viernes, 21 de junio de 2019

Elogio a los cines de calle


Cuenta la leyenda que antes del streaming, antes de Netflix, antes de los quemaítos, antes de los multiplex, la gente veía películas yendo a salas de cine que quedaban en su zona, y podía ir a pie, además. Existían los cines a puerta de calle, es decir, salas ubicadas en edificios, muchas veces sin otro uso que el de servir como cine, de dedicación exclusiva, digamos, a los cuales se les accedía directamente desde la calle.

Los caraqueños han sido, tradicionalmente, voraces consumidores de los productos fabricados en los grandes estudios de cine. De ello hay confirmación tanto en los archivos de prensa, como en la tradición oral, y en la literatura. En su relato “De cómo Panchito Mandefuá cenó con el Niño Jesús”, perteneciente a “Cuentos grotescos”, escrito en 1922, Pocaterra narra, refiriéndose a Mandefuá: “Indudablemente era una autoridad en materia de cinematógrafo y tenía orgullo de expresarlo entre sus compañeros, los otros granujas: ‘Mira, vale, para que a mí me guste una película tiene que ser muy crema’”. El cine que menciona Pocaterra, como sala de elección de Panchito, es el “Metro”. Debo averiguar si existió en realidad esa sala, o es una licencia literaria. De lo que sí tengo certeza es de la buena cantidad de negocios dedicados a la exhibición de películas que existieron en Caracas, en diversas épocas. Se puede decir que era una de las diversiones principales de fines de semana para los habitantes de esta ciudad. Me contaba mi suegro que, estando bastante pequeño, iba al cine a ver los seriados de Flash Gordon, antecesores de las series televisivas, que se pasaban por capítulos consecutivos, los sábados y los domingos. Los espectadores se veían obligados, entonces, a asistir varias veces a las salas, si no querían perderse la historia. Y cuidado si el proyeccionista se equivocaba, y ponía un capítulo repetido o se saltaba un episodio. La multitud congregada en la sala podía volverse violenta.

Yo, como he dicho en innumerables ocasiones pero no me canso de repetirlo, crecí en los alrededores de Sabana Grande, y puedo recitar de memoria las salas de cine que se hallaban en su “zona de influencia”. Comenzando desde el este, y más cerca de Campo Alegre que de Sabana Grande, pero accesible a pie si se era buen caminante, estaba el Lido, el de los estrenos de Disney y el fabuloso mural. Allí vi, entre otras películas, la celebérrima Fantasía. Continuando el recorrido mental, la siguiente parada corresponde a los primeros cines múltiples de Caracas, el famoso Multicine, ubicado en el edificio de Beco. 4 salas, con funciones cada media hora, como para que nunca se llegara tarde. Luego, unos pasos más allá, en el sótano del CC Chacaíto, teníamos los Cinemas 1, 2 y 3. Salas vagamente europeas, en donde pasaban el noticiero alemán “El mundo al instante”, y ¡se podía fumar!, cosa altamente absurda y peligrosa, por cierto. Allí vi joyas del gore como “Flesh for Frankenstein”, pero también clásicos como “Tiempos modernos”, del genial Charles Chaplin. Siguiendo nuestra ruta, a poca distancia de los Cinemas estaba el Broadway, una de las salas de estreno de Sabana Grande. Recuerdo unas esculturas de metal al fondo de la sala, en la pared  en donde estaba la pantalla. Allí vi “Love and death”, de Woody Allen, llamada aquí “La última noche de Boris Grushensko”, entre otras películas que ya se fueron de mi memoria. Prosiguiendo el camino por la calle real, nos topábamos con el Teatro Río, que cumplía un doble papel: además de sala de cine, era usado para montar piezas de teatro infantiles, los domingos en la mañana. Recuerdo que me llevaba mi padre, y que rifaban cajas de chucherías que nunca gané. Luego, ya mayorcito, fui sin compañía adulta a ver allí “La aventura del Poseidón”, película que repetí por lo menos un par de veces más. Esa sala, además, fue alquilada por un canal de televisión para grabar un programa de nuevos talentos, con público presente. Recuerdo que, en ese período, dentro del cine había letreros luminosos rotulados con las palabras “Aplausos” y “Abucheos” (u otra similar, mi memoria no llega a tanto), que se encendían cuando se quería una reacción determinada de la audiencia. La siguiente parada en este recorrido corresponde a un cine que desapareció en los sesenta, y del cual no tengo muchos recuerdos: el Metropol. Sé que fue muy famoso en la década anterior, y que a su alrededor se formaban tumultos juveniles cuando estrenaban allí las películas de “beatniks” que se popularizaron en esos años. Para llegar a la siguiente sala, era necesario recorrer gran parte de la avenida Lincoln, pues se encontraba casi al final de ella, en sentido oeste: el entrañable Radio City. El de las taquillas de ensueño, con su diseño que hoy podemos calificar de “steam punk”. Allí vi, entre muchas otras, la ópera rock Tommy, de los Who. Pero la película que asocio a ese cine es una que no vi nunca: “El último tango en París”. Recuerdo la cola gigantesca a sus puertas, un día de reestreno. Un poquito más allá, en la avenida Las Acacias, teníamos dos opciones: hacia el sur, el cine Las Acacias, y hacia el norte, esa estupenda sala dedicada al arte y ensayo, La Previsora. En Las Acacias vi tanto películas picarescas como de terror, entre las que recuerdo “Suspiria” de Dario Argento. En La Previsora, en cambio, vi “Cría cuervos”, de Saura. Ya vamos llegando al final de este paseo cinematográfico por Sabana Grande, y lo vamos a hacer con broche de oro, pues cerraremos con dos excelentes salas: el Teatro del Este, y el Pequeño Teatro del Este. Una maravilla ambas, con todo el espíritu moderno que envolvió a Caracas en los años cincuenta. Del Teatro del Este recuerdo las funciones de media noche, cuando Caracas era una ciudad amable, y no entrañaba peligro alguno salir a las dos de la madrugada de una sala de cine, y dirigirse a comentar la película a una de las tantas areperas que ofrecían servicio las veinticuatro horas del día.

