abandonado en
una caja en el portal de uno de los edificios que se asoman a la Sanz. La foto
que circuló lo muestra dentro de la caja, con cara desconcertada, sosteniendo una
galleta de soda en la mano, que no sabemos si se la dejó quien lo abandonó allí
o fue algún habitante del inmueble.
Esos dos casos dan cuenta de la enorme tragedia que enfrenta
el país. Un joven que muere porque las calles están en un estado de abandono
total, y porque cualquier intervención quirúrgica sobrepasa las capacidades
económicas de la mayoría de la población. Un niño abandonado, porque su madre
(que fue capturada, finalmente) no tiene los recursos para mantenerlo. Son
apenas dos casos de los cientos, tal vez miles, que ocurren todos los días en
este país, sin que las personas que encabezan el régimen se conduelan por sus
habitantes. Más bien pareciera que es lo que buscan: que la población se
reduzca todo lo que sea posible, ya sea por fallecimiento de los más débiles y
expuestos como por la emigración del grueso de la clase media. Un esquema
perverso.
sábado, 29 de septiembre de 2018
La mascota
Al comienzo de la calle en donde vivo, ciega la pobre, hay una caseta de vigilancia. Por ella, en el transcurso de los 10 años que llevo aquí, ha desfilado una buena cantidad de vigilantes. Unos mejores que otros; unos que duraron años, otros que se fueron a los días. Es un trabajo monótono, fastidioso y que no plantea casi ningún reto. Y cansón, ya que se hacen turnos de 24 horas. Hoy tenemos tres vigilantes que se alternan, es decir, cada uno tiene dos días de descanso entre jornadas, lo que les alivia bastante la carga. En estos días adoptaron un cachorrito. Una cachorrita, en realidad. Tendrá si acaso un par de meses de nacida. Al principio se estaba quieta dentro de la caseta, pero poco a poco ha ido ganando confianza y ya se atreve a excursionar por la calle. Todo el mundo tiene que ver con ella: hasta mis perras la ven con curiosidad cuando salgo con ellas y le pasan al lado. Ella las ve a su vez, con ganas de pegársenos atrás pero también con cierto temor, por la gran diferencia de tamaño. Ahora parece que la principal tarea de los vigilantes es estar pendientes de la perrita. Cada uno la trata a su manera, pero por lo que se ve, con muchísimo cariño. Creo que ahora tienen un aliciente para ir al trabajo, y tal vez -pendejeras mías, seguramente- esperan con ansias que les llegue su turno para pasar el día con su mascota compartida.
viernes, 28 de septiembre de 2018
Matas de platabanda
En el techo de mi casa mora una colección improbable de matas. En el heterogéneo inventario constan tres árboles a los que el destino no les tenía dispuesto echar raíces tierra adentro, y ahora viven en un estado intermedio entre el de bonsai y el tamaño real. Se trata de un caucho, un ficus y una ceiba, confinados cada uno en un matero, y que no alcanzan el metro y medio de altura. También, en otro matero, crece -medra- un cactus, que de tanto en tanto procrea un fruto inútil por incomestible. Y, en un recipiente de cerámica, un disco negro azabache, un intento de paisajismo mínimo con plantas suculentas, cuyo nombre desconozco salvo el de aquella llamada jade. En el centro del arreglo estaba plantado un pequeño cactus redondo, insignificante. Hoy en día ha crecido tanto que amenaza con sofocar a sus compañeros de maceta, arrinconándolos hacia el borde del recipiente. Ayer subí al techo para revisar el contenido de los tanques de agua, porque uno nunca sabe cuándo volverá y hay que estar pendientes y concientes sobre cúanto líquido se dispone. Luego de la revisión, me acerqué a ver si había novedades en el sector vegetal, y noté que del cactus terrófago están despuntando unas tres flores. Ya las he visto antes: son flores extravagantes, de color rosado subido. En un arranque imaginativo simplista, pudieran calificarse de extraterrestres, por lo poco parecidas a las demás flores que vemos normalmente. Y efímeras: duran a lo sumo un par de días, y luego se marchitan discretamente hasta desaparecer. Mis conocimientos en el campo de la botánica son escasos tirando hacia nulos, y no entiendo el sentido o la función de esas flores. Pero, en realidad, cuántas cosas que nos rodean carecen de sentido, ¿no?
