martes, 15 de marzo de 2011

Dos horas y media en el banco

Dos horas y media en el banco dan bastante tela que cortar, si uno es lo suficientemente sociable para interactuar con sus vecinos de cola. Hoy me tocó esa experiencia, fascinante por demás gracias a un delicioso detalle: la demora no se debió al banco "per sé", sino a nuestro eficientísimo SENIAT, el cual aparentemente colapsa cuando llega el momento fatídico de cancelar el IVA. Y recuerde, ¡NO HAY PRÓRROGA! Es decir que si uno no paga el 15, paga el 16 pero con el añadido de una pequeña multa expresada en algún múltiplo de la temible unidad tributaria.

Cuando llegué al banco (12:20 PM) me alegré: tenía unas 12 personas por delante nada más, y el optimismo (oh iluso de mí) me embargó por algún tiempo. El tiempo justo que me tomó darme cuenta de que algo andaba mal: una cola paralela se formaba a un lado de la oficial. Cola conformada por los pobres seres que dejaron para última hora la cancelación del tributo, y eran rebotados sádicamente con la frase "No hay línea con el SENIAT". Lastimeramente avancé con la cola oficial, esperando en un milagro: que regresara la comunicación con el ente tributario justo en el momento en que me tocara encarar al cajero o cajera. Por supuesto que Murphy nunca actúa al revés, por lo que me tocó engrosar la cola de los rebotados. Grupo alegre y esperanzado, debo decir: conformado por el gracioso que se sabe todo el movimiento del banco y que trata de echarle los perros a la muchacha de bluyines ajustados, frenillos y blackberry; la muchacha de bluyines ajustados, frenillos y blackberry que le ríe los chistes al gracioso que se sabe todo el movimiento del banco; un señor malhumorado que de vez en  cuando suelta un "que vaina" a media voz (su seguro servidor); un motorizado que después de unos 20 minutos dice "¡ni que fueran mis reales!" y se marcha (¡ay, multa para el dueño de los reales!) y por último el contador, en el sentido que cuenta cada minuto que pasa.

Debo decir que soportamos estóicamente el paso de las 2 horas largas que nos tocó pagar plantón, en la cola de los rebotados. Ninguno salió a tomar agua, ni pidió el baño, ni trató de sentarse (obviamente las sillas no forman parte del inventario de la agencia bancaria, por lo que se hubiera visto cuanto menos curioso que  unos cinco seres tomaran asiento en el piso). Nos limitábamos a decir alguna frase enjundiosa, a contar otras anécdotas bancarias, a textear desde los celulares y a comentar "esto es generalizado, no vale la pena irse a otro banco". Y a lanzarle miradas de impaciencia a los cajeros, a ver si se dignaban a verificar si había regresado la comunicación.

Cuando el Dios de las telecomunicaciones lo dispuso,  alrededor de las 2:50, la cajera empezó a atender a los ivapagantes, con un leve matiz: primeramente procesó las planillas de los panitas motorizados que estaban sobre el mostrador (las planillas, no los motorizados). Afortunadamente no eran muchas. Pero entonces profirió las terribles palabras : "pasa uno de la cola y uno del IVA", momento en el cual el señor malhumorado se hizo presente en la taquilla, y reclamó acaloradamente sus derechos. La nota de color la puso un individuo de metro y medio de estatura, flaco como un palillo de dientes, quien comentó ácidamente: "¿Y para que dejan todo para última hora?". Debo reconocer la valentía del hombre; con la rabia acumulada de los que estábamos pagando penitencia desde las 12 y media la hubiera podido pasar mal.

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