Sí, hoy en día es muy fácil consumir cine en la comodidad del hogar. Pero,  ¡cómo extraño llegar ligeramente tarde a la función, ser acompañado por la acomodadora que iba alumbrando el camino con una linterna, y sumegirme en una de las butacas, con la bolsa de cotufas en una mano y las carlotinas , el maní, la fruna y el chocolate en los bolsillos, para disfrutar de dos horas de drama, suspenso o comedia, en compañía de otras treinta o cuarenta personas que experimentarían las mismas emociones que yo!


miércoles, 19 de junio de 2019

El binomio de Newton

(a + b)²=a²+2ab + b². Una sencilla fórmula que aprendí por mi cuenta, antes de que me la enseñaran formalmente en alguno de los años del bachillerato, cuando la educación se dividía en: primaria, de seis grados; un ciclo básico común, de tres años; y un ciclo diversificado, en donde uno podía −en teoría− escoger entre la vertiente de ciencias y la de humanidades (digo en teoría, pues mi colegio no tenía la segunda opción), de dos años. La aprendí de rebote, cuando la estaba estudiando mi hermana y me la repetía, para memorizarla. A mí me pareció algo genial. No entendía para qué servía aquello, pero lo memoricé también. Sí, eso es algo que haría cualquier nerd. La palabra no existía, o no se usaba todavía en Venezuela, pero yo encarnaba al arquetipo. No muy sociable, bastante tímido, sobre todo en lo que se refería a abordar chicas, buen estudiante (aunque no muy estudioso, en realidad: me bastaba con atender las clases para asimilarlas), lector bastante voraz. Ah, y con lentes.
Es muy común que las muchachas se fijen en los alumnos mayores, e ignoren a los de su mismo salón. Debe ser cuestión de madurez, supongo. Uno desarrollaba amores platónicos, violentos e imposibles hacia chicas inaccesibles, que habían crecido a su lado pero que lo consideraban algo así como un hermano, o, peor, un confidente, y le contaban las cuitas amorosas, o los encuentros con sus novios que tenían moto, o carro, como para agudizar el martirio. Pero llegaba el momento del desquite, que sucedía cuando uno alcanzaba los grados superiores y disponía de un coto de caza en los salones de los primeros años.
Yo había puesto mis ojos en una muchacha de tercer año. Muy bonita, menuda, de cabello oscuro y largo. Comencé a tratar de llamar su atención, pero con escasos resultados. Indagando en sus gustos, supe que era una tenista de buen nivel, y busqué por ese camino. Pero no era esa la vía hacia su interés,ya que yo tenía el enorme "hándicap" de ser un pésimo jugador de ese deporte. Por primera vez le sacaría provecho a mis conocimientos: su punto débil eran las matemáticas, y allí estaba yo para auxiliarla. Organizamos un encuentro de estudios en casa de una de sus condiscípulas, que también cojeaba de la misma pierna, y vivía cerca de mi casa. Todavía recuerdo mi azoramiento en el camino hacia su edificio. La avenida Los Jabillos se me antojó interminable, tal era mi ansia.