jueves, 13 de septiembre de 2018
Enfrentar los miedos
Como la mayoría de la gente de su generación y estrato social, mi mamá no cursó más estudios que la escuela primaria. Pero tenía una sabiduría atávica, aunada a una gran inteligencia. Autodidacta, sabía hacer una cantidad sorprendente de cosas. Sabía también cómo lidiar con cualquier aspecto de la vida cotidiana, de una manera práctica y expedita. Y también tenía unos modos peculiares para dar lecciones que se quedaban grabadas. Va de cuento: por alguna razón, a los once años desarrollé un temor específico: que un hampón penetrara de noche a la casa. Acabábamos de mudarnos a nuestro nuevo apartamento, más amplio que el anterior, tenía mi propio cuarto, y un amplio ventanal que al principio, por estar desprovisto de cortinas y persianas, era como una boca de lobo apenas alumbrada por una que otra luz que provenía del cerro de Colinas de Bello Monte, todavía poco urbanizado. Acostado en la cama, con la luz apagada, me imaginaba que unos ladrones sofisticados, escaladores de edificios, provistos de herramientas capaces de abrir cualquier cerradura, y despiadados, penetraban a nuestro hogar. No sé si llegué a manifestar esa fobia, aunque lo que voy a relatar sugiere que ella estaba enterada. Una noche llegamos más tarde que de costumbre a la casa. Al entrar, todo estaba oscuro, menos el baño de servicio, cuya ventana daba al lavandero interno del apartamento. Eso era totalmente inusual, ya que la cultura del ahorro, como en la mayoría de los hogares de inmigrantes, formaba parte de la rutina hogareña. Al ver la situación anómala creo que di muestras de nerviosismo. Mi mamá me siguió la corriente, magnificó el hecho, y me dijo que fuera a verificar que todo estuviera en orden. Con el corazón en la boca, pero incapaz de desobedecerla, fui a revisar el baño, en donde evidentemente no había pasado nada salvo el eventual descuido. Fue su particular manera de enseñarme a enfrentar mis miedos. Con la práctica.
miércoles, 12 de septiembre de 2018
El maletín olvidado
Abrir un maletín viejo es adentrarse en una cápsula de tiempo. Revisando entre chécheres arrumados me conseguí con el maletín Samsonite que usaba en los 90. Lo había comprado en el Pasaje Zingg, cuando las actividades financieras y de seguros, que eran las ramas en las cuales estaba involucrado, se desarrollaban en buena medida en sus sedes del centro de la ciudad. Al verlo me picó la curiosidad, y quise saber qué misterios guardaba. Es de los que tienen un mecanismo de ruedas numeradas, de combinación. La primera sorpresa fue constatar que recordaba la clave de tres dígitos que me permitió abrirlo. Y al primer intento. Lo puse sobre mis piernas y lo destapé como si fuera un regalo de cumpleaños. El contenido iba acorde con la época en la cual dejé de utilizarlo: un par de diskettes de 3 1/2 pulgadas, de alta densidad, que permiten almacenar 1.4 megabytes de información (uno rotulado "respaldo interfase autofast", el otro sin señas), unas cuantas chequeras de cuentas fuera de uso, el registro de la constitución de la empresa que fundé por esos años, facturas, resúmenes curriculares, y un puño de tarjetas de visita, de personas que en su mayoría no recuerdo, o de empresas que ya no existen. La joya de la corona en esa colección es la tarjeta personal de Juan Carlos Escotet, con el número de su teléfono celular (con el prefijo 016) escrito de su puño y letra.