Por fin llegué, nos instalamos en la mesa del comedor, y comenzó mi improvisación como profesor de matemáticas. Uno de los temas a tratar era precisamente el binomio de Newton. Yo, envanecido por mis conocimientos, pensé que iba a ser mi gran victoria. Pero no contaba con un detalle: mi escasa habilidad para impartir conocimientos, y mi nula paciencia. No sé cuántas veces traté de explicar aquello, ni de cuáles maneras diversas. Lo escribí, lo grafiqué, hice ejemplos. Nada funcionó. Por fin, tuve que capitular, y les dije que se aprendieran la fórmula de memoria, o que hicieran una chuleta. Que de todas maneras, eso no les iba a servir para más nada, en la vida. Claro que en ese momento esa afirmación fue un reflejo de mi propia experiencia.
Me fui derrotado de ese apartamento, pensando que había arruinado la oportunidad. Pero, para mi sorpresa, no fue así: por un par de semanas, mantuve la ilusión de haber cambiado mi estatus, de haber salido de la “friend zone”, por decirlo con un término actual. Dos semanas gloriosas, donde no hubo nada en concreto, pero sí conversaciones, miradas, ilusión. Como suele suceder, ese esbozo murió de inanición. No tenía cómo funcionar, de todas maneras. Ese sería mi último trimestre en el colegio, y ya más nunca la vería. Así como más nunca le daría uso al binomio de Newton.

sábado, 15 de junio de 2019

El Palmar y los US Keds


Hay toda una polémica en las redes sociales, ese espejo de la opinión pública, acerca del reciente cambio de nombre de la entidad federal antiguamente conocida como Departamento Vargas, luego transformada en estado −manteniendo el nombre del prócer civil−, y ahora, por obra y gracia del capricho de alguien, convertida en Estado La Guaira. Como todos los cambios toponímicos impuestos a la fuerza, este también será inútil. La gente continuará llamando Vargas a ese estado. O, más coloquialmente, le dirá como le ha dicho siempre: la playa. Es que esa franja costera, apiñada entre el mar Caribe y la serranía de la costa, será siempre sinónimo de fin de semana sabroso, de baño de mar, de pescado frito, para el caraqueño. Por lo menos, yo tengo una relación amorosa con el litoral central, que data de mi temprana niñez. No puedo saber a ciencia cierta cuándo fue la primera vez que “bajé”, pero hay fotografías que atestiguan mi estadía en Macuto (que fue playa de elección a comienzos de los sesenta) estando yo bastante pequeño, comenzando a caminar, tal vez.

Lo cierto es que toda mi infancia, y toda mi adolescencia, estuvieron cundidas de visitas a la playa. Tanto a balnearios públicos, como el mencionado Macuto, Camuri Chico, Marina Grande, Naiguatá, como a instalaciones privadas como los hoteles Riviera, Macuto, Macuto Shératon y el Palmar. A este último va dirigida la crónica, que se me ocurrió al ver publicada en Facebook, en un grupo dedicado a fotos antiguas de Caracas y sus alrededores, una fotografía de ese edificio, que comenzó como hotel y creo que ahora funciona como propiedad horizontal. La agraciada estructura, que data tal vez de finales de los años cuarenta, se asoma al norte, con su fachada completamente saturada de balcones. Al frente de ella se encontraba un balneario, denominado “Playa Lido”, que era una especie de bahía artificial, constituida por un gran espigón de concreto que cumplía funciones de contención al brusco oleaje del Caribe, y permitía represar el agua de mar, garantizando el baño tranquilo a los temporadistas. A mí siempre me pareció un desatino ese invento, pero tenía su público, pues lo recuerdo lleno de gente todas las veces que lo visitaba.

Al principio, nuestras visitas se limitaban solamente a Playa Lido, y nunca entramos al hotel. Pero, cuando tenía tal vez once años, nuestros vecinos de enfrente −aquellos con quienes jugaba en secreto a “Casos y cosas de casa”, pues las ventanas de las respectivas cocinas estaban enfrentadas y eran comunes las conversaciones a través de ellas, tal cual en la teleserie−, habían alquilado un apartamento en el hotel, y me invitaron a pasar unas breves vacaciones con ellos. Mi mamá, tan respetuosa de las normas y de dar una impresión impecable, decidió que debía renovar mi guardarropas playero, y salimos de compras por el bulevar de Sabana Grande. De esas compras recuerdo un solo objeto, que me empeñé en tener apenas lo vi. Se trataba de un par de zapatos US Keds, que tenían la particularidad de ser tricolores: un costado azul, el otro rojo, y la lengüeta de un morado claro, tirando a violeta. Me parecieron los zapatos mas “cool” del planeta (claro que no empleé esa palabra, todavía mi vocabulario no estaba contaminado con extranjerismos), y decidí que formarían parte de mi personalidad. Creo que, en esas vacaciones, los demás niños se referían a mí como “el chico Keds”, pues esos zapatos abandonaban mis pies solamente para bañarme en la piscina de agua salada del hotel, o en la playa, a la cual se le accedía gracias a un pasadizo subterráneo que comunicaba el edificio con el mar. Del resto, andaba con ellos puestos todo el tiempo. Fueron unas vacaciones muy significativas en mi vida: las primeras sin la presencia incumbente de mis padres, que a veces pecaban de sobreprotectores y me sofocaban; y también constituyeron una especie de “rito de pasaje”, el momento en el que salí de la infancia para comenzar el tránsito por la pubertad. El momento en el que descubrí la atracción por las muchachas, en particular una de ellas, que me dejó una inquietud que no supe comprender en ese momento, pero a la cual no podía dejar de contemplar cuando la tenía cerca. La conocí, aunque tal vez el verbo no sea exacto, pues no recuerdo haber tenido alguna interacción con ella, en el salón de juegos del hotel, cuyo punto focal era una desvencijada mesa de ping pong, con su malla apolillada y curvada como un chinchorro, en la cual hacíamos cola para poder jugar. Ella era la estrella, y le ganaba a todos. Recuerdo apenas su pelo, recogido con una cola de caballo, su risa desenfadada cuando derrotaba a cada uno de los contendientes que se le ponían por delante, y su cuerpo, que comenzaba a adquirir las proporciones típicas de una adolescente, y que tuve la oportunidad de ver con cierto detalle cuando se bañába en la piscina, con un bikini de los que se usaban en esa época. Creo que nunca tuve el coraje de dirigirle la palabra; su imagen me torturó durante cierto tiempo, después de esas vacaciones tan especiales para mí.

sábado, 8 de junio de 2019

El tigre de Gales, la vecina y el manojo de perejil



Esta mañana vi un post en Facebook, que rendía cuenta del cumpleaños nro. 79 del señor Tom Jones. Me asombra que tenga apenas 20 años más que yo, puesto que mis recuerdos sobre él se remontan al año 67 o 68, cuando yo era apenas un niño que recién salía a la calle sin supervisión y él era ya una estrella consagrada, una figura habitual en los programas de variedades, en la radio y en las revistas, que eran los medios de información que teníamos a la mano. No es que yo me interesase por esos temas; pero sí me interesaba, y mucho, una vecina del edificio, una muchacha bastante mayor que yo, zalamera, que seguramente para fastidiarme me hacía ojitos y en alguna oportunidad me dirigió la palabra, cosa que infló mi ego a niveles estratosféricos. A partir de ese momento yo aprovechaba todas las ocasiones  que se me presentaran para estar cerca de ella. Una de esas oportunidades tuvo que ver precisamente con el señor Jones. No sé si la noche anterior se había presentado en la televisión, aunque eso fue así en mi recuerdo. Me habían mandado al abasto cercano, una bodega con pretensiones de automercado, aunque su tamaño no daba para tanto, en donde comenzaba la modalidad de autoservicio, a comprar, entre otras cosas, un manojo de perejil. Allí estaba el objeto de mis desvelos, apoyada contra la nevera de las verduras, relatando con lujo de detalles la presentación del cantante, describiendo su vestimenta, alabando sus movimientos, muriendo por su melena, y cantando con su voz terriblemente desafinada, y sospecho que inventando la letra,  la canción que había puesto de moda el galés, Delilah. Yo me quedé paralizado frente a ella, viendo su “performance”, y, por supuesto, mudo. No me atrevía a hablarle, y mucho menos a acercarme a ella, cosa que por otra parte era necesaria, pues debía buscar el perejil que estaba a unos centímetros de sus nalgas. Total que esperé a que terminara su acto, y, como una exhalación, fui a la nevera, metí la mano y tomé el primer ramo que vi, sin fijarme mucho en su estado de conservación.  Luego busqué las demás cosas que me había encomendado mi madre, pagué y me fui derechito a mi casa, tarareando en mi mente la melodía de la canción masacrada por la muchacha. Cuando llegué, puse la compra sobre la mesa de la cocina, y me fui a jugar. A los pocos minutos, me llamó mi madre. “Vas a tener que regresar al abasto. Te dije perejil, no cilantro”.