martes, 11 de septiembre de 2018
Big brother
En la calle que sube del Farmatodo de Los Chorros hacia Los Galpones, aproximadamente a mitad del recorrido, y justo antes de un edificio que se intuye lujoso, hay una construcción que parece un lego mal montado. Volúmenes que se superponen sobre el piso incial, de distintos acabados, desde tablilla hasta friso sin pintar. Se entrevén rejas, y un laberinto que debe conducir a las diferentes unidades en donde harán vida una docena de familias. Un minibarrio, pues. O tal vez sea más justa, más apropiada a sus dimensiones, la denominación de casa de vecindad. Una de esas incongruencias de las que es pródiga Caracas, en todo caso. Allí, encima de una ventana, hay un solo "adorno": un afiche gigante con la efigie de nuestro inefable dictador tropical, no sonriente sino diría que amenazante. El Big Brother cuidando que su rebaño no se le descarrile.
lunes, 20 de agosto de 2018
Pulp fiction
Mi única salida de ayer fue el inevitable paseo con las perras. Las calles que transito habitualmente son bastante tranquilas, con muy poco vehículo circulando. Pero ayer la soledad alcanzaba proporciones de pueblo fantasma. En el camino de ida ni un solo carro me pasó por el lado. De regreso, hubo una excepción. Una camioneta Explorer, del año, aminoró su paso cuando pasaba cerca de mí; bajó el vidrio del copiloto y éste me preguntó, sin fórmula de saludo previa: "¿Por dónde llegamos a la calle 12?" En esa fracción de tiempo que transcurrió entre la bajada del vidrio y la pregunta escueta, pude ver a los ocupantes del carro. No cuadraban con el lujo de la Explorer, por decirlo de una manera amable. Le di las indicaciones, y el conductor retrocedió lentamente hasta una bocacalle cercana para dar la vuelta, pues su destino quedaba en la dirección opuesta a la que lllevaban. A medida que eso pasaba, en la mente se me formaron varias teorías. Tal vez le había mandado la muerte a alguien, pues mis lacónicos interlocutores eran dos sicarios ubicando el lugar de un encargo, que en el camino venían hablando sobre las hamburguesas de McDonald's. Luego pensé en la posibilidad de que, en su afán de no dejar testigos, me hubiesen incrustado un balazo en algún lugar vital de mi anatomía, con un revólver provisto de silenciador para no despertar alarmas. Me imaginé agonizando en medio de un charco de sangre, las perras confundidas sin saber qué hacer, la vida escapando de mi cuerpo. Mientras pasaba esa película por mi cerebro, la camioneta se perdió de mi vista, rumbo a su destino en la calle 12.
sábado, 11 de agosto de 2018
La polenta
Aprovechando que hace un par de días conseguí harina de maíz amarillo en el supermercado, hoy al mediodía hice polenta para acompañar al almuerzo. Mientras la estaba preparando -requiere de un proceso fácil pero laborioso, debe ser removida constantemente con la paleta de madera por un largo rato- recordé una carta que me tocó examinar cuando estaba levantando la información para mi libro "La puerta que se cierra". Esa carta, llegada a casa unas cuantas semanas luego del fallecimiento de mi abuela, narraba con mucho detalle su último día. En particular, este pasaje: "Mamá (quien escribe es una tía) estaba pasando la tarde en casa. Cuando comenzó a anochecer decidió ir a su hogar pero, al pasar por la cocina, vio la polenta en el fuego y cambió de idea. Quiso quedarse a cenar con nosotros". Al par de horas se sintió mal y tuvo un infarto masivo, que no pudo superar. Uno de sus últimos actos estuvo ligado con el hecho gastronómico que, más de cincuenta años después y a 10.000 Km de distancia, repito cada tanto, como uno de los últimos bastiones de mi italianidad.