lunes, 3 de junio de 2019

Con la burocracia hemos topado

La burocracia tiene una culebra conmigo. Por alguna razón, cualquier trámite administrativo que emprendo suele ser un viacrucis de impedimentos, demoras y desvíos que hacen que prorrogue hasta lo indecible esas tareas. Ayer tuve otro episodio. En La Urbina funcionan, puerta con puerta, oficinas del SAIME y del INTT. Desde el año 2017 mi solicitud de pasaporte dormía el sueño de los justos, hasta que milagrosamente llegó un correo indicando que el documento ya estaba impreso y había sido enviado a la oficina en donde lo tramité, esa misma de La Urbina. Así que a eso de las 7:30 me presenté al lugar, en donde la realidad me tenía preparada una nueva decepción. Para poder retirar el pasaporte (que no ha llegado aún, ¿será que viene en burro?) hay que hacer un depósito bancario de 80.000 Bs, en una agencia. Es decir, en pleno siglo XXI no hay manera de pagar por medio electrónicos, ya sea por transferencia, pago en linea o punto de venta. En fin, lo tomé filosóficamente y me fui a tomar un café para hacer tiempo, ya que me pasarían buscando luego. Estando en la panadería me topé con un funcionario de la otra oficina, la de tránsito, y le pregunté por la renovación de la licencia. ¡Facilito! Apenas 5 hojas en blanco, una fotocopia de la cédula y 3.600 Bs pagaderos por punto de venta. Entonces me fui a una papelería cercana a comprar las hojitas y sacar la fotocopia, y con eso en mano me dirigí a renovar la licencia que cargo vencida desde hace un buen par de años. Pagué por el trámite, me senté frente al mismo señor que me había dado la información momentos antes, quien transcribió mis datos y posteriormente me indicó que me dirigiera a otro escritorio. Allí, el funcionario me preguntó: "¿trajo celular para sacar la foto?". Por suerte lo tenía, así que me tomaron el retrato, se lo envié por Whatsapp al hombre, y me fui. En la noche, recibí el correo con la licencia lista para ser impresa. Caramba, cómo he cambiado.

miércoles, 29 de mayo de 2019

El raspadero

El raspadero era italiano. Se paraba estratégicamente frente a la puerta del parque, todos los días, desde las primeras horas de la tarde hasta eso de las seis, seis y media si eran los días largos. Su negocio funcionaba por tracción de sangre: era una especie de gabinete con ruedas, de color rojo, en donde los objetos más resaltantes eran el aparato que convertía el traslúcido bloque de hielo en un fino granizado, mediante la acción de una manivela operada diestramente por el italiano, y la pareja de frascos llenos de jarabe: dos enormes cilindros con una llavecita hacia el fondo, mediante la cual se bañaba el hielo raspado que sobresalía como una media esfera por encima del vasito cónico, de papel parafinado. Él ofrecía dos variedades: colita y naranja. Alguna vez le pedí, medio en broma medio en serio, que me sirviera un raspado sin hielo, es decir, que me vendiera un vasito de puro melado; me dijo, muy circunspecto, que eso no podía ser, y que podía enfermarme si tomaba ese líquido puro, así era su concentración. No tengo idea sobre sus desplazamientos; no sé de dónde venía, ni a dónde se dirigía una vez concluida su jornada laboral. No recuerdo haberlo visto deambular por la calle empujando su armatoste. Lo que sí recuerdo es que me conocía, pues una vez, llegando al parque con mi madre, la saludó, e hizo un comentario sobre lo grande que estaba yo. Tal vez éramos sus clientes desde alguna época remota, sobre la cual no conservo memoria. Un medio costaba el raspado, y un medio y una locha si, además, uno reclamaba el “topping” (no se le decía así, en esa época, valga la aclaratoria) de leche condensada, que servía sobre la cúpula de hielo coloreado de rojo granate o naranja por medio de un dispensador cilíndrico, con una tapita cónica, que también usaban los perrocalenteros para servir las salsas. Quisiera recordar su nombre; debe haber sido Giuseppe, Filippo, Antonio, Gaetano, o algo por el estilo. Pero no lo sé. Lo único que recuerdo es esto que relato, y el sabor particular de esos raspados. Esa amalgama de hielo, jarabe y leche condensada; ese empalagamiento que debe acompañar toda infancia genuinamente feliz.

sábado, 25 de mayo de 2019

Bateador designado

Toda mi infancia y adolescencia transcurrieron en la zona de Sabana Grande. Nací en Bello Monte, y viví allí mi primera década. A comienzos de los 70 nos mudamos al edificio Bolivia, situado en la Avenida Libertador, entre la avenida Los Jabillos y la calle Negrín. Andaba yo por los once años, y comenzaba a ejercer cierta independencia que se manifestaba casi exclusivamente por medio de salidas a la calle, por los alrededores. Uno de los lugares predilectos quedada cruzando la anchísima (por la trinchera, que se atravesaba mediante una pasarela que estaba prácticamente frente al edificio) avenida Libertador: se trataba del Centro Comercial con el mismo nombre de la vía a la cual se asomaba, y cuya construcción estaba todavía en curso, creo recordar que en los detalles finales. Lo cierto es que sus estacionamientos todavía no inaugurados constituyeron un improvisado campo de juegos que nos permitió practicar varios deportes, siendo el predilecto siempre el de los bates, guantes y pelotas duras que comprábamos en la cercana Sabenca y forrábamos cuidadosamente con teipe negro, para tratar (infructuosamente) de proteger su superficie exterior, de cuero blanco cosido con hilo grueso, rojo. Las famosas “Spalding”, que de marca pasó a adjetivo para referirse a ellas. El beisbol era el juego que congregaba a la fauna preadolescente que hacía vida por los alrededores de la Libertador. Chamos de La Florida, La Campiña, de la misma Avenida, de la calle Las Flores que corre paralela a la antigua calle La Línea, de la Solano una cuadra más abajo, se asomaban a los vastos espacios -que luego se destinarían al estacionamiento de los vehículos visitantes del Centro Comercial- para organizar partidas de beisbol que duraban todo el día. De todos los muchachos que compartieron esos momentos con nosotros recuerdo particularmente a uno, cuyo nombre creo no haber sabido nunca. Por lo menos, de su boca no salió. No gozaba del don del habla. Algún acontecimiento en su temprana infancia lo había marcado de por vida. Nada se sabía con precisión, solo rumores que daban cuenta de una infortunada caída a los pocos meses de nacido,y que le procuró una lesión permanente en las vértebras del cuello. No sé si los rumores eran fundados, pero lo cierto es que el muchacho jamás pudo andar con la cabeza erguida. Le colgaba hacia un lado, como si no tuviese huesos que la sostuvieran. Como dije antes, no podía hablar. Lo más que hacía era emitir ciertos griticos cuando estaba emocionado, o excitado. Andaba siempre acompañado por otros dos muchachos, creo que eran sus primos. Luego supe que vivía en el Gran Colombia, casi al lado del edificio en donde quedaba nuestro apartamento. Nunca traté con él, la verdad sea dicha. No sabía cómo relacionarme, y me daba algo entre el temor y la pena. Me limitaba a ocupar los mismos espacios que ocupaba él, a mirar los mismos paisajes, a escuchar las mismas conversaciones de los mayores, y sus cuentos exagerados. Y pude atestiguar su momento de gloria. Un día lo invitaron a jugar pelota con nosotros. Parecía algo descabellado: era imposible que pudiera hacerlo. Pero el ingenio infantil elucubró la manera. Él sería una especie de bateador designado, solo que no batearía, sino que lanzaría la pelota con la mano, y correría hacia la primera base. Llegó el momento: se colocó sobre el home, tomó la pelota con su mano derecha, echó el brazo hacia atrás y luego, describiendo un arco casi perfecto, arrojó la bola sobre las cabezas de los infielders, y corrió como una exhalación hacia la esquina derecha del imaginario diamante. Unos pocos segundos duró su carrera, pero en mi recuerdo pasan como en cámara lenta: su cabeza bamboleando lado a lado, su flaco y desgarbado cuerpo ganándole la partida a la bola que regresaba el right fielder hacia la primera base, su pie izquierdo aterrizando safe sobre lo que fuera que hubiésemos puesto como sucedáneo de la almohadilla. Y, luego, la sonrisa de satisfacción que se dibujó en su cara, que pendía como siempre sobre uno de sus hombros.