miércoles, 1 de agosto de 2018
Pasión país: charla sobre Caracas, la ciudad por vivir
Ayer asistimos a la charla sobre cómo se puede entender,
planificar y gestionar una urbe tan compleja como Caracas, en el marco de la
iniciativa “Pasión País” de la Escuela de Ideas, liderada por Inés Muñoz
Aguirre y Mariam Krasner. Estuvieron como ponentes invitados la urbanista Zulma
Bolívar y el decano de la facultad de Arquitectura de la UCV, Gustavo
Izaguirre. A pesar de lo complicado que resultó el día, el evento pudo llevarse
a cabo con normalidad y muy buena asistencia de público. Aunque se tocaron
temas bastante técnicos, la charla fluyó amenamente, y permitió encauzar
variadas reflexiones e inquietudes en la concurrencia, que fueron ventiladas al
final de la charla.
Aunque yo no intervine –no suelo hacerlo en eventos,
prefiero el diálogo directo, sin espectadores– sí tuve mi propia reflexión. Y
fue en este sentido: Todos quienes habitamos este valle nos sentimos, y nos
llamamos, caraqueños. Pero, ¿cuánto conocemos en realidad de la ciudad? ¿Qué
porcentaje de su territorio es nuestro pateadero habitual? Hablo por mí: muy
poco, en realidad. Soy habitante de una parcela minúscula de esta urbe, y
cuando salgo de ella me dirijo a muy pocos lugares, bastante puntuales, y por
lo general situados al este de Plaza Venezuela. Claro que he ido al centro, al
oeste, al sur, pero en muy contadas, y lejanas en el tiempo, veces. La razón
inmediata que se me ocurre es que no tengo nada que buscar en esos sitios. Pero
es una muy pobre razón, en el fondo. Hay lugares que deberían ser visitados con
asiduidad. El casco histórico –lo que queda de él, lamentablemente –; los
parques; los museos; los teatros; los
bulevares antiguos y modernos. Cuando lo he hecho me he sentido gratificado, y
me he preguntado por qué no lo haría más a menudo.
Hace poco, el día del cumpleaños de Caracas, publiqué en mi
muro de Facebook una memoria de juventud, que voy a reproducir aquí: “Recuerdo la primera vez que fui al centro de Caracas solo,
por mis propios medios. Bueno, no propiamente solo, pero sin compañía de
adultos. Éramos tres, estábamos tal vez en el tercer año de bachillerato, y
teníamos vacaciones. Tomamos el autobús en los bajos de la avenida Libertador,
donde vivíamos. Uno que anunciaba Carmelitas como destino final. Lo abordamos y
comenzó la travesía por esa larga calle que al final empalmó con la Andrés
Bello. Yo iba pegado de la ventana, observando. Al llegar a la Urdaneta, lo que
me llamó la atención fue el piso de las aceras, con su diseño ondulado
blanquinegro. Nos bajamos en el cruce con la Fuerzas Armadas (en ese momento la
nomenclatura de las vías era desconocida para mí, sin embargo), y proseguimos a
pie. Era un turista en mi propia ciudad. Todo era nuevo, para mí. Visitamos
algunas iglesias, y recalamos en la Plaza Bolívar. Yo, que en ese momento había
visto muy poquito mundo, experimenté un mínimo síndrome de Stendhal. Tal vez en
ese momento fue que comenzó mi real enamoramiento con la ciudad”.
Y es así: uno puede ser turista en la ciudad donde nació,
sobre todo si se trata de una metrópolis del tamaño de Caracas. Deberíamos dar
el paso siguiente: pasar de ser turistas a habitantes, con todo lo que esa
palabra conlleva. Ejercer a cabalidad la ciudanía. Usar los espacios públicos,
opinar sobre las políticas urbanas, proponer mejoras y criticar lo que a
nuestro juicio está mal. Dejar de ser moradores pasivos, y asumir el
protagonismo. A fin de cuentas, es nuestra ciudad, y deberíamos proponernos el
objetivo de verla en mejores condiciones de las que está ahora.
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