domingo, 12 de mayo de 2019

La vida, la muerte y el tiempo




Hace poco, una mañana desperté pensando en la muerte, y tuve una especie de micro ataque de pánico. Fue una sensación casi física, una especie de estremecimiento que recorrió todo mi cuerpo, al asimilar la idea que un día cualquiera yo desapareceré para siempre, y no habrá más nada, para mí.

No estamos preparados para la muerte. Por lo menos, en la civilización occidental. A pesar de que es la única certeza que tenemos, a pesar de que las principales religiones prometen vida más allá de la vida, o reencarnaciones, lo cierto es que nadie quiere morirse. A menos de que tenga una enfermedad terminal, o problemas tan graves que la única manera de salir de ellos sea la muerte. Y entonces quienes reaccionan mal ante esa decisión son los deudos que pueda tener la persona.

Dentro de treinta años, la mayoría de mis coetáneos estará muerta. Dentro de cincuenta años, los que hoy andan por los cuarenta muy posiblemente ya habrán fallecido. Dentro de cien años, todas las personas que habitan hoy el planeta habrán desaparecido, salvo uno que otro caso de extrema longevidad. Nuestro paso por el mundo, comparado con la edad del planeta, ocupa un tiempo insignificante. En el mejor de los casos, un siglo, que es apenas un pestañeo para la historia de la humanidad.

Le damos demasiada importancia, demasiado peso, a la muerte. Creo que es por la incertidumbre. Después de todo, la vida es tangible, es lo único que tenemos. ¿Qué sucede al morir? Nadie que esté vivo lo sabe, y posiblemente nadie que haya muerto tampoco, porque tal vez no haya más nada. E intuyo que, en el fondo, casi todo el mundo lo sospecha, pues, de otro modo, encararía la muerte no como una ocasión luctuosa, sino como un viaje a otro plano, en donde se reiniciaría la vida desde cero. No es el caso para la mayoría de las personas: por lo general los velorios son tristes, solemnes, fúnebres. Hay varias razones para la tristeza, y una de ellas es saber que en algún momento seremos nosotros quienes estaremos dentro del ataúd. 

Sé que es un tópico, y que es fácil decirlo, pero no deja de ser cierto: no deberíamos preocuparnos tanto por la muerte, sino procurar sacarle el mayor provecho a la existencia. La única manera de extender la vida más allá de la muerte, por lo menos en este plano, es dejando alguna obra, o alguna huella en alguien. Empezando por los hijos propios, por supuesto, quienes los tenemos, pero no limitándonos a ellos. No nos hagamos demasiadas ilusiones, no obstante: dentro de doscientos años, y creo que me fui muy lejos, nadie nos recordará. Y, después de todo, eso no tiene ninguna importancia. De todas maneras habremos hecho nuestro aporte imperceptible, minúsculo, pero necesario, a eso que llamamos civilización.
  


lunes, 6 de mayo de 2019

Parque Central


Hoy nos tocó hacer una diligencia en la oficina del SAIME que está en la Torre Oeste de Parque Central. Tenía mucho tiempo sin ir allá; en realidad, no recuerdo cuál fue la última vez que estuve en ese complejo residencial, antes de hoy. Hay un muy conveniente estacionamiento en la Avenida Lecuna, justo al frente del Edificio El Tejar y a pocos metros de la torre, así que paramos el carro allí. La primera sorpresa fue el trato extremadamente amable de la persona que nos recibió, y nos permitió estacionar en un área reservada, sin pedir nada a cambio. Así que dejamos el carro sin mucho pesar, sin temores de un posible percance, y nos dirigimos a las oficinas. Nuestro trámite exige dejar pasaporte y cédula en manos de los funcionarios y regresar a la hora, lo que nos permitió hacer algo de turismo por los alrededores. La primera impresión que brinda la Torre Oeste es de abandono. Toda la actividad que se desarrolla allí ocurre en penumbra, lo que le da al sitio un aire lóbrego, casi de set de película distópica. Por supuesto las escaleras mecánicas no funcionan, y la mayoría de los locales están vacíos. Apenas vi abiertas unas oficinas del Ministerio Público, de defensoría del ciudadano, creo haber leído, y las del SAIME. En los balcones internos, unas grandes pancartas les desean a los usuarios feliz año 2015. Unas carteleras pegadas de las paredes informan sobre los trámites que se realizan allí, con una ortografía que dista mucho de ser prolija. Pero eso lo vimos luego, pues al momento de dejar la documentación en manos del personal, y advertidos que teníamos una hora de espera por delante, fuimos por un café para matar el tiempo. Recorrimos el largo pasillo comercial que atraviesa los edificios, que mantiene el mismo estilo descrito antes. La oscuridad es la norma. La iluminación provenía de los locales comerciales abiertos a esa hora, que no eran muchos: apenas los expendios de comida, el Farmatodo y un sitio de impresiones. Escogimos un local que nos pareció higiénico, y pedimos dos cafés que estaban bastante aceptables. Había mucha actividad en la zona, básicamente de personas haciendo colas: en la agencia del Banco de Venezuela, en el local de Farmapatria, y una, a cielo abierto -en un área interior del complejo que tiene unos muritos muy convenientes para sentarse a esperar- que era para “arreglar lo del carnet”, según le escuchamos decir a una señora. Mientras esperábamos en nuestros asientos de piedra, aproveché para apreciar el paisaje, de altísimos edificios de una arquitectura audaz, pero que acusan el deterioro causado por el tiempo y la falta de mantenimiento. Sin embargo, hubo algo rescatable: observé mucha vegetación en los balcones de los apartamentos. Casi una fe de vida. Quien se ocupa de cuidar matas siempre me ha parecido una persona consciente, con sensibilidad, y vi mucho de eso esta mañana, mientras esperábamos que los funcionarios terminaran de procesar nuestro trámite.

sábado, 4 de mayo de 2019

Pedro el afortunado



Salvo por la celebrada "El festín de Babette", el cine de Dinamarca es un perfecto desconocido, para mí. Anoche pude apreciar otra película danesa, llamada “Pedro el afortunado”. Es una de las ofertas más recientes de Netflix, cuyo catálogo sorprende con la incorporación de películas de todas partes del mundo.  Lykke-Per, como se titula en su idioma original, no es una película para todos; es más, sospecho que a la mayoría le parecerá lenta y aburrida. Su duración también atenta contra la simpatía que pueda general en la audiencia general, pues roza las tres horas. Sin embargo, yo la disfruté. Está basada en una novela de un autor danés, que fue premio Nóbel en 1917, Henrik Pontoppidan (del cual no conocía nada previamente, aclaro), y tal vez su enfoque literario me llevó a sentir empatía con la historia. Historia que, más que con la trama y los diálogos, se cuenta a través de los detalles visuales que va soltando el director. El manejo de la luz me pareció excepcional, así como la correcta adecuación histórica de ambientes y vestimenta de los personajes.

Este film tiene diversas lecturas: presenta el conocido dilema de la rivalidad irresuelta padre-hijo, la huída del hogar y el posterior arrepentimiento; también tiene una fuerte impronta religiosa, y contrasta la rigidez y morigeración de la familia cristiana del protagonista con la opulencia y alegría de la comunidad judía en la que hace vida su interés amoroso (como dije antes, los detalles revelan con mucha eficacia dicha contraposición). Y, por último, es un testimonio de cómo las ideas de progreso deben combatir contra los obstáculos de la tradición y la costumbre.

Comentario aparte merece la escenografía, tanto de interiores como de exteriores. La longitud de la película se debe, en parte, a la contemplación de los paisajes daneses, que el director prodiga con tal vez generosa frecuencia. Pero intuyo que es un recurso para justificar el temperamento de los personajes que deambulan por la historia de Pedro, el afortunado.